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PREGUNTA APREMIANTE: ¿RELIGIÓN O EVANGELIO?

José M. Castillo


1. En la iniciada apertura y reforma del Papa Francisco, nos gustaría saber qué ha supuesto para ti y cómo has recibido la actuación (palabras y gestos) del Papa Francisco.
R.: El nuevo obispo de Roma, el papa Francisco, es un hombre sorprendente, que cada día me sorprende más. A mí y a mucha gente también. Dentro y fuera de la Iglesia. Lo que más me llama la atención, en este hombre, no es su forma de ejercer un cargo (el de Papa), sino su forma de vivir (tan profundamente humana). Desde el papado de Gregorio VII (, s. XI), lo que más se venía destacando en los papas era el poder, su potestad plena y universal. Y lo peor de este asunto es que hubo muchos papas que, mientras ejercieron el papado, vivieron convencidos de que ellos tenían ese poder ilimitado. Lo mismo que muchos cristianos también se lo creyeron y se lo siguen creyendo. Por eso ahora hay muchos católicos que están decepcionados, desengañados y hasta irritados con el Papa Francisco. Porque no hace en la Iglesia los cambios que ellos se imaginan que un “Papa ejemplar” tendría que hacer, según las preferencias de cada cual. Lo determinante de un Papa no es su “potestad”, sino su “humanidad”.

2. Echando la vista atrás, ¿tu larga trayectoria teológica de más de 40 años fue siempre en una única dirección o señalarías en ella momentos de cambio importantes?
R.: Yo nací y crecí en una familia de derechas, religiosa y chapada a la antigua. En el seminario y en la formación que me dieron los jesuitas se reforzaron las convicciones que viví en casa de mis padres. En mis primeros años de sacerdote, yo era un jesuita tradicional. Hasta que, precisamente en Roma, los años que estuve en la Gregoriana coincidieron con las dos primeras sesiones del concilio Vaticano II. Allí empecé a darme cuenta de la distancia que hay entre la Iglesia y el Evangelio. Y lo que empecé a ver en Roma, se me confirmó y se acentuó cuando volví a España. La convivencia con los jóvenes jesuitas de los años 60 me transformó. Más que profesor o formador de aquellos jóvenes, quise ser amigo de ellos. Lo que tuvo una consecuencia decisiva en mi vida: no sé si fui o no fui educador de aquellas generaciones juveniles; lo que sí sé es que ellos me cambiaron a mí. En Roma vi la distancia que hay entre la Iglesia y el Evangelio. Conviviendo con los jóvenes de la década de los 60, me di cuenta de la distancia que hay, además, entre la Iglesia y la sociedad. La institución eclesiástica vive tan lejos de la cultura de nuestro tiempo, que ni se da cuenta de donde está realmente, ni a dónde va por el camino que lleva. Por eso aumenta cada día el descrédito del clero. Y la cantidad de gente que no quiere saber nada de ese extraño estamento.

3. Dentro del contexto histórico eclesial que te ha tocado vivir, ¿qué significado atribuyes al concilio Vaticano II y cómo valoras el papel de los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI?
R.: El entusiasmo y las esperanzas, que suscitó el concilio Vaticano II, son el indicador más claro de que es mucha la gente que quiere “otra Iglesia” y “otra forma de estar presente” la Iglesia en el mundo. Pero aquel entusiasmo empezó pronto a tambalearse. Y terminó por hundirse. ¿Qué ocurrió para acabar en semejante fracaso? El Vaticano II renovó la teología de la Iglesia. Pero no cambió el sistema de gobierno de la Iglesia. La Iglesia que tiene su centro en el pueblo creyente; y la Iglesia que tiene su centro en la Jerarquía gobernante, estas dos “iglesias” representan dos eclesiologías yuxtapuestas, pero no integradas la una en la otra, como bien dijo el cardenal Suenens. La consecuencia ha sido que, en los años posteriores al Concilio, se fue sobreponiendo, más y más, el gobierno jerárquico de la Curia Vaticana a la participación responsable del pueblo creyente. El gobierno de la Iglesia tomó así un camino anti-evangélico. Más identificado con los intereses políticos de Ronald Reagan y Margaret Thacher que con la humanidad ejemplar de Jesús. Los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI han tenido a la Iglesia sin gobierno durante más de 30 años. El gobierno lo ha ejercido una Curia dividida y enfrentada en luchas de poder. Hasta desembocar en una situación de marginación social y descomposición interior cuya única salida no ha podido ser otra que la renuncia de un Papa que se vio incapaz para seguir en el cargo.

4. Dentro concretamente de España, ¿el mensaje y espíritu del Vaticano II fueron bien recepcionados o se estancaron y fueron bloqueados? ¿Respaldaron nuestro ingreso en la democracia o la frenaron?
R.: Durante el Concilio y los años siguientes, España vivió el final de los 40 años de dictadura y de nacional-catolicismo que mantuvieron a la Iglesia española marginada de Europa. Yo mismo, nacido y educado en Granada, en el mismo colegio en el que había estudiado García Lorca, me enteré de la existencia y muerte de este genio mundial de la literatura cuando viajé por primera vez a Italia. No fue mera casualidad que algunas de las instituciones religiosas más integristas hayan tenido su cuna de nacimiento en España. Franco siguió, hasta su muerte, multando y metiendo curas en la cárcel de Zamora. El dictador era el que hacía la terna para los nombramientos de obispos. Y a los nuevos obispos les exigía ir a su palacio a hincarse de rodillas delante de él para jurarle obediencia. El pos-concilio fue tenso y duro. No sólo en España. También en Roma. En 1971, estuve con los obispos españoles en el Sínodo mundial, dedicado al sacerdocio y la justicia. El cardenal Tarancón fue el relator oficial sobre las “cuestiones prácticas” que interesaban a los sacerdotes. Sin contar con el cardenal, al imprimir el texto de su discurso, un monseñor de la Curia le cambió varios pasajes importantes. Las papeletas para el texto final tuvieron que ser firmadas por los obispos. ¿Qué libertad podía enseñar aquella Iglesia? Por eso fue tan meritoria y ejemplar la postura, en defensa de la democracia, que asumió una importante mayoría del episcopado, inmediatamente después de la muerte de Franco.
5. Personalmente, puesto que has estado en medio de esta pugna a favor o en contra del cambio, ¿cómo has visto este proceso? ¿Qué repercusiones y costes tuvo en tu vida: resignación, resistencia, censura, marginación...? ¿Qué significa este involucionismo para la vida de los ciudadanos y con qué consecuencias?
R.: El sentimiento más vivo y desagradable que tengo es que fui cobarde. Y por cobardía fui demasiado sumiso al sistema eclesiástico. Esto es duro decirlo. Pero es más duro vivirlo. En España, la religión ha sido - y sigue siendo - un factor determinante para el sufrimiento o el bienestar de los ciudadanos. En los años de la dictadura, la Iglesia estuvo de rodillas ante el dictador. Y ahora, en la democracia, está en silencio ante la brutalidad de un sistema que concentra el capital y el poder en unos pocos (muy pocos), buscando y aceptado privilegios económicos y legales, al tiempo que mantiene las mejores relaciones posibles con la economía canalla que está destrozando la clase media y hundiendo en la miseria a los más débiles. No nos damos cuenta de que el Evangelio no es un libro de religión, sino un proyecto de vida para humanizar este mundo. En Jesús, Dios - al encarnarse - se humanizó. Por eso sus tres grandes preocupaciones fueron la salud de los enfermos, la comida de los pobres y las relaciones humanas. Muchas veces, he buscado más “lo divino” que “lo humano”. Con frecuencia, este proyecto de vida me ha deshumanizado.

6. ¿Dónde encuentras la clave para explicar la cerrazón de nuestra Jerarquía e Iglesia a alinearse con el Concilio y rechazar la modernidad?
R.: En la Iglesia somos muchos los que vivimos más preocupados por el poder y la gloria que por remediar el sufrimiento de los más débiles. Por eso el papa Francisco está sorprendiendo a tanta gente y es uno de los hombres más importantes del mundo. Pero creo que la clave, para explicar la cerrazón de nuestra Jerarquía, hay que buscarla en los orígenes mismos de la Iglesia. Los documentos más antiguos, que nos informan de las primeras “iglesias” son las cartas de Pablo, que se escribieron entre los años 49 al 56. La redacción de los evangelios, que ha llegado hasta nosotros, es posterior al año 70. O sea, la Iglesia se organizó, no según las enseñanzas del Jesús terreno (al que Pablo no conoció), sino según las exigencias del poder sagrado, tal como se practicaba en el judaísmo y en la religión del Imperio. Este problema no se ha afrontado nunca en la Iglesia. Y todavía no se ha resuelto.

7. Sin duda, en tu enseñanza teológica hay un cuadro de valores, sopesados por la investigación moderna y por la tradición auténtica de la Iglesia, que tú remites siempre a Jesús y a su Evangelio. Si esto es así, ¿qué es lo que hay que poner en cuestión, esta nueva teología o la praxis imperial, obsoleta y mundanizada, de la Curia romana?
R.: La praxis de la Curia romana se basa en un supuesto, que es falso y peligroso. Se trata del supuesto según el cual Jesús fundó una religión, la religión cristiana. De forma que los mandatarios de la Curia son los dirigentes sagrados de esta religión, en la que “lo sagrado” se tiene que anteponer siempre a “lo profano”, “lo divino” a “lo humano”. Los problemas, que este criterio acarrea para las relaciones de la Iglesia con el Estado y con la sociedad, son interminables. Mientras la teología católica siga estancada en este criterio, la Iglesia será una institución trasnochada, con más de doscientos años de retraso respecto a la cultura de nuestro tiempo. Decididamente hay que afirmar que Jesús no fundó ninguna religión. Jesús vivió y habló de tal manera que entró en conflicto con la religión. Lo primero, para Jesús, fue aliviar el dolor de los que sufren. Y para dejar patente que eso es lo primero, desobedeció constantemente a los sacerdotes, a los maestros de la ley y a los observantes religiosos. Por eso lo mataron. Si la religión mató a Jesús, ¿cómo se puede decir que Jesús fundó una religión?

8. ¿Cuáles serían, en tu quehacer teológico, los tres o cuatro aspectos que has tenido en primer plano y por los que más te has desvivido?
R.: Siempre tuve la impresión de que la teología se preocupaba más por responder a los problemas de siglos pasados que por resolver los problemas que ahora interesan más a la gente. Por eso, lo primero que me hizo desvivirme fue el empeño por actualizar la teología, en la medida de mis cortas y bastante limitadas posibilidades. Esto fue motivo de crecientes problemas, que son bien conocidos. Mi exclusión de la Facultad de Teología coincidió con el asesinato de los jesuitas de El Salvador. Desde entonces, estuve bastantes años dando clases de teología de los sacramentos y de espiritualidad en la UCA. La cercanía a los pobres y a la Teología de la Liberación me hizo más sensible al sufrimiento de los más débiles. En los últimos años, me preocupa mucho el problema de la religión. Son demasiados los cristianos a quienes les interesa más la Religión que el Evangelio. Justamente al revés de lo que hizo Jesús.

9. Desde la compleja herencia recibida - preconciliar y conciliar -, ¿otorgas al Papa Francisco poder para llevar a cabo las reformas hace tiempo esperadas? ¿Cuáles serían las prioritarias y qué condiciones requerirías para poder realizarlas?
R.: El Papa Francisco lleva sólo un año en el cargo. Un solo hombre, en un solo año, no puede reformar lo que se ha construido en casi dos mil años. Además, este Papa se ha encontrado con un episcopado y una Curia romana que él no había organizado y creo que a él no le gusta, tal como está. Por otra parte, es una equivocación pensar que el Papa tiene un poder ilimitado. No lo tiene. El Papa está más limitado de lo que imaginamos. ¿Qué puede hacer, entonces? Lo que está haciendo. Al Papa Francisco le preocupa más el sufrimiento de los pobres y enfermos, de los ancianos y de los niños, que el esplendor de la Religión y de la Iglesia. A partir de estas preocupaciones, este Papa ha iniciado un camino nuevo para la el cristianismo. Lo decisivo ahora es que los demás sigamos el mismo camino. No nos debe preocupar que se modifique la teología, la moral o el derecho canónico. Lo que debe acaparar nuestro interés y nuestra atención es el sufrimiento de la gente, las asombrosas desigualdades ante las que no podemos seguir callados, la corrupción de tantos políticos y hombres de la religión.

10. ¿Ves en camino de reemplazo la vida otrora pujante de la vida religiosa y del sacerdocio presbiteral?
R.: Jesús no fundó ni la vida religiosa ni el sacerdocio. En los evangelios, en la teología de Pablo, en el resto del N. T., en toda la tradición del s. II, no se habla ni de vida religiosa ni de sacerdocio ministerial en la Iglesia. Por tanto, de la misma manera que la Iglesia pudo ser la verdadera Iglesia de Jesús sin sacerdocio y sin vida religiosa, no es ninguna herejía ni disparate alguno pensar que pueda llegar el día en que lo mismo los curas que los frailes y las monjas se acaben. Otra cosa es el episcopado, un tema que necesitaría un estudio específico para comprender su razón de ser. Pero una Iglesia sin clero sería una Iglesia en la que el pueblo creyente podría recuperar su protagonismo. Los creyentes en Jesús el Señor se sentirían verdaderamente responsables en la Iglesia, por la Iglesia y para la Iglesia. Tal como están las cosas, ahora mismo, a este clero le veo un futuro muy problemático. A no ser que en el clero se introduzcan cambios importantes: clérigos que vivan de su trabajo (como hacía san Pablo), que puedan casarse (como lo estaba san Pedro), que vivan pobremente (como vivió Jesús). A partir de eso, que cada comunidad - siempre de acuerdo con el episcopado local y con la propia cultura - se organice de forma que pueda responder a las carencias y esperanzas de cada pueblo, de manera que la Iglesia local sea una fuente de esperanza, de justicia y de libertad.

11. Los cambios, que estamos viviendo, anuncian mutación profunda de los paradigmas tradicionales. ¿Ves en el Occidente posmoderno alternativas de recuperación para la vivencia del cristianismo?
R.: El 30 de Abril de 1944, escribió Dietrich Bonhoeffer su famosa carta en la que hizo una de las afirmaciones más lúcidas que se hicieron en el s. XX: “Nos encaminamos hacia una época totalmente arreligiosa. Simplemente, los hombres tal como de hecho son, ya no pueden seguir siendo religiosos. Incluso aquellos que sinceramente se califican “religiosos”, no ponen esto en práctica en modo alguno; sin duda con la palabra “religioso” se refieren a algo muy distinto”. En los ambientes cristianos, se le ha tenido miedo a Bonhoeffer. Pero los hechos, que estamos viviendo, le están dando la razón. La crisis de la Iglesia y de la Religión es patente, la estamos palpando y la sentimos en nuestra propia intimidad. Es más, si el Papa Francisco está teniendo el éxito que todo el mundo ha visto, tal éxito se debe - según creo - a que el jesuita Bergoglio ha desplazado el centro de su religiosidad. Ese centro ya no está dentro de la basílica de San Pedro, sino fuera del templo, en la plaza, en las televisiones de casi todo el planeta, entre la gente, en sus visitas a los barrios pobres, en su cercanía al sufrimiento humano. Para el Papa Francisco, el centro de la Iglesia no está en la religión, sino en la humanidad, en la debilidad de los enfermos, los ancianos y los niños. Eso es lo que ha hecho a este papa, en pocos meses, que sea visto como el “hombre del año 2013". Al proceder de esta manera, este papa está actualizando la presencia de Jesús. Porque, a fin de cuentas, dos mil años antes que este papa, Jesús fue un profeta de Dios, un hombre de Dios, que no fue muy religioso, al tiempo que fue profundamente humano. Por eso la gente se entusiasmó tanto con Jesús. Como ahora se ha entusiasmado con el Papa Francisco. Mucha gente no sabe, ni se imagina, que “Dios es un producto tardío en la historia de la religión” (G. van der Leeuw, W. Burkert...). Mucho antes que en Dios, los hombres pusieron sus creencias en los rituales, en los sacrificios, en las observancias de la religión. Esto es lo que está tocando a su fin. La gente ya está harta de ceremonias, normas, rituales presuntamente sagrados. Le tenemos un misterioso miedo, y hasta pánico, a lo humano. Creemos más en lo económico, en lo político, en lo religioso. Pero sólo humanizando este mundo es como podemos encontrar al Dios que se nos dio a conocer en Jesús de Nazaret.

12. ¿O va a ser, al final, una batalla entre el mensaje liberador de Jesús - y de otros credos éticos y religiosos - y el proyecto reductor y devastador del neoliberalismo globalizado?
R.: No estamos ante la batalla entre la religión y el capitalismo. Todo lo contrario: religión y capitalismo se sustentan mutuamente, se legitiman y perviven ayudándose entre ambos. La batalla decisiva es la que se ha desencadenado entre lo humano y lo inhumano, entre la felicidad y el sufrimiento. Ahí, en eso justamente, es en lo que se va a decidir el futuro de la humanidad. Y el futuro del cristianismo. Teniendo siempre en cuenta que solamente lo que nos hace felices es lo que nos hace verdaderamente humanos. El “homo sapìens” dio sus primeros pasos, en este mundo, hace cien mil años. Desde entonces, lo humano se ha ido sobreponiendo a lo inhumano. La crisis actual no es el final. Es un paso adelante. Y será un paso decisivo.


LAS MUJERES, ¿SACERDOTES EN LA IGLESIA?

José M. Castillo


Comprendo que haya bastantes mujeres decepcionadas con la reciente exhortación del papa Francisco. Lo mismo que, sin duda, habrá otras que ahora se sientan más seguras ante lo que ha dicho este papa innovador. Mi punto de vista representa poco en éste y en tantos otros asuntos. Pero, sea mucho sea poco, quiero dejar claro, de entrada, que estoy de acuerdo con lo que dice Francisco sobre la mujer en la exhortación “Evangelii Gaudium”. Con tal que se tenga en cuenta que el mismo papa, en esta exhortación (que no es una encíclica y menos aún una definición dogmática) , les dice a los obispos y a los teólogos que, en el asunto concreto de la ordenación sacerdotal de mujeres, “hay un gran desafío”. Y por eso les dice a los entendidos en estos temas que “podrían ayudar a reconocer mejor lo que esto implica con respecto al posible lugar de la mujer allí donde se toman decisiones importantes, en los diversos ámbitos de la Iglesia” (nº 104). El asunto, por tanto y en lo que se refiere a la ordenación sacerdotal de mujeres, no está cerrado, sino que está en un proceso de búsqueda, cosa que intentaré explicar en lo que yo puedo alcanzar sobre el tema.
El papa Francisco insiste en la necesidad de que la Iglesia retorne a la vivencia integral del Evangelio. Pues bien, si es que eso se toma en serio, vamos en serio a poner en práctica lo que dice el papa. Y, en tal caso, lo que en el Evangelio encontramos es que Jesús no ordenó de sacerdote a nadie. No a mujeres, por supuesto. Pero tampoco a hombres, ni siquiera a los apóstoles como se suele decir con más ignorancia que conocimiento de causa. De “sacerdotes”, no se habla en la Iglesia hasta el s. III. Y de “orden” y “ordenación”, deberíamos saber que el “ordo” ni pertenece al lenguaje bíblico, sino que es un término y una institución que se tomó de la organización de la sociedad romana. Y eso se hizo también cuando ya estaba bien entrado el s. III.
No me detengo en otras explicaciones de historia. Para una información de urgencia, como es el caso, mi punto de vista es que, si Jesús no pensó en sacerdotes, sino que, por el contrario, tuvo conflictos mortales con los sacerdotes, ¿es lo mejor para la Iglesia aumentar el peso del clero y engordar un estamento que se ha apropiado el poder y los privilegios, en detrimento de todos los demás creyentes en Jesús? ¿vamos a potenciar con mujeres ese estamento que se está extinguiendo porque cada día hay menos hombres que quieran formar parte de ese colectivo? Si Jesús no pensó en clérigos o en sacerdotes, ¿los vamos a mantener nosotros, incluso los vamos a potenciar con sacerdotisas?
Entonces, ¿una Iglesia sin clero? Pues sí. ¿Y qué? Jesús escogió doce apóstoles. Pero, a juicio del cristianismo naciente, aquello tuvo la finalidad de que aquellos hombres fueran testigos de la resurrección de Jesús. Por eso, a Judas se le buscó un sustituto (Matías). Pero después, a medida que fueron muriendo los demás apóstoles, a ninguno se le buscó otro sustituto. El Evangelio habla de discípulos ejemplares, seguidores que tenían que anteponer el vivir como vivió Jesús a cualquier otra cosa, incluso el entierro del propio padre. Pero, ¿gente con poderes y privilegios? De ninguna manera. Jesús los quería “los últimos”, los “sirvientes” y “esclavos” de todos. Eso es lo que dice el Evangelio. Lo demás, lo hemos ido inventando y engrosando los mortales. Para vivir de eso. ¿Que queremos vivir como vivió Jesús? ¿Y quién se lo impide a las mujeres? Jesús no quería gente con poderes, sino seguidores fieles de su forma de entender la vida.
¿Y qué hacemos con los sacramentos? Que cada comunidad decida, en cada caso, quién coordina, organiza o gestiona, como se hace en todas las instituciones y grupos humanos. ¿Y lo que dijo el concilio de Trento en su ses. VII? Antes de 1980 demostré, citando al detalle las Actas del Concilio (“Símbolos de libertad”, 1981, cap. 8), que lo que se afirma en esa sesión no es doctrina de fe. Se puede pensar de otra menara y hacer las cosas de forma distinta. Lo que importa no es quién tiene este poder o el otro. Lo que de verdad nos importa es vivir como vivió Jesús. Del tema del aborto, hablaré otro día.
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LA RELIGIÓN DESAHUCIADA

José M. Castillo


El ministro Wert ha dicho que la religión se va a enseñar en las escuelas “por motivos políticos”. Y la Conferencia Episcopal, ante semejante afirmación, no ha dicho ni pío. Los obispos dan muestras de estar de acuerdo con el ministro. Lo cual, por lo demás, resulta comprensible. A una notable mayoría de la población, ya no le interesa la religión “por motivos religiosos”. Pues, al menos, que “por motivos políticos”, la religión se siga enseñando. Así, nuestros obispos seguirán teniendo motivos para justificar los cargos que ocupan, las leyes que les favorecen y el dinero que reciben del Estado.
Por supuesto, yo sé muy bien que los obispos tienen otros motivos, más serios y más profundos, para justificar su razón de ser y su presencia en la sociedad. Pero aquí es donde yo quería venir. El argumento, que explica por qué hay obispos, radica en que ellos son los “sucesores de los apóstoles”. Es decir, la misión de los obispos consiste en ser testigos de lo que fue la vida, la muerte y la resurrección de Jesús. Pero resulta que todo eso interesa cada día menos a la mayoría de la población. Lo estamos viendo: las iglesias vacías, los conventos vacíos, los seminarios otro tanto. Y así sucesivamente. ¿Qué le pasa a la religión católica?
Dicen los entendidos que, ya en el s. I, la “solidaridad social” fue más importante, para persuadir a mucha gente a bautizarse, que el conocimiento de las “creencias religiosas”. Y cuando más tarde, entre Marco Aurelio y Constantino (161-306), se extendió por el mundo occidental la más grave crisis de su historia, que llegó a provocar lo que, con razón, se ha denominado “una época de angustia” (E. R. Dodds), fue entonces cuando la Iglesia ofreció todo lo necesario para darle a la gente lo que necesitaba para construir una especie de seguridad social: cuidaba de huérfanos y viudas, de ancianos, de enfermos e incapacitados, de quienes carecían de medios de vida. Y, lo que es más importante, todo el que acudía al obispo, era acogido, acompañado, cuidado. Aquellos obispos cumplían con su tarea de sucesores de los primeros apóstoles cristianos, que convivieron con Jesús, y que por eso vieron con sus ojos la incesante preocupación de su Maestro, no por entenderse con Herodes y Pilatos, para enseñar el Evangelio “por motivos políticos”. No. A Jesús no le interesó eso. A Jesús le preocupó el sufrimiento de los enfermos, el hambre de los pobres, el rechazo que sufrían los extranjeros, el desprecio que soportaban los pecadores y publicanos. Estos sentimientos fueron los que transmitieron a las generaciones siguientes. Y esta manera de vivir es la que transformó el Imperio.
Hoy han cambiado las cosas. La “solidaridad social” (no la simple “caridad benéfica”) se va desplazando. Ya no tienen el monopolio de esa noble tarea los misioneros y las monjas. Cada día son más los voluntarios, las ONG, los activistas, y hasta los periodistas, que se juegan la vida en sitios a donde ya no llega la Iglesia, que ahora se pega a los ministros que enseñan las religión “por motivos políticos”. La religión no paga la hipoteca. Porque en los templos hay muchas creencias y ceremonias, pero allí no se paga el alto precio que supone vivir como vivió Jesús. Si la Iglesia no toma otro giro, pronto se verá completamente desahuciada. Por más que cuente con el apoyo de los políticos. El apoyo que Jesús nunca quiso.
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MAYORÍA ABSOLUTA, ¿PODER ABSOLUTO?

José M. Castillo


La decisión sobre la pensiones de los jubilados, que acaba de tomar el gobierno de Rajoy, nos empuja a tener que afrontar una pregunta, que - sinceramente lo digo - me da miedo pensarla. Se trata de algo, que mucha gente sospecha, pero que quizás no se atreve a decir. Y es esto: estamos sometidos a una “mayoría absoluta”. ¿No lleva eso consigo que nos están conduciendo (sin que muchos se den cuenta) hacia formas de gobierno y de sumisión que se parecen, en muchas cosas, a un “poder absoluto”?
Tal como funciona la vigente democracia, el que en ella tiene la mayoría absoluta, por eso mismo sabe con seguridad que sus decisiones van a salir siempre adelante en el congreso. Porque no tiene oposición que se le pueda resistir. Piense lo que piense la oposición, el que tiene la mayoría absoluta, siempre gana. Entonces, ¿para qué llevar sus reformas, sus leyes, los privilegios que les concede a unos y los recortes que les impone a otros, a que todo eso se discuta en un congreso que nunca podrá decidir lo contrario de lo que el gobernante de la mayoría absoluta sabe que siempre va a ganar? Si el paso por el congreso es un mero trámite sin consecuencias, se suprime ese trámite. Y se hace lo que estamos viendo: cada viernes, el consejo de ministros impone sus decisiones por “decreto-ley”, que inmediatamente pasa el BOE. Y asunto resuelto.
Como es lógico, en estas condiciones, el gobernante tiene las manos libres y la boca suelta para mentir y desmentir, cortar y recortar, disimular y engañar, asegurar cosas que luego no hace. Y “donde digo digo no digo digo, sino que digo Diego”. ¿Que eso desgasta al gobernante? No. Ahí tenemos el caso reciente de Galicia, donde el partido de la mayoría absoluta acaba de arrasar. Y, si me aprietan, ahí está también Cataluña, donde el PP ha subido de forma notable. Y seguirán los recortes, y los engaños, y las verdades a medias. Cada día nos controlarán más y más los medios de comunicación, la policía será más “eficaz” para meter en cintura a los “anti-sistema”, los ministros nos seguirán asombrando con sus inesperadas decisiones, los banqueros ganarán más cada año, nuestro futbol continuará siendo el mejor del mundo. Habrá manifestaciones y protestas. Pero los que mandan saben que eso no les hace pupa. Y se nos dirá siempre que se hace lo que se tiene que hacer “por el bien de España”, etc, etc.
¿Dónde está el fondo del asunto? Seamos realistas. La derecha da la impresión, a mucha gente, de que garantiza mejor la propiedad privada que cualquier otro partido. Esto es muy antiguo. “Ya los romanos no prestaron mucha atención a la Teoría del Derecho. Lo que les interesaba eran las reglas que gobernaban la propiedad individual” (P. C. Stein). Las XII Tablas disponían tranquilamente que cuando el propietario de una casa capturase a un ladrón en el mismo acto del robo...., si el ladrón se resistía al arresto podía matarlo sin mayor consecuencia. Es decir, la propiedad privada por encima de la vida. Es la mentalidad que ha impregnado la cultura de Occidente, durante miles de años, hasta el día de hoy. Y así, le hemos dado la vuelta al concepto mismo de “justicia”. En las culturas del Oriente antiguo, hacer justicia era defender al que por sí mismo no podía defenderse (el huérfano, la viuda, el débil...). En la cultura de Occidente, hacer justicia es “dar a cada uno lo suyo”, o sea defender la propiedad privada. El programa de los que tienen poder para legislar eso. Y para ponerlo en práctica. Por eso, lo más grave, que estamos viviendo en este momento, no es que nos están recortando nuestros dineros. Lo peor de todo es que cada día tenemos menos derechos. Ya somos una sociedad desigual. Y mucho me temo que esto, por ahora, no tiene vuelta atrás. La pregunta, entonces, es: ¿hay que obedecer a unos gobernantes que nos gobiernan así? (Hans Kelsen). ¿La cuestión del momento no sería el problema de la “desobediencia civil”?
La actual manía episcopal de exhibir lo que debe estar oculto

José María Castillo, teólogo

Desde que Pablo VI estrenó la práctica de los viajes del papa por el mundo, se ha introducido en la Iglesia una nueva manera de hacer presente el Evangelio que - hay que decirlo desde el primer momento - es literalmente contraria al Evangelio. Se trata de la evangelización mediante grandes concentraciones, que se preparan cuidadosamente y en las que se invierten cantidades asombrosas de dinero. Para que la gente nos vea.
Para que todo el mundo se entere de que la religión sigue viva, de que el papa es importante, de que los obispos tienen una presencia social que hay que tener en cuenta, etc, etc. El gran maestro y difusor de esta nueva pastoral eclesiástica ha sido, como bien sabemos, el papa Juan Pablo II. El papa que más ha viajado por el mundo entero, el que más multitudes ha concentrado, el más aplaudido, el más famoso.
Y, sin embargo, el papa que, al morir, ha dejado una Iglesia metida de lleno en una de las crisis más profundas de la la historia del cristianismo. El conocido escritor John Cornwell, que publicó no hace mucho un excelente estudio sobre Pío XII, terminaba diciendo lo siguiente a propósito del pontificado de Juan Pablo II: “La tesis de este libro es que cuando el papado crece en importancia a costa del pueblo de Dios, la Iglesia católica decae en influencia moral y espiritual, en detrimento de todos nosotros”.
Y es que, a mi manera de ver, el problema, que aquí se plantea, es mucho más serio de lo que seguramente imaginamos. Jesús dijo de forma terminante que el Padre del cielo no quiere que vayamos por la vida exhibiendo nuestra fe, nuestra religiosidad, nuestra ejemplaridad. Es más, Jesús insiste en que Dios no ve lo que se muestra en público, para que la gente nos vea, nos admire, nos aprecie, note que somos buenos y ejemplares.
El Dios del Evangelio “sólo ve en lo oculto” (Mt 6, 5-6). Dios está ciego para ver las grandes exhibiciones de la fe y de la religiosidad. Ni Dios quiere ese tipo de pompas clericales, que son eficaces para hacernos una falsa idea de nuestra presencia en la sociedad, en la cultura, en el corazón de la gente. Enorme engaño. Y más enorme mentira. Cuando el Evangelio habla de este asunto, no se refiere solamente a que lo hagamos todo con mucha humildad. No es cuestión de humildad simplemente. Es cuestión de laicidad. Jesús fue un laico. Que cuando rezaba, se iba a sitios solitarios, al campo, a los montes, donde nadie lo veía. Los apóstoles de Jesús no se dedicaron a pagarle a la gente para que acudiera a oír a Jesús.
Sin embargo, ahora sabemos que los obispos organizan viajes de gentes que van a Roma, para que en el Vaticano se pongan contentos y piensen que la juventud no está tan mal como dicen los rojos de siempre, los progres de siempre, los resentidos de siempre.
Es urgente que la Jerarquía haga, y que todos hagamos, un profundo examen de conciencia sobre cómo estamos orientando la presencia de la Iglesia en este mundo mediático. Si hacemos de la religión un espectáculo de masas, nos quedaremos satisfechos y hasta orgullosos, pero ¡no nos engañemos!, el Evangelio no consiste en concentrar gente, sino en vivir el espíritu y la letra del Sermón del Monte.
Y, sobre todo, la realidad dura del final que tuvo que soportar el propio Jesús, precisamente cuando se vio abandonado de todos y así, solo y en su aterradora soledad, es como nos dejó para siempre la “memoria subversiva” que denuncia las contradicciones de todos los que van por el mundo exhibiendo lo que el Señor quiere que sea vida, realidad, nunca boato, apariencia, exhibición.
Y nunca, por supuesto, haciendo eso a costa de gastos multimillonarios que claman al cielo desde el dolor de todos los excluidos de este mundo injusto, que se distrae viendo las concentraciones episcopales y papales, pero no cambia ni se hace mejor por ver esos espectáculos de dudoso interés publicitario.

DE LAS CASAS LLENAS A LOS TEMPLOS VACÍOS

Es sabido que en la Iglesia primitiva no había templos. Los cristianos se reunían en las casas, ya que la casa era la estructura base del cristianismo primitivo. Es decir, la Iglesia era la institución que aglutinaba a las "iglesias domésticas" (R. Aguirre). Esta situación duró hasta el s. IV, cuando (a partir de Constantino) se construyeron los primeros templos cristianos. Fue el concilio de Laodicea (del 360 al 370) el que prohibió la celebración de las eucaristías domésticas. Hasta entonces, o sea durante tres siglos la Iglesia no tuvo templos, es decir, no tuvo espacios sagrados. Porque "lo sagrado", para la Iglesia de aquellos tiempos, no estaba en determinados edificios o locales concretos, sino que lo sagrado eran "las personas". Vale la pena explicar esto. Y sacar las debidas consecuencias.
Por lo que cuentan los evangelios, Jesús no levantó ningún templo o capilla. Ni organizó un centro de espiritualidad o una casa de retiros. Jesús fue un laico, que vivió laicamente, como un profeta itinerante. Un profeta, además, que, como sabemos, tuvo serios conflictos con el Templo de Jerusalén y sus sacerdotes. Hasta que aquello terminó trágicamente en la pasión y en la cruz. Después de la Resurrección y de Pentecostés, el libro de los Hechos cuenta que, cuando mataron al primer mártir, Esteban, éste, precisamente cuando lo iban a matar, dijo que "el Altísimo no habita en edificios construidos por hombres" (Hech 7, 48). Y, lo que es más importante, San Pablo afirma con toda claridad que la morada propia de Dios no está construida por manos de hombres (2 Cor 5, 1). Es más, la Carta a los Hebreos dice de forma terminante que el templo "no hecho por manos de hombres" se instaura a partir de Cristo (Heb 9, 11).
Los primeros cristianos tenían razones muy serias para decir estas cosas. Aquellos cristianos no querían templos. El motivo de este rechazo no era económico (porque no tuvieran dinero para tales edificios), ni político (porque se tenían que ocultar en tiempos de persecuciones). El motivo por el que rechazaban los templos era teológico. Porque una de las convicciones más fuertes de la Iglesia de aquellos primeros siglos cristianos era que el templo de los cristianos es la comunidad (1 Cor 3, 16-17; Ef 2, 21) o cada cristiano en particular (1 Cor 6, 19; 2 Cor 6, 16). Lo cual quiere decir, lógicamente, que para los cristianos (los de entonces y los de ahora) no hay más templo que la comunidad misma o cada ser humano en concreto. Es decir, el lugar del encuentro con Dios no es un espacio material (geográfico), sino el espacio humano del encuentro entre las personas. Donde los humanos se encuentran, se comunican, se unen y conviven, ahí es donde se encuentra a Dios.
Esta manera de pensar, tan revolucionaria, duró algún tiempo, no mucho. Sólo aguanto tres siglos. A partir del momento en que la Iglesia se vio con poder, expresó ese poder (entre otras cosas) en los edificios, es decir, levantando iglesias, templos, basílicas y capillas. Con lo cual se conseguían varias cosas: 1) A Dios se le encerraba en el templo, que podía ser grandioso, señal de que quien estaba allí era el Todopoderoso, pero ya no era el Dios humanizado, al que se le encuentra entre los humanos y humanizándose. Una cosa que ha sido fatal. Porque así los cristianos descargamos las conciencias acudiendo un rato al templo, mientras que en la calle, en la casa, en el trabajo..., nos portamos como si Dios no existiese. El respeto se guarda en el templo, lo que hace más tolerables las frecuentes faltas de respeto que cometemos en la convivencia a todas horas y en todas partes. Nos espanta la profanación de un templo. Y no nos impresionan las constantes profanaciones de toda clase de personas que cometemos, incluso con la conciencia tranquila del que hace "lo que tiene que hacer". 2) Es más fácil construir un templo que construir una comunidad. Se maneja mejor el ladrillo que la convivencia. Y así nos encontramos ahora con muchos templos y tan pocas comunidades. Enseñamos monumentos, pero no podemos enseñar grupos humanos que se quieren y en los que no hay secretos que ocultar. 3) Los templos suelen dar un buen rendimiento económico. Cosa que se sabe desde que se empezaron a levantar templos. Uno de los favores que Constantino le hizo a la Iglesia fue la concesión de recibir herencias y legados, cosa de la que da cuenta el Código de Teodosio (CTh. 16. 2. 4 = CJ 1.2.1, del 321). Así se abrió la puerta al enriquecimiento de la Iglesia mediante las enormes donaciones de la gente rica, que dejaba sus bienes al templo y así se moría en paz, tal como lo explica el reciente y magnífico estudio del Prof. Ennio Cortese, en su estudio sobre las grandes líneas de la Historia Jurídica Medieval (Roma, 2008).
Uno de los muchos problemas que la Iglesia tiene que afrontar es éste: ¿Creemos en el Dios que hemos encerrado en los templos o creemos en el Dios que está en cada ser humano? He aquí dos modelos de Iglesia, que desencadenan dos formas de entender el cristianismo y la fe en Jesús el Señor.

José Mª Castillo
El velo de las monjas

José María Castillo, teólogo

Se habla estos días del velo que las mujeres de la religión islámica tienen que llevar cubriéndose la cabeza. Así, según dicen los expertos en el Islam, tienen que hacerlo las mujeres que siguen esa religión. Y efectivamente en el Corán hay textos que marcan una clara discriminación de las mujeres con respecto a los hombres (sura: 4, 34; 4, 3; 24, 31).
Esta última sura menciona el velo en el cuello. Aunque también es cierto que los cristianos deberíamos tener presente que nuestra religión, desde San Pablo, dispone que la mujer no está liberada del marido (1 Cor 11, 3. 7; Ef 5, 22 s; Col 3, 18; Tit 2, 5; 1 Pe 3, 1) y tiene un rango secundario en la Iglesia (1 Cor 14, 35 s; 1 Tim 2, 11 s), si bien es cierto que el mismo Pablo afirma que la distinción de sexos queda superada en el cristianismo (Gal 3, 28) y la mujer es igual al hombre (1 Cor 7, 2-5). En todo caso, bien sabemos la situación de discriminación en que todavía viven las mujeres en la gran mayoría de los países cristianos. Y, desde luego, las posiciones de San Pablo no son siempre coherentes a este respecto.
Sea de esto lo que sea, es un hecho que el velo que en el Islam se impone a las mujeres está siendo motivo de conflictos sociales y políticos, no sólo en España, sino también en otros países, como es el caso de Francia. ¿Qué decir sobre este asunto?
Es claro, ante todo, que en esta cuestión no somos coherentes. Porque a los cristianos nos molesta el velo de las mujeres musulmanas, pero no molesta igualmente el velo o la toca que las monjas (de algunos institutos religiosos) tienen que llevar en público. Esto habría que pensarlo para ser enteramente coherentes, sea cual sea la religión de la que hablemos.
Por otra parte, es determinante, en este asunto, tener muy claro que el hecho religioso no es un hecho individual, que se debe recluir en la intimidad de la vida privada. El hecho religioso es un fenómeno cultural. Y como todos los hechos, que son componentes de una determinada cultura, son por eso mismo “hechos públicos” y “hechos sociales”. Como todo lo cultural es público y social. No olvidemos que el hecho religioso se elabora, no sólo a partir de experiencias interiores de la conciencia, sino, además de eso, también hay que tener en cuenta que las creencias religiosas se transmiten y se expresan por medio de signos, metáforas y sobre todo símbolos.
Ahora bien, lo mismo los signos, que las metáforas y los símbolos, son siempre fenómenos culturales que nunca pueden quedar relegados al ámbito de lo privado. En este asunto, tan determinante, se equivocan (por ignorancia) los políticos que pretenden enclaustrar a la religión en la intimidad de las conciencias y no toleran que se manifieste en signos públicos.
Otra cosa es las implicaciones políticas que puede (y suele) tener la religión. He dicho que la religión es un hecho público. Pero precisamente por eso, toda religión tiene que atenerse a las leyes y al ordenamiento constitucional del país donde se practica. En teoría, esto está muy claro. Pero plantea problemas en la práctica, problemas que no son fáciles de resolver. En el caso concreto del velo de las mujeres islámicas, hay quienes sostienen que el Islam no es sólo una religión, sino que además está asociado a formas de administración política que, en no pocos países islámicos, no son plenamente democráticas. De ser eso así, el velo indicaría que una mujer, que está vinculada a un sistema no democrático, se aprovecha de las libertades de una democracia para utilizar signos públicos ajenos a esa democracia.
Posiblemente en países como Francia, en los que la presencia de los ciudadanos islámicos es muy notable, todo esto pueda ser origen de roces y conflictos. No lo sé. En todo caso, a mí me parece que lo mejor que podemos hacer, en los países democráticos, es ser consecuentes con el principio de tolerancia y de igualdad para todos los ciudadanos. De forma que cada cual exprese sus creencias religiosas como crea que debe hacerlo, con tal que eso no interfiera la igualdad y los derechos de los demás. En la sociedad tan plural en que vivimos, tenemos que ser tolerantes y respetuosos con los demás, aunque no comulguemos todos con las mismas creencias y las mismas prácticas.
A fin de cuentas, si hay mujeres islámicas que llevan velo, también hay monjas que lo llevan. Con tal que unas y otras respeten el orden constitucional y las libertades establecidas en nuestro país, que cada cual se vista como crea conveniente. Y si decimos que las mujeres musulmanas se ven dominadas por sus maridos, no menos lo están muchas mujeres católicas por los suyos. El problema, pues, es más profundo. Es un problema que se resuelve, no con prohibiciones, sino con una buena educación en el respeto de todos a todos.