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Domingo III Tiempo Ordinario
27 enero 2013

Evangelio de Lucas 1, 1-4; 4, 14-21

Ilustre Teófilo: Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que fueron primero testigos oculares y luego predicadores de la Palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.
… … … … … …
En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea, con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.
Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para darla buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor”.
Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles:
― Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.
******

SIEMPRE ES AHORA

En su conocido “prólogo”, el autor del tercer evangelio señala el “recorrido” que se siguió hasta la redacción de los textos que han llegado hasta nosotros. Las etapas del mismo, como han detallado los estudiosos del método histórico-crítico aplicado a los evangelios, habrían sido estas: 1) los hechos ocurridos, 2) la transmisión de los testigos oculares, 3) la tradición de los “predicadores de la palabra”, y 4) la redacción definitiva.
A pesar de que han transcurrido al menos cincuenta años desde que acontecieron los hechos, Lucas tiene cuidado en subrayar que lo ha “comprobado todo exactamente”, con el objetivo de mostrar “la solidez de las enseñanzas” recibidas.
Ciertamente, el proceso de redacción de los textos evangélicos fue largo y complejo. No buscaban ser crónicas ni tenían el mismo concepto de “historia” que nosotros. Con toda probabilidad, desde muy temprano empezaron a circular tradiciones que servían de “memoria” de lo ocurrido y que alimentaban la vida y la fe de aquellas comunidades incipientes, todavía en el seno de la religión-madre (judía).
Poco a poco, y de una manera tajante y violenta a partir del año 70, tras la destrucción de Jerusalén por el ejército romano, las comunidades se separaron y comenzaron su andadura como iglesias autónomas. Este hecho tuvo que hacerles “marcar distancias” con el judaísmo oficial –rescatado ahora, en la asamblea de Jamnia, por los grupos fariseos-, a la vez que veían la necesidad de consolidar las tradiciones recibidas, en la medida en que los “testigos oculares” empezaban a desaparecer.

Con todo ese trasfondo, Lucas va a presentar el inicio de la actividad de Jesús –tras el relato del bautismo y el de las tentaciones- con este “discurso programático”, en la sinagoga de Nazaret, su lugar de origen, y a partir de un texto conocido del profeta Isaías (61,1).
Me parece que Lucas no podía haber encontrado palabras más apropiadas para describir la misión de Jesús: en esa cita de Isaías, de la que se elimina la frase que hacía alusión a “la venganza de nuestro Dios”, se condensa lo más característico de la persona de Jesús y de su Buena Noticia.
Pero en esta ocasión quiero detenerme en la última frase: “Hoy se cumple esta Escritura”. Sabemos que el “hoy” de Lucas –que aparece en ocasiones señaladas a lo largo del escrito- se refiere al presente, al momento en que el lector lo pronuncia. Por tanto, “hoy” equivale a “siempre”, al “presente eterno”.
En realidad, solo existe Hoy, Ahora, el Presente. Nuestra mente ve el tiempo como algo lineal –no puede hacerlo de otro modo-, pero todo ello acontece en el presente, como “espacio” que todo lo contiene, incluido lo que llamamos “tiempo”.
Por eso, tiene razón Jesús cuando proclama: “Hoy se cumple esta Escritura”. En realidad, hoy se cumple todo. Cada vez que una persona cae en la cuenta de que solo existe Ahora y deja de cavilar y preocuparse por lo que ocurrió en el pasado o por lo que teme que ocurra en el futuro, experimentará que el presente es pleno, que no le falta nada.
Esto no significa renunciar a planificar el futuro, ni dejar de aprender de la experiencia de lo vivido. Se trata de otra cosa: de hacer todo ello sin escaparnos del momento presente.
Cuando estamos en aquello que estamos haciendo en este preciso momento, cesan todas las preocupaciones e inquietudes. Y, una vez más, parece necesario insistir en que eso no es pasividad, indolencia, dejadez ni despreocupación. Se hará lo que tenga que hacerse, y se hará incluso mucho mejor. Porque del presente brotará siempre la acción más adecuada.
Como escribe el psiquiatra Jon Kabat-Zinn, “la calma, la visión profunda y la sabiduría solo surgen cuando podemos reconocer verdaderamente que somos completos en este momento… Lo gozoso es que no es preciso que ocurra nada más para que este momento esté completo” (J. KABAT-ZINN, Mindfulness en la vida cotidiana. Dondequiera que vayas, ahí estás, Paidós, Barcelona 2009, pp.56.70).

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Domingo XXXII Tiempo Ordinario
11 noviembre 2012

Evangelio de Marcos 12, 38-44

En aquel tiempo, enseñaba Jesús a la multitud y les decía:
¡Cuidado con los letrados! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos. Ésos recibirán una sentencia más rigurosa.
Estando Jesús sentado enfrente del cepillo del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos monedas de muy poco valor. Llamando a sus discípulos, les dijo:
Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.

******

RELIGIÓN Y EGO

Pareciera que fue la palabra “viuda” la que hizo que se unieran estos dos breves relatos: la durísima crítica a los letrados (doctores de la ley o escribas), a quienes se acusa, entre otras cosas, de “devorar los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos”, y el enigmático episodio de la “viuda pobre” que echa en el cepillo del templo “todo lo que tenía para vivir”.
El primero de ellos contiene la denuncia de un comportamiento que no es inusual entre la autoridad religiosa: el uso de ropajes especiales, la búsqueda de reconocimiento social, el uso de títulos pomposos heredados del pasado y alejados de la vida cotidiana, el afán por lugares destacados, el negocio económico a costa a veces de gente necesitada… Ni un anticlerical hubiera sido más duro. Y, sin embargo, son palabras del evangelio.
Tales actitudes, cuando se dan en personas religiosas, duelen y escandalizan más, porque suelen predicar justo lo opuesto. Pero, en realidad, son comportamientos que nos acechan a todos, porque definen bien cuál es el funcionamiento habitual del ego.
El ego, ese manojo de necesidades y miedos, no puede buscar otra cosa que su autoafirmación, a costa de lo que sea. Y, dado que el ego solo puede moverse por el mundo de los objetos, lo hace por los caminos del tener, del poder y del aparentar.
Sabemos que el ego es solo un error de percepción. No responde a ninguna realidad consistente, sino que es simplemente el resultado de un proceso de identificación de la mente con un determinado conjunto de pautas mentales y emociones, experiencias y circunstancias vividas. Sobre todo ello, la mente aprendió a decir “mío” y se generó el ego, con una consecuencia asombrosa: le atribuimos una entidad en sí mismo y terminamos convencidos de que constituía nuestra verdadera identidad.
Una vez producido el equívoco, ya no podíamos hacer otra cosa que vivir para él. De esa manera, nos convertimos en marionetas en sus manos y todo nuestro comportamiento quedó marcado por la egocentración.
Afortunadamente, nuestra verdadera identidad puede haber quedado adormecida o incluso aplastada bajo el peso de un ego que sofoca cualquier otra voz, pero no ha sido eliminada. Por eso podemos seguir experimentándola, aunque sea en forma de anhelo, o incluso solo de insatisfacción. De hecho, suele ser la insatisfacción, el desencanto o la hartura, lo que nos pone en camino para buscar en profundidad aquello que realmente somos y que sabe a plenitud. Aquello que nunca puede ser afectado negativamente, que siempre se halla a salvo, y que nos desegocentra eficazmente.

Por otro lado, la imagen de la viuda, en la segunda parte del relato, y debido precisamente al contexto, parece ofrecer varios significados. En primer lugar, reflejaría –como antítesis de los letrados- a la persona desidentificada de su yo, hasta el punto que es capaz de darlo todo.
Pero caben otras lecturas: en una de ellas representaría a las personas, especialmente mujeres en estructuras patriarcales o machistas, que son víctimas del sistema, en este caso religioso: aquellas cuyos bienes son “devorados” por la autoridad.
En tercer lugar, sería no solo víctima, sino culpable de sostener aquel sistema que va contra la vida. Porque es ella la que, precisamente con su limosna –incluso lo que necesita para vivir- sigue alimentando una estructura explotadora y caduca. (No olvidemos que, en el evangelio de Marcos, como en el de Juan, el templo –y la religión que él sostenía- se han dado por caducados).

En conjunto, el doble relato supone un cuestionamiento lúcido de toda estructura de poder, particularmente religioso; un cuestionamiento que llega incluso a los detalles más pequeños, como puede ser el ropaje.
Llama la atención que, en esa crítica, se mencionen expresamente los “rezos”. Incluso lo que, en principio, tendría que ser la actividad más desinteresada y gratuita, como es la oración, se puede convertir en la coartada para obtener beneficios.
En cualquier caso, más allá de lo específicamente religioso, podemos leer el relato en clave de (des)identificación egoica, como una llamada a ser lúcidos de nuestras propias trampas y una invitación a reencontrarnos con nuestra identidad más profunda, Aquella cuya voz podemos escuchar cuando acallamos la mente y silenciamos los gritos del ego.

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Domingo XXXI Tiempo Ordinario
4 noviembre 2012

Evangelio de Marcos 12, 28b-34

En aquel tiempo, un escriba se le acercó a Jesús y le preguntó:
— ¿Qué mandamiento es el primero de todos?
Respondió Jesús:
— El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos.
El escriba replicó:
— Muy bien, maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:
— No estás lejos del Reino de Dios.
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

******
LO REAL ES AMOR

La pregunta que el escriba –teólogo oficial del judaísmo- le dirige a Jesús tenía mucha importancia por dos motivos: porque los propios teólogos habían llegado a formular nada menos que 625 normas –que hacían derivar de la Torah, y que buscaban regular hasta los detalles más nimios de la vida cotidiana-, y porque las respuestas que se daban a aquella cuestión no siempre eran unánimes.
Se comprende que, en tal jungla normativa, la gente se preguntara por el mandamiento “más importante”, deseando simplificar lo que se había convertido en un verdadero agobio.
Y se comprende también el interés de la pregunta si tenemos en cuenta que existían diferentes respuestas. Para algunos rabinos, el mandamiento más importante era, por ejemplo, el cumplimiento del sábado.
La respuesta de Jesús –que en el cuarto evangelio todavía se radicalizará más: “Os dejo un mandamiento: que, con el amor con que yo os he amado, os améis los unos a los otros”: Jn 13,34– no es novedosa.
Por un lado, algún rabino contemporáneo, como Hillel, había respondido en la misma dirección: “No hagas a tu vecino lo que no quieres que él te haga a ti. En esa frase se resume toda la enseñanza de la Torah. El resto es comentario. Ve y apréndelo”.
Por otro, lo que Jesús hace es traer una doble cita tomada de la Torah, en el Libro del Deuteronomio (6,4-5) y en el Levítico (19,18).
Su novedad, en todo caso, consiste en unir los dos mandamientos, estableciendo un nexo indisoluble entre ellos. Solo hay un amor. Y, en clave religiosa, es imposible amar a Dios si no se ama al prójimo, como bien recogerá más tarde la Primera Carta de Juan: “Quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn 4,20).
Desde una lectura no-dual, el texto adquiere una riqueza todavía mayor. Por una parte, bajo esta perspectiva, que reconoce que el todo está en la parte, y que el Todo es interrelación, es imposible un amor “parcializado”. El amor no hace excepciones.
Por otra, podemos apreciar que la respuesta de Jesús –tomada del Libro sagrado del judaísmo- no es tanto un mandamiento, cuanto una revelación. No se trata de que el Dios separado del universo mítico reclame ser amado por encima de cualquier otra realidad, como si de un gran Narciso se tratara (aunque comprendamos que, en el nivel mítico de consciencia, no pudiera verse de otra manera).
La lectura es, a la vez, más simple y más profunda. Lo que esa respuesta nos revela –y ahí es donde reside su verdad y su fuerza, con la que cualquier persona puede conectar- es que el Fondo último de lo Real, la Fuente de donde todo brota y la Naturaleza básica de la realidad es Amor.
Es decir, se expresa en forma de mandamiento (“Amarás al Señor tu Dios…”), porque eso responde a lo que es nuestra identidad más profunda. Somos Amor –como lo es la Mismidad de todo- y solo “acertamos” en la vida cuando vivimos en conexión con él y permitimos que se exprese y fluya a través de nosotros.
La Realidad, cuando se la ve sin el filtro del ego (de la mente), es amorosa y es amable. El Ser (“Dios”, en las religiones), en cuanto tal, es tanto fuente de amor como el amor mismo.
Esto no significa que las cosas nos vayan a ir “bien”, en clave de lo que el ego etiqueta como tal. Significa que el Ser es positividad y que la naturaleza fundamental de todo es beneficiosa.
Nuestra mente colocará etiquetas de “positivas” y “negativas”, “buenas” y “malas”, a las diferentes realidades con las que nos encontremos. Pero ya sabemos que la visión de la mente es sumamente limitada y parcial. Lo que es una polaridad abrazada en una unidad mayor, será visto por la mente como un campo de lucha sin cuartel. Por eso, cuando somos capaces de ver libres del filtro mental, percibiremos la Belleza, la Bondad y la Verdad de todo lo que es.

El amor del que hablamos aquí no es un movimiento sensible ni un estado emocional. Es la percepción de que nuestra naturaleza esencial –el Fondo que compartimos con todo lo real- es bella y amorosa.
Este amor tampoco tiene que ver, en primer lugar, con la voluntad. Es, más bien y en primer lugar, consciencia de no-separación de nada. De esta comprensión es de donde nacerá el comportamiento adecuado.
Por el contrario, cuando estamos en la superficie, identificados con nuestro ego y actuamos desde él, sufrimos. Porque hemos perdido la conexión con el Amor; sufrimos porque estamos “lejos” de nuestra profundidad, “lejos” de lo Real.
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Domingo XXX Tiempo Ordinario
28 octubre 2012

Evangelio de Marcos 10, 46b-52

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo (el hijo de Timeo) estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar:
Hijo de David, ten compasión de mí.
Muchos le regañaban para que se callara. Pero él gritaba más:
Hijo de David, ten compasión de mí.
Jesús se detuvo y dijo:
Llamadlo.
Llamaron al ciego diciéndole:
Ánimo, levántate, que te llama.
Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
Jesús le dijo:
¿Qué quieres que haga por ti?
El ciego le contestó:
Maestro, que pueda ver.
Jesús le dijo:
Anda, tu fe te ha curado.
Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

******

¿QUEREMOS VER?


El engaño que nos impide ver

En un texto central en su evangelio, Marcos presenta a un ciego como prototipo del verdadero discípulo. Quienes acompañaban a Jesús –ha repetido el evangelista en capítulos anteriores- oyen su palabra, pero no entienden; creen ver, pero en realidad están ciegos. Por eso, en la práctica, toman un camino diferente al del propio maestro.
El ciego Bartimeo, por el contrario, es consciente de que no ve y, a diferencia de los discípulos que reclamaban “los primeros puestos”, pide únicamente “ver”. Y en el momento mismo en que ve, sigue a Jesús por el camino: un camino que no es topográfico, sino teológico, el que propone el propio Jesús.

Empezamos a vivir cuando, decididamente, queremos ver. A falta de esta determinación, sobrevivimos en la ignorancia de quienes somos, en la creencia de estar separados de los otros y del mundo y en la búsqueda, más o menos compulsiva, de “distracciones” y compensaciones.
Tendemos a oír solo la voz de nuestra mente, en la creencia ilusoria de que ella nos mostrará el camino de la vida. Pero la mente tiene una visión corta y estrecha.
Nos hace girar en torno al yo, como si se tratase de nuestra verdadera identidad. Y, dando eso por supuesto, nos hace deudores de lo que le ocurra a ese yo.
Soledad, miedo, ansiedad y, en definitiva, existencia egocentrada: esas son las características que acompañan a tal identificación. Al vivir con la creencia de que somos el yo, no podemos hacer sino preocuparnos por él. Ahora bien, preocuparnos por algo que no tiene consistencia propia conduce directamente a la ansiedad.
Ese es el motivo por el que la identificación con la mente nos encierra en una prisión, hecha de ignorancia y de sufrimiento, en la que nos reducimos a circunstancias impermanentes, viviendo desconectados de nuestra verdadera identidad. Estamos ciegos, con el agravante de que creemos ver.


¿Cómo salir del engaño y poder ver?

La salida de la prisión de la ignorancia y del sufrimiento, en la que nos encierra nuestra reducción a la mente, pasa por desenmascarar el engaño de la identificación.
La excesiva preocupación por el yo es indicio seguro de ceguera y fuente cierta de cansancio estéril. Quizás solo cuando ese cansancio se nos hace insoportable empezamos a replantearnos nuestro modo de vivir. El desencanto o la hartura nos urgen a buscar una salida, porque nos hemos dado cuenta de que la raíz del problema se halla en nuestro modo de ver.
Solo hay un modo de salir de esa trampa: dejar de reducirnos a la mente (pensamientos, sentimientos, emociones…), dejar de identificarnos con el yo.
No te preocupes demasiado por cómo estás, qué sientes, qué te ha ocurrido o qué temes que te pueda ocurrir… Ven al momento presente y entrégate a él.
Toma distancia del yo y ríndete a la realidad de lo que es, deja que las cosas sean, entrégate a la Sabiduría mayor que habita todo lo real…, hasta que tú mismo seas también instrumento o cauce a través del cual esa misma Sabiduría se exprese. Acepta lo que es y deja que todo sea.
Toma conciencia de que no eres la mente, sino Eso que queda cuando la mente se calla: la plenitud del “Yo Soy” universal. Y reconoce que Eso que eres es perfecto y se halla siempre a salvo.

Cuando sueltes la preocupación por el yo, empezarás a ver y podrás seguir el camino adecuado.

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Domingo XXVII Tiempo Ordinario
7 octubre 2012

Evangelio de Marcos 10, 2-16


En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús para ponerlo a prueba:
¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?
Él les replicó:
¿Qué os ha mandado Moisés?
Contestaron:
Moisés permitió divorciarse dándole a la mujer un acta de repudio.
Jesús les dijo:
Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo:
Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.

Le presentaron unos niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban.
Al verlo, Jesús los miró con ira y les dijo:
Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.
Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.

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LA MUJER, LOS NIÑOS Y LOS ÚLTIMOS

Parece que el “tema” de este texto no es el que salta a primera vista. A partir de la pregunta que le hacen, Jesús no se centra tanto en la cuestión del divorcio (o repudio), cuanto en el lugar de la mujer.
En realidad, la misma pregunta suena extraña, si tenemos en cuenta que nadie, en Israel, negaba la licitud del “repudio”, en virtud del cual el marido podía despedir a la mujer. Lo que se discutía, según las diferentes escuelas, más o menos rigoristas, eran los motivos que lo justificaban.
Sea el que fuere el motivo de aquella pregunta, la respuesta de Jesús se va a centrar en dos puntos: la “intuición primera” (y, por tanto, también el “horizonte”) hacia el que tiende la relación amorosa y la posición de la mujer.
En la tradición judeocristiana, la relación de la pareja se expresa con las palabras: “serán los dos una sola carne”. Se trata de una expresión vigorosa y de una imagen espléndida, que subraya la unidad-en-la-diferencia.
En ese sentido, puede incluso verse como el paradigma de lo que es todo lo real: unidad sin costuras, en la que no se niega la diferencia, pero esta queda integrada o abrazada en la Unidad mayor que nada deja fuera.
En los comentarios posteriores, así como en la casuística moral, el problema surgió cuando estas palabras se leyeron de un modo literalista. Pero el evangelio no es un conjunto de anécdotas ni una suma de principios morales, sino palabra de sabiduría. Cuando esto se olvida, el literalismo desemboca en el fundamentalismo.
Una cosa es el “principio de sabiduría”, tal como lo formula el maestro de Nazaret, a partir del texto del Génesis, y otra bien diferente es pretender aplicarlo de un modo voluntarista a lo que puede ocurrir en cada pareja concreta.
A nadie habría de resultarle difícil de comprender la infinidad de factores y de condicionamientos, que explican funcionamientos tan dispares de una pareja a otra. Debido a ello, se producirán inevitablemente aciertos y errores, así como decisiones que no puedan llevar a otra cosa que a un “mal menor”.
El propio Jesús, que condena el adulterio, se erige como defensor de una mujer sorprendida en adulterio, a quienes los observantes religiosos querían apedrear (Juan 8,1-11).

Pero, como decía, la respuesta de Jesús va a centrarse en otra cuestión, por la que no le habían preguntado. Más aún, se trataba de algo tan lejano a lo que era el pensamiento oficial y el imaginario colectivo, que la toma de postura de Jesús debió resultarles escandalosa. Hasta el punto de que, una vez en casa, los propios discípulos le vuelven a insistir “sobre el mismo tema”.
La “novedad” de Jesús radica en plantear la posibilidad de algo que la sociedad judía no contemplaba: que fuera la mujer la que pidiera el divorcio.
Lo que eso significaba era bien simple: situar a varón y mujer en pie de igualdad. O, dicho de otro modo, desactivar el machismo que, como ocurre todavía hoy en no pocos ámbitos geográficos y culturales, lleva a considerar a la mujer como “propiedad” del varón o, al menos, a su servicio.
Es claro que tales actitudes machistas, por más que se hubieran mantenido durante siglos, contradecían flagrantemente aquel primer principio bíblico que hablaba de “ser los dos una sola carne”.

En realidad, la actitud de Jesús es coherente con toda su trayectoria. Si algo queda claro en el relato evangélico es su posicionamiento decidido a favor de “los últimos”, “los pequeños”, “los niños”…
El maestro de Nazaret, rompiendo tabúes intocables como el del parentesco y el del estatus social, se coloca voluntariamente en la escala más baja de la pirámide, en el lugar de los últimos y, tanto con sus palabras como con su comportamiento él mismo se autoestigmatiza, situándose en los márgenes de la sociedad y de la religión.
Este hombre, voluntariamente “desclasado”, elige la pobreza (Marcos 10,21) y aparece como el hombre fraternal, que sabe ver, en cada persona que se le acerca, a un hermano, a una hermana. Se muestra profundamente acogedor, particularmente con quienes se sentían más discriminados por cuestiones sociales o religiosas (enfermos, pecadores, mujeres, niños; Zaqueo, María Magdalena, la mujer adúltera…). No hay duda: los “últimos” son sus preferidos: no porque sean “mejores”, sino porque son “últimos”.

Por todo ello, no parece casual que, tras el relato en el que se defiende la igualdad de la mujer con respecto al varón, aparezca la escena de los niños.
En el evangelio –como en la Palestina del siglo I-, la figura del niño no evoca algo positivo, sino todo lo contrario. Por eso, cuando sobre esa figura se han proyectado estereotipos posteriores, no solo se ha caído en un anacronismo histórico, sino que hasta parecía que se elogiaban actitudes infantiles.
En el evangelio, el “niño” es imagen de quien “no cuenta”, “el último de todos”. Por eso, la expresión “dejad que los niños se acerquen a mí”, habría que traducirla más adecuadamente por “dejad que los últimos se acerquen a mí”. Y así es como comprendemos el enfado de los discípulos que, por querer impedirlo, son objeto de la ira de Jesús.
El maestro de Nazaret se identifica con los “niños” o “los últimos” (abrazar significa identificarse) y deja claro que solo puede comprender y vivir su proyecto –que él llamaba “reino de Dios”- quien está dispuesto a “ser niño”, es decir, a colocarse voluntariamente en el último lugar, como él mismo había hecho: ”el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir” (Marcos 10,45); “yo estoy entre vosotros como el que sirve” (Lucas 22,27).


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Domingo XXVI Tiempo Ordinario
30 septiembre 2012


Evangelio de Marcos 9, 38-48

En aquel tiempo, dijo Juan a Jesús:
 Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros.
Jesús respondió:
 No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro.
El que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa. Al que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos al abismo, al fuego que no se apaga.
Y si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida que ser echado con los dos pies al abismo.
Y si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios que ser echado con los dos ojos al abismo, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.

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LA TRAMPA DEL FANATISMO

Quiero empezar este comentario con una cita, un tanto extensa, del escritor israelí Amos Oz que, en un librito titulado Contra el fanatismo (Debolsillo, Barcelona 2005), escribe:
“La semilla del fanatismo siempre brota al adoptar una actitud de superioridad moral que impide llegar a un acuerdo” (p.22).
“La esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar. En esa tendencia tan común de mejorar al vecino, de enmendar a la esposa, de hacer ingeniero al niño o de enderezar al hermano en vez de dejarles ser. El fanático es una criatura de lo más generosa. El fanático es un gran altruista. A menudo, está más interesado en los demás que en sí mismo. Quiere salvar tu alma, redimirte. Liberarte del pecado, del error, de fumar. Liberarte de tu fe o de tu carencia de fe. Quiere mejorar tus hábitos alimenticios, lograr que dejes de beber o de votar. El fanático se desvive por uno. Una de dos: o nos echa los brazos al cuello porque nos quiere de verdad o se nos lanza a la yugular si demostramos ser unos irredentos. En cualquier caso, topográficamente hablando, echar los brazos al cuello o lanzarse a la yugular es casi el mismo gesto. De una forma u otra, el fanático está más interesado en el otro que en sí mismo por la sencillísima razón de que tiene un sí mismo bastante exiguo o ningún sí mismo en absoluto” (p.28-29).
Daba en el clavo también el físico Andréi Sajarov cuando decía que “la intolerancia es la angustia de no tener razón”.

Tanto la intolerancia como el fanatismo ponen de relieve la propia inseguridad. Un yo psicológico no suficientemente integrado –debido, probablemente, a la falta de “apego seguro” en un adecuado contacto materno- se verá necesitado de “seguridades absolutas”, que sostengan su precaria e inestable sensación de identidad. Por ello mismo, se verá incapaz de tolerar la discrepancia, por lo que tenderá a descalificar, juzgar, condenar (o empeñarse en “convertir”) a quien no piense como él. Porque percibe toda diferencia como amenaza.

Esta amenaza es la que se esconde detrás de las palabras de Juan: “No es de los nuestros”. Efectivamente, son “los otros” los percibidos como amenaza: porque al pensar diferente o adoptar un comportamiento distinto al propio, nos hacen ver que el nuestro no es el valor “absoluto”, sino otro más al lado de tantos. Y esto es lo que una personalidad insegura se ve incapaz de tolerar, por la angustia que le genera la falta de seguridades “absolutas”.
En esa necesidad de “seguridades absolutas”, podemos detectar dos factores: uno sociocultural (evolutivo) y otro psicológico.
Por lo que se refiere al primero, parece claro que, en el estadio mítico de consciencia, el etnocentrismo es un valor incuestionable: el propio grupo es visto como poseedor de la verdad y del bien, y no hay nada que justifique la crítica al grupo ni la toma de distancia con respecto a él. En ese nivel de consciencia, lo que prima es la “cohesión”, derivada del asentimiento ciego a las normas grupales, que da como resultado la concepción del propio grupo como un “rebaño”. ¡Y ya sabemos de los riesgos que corría quien se atrevía a salirse del rebaño…!
En este estadio de consciencia, la seguridad del individuo corría pareja a la pertenencia al grupo. De un modo inconsciente, en aras de aquella seguridad, se sacrificaba cualquier discrepancia, porque se había renunciado al derecho a pensar por uno mismo: ¡todo fuera por la sensación de seguridad que aportaba la “homogeneidad”!
Conclusión: a una persona que está instalada en el nivel mítico de consciencia no se le puede pedir tolerancia para quien discrepa; su “nivel de consciencia” no se lo permite, ya que en ese nivel la discrepancia (como la libertad o la autonomía) no es reconocida como valor; ni siquiera puede verse como tal.

Desde el punto de vista psicológico, la cuestión de la intolerancia y el fanatismo se halla también vinculada con la seguridad. La seguridad –y, asociado a ella, el control- constituye una necesidad básica del ser humano. Mientras la persona no ha hecho experiencia de una seguridad firme que le sostiene, la buscará fuera de sí –proyectándola en un líder, un grupo o una institución-, o la situará en sus ideas, creencias o convicciones.
Cuando eso se produce, el sujeto inseguro no podrá tolerar que tal líder, grupo o institución sean puestos en cuestión; así como tampoco podrá permitir que sus ideas, creencias o convicciones sean criticadas. Le va en ello su propia estabilidad.
Por eso, a una persona con un yo psicológico tan frágil tampoco se le puede pedir tolerancia. Su pánico a la inseguridad se lo hace imposible. Con una ironía añadida: la persona que padece eso tipo de inseguridad que le hace ser fanática presume de seguridad e incluso de “verdad”. Hasta el punto de que, para ella, quienes plantean una postura diferente son personas “a convertir”, en la línea de lo expresado por Amos Oz.

La “salida” del fanatismo parece requerir, por tanto, una doble condición: por un lado, el paso del nivel de consciencia mítico a otro racional; y, por otro, experimentar una fuente de seguridad que se encuentra más allá de la mente (de sus ideas o creencias).
Es probable que, para que esto último pueda darse, sea necesario un trabajo psicológico, que otorgue a la persona una sensación interna de consistencia y de autonomía. Quien es capaz de “hacer pie” en sí mismo, relativiza también el carácter absoluto que había atribuido a las ideas y, a la vez, permite a los otros ser diferentes, sin que la diferencia sea vista como amenaza.
En la medida en que la persona pueda ir creciendo en esa sensación de confianza interna, que le hace ser autónoma, podrá abrirse a otra experiencia más honda: ya no buscará la seguridad en “objetos” (ideas, creencias…), sino en el Fondo mismo de lo Real, experimentado de un modo directo.
Quiero decir que, cuando somos capaces de acallar la mente, no evitar nada y permanecer en silencio, se nos regalará la experiencia de una seguridad de fondo, que se percibe de un modo directo, inmediato y autoevidente. Una seguridad de fondo que no es otra cosa que la misma y única Realidad, que nos sostiene y nos constituye en todo momento. Cuando eso se experimenta, se obtiene el regalo de la Libertad sin límites y de la Plenitud.

Y por retomar la queja de Juan con la que iniciaba este comentario: ¿quiénes son “los nuestros”?
Etnias, tribus, nacionalismos, religiones e ideologías de todo tipo han tendido a definir con claridad los límites que marcaban el propio “territorio”, impidiendo que “los otros” se adentraran en él.
En el caso de las religiones, se ha ido incluso más lejos, al atribuir a Dios la demarcación de aquellas presuntas fronteras. Así se ha hablado de “pueblo elegido”, “única religión verdadera”, “única salvación”…
Frente a tal arrogancia (inconsciente e ignorante), quizás venga bien terminar con el chiste que el propio Amos Oz recoge en su libro.
“Alguien se sienta en la terraza de un café junto a un anciano, que resultó ser el mismísimo Dios. Al enterarse, se dirige a él con una pregunta que le había acompañado siempre: «Querido Dios, por favor, dime de una vez por todas: ¿qué fe es la correcta? ¿La católica romana, la protestante, tal vez la judía o acaso la musulmana? ¿Qué fe es la correcta?». Y Dios dice en esta historia: «Si te digo la verdad, hijo, no soy religioso, nunca lo he sido, ni siquiera estoy interesado en la religión»” (p.89).


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Domingo XXV Tiempo Ordinario
23 septiembre 2012


Evangelio de Marcos 9, 30-37

En aquel tiempo, instruía Jesús a sus discípulos. Les decía:
El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará.
Pero no entendían aquello; y les daba miedo preguntarle.
Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa les preguntó:
¿De qué discutíais por el camino?
Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo:
Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.
Y acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo:
El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.

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PRIMEROS Y ÚLTIMOS


Por tres veces, Marcos pone en boca de Jesús el anuncio de su muerte-resurrección. Y por tres veces queda patente el contraste radical entre el camino tomado por Jesús y el que quieren tomar los discípulos.
Jesús habla de “entrega”; los discípulos de “ser el más importante”. No es extraño que, a lo largo de su escrito, Marcos se refiera a estos como “ciegos” y “sordos”, porque no ven ni entienden.
La clave radica en las palabras del maestro de Nazaret, que aparecerán en el capítulo siguiente: “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos” (Marcos 10,42-45).
Parece claro que actitudes tan diametralmente divergentes solo se explican desde la diferente percepción que uno y otros tienen de su propia identidad.
Los discípulos representan la postura del “yo” (o ego). Al identificarse con el yo, como si constituyera su identidad, no pueden hacer otra cosa que vivir para él: para alimentarlo, sostenerlo y auparlo por encima de cualquier otra cosa.
La identificación con el yo no puede conducir sino a una vida egocentrada, en la que todo gira en torno a los intereses del propio yo. Desde esos intereses es desde donde se mira y se juzga todo; desde ellos también, se actúa y se organiza la propia existencia.
Ahora bien, dado que el yo es inconsistente y vacío –es solo una “ficción óptica de la conciencia”, como dijera Einstein-, la persona que se identifica con él se ve embarcada en un camino interminable de voracidad, insaciabilidad e insatisfacción. Y ello por la dinámica propia de esa falsa identificación con esa cosa llamada “yo”, que nunca tiene bastante, por la sencilla razón de que es un vacío sin fondo.
La consecuencia no puede ser otra que la frustración y el sufrimiento inútil, dando lugar a lo que algún psicólogo ha llamado la “noria hedonista”: porque la búsqueda del placer a toda costa no hace sino incrementar el sufrimiento.
La causa, sin embargo, es la inconsciencia o ignorancia de quienes somos. El desconocimiento de nuestra verdadera identidad hace que nos tomemos por lo que no somos, y vivamos equivocadamente, generando sufrimiento. Se trata de la ignorancia básica, que nos hace tomar como “real” lo que solo es un “sueño”, y nos lleva a creer que es una “ilusión” lo auténticamente Real.
Cada vez con mayor precisión, los neurocientíficos empiezan a explicarnos el origen neurobiológico de aquella identificación: las intenciones físicas y mentales de evitar el dolor y acercarse a lo placentero toman la forma de secuencias de acción hacia estados mentales que van generando de modo implícito la experiencia de “agencia”, es decir, de un “yo” que es el autor de sus acciones y, asociada a ella, la experiencia de ser una entidad física y mental separada y diferente del entorno. Es lo que afirma el reconocido neurólogo norteamericano, de origen portugués, Antonio Damasio, cuando escribe que, como resultado del proceso evolutivo, el ser humano llega a generar automáticamente el sentido de que es el propietario de la “película del cerebro”.
Como consecuencia del propio funcionamiento cerebral, terminamos confundiéndonos con lo que la mente nos dice que somos. Lo que ocurre, sin embargo, es que –como ha titulado uno de sus libros el doctor Francisco Rubia- “el cerebro nos engaña”.
La mente no puede saber quiénes somos, por la sencilla razón de que ella es únicamente una parte, un “objeto” dentro de lo que somos. Si nos ceñimos a ella, lo que sucede es que nuestra capacidad de ver se ve constreñida a sus estrechos límites.
Para “ver” (despertar), es necesario justamente acallar la mente. Deja caer todo lo que son objetos mentales y emocionales –pensamientos, sentimientos, emociones, reacciones, afectos…-, y pregúntate qué queda. Mientras puedas nombrarlo, sigue siendo un objeto más. Aquello que permanece siempre, que puede ser vivido, pero no nombrado ni pensado, Eso es tu verdadera identidad: la pura Consciencia de ser, que se expresa como “Yo Soy”.

Así es como se percibe Jesús, un hombre desidentificado de su ego, que se reconoce como Consciencia transpersonal, una identidad atemporal e ilimitada, que le lleva a decir, por ejemplo: “Antes de que Abraham naciese, Yo Soy” (Juan 8,58).
Desde esa percepción, cae cualquier idea o creencia de ser un “yo separado”. La egocentración se transforma en sentimiento y experiencia de Unidad. Del “yo apropiador” se pasa a reconocerse como “cauce” o “canal” a través del cual fluye lo que somos en profundidad… Se abre camino la Sabiduría y la Compasión.
Si lo característico del yo es la apropiación –“ser el más importante”-, lo distintivo de Yo Soy es el servicio. Y así podemos entender adecuadamente por qué Jesús presenta a Dios como “Gracia”. En la “parábola en acción” que constituye el relato del lavatorio de los pies (Juan 13,1-15), Jesús se sitúa como “esclavo”, al servicio de todos. Y, en ese mismo gesto, muestra a Dios como Servicio y Cuidado.
Tal imagen rompe los esquemas que las personas religiosas han podido hacerse sobre Dios, en el sentido de que, según Jesús, Dios no crea para que le sirvamos, sino para servirnos. Dios, según Jesús, es Servidor. Podemos comprender que él mismo se identifique de ese modo.

A partir de ahí, la discusión sobre “el más importante” aparece fuera de lugar. Para quien ha visto, como Jesús, el “primero” es “el último y el servidor de todos”.
Y eso es lo que quiere expresar la imagen del niño, puesto “en medio”, en el centro. En la Palestina del siglo I, el niño simbolizaba a quien no contaba en absoluto –menos aún si era niña-, al último de todos. Pues bien, en la inversión radical que se produce en cuanto reconocemos el engaño de identificarnos con el yo, los primeros son los últimos… Y esos últimos son figura de Jesús… y de “quien me ha enviado”.


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Domingo XXIV Tiempo Ordinario
16 septiembre 2012

Evangelio de Marcos 8, 27-35

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino preguntó a sus discípulos:
¿Quién dice la gente que soy yo?
Ellos le contestaron:
Unos, Juan Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas.
Él les preguntó:
Y vosotros, ¿quién decís que soy?
Pedro le contestó:
Tú eres el Mesías.
Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie.
Y empezó a instruirlos:
El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días.
Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió, y de cara a los discípulos, increpó a Pedro:
¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!
Después llamó a la gente y a sus discípulos y les dijo:
El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará.

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PERDER O SALVAR LA VIDA

Si consideramos el evangelio de Marcos como un díptico, el presente texto haría de “bisagra” que dividiría las dos partes. En él se plantea ya abiertamente la cuestión de la identidad de Jesús, el llamado “primer anuncio” de la pasión, la incomprensión de Pedro (de los discípulos) frente al camino de su maestro y la paradójica y sabia sentencia conclusiva de Jesús.
“¿Quién dice la gente que soy yo?”. De Jesús se decían muchas cosas: que estaba “fuera de sí” (Mc 3,21), que estaba endemoniado (Mc 3,22) y era un “comilón y borracho” (Lc 7,34), “amigo de pecadores” (Mt 11,19) y “blasfemo” (Mc 2,7); un impostor (Mt 27,62) que enseñaba doctrinas que podrían provocar una rebelión (Lc 23,1).
En esta ocasión, Marcos nos transmite la idea de que, para la gente, Jesús era uno más, en la línea de los grandes profetas de Israel. Es un título sumamente elogioso. Pero para su grupo, que se expresa por boca de Pedro, es más: el Mesías (Cristo o Ungido), a través del cual Yhwh restauraría la suerte del pueblo de un modo definitivo. Sin embargo, lo que Pedro entiende bajo ese término no tiene nada que ver con el camino que Jesús adopta.
A lo largo de todo su escrito, Marcos manifiesta una prevención especial frente a cualquier idea de un mesianismo triunfalista o “victorioso”. El camino del Mesías –repetirá una y otra vez- pasa por la entrega y la cruz. Los discípulos, por el contrario, aparecen obcecados, “sordos y ciegos”, discutiendo habitualmente por cuestiones de poder, de importancia y de privilegio, mientras Jesús les habla de servicio.
Con motivo de los tres “anuncios de la pasión”, Marcos mostrará ambos caminos –el de Jesús y el de los discípulos- como diametralmente opuestos.
El de Jesús –que afirmará más adelante que “no ha venido a ser servido, sino a servir” (Mc 10,45)- es el camino de la sabiduría y de la compasión, propio de quien “ha visto” y se percibe a sí mismo como un “cauce” a través del cual fluye la vida a favor de los demás.
El de los discípulos refleja los mecanismos propios del ego, que no busca otra cosa que la autoafirmación a cualquier precio, aferrándose al tener, al poder y al aparentar, a la vez que huye de todo lo que suene a desapropiación y entrega.
La divergencia entre ambos caminos queda explicitada tanto en la reacción de Pedro como en la respuesta de Jesús. Para el ego, la entrega desinteresada es una locura, que hay que evitar a toda costa. Para Jesús, por el contrario, la lectura del ego se opone frontalmente a Dios.
En nuestro “idioma cultural”, podría traducirse de este modo: el Fondo de lo real es Amor, entrega, servicio… Todo lo que sea separación y encapsulamiento en los límites del ego va en contra del dinamismo propio de lo que es.
No se trata, por tanto, de ningún tipo de voluntarismo, o de la exigencia arbitraria de un Dios que exigiría sacrificio. Es una cuestión de sabiduría o de comprensión. Y eso es lo que expresan las palabras de Jesús con las que se cierra el relato: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará”.

En no pocos oídos, la palabra “religión” suena a “negación”, “cruz”, “muerte”… Así le sonaba a Nietzsche, desencadenando en él una denuncia enérgica de lo que consideraba “negación de la vida”.
Frente a tamaño equívoco, hay que empezar por reconocer que no tiene su base en el evangelio, sino en factores ajenos, de diversa procedencia, que llegaron a configurar un imaginario colectivo de tintes doloristas y angustiantes. Temas como el pecado, la culpabilidad, el castigo, las “penas eternas” colorearon catecismos, predicaciones y devociones, hasta extremos difíciles de imaginar.
Nada de eso aparece en Jesús ni en el evangelio. La suya es una palabra vital y sabia. No es, ciertamente, una palabra que satisfaga al ego, alimentando la ignorancia y la inconsciencia en que se mueve, pero no es tampoco un mensaje que reprima la vida y la libertad de la persona.
Lo que se halla en juego es precisamente “salvar la vida”, es decir, vivir en plenitud. Ahora bien, eso solo es posible cuando descubrimos nuestra verdadera identidad y nos liberamos de las trampas del ego que nos confunden y nos mantienen en el sufrimiento.
Los seres humanos somos una realidad paradójica, en tanto en cuanto experimentamos en nosotros como una “doble identidad”: por un lado, la identidad individual (o yo) y por otro la Identidad profunda (transpersonal) que nos constituye de fondo.
Lo que ocurre es que la paradoja se convierte en cárcel y confusión siempre que absolutizamos la primera y nos olvidamos de quienes somos realmente.
“Salvar la vida” o vivir en plenitud solo es posible cuando permanecemos en conexión con aquella identidad profunda. Lo cual requiere, obviamente, dejar de identificarnos con el yo de una manera absoluta. Con lo que las palabras de Jesús pueden parafrasearse de este modo: “el que quiere salvar su ego, pierde la vida; pero el que se desidentifica del ego, vive en plenitud”.

Es fácil apreciar que se trata de una máxima que aparece, de un modo u otro, en todas las personas sabias, de cualquier tradición. Todas ellas muestran que ese es el camino del despertar, saliendo de la ignorancia a la luz, del sufrimiento a la liberación.
Me vienen a la memoria las palabras de Aldous Huxley: “Si supiese quién soy en realidad, dejaría de comportarme como lo que creo que soy; y si dejase de comportarme como lo que creo que soy, sabría quién soy”. Me resuenan como una glosa bien adecuada al texto del evangelio que estamos comentando.
El texto de Marcos habla de “perder la vida (el yo) por el evangelio”. ¿Cómo entenderlo? No se trata, evidentemente, de ningún tipo de fanatismo que hiciera del evangelio ni una bandera de lucha ni un ídolo al que “sacrificar” la propia vida.
En coherencia con lo que vengo diciendo, me parece que esa frase solo puede significar una cosa: cuando descubrimos la “buena noticia” (= evangelio) de quienes somos, somos capaces de desidentificarnos del ego y dejamos de vivir para él.
Si lo entiendo bien, en la misma dirección apunta aquella preciosa parábola de Jesús, que habla del hombre que encuentra un tesoro en el campo: al encontrarlo, “lleno de alegría, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo” (Mt 13,44).
El tesoro es el evangelio, la buena noticia de quienes somos en profundidad. En realidad, no hay otro tesoro que se le pueda comparar. Es lo único que realmente importa: saber quiénes somos y vivir en conexión con esa Identidad.

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Domingo XXII Tiempo Ordinario
2 septiembre 2012

Evangelio de Marcos 7, 1-8.14-15.21-23

En aquel tiempo se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos letrados de Jerusalén y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras (es decir, sin lavarse las manos).
(Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse ante las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas).
Según eso, los fariseos y los letrados preguntaron a Jesús:
 ¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de nuestros mayores?
Él les contestó:
 Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos».
Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para ateneros a la tradición de los hombres.
En otra ocasión llamó Jesús a la gente y les dijo:
 Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro del corazón del hombre salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.

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ATADURAS

Había una vez un monasterio en el que se respetaba el silencio escrupulosamente. Pero cada día, justo a las seis de la tarde, cuando los monjes iniciaban el rezo de Vísperas, aparecía un gato por la puerta de la iglesia, maullando fuertemente.
Ante la insistencia e intensidad de los maullidos, el abad tomó una decisión: pidió a un hermano que, de seis a siete de la tarde, atara al gato en un pilar que había a la entrada del monasterio, lejos de la capilla donde ellos rezaban. Y así lo hacía el hermano cada tarde.
Pero pasó el tiempo. El abad falleció y vino a sustituirle un monje de otro convento lejano, que pronto advirtió lo que cada tarde se hacía con el gato.
Meses después falleció el gato. Inmediatamente, el nuevo abad llamó al hermano y le dijo: “Compre cuanto antes otro gato para atarlo cada tarde de seis a siete en la columna de la entrada”.

Este antiguo cuento muestra una tendencia bastante habitual en el comportamiento humano. Empezamos haciendo algo porque resulta útil, pero pronto absolutizamos esa acción, convirtiéndola en un rito al que atribuimos valor por sí mismo, al margen de su utilidad.
Cuando eso se produce, pareciera como si el único motivo para mantener una acción o un comportamiento fuera que “siempre se ha hecho así”.
Si, además, a ese comportamiento se le ha otorgado un carácter “religioso”, se añade otra razón poderosa para perpetuarlo. Y si, finalmente, la autoridad se arroga el poder de controlarlo y de vigilar su cumplimiento, tenemos todos los ingredientes, tanto para el inmovilismo como para situar la acción prescrita por encima incluso del valor o del bien de la persona.

Todo esto queda de manifiesto en el relato evangélico que leemos hoy. Los fariseos y doctores de la ley vigilaban rigurosamente el cumplimiento de las normas rituales; entre ellas, la de lavarse las manos antes de comer.
Probablemente, tal norma hubiera nacido como una medida de prevención higiénica. El error se produce cuando se absolutiza y se termina declarando “impuras” (religiosamente) a las personas que la incumplen.
De ese modo, lo que podía ser una prescripción saludable –también hoy los padres recuerdan a sus hijos la necesidad de lavarse las manos antes de comer- se terminó convirtiendo en un arma de poder y en un pretexto gravemente discriminatorio.
Pretextos de ese tipo se han utilizado (se utilizan) con frecuencia en la sociedad para estigmatizar a determinadas personas y colectivos. Y la autoridad, religiosa o civil, se ha convertido en “policía de las conciencias”, acusando, condenando o incluso eliminando a quienes se salían de la norma prescrita.

Cuando todo eso se producía en el ámbito de la religión, la autoridad apelaba rápidamente al mandamiento divino, para otorgar mayor fuerza a sus pretensiones. En este caso, debía actuarse de una determinada manera, no solo porque “siempre se ha hecho así”, sino porque “Dios lo ordena”.
De este modo, la autoridad religiosa hacía a Dios cómplice de su propia actitud, con dos graves consecuencias. Por un lado, se estimulaba una actitud típicamente farisea, inflando el orgullo de los observantes de la norma. Por otro, generaba ateísmo en aquellas mentes lúcidas que se negaban a tomar como absoluta una norma que en ningún caso lo era.
De hecho, cada vez que la autoridad invoca el nombre de Dios para justificar sus decisiones, propias o recibidas, no hace sino “tomar el nombre de Dios en vano”, reduciendo el Misterio a un ídolo, superpolicía moral del universo, que no puede sino provocar rechazo. No es extraño que el recurso fácil a la “voluntad de Dios” haya sido visto como “el asilo de la ignorancia” (B. Spinoza, Ética I, Apéndice, Alianza editorial, Madrid 2011, p.114) y “del antropomorfismo” (A. Comte-Sponville, El alma del ateísmo, Paidós, Barcelona 2006, p.115).

Una vez más, frente a las trampas de la religión, la actitud de Jesús es inequívoca. Hasta el punto que cuesta entender cómo hay personas que profesan ser seguidores suyos y siguen absolutizando normas, ritos, creencias…, por encima del bien de las personas, a las que no dudan en anatematizar y descalificar del modo más furibundo.
Las palabras de Jesús –que toma de Isaías, otro gran profeta de su pueblo- apuntan directamente hacia el corazón: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”.
Tales palabras parece que tendrían que convertirse, para la persona religiosa, en un interrogante siempre actual: ¿Dónde creo encontrar a Dios? ¿En las normas, en los ritos, en las creencias… o en el corazón? Es indudable que el comportamiento personal será radicalmente distinto, si hemos identificado a Dios con nuestras creencias o si lo experimentamos en lo profundo de nuestro ser. En el primer caso, habrá fanatismo; en el segundo, respeto y amor.
La tendencia humana a absolutizar las palabras que empleamos suele jugarnos muy malas pasadas. Así, suele darse el caso de que basta que una persona nombre a “Dios”, para creer que ya actúa desde Él. Se ha sustituido la experiencia personal –siempre transformante- por un sonido verbal que, en no pocos casos, no es sino un “flatus vocis”, pura palabra vacía.
“Nadie se emborracha con la palabra vino”, nos han repetido los místicos sufíes. Y nadie se transforma por el hecho de repetir constantemente la palabra “dios”.
Lo decisivo, como recordaba Jesús, es el “lugar” donde vivimos a Dios; es decir, la experiencia inmediata y directa de percibirnos en conexión con el Misterio que habita todos los seres y que, por eso mismo, se es capaz de reconocerlo en cada uno de ellos, tal como se reconoce en uno mismo.

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Domingo XXI Tiempo Ordinario
26 agosto 2012

Evangelio de Juan 6, 60-69

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron:
 Este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso?
Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban les dijo:
 ¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen.
Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo:
 Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.
Desde entonces muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.
Entonces Jesús les dijo a los Doce:
 ¿También vosotros queréis marcharos?
Simón Pedro contestó:
 Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos. Y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.

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MÁS ALLÁ DE LA MENTE

La mente tiende a rechazar, en principio, todo aquello que sale fuera de sus parámetros. Y cuando la mente se establece como criterio último de verdad, tal como ocurrió entre nosotros a partir de la modernidad, la ciencia desemboca en cientificismo.
En una reciente tertulia radiofónica, tres participantes autoproclamados “científicos” abominaban de todo aquello que, viniera de donde viniera, no estuviera “científicamente demostrado”. Uno de ellos llegó a afirmar que “el psicoanálisis es una patraña” y que, en cualquier caso, “se hace urgente rechazar de plano todo lo que no pase el filtro científico”.
Es indudable que existen embaucadores que, con el fin de obtener un beneficio económico, y gracias a la credulidad de la gente, intentan colar como verdad lo que no es sino un camelo. Es cierto, igualmente, que ya no podemos renunciar a la razón crítica, si no queremos caer en la irracionalidad. Pero de ahí a establecer la ciencia como criterio último de verdad hay un salto, no solo inaceptable, sino profundamente nocivo. Cuando ese salto se ha dado, se ha caído en el cientificismo, el racionalismo, el positivismo, el materialismo… Y la ciencia se ha convertido en una pseudo-religión, con sus dogmas, sus ritos, sus altares y sus gurús. Y, como ocurre en las religiones, todo ello quedaba a salvo de cualquier cuestionamiento, porque aparecía revestido de la aureola sagrada de la verdad: “lo dice la ciencia” había sustituido a “es palabra de Dios”.
Los dogmas de esta nueva religión son muy simples y, como ocurre con todo dogma, se creen a priori, sin someterlos a ningún tipo de crítica. Los más básicos son los siguientes:
La ciencia es la única verdad, y fuera de la ciencia no hay verdad (salvación).
El modo supremo (o incluso único) de conocimiento es la razón.
Solo existe aquello que la ciencia puede verificar; todo lo demás son supersticiones.

Para los “fieles” de esta nueva religión, se trata de “evidencias”, y miran con desdén a quien se atreva a ponerlas en duda. Para quienes son capaces de tomar distancia, es claro que tales afirmaciones no son científicas, sino postulados metafísicos, es decir, creencias imposibles de falsar (y, por tanto, demostrar). Son, sencillamente, creencias pseudocientíficas sostenidas –en una paradójica ironía- por aquellos mismos tertulianos que abominaban de todo lo que fuera pseudocientífico.
Los postulados básicos del materialismo (y del cientificismo) son creencias metafísicas absolutamente indemostrables y peligrosamente reductoras. ¿En nombre de qué se puede sostener que no existe sino lo que puede ser comprobado “científicamente”? ¿Quién decide los límites de lo real? ¿Qué fundamento tiene la afirmación de que la razón es el modo supremo de conocimiento? ¿Dónde se apoya la arrogancia de que fuera de la ciencia no hay verdad?...
Es llamativo, además, que el cientificismo (o materialismo científico) ha sido ya cuestionado desde la misma ciencia: los descubrimientos incontestables de la física cuántica –que muchos “científicos” parecen desconocer- han hecho saltar por los aires los antiguos dogmas positivistas, abriéndonos a una percepción radicalmente diferente y “abierta” de la realidad.
El modelo racional de cognición (mental, dual, cartesiano) funciona admirablemente en el mundo de los objetos, pero es incapaz de ir más allá; cuando lo intenta, no hace sino objetivar toda la realidad, reduciendo y empobreciendo nuestra percepción.
Existe otro modo de conocer (no-dual), que nos pone directamente en contacto con aquella dimensión de lo real que escapa a la razón y la ciencia. Este es el terreno de la espiritualidad; y a la capacidad para adentrarse en él se le está empezando a llamar “inteligencia espiritual”. (Para quien esté interesado en esta cuestión, sugiero la lectura de lo que he escrito en un libro que acaba de publicar la editorial PPC: “Vida en plenitud. Apuntes para una espiritualidad transreligiosa”).
Cuando esta dimensión se olvida, se produce una amputación grave del ser humano, con consecuencias sumamente empobrecedoras para la vida de las personas, que son condenadas a una sensación de vacío y nihilismo. Es lo que ha ocurrido, en parte, en nuestro ámbito cultural: si bien la ciencia ha propiciado un desarrollo material inimaginable, el cientificismo ha empobrecido la experiencia humana hasta límites insostenibles.

Toda esta introducción puede servir para contextualizar el relato evangélico que hoy leemos. Jesús es el hombre sabio, que “ha visto” más allá de la mente. Desde esa experiencia, se percibe como no-separado de Dios, de los otros y de toda la realidad. Tal como hemos ido analizando en los comentarios de las semanas precedentes, Jesús sabe que “el Padre y yo somos uno” y que, por tanto, “esto (todo) soy yo”. Y sabe también que esa comprensión es vida, alimento, plenitud: el “Reino de Dios”.
Pero sus discípulos no “ven”. Y desde la estrecha lectura mental, hacen cábalas sobre cómo puede ser que “este nos dé a comer su carne”. Se han quedado en la materialidad de las palabras y son incapaces de captar el sentido profundo de las mismas.
En efecto, para la mente, Jesús puede ser incluso un “Dios” venido “de fuera”; se le puede convertir en “objeto de culto” e incluso creer que su cuerpo está físicamente presente en el pan consagrado… Sin embargo, todas esas “creencias” todavía no han captado la verdad profunda de sus palabras, que señalan a la Unidad de lo Real, tal como él lo percibe y lo vive.

El relato se cierra con las palabras de Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos. Y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”.
Pedro (el creyente) todavía no ha “visto”. Pero, frente al abandono de otros discípulos desconcertados, que consideraban “inaceptable” el mensaje de Jesús, se siente “tocado” por la persona y la palabra de su maestro. Una y otra encuentran “eco” en su interior. Y lo que hace es fiarse de esa “resonancia” interna. De ese modo, muestra una actitud que parece la adecuada.
Incluso cuando todavía no se ha “visto”, si somos capaces de acallar nuestras ideas y creencias –sean del tipo que sean-, nos iremos capacitando para escuchar “otra voz”, que seguramente nos abrirá camino hacia la verdad. Es la voz de nuestro “maestro interior”, que tiene “palabras de vida eterna”. Porque ese “maestro” no es otro que el Espíritu o la Sabiduría que nos constituye como nuestra identidad última, y que se expresa en todo. Es la Sabiduría que habla por la boca de Jesús de Nazaret, y que despierta la atención y el interés de Pedro.
Y todo ello no será resultado de nuestro esfuerzo voluntarista, sino que lo percibiremos como Regalo o Gracia: “Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”. El “Padre” –la Fuente de la Sabiduría o la Sabiduría misma- no lo niega a nadie –es puro Darse y expresarse-, pero se requiere una actitud abierta, receptiva, acogedora…

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Domingo XVIII Tiempo Ordinario
5 agosto 2012

Evangelio de Juan 6, 24-35

En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron:
 Maestro, ¿cuándo has venido aquí?
Jesús les contestó:
 Os lo aseguro: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, dando vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios.
Ellos le preguntaron:
 ¿Cómo podremos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere?
Respondió Jesús:
 Éste es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que él ha enviado.
Ellos le replicaron:
 ¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: «Les dio a comer pan del cielo».
Jesús les replicó:
 Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.
Entonces le dijeron:
 Señor, danos siempre de ese pan.
Jesús les contestó:
 Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed.

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SOMOS JESÚS

Mientras dure la identificación con el “yo separado”, como si esa fuese nuestra verdadera identidad, la “salvación” se percibirá igualmente como una realidad que viene de “fuera”, gracias a una serie de condiciones, fundamentalmente la fe, entendida como adhesión mental a un “salvador”.
Así es como hemos leído habitualmente el evangelio, y así es como hemos entendido la fe en Jesús.
Todo cambia radicalmente cuando caemos en la cuenta de que el sujeto del “pan de vida” es Yo Soy, la identidad última, que “compartimos” con todo lo Real. En la línea que comentaba la semana anterior, esa es la perspectiva adecuada, en cuanto evitamos el engaño que supone fracturar la Realidad.

Desde esta clave, la palabra evangélica revela una hondura antes no imaginada. Nos habíamos conformado con buscar a Jesús, porque queríamos “comer pan hasta saciarnos”, pero se trata de algo infinitamente más rico. Se trata de conectar con el “alimento que perdura”, el que da “vida eterna” (plena).
El reproche puesto en boca de Jesús pareciera querer despertarnos de nuestro engaño para abrirnos a la plenitud que somos (aunque, a falta de vivirla, la experimentemos como Anhelo).
Eso es “lo que Dios quiere”: que lleguemos a descubrir lo que somos. Lo cual se expresa también como “creer en el que ha enviado”. Pero, en este punto, ya sabemos que “creer” no significa dar el asentimiento mental a algo/alguien “externo” –no hay nada “fuera” de nada-, sino “ver” en Jesús lo que él mismo veía, compartir su visión y anclarnos en ese No-lugar que él llamaba “Abba” (Padre, Fuente y Fondo de todo lo que es).
Al reconocernos conectados a ese No-lugar, empezamos a saborear nuestra identidad última y experimentamos que todo es ya Presencia y Plenitud. Es lo que somos.
Y es justo entonces cuando se realiza la promesa de Jesús: el que “llega” ahí, “no pasará hambre ni sed”. Se reconoce y experimenta como la Fuente de donde “brotan ríos de agua viva” (Juan 7,38).

Desde esta nueva perspectiva, “creer” en Jesús no significa “imitarle”, ni siquiera “seguirle” –aunque ambos sean términos muy queridos en la tradición cristiana-, sino reconocernos o descubrirnos en él: somos Jesús.
Cuando se ha experimentado la no-dualidad, la unidad de todo lo que es, emerge una nueva visión, que aporta una clave de lectura, absolutamente revolucionaria para lo que nuestra mente llama “sentido común” pero que, en realidad, no es otra cosa que el conjunto de hábitos mentales con los que nos habíamos identificado.
Desde esta nueva clave, aparecen lúcidamente certeras las palabras de Aldous Huxley: “Si supiese quién soy en realidad, dejaría de comportarme como lo que creo que soy; y si dejase de comportarme como lo que creo que soy, sabría quién soy”.
La experiencia de la no-dualidad nos hace capaces de abandonar los hábitos adquiridos y abrirnos a un nuevo modo de ver, caracterizado por la Presencia, la Plenitud y la Unidad, desde donde todo se “lee” de otra manera, incluida la “fe” en Jesús.
Para mejor comprender lo que quiero plantear, podemos llevar la cuestión al extremo: ¿qué ocurriría si Jesús no hubiera existido? Como es sabido, hay algunos estudiosos de la mitología que sostienen que Jesús de Nazaret no es sino una más de las “personificaciones” de Horus y, en último término, del Dios Sol. (Es la postura que se explica, por ejemplo, en el libro de Timothy FREKE y Peter GANDY, “Los misterios de Jesús. El origen oculto de la religión cristiana”, publicado por Grijalbo en 1999, y que actualmente puede encontrarse en internet).
Pues bien, sin entrar en la discusión que se plantea en esa obra que, por otra parte, parece no tener en cuenta todos los datos de que disponemos, lo que ahora quiero afirmar es que, a partir de la perspectiva no-dual, no se modificaría el “contenido” de la fe cristiana.
El motivo, desde ese ángulo, es sencillo: lo que importa no es el “yo” individual, que no es sino una “forma” transitoria y pasajera, con la que haríamos bien en no identificarnos, ya que no constituye nuestra verdadera identidad, sino la Fuente, el Fondo o la Conciencia que se manifiesta y despliega en cada una de aquellas formas. Si una “forma” concreta nos sirve de “espejo” para reconocernos, ha realizado su misión.
Dicho con más claridad: Jesús de Nazaret es una “forma” en la que se ha expresado el Misterio. Poner nuestra fe en él como un “yo separado”, equivaldría a quedarnos en la apariencia transitoria.
Desde esta nueva perspectiva, las cosas se ven de otro modo: en la “forma” de Jesús hemos visto el “Fondo” de todo lo real, que somos todos. Y una vez que hemos visto esto, no se necesita nada más.
Con esta clave, tiene sentido completo la afirmación de que “somos Jesús”. No se trata de “imitación”, ni de “seguimiento”, sino de “reconocimiento”: al descubrirnos en quienes somos, todas las “discusiones mentales” son vistas como las peleas que pueden ocurrir durante el sueño. La Realidad está en “otro no-lugar”.

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Domingo XIII Tiempo Ordinario
1 julio 2012

Evangelio de Marcos 5, 21-43

En aquel tiempo Jesús atravesó de nuevo a la otra orilla, se le juntó mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y al verlo se echó a sus pies, rogándole con insistencia:
 Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.
Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba.
Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido, curaría.
Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando:
 ¿Quién me ha tocado el manto?
Los discípulos le contestaron:
 Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: “¿quién me ha tocado?”.
Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo:
 Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.
Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle:
 Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga:
 No temas; basta que tengas fe.
No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo:
 ¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida.
Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos, y con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes entró donde estaba la niña, la tomó de la mano y le dijo:
 Talitha qumi (que significa: contigo hablo, niña, levántate).
La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar –tenía doce años-. Y se quedaron viendo visiones.
Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

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JESÚS, OTRO MODO DE VER

Las dos mujeres, que Marcos ha unido en este relato, son imagen del pueblo y, por extensión, de toda la humanidad.
Para el autor del evangelio, Israel llevaba tiempo “perdiendo la vida” –la sangre- y, a pesar de los remedios “costosos”, en lugar de mejorar, “iba cada vez peor”. Hasta el punto de que, como en el caso de la niña, todos lo dan por muerto.
En ese contexto, Jesús es presentado como el hombre sabio, compasivo, fuente de salud y de vida.
Es sabio: consciente de la fuerza que “sale” de él y de que la muerte es solo un “sueño”; aleja el miedo y sabe de la fuerza de la confianza: “No temas; basta que tengas fe”.
Es compasivo: se siente “tocado”, se acerca a quien se halla postrado y se preocupa porque la niña sea alimentada.
Es fuente de salud y de vida: de él sale una fuerza que cura, restablece y comunica vida.

Desde un nivel mítico de conciencia, la acción de Jesús se percibe como la obra de un “salvador” separado, dotado de poderes sobrenaturales, capaz de otorgar salud, venciendo la enfermedad y la muerte.
Desde una perspectiva no-dual, la percepción se modifica. Jesús, la enfermedad, la muerte: todo es visto de un modo nuevo.

Jesús se nos muestra como la expresión nítida de lo que somos todos. Eso nos hace comprender la “atracción” que ejerce sobre nosotros. Al principio, desde la mente, la tendencia primera lleva a “idealizar” a Jesús, convirtiéndolo en un “objeto de culto” y viéndolo como “el hijo de Dios” separado, que hace de mediación salvadora entre la Divinidad y nosotros.
Para quien se halla en el nivel mental (en el modelo dual de conocer), no cabe otra manera de leer la “fe” en Jesús. Y, dentro de ese “idioma”, tal lectura es legítima, por lo que carece de sentido el enfrentamiento.
Sin embargo, hay otro nivel de lectura, posible cuando nos situamos en el modelo no-dual. Desde este lugar, podría expresarse así: el Fondo de Jesús, el nuestro y el de Dios –el Fondo de todo lo Real- es uno y el mismo Fondo. Todas las diferencias aparentes quedan abrazadas en la Unidad común.
Jesús y nosotros nos reconocemos entonces como no-dos. Dejamos de percibirlo como un “objeto de culto”, o un “dios separado” –de una naturaleza supuestamente distinta a la nuestra, a la de toda la realidad-, y venimos a caer en la cuenta de que nos encontramos compartiendo una Identidad común. Es la identidad a la que accedemos al acallar la mente: lo que ahí se hace presente es el Fondo que a todo y a todos nos constituye.
Ese Fondo original y originante, núcleo constitutivo de todo lo que es, se manifestó de una manera radiante y luminosa en Jesús, porque fue capaz de no ponerle ningún obstáculo. Esto es lo que nos hace decir a los cristianos que en Jesús vemos a Dios.
Pero esa afirmación no es excluyente –dado que a Dios lo vemos en todo lo que es-, sino “referencial”: en Jesús lo percibimos de una manera nítida, por la propia “luminosidad” de su forma de vivirse, propia de quien se halla conectado permanentemente al mismo y único Fondo que nos constituye a todos, a pesar de que seamos ignorantes o nos creamos “desconectados” del mismo.
En esta perspectiva no-dual, la “intimidad” vivida con Jesús trasciende infinitamente cualquier otro tipo de “relación”, leída tanto en clave de “amistad” como de “seguimiento”. El y nosotros somos, simplemente, no-dos.

En esta misma perspectiva, la enfermedad puede verse también de un modo diferente. Es algo que tenemos, pero que no somos. Quienes somos, en nuestra identidad profunda, no se ve afectado por ella.
Es solo cuando nos reducimos a ella, cuando sentimos –como la mujer del relato- que nuestra vida se escapa. Se comprende que aparezca la ansiedad y la desesperación.
Sin embargo, al encontrarnos con Jesús, la hemorragia se detiene. Encontrarse con Jesús significa hacer pie en esa Identidad que compartimos con él, es decir, en el Fondo que somos, y que constituye nuestra identidad última. Ahí, descubrimos que la Vida no se ve afectada. Tras la apariencia de enfermedad incurable, lo que hay es Vida permanente.

La muerte misma es vista como un sueño: “la niña no está muerta, sino dormida”. Quienes se hallan identificados con su ego se ríen. Es la ignorancia de nuestra verdadera identidad la que nos hace percibirnos como un mero objeto, siempre amenazado. Al reducirnos a nuestro cuerpo/mente, a la estructura psicosomática que nuestra mente piensa que somos, no vemos otro horizonte que la muerte. Cuando, por el contrario, hemos experimentado que somos el Fondo de lo que es, sabemos que la Vida no muere jamás.
La muerte no es sino el “paso” –otra palabra que en el cuarto evangelio se pone en boca de Jesús para hablar de ella- a “otra forma” de vida.
Ya la mitología griega había visto que Muerte (Thánatos) era la hermana gemela de Hypnos (Sueño). Y seguramente no hay analogía mejor. Del mismo modo que, mientras estamos dormidos, tomamos como real lo que ocurre en nuestros sueños, en el estado de vigilia tomamos como real lo que nuestra mente piensa. Sin embargo, sigue tratándose de un “sueño”. Tienen razón los místicos sufíes: “Todos estamos dormidos. Solo cuando morimos, despertamos”. Jesús también lo sabía.

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Domingo XI Tiempo Ordinario
17 junio 2012

Evangelio de Marcos 4, 26-34

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. El duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega.
Dijo también:
¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas.
Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía en parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

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EL REINO DE DIOS: PLENITUD QUE SE DESPLIEGA


El “reino de Dios” constituye el núcleo del anuncio de Jesús, su pasión y su utopía: es lo que ocupaba su corazón, lo que vivió y lo que proclamó.
Anuncia que “está cerca” (Marcos 1,15), que se halla ya “dentro de vosotros” (Lucas 17,21) y que se hace presente en su propio actuar (Mateo 20,28).
Y lo explicita a través de parábolas, la mayoría de las cuales están centradas expresamente en él: “el reino de Dios se parece a…; es como…”.
Si no queremos, por tanto, perdernos lo que constituye la centralidad del mensaje evangélico, tenemos que empezar por comprender el significado de esa expresión, en el momento en que vivimos.

Cada vez somos más conscientes de que toda realidad profunda, no solo es paradójica –la paradoja no expresa sino los límites de la mente, “plana” por su propia naturaleza-, sino que es susceptible de diferentes niveles de lectura, por ser portadora de significado múltiples.
Para empezar, me parece que –dentro de un lenguaje religioso-, “reino de Dios” puede entenderse como el mundo tal como Dios lo sueña. En este nivel de lectura, su opuesto sería el “reino del mal”. Desde esta perspectiva, construir el reino –la tarea a la que nos sentimos convocados los discípulos de Jesús- equivale a favorecer el bien de todos los seres, en todos los sentidos. Justo aquí se enraíza el mandato del maestro y la vivencia de la compasión, eje central de su mensaje.
Desde otro ángulo cercano, podría traducirse “reino de Dios” como “fraternidad” que, según la intuición de Jesús, arranca o se funda en la experiencia de filiación: podemos vivirnos como hermanos porque nos experimentamos hijos de la misma Fuente (Abba: Padre querido).
La fraternidad, pues, nace, no del voluntarismo ético –aunque requiera esfuerzo-, sino de la comprensión de quienes realmente somos. Es precisamente esa “nueva consciencia” la que hace posible unas nuevas relaciones y unas nuevas estructuras.
Tal como aparece en el evangelio, el “reino de Dios” hace referencia a un nuevo tipo de sociedad, basada en unas relaciones nuevas, caracterizadas por la fraternidad, sentida como compasión y vivida como servicio (de quien busca, “no ser servido, sino servir”, como el propio Jesús: Marcos 10,45).
Desde otra perspectiva, “reino de Dios” es sinónimo de Plenitud. Se comprende que, al plantearlo desde la mente, se haya proyectado al “más allá” de la muerte. Por una razón simple: para la mente –para el yo-, la plenitud se imagina posible únicamente en el futuro. Sin embargo, en la medida en que somos capaces de acallar los pensamientos –de dejar de identificarnos con ellos- y experimentamos el presente, caemos en la cuenta de que la Plenitud, sencillamente, es.
Plenitud es otro nombre del Presente; otro nombre, por tanto, de Dios. Es el “reino de Dios”.

Me parece importante subrayar que estos niveles de lectura son diferentes, pero no contradictorios. Y, en su convergencia, nos permiten una comprensión mayor.
En la expresión “reino de Dios” volvemos a encontrar las “dos caras” de lo Real: la Plenitud que ya es, desplegándose o expresándose en la historia manifiesta; el Vacío y la forma; el Ser y los entes; el Misterio inmanifestado y las manifestaciones concretas… Y todo ello, sin ningún tipo de dualismo, sino en el Abrazo integrado de la No-dualidad en el que se reconocen, a la vez, las diferencias en las formas y la identidad o unidad compartida.

Desde esta perspectiva y con esta clave, las parábolas de Jesús resultan sabias e iluminadoras. Como una semilla que germina, crece, fructifica…, a pesar de cualquier apariencia en contra, el Misterio de Lo que es se despliega imparable en una “lógica” que se le escapa a nuestra mente y, con frecuencia, la desconcierta, pero que es Sabiduría.
En un imperceptible granito de mostaza, se encuentra ya la planta capaz de cobijar a los pájaros. De un modo similar, en la medida en que somos capaces de ver el “reino de Dios” en lo más cotidiano, ahí mismo, en su núcleo, encontramos toda Vida y todo “cobijo”.

Ahora bien, no podremos comprender el “reino de Dios” hasta que no lo seamos. O con más precisión: hasta que no descubramos que constituye nada menos que nuestra verdadera identidad.
Una ola puede “saber” cosas sobre el océano, pero únicamente lo “conoce” cuando descubre que el océano no es “otra realidad separada”, sino su naturaleza más profunda.
El “reino de Dios” es otro nombre de nuestra verdad última. Con razón decía Jesús que estaba “dentro de nosotros” (Lucas 17,21). Así como la ola no es sino la misma agua que se “manifiesta” en una forma concreta, nosotros somos “formas” en las que se expresa lo Real.
El despliegue que se ofrece a nuestra vista es ya el reino de Dios; aparece como “semilla” que va germinando y creciendo, pero contiene en sí todo lo que es.
En la medida en que lo comprendemos, nos reconocemos “en casa” (“cobijados”). Y en esa misma medida, lo irradiamos. Porque nuestra práctica, en ese caso, no será una condición para que el reino llegue, sino una expresión de que el reino ya está y siempre ha estado. Solo nos falta verlo, reconocerlo, caer en la cuenta…
Al final, venimos a descubrir que las parábolas de Jesús se refieren a nosotros mismos y nos revelan nuestra verdadera identidad.

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Fiesta de Pentecostés
27 mayo 2012

Evangelio de Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
— Paz a vosotros.
Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
— Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
— Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

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ALIENTO VITAL QUE SE EXPRESA EN TODO

En este relato de aparición, el autor del cuarto evangelio quiere “visibilizar” el momento en que Jesús comunica su Espíritu a los discípulos. Responde así a la promesa que el mismo autor había recogido en el llamado “testamento espiritual” de Jesús: “Yo rogaré al Padre para que os envíe otro Paráclito, para que esté siempre con vosotros” (Jn 14,16; 14,26); “el Espíritu de la verdad que yo os enviaré y que procede del Padre” (15,26; 16,7; 16,13).
En realidad, Juan había hecho coincidir la efusión del Espíritu con la muerte de Jesús, quien “inclinando la cabeza, entregó el espíritu” (19,30). Por tanto, lo que se dice ahora en este relato no sería sino una confirmación: la comunidad se sabe habitada y sostenida por el mismo Espíritu de Jesús.
La tendencia a separar los acontecimientos pascuales es manifiesta ya en Lucas, quien introduce una curiosa periodización, que habría de marcar el ritmo de las celebraciones litúrgicas durante siglos.
Sin importarle demasiado la concordancia de sus afirmaciones –en el evangelio (24,50) sitúa la ascensión en el mismo domingo de la resurrección; en Hechos (1,3), sin embargo, cuarenta días después-, establece una cronología que se ha mantenido hasta la actualidad: resurrección, al tercer día de la muerte; ascensión, a los cuarenta días de la resurrección; pentecostés o efusión del Espíritu, a los cincuenta días.
Su nulo interés por evitar la contradicción en la que incurre, hace pensar que se trata simplemente de un artificio literario, desde una motivación simbólica. En realidad, todo el acontecimiento pascual es uno y ocurre a la vez: muerte-resurrección-ascensión-pentecostés.
Más aún: lo que los cristianos decimos de la muerte/resurrección de Jesús es lo que ha ocurrido siempre y que ahí se desvela. No es que el Espíritu estuviera “al margen” de la vida del mundo y de los seres humanos hasta el día de Pentecostés. En cuanto Dinamismo de Vida, el Espíritu, no solo acompaña permanentemente el proceso de la historia, sino que él mismo es el alma de todo ese despliegue.
En ese sentido, desde una perspectiva no-dual, podemos decir que la historia no es otra cosa que el desplegarse o manifestarse del Espíritu en formas materiales. Hay que evitar entenderlo, tanto de una manera dualista –como haría nuestra mente que, forzosamente, piensa al Espíritu como una realidad “aparte” del resto-, como de una manera panteísta, obra también de la mente que, en el otro extremo, piensa todo como unidad indiferenciada.
Superados ambos extremos, la dos caras polares del modo como la mente puede acercarse a la realidad, somos invitados a trascender la mente para abrirnos a una sabiduría superior, que hace justicia a lo real, sin separar nada y sin confundirlo. Es la perspectiva no-dual, que han experimentado y en la que se han expresado desde siempre los místicos.
Santa Teresa de Jesús, probablemente una de las mayores representantes de lo que, dentro del camino espiritual, podríamos llamar la “vía relacional o afectiva”, y por tanto, nada sospechosa de “veleidades panteístas”, en su obra de madurez “Las Moradas”, escribe:

“Es un secreto tan grande y una merced tan subida lo que comunica Dios allí al alma en un instante, y el grandísimo deleite que siente el alma, que no sé a qué compararlo, sino a que quiere el Señor manifestarle por aquel momento la gloria que hay en el cielo por más subida manera que por ninguna visión ni gusto espiritual. No se puede decir más de que, a cuanto se puede entender, queda el alma, digo el espíritu de esta alma, hecho una cosa con Dios…
“En estotra merced del Señor [lo que la santa llama el “desposorio espiritual”], siempre queda el alma con su Dios en aquel centro. Digamos que sea la unión, como si dos velas de cera se juntasen tan en extremo, que toda la luz fuese una, o que el pábilo y la luz y la cera es todo uno… Acá es como si cayendo agua del cielo en un río o fuente, adonde queda hecho todo agua, que no podrán ya dividir ni apartar cual es el agua, del río, o lo que cayó del cielo; o como si un arroyico pequeño entra en la mar, no habrá remedio de apartarse; o como si en una pieza estuviesen dos ventanas por donde entrase gran luz; aunque entra dividida se hace todo una luz” (Las Moradas VII,2.3-4).

Por su parte, san Juan de la Cruz expresa lo mismo con no menos fuerza:

“Dios le comunica [al alma] su ser sobrenatural de tal manera, que parece el mismo Dios y tiene lo que tiene el mismo Dios. Y se hace tal unión cuando Dios hace al alma esta sobrenatural merced, que todas las cosas de Dios y el alma son una en transformación participante. Y el alma más parece Dios que alma, y aun es Dios por participación” (Subida del Monte Carmelo II,5.7).

Me parece que no podemos leer esas experiencias que nos transmiten los místicos como si se tratara de “dones” especiales que Dios otorgara arbitrariamente, o como si fueran la excepción de lo que es la realidad.
Ocurre justamente al revés. Lo que los místicos ven –como lo que vio Jesús de Nazaret- es lo que se da siempre, la Realidad como es. El hecho de que la mayor parte de las personas no la perciban hace que se vean esas descripciones como excepcionales.
Los místicos pueden ser todavía “excepciones” con respecto a quienes no ven, pero lo que ellos nos transmiten –dentro, siempre, de la pobreza de los conceptos y de las palabras para expresar una realidad que trasciende la mente, así como usando esquemas mentales propios de su época y cultura- no es nada “excepcional”, sino una descripción más ajustada de lo Real.
Lo que ocurre es que la identificación con la mente hace que se vea lo falso como si fuera real, y lo que es verdadero como si fuera falso.

En la experiencia mística –desde una perspectiva no dual-, el Espíritu no es “Alguien” que hace “algo” sobre “alguien”, por más que nuestra mente, en cuanto quiera dar razón de ello, no pueda expresarlo de otro modo.
El término “espíritu”, en las tradiciones antiguas, aparece vinculado al viento, a la respiración y a la energía. Ruaj, en hebreo; pneuma, en griego; spiritus, en latín; qi (o chi), en chino; prana, en sánscrito… Todos ellos son términos que hacen referencia a “aliento vital”, “soplo de vida”, “energía”..., y guardan una estrecha relación con la propia respiración.
A partir del simbolismo que nos regalan las etimologías, podemos hablar del Espíritu como del Aliento último de todo lo que es, pero un Aliento no-separado de lo que es, sino haciendo posible que sea y constituyéndolo en su núcleo más íntimo; como de la Energía primera que todo lo mueve y de la que están hechas todas las cosas; como del Dinamismo vital que hace posible la vida y el despliegue de la misma en infinitas formas; como del Vacío primordial –atemporal e ilimitado- de cuyo interior está brotando todo lo manifiesto…
Desde esta perspectiva también, en todo lo que vemos, estamos “viendo” al Espíritu en acción, al que reconocemos, además, como nuestro núcleo más íntimo, la Identidad más profunda. Y nos vienen a la memoria las sabias palabras de Pierre Teilhard de Chardin: “No somos seres humanos viviendo una aventura espiritual, sino seres espirituales viviendo una aventura humana”.
Solo así puede captarse adecuadamente lo que es la evolución en toda su profundidad: El Espíritu duerme en los minerales, despierta en los vegetales, siente en los animales y ama en los humanos. O, dicho de otra manera: El Espíritu duerme en la piedra, sueña en la flor, despierta en el animal y sabe que está despierto en el ser humano.
Me quedé sorprendido al constatar que, al presentarlo de este modo a alumnos de Bachillerato, dijeron “entender” lo que es la Trascendencia y la Unidad de todo. Sin duda, los niños y los jóvenes se hallan capacitados para percibir la dimensión espiritual de todo lo real. Lástima que la educación académica siga siendo tan chata y materialista, porque les está privando de cuidar su mayor riqueza: la inteligencia espiritual.
Esa inteligencia es la capacidad de tomar distancia de la mente separadora, dejar de identificarnos con ella y tomar conciencia de nuestra verdadera identidad.
Entonces caeremos en la cuenta de que el Espíritu vive en nosotros, impulsando nuestra consciencia… hasta que reconozcamos en él nuestro verdadero rostro.

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Domingo V de Pascua
6 mayo 2012
Evangelio de Juan 15, 1-8

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo poda para que dé más fruto.
Vosotros estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí y yo en vosotros.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada.
Al que no permanece en mí, lo tiran fuera, como al sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará.
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PERMANECER SIN DISTANCIA NI SEPARACIÓN

En el breve texto anterior, aparece siete veces uno de los verbos preferidos por el autor del cuarto evangelio: menein, que puede traducirse como “morar” o “permanecer”. Comporta la idea de un estar-en, de manera continuada y estable, hasta el punto de llegar a ser “uno” con quien se permanece.
Jesús tiene conciencia de permanecer en el Padre y en los discípulos, y eso mismo es lo que desea que sus discípulos hagan consciente. Todo permanece ya, y desde siempre, en la Unidad, porque no puede existir nada al margen de nada. Lo que nos falta es tomar conciencia de ello, salir del engaño al que nos induce la mente, para reconocerlo y vivirlo.
La mente solo puede operar separando las cosas; es la condición del pensamiento, porque pensar es delimitar, establecer fronteras entre los objetos pensados. Este modo de hacer es eficaz en el campo de los objetos, y ha hecho posible el progreso en muchas áreas.
La trampa y el engaño surgen cuando, olvidando que se trata solo de de una característica de la mente, lo que es una “forma de ver” se absolutiza, y se termina creyendo que la realidad es tal como la mente la describe. Lo que se ha producido es un deslizamiento insostenible del plano del “pensar” (separador y dualista) al plano del “ser” (unido o adual).
Tanto la palabra de Jesús como la alegoría de la vid apuntan en la dirección adecuada: no somos islotes separados; siempre somos-en y somos-con.
El olvido de esta realidad hace que nos reduzcamos al ego (la identidad que nos proporciona nuestra mente), y vivamos a partir de esa creencia. Egocentrismo, individualismo, soledad, miedo, ansiedad, enfrentamiento… son las primeras consecuencias de aquel engaño.
Pero no somos ese ego aislado, que no existe sino en nuestra mente. En último término, somos la Vida que se expresa momentáneamente en esta forma que hoy palpo. O, por usar la alegoría del evangelio, somos la misma vid en forma de sarmientos.
“Vid” y “sarmientos” no son dos entidades independientes. De hecho, no puede darse la una sin la otra. Son sencillamente “formas” diferentes de la única Realidad, pero en una diferencia que no es en ningún caso separación: se trata de la misma Realidad expresándose de ese modo.
Vid y sarmientos, agua y olas, vacío y forma, Divinidad y materia, Dios y cosmos, lo Inmanifestado y lo manifiesto…; de cualquier forma que nuestra mente lo nombre, estamos hablando de la misma y única Realidad, en sus “dos caras”, abrazadas en una admirable no-dualidad.
Por eso, cuando estamos viendo la “forma” –cualquiera que sea el modo como se presente-, estamos viendo el “Vacío” al que expresa; cuando vemos el cosmos, la naturaleza, la humanidad, estamos viendo a Dios expresándose o desplegándose ante nuestros ojos.
No hay lugar alguno para el dualismo –que únicamente existe en nuestro pensamiento-, pero tampoco se trata de un panteísmo indiferenciado o vulgar. Algunos autores –cada vez más dentro de la teología católica, aunque no son sólo los teólogos- hablan de panenteísmo (todo-en-Dios), una expresión que me parece ajustada, siempre que, a pesar de la novedad del término, no se vuelva a colar el dualismo. Por ello, a mi modo de ver, sigue siendo preferible la expresión no-dualidad.

Como es obvio, la no-dualidad no se puede pensar, porque la estructura misma del pensamiento es dual. En cuanto éste se hace presente, la realidad parece separada: se manifiesta la aparente dualidad.
El estado no-dual no puede lograrse tampoco a través de algún esfuerzo mental: la mente no puede llevarnos más allá de la mente.
Lo que nos queda es ejercitarnos en acallar la mente y vivir lo más posible en el momento presente. Eso mismo dotará a nuestra vida de otra “calidad” y, quién sabe, en algún momento emergerá ante nosotros la Realidad como es, más allá del velo que la mente interpone.
La práctica de acallar la mente –la práctica meditativa, formal o informal- equivale a recorrer ese velo, para permitir que el Presente emerja ante nuestros ojos.
En todo caso, podemos vivir más conscientes de la Unidad que somos con todo, en la certeza de que todo lo manifiesto –nosotros incluidos- no es otra cosa que el despliegue de lo que no vemos, el Misterio tomando forma en cada pequeño objeto, sin estar separado de ello.
Esta percepción y vivencia nos hará crecer en sabiduría y, con ella, en capacidad de comprender y de vivir de un modo nuevo.

Nos haremos más conscientes de que todo, en el mundo de las formas, se rige por la ley de la polaridad. De ese modo, no rehuiremos nada, pero tampoco nos identificaremos con nada.
Como escribe Ajahn Chah, un monje tailandés fallecido en 1992, “la paz que ha de hallarse dentro de uno se encuentra en el mismo lugar en el que se ubican la agitación y el sufrimiento. No ha de hallarse en el bosque ni en la cima de la colina, ni es otorgada por un maestro. Donde usted experimenta sufrimiento puede encontrar la emancipación del sufrimiento. En realidad, tratar de escapar del sufrimiento es, de hecho, correr hacia él”.
No escapar, no identificarse: es el camino de la sabiduría que nos permite reconocernos en nuestra identidad más profunda, por detrás (o debajo) del yo aparente, que es solo un “objeto” dentro de quienes realmente somos.

Volvemos a la alegoría joánica. Permanecer en Jesús y en el Padre equivale a experimentarnos en esa identidad profunda, que es no-dual y, por tanto, compartida. No cabe intimidad mayor: más allá de los “mapas” que son las creencias y las religiones –mapas valiosos en muchos casos-, nos reconocemos en el “Territorio” común. Más allá de pensarnos como “sarmientos” separados, nos descubrimos ser “vid” unificada.

Para terminar, quiero dejaros un poema de Bitoriano Gandiaga, franciscano vasco, fallecido en 2011.

Fui en busca de la paz

Muchas veces fui lejos
en busca de la paz,
fui en busca de la paz,
con la eterna esperanza
de que la paz que no tenía en mí
sí la había de hallar allí lejos.
Fui lejos en busca de la paz,
pero sin esperanza fundada;
la paz que no la tenía en mí
también allí estaba lejos
en su lejanía inaccesible.
Me quedé allí mismo
(nunca más me iría lejos)
mirando a mi interior,
y comencé a trabajar,
a colocar en su sitio
cada una de mis revueltas pasiones.
A medida que iba ordenando mi interior
comenzó a iluminárseme
el interior y el contorno.
A partir de entonces nunca más me iré lejos,
la paz no está lejos,
su fuente está en uno mismo.


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Domingo IV de Cuaresma
18 marzo 2012


Evangelio de Juan 3, 14-21

En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo:
 Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.
Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
Ésta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas.
Pues todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.
En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

******

A Ana Victoria y Dioni, en su boda


CRUZ Y SALVACIÓN, MÁS ALLÁ DEL MITO

Para el pueblo judío, la imagen de la serpiente recordaba, a la vez, las quejas del pueblo y la misericordia de Yhwh. Tal como se narra en el Libro de los Números (21,4-9), ante la dureza de la marcha a través del desierto, el pueblo empezó a murmurar contra Moisés y contra Yhwh, que envió serpientes venenosas cuya mordedura les provocaba la muerte. Tras el arrepentimiento y la intercesión de Moisés, éste recibió el encargo de colocar una serpiente de bronce sobre un asta: bastaba mirarla, para quedar curado del veneno mortal.
Se trata, evidentemente, de un relato mítico, que solo puede ser aceptado literalmente desde una conciencia mítica, como la que tiene el niño entre los 3 y 7 años, o la que vivió la humanidad entre, aproximadamente, los años 10.000 y 1.000 antes de nuestra era.
Es obvio que también, en la actualidad, pervive la conciencia mítica en no pocas mentes humanas: eso explica que, tanto en el nivel de la religión como en el de los nacionalismos, se mantengan creencias que, vistas desde otro nivel (simplemente, el “racional”), parezcan cuentos de niños.
Particularmente en el campo de la religión, es más fácil quedar anclados en ese nivel de conciencia –aunque la misma persona, en otros sectores de su vida, pueda tener actitudes postmodernas-, debido al hecho de que los textos sagrados se han entendido literalmente, como si en su misma formulación hubieran caído del cielo, revelados por Dios.
A partir de ese concepto de “revelación”, centrado en el literalismo, el creyente no se atreve a reconocer el carácter histórico, condicionado y, por tanto, relativo de esos textos, por lo que los sigue repitiendo de una manera mecánica, sin el menor cuestionamiento. Quizás inconscientemente, en este terreno, está renunciando a hacer uso de una consciencia más ampliada, que le proporcionaría otra lectura más adecuada y, por ello mismo, liberadora.

Pero en el tema concreto que nos ocupa, hay más: una idea mágica de la salvación que marcaría dolorosamente la conciencia colectiva cristiana durante más de un milenio.
Una vez más, se trata de un determinado tipo de lectura, desde un determinado nivel de consciencia. Así como el pueblo judío pudo creer que bastaba mirar a una serpiente de bronce para quedar curado de la mordedura venenosa, de un modo similar, durante siglos, muchos cristianos pensaron que la salvación venía producida por la muerte de Jesús en la cruz.
Quiero insistir en el hecho de que, mientras alguien se halla en ese nivel de conciencia, tal lectura es asumida sin dificultad. Lo cual no quiere decir que no contenga consecuencias sumamente peligrosas, entre las que habría que apuntar las siguientes:
imagen de un dios ofendido y vengativo hasta el extremo;
idea de un intervencionismo divino, arbitrario y desde “fuera”;
idea de una pecaminosidad universal, previa incluso a cualquier decisión personal (creencia en el “pecado original”);
instauración de un sentimiento de culpabilidad, hasta alcanzar límites patológicos;
creencia en una salvación “mágica”, producida desde el exterior.

Estas consecuencias parecen inevitables cuando se hace una lectura literalista de determinados textos bíblicos, incluido el que hoy leemos, al comparar la cruz de Jesús con la serpiente del desierto. Con tal lectura, se dejan sentadas las bases de toda la “doctrina de la expiación”.
Sin embargo, es posible otra lectura que, reconociendo el carácter “situado” y, por tanto, inevitablemente relativo de los textos sagrados, accede a un nivel de mayor comprensión y libera al creyente de tener que seguir aferrado a un pensamiento mágico o mítico, que por la propia evolución de la consciencia le resulta ya, no solo insostenible, sino perjudicial.
Desde esta nueva lectura, el cristiano sigue fijando su mirada en Jesús, y en Jesús crucificado. Pero ya no es una mirada infantil ni infantilizante. Ahora ve en Jesús y en su destino –provocado por la injusticia de la autoridad de turno- lo que es el paradigma de una vida completamente realizada: fiel y entregada hasta el final. Por ese motivo, el hecho de “mirar la cruz” empieza a ser ya salvador: nos hace descubrir en qué consiste ser persona.
Pero no se trata solo de una mirada “externa”, que podría desembocar, en el mejor de los casos, en una conducta imitativa, que no dejaría de ser alienante. Desde una consciencia transpersonal y desde el modelo no-dual de conocer, la lectura se ve enriquecida hasta el extremo.
Al ver a Jesús, nos estamos viendo a nosotros mismos. Al acceder a una perspectiva no-dual, nos queda claro que no hay nada separado de nada. En nuestras diferencias aparentes, se está mostrando la naturaleza común que nos identifica. De un modo semejante a como, en cada una de las olas, “toma forma” la única agua que a todas las constituye.
Desde esta nueva perspectiva, Jesús no es un “mago” que nos salvara desde fuera; tampoco es un “ser celestial separado” diferente de nosotros. Es lo que somos todos…, aunque sigamos sin atrevernos a reconocerlo.
En él se ha mostrado de una manera exquisita la maravilla de lo Real. Por eso, podemos nombrarlo como Manifestación de Lo que es y Expresión de lo que somos. Al mirarlo a él, lo primero que nace no es un deseo de “imitación”, sino un reconocimiento de nuestra más profunda identidad.
De un modo similar, la salvación no consiste en quedar liberados, por obra de una “expiación” exterior, de una culpabilidad ancestral que se arrastraría desde el comienzo de la especie humana (aunque quedaría sin precisar el momento exacto en que el homínido dejó de ser primate y empezó su andadura de “homo sapiens sapiens”).
No hubo tal cosa como un “pecado original” –en el sentido moralizante en que lo entendió la tradición-, que habría de culpabilizar a toda la humanidad que entró en contacto con esa creencia. Lo que hubo –y sigue habiendo- es una gran inconsciencia, que se traduce en ignorancia radical de quienes somos, y que se plasma en comportamientos que generan sufrimiento para uno mismo y para los demás.
Esa es la “tiniebla” de que habla el texto. Y, por contraste, la “luz” de que tanta necesidad tenemos, y que los cristianos vemos resplandecer en Jesús de Nazaret.
En eso consiste la “salvación”: en acercarnos a la “luz”, para reconocer nuestra verdadera identidad –el “agua” que constituye nuestra “forma transitoria” de “olas”- y, de ese modo, salir de la ignorancia que nos mantiene confundidos y atrapados en un laberinto de sufrimiento.

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Domingo VII Tiempo Ordinario
19 febrero 2012

Evangelio de Marcos 2, 1-12

Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaúm, se supo que estaba en casa.
Acudieron tantos, que no quedaba sitio ni a la puerta. Él les proponía la Palabra.
Llegaron cuatro llevando un paralítico, y como no podían meterlo por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico.
Viendo Jesús la fe que tenían, dijo al paralítico:
Hijo, tus pecados quedan perdonados.
Unos letrados, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros:
¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?
Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo:
¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico «tus pecados quedan perdonados» o decirle «levántate, toma tu camilla y echa a andar»?
Pues, para que veáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados… entonces dijo al paralítico:
Contigo hablo: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.
Se levantó inmediatamente, tomó la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios diciendo:
Nunca hemos visto una cosa igual.

******
APRENDER DE LOS MALES

La cultura judía había asociado “enfermedad” y “pecado” hasta el extremo de llegar a estigmatizar a los enfermos como pecadores. Por el otro lado, eso significaba que la sanación sólo podía ser tal si iba acompañada del perdón: curada la raíz –el pecado-, el cuerpo recuperaría la salud.
Desde nuestra perspectiva, nos resulta fácil apreciar las consecuencias dolorosas que comporta esa visión: el enfermo, además de afrontar su dolencia, debía cargar con el sambenito de pecador.
Esa creencia buscaba dar razón del sufrimiento, atribuyendo su causa al comportamiento de la persona (o de algún antepasado suyo), tal como se recoge en un relato del cuarto evangelio: “Jesús vio a un hombre que era ciego de nacimiento. Sus discípulos, al verlo, le preguntaron: Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre? ¿Fue por un pecado suyo o de sus padres?” (Juan 9,1-2). Conocemos también la respuesta de Jesús: “La causa de su ceguera no ha sido ni un pecado suyo ni de sus padres” (9,3).
En realidad, aquella creencia no es muy diferente de la lectura vulgar que se hace del karma, que constituye también una justificación de la situación presente, atribuyendo todo lo que le ocurre a una persona a lo vivido por ella misma en una supuesta vida anterior.
Lecturas de este tipo condenan todavía más a la persona que padece cualquier dolor y conducen a una actitud fatalista y resignada. Es más honesto reconocer nuestra ignorancia a la hora de preguntarnos por el problema del mal en el mundo, particularmente el mal que sufren las personas más inocentes, sobre todo los niños.
Con todo, parece también innegable que aquellas creencias, aunque inaceptables en su formulación literal, contenían al menos dos intuiciones que podemos rescatar:
El ser humano constituye una unidad, en la que todo influye en todo: cuerpo, psiquismo y espíritu son las tres dimensiones o perspectivas, que se influyen mutuamente. La medicina holística e incluso las más recientes investigaciones neurocientíficas lo tienen bien comprobado.
Todo lo que nos ocurre –también las experiencias de dolor-, aunque no podamos conocer a qué se debe, podemos vivirlo como una oportunidad de aprendizaje y de crecimiento, desde dos actitudes sabias, que es necesario vivir simultáneamente: la no-evitación (no negar lo que hay) y la no-reducción (somos más que todo aquello que nos pueda ocurrir). Como expresión de esta actitud sabia, quiero reproducir un poema de Antonio Colinas, “La visita del mal”.

LA VISITA DEL MAL

Hoy hemos recibido la visita del mal,
pero hemos decidido acogerlo
como a huésped fecundo.
Llegó el mal de repente, como cepo o veneno,
y le hemos abierto
de par en par la puerta de la casa.

Como siempre, el mal
viene ciego, desnudo, sin razón,
y aunque perros y gatos han salido huyendo,
conservamos la calma plenamente
y lo hemos conducido hasta el jardín.
Allí, el dulce día, el sol tan fuerte,
abrasaban las llagas y pesares,
resecaban la sangre en las heridas,
borraban el espeso hedor del aire.

Nos ha llegado el mal como un cuchillo airado
en sótanos de sombra,
mas casa y corazón están abiertos.
Una vez más tuvimos que poner
amor donde el amor no se encontraba.
Y no hay mordaza, dardo, aguja, hiel
que no pueda fundir la hoguera musical
que, de monte a monte, hoy propaga el otoño.

He entrado unos momentos en la casa
para sacarle el pan y la bebida
al huésped iracundo.
Quise alegrarle el corazón, poner
un poco de calor en su cara de hielo.
Con sosegada paz volví al jardín
para abrazar el mal, pero no pude,
pues lo encontré caído y moribundo
de luz y de silencio entre la hierba.

Hoy hemos recibido la visita del mal,
mas pronto hemos tenido que enterrarlo
debajo del naranjo y de su aroma,
donde zumban las abejas.
A solas nos tuvimos que beber
el vino que sacamos para el huésped,
el dulce vino del más hondo olvido.

(Antonio COLINAS, Libro de la mansedumbre,
Tusquets, Barcelona 1997, pp.19-20).

Para vivir la “negatividad” de un modo constructivo, quizás tengamos que empezar por reconocerla, aceptarla y estar dispuestos a caminar.
En el relato evangélico, tal actitud queda reflejada en las palabras de Jesús (“levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”) y en la prontitud del enfermo (“Se levantó inmediatamente, tomó la camilla y salió”).
Aun sin darnos cuenta, podemos acomodarnos o instalarnos incluso en nuestras “camillas”, en nuestros malestares y problemas. La invitación es a ponernos en pie, a caminar. Por eso, quizás podamos empezar preguntándonos si no nos hemos acostumbrado a alguna “camilla” que nos paraliza. ¿Cuáles son, en este momento de mi vida, las “camillas” en las que permanezco echado? ¿De cuál tendría que “levantarme”?
Con frecuencia, las “camillas” son mentales: mecanismos de defensa, con los que buscamos “amortiguar” temores o mantener a raya cualquier cosa que podría inquietarnos.
En cualquier caso, las “camillas” buscan mantenernos en lo que nos resulta conocido y familiar, protegiéndonos de todo aquello que nos situaría ante lo nuevo.
En el fondo, lo que se halla en juego es algo que me parece decisivo: ¿Me mantengo en la rutina (aquello que mi mente cree controlar) o vivo abierto a la novedad de la Vida? ¿Estoy instalado en la comodidad –aunque sea mortecina- o me siento cada día en camino? ¿Estoy “tendido” o en pie?
“Levántate, toma tu camilla y echa a andar”.


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Domingo III de Adviento
11 diciembre 2011


Evangelio de Juan 1,6-8; 19-28

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.
Los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran:
 ¿Tú quién eres?
Él confesó sin reservas:
 Yo no soy el Mesías.
Le preguntaron:
 Entonces ¿qué? ¿Eres tú Elías?
Él dijo:
 No lo soy.
 ¿Eres tú el Profeta?
Respondió:
 No.
Y le dijeron:
 ¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?
Él contestó:
 Yo soy “la voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor” (como dijo el profeta Isaías).
Entre los enviados había fariseos y le preguntaron:
 Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?
Juan les respondió:
 Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.
*****

EGO, RELIGIÓN Y NO-DUALIDAD

Sabemos que al ego le encanta discutir, porque eso le permite distanciarse de los otros y, de esa manera, autoafirmarse. Si estamos atentos, podremos observar que, en la discusión, se ponen en juego toda una serie de necesidades del ego, que exigen satisfacción: tener razón, destacar, lograr reconocimiento, “someter” al otro, obtener poder… Todas ellas giran en torno a la necesidad de seguridad, porque el ego, esencialmente inseguro porque es vacío, necesita ocultarse a sí mismo su carencia fundamental. Como todo él es una ficción, sólo se siente existir si “brilla” de algún modo.
Tanto el ego individual como el colectivo parecen funcionar de esta manera. Uno y otro tratan de “marcar su territorio”, como hacen los animales de otras especies, y de imponer su dominio para obtener una sensación de seguridad.
Debido al momento evolutivo en el que nos encontramos, los grupos humanos, en gran medida, actúan según esa ley. Parece que necesitamos crecer en consciencia de quienes somos para que sea posible un nuevo comportamiento caracterizado por la comunión y la solidaridad. Sólo la conciencia de nuestra “identidad común” –no egoica, sino transpersonal- permitirá el cambio en nuestro actuar. Entre tanto, es el ego quien nos conduce en la mayoría de las ocasiones.

Los grupos religiosos tampoco escapan a ello. Con frecuencia, los vemos en pugna con otros diferentes, como queriendo afirmar la propia supremacía. Con frecuencia, se percibe en ellos el temor de que el reconocimiento de la “verdad” que hay en los otros menguara “su” propia verdad.
Desde el modelo mental, no hay salida posible. La mente considera la “verdad” como un “objeto” que ella posee. Por tanto, da por supuesto que sólo es verdad lo que ella afirma, y que se hallan en el error quienes sostienen algo distinto.
Necesitamos salir de ese modelo de conocer para poder percibirnos como “complementarios”, que mutuamente nos enriquecemos, en la medida en que respetamos y valoramos las diferencias.
Las religiones –aunque no sólo ellas- tienen por delante un largo camino para salir de sus respectivos guetos y abrirse a lo que Javier Melloni llama “síntesis superiores”. (A quienes estén interesados en esta cuestión, recomiendo su libro Hacia un tiempo de síntesis, Fragmenta, Barcelona 2011; quizás más adelante pueda ofreceros un resumen del mismo).

Todo este comentario me ha sido evocado por el texto del evangelio, en el que se trasluce el enfrentamiento entre seguidores de Jesús y discípulos del Bautista, a propósito de la supremacía de uno de ellos sobre el otro.
Los enfrentamientos religiosos funcionan de ese modo. No se suele plantear de entrada lo que los une, ni tampoco tienden a ponerse de acuerdo en una “práctica” que les permita –sin negarlos- trascender sus propios puntos de vista. Más bien ocurre lo contrario: los grupos se encastillan en sus propias creencias, en sus ritos y en sus jerarquías, con un aire de superioridad mal disimulada, que termina socavando su propia credibilidad.
Ocurre que al ego –individual o colectivo- no se le puede pedir que “renuncie” a sus creencias –en el sentido de relativizarlas, situándolas en un segundo plano- porque se sentirá perdido. Es necesario trascenderlo para comprobar que, sin renunciar a ellas –en el sentido de negarlas-, puede abrirse a una verdad mayor, que trasciende conceptos y palabras. Pero esto requiere aprender a silenciar la mente, para encontrarnos en el no-lugar donde experimentamos la unidad que somos. Cuando eso sucede, hemos pasado de la religión excluyente a la espiritualidad inclusiva.
Aun siendo cierto que la religión tiende a separar, debido a la propia dinámica de la creencia –siempre quedarán “fuera” quienes no la compartan-, esto no significa que no pueda vivirse de una forma no excluyente. Esto es posible cuando se relativizan las “formas religiosas”, en aras de Aquello a lo que esas formas apuntan.
Por el contrario, en ausencia de esa sabiduría que lleva a relativizar las propias formas, la religión se hace totalitaria. Como escribe Javier Melloni, “las religiones son receptáculos de una plenitud que ha sido vertida en ellas y que tratan de custodiar. Pero al custodiarla se pueden hacer insolentes. Por miedo a perderla, la blindan, y al no saber qué hacer con tanta densidad, la lanzan sobre las demás sin atender a lo que ellas ya contenían… Las religiones se hacen indigestas –no sólo indigestas, sino sumamente peligrosas- cuando pretenden apoderarse del Absoluto… Se reconoce que una plenitud ha sido reducida a totalidad por la crispación con que se defiende… La plenitud no se posee: se irradia” (J.MELLONI, Hacia un tiempo de síntesis, Fragmenta, Barcelona 2011, pp.43-44.53).

Es comprensible, volviendo al texto del evangelio, que unos se sintieran especialmente fascinados por Jesús de Nazaret, mientras otros lo eran por el Bautista. Eso es humano, y no tiene por qué generar ningún problema.
El problema empieza cuando, desde una lectura mítica y dualista, lo que sólo es “diferencia” lo convertimos en “separación excluyente” y en guerra de individualidades.
Desde el modo no-dual de conocer, todas las diferencias son abrazadas en la no-dualidad; dejan de verse como causa de separación y se aprecian como factor de enriquecimiento. Pero esto requiere nada menos que la desapropiación del yo, porque él no puede sino vivir para autoafirmarse a costa de todos y de todo. La no-dualidad se halla completamente fuera de su alcance.
Sin embargo, trascendida la cerrazón característica del ego, “lo que atrae de Cristo a los cristianos, del Corán a los islámicos, de la Torah a los judíos, de los Vedas a los hindúes o de Buddha a los budistas es el abismo de luz, el derramamiento de ser que se desprende de ellos y el camino que proponen para mantenerse en estado de apertura” (J. MELLONI, p.46).
Es decir, nos atrae el hecho de que, en ellos, percibimos con nitidez, como en un espejo, el reflejo limpio de lo que –probablemente aun sin saberlo- todos somos…, y por eso en ellos nos reconocemos.

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Domingo II de Adviento
4 diciembre 2011

Evangelio de Marcos 1, 1-8

Comienzo del evangelio de Jesús, Cristo, Hijo de Dios.
Está escrito en el profeta Isaías: Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino.
Una voz grita en el desierto: Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos.
Juan bautizaba en el desierto: predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.
Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba:
 Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias.
Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.

*****

EVANGELIO Y NO-DUALIDAD

Hasta donde conocemos, Marcos fue el creador del género literario llamado “evangelio”. De manera que ese término que, en un primer momento, designaba la “buena noticia” proclamada, empezó a usarse para referirse a todos aquellos escritos que buscaban transmitir la vida de Jesús y su mensaje.
Ese “doble significado” de la palabra puede apreciarse en el inicio mismo del relato marcano: “Comienzo del evangelio de Jesús…”. Se refiere, en primer lugar, como es obvio, a la actividad de Jesús (o, más exactamente aún, a la “buena noticia que es Jesús”); pero se presta fácilmente a entenderlo también como referido al escrito en cuanto tal (“aquí comienza la buena noticia escrita sobre Jesús”).
En cualquier caso, la citada expresión no constituye tanto la primera frase del texto, cuanto el título de todo el libro: todo él viene a mostrar a Jesús como “Mesías” (Cristo, Ungido) e “Hijo de Dios”. Y ésa es, precisamente, la “buena noticia”.
Desde el comienzo mismo, el autor manifiesta su intención expresa de presentar a Jesús, no sólo en la línea de los grandes profetas de su pueblo, sino como aquél en quien se cumplen las promesas anunciadas. En concreto, son palabras de Malaquías (3,1) y de Isaías (40,3) –aunque el autor atribuya todas a este último-, que Marcos aplica a la persona de Jesús, según una fórmula casi sagrada que las sanciona: “Está escrito”.
Dicha fórmula remite al lector directamente a la Torah; es decir, desde el mismo comienzo, todo el acontecimiento de Jesús se anuncia como “previsto” por Dios. Aunque para ello, Marcos deba cambiar el destinatario de las palabras del profeta: mientras éste hablaba de “preparar el camino al Señor (Yhwh)”, el texto evangélico se refiere explícitamente al “Señor” Jesús.

Nos hallamos, pues, ante un texto “fundacional” del cristianismo –en realidad, todo el evangelio lo es-, que afirma que Jesús es el Hijo enviado por Dios, tal como había sido anunciado “desde antiguo” en quien se cumplirían, por tanto, todas las esperanzas de la humanidad.
Este es el texto. Lo que ocurre es que puede leerse desde diferentes “claves de lectura”. Mientras hemos permanecido en un nivel de conciencia que podemos llamar mítico, utilizando un modelo dual de conocer, la lectura de todo lo relativo a Jesús parecía ser sólo una (la lectura se había hecho coincidir con un “idioma” concreto): el Hijo único de Dios, eterno y preexistente, se encarna en Jesús de Nazaret, según un “proyecto” divino que puede rastrearse, incluso, desde el momento mismo del pecado original. El es, por tanto, el “único Salvador y Mediador”.
Sin embargo, apenas empieza a emerger otro nivel de conciencia (transpersonal) y otro modo (no-dual) de conocer, saltan las disonancias y todo un torrente de preguntas (que, si quedan silenciadas, se debe únicamente al temor de abandonar las fórmulas aprendidas).
Enumero simplemente algunas de ellas:
¿Cómo pensar en Dios como un ser separado, cuando, como dijera Nicolás de Cusa, no puede ser “lo otro” de nada? El Misterio de Lo que es no está “al margen” de nada de lo que es.
¿Qué significa, en concreto, que “Dios se hace hombre”? ¿Acaso “cabe” todo el Misterio en un ser humano? (Puede advertirse que, desde la perspectiva mítica, esto no ocasionaba problemas, porque se percibía a Dios como un “ser separado” todopoderoso que “podía”, por tanto, “introducirse” en un hombre. Pero es justamente todo este imaginario el que cae al cambiar el nivel de conciencia y el modelo de cognición).
¿Cómo puede ser Jesús el único Salvador? ¿No suena esta idea a etnocentrismo competitivo, que parece ignorar la presencia de lo divino en toda la realidad?
Presentar a Jesús en clave de “rivalidad” frente a los demás seres humanos, ¿no es sencillamente una consecuencia del propio modelo dual, que se basa en la supuesta e incuestionable realidad del “yo”, como nuestra identidad última? ¿Qué sucede cuando venimos a descubrir que el “yo” es sólo un “objeto” dentro de quienes realmente somos?

Podría seguir con más preguntas. Pero me parece que éstas pueden bastar para hacer ver la disonancia cognitiva en que nos encontramos, y que, si somos honestos, tendremos que afrontar.
Para empezar –y evitar malentendidos-, quiero insistir en el hecho de que se trata sólo de un “cambio de idioma”, de una modificación de la “clave de lectura”. Y que, más allá de idiomas y de claves, lo realmente decisivo se juega en otro nivel, en la experiencia o vivencia de cada persona.
Como sucede con los lingüísticos, todos los “idiomas culturales” son legítimos y pueden convivir siempre que no olviden que son sólo eso: idiomas. La Verdad a la que apuntan está más allá y se les escapa. Únicamente, cuando ellos callen y la mente se silencie, podremos llegar a la Comprensión.

Con esta salvedad, querría plantear sencillamente la posibilidad de una lectura del texto evangélico –y del Credo cristiano- desde la no-dualidad, es decir, desde una “perspectiva de conocer” absolutamente legítima y coherente, que parece emerger cada vez con mayor fuerza entre nosotros.
Desde ella, surge una primera afirmación: no existe nada separado de nada. Todas las “separaciones” que afirmamos no son sino construcciones de nuestra mente, caracteriza por la separatividad y la dualidad. Basta silenciarla, para que se haga manifiesto que sólo existe Eso no-dual, que nos constituye a todos y a todo. La trampa radica en el hecho de que, mientras queramos percibirlo con la mente, se nos escapará.
En el modelo no-dual, Dios deja de ser percibido como un “Ser separado” –proyección de nuestra propia pre-comprensión como “individuos” o yoes-, y empezamos a abrirnos a él como La Mismidad última de todo lo que es, el Misterio consciente y amoroso, que en todo se expresa y todo lo abraza. No como si fueran realidades separadas (Dios / lo que no es Dios: esto sólo es así para nuestra mente), sino en la misma Unidad en su “doble cara”, manifiesta e Inmanifestada.
Jesús es también Eso no-dual, expresado admirablemente en un ser humano. Tan admirablemente, que fácilmente podemos reconocerlo como “espejo de humanidad” y, por tanto, de divinidad: de nuevo, las “dos caras” de lo Real.
No tiene sentido hablar ya de “salvación”, ni de un salvador “único”. Estas son categorías deudoras exclusivamente del estadio mítico. Todo está ya salvado, porque todo está/es en Dios; no nos hace falta más que reconocerlo, caer en la cuenta, verlo. Todo está aquí y ahora, ¿no lo ves?
Jesús no se halla separado de nada ni de nadie. Por ese motivo, cae cualquier comparación, distancia o “rivalidad”. ¿Tendría sentido que las olas rivalizaran entre sí para ver cuál es “más” agua? Jesús es lo que somos todos, formas de Lo que no tiene forma, manifestación de lo divino y expresión de lo humano.
Es cierto que nuestro lenguaje sigue siendo “dual”, pero, aunque torpemente, puede ayudarnos a intuir la superación de la dualidad. Las separaciones, comparaciones, fronteras… sólo existen en nuestra mente, no son otra cosa que construcciones mentales. La realidad es que, al hablar de Jesús, estamos hablando de todos nosotros. Indudablemente, es legítimo que cada persona tenga sus “afectos” (sean Jesús, Budha, Mahoma…), pero sería bueno que ello no se convierta en un pretexto “reductor” que nos llevaría a un etnocentrismo insostenible y dañino.
Querría concluir con otra afirmación que quizás no resulte fácil de entender –y que parafrasea el conocido dicho del físico Niels Bohr: “Lo opuesto de una verdad profunda puede ser también una verdad profunda”-, pero puede ayudar a abrir nuestro horizonte egoico: Cada afirmación es verdadera en el marco de su propio idioma y resulta absurdo, por tanto, pelearse o descalificarse por ello. Y esto no es relativismo vulgar, que aboca en el nihilismo suicida; es reconocimiento de los límites de la mente y de la palabra y apertura a la Verdad y al Misterio que las trasciende.

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Domingo XXXI Tiempo Ordinario
30 octubre 2011


Evangelio de Mateo 23, 1-12

En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos diciendo:
— En la cátedra de Moisés se han sentado los letrados y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen.
Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros; pero no están dispuestos a mover un dedo para empujar.
Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencia por la calle y que la gente los llame “maestro”.
Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.
Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro padre, el del cielo.
No os dejéis llamar jefes, porque uno solo es vuestro Señor, Cristo.
El primero entre vosotros será vuestro servidor.
El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

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UN EVANGELIO ANTICLERICAL

Sobre el capítulo 13 del evangelio de Mateo, cuyo comienzo (1-12) leemos en este domingo, Francesc Riera ha escrito que constituye “una página anticlerical como pocas” (F. RIERA, El evangelio de Mateo, vol.2, Sal Terrae, Santander 2010, p.45).
Ciertamente, es un capítulo que destaca por la dureza de sus juicios acerca de los fariseos –élite religiosa judía- y de los escribas o “teólogos oficiales”, pertenecientes también a aquel mismo grupo.
Trataremos de comprender el texto en sí mismo y, a continuación, nos preguntaremos hasta qué punto puede remontarse al Jesús histórico, o se trata más bien de descalificaciones surgidas en una polémica posterior.

La “cátedra de Moisés” hace referencia a la sede desde la que los escribas comentaban la Toráh. Las “filacterias” eran estuches de cuero que contenían textos bíblicos. Se llevaban, para la oración, en la frente y en el brazo izquierdo. De ese modo, creían observar literalmente aquel precepto bíblico de “tener siempre presente la Ley”. Las franjas adornaban ostentosamente el manto de la oración.
El capítulo se abre con una invectiva durísima contra los maestros “oficiales” de la religión. Se les acusa de incoherencia, falsedad o hipocresía: “no hacen lo que dicen”. Es, probablemente, la acusación que más hace tambalear a cualquier tipo de magisterio; el predicador se desacredita a sí mismo debido a su incoherencia.
Pero hay más. No contentos con ello, se empeñan en imponer cargas insoportables a la gente, mientras ellos no mueven un dedo. Es la misma incoherencia, con el añadido de la imposición severa sobre los otros: a la hipocresía se le añade el abuso de autoridad para, en nombre de la religión que ellos no viven, oprimir a quienes los siguen de buena fe.
Ellos viven para la imagen: buscan el reconocimiento social, los puestos de honor, las reverencias y los títulos.
En las líneas que siguen, parece claro que los destinatarios son ya los responsables de las jóvenes comunidades cristianas. Es a ellos a quienes se les insiste en que no se hagan llamar “maestro” (rabbí), ni “padre”, ni “guía” o instructor.
En la comunidad cristiana, no cabe ninguna otra jerarquía que no sea la del servicio. Indudablemente, la organización es imprescindible en cualquier grupo humano que quiera asegurar una continuidad. Pero no es menos cierto que la organización necesaria fácilmente desemboca en una jerarquización desmesurada, a la que pueden aplicarse las palabras que comentábamos.
Críticas que pueden dirigirse a cualquier autoridad religiosa que muestra preferencias por el reconocimiento social, los primeros puestos, las reverencias, las denominaciones, los títulos… o incluso la ropa. Pero que han de tener, lógicamente, una incidencia mayor cuando esa autoridad se remite al propio evangelio. Por eso, no debería extrañarnos el recelo de tanta gente sencilla cuando ve gestos, actitudes y comportamientos de autoridades religiosas cristianas.

La segunda cuestión a abordar en este comentario es la referida a la autoría de todas estas denuncias. ¿Son palabras de Jesús… o de cristianos de la segunda generación, que han puesto en su boca? ¿Fueron pronunciadas en los años 30… o en los 80, cuando los judeocristianos fueron expulsados de la sinagoga?
Aunque no es fácil tener certeza absoluta, lo más probable es que la segunda posibilidad sea la más cierta. Es innegable el conflicto que Jesús vivió con la autoridad religiosa de su pueblo. Puede admitirse, incluso, que tuviera sus discrepancias con los grupos fariseos o algunos escribas (aunque sin negar grandes sintonías entre el maestro de Nazaret y el grupo fariseo). Lo que después nos ha llegado habría sido filtrado por unas comunidades cristianas que se encontraron en medio de una polémica fratricida con el fariseísmo surgido de Jamnia, empeñado en excluir de la sinagoga a los seguidores de Jesús. Como reacción, las comunidades cristianas, reconociéndose a sí mismas como “el nuevo y verdadero Israel”, cargaron las tintas contra el grupo fariseo, al que acusaban de pervertir la tradición de su pueblo.
Es conocido que, hasta la destrucción del Templo de Jerusalén, en el año 70, dentro del judaísmo convivían, mejor o peor, distintos grupos: fariseos, saduceos, esenios, baptistas, cristianos…
A partir del año 70, quedan únicamente dos grupos: uno mayoritario, reconstruido por los fariseos en la asamblea de Jamnia, y el minoritario de los “cristianos”. Cuando aquéllos, en su afán de preservar el judaísmo ortodoxo tras la catástrofe de la destrucción, deciden excomulgar a los discípulos de Jesús, éstos reaccionan del mismo modo.
Pues bien, en esta agria polémica –de la que encontramos también testimonios en el Libro de los Hechos de los Apóstoles-, es donde nacieron, probablemente, las acusaciones antifariseas, como las que se contienen en el capítulo 13 de Mateo. El evangelista, al redactar su texto, no duda en poner en labios de Jesús las descalificaciones que, en realidad, eran posteriores.
Este modo de hacer, que a nosotros no sólo nos sorprende, sino que nos parece gravemente “falsificador”, no resultaba inhabitual en aquel contexto. Y sólo desde aquella perspectiva podremos comprenderlo.
Finalmente, por más que el texto, tal como nos ha llegado, recoja los juicios de la comunidad cristiana, con ello no se niega que alguna de las denuncias no perteneciera propiamente al Jesús histórico. Pero no parece posible establecer una delimitación ni siquiera aproximada.

Lo que podemos aprender de toda esta “peripecia histórica” no es poco:

Las luchas fratricidas en nombre de la religión han sido una constante en la historia de la humanidad. Judíos todos ellos, fariseos y cristianos vivieron la separación (legítima) en forma de desgarro violento, en el que se buscaba directamente la eliminación del contrario. ¿Qué religión es ésa que antepone sus “intereses” al bien de las personas?
Si miramos hacia atrás, en nuestra “historia cristiana”, aceptaremos que lo ocurrido en ella, a nivel de la institución religiosa, ha dejado cortas las denuncias que el capítulo 13 de Mateo dirige contra los fariseos y escribas. ¿Qué religión es ésa que persigue la imagen, busca el poder y oprime la conciencia de sus seguidores?
El anticlericalismo es la reacción pendular a una situación anterior de clericalismo. Por eso, ante cualquier brote anticlerical, sería bueno que, en lugar de alimentar la espiral de acusaciones y descalificaciones, nos preguntáramos si, como institución, hemos dado algún motivo para el mismo. Si Jesús era “anticlerical”, ¿por qué la religión llegó a “clericalizarse” hasta el extremo?
Las acusaciones dirigidas a los fariseos, en ese capítulo, constituyen una magistral descripción de lo que es el ego y su forma de funcionar. Religioso o no, el ego vive para el reconocimiento –de hecho, “ego”, “imagen” o “personaje” son sinónimos- en todas sus formas. ¿Qué religión es ésa que se deja atrapar por el ego y que incluso lo potencia?

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Domingo XXIX Tiempo Ordinario
16 octubre 2011

Evangelio de Mateo 22, 15-21

En aquel tiempo, los fariseos se retiraron y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y de dijeron:
— Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no te fijas en las apariencias. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?
Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús:
— ¡Hipócritas!, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.
Le presentaron un denario. El les preguntó:
— ¿De quién es esta cara y esta inscripción?
Le respondieron:
— Del César.
Entonces les replicó:
— Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

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LOS IMPUESTOS DEL EGO

Quizás sea bueno contextualizar la cuestión planteada en este relato, para entender mejor la “pregunta envenenada” que le dirigen a Jesús, así como la respuesta de éste.
Por lo que se refiere al tema mismo del impuesto exigido por Roma, es sabido que constituía –además de una carga económica- una humillación permanente y sangrante para el pueblo judío, que no toleraba el reconocimiento de ningún “amo” fuera de Yhwh.
De hecho, a lo largo de todo el siglo I, tanto en Judea (año 17), como en Siria (año 36) y en otras partes del imperio estallaron revueltas a causa de la política de impuestos aplicada por los ocupantes romanos.
Entre los años 6 al 9, Judas el Galileo pidió al pueblo que no pagara el tributo a Roma, desde una motivación religiosa: el único Señor el pueblo era Yhwh; y no debían someterse a ningún otro “señor”.
Esta misma postura fue sostenida por su hijo Menahem, en la guerra del 66-70. Sin embargo, el rey Agripa hace saber al pueblo insurreccionado contra Floro (66) que no pagar el tributo es “un acto de guerra” contra Roma.
Se trataba, ciertamente, de una cuestión candente y de solución “imposible”. Como estratagema para atrapar a Jesús, no podían haber elegido otra más idónea.

Todo ello no era obstáculo para que los judíos utilizaran la moneda del imperio. El denario –la moneda que le muestran a Jesús- llevaba en el anverso la imagen de César Tiberio adornado con la guirnalda de laurel que indicaba la dignidad divina, junto con la inscripción “Tiberio César Augusto, hijo del divino Augusto”. Y en el reverso, la leyenda “Pontífice Máximo” y la figura de la madre del emperador sentada en un trono de dioses.
Esta incongruencia ofrecía a Jesús una “salida” airosa. Quienes hacen gala de no depender de nadie, sino de Dios, están utilizando la moneda idolátrica.

El relato empieza haciendo notar la alianza “extraña” entre fariseos y herodianos con el único objetivo de “comprometer” a Jesús. Aquí podría aplicarse aquello de que “los enemigos de mis enemigos son mis amigos”: todo parece valer para conseguir los propios propósitos, por mezquinos que sean.
Y este grupo se acerca adulando a Jesús. La ironía radica en el hecho de que los términos de su adulación constituyen –quizás sin saberlo ellos mismos- uno de los “retratos” más ajustados del maestro de Nazaret: un hombre “sincero y que enseña el camino de Dios conforme a la verdad; sin que le importe nadie, porque no se fija en las apariencias”.
No cabe duda de que la integridad, la coherencia y la libertad interior constituyeron “señas de identidad” de Jesús y guiaron su comportamiento a lo largo de toda su vida, a pesar de las consecuencias que le acarrearon.
Una coherencia que se pone más en relieve precisamente al contrastar con la mezquindad de quienes se acercan, con buenas palabras, para tratar de “comprometerlo”.

El dilema que le plantean no parecía tener escapatoria posible: o se caía en un delito grave frente a Roma o se renegaba de la fe del pueblo en la soberanía de su único Dios.
Jesús sortea la trampa, en dos niveles: remitiéndoles a ellos mismos y conduciéndolos a un plano más profundo, desde donde la perspectiva se modifica.
En el primer nivel, les hace caer en la cuenta, como decía antes, de su propia incongruencia: ¿qué hacen ellos con la moneda romana en su bolsillo? Si es de Roma –parece apuntar con ironía-, tendrán que devolvérsela.
Pero la fuerza del argumento se encuentra en el segundo nivel. De hecho, la conocida –y tantas veces repetida- respuesta de Jesús (“dadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”) podría traducirse, como sugiere Francesc Riera, por “retirad al César lo que es de Dios” (F. RIERA, El evangelio de Mateo. La mirada a Jesús crea el difícil consenso en una iglesia plural (Mt 21,1-28,20; 1,1-2,23), Sal Terrae, Santander 2010, p.37. De él he tomado también los datos históricos con los que iniciaba este comentario).
Esa respuesta, sin optar expresamente por ninguna de las dos alternativas, plantea un principio de validez permanente: el rechazo manifiesto a absolutizar cualquier poder.

El poder tiende a absolutizarse, en una dinámica que refleja exactamente lo que es el funcionamiento del ego. De un modo parecido a como un sentimiento (real) de inferioridad suele producir, como mecanismo compensatorio, la apariencia contraria (el individuo necesita sentirse “superior”), así también el yo, al ser por sí mismo inconsistente, tiene necesidad de fortalecer su (precaria) seguridad. En consecuencia, tiende a absolutizar todo lo que tiene que ver con él: ser el centro, tener razón, tener poder, riqueza, imagen…
La respuesta de Jesús advierte de este riesgo. El único absoluto es Dios; todo lo demás es relativo.
Ahora bien, una lectura mítica hace de esas palabras la fuente de un dualismo insostenible y puede llevar incluso a una desvalorización de lo humano. Es lo que ocurre en un planteamiento religioso en clave de rivalidad (o Dios o el hombre), como se ha dado a veces en nuestra propia tradición.
Pero no va por ahí. Porque aquí no se habla de “Dios” como de un ser objetivado –tal como lo nombran, por ejemplo, las religiones-, sino del Misterio último de lo que es, que se expresa en infinidad de “formas” relativas, sin confusión, pero sin separación.
Lo absoluto, por tanto, no es el “dios” que la mente humana crea –el “dios pensado” nunca puede ser un absoluto, sino un objeto mental-, sino el Misterio inefable que a todos nos constituye.
El nivel relativo es el mundo de las formas, físicas y mentales; entre ellas, el yo. El absoluto, por el contrario, es nuestra identidad verdadera.
El primero de ellos es el mundo de los pensamientos, siempre variables, inestables y fluctuantes. El segundo es el de la Conciencia siempre estable, permanente y pacífica.
Detrás de cualquier pensamiento –cualquiera que sea su color-, está la conciencia. Y podemos apreciarla de un modo sencillo: observando las pausas entre los mismos pensamientos.
Hay un símil que puede ayudarnos a entenderlo. Sobre una pizarra permanente, escribimos líneas de muchas formas y colores; líneas que se suceden, se superponen, se entrecruzan… Las líneas varían constantemente. Sin embargo, la pizarra permanece estable. Y es la que hace que sea posible la escritura…, aunque ni siquiera reparemos en ella.
Nuestros pensamientos son las líneas que escribimos sobre la pizarra; ésta es la Conciencia. Aquéllos pertenecen al nivel relativo; ésta es lo absoluto. Pero, precisamente por ello, nadie se la puede apropiar. Tampoco puede ser pensada. Únicamente se la puede experimentar de un modo directo, preconceptual, cuando acallamos los pensamientos (cuando, en lugar de seguir dibujando líneas sobre la pizarra, depositamos en ella toda nuestra atención).
Todo esto desemboca en un interrogante. ¿Con quién nos identificamos: con la sucesión de pensamientos (el yo) o con la Conciencia estable e ilimitada? ¿Nos “conformamos” con nuestra identidad relativa, en la forma pasajera del yo inconsistente, pura creación mental…, o nos reconocemos como Conciencia pura, en el “disfraz” de esta forma? ¿Pagamos el “impuesto” al yo o lo “devolvemos” a Dios?

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Domingo XXVIII Tiempo Ordinario
9 octubre 2011

Evangelio de Mateo 22, 1-14

En aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo, diciendo:
El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados encargándoles que les dijeran:
— Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto, Venid a la boda.
Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados:
— La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda.
Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales.
Cuando el rey entró a saludar a los comensales reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo:
— Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?
El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros:
— Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados y pocos los elegidos.

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ESTAMOS DE BODA PERMANENTEMENTE

Una vez más, Mateo convierte en alegoría una parábola que había recibido de la tradición. Lo que encontramos, por tanto, en el relato, más que las palabras originales de Jesús, es la “adaptación” o “traducción” que el autor del evangelio hizo de las mismas, para aplicarlas a su propia comunidad.
Por eso, no es extraño que, tal como ha llegado a nosotros, aparezca algún dato anacrónico que muestra lo que acabo de decir:
el incendio y la ruina de Jerusalén (“su ciudad”) se narra como algo ya acontecido (año 70);
el último grupo de enviados representa a los primeros misioneros cristianos (de la comunidad de Mateo), que reúnen tanto “a los buenos como a los malos”;
los que rehúyen la invitación –con sus tierras y sus negocios-, así como los que maltratan y matan a los criados, representan, en la intención de Mateo, a las autoridades religiosas judías, que no aceptaron el mensaje de Jesús;
por su parte, los desprotegidos que terminan llenando la sala del banquete son los miembros de la propia comunidad mateana;
el “traje de fiesta” es una alusión directa al bautismo; parece significar que para formar parte de la comunidad –del “banquete de bodas”- se requiere una conducta acorde con los compromisos bautismales;
el castigo señalado para éstos es la expulsión (a las “tinieblas”: fuera de la luz de la comunidad), con el dolor y la desesperación que conlleva (“llanto y rechinar de dientes”);
la alegoría concluye con un dicho frecuente en el mundo judío, cuya veracidad podrían constatar aquellas primeras comunidades: “muchos son los llamados y pocos los elegidos”; en grupos de tipo sectario –en el sentido neutro, sociológico, no peyorativo, del término-, los miembros se sienten objeto de la “elección divina”, por lo que las deserciones se ven como “traiciones”.

Hechas estas precisiones para “ubicar” el relato adecuadamente, podemos acercarnos ahora a su contenido, queriendo descubrir lo que el Espíritu, a través del mismo, quiera regalarnos.
Tanto la parábola original como la alegoría que elabora Mateo, se construyen a partir de la imagen de la boda, figura bíblica por antonomasia para referirse a la unión de Dios con el pueblo.
El relato arranca con una invitación para la boda del hijo, que tiene como trasfondo los usos de la época. Los ricos invitaban dos veces: la primera por escrito; la segunda, por medio de personas. Eso permitía que el invitado reflexionara sobre su posibilidad de devolver la invitación, y que conociera los nombres de los otros comensales. Por eso, un comentario rabínico dice: “Nadie asistirá a un banquete si no ha sido invitado dos veces”.
Después de la segunda invitación, rehusar acudir al banquete se consideraba como una afrenta social que dañaba el honor del anfitrión. Sin embargo –aquí hay que encontrar la novedad de la parábola-, la indignación no lleva al rey a castigarlos, sino que le impulsa a buscar a otros, precisamente los más desprotegidos. Con lo cual, se pone de relieve el núcleo del mensaje que la parábola busca transmitir: el acento no se pone en los que se excusan, sino en el interés del anfitrión por llenar su mesa, que no ceja hasta que “la sala se llenó de comensales”. Se trata de un acento que aparece también en otras parábolas –piénsese, por ejemplo, en el sembrador que no escatima la semilla-, y que muestra a Dios como Derroche y Exceso.

De los primeros invitados se dice que rechazaron la invitación. A unos pareció más interesante centrarse en sus tierras y en sus negocios; otros reaccionaron maltratando o matando a los enviados.
Más allá de la alusión alegórica a la historia de Israel y a su relación con los profetas, no es difícil percibir en el texto un mensaje de sabiduría, válido para cualquier tiempo. Veámoslo desde una perspectiva genuinamente espiritual o transpersonal.
En ésta, la “boda” significa el reconocimiento de la Unidad de todo lo real –unidad que no niega, sino que abraza las diferencias- y, en ella, de nuestra identidad más profunda. Participar de la boda supone haber descubierto y experimentado la Verdad de quienes somos, más allá de la identidad relativa de nuestro pequeño yo. Por eso, la boda es símbolo de Plenitud y de Dicha que, en un modelo dual, se nombraba como “encuentro con Dios”.
Más allá de los nombres que usemos, lo importante es la experiencia a la que el texto nos invita: tomar distancia del propio ego, comprendiendo que nuestra verdadera identidad no se halla en él –con sus “tierras”, sus “negocios” y sus intereses-, sino en la “Boda” (Identidad no-dual) que somos con todo lo que es.

Conocemos bien que el mecanismo primario del ego es la identificación y la apropiación. El ego se aferra a lo que cree que necesita para ser feliz. De niño lo vivió así, y sigue todavía con aquel “mapa” –los mapas infantiles se graban poderosamente en nuestro inconsciente-. Por eso, aunque la persona se haga consciente de la trampa y el engaño, seguirá cayendo en él, mientras perdure la identificación con el ego.
Las “tierras” y los “negocios” son los pequeños intereses del ego, de los que no podemos prescindir mientras estemos identificados con él. Porque el ego nos hace creer que es en ello donde se juega nuestra felicidad.
La verdad, sin embargo, es otra. A veces son las crisis las que nos ayudan a abrir los ojos, y el desencanto el que tambalea nuestras creencias egoicas más arraigadas. Crisis y desencanto nos han convertido en “desprotegidos”, como los últimos invitados de la parábola. Entonces empezamos a descubrir que ni somos ese ego con el que nos habíamos identificado, y que no seremos más felices por más que consiga todo lo que desea.
No somos el ego, ni tiene que importarnos demasiado como le vaya. Somos la Presencia, el Espacio abierto, aquello precisamente que “no podemos saber”, porque es infinitamente más que nuestra mente. Pero en lo que nos reconocemos, cuando logramos silenciarla, y que percibimos como “Nada”, que es un “Todo” transmental, que sabe a Plenitud: eso es lo que somos. ¿Quién quiere identificarse con su ego?
Rota la identificación engañosa, nos encontramos ya participando de la Boda. Siempre lo habíamos estado, pero ni lo habíamos hecho consciente, ni lo habíamos podido disfrutar. Al caer en la cuenta, aceptamos gozosos y agradecidos la invitación al banquete, en el que no falta nadie ni nada.

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Domingo XXVI Tiempo Ordinario
25 septiembre 2011

Evangelio de Mateo 21, 28-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
— ¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”.
El le contestó: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue.
Se acercó al segundo y le dijo lo mismo.
El le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue.
¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?
Contestaron:
— El primero.
Jesús les dijo:
— Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de los cielos. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas lo creyeron. Y aun después de ver esto vosotros no os arrepentisteis ni creísteis.

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JESÚS ROMPE NUESTROS ESQUEMAS

Jesús se está dirigiendo a los “sumos sacerdotes” y a los “ancianos” (o senadores). A ellos, máxima autoridad y referencia religiosa para todo el pueblo, les dirige una advertencia que no debió resultarles fácil de encajar: “Los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el camino del Reino”.
¿Quién se atrevía a hablarles de ese modo? Más aún, ¿quién era ese predicador que tenía la osadía de cuestionar de modo tan radical el lugar de cada grupo en la estructura religiosa? ¿Qué validez podía abrigar una propuesta tan subversiva? Únicamente podía tratarse de una locura o de una blasfemia, que contravenía, no sólo al “sentido común”, sino incluso a la propia religión, que tenía bien establecido el estatus de cada cual dentro de ella.
Indudablemente, Jesús era, en el sentido etimológico de la palabra, un provocador (pro-vocar = llamar hacia delante, desinstalar), que obligaba a ver las cosas desde una perspectiva diferente a la que era habitual.
Pero a todos –y, sobre todo, a la autoridad- nos cuesta cambiar de perspectiva. Solemos aducir, como motivo, que la nuestra es la verdadera; pero, en realidad, incluso a veces sin darnos cuenta, lo que estamos haciendo es proteger nuestra precaria seguridad. La experiencia viene a confirmar que, con frecuencia, los humanos valoramos la seguridad por encima de la verdad.
Si nos moviera el gusto sincero por la verdad, por encima de cualquier otra cosa, no sólo no tendríamos inconveniente en modificar nuestra perspectiva, sino que lo buscaríamos intencionadamente, desde nuestra motivación por ver con mayor claridad. La pasión por la verdad no permite que nos “instalemos” en lo ya adquirido; al contrario, actúa como un dinamismo que busca abrir la mente y ensanchar el corazón.
Pero, cuando no es la búsqueda de la verdad la que nos mueve, caemos fácilmente en la hipocresía, entendida como la fractura entre el “hacer” y el “decir”, y la incongruencia va adueñándose de nuestra persona.

Esa incongruencia es denunciada por la parábola de Jesús. Decir sí, pero no ir… puede ser una característica bastante común en el comportamiento humano. Pero quizás más, o al menos de un modo más visible, en el de no pocas personas religiosas.
En la parábola que comentamos, el primer hijo representa a la persona religiosa observante y cumplidora; el segundo, a quienes viven, aparentemente, al margen de cualquier preocupación religiosa. Y, provocativamente, Jesús se pone del lado de estos últimos. Sin embargo, a poco que conozcamos a Jesús, no debería extrañarnos: lo que encontramos en él es un hombre radicalmente íntegro y coherente –sin distancia entre lo que dice y lo que hace-, apasionado por la verdad (“la verdad os hará libres”: Juan 8,32).

La incongruencia denunciada no es, evidentemente, exclusiva de la religión judía. Como decía, no es fácil que los humanos nos veamos libres de ella. Pero, cuando se da en la religión, empiezan a ocurrir cosas visiblemente paradójicas que, inevitablemente, empobrecen la vida de la persona y falsean la propia religión.
Así, no es extraño el fenómeno de quien, simultáneamente, se declara miembro decidido de una determinada confesión religiosa y está manifestando opiniones o comportamientos que chocan frontalmente con las enseñanzas que sus textos religiosos contienen.
En nuestro propio medio sociocultural, suele decirse que abundan muchos “católicos” que no son “cristianos”. Sin entrar en ningún tipo de valoración de la conciencia de cada cual, parece claro, sin embargo, que, cada vez que nos acercamos a la religión “buscando” algo –aunque sea de un modo inconsciente-, corremos el grave peligro de absolutizarla y de instrumentalizarla en beneficio de nuestros propios “intereses”. Podemos (consciente o inconscientemente) buscar seguridad, poder, deseo de imponer las propias ideas… Pero, en esa misma búsqueda, nos estaremos alejando de la pasión por la verdad, que confundiremos –quizás, de un modo inadvertido- con nuestras particulares creencias.
Sólo en este sentido, y volviendo a la diferencia antes enunciada, “católico” sería quien se ha posicionado en los intereses de la institución religiosa; “cristiano” sería quien, como Jesús, busca apasionadamente la verdad y la coherencia, desde las actitudes que subraya el mensaje evangélico: amor, compasión, servicio, no juicio, integridad, pobreza…
La parábola denuncia la “instalación” en las creencias, en la idea de que ellas nos van a salvar. Pero si eso no es así, ¿qué propuesta se nos hace?
Tanto el judaísmo como el cristianismo coinciden en el criterio del “hacer” –por oposición al “decir”-, a la hora de evaluar la actitud correcta. Basta recordar las palabras del propio Jesús, en otro lugar: “No todo el que me dice «Señor, Señor» entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo” (Mateo 7,21).
Se trata, por tanto, de un “hacer” en consonancia con la voluntad del Padre, que no es otra cosa que el bien de las personas: “que no se pierda nadie” (Juan 6,39).
En este sentido, no todo vale. Hay “modos de decir” que pueden ser habituales en determinados círculos –políticos, periodísticos…-, y “modos de hacer” que rigen en determinadas instituciones, que no podrían tener cabida en personas y grupos que dicen remitirse al mensaje del evangelio. Insultos, descalificaciones, juicios apresurados, condenas, prepotencia, racismo, machismo… chirrían agudamente cuando provienen de personas o de medios (prensa, TV, blogs…) que “presumen” de ser católicos.
Probablemente, la parábola –en línea con la sabiduría de Jesús- nos está invitando a que seamos capaces de reconocer y abrazar al “publicano” y a la “prostituta” que cada cual llevamos en nuestro interior. El sentido sería el mismo que el de aquella otra que habla del “fariseo” y del “publicano”: hasta que no reconocemos a nuestro propio “publicano interno” –nos decía en ella- no podremos estar reconciliados.
Históricamente, “publicanos y “prostitutas” eran prototipos de pecadores y herejes. Y, sin embargo, Jesús los coloca como “modelos”, mostrando su admiración hacia ellos. ¿Qué hacemos nosotros –qué hace nuestra Iglesia- con quienes son etiquetados como pecadores o herejes?
Simbólicamente, “publicanos y “prostitutas” es aquella parte de nosotros que tenemos reprimida y oculta, nuestra propia sombra. Es claro que, mientras no la reconozcamos, atacaremos en los demás lo que en nosotros mismos hemos rechazado. Sólo cuando abrazamos nuestra “negatividad”, nos humanizamos, porque nos abrimos a la humildad. Y únicamente entonces puede emerger la bondad y la compasión hacia los otros.
Los “sacerdotes” y los “ancianos” –esclavos de su propia imagen de “religiosos observantes”- eran incapaces de reconocer y aceptar su “publicano” y su “prostituta” interiores –que viven en todos nosotros-. Eso mismo los incapacitaba para amar a los otros –publicanos y prostitutas- y para entrar en el Reino.
“Los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos”, es una sentencia que aparece en otras parábolas. Aplicada a nuestro caso, podríamos entenderla de este modo: cuanto mejor (por encima de otros) te crees, más atrás estás; por el contrario, cuanto más te reconcilias con tu debilidad y fragilidad, más cerca estás de la verdad.
Una cosa parece clara: abrazar a nuestros propios “publicano” y “prostituta” nos permitirá abrazar a cualquier persona que se cruce en nuestro camino, sin necesidad de ponerle ninguna etiqueta previa. Eso es lo que hacía Jesús.
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Domingo XXV Tiempo Ordinario
18 septiembre 2011

Evangelio de Mateo 20, 1-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña.
Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo:
— Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.
Ellos fueron.
Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.
Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo:
— ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?
Le respondieron:
— Nadie nos ha contratado.
El les dijo:
— Id también vosotros a mi viña.
Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz:
— Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.
Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno.
Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo:
— Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.
El replicó a uno de ellos:
— Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?
Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.

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LA NOVEDAD DE JESÚS: GRACIA FRENTE A MÉRITO

El trasfondo que podemos apreciar en este relato nos habla de una situación característica del pueblo judío en la época de Jesús. A causa de los crecientes impuestos de Herodes y del Templo, muchos campesinos se habían empobrecido, hasta el punto de verse obligados a vender su propiedad y tener que trabajar como jornaleros.
Parece que, en su origen, se trataba de una parábola rabínica, bien conocida por sus oyentes. Sin embargo, de manera sorprendente e incluso subversiva, Jesús va a cambiar radicalmente el final de la misma. Y tendremos que prestar atención a la novedad que introduce, ya que un cambio intencionado tiene un solo objetivo: mostrar la novedad que se quiere transmitir. Y, como veremos, ésa será nada menos que la novedad del propio evangelio. Vayamos por partes.

Sabemos que toda religión, en mayor o menor medida, termina siendo una religión del mérito y la recompensa: Dios nos trataría según nuestro comportamiento hacia él. Por tanto, la persona religiosa se cree con derecho a reclamar un trato de favor. Por lo que nos transmiten los relatos evangélicos, la religiosidad oficial judía del siglo I –aunque no sólo ella- era marcadamente mercantilista.
Es claro que el mercantilismo es lo opuesto a la gratuidad: la idea del mérito echa por tierra la gracia. Pues bien, la parábola rabínica terminaba de una forma “religiosamente correcta”, acorde con lo que esperaba oír un público religioso. Ante la protesta de los trabajadores de la “primera hora” –que personifican justamente a las personas observantes de la religión-, el dueño les responde: “Es cierto que sólo han trabajado una hora, pero han hecho tanto trabajo, que equivale al que vosotros habéis realizado en todo el día”. En la versión original de la parábola, queda a salvo la idea (religiosa) de la recompensa proporcionada al mérito.

¿Qué hace Jesús? Desconcertando a sus oyentes y, probablemente, escandalizando a muchos de ellos, hace dar al relato un giro de ciento ochenta grados, tirando por tierra cualquier idea de mérito y de comparación.
Para él, la palabra que sustituye a todas las anteriores es “gratuidad”. Y de ese modo, nos revela a Dios y nos muestra el modo genuinamente humano de vivir.
En realidad, sólo podemos entender la parábola si caemos en la cuenta de que el nombre de Dios es Gracia, Amor que permanece incluso cuando es rechazado o –como diría Francisco de Asís- una “voluntad de amar que no se retira”.
Esto no es posible verlo desde la mente etiquetadora, que separa y divide constantemente lo real en pares de opuestos –agradable/desagradable-, y querría quedarse sólo con aquello que pertenece a la primera de esas categorías. De la mano de la mente, el yo ve la realidad escindida entre “gracia” y “desgracia”. Y eso se termina convirtiendo en fuente de sufrimiento para la persona.
Sin embargo, cuando trascendemos la mente, al venir al momento presente, descubrimos que todo es Ahora, y que todo es Gracia. Es fácil que, al menos en un primer momento, volvamos a rebotarnos cuando aparezca una enfermedad, un accidente o un desengaño –las exigencias y la inercia del ego se siguen dejando sentir-, pero bastará que tomemos distancia de él, para experimentar de nuevo que todo es Gracia.
Si Dios (el Misterio último) es Gracia, nosotros somos también, en lo más profundo, Gracia. Descubrirlo y vivirlo forma parte de nuestro aprendizaje.
Con frecuencia, vamos por la vida deseando recibir el “denario” –el hijo mayor de la parábola del “hijo pródigo”, sin darse cuenta de que todo lo del padre era suyo, reclamaba “un cabrito”-; un “denario” al que nos creemos acreedores por nuestro comportamiento. Pero nos sentimos desairados si vemos que se lo dan también a quien pensamos que ha hecho menos que nosotros.
Es claro que el ego no sólo vive de la idea del mérito, ansiando recompensas, sino de la comparación (y descalificación del otro). El ego no puede alegrarse del bien del otro; por eso no puede entender tampoco la gratuidad. Eso le hace vivir encerrado y amargado.
En último término, se trata de un problema de ignorancia. No es que “los trabajadores de la primera hora” sean malos; sencillamente, desconocen quiénes son ellos y quiénes son los demás. Su identificación con el ego les hace tener una idea mezquina de la realidad, tan mezquina como el propio ego.
Cuando salimos de esa identificación, venimos a descubrir que no somos el ego que pensábamos ser, sino la Conciencia que lo ilumina; no somos nada de lo que ocurre, sino el Espacio en el que todo ocurre; no somos quienes hambrean un denario, sino la Riqueza que todo lo contiene; no somos competidores de los de “la última hora”, sino sólo otras “formas” que los “complementan”; no somos un yo autoconsistente y cerrado, sino cauce o canal por al que fluye, gratuitamente, la Vida.
A partir de ahí, seremos capaces de salir del caparazón del ego y permitir que la Vida se despliegue abiertamente en nosotros, a favor de todos los seres.
Esto es lo que sabe y promueve la auténtica espiritualidad. Así lo expresan los “cuatro votos del Bodhisattva”, en una versión libre de un conocido Sutra budista, que me parece particularmente lograda. La transcribo a continuación.

LOS 4 VOTOS DEL BODHISATTVA
(Versión libre de un Sutra budista)

— Los seres son innumerables;
es mi deseo vivir conscientemente y estar presente para quienes convivo.
 — Los pensamientos y sentimientos ilusorios son ilimitados;
es mi deseo no luchar en su contra, sino acogerlos, sin identificarme con ellos.
 — Las puertas del dharma son incontables;
es mi deseo aceptar lo que surja en el ahora y permitir que todo sea lo que es.
 — El camino del despertar no tiene igual;
es mi deseo que mi afán de alcanzarlo no se convierta en mi mayor obstáculo.
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Domingo XXIV Tiempo Ordinario
11 septiembre 2011


Evangelio de Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
— Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?
Jesús le contesta:
— No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Y les propuso esta parábola:
— Se parece el Reino de los Cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así.
El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:
— Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo.
El señor tuvo compasión de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios, y agarrándolo lo estrangulaba diciendo:
— Págame lo que me debes.
El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo:
— Ten paciencia conmigo y te lo pagaré.
Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo:
— ¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

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EL PERDÓN QUE NACE DE LA COMPRENSIÓN

A Ana Bou, en su cumpleaños, con mucho cariño.

En el libro del Génesis (4,24), se dice que si “Caín fue vengado siete veces, Lamec lo será setenta veces siete”, introduciendo así una espiral de venganza sin límite. “Sin límite”: ésa podría ser la traducción del bíblico “setenta veces siete”. Pues bien, frente a la “espiral de la venganza”, Jesús promueve la “espiral del perdón”.
El perdón radical nace de la comprensión y se vive como compasión, dos rasgos básicos de la personalidad de Jesús y dos pilares fundamentales del mensaje del evangelio.

Podemos entender la comprensión como la capacidad de saber o de ver la verdadera naturaleza de lo real, más allá de tópicos, ideas hechas, creencias… y (también) engaños mentales.
Los místicos nos advierten de que la identificación con la mente constituye un velo que desfigura la realidad, haciéndonos tomar como real lo que únicamente es una ilusión. Por eso, sólo cuando aprendemos a tomar distancia de la mente, al acallarla, podemos “ver”.
¿Cuál es la causa de que la mente nos confunda? La inevitable separatividad que establece en todo lo real, al objetivar todo lo existente y contraponerlo al “sujeto” que ella cree ser. Esa distinción primera sujeto/objeto será el germen de separaciones interminables, así como de un dualismo omnipresente.
Cuando la mente se absolutiza –como ha ocurrido, particularmente, en la tradición occidental-, el conocimiento se reduce a la razón o al pensamiento, y se olvida (se niega) cualquier otra forma de conocer que no sea la mental.

Sin embargo, pensar no es lo mismo que conocer. Una cosa es pensar y otra muy distinta saber que se está pensando. En este segundo caso, ya no hay identificación con la mente. Se trata de un “saber silencioso”, preconceptual, anterior a la razón.
Un saber al que los propios místicos han denominado “No-saber”, dada la identificación que la cultura occidental había establecido entre “pensar” y “saber”. Frente a la absolutización de la razón, los místicos han invitado siempre a descansar en el “no-saber”: así lo proponía el anónimo autor de La Nube del no saber, en el siglo XIV; y así lo proclamaba san Juan de la Cruz, en su sabio verso: “entréme donde no supe / y quedéme no sabiendo, / toda ciencia trascendiendo”. Este no-saber del que hablan no es otra cosa que tener la mente abierta para percibir lo que no puede ser percibido por el pensamiento.

En ese no-saber, cuando el pensamiento se aquieta, lo que queda es conciencia. Y al atenderla, lo que se produce es que la conciencia se hace consciente de sí misma. Y, cuando eso acontece, se deshace la ilusión de la separación entre el perceptor y lo percibido. Conocedor y conocido se descubren fundidos en la Unidad, o mejor, abrazados en la No-dualidad: ha emergido la comprensión.
En síntesis, la comprensión nos hace ver toda la realidad inextricablemente interconectada, en una totalidad en la que todo se halla en todo. Interconexión y holismo son dos características fundamentales de lo real, que la mente nos oculta (y que, sin embargo, hoy reconoce ya incluso la física cuántica, a partir de sus experimentos con partículas subatómicas): no hay nada que pueda existir desconectado. No existe un mundo “ahí fuera”, separado de nosotros; eso es sólo una construcción mental. Y, como escribe Marià Corbí, “el mundo de nuestras construcciones no está ahí fuera, está en nuestra mente individual y colectiva… Todo viviente se interpreta en esta dualidad fundamental [como un “yo” separado frente al mundo como campo donde sobrevivir]. Nosotros estamos sometidos a esta ley. Pero esa dualidad no es lo que realmente hay, es sólo lo que los vivientes necesitamos ver, es sólo lo que los vivientes nos vemos precisados a construir. Lo que realmente hay es «no dos», «eso no-dual»”. (M. CORBÍ, Silencio desde la mente. Prácticas de meditación, Bubok, Barcelona 2011, p.12).

Pues bien, la comprensión que nace de la conciencia nos aporta una doble luz, de donde brotan la compasión y el perdón.
Por un lado, la certeza de que los otros son no-separados de mí; por otro, la certeza de que el mal que hacemos –como el mal que me hacen- es fruto de la ignorancia.
Si el otro “forma parte” de “mí”, y si ha obrado por ignorancia, ¿qué me impide perdonar? Sólo una cosa: mi identificación con el ego que se ha podido sentir agraviado y la creencia ilusoria de la separación en la que me mantiene la identificación con la mente.
Todo ello puede apreciarse en lo que llamamos “runruneo mental”. Cuando el ego se ha sentido agraviado, es probable que empiece a construir historias mentales en torno a lo sucedido, adoptando el papel de víctima que reclama venganza.
Sin embargo, ese runruneo mental no es otra cosa que remover cadáveres: estamos dando vueltas a lo que ya ha pasado, agravando innecesariamente el sufrimiento y alimentando mecanismos tan nefastos como el victimismo, la queja y el resentimiento.
Todo esto no significa que no aprendamos de lo ocurrido, o incluso que no tomemos decisiones que, teniendo en cuenta la situación en su conjunto, sean las más adecuadas –o menos inadecuadas-, como puede ser el hecho de “poner distancia” o favorecer una separación… Estas decisiones dependerán de diversos factores. Pero de lo que aquí estamos hablando es de favorecer la actitud de perdón, fruto de la comprensión.

Gracias a ella, como decía más arriba, dejamos de “remover cadáveres”, nos ejercitamos en el aprendizaje de venir al presente y nos abrimos a reconocer la Unidad que somos, más allá de los comportamientos de cada cual. Al mismo tiempo, dejamos de alimentar el ego –y de mantener actitudes egocentradas-, para reconocernos en nuestra identidad más profunda, estable y compartida.
Todo resulta admirablemente coherente: acallar la cháchara mental, venir al presente, salir del ego, reconocer nuestra identidad más profunda… son movimientos que se dan a la vez y, como resultado, producen la vivencia de la compasión: la capacidad de sentir como propio lo que le ocurre al otro –la capacidad de “vibrar” o de “estremecernos en las entrañas” ante su sufrimiento-, para poner más amor donde vemos más dolor.
Todo esto puede ayudarnos a ver hasta qué punto Jesús fue el hombre de la comprensión y de la compasión. Bien consciente de su Identidad más profunda, se supo y se vivió como no-separado de nadie ni de nada, hasta el punto de poder afirmar: “El Padre y yo somos uno” y “Lo que hicisteis a cada uno de estos más pequeños, me lo hicisteis a mí”.

*****


A propósito de la sabiduría de venir al presente –que hace posible la Comprensión profunda-, sin quedarnos atrapados en “historias” que nuestra mente construye sobre el pasado, quiero traer dos anécdotas de la vida del Budha -“el atentado de Devadatta” y “el perdón al agresor”- y compartir humildemente lo aprendido –regalado- en una experiencia personal.


EL BUDHA Y EL PERDÓN

El Budha fue el hombre más despierto de su época. Nadie como él comprendió el sufrimiento humano y desarrolló la benevolencia y la compasión. Entre sus primos, se encontraba el perverso Devadatta, siempre celoso del maestro y empeñado en desacreditarlo e incluso dispuesto a matarlo.
Cierto día que el Budha estaba paseando tranquilamente, Devadatta, a su paso, le arrojó una pesada roca desde la cima de una colina, con la intención de acabar con su vida. Sin embargo, la roca sólo cayó al lado del Budha y Devadatta no pudo conseguir su objetivo. El Budha se dio cuenta de lo sucedido y permaneció impasible, sin perder la sonrisa de los labios.
Días después, el Budha se cruzó con su primo y lo saludó afectuosamente.
Muy sorprendido, Devadatta preguntó:
— ¿No estás enfadado, señor?
— No, claro que no.
Sin salir de su asombro, inquirió:
— ¿Por qué?
Y el Budha dijo:
— Porque ni tú eres ya el que arrojó la roca, ni yo soy ya el que estaba allí cuando me fue arrojada.
El Maestro dice: Para el que sabe ver, todo es transitorio; para el que sabe amar, todo es perdonable.

*****

El Budha estaba meditando junto con sus discípulos cuando, de repente, un hombre empezó a insultarlo y a intentar agredirlo.
El Budha salió del silencio y, con una sonrisa plácida, envolvió al agresor con infinita compasión. Sin embargo, los discípulos reaccionaron violentamente, atraparon al hombre y, alzando palos y piedras, esperaban la orden del Budha para darle su merecido.
El Budha, sin embargo, les ordenó que lo soltaran. Luego, dirigiéndose al agresor, le dijo con suavidad y convicción:
— Mire lo que provocó en nosotros: nos expuso como ante un espejo, para que pudiéramos ver nuestro rostro. Desde ahora le pido por favor que venga todos los días, a probar nuestra verdad o nuestra hipocresía. En un instante yo lo llené de amor, pero estos hombres que hace años me siguen por todos lados, meditando y orando, demuestran no entender ni vivir el proceso de la unidad, y quisieron responder con una agresión similar o mayor a la recibida.
Regrese siempre que desee. Todo insulto suyo será bien recibido, como un estímulo para ver si vibramos alto, o es sólo un engaño de la mente esto de ver la unidad en todo.
Cuando escucharon esto, tanto los discípulos como el hombre se retiraron de la presencia del Budha rápidamente.
A la mañana siguiente, el agresor se presentó ante el Budha, se arrojó a sus pies y le dijo en forma muy sentida:
— No pude dormir en toda la noche; la culpa es muy grande. Por eso, le suplico que me perdone y me acepte junto a usted.
El Budha, con una sonrisa en el rostro, le dijo:
— Usted puede quedarse con nosotros ya mismo; pero no puedo perdonarlo.
El hombre, muy compungido, le pidió por favor que lo hiciera, ya que él era el maestro de la compasión, a lo que el Budha respondió:
— Entiéndame: para que alguien perdone, debe haber un ego herido; solo el ego herido –la falsa creencia de que uno es la personalidad- es quien puede perdonar. Después de haber sentido odio o resentimiento, se pasa a un nivel de cierto «avance», con una trampa incluida: la necesidad de sentirse espiritualmente superior a aquél que en su «bajeza mental» nos hirió. Sólo alguien que sigue viendo la dualidad, y se considera a sí mismo muy «sabio», perdona a aquel «ignorante» que le causó una herida.
Y continuó:
— No es mi caso; yo lo veo como un alma afín, no me siento superior, no siento que me haya herido, sólo tengo amor por usted; no puedo perdonarlo, sólo lo amo. Quien ama, ya no necesita perdonar.
El hombre no pudo disimular una cierta desilusión, ya que las palabras del Budha eran muy profundas para ser captadas por una mente todavía llena de turbulencia y necesidad y, ante esa mirada carente, el Budha añadió con comprensión infinita:
— Percibo lo que le pasa; vamos a resolverlo: necesitamos a alguien dispuesto a perdonar. Vamos a buscar a los discípulos; en su soberbia, están todavía llenos de rencor, y les va a gustar mucho que usted les pida perdón; en su ignorancia, se van a sentir magnánimos por perdonarlo, poderosos por darle su perdón. Y usted también va a estar contento y tranquilo por recibirlo, va a sentir un reaseguro en su ego culpabilizado. De esta manera, todos quedarán más o menos contentos, y seguiremos meditando en el bosque, como si nada hubiera pasado.
Y así fue.




CONCIENCIA TRANSPERSONAL Y PERDÓN

        El yo no puede perdonar. Es inútil esperarlo de él. Así como tampoco puede no juzgar. Como resultado de nuestra identificación con la mente, el yo vive gracias al pensamiento, que no es otra cosa que juicio. Su objetivo es autoperpetuarse, por medio de los dos mecanismos que le otorgan una sensación de existir: la apropiación y la identificación. De ahí que su funcionamiento sea necesariamente egocéntrico.
        Con esas características, no es difícil comprender que las lecturas que el yo hace de las situaciones resulten confusas, generen sufrimiento inútil y conduzcan, finalmente, a callejones sin salida. Eso es exactamente lo que ocurre, de un modo más patente, en aquellas circunstancias en las que el yo se ha sentido especialmente agraviado.
        Cuando una situación del presente despierta heridas dolorosas del pasado, el malestar suele ocupar toda la escena. Y el yo herido hace lecturas de la misma, necesariamente egocentradas, que bloquean la posibilidad de perdón auténtico. En el mejor de los casos, puede llegar a una resignación más o menos "tolerada", pero no podrá perdonar a quien piensa que lo hirió.
        El perdón sólo es posible en la medida en que trascendemos el yo. Con frecuencia, ello requiere tiempo, paciencia... y todo un ejercicio de toma de distancia de él. Sin ésta, no logramos salir de su ámbito y permanecemos sometidos a su dominio: no podremos ver las cosas sino como el propio ego las ve. No hay camino de salida.
        Tomar distancia del yo significa desarrollar nuestra capacidad de observarlo como un "objeto" dentro de lo que realmente somos. Al hacerlo, empezamos a reconocer que no somos ese yo -ni las "historias mentales" que él mismo se ha fabricado-, sino Eso que observa, el Espacio consciente e ilimitado, desde el que todo es percibido de un modo radicalmente nuevo.
        Ese Espacio consciente es nuestra identidad más profunda, transpersonal (transegoica y transmental), no-dual y compartida. Mientras permanecemos en ella, la preocupación por nuestro ego disminuye hasta el extremo; sus "historias mentales" de sufrimiento, venganza o resentimiento se evaporan en la Conciencia transpersonal, y empiezan a fluir, lúcida y mansamente, la bondad, la compasión y el perdón.
        Y venimos a descubrir que el perdón no es algo que dependa de la voluntad, sino del "lugar" donde nos situamos. Desde el yo, es imposible; desde el Espacio consciente que somos, fluye sereno sin dificultad porque, para la Conciencia transpersonal, ha "desaparecido" incluso el motivo mismo que lo mantenía agraviado. En su lugar, se hace presente la Comprensión.
        Lo que ha ocurrido es que, al "pasar" de la identidad del yo a quien realmente somos, nos hemos liberado nada menos que de las necesidades que atenazan al ego. Gracias a esa liberación, se amplía y purifica nuestra mirada, a la vez que se ensancha y ablanda nuestro corazón. Si no hay "yo", ¿quién se sentirá agraviado?; si no hay "yo", ¿quién habría de perdonar?
        El "paso" del yo al "Espacio consciente" que somos (Eso no-dual) se experimenta como rendición sabia y se vive como regalo de liberación. Caen las resistencias, porque "ha caído" el ego que vivía esclavo de sus necesidades. Con la rendición, no es que el perdón sea posible; es que no hay nada que perdonar: ha desaparecido quien se había sentido herido y exigía reparación. Sólo queda liberación y deseo profundo de bien para la persona hacia la que antes vivíamos resentimiento. Quizás la relación no pueda restablecerse "formalmente", porque hay otros factores que tener en cuenta, pero ha desaparecido todo resto de exigencia o de reproche. Todo está bien.
        Es así de simple; tanto, que cuesta entender cómo uno pudo haber quedado atrapado en la espiral egocentrada del yo. Pero requiere vivir el "paso", para ver las cosas, no desde el yo, que sólo busca afirmarse y exige respuestas acordes a sus necesidades, sino desde el "Espacio consciente" que nada necesita y nada le afecta.
        Ese paso se ve obstaculizado por la identificación con el yo, particularmente cuando se despiertan heridas pendientes, carencias no resueltas, miedos atávicos, experiencias de soledad y abandono... Por eso, puede hacer falta tiempo de maduración. Con todo, aun respetando ese tiempo, es posible intentarlo..., para experimentar cómo se modifica radicalmente la perspectiva, en cuanto tomamos distancia del yo.
        A partir de ese momento, sin embargo, no está todo hecho. Siguen pesando las viejas inercias del ego. Por eso, cuando reaparezcan los mensajes egoicos, con sus necesidades, miedos, exigencias, resentimientos y reproches, hay que "volver" decididamente a situarse en la verdadera identidad, el "Espacio consciente" que somos, para volver a constatar que, desde él, la visión se modifica y se hace presente la libertad interior y la Comprensión sin límites. Realmente, no hay nada que perdonar ni "nadie" que perdone.
       
        Para "aterrizar" todo lo que estoy diciendo, deseo ejemplificarlo con un caso concreto, que viví hace un tiempo. Tras un hecho grave e inesperado, que me resultó agudamente doloroso, afloró mi yo herido y desconcertado, abandonado y hundido, resentido y exigente..., negándose a vivir hasta que las cosas no fueran como él deseaba: se veía literalmente incapaz de aceptar lo sucedido.
        Todo quedó impregnado de sufrimiento y sinsentido, que se intensificaba con el mero recuerdo de lo ocurrido; un recuerdo que no hacía sino fortalecer las demandas del yo. Tuvo que pasar tiempo para que, finalmente, pudiera "rendirme" a la verdad, sin condiciones. Pero esa rendición únicamente fue posible cuando se me regaló situarme de un modo más estable en la identidad o conciencia transpersonal: la rendición fue sinónimo de liberación definitiva, desegocentración, serenidad ecuánime, comprensión sin exigencias, amor y deseo de bien sin restricciones... Todo ello lo viví como uno de los mayores regalos de mi vida, como la Gracia que marcaba un punto de inflexión, un antes y un después, en mi modo de ser, de situarme y de percibir. Decididamente, en ese nivel, todo está bien; ningún miedo tiene sentido.
 Y queda como una voz resonando en mi interior: "No te reduzcas al yo ni te entretengas en sus «historias mentales», en su modo de ver las cosas; no sigas ni un minuto su «discurso»; al contrario, míralo siempre como un «objeto» dentro de la Conciencia que eres; reconócete como el Espacio consciente o Conciencia transpersonal que trasciende el yo, y experimenta la comprensión y la liberación que te aporta". Brevemente: "No olvides nunca quién eres". Hoy sé por experiencia que todo lo demás depende de ello.

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Domingo XXIII Tiempo Ordinario
4 septiembre 2011

Evangelio de Mateo 18, 15-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
— Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.
Os aseguro además que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

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JESÚS NO DIJO TODO LO QUE EL EVANGELIO LE ATRIBUYE

La primera impresión, al leer este texto, es que no “casa” bien con el que le precede ni con el inmediatamente posterior. En el anterior, a partir de la pequeña parábola del pastor que va a buscar la oveja perdida y que “se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no es extraviaron”, Jesús afirma que “del mismo modo vuestro Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños” (18,14). Y en el inmediato posterior, a raíz de una pregunta de Pedro sobre si habría que perdonar “hasta siete veces”, Jesús contesta que “no siete veces, sino setenta veces siete” (18,21).
El contraste se produce al comparar la actitud paciente de Jesús, que disculpa y perdona siempre (setenta veces siete), con la puntillosa severidad con que se trata, en la comunidad, al “hermano que peca”.
La conclusión parece clara: los textos más radicales remiten directamente a Jesús; por el contrario, aquellos otros más “realistas”, y centrados en cuestiones de convivencia procederían de la comunidad. Jesús apuesta por actitudes caracterizadas por la gratuidad; la comunidad regula la marcha del grupo, de acuerdo con principios “prácticos”, con los que resolver eficazmente los conflictos comunitarios.
En la comunidad de Mateo debieron encontrar adecuado ese modo “progresivo” de reinsertar en ella a quienes consideraban que se habían equivocado: primero a solas; luego, con dos testigos; finalmente, ante toda la comunidad.
Sin embargo, el hecho de que en aquel grupo pudiera funcionar no significa que sea siempre un modelo a imitar. Cuando se ha querido incluso forzar en determinados estilos de formación –en aquella fórmula imperante durante siglos en la vida religiosa, conocida como la “corrección fraterna”-, se ha hecho daño a las personas. Sin embargo, de nuevo en una lectura literalista del evangelio, se apelaba a la autoridad del propio Jesús, para insistir en esa práctica.
Ni estas palabras proceden del Jesús histórico, ni siempre la “corrección fraterna” es el camino más adecuado. Requiere hacerla con tal limpieza, humildad y amor que únicamente con esas condiciones puede resultar beneficiosa para todos. Cuando no es así, bajo esa fórmula, se camuflan actitudes farisaicas de superioridad, juicio y condena del otro.
Es evidente que todo grupo humano necesita de normas que regulen la convivencia, pero ni siquiera eso otorga a las mismas un valor absoluto, por encima incluso de las personas. Es preferible inclinarse siempre –como Jesús- por el lado de la compasión. Como afirma un dicho atribuido a Platón, “sed amables, pues cualquiera a quien encontremos está librando una dura batalla”.

Además de la norma sobre la reinserción del “hermano que peca”, el texto que leemos este domingo contiene otras dos afirmaciones que afectan directamente a la comunidad, y que se refieren al poder del que se cree portadora y a la oración en común.
La comunidad tiene conciencia de estar en la verdad, hasta el punto de que sus decisiones son siempre válidas. “Atar y desatar” es una expresión semítica que se refiere a prohibir y permitir válidamente. Hasta el punto de que las decisiones tomadas por ella serán válidas también “en el cielo”, es decir, serán legitimadas por el mismo Dios.
El lector del evangelio ha encontrado ya esta misma fórmula en las palabras que Jesús dirige a Pedro (16,19). Cierta tradición ha defendido que ese poder “jurisdiccional” fue conferido a Pedro y a los apóstoles, por lo que, en la iglesia, los depositarios del mismo serían los obispos, “sucesores de los apóstoles”. Sin embargo, no es tan claro que sea así: por un lado, hay dudas razonables de que esas palabras procedan del propio Jesús; por otro, es legítimo pensar que sean dirigidas, no sólo a los apóstoles, sino al conjunto de la comunidad. Dicho más claramente: ni la jerarquía puede sustentarse en este texto, ni estas palabras impiden el ejercicio de la voluntad de todos los cristianos y cristianas en las decisiones eclesiales, en la renovación de determinadas normas y en determinadas prácticas como, por ejemplo, el nombramiento de los obispos.

En el tercer bloque de este texto, referido a cuestiones comunitarias, se habla de la oración en grupo, con una doble afirmación: “todo lo dará mi Padre del cielo” y “yo estoy en medio”.
La primera de ellas –“os aseguro además que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo”- choca tanto con la que parece ser la experiencia diaria de los orantes que, de entrada, se hace difícil de creer. ¿Cuántas veces hemos pedido cosas buenas en la oración y no hemos obtenido respuesta? Es cierto que se nos dice que Dios sabe mejor que nosotros lo que nos conviene, pero entonces, ¿cuál puede ser el sentido de aquellas palabras?
Para empezar, me parece claro que no se trata de “magia”, ni tampoco de un poder similar a la “ley de atracción”, de que hablan ciertas corrientes de la Nueva Era (aunque puedan contener algún punto de verdad).
Personalmente, me inclino a pensar que estas palabras de Jesús, en línea con otras afirmaciones suyas a lo largo del evangelio, contienen una certeza y una llamada a una confianza incondicional.
La certeza es que ya lo tenemos todo. Dios es Donación: ¿cómo podría “reservarse” algo y no darlo? Todo nos ha sido dado, pero lo acogemos en la medida de nuestra capacidad de apertura ante el don. Y esa capacidad se activa en la medida en que salimos de las fronteras del yo, y dejamos de identificarnos con él. Es entonces, al descorrer el velo que supone nuestra identificación con la mente, cuando aparece la comprensión: ha crecido nuestra capacidad de “ver”.
Al ego le gustaría que las cosas fueran de otro modo: que, de un modo mágico, como en los cuentos, quedaran respondidas todas sus necesidades y saciados todos sus sueños. Pero esto es imposible, porque la característica del yo siempre será la insatisfacción; ego es “no tener nunca bastante”, porque él mismo es vacío.
El camino no pasa por alimentar al ego, sino precisamente por trascenderlo, aprendiendo a “ver” más allá de él, adentrándonos en ese “no-lugar” donde todo está bien.
La confianza es una de las “palabras mayores” del evangelio, y parece que constituyó un rasgo básico de la personalidad de Jesús. En todo momento y circunstancia, pase lo que pase, podemos confiar: se nos ha dado todo. Pero para verlo, se requiere venir al momento presente. Fuera del presente, todo es carencia e impotencia. El presente, por el contrario, es plenitud y fortaleza. Una vez más, venimos a descubrir la coherencia de todo: venir al presente coincide con trascender el yo; todo se unifica. (Porque lo que entendemos aquí por “presente” no es un lapso temporal entre el pasado y el futuro –eso sería sólo una “idea” del presente-, sino el no-tiempo, la atemporalidad que percibimos cuando acallamos la mente, o tomamos distancia de ella).

La segunda afirmación –“donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”- parece ser especialmente querida para Mateo, porque recoge el nombre con el que le gusta nombrar a Jesús: Enmanuel o “Dios-con-nosotros”. Con ese nombre empieza (1,23) y concluye (28,20) el relato mateano. “Yo-estoy-en-medio-de-ellos” sigue siendo Enmanuel.
Quizás Mateo aplicó a Jesús un adagio judío que rezaba así: “Si dos hombres se encuentran juntos y las palabras de la Ley están en medio de ellos [como motivo de conversación], Dios habita en medio de ellos”.
En cualquier caso, en una lectura no-dual, está expresando la verdad más profunda del misterio de lo que es: todo se halla interpenetrado en todo. Dios es siempre Dios-con-nosotros, sin distancia ni separación. En la tradición cristiana, Jesús es la manifestación palpable de esa realidad. Con él nos encontramos en la “identidad compartida no-dual” y crecemos en la conciencia unitaria que él vivió: los “otros” son “parte” de “nosotros”.

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Domingo XXII Tiempo Ordinario
28 agosto 2011

Evangelio de Mateo 16, 21-27

Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:
— ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.
Jesús se volvió y dijo a Pedro:
— Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.
Entonces dijo a los discípulos:
— El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

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LA PARADOJA HUMANA

El comienzo de este relato –“desde entonces comenzó Jesús a manifestar…”- parece un calco intencionado de aquel otro con el que se iniciaba su misión: “Desde entonces empezó Jesús a predicar…” (4,17). Da la impresión de que el autor quiere subrayar que se trata de un “nuevo comienzo” en las enseñanzas del maestro. Y el punto de inflexión lo va a marcar el mensaje sobre la cruz.
Se trata de un mensaje profundamente paradójico, en el que “ganar es perder” y “perder es ganar”, característico, por otro lado, de la más genuina sabiduría espiritual, como podemos percibir en todas las grandes tradiciones.
El relato empieza con lo que se conoce como el “primer anuncio de la pasión”. Se trata de “anuncios” escritos a posteriori. Eso explica que puedan ser tan minuciosos (y que se aluda específicamente, como en éste, a los tres grupos que componían el tribunal judío o Sanedrín: senadores o ancianos, sumos sacerdotes y letrados o escribas).
Parece claro que Jesús vio venir su muerte y, conocedor de la historia de su pueblo, sospechar que podía correr la misma suerte que muchos de los profetas, Juan incluido. Pero, sin duda, aunque hubiera alguna alusión histórica, tal como han llegado a nosotros, estos relatos son una reelaboración postpascual. Que recogen, por otro lado, la experiencia dolorosa de las primeras comunidades, a las que buscan también confortar y fortalecer.
Tras el anuncio, el autor nos presenta un duro enfrentamiento entre Pedro y el maestro: la dureza del mismo indica al lector que nos encontramos ante un tema decisivo, que no admite acomodaciones.
Pedro, que acababa de ser reconocido como la “roca” del grupo, es llamado ahora “piedra” de tropiezo, incluso “Satanás”, es decir, “adversario” diabólico. Había contestado bien –estaba en la ortodoxia-, pero en su seguimiento efectivo –ortopraxis- se hallaba diametralmente opuesto al maestro. No pocas veces, los cristianos hemos podido pensar que la fe se ventilaba en la ortodoxia –en recitar y aceptar al pie de la letra el Credo-, descuidando si nuestra vida se adecuaba a las actitudes y valores de Jesús.
¿Dónde está el error de Pedro y cuál es la novedad del mensaje de Jesús? Al lector atento del evangelio, le viene al recuerdo el relato de las tentaciones (Mateo 4,1-11), en las que el demonio quería apartar a Jesús de la fidelidad a su misión. Eso explica que Pedro –que, aun sin pretenderlo, está buscando lo mismo- sea equiparado al tentador.
La postura de Pedro refleja algo que casa bien con nuestra sensibilidad más superficial: “¡Dios no permita que tengas que sufrir!”. Sin embargo, en la respuesta del maestro, podemos descubrir que, más allá de la reacción sensible –la que nos dicta la búsqueda del bienestar inmediato-, hay otra sabiduría más profunda: la sabiduría de la cruz, de la que hablará extensamente Pablo (Primera Carta a los Corintios 1, 18-25).

Jesús plantea la paradoja como una realidad absolutamente crucial, ya que afecta nada menos que a la vida misma. Lo que se halla en juego es ganarla o malograrla, acertar o errar en lo más decisivo. ¿Dónde está la clave? ¿Cuál es el camino de la sabiduría?
Para empezar –y por prevenirnos de ciertas lecturas doloristas que se han hecho, tanto de estas palabras como del acontecimiento de la cruz-, es necesario decir que el objetivo no es sufrir ni, mucho menos, negar la vida, sino el de favorecerla: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla?”.
La cuestión, por tanto, a la que quiere responder la enseñanza de Jesús es: ¿cómo acertar en la vida?
Y su respuesta adopta la forma de paradoja: para ganar la vida, es necesario perderla; se requiere “negarse a sí mismo”.
Negarse a sí mismo no es negar la vida, ni encierra una actitud de resignación, autosacrificio o muerte en vida. Jesús era un hombre profundamente vital y defensor de la vida. Debe tratarse, pues, de otra cosa.
“Negarse a sí mismo” –puesto que lo que se busca es “ganar la vida”- significa negar aquello que niega la vida. “Perder la vida (psiché)” significa “perder el yo”, es decir, dejar de vivir para él. Porque, de otro modo, cuando vivimos para él, estamos perdiendo la vida, entrando en la confusión y el sufrimiento.
En una ocasión le preguntaron a un maestro zen cuál era la verdad más notable que había aprendido en toda su práctica. Esta fue su respuesta: “La cosa más notable es que todos vamos a morir, pero vivimos cada día como si no fuéramos a morir”.
Vivir para el yo es gastar la vida para algo que va a morir, porque es sólo una identidad relativa o transitoria. Descubrimos la Vida –despertamos del sueño de la ignorancia- cuando accedemos a nuestra identidad más profunda, la que no ha nacido y nunca morirá.
“Perder la vida por mí”, tal como dice el texto, equivale a reencontrarnos en esa identidad que “compartimos” con Jesús y con todos los seres. “Perdemos” el yo, dejamos de vivir egocentrados en lo que alguien ha llamado la “noria hedonista” y nos descubrimos no-separados de los demás.
Esta es realmente la raíz de todos nuestros males: la creencia de que somos seres separados, en la visión de nosotros mismos como individuos aislados de todos los demás. Los biólogos nos dicen que nuestros conceptos de los organismos separados son arbitrarios. En muchos aspectos, toda la colonia de individuos –pensemos en las hormigas- es un organismo. Así como no consideramos que las células individuales de nuestro cuerpo sean individuos separados, puesto que todas se necesitan mutuamente para su supervivencia, tampoco tiene sentido que vivamos sobre la idea de ser yoes separados. Como le gusta a decir a Thich Nhat Hanh, más que ser, intersomos.
Vivir para el yo no sólo nos mantiene en la ignorancia, sino que nos hace infelices: la búsqueda insaciable de gratificaciones no hará sino aumentar la frustración porque –como ya advertía Freud- lo que puede satisfacerse “está llamado a extinguirse en la satisfacción”. Una y otra vez, reaparecerá la insatisfacción.
Jesús es realista. Como todos los maestros y maestras espirituales, muestra la senda de la vida, que nos permite escapar de la confusión y del sufrimiento, para reconocernos en ese No-lugar de nuestra verdadera identidad, espacio consciente de verdad, de libertad, de gozo y de unidad.
El texto apremia también a tomar la cruz. En un primer nivel, la cruz es la consecuencia de ser fieles a nuestra verdadera identidad. En otro nivel más profundo, muestra sencillamente el destino del yo. La sabiduría consiste en que nuestro yo sea “crucificado” en lugar de ser el dueño de nuestra existencia. Y lo crucificamos en la medida en que tomamos distancia de él, de modo que no lleve las riendas de nuestra vida. Lo observamos como un objeto, dejamos de vivir egocentrados y nos abrimos a verdad de quienes somos.
Ese yo que suele tenernos atrapados, porque hemos creído en él por encima de cualquier otra cosa, no es sino una “historia mental”. Aquieta la mente, no introduzcas ninguna historia, y mira qué es lo que queda. Sólo calma, quietud, espacio consciente, presencia… Tu verdadera identidad, más allá de los estrechos límites mentales.
Con todo ello, venimos a descubrir que la paradoja del evangelio no es una “ocurrencia” de Jesús –como a veces se ha entendido vulgarmente, en otro “idioma” anterior: para ir al cielo tienes que sufrir-, sino una descripción de nuestra situación. Nos debatimos en un “doble nivel” de identidad: vivir para uno de ellos es perder el otro.
Se trata, pues, de una paradoja humana, que sólo se “resuelve” en la experiencia de la No-dualidad.

Finalmente, la frase con que termina el relato –“el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta”- no parece que se remonte a Jesús. Más bien, refleja la expectativa de los primeros cristianos, quienes creían inminente la vuelta del Señor Jesús como Juez.

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Domingo XXI Tiempo Ordinario
21 agosto 2011

Evangelio de Mateo 16, 13-20

En aquel tiempo llegó Jesús a la región de Cesarea de Felipe y preguntaba a sus discípulos:
— ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?
Ellos contestaron:
— Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.
El les preguntó:
— Y vosotros, ¿quién decís que soy?
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
— Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.
Jesús le respondió:
— ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.
Y les mandó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.

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VARIOS IDIOMAS, UNA PRÁCTICA

Cesarea de Felipe (o Filipo), ciudad que el tetrarca del mismo nombre hizo construir en honor de César Augusto, era un centro importante de cultos helenísticos. Su población griega y siria, así como sus cultos al dios Pan y a las Ninfas, daban de ella una imagen bastante similar a la de la Antioquía de la comunidad de Mateo.
Una vez más, como en tantas otras ocasiones, la escena que se relata se mueve en el doble nivel histórico: el de los años 30 y el de los años 80. En este caso, en torno a una cuestión decisiva para los discípulos: la identidad de su maestro. ¿Quién es Jesús?
Es él mismo quien, según la narración, plantea directamente la pregunta, en dos tiempos, buscando la respuesta de la gente y la de sus seguidores.
“¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?”. La expresión “hijo del hombre” puede significar sencillamente “hombre” (este hombre), aunque tenga también el trasfondo de la enigmática figura que aparece en el libro del profeta Daniel (7,13), y que la comunidad cristiana desde muy temprano aplicó a Jesús.
La respuesta de la gente –tanto en los años 30 como en los años 80- es, en principio, positiva, si bien no aprecia nada “original” en Jesús. Se refiere a él elogiosamente, pero lo define según esquemas interpretativos que les resultaban familiares: es, sencillamente, un “profeta” como los más grandes (Juan, Elías, Jeremías…).
Pero lo que realmente interesa al autor es subrayar lo específico de la fe cristiana. Y eso es lo que va a poner en boca de Pedro: Jesús es “el Mesías (Cristo), el Hijo de Dios”.
Esta fórmula, que aparecerá de nuevo en el juicio ante el Sanedrín (“Dinos si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”: 26,63), es el credo de la liturgia de la comunidad de Mateo. Para una comunidad proveniente del judaísmo, el Mesías (en castellano, Ungido) era el Esperado como liberador del pueblo. Con el título de “Hijo de Dios” se colocaba a Jesús en la intimidad más profunda con Dios, hasta el punto de nombrarse como Enmanuel (“Dios-con-nosotros”: 1,23; 28,20).
Las palabras puestas en boca de Pedro –que, con toda probabilidad, son del año 80, no del 30- resumen acertadamente la fe que profesaba la comunidad de Mateo: Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios.

Del mismo modo, tampoco es fácil distinguir, en la respuesta de Jesús, qué es lo que pertenezca a cada uno de los dos niveles. Por un lado, sabemos que la comunidad de Antioquía había conocido diferentes líderes: Esteban, Bernabé, Pablo, Pedro… Con esta respuesta, Mateo declara a este último como la máxima autoridad, a la que su iglesia se remite. Por otro lado, es innegable que Simón Pedro ocupa un lugar destacado en los escritos evangélicos (incluso, aunque sea ya al final, en el apéndice del cuarto evangelio: Jn 21,15-17). Teniendo en cuenta todo esto, pudiera ser que, así como Mateo habría “inflado” la confesión de Pedro con fórmulas litúrgicas de su propia comunidad, también en la respuesta de Jesús se contengan elementos “añadidos” por la tradición de la que bebe el propio evangelista.
La respuesta de Jesús –lo que se conoce como la “investidura” de Pedro- está llena de expresiones semíticas, por lo que hace pensar en alguna tradición que circulaba entre aquella comunidad, que asignaba a Pedro la misión de decidir en los disensos que afectaban al grupo, que aparecían, como pudimos ver, en el relato de la “mujer cananea”. La autoridad de Pedro sería la que tuviera que decidir entre lo prohibido (“atar”) y lo permitido (“desatar”).

Es sabido que en este texto se ha asentado tradicionalmente la doctrina católica sobre el llamado “primado de Pedro”, prolongado en el obispo de Roma. Los protestantes, por su parte, aun aceptando que las palabras de Jesús fueran históricas –y no propias de la comunidad, que Mateo habría retrotraído en el tiempo-, sostienen que aquella misión se encargó exclusivamente a la persona de Simón, por lo que no podría justificarse la “sucesión” en el primado individual, en la figura del Papa.
En cualquier caso, hoy parece aceptarse entre los estudiosos que, tal como ha llegado a nosotros, esta narración tiene muchos elementos postpascuales, hasta el punto de que se hace difícil pensar que hubiera podido ocurrir en la vida de Jesús.
Eso no le quita nada de valor ni de hondura teológica. Lo único que quita es fanatismo en la defensa de determinadas posturas, que cada vez vemos que tienen menos fundamento. Hoy se reconoce que Jesús no fundó directamente ninguna iglesia. Con su vida, su palabra, su muerte y su resurrección (en la experiencia que percibieron los discípulos), alentó un movimiento que habría de fraguar, con el tiempo, en lo que conocemos como “iglesia”.

Pero decía que todo eso no disminuye el valor del texto, que para los cristianos mantiene una permanente actualidad. ¿Quién es Jesús hoy para mí? Se trata de una pregunta siempre nueva, si la acogemos en nuestro corazón, la contrastamos con nuestra vida, y no la respondemos meramente desde la rutina o desde lo aprendido.
¿Quién es Jesús hoy para mí? La pregunta es siempre nueva porque me cuestiona a mí mismo: ¿dónde estoy? No serviría de nada una respuesta “teórica”, por más que reprodujera la literalidad del dogma, si no me llevara a “conectar” con lo que Jesús fue y vivió. Porque no es una cuestión dirigida a la cabeza, sino a la vida… Y en concreto a ese “lugar” donde percibo mi no-separación con Jesús.
Son legítimas respuestas diferentes, porque cada una de ellas será deudora del nivel, perspectiva o “idioma cultural” en que se encuentre la persona. Debido a ello, siendo diferentes, no tienen por qué ser “falsas”.
Pero, sin duda, donde podremos encontrarnos es en la vivencia de las actitudes y los comportamientos que caracterizaron la persona de Jesús. Unos podrán verlo como un ser celestial separado; otros, como la manifestación de lo que somos todos en la no-dualidad de lo que es. Es inevitable que cada cual hablemos en nuestro propio “idioma”. Pero, sin descalificarnos por ello, un paso más allá de los idiomas, podemos encontrarnos en una práctica que lleve el “sello” del evangelio.

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Domingo XX Tiempo Ordinario
14 agosto 2011

Evangelio de Mateo 15, 21-28

En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró al país de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:
— Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.
El no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
— Atiéndela, que viene detrás gritando.
El les contestó:
— Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió de rodillas:
— Señor, socórreme.
El le contestó:
No está bien echar a los perros el pan de los hijos.
Pero ella repuso:
— Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.
Jesús le respondió:
— Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.
En aquel momento quedó curada su hija.

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DEL FANATISMO A LA INCLUSIÓN

El duro diálogo sobre el pan, los hijos y los perros bien pudiera ser un reflejo de lo que se vivía en la propia comunidad de Mateo, atenazada durante años –como otras tantas comunidades cristianas, según se desprende de las cartas de Pablo- por el siguiente debate, decisivo para ellos (aunque a nosotros nos parezca trivial): ¿Qué lugar ocupan los paganos en la comunidad? ¿Pueden formar parte de ella sin necesidad de hacerse previamente judíos?
Mateo lo enmarca con crudeza, ya que empieza designando a la mujer del relato como “cananea”. En realidad, a los habitantes de Tiro y Sidón se les llamaba sirofenicios. Mateo prefiere utilizar un término arcaico para designar a un pueblo del que los judíos debían mantenerse especialmente alejados.
Esta es, pues, la situación, marcada por la distancia e incluso la prohibición de acercamiento. En esta situación, ¿hay que acoger a los “cananeos”? Y en caso de hacerlo, ¿van a gozar de los mismos derechos que los judíos?
Si la narración es una escenificación de aquel debate, las dos primeras frases que se ponen en boca de Jesús serían en realidad los dos argumentos que esgrimirían los judeocristianos en contra de la apertura a los paganos: “Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel… No está bien echar a los perros en pan de los hijos”.
Desde su conciencia de “pueblo elegido”, vivían en la creencia de que, en primer lugar, debía ser restaurado el propio pueblo para, más tarde, a partir de él, hacer que la salvación alcanzara a todos los demás (los paganos, a quienes se referían despectivamente con el término “perros”).
Por su parte, las palabras puestas en boca de la mujer –“pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”- sería la respuesta de los discípulos paganos (helenistas) que deseaban integrarse en la comunidad.
En el relato, aparece todo muy cuidado. La mujer se acerca a Jesús con el título más alto que un judío podía recibir (“Hijo de David”), para terminar confesándolo “Señor”, que constituía el modo más habitual de nombrar a Jesús entre los cristianos que procedían del paganismo.
El “pan de los hijos” no es otra cosa que el mensaje del evangelio y la eucaristía: esto es lo que querían recibir los paganos, frente a las resistencias de los círculos judeocristianos.
El relato concluye poniendo en boca de Jesús una sentencia que parece no admitir excepciones y, de ese modo, zanja definitivamente la cuestión: “Que se cumpla lo que deseas”. La fe (“¡qué grande es tu fe!”) es la única condición para participar en la mesa de la eucaristía.

De esta narración se desprenden dos cosas, que me parecen significativas, y sobre las que quiero llamar la atención.
La primera es que la conclusión a la que ha llegado la comunidad judeocristiana de Mateo –no sin tensiones, polémicas y enfrentamientos con tonos muy duros- coincide totalmente con la postura defendida vigorosamente por Pablo, frente a las exigencias más restrictivas de la comunidad de Jerusalén.
No olvidemos que, cuando se escribe el evangelio de Mateo (en torno al año 85), las cartas de Pablo –escritas todas ellas antes del año 64- han propiciado que se fuera haciendo común la postura más inclusiva.

El segundo detalle sobre el que quiero llamar la atención tiene que ver con el modo como se escribieron los textos evangélicos. Ya hace tiempo que todos los estudiosos informados reconocen que los evangelios no sólo no son biografías, sino tampoco “crónicas” de la vida de Jesús, al estilo como hoy podemos entender ese término.
En ellos actúa siempre un “doble nivel”, que muchas veces no es fácil separar: lo ocurrido en los años 30 y la situación de las comunidades en las décadas posteriores. Los textos se escriben para dar respuesta, a la luz de las enseñanzas del maestro, a la problemática que va surgiendo en los distintos grupos.
Lo que esto significa es que no puede sostenerse una lectura literalista de los evangelios, sino que se requiere un “distanciamiento” lúcido, que nos permite reconocer una “jerarquía de valor” en las diferentes afirmaciones que en ellos puedan hacerse.

Si volvemos a nuestro relato, el análisis del mismo parece encajar perfectamente con la problemática de aquellas primeras comunidades en las que empezaron a coincidir judeocristianos y paganocristianos. ¿Significa eso que es sólo una construcción del propio evangelista –o de la tradición anterior a él-, que retrotrae la discusión a los años 30 en la figura de una mujer pagana, para presentar como un dicho de Jesús lo que fue una decisión posterior de la comunidad?
No sería extraño que ése hubiera sido el proceso, porque tampoco éste sería el único caso: basta pensar, por ejemplo, en las discusiones sobre la pureza o los alimentos. En todo caso, no podremos tener una respuesta definitiva: pudo ser una creación de la comunidad –este modo de hacer era habitual en aquella cultura, que no lo entendía como una “falsificación”-, o pudo basarse en algún recuerdo histórico vivido por el propio maestro.

Si así fuera, veríamos a Jesús compartiendo las creencias y juicios de su pueblo, sintiéndose él mismo enviado “sólo a las ovejas descarriadas de Israel” y tratando a los paganos como “perros”.
Pero, a la vez, en el relato aparece como un hombre flexible y abierto a la verdad, hasta el punto de dar un giro completo a sus propias creencias ante los hechos que percibe.
Encontraríamos, en su comportamiento, la antítesis del fanatismo. Un paisano suyo y contemporáneo nuestro, Amos Oz, ha escrito que “la semilla del fanatismo siempre brota al adoptar una actitud de superioridad moral que impide llegar a un acuerdo”. Por eso, la esencia del fanatismo consiste en obligar a los demás a cambiar. Al percibir la discrepancia como una amenaza para la propia seguridad, la persona fanática querría cambiar a quienes discrepan.
Por el contrario, la persona que ha saldado las cuentas con la propia inseguridad y ha tomado distancia de su ego –el ego es una gran fábrica de fanatismo- es capaz de relativizar las propias creencias, porque descubre que la Verdad siempre es mayor, y se deja mover por ella.
En ese sentido –siempre que la narración fuese histórica-, nos hallaríamos ante un cambio de Jesús con respecto a sus propias ideas previas, es decir, ante una especie de “conversión”.
También las personas que “han visto” –iluminadas o autorrealizadas- pueden mantener dependencia con respecto a los “modos culturales” propios de la época en la que viven y expresarse de un modo condicionado por aquellos presupuestos. Eso no resulta extraño: cada “idioma” tiene sus exigencias. Lo que es admirable es la capacidad del sabio, y su libertad interior, para modificar su postura previa, a partir de los datos que la cuestionan. Eso es así, me parece, porque el sabio no se identifica con sus creencias –no es dogmático-, sino que se vive como un servidor de la Verdad.

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Domingo XIX Tiempo Ordinario
7 agosto 2011

Evangelio de Mateo 14, 22-33

Después que se sació la gente, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla mientras él despedía a la gente.
Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.
Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma.
Jesús les dijo en seguida:
— ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!
Pedro le contestó:
— Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.
El le dijo:
— Ven.
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:
— Señor, sálvame.
En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:
— ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?
En cuanto subieron a la barca amainó el viento.
Los de la barca se postraron ante él diciendo:
— Realmente eres Hijo de Dios.

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ORACIÓN, MIEDO Y CONFIANZA

El evangelio nos ha dejado testimonios de que Jesús buscaba la noche y la soledad para orar. Sea la oración teísta (relacional o afectiva), sea el silencio contemplativo (“estar” desnudo, en el silencio mental), necesitamos conectar conscientemente con el Misterio, Raíz, Fuente, Fundamento y Núcleo de lo que somos, para experimentarnos anclados en él y para dejarnos transformar: para permitir que lo que somos, más allá del ego, salga a la luz.
Me parece que no tiene sentido comparar ambas formas de orar, porque ni son contrapuestas ni tienen por qué excluirse. Así como hay muchos niveles diferentes desde los que podemos aproximarnos a la realidad, existen también tantas formas de conectar con el Misterio como personas.
Como dijera preciosamente León Felipe: “Nadie fue ayer / ni va hoy / ni irá mañana / hacia Dios / por este mismo camino / que yo voy. Para cada hombre guarda / un rayo nuevo de luz el sol... / y un camino virgen / Dios”.
Probablemente, cada cual tendrá que fiarse de su “maestro interior” (intuición o voz del Espíritu) para, según la etapa de su vida, el momento que esté atravesando o su propio perfil psicológico, elegir aquella forma que le resulte más adecuada.
Ambas formas tienen aspectos positivos y, como todo lo humano, encierran riesgos, de los que será bueno ser lúcidos. Por si sirve de ayuda, reproduzco aquí un esquema que presentaba en el libro “¿Qué Dios y qué salvación?” (p. 245).


Oración relacional


Meditación (Silencio contemplativo)

Forma dialogal: yo - Tú.

El “yo” -el pensamiento-, estado de conciencia habitual. Trampa: Confundir ese estado transitorio con nuestra verdadera identidad.

La ola -el yo- “habla” al Océano.

Conciencia egoica.

Puede intervenir la palabra, la mente, la imagen, el sentimiento, el afecto…

Orar como hablar, pensar, amar a Dios: Dios es pensado.
Puede crecer progresivamente en entrega, que posibilita la transformación personal.


Riesgo: crear un dios a nuestra medida, y terminar hablando con nuestro “doble” (narcisismo espiritual).

Prevención: Dios no es el “Ser separado” que yo imagino; es Más que las formas que yo pueda pensar; es el Sin-forma.

Silencio mental (no-yo transpersonal).
El “yo” no es el estado de conciencia definitivo: al aquietar el pensamiento, es trascendido y emerge nuestra verdadera identidad.

La ola -el yo- se reintegra al Océano.

Conciencia unitaria.

No-pensamiento, no-reflexión, no-razonamiento, no-yo…


Orar es entregarse a Lo Que Es, que no puede ser pensado.
No hay conciencia de orar, pero emerge la Unidad y la Plenitud: Dios es vivido.
Transformación de la conciencia.

Riesgo: búsqueda del aquietamiento como mero bienestar sensible (narcisismo espiritual).


Prevención: desapropiación del yo, desapego.

El evangelista, tras mostrar a Jesús orando en la noche, nos trae una escena que parece “escapada” de los relatos de apariciones del resucitado, como si fuera una “aparición pascual” adelantada.
Se trata, en realidad, de una celebración litúrgica en la iglesia/barca, en la que Jesús es proclamado como “Hijo de Dios”. Se trata de la primera confesión de fe que usa esta fórmula, que constituye el título cristológico más elevado.
Es evidente que ese título no significa todavía lo que la reflexión posterior –muy marcada por el pensamiento helenista, que desembocaría en los concilios de Nicea (325) y de Calcedonia (451)- volcaría sobre él. Para una comunidad judeocristiana, como la de Mateo, ese título, con ser el más excelso, no podía significar el reconocimiento de “otro” Dios junto a Yhwh –el estricto monoteísmo judío no lo permitía-. La expresión “Hijo de Dios” aludía a una especialísima relación de Jesús con Dios, con quien gozaba de una predilección e intimidad única.
La celebración litúrgica arranca de una situación de temor. La barca/iglesia se halla casi a la deriva, muy lejos de tierra, en medio del mar/mal, y azotada por un viento “contrario”; y todo ello, en medio de la noche/oscuridad. La dificultad que origina el miedo no puede ser mejor descrita.
Jesús se acerca “de madrugada” (originalmente, en la “cuarta vigilia”, entre las tres y las seis de la mañana). Los romanos dividían la noche en “cuatro cuartos”, de tres horas cada uno: de 6 de la tarde a 6 de la mañana. La precisión del evangelista –que, en esta traducción castellana, se ha perdido- no es irrelevante: en el Antiguo o Primer Testamento encontramos textos en los que ese momento –justo al amanecer- se presenta como el tiempo de la intervención de Dios (Éxodo 14,24; Salmo 46,6; Isaías 17,14).
Precisamente a esa hora el evangelista sitúa a Jesús caminando sobre las aguas, es decir, venciendo todo tipo de mal. Es un modo poético y metafórico de decir que en Jesús reside el poder de Yhwh, el único a quien se reconocía esa capacidad: “Tú te abriste camino por el mar, un sendero por las aguas caudalosas” (Salmo 77,20); “sólo él camina sobre las espaldas del mar” (Job 9,8).
Sin embargo, los discípulos son incapaces de reconocerlo; más aún, lo confunden con un fantasma, se atemorizan y se ponen a gritar. Tras estos signos, el relato parece indicar la incomprensión en la que se encuentran –y en la que pueden hallarse los miembros de la comunidad de Mateo y los propios lectores-, que les impide nada menos que reconocer la presencia trascendente y victoriosa del Señor sobre el mal y sobre el propio miedo.
Pues bien, en medio de esa ignorancia de la que nace el miedo, se alza la palabra de Jesús, una palabra de ánimo pero, sobre todo, reveladora de su identidad: “Yo Soy”. El “Yo Soy” bíblico remite directamente a Yhwh – El Que Es, no como ser separado, sino como la Realidad última que constituye la mismidad de todo lo que es. En ese sentido, podemos reconocerla también como nuestra identidad más profunda.
Si lo leemos en clave relacional (modelo dual), nos abrimos a Dios como el “Yo Soy” fuente de toda confianza y vencedor de todo mal, que aleja de nosotros cualquier miedo. Si lo leemos en clave transpersonal (modelo no-dual), nos reconocemos, más allá de nuestro ego o incluso de nuestro “yo particular”, como el Yo Soy universal e ilimitado –en la “identidad compartida”, con Jesús y con todos los seres, que no niega las diferencias, sino que las abraza- en el que también los miedos se diluyen.

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Domingo XVIII Tiempo Ordinario
31 julio 2011

Evangelio de Mateo 14, 13-21

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos.
Al desembarcar, vio Jesús el gentío, sintió compasión y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle:
— Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.
Jesús les replicó:
— No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.
Ellos le replicaron:
— Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.
Les dijo:
— Traédmelos.
Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

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ALIMENTO PARA TODOS

Al menos en tres ocasiones, Mateo habla de alguna “retirada” de Jesús: en medio de una discusión con los fariseos (12,9), si bien en esa circunstancia no se trata de una huida, ya que vuelve a insistir en su mensaje, incluso dentro de la sinagoga; ante la noticia de la muerte del Bautista a manos del rey de Herodes (14,13); y tras un nuevo enfrentamiento con los fariseos y doctores de la ley, a propósito de las tradiciones (15,21).
Sin duda, la ejecución del Bautista era un aviso grave de peligro, y así debió entenderlo Jesús, que se aleja a un lugar “tranquilo y apartado”. Parece seguro que el profeta de Nazaret fue bien consciente, desde muy pronto, de la amenaza que se cernía sobre él: no sólo por el enfrentamiento hostil por parte de la autoridad religiosa, sino porque conocía bien la historia de su pueblo, en la que no pocos profetas habían acabado su vida de un modo trágico. De pronto, era como si esa amenaza tomara cuerpo a partir de lo que sucedido con Juan. A diferencia de lo que hará en su último viaje a Jerusalén, del que le intentarán disuadir, en este momento decide huir.

La circunstancia va a servir al evangelista para poner de manifiesto la actitud de Jesús ante la gente –que resaltará más, debido al contraste con la que adoptan los discípulos-.
En el texto, Jesús es presentado como compasión, salud y alimento. Pero todo nace de la compasión: la conmoción ante el sufrimiento, que se traduce en ayuda eficaz. No se trata de una “lástima” pasajera, ni de un mero movimiento voluntarista, sino de algo mucho más profundo que nace de la comprensión: cuando acallamos el runruneo de los pensamientos y el vaivén de los sentimientos, emerge la Quietud que somos y aparece el Núcleo de lo Real, que se muestra como Amor y Compasión.
Todo se manifiesta con una admirable coherencia: el núcleo de lo real constituye nuestra “identidad compartida”. Al experimentarlo, empezamos a notar que todo nos afecta como si nos ocurriera a nosotros mismos. Es similar a lo que sentimos en nuestro cuerpo: cuando nos duele un dedo, no lo vemos como algo “ajeno” que tal vez sería bueno socorrer. Al contrario, no dudamos un solo instante que ese dedo es también cuerpo, por lo que la persona entera se moviliza en su favor.
Esto parece indicar que únicamente viviremos la compasión y creceremos en humanidad en la medida en que, gracias a la transformación de la conciencia, nos hagamos conscientes de nuestra identidad más profunda. Cuando dejemos de percibirnos como “células individuales”, aisladas una de otra, cuando no enfrentadas, y seamos capaces de reconocernos como “organismo”, en el que cada célula ocupa su lugar.
Frente a la actitud de los discípulos –que, desde una conciencia egoica, son partidarios de que cada cual “se busque la vida” por su cuenta-, Jesús asume el problema como propio y los compromete en la búsqueda de una solución. Salta a la vista que Jesús no se vive como “célula aislada”, sino como “conciencia unitaria”: no se encuentra encerrado en los límites de su “yo individual”, sino que es consciente de la identidad ilimitada en la que nos encontramos con todos y con todo, en la no-dualidad.

Y en este marco Mateo narra el relato conocido como “multiplicación de los panes”. ¿Cuál es el trasfondo histórico del mismo? No podremos saberlo con seguridad. Probablemente, se halle detrás el recuerdo de las comidas de Jesús con la gente; o incluso el magnetismo de su personalidad, que provocaba fácilmente un movimiento a compartir… Porque el texto no habla de “multiplicar” comida, sino de “dividirla”: cuando se comparte, suele sobrar.
El texto, sin embargo, deja claras dos cosas: una referencia a la eucaristía –usando la fórmula técnica: tomar el pan, alzar los ojos al cielo, pronunciar la bendición, partir los panes y repartirlos- y el trasfondo bíblico del relato –una cuestión muy importante en el evangelio de Mateo-.
En efecto, la hierba –una alusión directa a las “verdes praderas”, del Salmo 23-, los cinco panes, los doce cestos, los cinco mil hombres… -tanto el cinco como el doce son números que representan al pueblo judío- le evocan inmediatamente al lector la tradición del Éxodo y el alimento del maná. Como Yhwh en el desierto, Jesús alimenta al nuevo pueblo.
No sólo eso. Detrás del relato de Mateo, no es difícil adivinar tampoco las figuras de Elías y de Eliseo. El primero había proporcionado pan y aceite que no se acababan (Libro 1 de los Reyes 17,7-16); el segundo había dado de comer milagrosamente a cien hombres (2 Reyes 4,42-44). Muy por encima de ellos, Mateo viene a proclamar a Jesús como el Mesías: no alimenta a “cien hombres”, sino a “cinco mil”, es decir, a la totalidad del pueblo (si el número cinco representa al pueblo, al multiplicarlo por mil se intensifica la idea de “totalidad”).
La referencia a la eucaristía podría ofrecernos una clave importante sobre el modo de celebrarla: no tanto como el “santo sacrificio de la Misa” –una expresión cuyo origen hay que buscar en influjos posteriores ajenos al evangelio-, sino como la celebración de la Unidad que somos, de cuya conciencia brota una compasión activa. No se trata, por tanto, de un rito cerrado –exclusivo para los cristianos-, sino de una celebración inclusiva, en el Abrazo de la No-dualidad, que es así, simultáneamente, celebrado y potenciado.
La constatación de tanta injusticia, hambre y desigualdad en nuestro mundo constituye un acicate más para salir de la modorra del ego y abrirnos a comprender la Unidad que somos.
Hoy resuena también con fuerza la palabra de Jesús: “Dadles vosotros de comer”. La nueva hambruna que azota a Somalia y a toda la región del Cuerno de África nos hace constatar, una vez más, la injusticia de nuestro sistema socioeconómico, constituye una llamada al compartir y espolea la urgencia de crecer en conciencia, que haga posible un nuevo modo de relacionarnos, un nuevo sistema económico y un orden internacional más humano.
Indudablemente, la aproximación al evangelio y a la figura de Jesús renueva nuestra manera de creer. Conectamos con su novedad y frescor, con su espíritu de “buena noticia” para todos, al tiempo que, al contacto con la conciencia del propio Jesús, nos abrimos cada vez más a experimentar aquella “identidad unitaria” en la que él se vivía, y que descubrimos compartir con él. Por eso lo celebramos, lo agradecemos y lo vivimos como “espejo” nítido de lo que somos todos.

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Domingo XVII Tiempo Ordinario
24 julio 2011

Evangelio de Mateo 13, 44-52

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
— El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.
El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.

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CUANDO EL TESORO NOS ENCUENTRA

¿Cuál es el “tesoro” de mi vida? ¿He descubierto mi “Anhelo esencial”? Las dos pequeñas parábolas “gemelas” que leemos hoy remiten a esa cuestión, básica y universal, que acompaña al ser humano desde el momento mismo de su aparición.
Ese Anhelo, que habita el corazón humano, es el que nos convierte en “buscadores”, aunque, como veremos más adelante, en realidad no hay nada que buscar, porque lo buscado es lo que somos.
Pero, entre tanto, ¿qué es lo que, consciente o inconscientemente, vamos buscando en la vida? Trataré de señalar algunas búsquedas en las que quizás podamos reconocernos.

En un primer momento, buscamos cambiar a los otros…, en la creencia (egoica) de que si ellos cambiaran, todo iría mejor. Como dijera Leon Tolstoi, “todos los hombres quieren cambiar el mundo, pero nadie quiere cambiarse a sí mismo”.
En un segundo momento, vista la imposibilidad e inutilidad del intento, buscamos liberarnos del sufrimiento, y para ello echamos mano de todos los “recursos” a nuestro alcance, según la lectura que haga nuestra mente y cuál haya sido nuestra historia psicológica.
Si tomamos un camino espiritual, en esta fase es muy probable que nos mantengamos en él, porque lo vemos como otro medio –además, “espiritual”- para dejar de sufrir. Algo nos dice que este camino nos proporcionará una “iluminación” que, finalmente, introduciéndonos en un estado “beatífico”, nos evitará todos los males.
Tampoco esto dura mucho: el dolor sigue presente, porque la ley de la impermanencia no cesa. Todo lo que experimentemos seguirá siendo pasajero. Y al placer sucederá inevitablemente el dolor.
Al final de todos esos intentos, forzados por los desencantos padecidos, podremos empezar a ver que sólo hay un camino: el de la rendición. Nos rendimos a la verdad de lo que hay, a la verdad de lo que es…, sin negar nada, pero sin quedarnos tampoco “a medio camino”.
Así, quitamos de nuestra mente la expectativa de “dejar de sufrir”, y la cambiamos por la de anclarnos y permanecer en la verdad. Ya no buscamos liberarnos del sufrimiento, sino encontrar la verdad de quienes somos.
En la práctica, cuando aparece el dolor, nos lo dejamos sentir –no lo evitamos; la evitación no hace sino incrementarlo-… y, sintiéndolo, nos dejamos acercar hasta su “núcleo”. Si no interrumpimos el proceso, y si no añadimos ninguna “historia mental”, descubriremos que el núcleo último del dolor es Algo que no es afectado por él. Eso que es consciente del dolor en todo momento, que no es alcanzado por él, y que está más allá de los pensamientos y de los sentimientos… es nuestra identidad más profunda. Descubrirla y permanecer en ella es el objetivo último de nuestra existencia.
Por este motivo decía más arriba que, en realidad, no hay nada que buscar: lo que andamos buscando ya lo somos…, aunque no nos hayamos enterado todavía. En una palabra: el buscador es lo buscado.

Y Eso que somos, ¿qué tiene que ver con el Reino de los Cielos, el “tesoro” de que habla la parábola? Jesús señala su descubrimiento como Gozo, que hace capaz, a quien lo encuentra, de desprenderse de todo con alegría: ha hallado, finalmente, lo único capaz de llenar su corazón.
En efecto, quien encuentra el Tesoro se desidentifica de su ego, y de todo lo que giraba en torno a él: valores, criterios, expectativas… Y puede hacerlo, porque ha descubierto una identidad, que trasciende la egoica, en la que se reconoce plenamente.
Esa identidad ¿coincide con el “Reino de los cielos”? Así planteada, más aún si se lee desde un modelo dual, la pregunta puede parecer un auténtico despropósito. Sin embargo, si trascendemos la dualidad, empezaremos a ver que todo cuadra de un modo tan coherente como sabio y armonioso, en el Abrazo de la No-dualidad.
La dualidad opera a partir de separaciones –sin separación se colapsaría la actividad mental- y de dicotomías: “o… o…”. Por el contrario, en un modelo no-dual, todo se halla totalmente interrelacionado, de modo que en cada “parte” encontramos el “todo”.
Esto no significa que la dualidad mental se resuelva en un monismo o panteísmo indiferenciado. No; se trata de algo infinitamente más sutil y delicado, que supera tanto el dualismo como el monismo: las diferencias son integradas en la Unidad. A eso llamamos, a falta de un término adecuado, imposible hoy para muestra mente, No-dualidad.

Cuando Jesús habla de “Reino de Dios” –que Mateo traduce como “Reino de los cielos”, para evitar, como buen judío, la pronunciación del nombre divino-, se refiere al sueño que llenaba su corazón, lo que constituía el eje de su vida y de su misión: él vivió para el “Reino”.
En nuestro lenguaje, podemos traducirlo como la propuesta de una nueva humanidad, caracterizada por relaciones de fraternidad, a partir de una experiencia profunda de filiación divina: quienes se sienten realmente hijos de Dios son capaces de vivir como hermanos.
En el mensaje evangélico queda claro, también, que el “Reino de Dios” no es otra cosa que el “actuar” de Dios, o Dios actuando. Por eso, el “reino” sería aquello que aparecería si los humanos actuáramos al estilo de Dios.
Fraternidad humana, Dios actuando…: “reino” es un término para expresar la Plenitud, es decir, el Misterio último de lo Real, aquello “donde todo está bien”.
En un modelo dual –más todavía si es en el nivel de conciencia mítico-, el “Reino de Dios” se ve como una realidad separada y proyectada a un futuro: es el modo que tiene el yo de ver las cosas.
En un modelo no-dual, sin embargo, se percibe que no hay nada separado de nada y que lo que llamamos “futuro” es sólo un producto de nuestra mente. Todo es aquí y ahora y todo está interpenetrado por todo.
En este modelo, el “Reino de Dios” puede nombrarse como la Mismidad de lo que es, aquello que constituye nuestro núcleo último –el núcleo último de todo lo real- y, por eso, nuestro Tesoro. Es, a la vez –¡qué pobre resulta el lenguaje!; ¡qué incapaz el concepto!- el Misterio y nuestra identidad, el agua que constituye tanto al océano como a las olas… No es extraño que llene de gozo.
El tesoro de la parábola no se refiere por tanto a algo “separado” que, desde fuera, vendría a “solucionar” nuestra existencia. El tesoro es lo que ya somos…, aunque todavía no lo hayamos descubierto. El día en que eso se produzca, estallaremos de gozo y “dejaremos caer” a nuestro ego.

Quiero terminar trascribiendo una doble experiencia vivida y narrada por un escritor y filósofo, David López, y que podéis encontrar en dos lugares de su blog: http://www.davidlopez.info/?p=1448
y http://www.davidlopez.info/?p=2555


“Hace veinte años fui allí [al Hoggar, Argelia] en moto. Y de pronto, una tarde, mientras el sol convertía el mundo en fuego seco, y mientras aquel cielo  se llenaba de silenciosas hogueras blancas, sentí algo descomunal: todo lo visible (cielo, montañas, rocas, desierto) se transmutó en “alguien”: “alguien” de una belleza sobrehumana e insoportable -casi letal-, que se dirigía a mí. Que me amaba. Todo el cosmos se convirtió en presencia… de “alguien”. Digo “alguien” porque yo sentí que aquello era consciente de sí mismo.
Volví a sentir algo similar dos años después en Lyon, dando un absurdo y prosaico paseo por los alrededores de su aeropuerto. Otra vez, de pronto, todo era “alguien”. Irrumpió en mi conciencia una presencia que, ahora, sólo puedo calificar como sagrada. ¿Por qué? Porque emanaba omnipotencia, sentimiento, cercanía, atención, magia, sublimidad…
Veinte años después -y no sé cuántas decenas de libros leídos desde entonces-creo que puedo decir que aquellos dos fenómenos fueron religiosos. Y lo fueron porque yo sentí un vínculo, una religación, con algo grandioso”.

“Hablaré de lo que se me presentó, lo que irrumpió de forma absurda e inesperada, dando un paseo nocturno por los alrededores del aeropuerto de Lyon, hace ya casi veinte años.
Algo gigantesco que no era yo, algo/alguien consciente, vivo, casi carnal, que me amaba de forma descomunal, lo tomó todo, lo fue todo, lo transparentó todo: los árboles, los postes de la luz, los surcos del sembrado que desdibujaba la noche, las estrellas, los edificios, los coches, los aviones… Fue una experiencia grandiosa que censuré durante años por exigencias sistémicas de mi caja lógica.
¿Era aquello lo que la palabra “Dios” pretende significar? ¿Era aquello mi yo esencial (Atman-Brahman) que se traslucía a través de las imágenes de “mi” mente?
Yo no estaba rezando, no rezaba nunca, ni había texto alguno entre mis manos fabricando prodigios metafísicos.  El único credo al que estaba adscrito era el cientista-ateísta. “Aquello” que tenía delante no me pidió ni me prometió nada. Sólo se mostró. Descomunal. Glorioso. Omnipotente. Omnisintiente. Siendo todo lo existente: ahí, ante mí… y amándome de una forma casi insoportable.
Años después, estudiando textos de pensamiento místico (o de “meta-Mística”) descubrí que aquella experiencia, absurdamente sobrevenida, la habían vivido otras personas a lo largo de la Historia (dentro y fuera de sistemas religiosos)”.

He subrayado intencionadamente la frase en la que habla de su “único credo”, para que abramos nuestro horizonte ante la gratuidad, la omnipresencia y la libertad del Misterio, que nos sorprende en cualquier momento, sean cuales sean nuestros “credos”, religiones o “ateísmos”.
Me siento completamente reflejado en las experiencias que relata David López, incluso en su necesidad de nombrar como “Alguien” a lo experimentado. En el relato queda claro que no es alguien “separado” de nada –un Individuo aparte-; sin embargo, eso no significa que sea algo “impersonal”… Trasciende todos los conceptos y categorías mentales. Es, siempre, Más…, es el Tesoro que todo lo constituye, el “Reino de Dios” de que hablaba Jesús.

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Domingo XVI Tiempo Ordinario
17 julio 2011

Evangelio de Mateo 13, 24-43

En aquel tiempo, Jesús propuso esta parábola a la gente:
— El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, un hombre fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga, apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
— Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?
El les dijo:
— Un enemigo lo ha hecho.
Los criados le preguntaron:
— ¿Quieres que vayamos a arrancarla?
Pero él les respondió:
— No, que podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega, y cuando llegue la siega diré a los segadores:
— Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.

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IDIOMAS Y VERDAD


A Facundo Cabral, asesinado el domingo en Guatemala,
con admiración y gratitud.


Como muchas otras, también ésta debió ser una parábola provocativa. No sólo porque parece ir contra el “sentido común” –que aconsejaría arrancar la cizaña, para que no impida el crecimiento del trigo; cuando yo era niño, mi padre nos mandaba al campo a arrancar “hierbas malas” de los sembrados-, sino porque sería una respuesta a las críticas que recibía el propio Jesús por su postura con respecto a quienes la religión había marginado. No en vano, se le acusaba de ser “amigo de publicanos y pecadores” (Mateo 11,19).
Por otro lado, la parábola podría reflejar inquietudes propias de la comunidad de Mateo, preocupada por separar con claridad los “buenos discípulos” de quienes no lo eran. Como tantos grupos humanos, buscaría marcar una línea divisoria, entre el “trigo” y la “cizaña”.
Pues bien, sea que se refiera a la vida histórica de Jesús, sea que se haya adaptado para responder a alguna polémica comunitaria posterior, lo cierto es que el mensaje de la parábola no deja lugar a dudas: “dejadlos crecer juntos”.

Parece claro que a los seres humanos nos pone nerviosos lo diferente, así como todo aquello que vaya en contra de nuestros valores. Si a ello le agregamos la necesidad de “tener razón”, característica del yo, podríamos explicarnos el origen de muchos tabúes, límites, juicios, procesos inquisitoriales y condenas…
A las religiones, como a las sociedades, les ha gustado tener todo bien clarificado y establecido, para evitar sobresaltos. Detrás de todo ello, lo que se buscaba era asegurar la pervivencia y defenderse de la amenaza de la inseguridad.
Es la necesidad de seguridad la que nos lleva a ponernos en guardia frente a lo diferente y a deslegitimar a quien no reconoce nuestros propios valores.
La parábola que estamos comentando es una llamada a la tolerancia. Tolerancia no es sinónimo de “buenismo” amorfo, ni constituye tampoco la antesala del relativismo suicida. Tolerancia es respeto y valoración de la persona, por encima de discrepancias, de actitudes contrarias e incluso, según Jesús –algo que los cristianos hemos tendido y tendemos también hoy a olvidar-, de agresiones recibidas: “Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen… No juzguéis” (Mateo 5,44 y 7,1).
Si todas las parábolas de Jesús tienen a Dios como telón de fondo –en el sentido de que buscan “contarnos” cómo es-, en ésta se nos mostraría el modo de actuar de Dios (y de Jesús), en contraste con el nuestro más habitual. Un modo de actuar que es una llamada desconcertante al respeto hacia todos y que, al mismo tiempo, nos hace ver que, probablemente, el “trigo” y la “cizaña” se dan juntos en el interior de cada cual: “¿Cómo es que ves la mota en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que hay en el tuyo?” (Mateo 7,3).

¿Significa esto que “todo da igual”? No; pero el hecho de que no todo sea igual, no puede convertirse en pretexto para condenar a nadie. Entre el relativismo del “todo vale lo mismo, luego nada vale nada” y el absolutismo de quien pretender poseer la verdad, necesitamos reconocer, con toda lucidez y humildad, que el modo humano de conocer es necesariamente relativo, porque somos seres situados –en relación a un tiempo y a un espacio-, que sólo pueden ver la realidad desde una perspectiva limitada.
Únicamente el reconocimiento de esa limitación inevitable nos permitirá convivir respetuosamente en la diferencia.
Si nos ceñimos a la Iglesia, no es difícil advertir posturas muy diferentes y hasta posicionamientos enfrentados. En un momento de cambio profundo como el actual, no tendría que resultar extraña la existencia de perspectivas muy distintas, si tuviéramos en cuenta que lo único que ocurre es que están conviviendo “idiomas” diversos. Al olvidarlo, se atribuyen intenciones negativas a quien piensa de un modo distinto. Variarán los calificativos empleados –desde un ángulo, se bramará contra la “herejía”; desde otro, contra el “fundamentalismo trasnochado”-, pero en ambos casos el mecanismo es el mismo: la necesidad egoica de tener razón y el desconocimiento de que el otro está usando un “idioma” diferente al mío.
Del mismo modo que no podemos hablar sino dentro de una lengua concreta, tampoco podemos pensar sino dentro de un paradigma. Eso significa que nuestra aproximación a la realidad nunca puede ser inmediata, sino que es necesariamente mediada o filtrada por el paradigma –filtro o idioma cultural- que llevamos incorporado. Este sencillo reconocimiento nos hace más humildes y nos permite convivir en el respeto.
Niels Bohr, uno de los grandes iniciadores de la física cuántica, afirmó que “lo opuesto de una verdad profunda puede ser también otra verdad profunda”. Y para él no se trataba de una creencia o una opinión personal, sino de una constatación fruto de sus experimentos con partículas subatómicas.
También en teología, afirmaciones formalmente contradictorias pueden ser “verdaderas”, dentro del marco del “idioma” en que se pronuncian. Si somos capaces de distinguir el “idioma” de la “verdad”, y nos vamos liberando de la necesidad de nuestro ego de “tener razón”, como forma (ilusoria) de sentirse seguro, habremos dado un gran paso en la buena dirección. Pero me parece importante reconocer que siempre nos moveremos en un agudo filo, con riesgo de despeñarnos por el lado del relativismo o del absolutismo.
El relativismo gnoseológico niega la posibilidad misma de crecer en conocimiento de la verdad; según él, los “idiomas culturales” no son sino gramáticas sin sentido que no conducen a ninguna parte.
El absolutismo dogmático, en el extremo opuesto, confunde la creencia propia con la Verdad; en la práctica, vive en la presunción arrogante de que la verdad únicamente puede expresarse en su propio “idioma”, de modo que quien no hablara este idioma, estaría en el error.
Queda claro que ambas actitudes nacen del ego: la primera, de un ego despechado que, al no soportar su propia incapacidad para apresar la verdad, concluye que no existe una cosa más verdadera que otra; la segunda, de un ego inflado, que necesita creerse dueño de la verdad, para alejar la inseguridad que percibe como su mayor amenaza.
En ambos casos, se trata de mecanismos de defensa, por los que ego trata de evitar el reconocimiento de sus propios límites. Aunque es cierto que cada uno de ellos se halla más acorde con un determinado nivel de conciencia. Así, es más fácil que en el estadio mítico, el ego sea absolutista: el rasgo característico de ese estadio es el etnocentrismo, que incluye la creencia de que la verdad es la del propio grupo o raza; el “idioma” del propio pueblo no es uno más, sino el único verdadero. Sin embargo, en un nivel “racional avanzado”, como puede darse en nuestra postmodernidad, el ego tiende a volverse relativista: no niega la validez de ningún “idioma” –es la etapa del pluralismo-, pero a nada otorga valor.
Entre ambos extremos, la tolerancia a la que nos invitaba la parábola es un aprendizaje humilde, de resultados profundamente humanizadores.
Y, como el presente comentario ha girado en torno a la “verdad” y los “idiomas” en que tratamos de acercarnos a ella, me gustaría terminar con un texto sabio de Marià Corbí, director del Centro para el Estudio de las Tradiciones Religiosas (www.cetr.net), que ofrece “criterios” que podemos usar como autocrítica de nuestra propia postura y advertencia frente a nuestros propios riesgos.



“La verdad que condena no es verdad.
La verdad sólo libera.
La verdad que somete no es verdad.
La verdad sólo desata las cadenas.
La verdad que excluye no es verdad.
La verdad sólo reúne.
La verdad que se pone por encima no es verdad.
La verdad sólo sirve.
La verdad que desconoce la verdad de otros no es verdad.
La verdad es sólo reconocimiento.
La verdad que no mira a los ojos a otras verdades no es verdad.
La verdad es sólo acogimiento sin temor.
La verdad que engendra dureza no es verdad.
La verdad es sólo amabilidad y ternura.
La verdad que desune no es verdad.
La verdad sólo unifica.
La verdad que se liga a fórmulas, por escuetas que sean, no es verdad.
La verdad es sólo libre de formas.
Si la verdad se liga a fórmulas,
tiene que condenar, excluir, desunir,
tiene que ponerse por encima,
dar por falsas otras verdades.
La verdad reside en formas, pero no se liga a ellas.
Por eso, en las nuevas sociedades globales, la espiritualidad no puede pasar por creencias que se proclaman exclusivas poseedoras de la verdad”.

(M. CORBÍ, Hacia una espiritualidad laica.
Sin creencias, sin religiones, sin dioses,
Herder, Barcelona 2007, pp.321-322).


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Domingo XV Tiempo Ordinario
10 julio 2011

Evangelio de Mateo 13, 1-23

Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló mucho rato en parábolas:
— Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron.
Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó.
Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron.
El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta.
El que tenga oídos que oiga.
Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:
— ¿Por qué les hablas en parábolas?
El les contestó:
A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del Reino de los Cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías:
“Oiréis con los oídos sin entender;
miraréis con los ojos sin ver;
porque está embotado el corazón de este pueblo,
son duros de oído, han cerrado los ojos;
para no ver con los ojos, ni oír con los oídos,
ni entender con el corazón,
ni convertirse para que yo los cure”.

Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.
Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador:
Si uno escucha la palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.
Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la Palabra, sucumbe.
Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la palabra, pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril.
Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o setenta o treinta por uno.

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DIOS ES ASÍ

De los cinco grandes discursos en los que Mateo condensa el mensaje de Jesús, el tercero ocupa el capítulo 13 de su evangelio y es conocido como el “discurso parabólico”, porque en él se han reunido las parábolas del Maestro.
Se trata de siete narraciones, tomadas de la tradición y agrupadas en un solo bloque: el sembrador, la cizaña en el trigo, la mostaza, la levadura, el tesoro en el campo, el mercader de perlas y la red.
El objetivo que pretende el evangelista, en este tercer discurso, es mostrar a Jesús como maestro: de hecho, empieza el mismo insistiendo –por dos veces- en que “Jesús se sentó”: sentarse equivale a enseñar (o, en otros contextos, a juzgar: quien se “sienta” es el maestro o el juez).
Tal como ha llegado a nosotros, en el relato completo pueden distinguirse claramente tres partes: una parábola breve, una explicación más extensa y un “intermedio” en el que se intenta explicar por qué el mensaje se Jesús, el maestro, no fue acogido por el pueblo judío.
Una lectura atenta, que observa fácilmente la diferencia de estilo y de acentos, busca dar razón de cada una de esas tres partes.

De toda la narración, habría que atribuir al propio Jesús probablemente la parábola original (13,3-9), sin más explicaciones. La parábola es un relato provocativo y abierto, que espera una respuesta del propio oyente o lector.
Lo característico de la parábola parece ser un doble mensaje: el derroche del sembrador y la certeza de una cosecha sobreabundante. Por una parte, el relato muestra un interés manifiesto por subrayar el comportamiento del sembrador que, sin importarle el resultado, siembra por doquier, incluso en lugares donde se sabe que la semilla no podrá germinar, como los caminos o las zarzas…
La parábola original habla, antes que nada, de Dios como Gratuidad, Exceso y Derroche… Podemos adivinar, entre líneas, el gesto de Jesús diciendo: “Dios es así”. ¡Tantas veces lo hemos empequeñecido, al hacerlo “de los nuestros”, reduciéndolo a un gran Legislador o pervirtiéndolo con rasgos amenazadores o incluso crueles…! Dios es Donación permanente y gratuita: sólo sabe y sólo puede dar. Eso es lo que “constituye” su ser: no es un “Individuo” separado, creado a nuestra imagen; es un “Darse” permanentemente –más verbo que sustantivo-, que en todo se manifiesta.
Me gusta contar una anécdota entrañable y sabia. En una ocasión, en el grupo de catequesis, una niña preguntó a la catequista: “Señorita, ¿por qué Dios es siempre Dios, y no podemos serlo una cada semana?”. (Cuando uno ha crecido con una imagen antropomórfica de Dios, y lo imagina como un “Ser separado”, es inevitable que aparezcan interrogantes como los que plantean los adolescentes en clase de religión: “¿Y a Dios quién lo creó?; ¿cómo nació?; ¿quién le puso ese nombre?; ¿por qué lo llamamos así?...”). Pues bien, aquella catequista, tras el “susto” inicial, contestó a la niña: “El día en que tú seas amor, y nada más que amor, serás Dios”. No podía haber dado una respuesta mejor. Dios es “ser-donación” –todos nuestros conceptos y palabras se quedan irremediablemente muy pobres-, Dinamismo sabio, luminoso y amoroso, Fuente de todo lo que es y en quien somos, sin ninguna distancia, separación ni costura.
Este es, a mi parecer, el Dios del que habla Jesús. Un Dios que es “siembra” permanente: ésta es la Buena Noticia, el “evangelio” del Maestro de Nazaret.

El segundo rasgo que acentúa la parábola es sólo una consecuencia: el fruto terminará siendo también un exceso. Para una tierra como Palestina, en la que, por entonces, una cosecha del siete por uno era considerada excelente, hablar de un rendimiento del treinta, sesenta o cien, equivalía a desbordar la previsión más optimista, una “exageración” conscientemente provocativa.
Para que eso se dé –parece concluir la parábola-, sólo hace falta “oír”: “el que tenga oídos, que oiga”. Hace falta abrir los ojos, caer en la cuenta… Tomar un poco de distancia de nuestra mente, venir al presente… y reconocer la Quietud y el Misterio de todo lo que es.
Es indudable que, dentro de cada uno de nosotros, sigue habiendo “caminos” endurecidos, “terrenos pedregosos” con apenas fondo, “zarzas” asfixiantes y reductoras… Empecemos por reconocerlo y aceptarlo, reconciliémonos con toda nuestra realidad interior, abrazándola con humildad. De ese modo, al crecer en unificación –integrando también los aspectos más oscuros y vulnerables de nuestra propia sombra-, se estará disponiendo un buen “humus”, la “tierra buena” –que no está hecha de perfeccionismos, sino de humildad-, en la que la semilla brotará por sí misma.

En la tercera parte de su relato (13,18-23), lo que hace Mateo es “aplicar” la parábola a la situación de su propia comunidad. De este modo, se modifica en cierto sentido el acento: de ser prioritariamente “buena noticia”, anuncio gozoso de la Realidad de Dios y afirmación de confianza incondicional, se transforma en “exhortación moral” dirigida a cada discípulo.
Este modo de hacer, no sólo es legítimo, sino que resulta imprescindible cuando una persona o comunidad trata de “aplicarse” a sí misma una determinada enseñanza. Pero me parece importante no olvidar que eso tiene un “coste”: la parábola se transforma en alegoría, desplazando el sentido original, que nunca deberíamos olvidar.

Finalmente, la segunda parte (13,10-17) constituye una especie de “intermedio”, en el que se aborda una cuestión candente para una comunidad judeocristiana, como la de Mateo: ¿Cómo es posible que nuestro propio pueblo, el “pueblo elegido”, pueblo de las promesas de Dios, no haya aceptado a Jesús? Sin duda, fue uno de los mayores enigmas para aquellas primeras comunidades.
En búsqueda de una respuesta, encontraron, entre otros, el texto de Isaías 6,9-10, que cita expresamente Mateo. Usando un recurso familiar en toda la tradición bíblica –“miran y no ven; oyen y no entienden; tienen el corazón endurecido”-, se achaca al “endurecimiento” del propio pueblo su incapacidad para acoger el evangelio.
Y ahí se introduce un dicho usual en la época: “Al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene”. Más allá del significado original de esas palabras, en una cultura diferente a la nuestra, para nosotros encierran una sabiduría, que se convierte en invitación a estar atentos.
El “Exceso” o “Derroche” de todo lo que es nos alcanzará en la medida en que nos abramos a él. En tanto en cuando nos abrimos a la verdad de quienes somos, más allá de las “etiquetas” y “sueños” de nuestra mente, percibiremos la sobreabundancia del Misterio (“tendremos de sobra”). Si, por el contrario, permanecemos recluidos en la identificación con nuestro ego, será irremediable que notemos cómo, día a día, se empobrece nuestra existencia.
De ese modo, para concluir, me parece ver en todo el relato la proclamación de una Buena Noticia que se convierte en Invitación vital: todo está ya; sólo necesitamos “verlo”. Ven al presente, acalla la mente y reconoce quién eres, cuando no te “piensas”.
Venimos de un pasado que había reducido nuestra identidad a la mente (“pienso, luego existo”, según la fórmula acuñada por el padre de la filosofía moderna). Necesitamos experimentar que no todo acaba ahí: ¡hay vida después de la mente! Más allá del pensamiento – aunque, evidentemente, asumida e integrada la razón crítica como uno de los grandes regalos de la modernidad, que nos previene contra la irracionalidad-, se halla un “No-lugar” –más allá de los “mapas”, el “Territorio”-, que constituye nuestra verdadera identidad.

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Domingo XIV Tiempo Ordinario
3 julio 2011

Evangelio de Mateo 11, 25-30

En aquel tiempo, Jesús exclamó:
Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla.
Sí, Padre, así te ha parecido mejor.
Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré.
Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso.
Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

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COMPRENSIÓN, GOZO Y COMPASIÓN

Parece ser que la gratitud, junto con el amor, es uno de los sentimientos más terapéuticos: nos centra, nos resitúa, nos esponja, nos abre a dimensiones de infinito, sacándonos de mecanismos egocentrados, que nos hacen girar sobre nosotros mismos de un modo enfermizo y enfermante.
La gratitud está íntimamente relacionada con la capacidad de “ver”. Sabemos que nuestros estados de ánimo van a depender de aquello en lo que, consciente o inconscientemente, pongamos o detengamos nuestra atención. Si dejo que mi atención gire en torno a una preocupación, me veré metido en una rueda de preocupación creciente, que contaminará toda mi persona.
Experimentos recientes en el campo de la neurociencia nos dicen que nuestro cerebro reacciona del mismo modo ante un peligro real que ante un peligro “pensado” o imaginado. Si dejamos que nuestra mente se “entretenga” en pensamientos erráticos, o simplemente no observados, nos veremos abocados a estados de ánimo que terminarán manejando nuestra vida a su antojo.
Las conclusiones que se derivan de todo esto son tan sencillas de formular como decisivas en los efectos que producen. Dicho en negativo, podría formulares de este modo: el runruneo mental constituye nuestro peor enemigo. Dicho en positivo: la atención –como dijera el maestro Gurdjieff- “es la moneda más valiosa que tengo para pagar mi libertad interior”.
Si realmente queremos ser dueños de nuestra vida y de nuestros estados anímicos, necesitamos educar nuestra atención. Ello requiere ejercitarnos por estar cada vez más en el momento presente, o volver a él en cuanto detectamos que nos hemos alejado. Requiere también adiestrarnos en observar nuestra mente, y ser capaces de reconocer el punto en el que se ha extraviado, para “regresar” de nuevo a la presencia y a la conciencia de nuestra verdadera identidad (que no es la mental).
Una atención adiestrada –en la práctica diaria y en momentos específicos de silencio o de meditación- nos capacita para ser dueños de nuestra mente –de nuestros pensamientos, sentimientos y emociones- y, de ese modo, nos mantiene “despiertos” para “ver” ajustadamente la realidad.
Una mente errática da como resultado una visión errada de lo real: todo es juzgado y valorado según la medida del ego y las etiquetas que él mismo establece sobre las cosas: “me agrada / no me agrada”. Desde una mirada de este tipo –tan egocentrada como inestable, porque todo está sometido al cambio-, es muy difícil vivir en gratitud profunda.
Por el contrario, al tomar distancia de la mente y situarnos como dueños de ella, accedemos, simultáneamente, al presente y a nuestra verdadera identidad: no somos los pensamientos, sino la conciencia en la que aparecen. Nuestra identidad no se ve afectada por lo que pueda ocurrir; constituye un “lugar” de calma y de gozo estable –que no está reñido con la presencia de “olas” superficiales de todo tipo-, del que brota espontánea la gratitud y la alabanza.
Es probable que, en determinados momentos, todos hayamos experimentado lo que es esa sensación de gozo suave y profundo que nos ocupa por completo hasta sobrecogernos de un modo inexpresable, y que necesita traducirse en exclamación, en canto o en poesía…, o en Silencio sostenido.

Algo de eso debió vivir Jesús, tal como se nos narra en este texto del evangelio de Mateo. Es una exclamación de gratitud porque “ha visto” que, pese a todo, “todo está bien”.
En el contexto del evangelio, parece claro que los “sabios y entendidos” son los escribas –teólogos oficiales- y la autoridad religiosa, que creen “saber” todo sobre Dios. Su mente está tan llena de conceptos, que eso mismo les impide abrirse a la novedad de lo que Jesús propone.
Sin vaciamiento de nuestros conceptos (también religiosos), no podremos ser “sencillos” ni acoger la “sabiduría de Dios” que siempre nos sorprende, porque siempre es “nueva”. Encerrados en conceptos que repetimos mecánicamente, hemos construido una jaula en la que terminamos atrapados…, convencidos de que la “verdad” y la misma “vida” se hallan en ellos.
Vaciarse de los conceptos significa, de nuevo, tomar distancia de la mente. Reconocerla en lo que es –una preciosa y valiosísima herramienta a nuestro servicio-, pero sin reducirnos a ella. Cuando somos capaces de pararla –aunque sólo sea un segundo-, ¿qué queda? Silencio, Quietud, Presencia…, Nada, una nada a la que nada le falta: es la Plenitud. Esta es nuestra identidad más profunda.
Se cuenta de hombre muy erudito y buscador, que fue al encuentro de un maestro zen, que lo recibió amablemente. Durante mucho tiempo, el visitante le estuvo exponiendo su recorrido de estudios y de búsquedas, así como su afán de encontrar finalmente la verdad. Después de escucharlo pacientemente durante todo ese tiempo, el maestro se levantó, trajo de la cocina el servicio de té y sirvió a su huésped una taza humeante llena hasta el borde. Pero inmediatamente, y para sorpresa de su interlocutor, tomó la tetera y continuó vertiendo té a la taza. “¿Qué hace?”, le preguntó el visitante, señalando todo el té derramado sobre la mesa. “Usted es como esta taza –le contestó el maestro-; está tan lleno, que ya no le cabe más. Tendrá que empezar por vaciarse”.

Al hablar de la “gente sencilla”, Jesús se está refiriendo precisamente a quienes eran despreciados o desvalorizados por la autoridad religiosa, debido a su pobreza, su enfermedad o su analfabetismo; es decir, a todos aquellos que formaban el círculo habitual del maestro de Nazaret. Este debió quedar extasiado ante el modo como todas aquellas personas marginadas –social y religiosamente- conectaban con su mensaje. Y ése fue uno de los motivos de su explosión de alabanza.
Por el contrario, quienes creían saber todo sobre Dios, delimitados por sus creencias, se incapacitaban para “ver”: su propia “ortodoxia doctrinal” les “ocultaba” la buena noticia.

Pero a continuación, el texto nos hace ver una dimensión todavía más honda, si cabe, del gozo de Jesús: la experiencia de su verdadera identidad, no-separada del Padre. Jesús “vio” quién era: es imposible “ver” lo que somos, aunque sea en un mínimo instante, y no “explotar” de alegría. Porque lo que somos, en esa no-separación con Dios, es precisamente Gozo.
Desde una lectura mental –y, en parte, mítica-, hemos pensado que Jesús se refería a una relación “única” entre él y el Padre. En un “idioma dual” –propio de la mente-, no había posibilidad de leerlo de otro modo. Sin embargo, desde un “idioma” no-dual, venimos a reconocer que aquello que Jesús afirma de sí es real para todos nosotros… La única diferencia es que nosotros no lo hayamos visto, o no con tanta claridad como él lo vio y lo vivió. Porque lo vio, es el “revelador”, haciéndonos caer en la cuenta de que nos hallamos en una “Identidad compartida”, en la Unidad no-dual que somos, donde no caben comparaciones ni exclusiones: todos formamos un “tapiz” admirable, una Red sin costuras, en la que, afirmando las diferencias, las reconocemos dentro de una Unidad más profunda que, constituyéndolas, las integra.

Y la Comprensión y el Gozo –siempre es así, cuando son auténticos- se transforman en Compasión: “Venid a mí…”. Quien ha “visto” se convierte en “alivio” y en “descanso” para los demás.
Durante veinte siglos, estas palabras han procurado consuelo a infinidad de personas, que se han acercado a Jesús y lo han acogido en su corazón. Acercarnos a él, es conectar con el Descanso que forma parte de nuestra identidad más honda –la identidad compartida-, pero que en él puede percibirse de un modo patente. Creer en Jesús, adherirse a él, nos pone en contacto con el Misterio último de lo Real (el “Padre”, en su lenguaje), la Mismidad de todo lo que es.
Esto explica también que, del mismo modo que los cristianos lo percibimos en Jesús, a otras personas pertenecientes a otras religiones les llegue a través de otros “cauces”. Se trata siempre del mismo y único Misterio, reflejado en “mil rostros”, en la belleza de la No-dualidad en la que, por fin, cesan todos los motivos de comparación y de rivalidad. Si todos constituimos una “identidad compartida”, ¿qué sentido tienen las comparaciones?
Para terminar, siento que todo esto encaja admirablemente con la afirmación que Jesús hace de sí mismo: “Manso y humilde de corazón” es quien se vive a distancia de su ego, no identificado con él. Y esto, no por algún tipo de voluntarismo, sino porque “ha visto” la Verdad de quien es.

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Fiesta del “Corpus Christi”
26 junio 2011

Evangelio de Juan 6, 51-58

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
— Yo soy el pan que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.
Disputaban entonces los judíos entre sí:
— ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?
Entonces Jesús les dijo:
— Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.

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EUCARISTÍA, INJUSTICIA PLANETARIA Y CONCIENCIA DE UNIDAD

El autor del cuarto evangelio presenta a Jesús como alimento del pueblo, usando dos imágenes tomadas del libro del Éxodo: el pan (maná) y la carne (cordero pascual).
Esto explica que, en el capítulo 6, encontremos en realidad dos discursos: el del “pan de vida” (6,33-50) y el de la “eucaristía” (6,51-58).
El autor utiliza el término sarx (carne) y no soma (cuerpo), como si quisiera establecer un vínculo claro entre la eucaristía y la encarnación.
“Comer su carne” significa aceptar su persona plenamente. Si bien, como en las religiones de misterios, se puede aludir a la necesidad de “comer” la divinidad, en el marco de la liturgia, para así lograr la salvación.
De modo que la eucaristía tiene un doble trasfondo: por un lado, la experiencia del Éxodo, donde el pueblo fue alimentado “milagrosamente” con el maná. A su luz, el autor subraya que, a diferencia de aquel alimento que no impidió la muerte de quienes lo comieron, el que coma de éste vivirá para siempre.
Por otro lado, la “comida sagrada” de los cultos mistéricos, por la que el fiel se unía personalmente con el dios.
En la unión de las imágenes del maná y de la carne del cordero pascual, el autor del evangelio presenta la eucaristía como “alimento” de los creyentes y como “comunión” (a nivel físico) con la misma persona de Jesús.

Durante siglos, la doctrina de la Iglesia ha enseñado que, en la consagración, se hacía presente la propia carne y sangre de Cristo (transubstanciación), que los fieles comulgaban.
En cierto sentido puede decirse que esa doctrina insistió en la presencia corporal o física de Cristo en el pan y en vino consagrados, desde su interés manifiesto por asegurar la presencia real. En aquella mentalidad mítica, eso no creaba más problemas y, ciertamente, era el modo más eficaz de sostener la certeza.
Desde nuestra perspectiva, se ha producido un doble cambio. En primer lugar, no necesitamos afirmar la forma física para sostener la presencia real de Jesús en la eucaristía. Y, en segundo lugar, desde un modelo no-dual, aun reconociendo el valor propio de la eucaristía, en su propio nivel, vemos con claridad que, dado que nada se halla separado de nada, no hay nada que no sea “cuerpo de Cristo”.
Eso significa que, cuando en la eucaristía, se pronuncian las palabras de Jesús: “Esto es mi cuerpo” (probablemente, él habría dicho: Esto soy yo), lo que hacemos es reconocer que todo es su cuerpo, en la no-dualidad que somos.
Desde este punto de vista, es cierto que cae la doctrina “tradicional”, en cuanto era un modo concreto y relativo de afirmar el misterio eucarístico, pero se enriquece infinitamente el contenido. La eucaristía deja de ser un rito particular, perteneciente a una religión, para verse como la celebración de una presencia en la que todos nos reconocemos. Una vez más, Jesús es el espejo en el que vemos lo que somos.

En el texto que venimos comentando, la eucaristía aparece prioritariamente vinculada a dos realidades: a la vida y a la unidad con Jesús.
De una forma u otra, como sustantivo o como verbo, el término vida o vivir aparece ocho veces en esas pocas líneas. De eso se trata: de vivir en plenitud. No es nada nuevo. El lector del cuarto evangelio sabe que ésa es la misión de Jesús: “que tengan vida y vida en abundancia” (evangelio de Juan 10,10).
Pero “vivir” no significa perpetuar el yo, sino experimentar que la Vida es nuestra identidad más profunda. Por eso, tampoco consiste en algo mágico: como si quien comiera el pan consagrado se “asegurara” la vida. Cuando accedemos a la experiencia que vivió Jesús, caemos en la cuenta –como él- de que somos Vida, una vida que no muere jamás. Desaparecen, se modifican, mueren las formas que palpamos y tenemos; permanece la Vida que somos.
Eso se produce simultáneamente a la experiencia de sabernos y sentirnos uno con Jesús y con el Padre, habitando (morando) en ellos, en la Unidad sin costuras que somos.
La expresión “vivir (morar) en Cristo” es típica de Juan: se trata de una fórmula para indicar la unidad entre el Padre y el Hijo (10,38; 14,10-11), entre Cristo y el creyente (6,56; 15,4-10), entre el Padre, el Hijo y el creyente (17,21-23).
Como decía, esa doble experiencia ocurre a la vez: nos experimentamos, al mismo tiempo, como Vida y como Unidad. Hemos visto nuestra Identidad profunda, que es una Identidad compartida.

En esta jornada del “Corpus Christi”, la Iglesia celebra también el “Día Mundial de la Caridad”. A pesar de lo raquítico que parece dedicar “un día” a una cuestión que debería ocuparnos los 365 días del año, la fecha está bien elegida. Caridad es otro nombre de Unidad. El amor y la compasión brotan de la comprensión de quienes somos.
Al experimentar nuestra Identidad, duelen más las terribles diferencias que hemos llegado a establecer entre nosotros en el reparto de los bienes de la tierra. Nos hallamos, tanto a nivel individual como colectivo, en el apogeo del yo, que lo quiere todo para sí y nunca tiene bastante. La apropiación y la insatisfacción son sus notas características. El es el que bloquea el amor y nos mantiene atrapados en esta estructura socioeconómica tan injusta.
No sorprende que quienes “han visto”, sean más lúcidos de las trampas en las que, como en una cadena, el ego nos atrapa. En el precioso librito “Sabiduría de un pobre”, en el que el franciscano Eloi Leclerc narra, con tanta finura como sabiduría y hasta encanto, la crisis que sufrió Francisco de Asís, se afirma que

“allí donde cada uno se esfuerza en hacerse un haber ya se ha acabado la verdadera comunidad de hermanos y amigos. Y que no se podrá nunca hacer que el hombre que tiene algunos bienes a la vista no tome espontáneamente una actitud defensiva respecto a los otros hombres. Es eso lo que [Francisco] había explicado en otro tiempo al obispo de Asís, que se asombraba de la excesiva pobreza de los hermanos.
— «Señor obispo –le había dicho entonces-, si tenemos posesiones, nos harán falta armas para defenderlas».
El obispo lo había comprendido. Lo sabía por experiencia. Demasiado a menudo entonces los hombres de Iglesia tenían que hacerse hombres de armas para defender sus bienes”. (Eloi LECLERC, Sabiduría de un pobre, Marova, Barcelona 121992, p.59).

Necesitamos mucha lucidez, para que no nos ocurra como al asceta indio del siguiente cuento, que recoge Eugene DREWERMANN, en Sendas de salvación, Desclée de Brouwer, Bilbao 2010, p.106:

Había una vez un asceta indio que acudió a una buena escuela y aprendió lo poco que necesita el que lleva la humilde vida de los monjes. Tras terminar su formación, regresó al mundo. Pasado un tiempo, advirtió que por la noche, mientras dormía, los ratones se comían su taparrabos.
Para conservar su taparrabos, mendigó un gato que ahuyentara a los ratones. Pero el gato necesitaba leche, así que mendigó leche para el gato que expulsaba a los ratones que se comían su taparrabos. Con todo, resultaba demasiado fatigoso mendigar a diario leche para el gato.
El asceta cayó en la cuenta de que sería mucho más ventajoso mendigar una vaca que le diera la leche que necesitaba pata alimentar al gato que asustaba a los ratones que roían su taparrabos. Pero como las vacas necesitan mucho alimento, también tendría que mendigarlo.
Era más práctico mendigar una pradera para que pastara la vaca que daría la leche que necesitaba el gato que espantaba a los ratones que se comían su taparrabos.
Después necesitó gente que cuidara de su pradera, y comida y alojamiento para las personas que trabajaban en ella. También necesitó hombres que mantuvieran el orden en la casa en la que trabajaban las personas que cuidaban la pradera… Así pasó el tiempo.
Un día su maestro decidió hacerle una visita, y lo que vio lo dejó boquiabierto. «Pero, ¿qué has hecho con tu vida?», le preguntó. «Maestro, le explicó el discípulo, no te lo vas a creer: éste es el único modo que había de conservar mi taparrabos».

Así es. El mecanismo de la justificación puede introducirnos en una interminable espiral egocéntrica…, haciéndonos creer que no buscamos sino conservar el “taparrabos”.
Hemos dicho muchas veces que una de las características más destacadas del ego es la insatisfacción. Cuando el ego tiene mucho poder, la codicia y la ambición pueden llegar a extremos inimaginables.
«“Todo para nosotros y nada para los demás” parece haber sido la ruin máxima de los amos de la humanidad en las diversas épocas de la historia». Esta frase no es de Karl Marx ni de un izquierdista radical, sino del padre de la economía líberal, Adam Smith, y aparece en su obra más famosa La riqueza de las naciones, escrita en 1776.
Ese ego insaciable, dejado a su arbitrio, sin una “regulación” adecuada de los medios a su alcance, es quien nos ha conducido y nos mantiene en esta aguda crisis que, como siempre, pagan más quienes menos tienen, y la soportan quienes no la han provocado.
Os sugiero una lectura: Susan GEORGE, Sus crisis, nuestras soluciones, Icaria / Intermón Oxfam, Barcelona 2010 (3ª edición), 271 pags., 19 €.
Presidenta de honor de ATTAC y líder del movimiento altermundista, la autora se propone explicar, en ese libro, cómo y por qué caímos en el caos actual, y cómo podemos salir de él para el bien del planeta y de todos sus habitantes. Escribe este libro porque confiesa estar “enfadada, perpleja y asustada”. Y ofrece un diagnóstico lúcido (…y despiadado, hasta el punto de conseguir que el propio lector acabe también enfadado, perplejo y asustado), así como unas propuestas bien fundamentadas.

En la misma línea, me parece lúcido también el texto de J.I. González Faus, titulado Alí Babá y los cuarenta mercados, y que se puede encontrar en:
http://blogs.periodistadigital.com/miradas-cristianas.php/2011/01/13/ali-baba-y-los-cuarenta-mercados-1

Necesitamos crecer, a la vez, en comprensión de lo que nos está ocurriendo (de lo que estamos haciendo) y en conciencia de quienes realmente somos. Sólo una transformación de la conciencia hará posible la transformación eficaz de nuestros comportamientos.

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Fiesta de la Trinidad
19 junio 2011

Evangelio de Juan 3, 16-18

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:
— Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.
Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él, no será condenado; el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

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TRINIDAD, LA NO-DUALIDAD QUE TODO LO ABRAZA

Suele decirse que el tres es el número de la Divinidad; sumado al cuatro, el número de la humanidad, del cosmos, se obtiene el siete, la cifra de la plenitud.
En esa misma línea, podría verse el tres como el símbolo de la No-dualidad. No es el uno (monismo o panteísmo) ni el dos (dualismo fragmentador), sino el tres que, sin embargo, no deja de ser uno (ésa es la afirmación cristiana sobre la Trinidad). Desde aquí podría hacerse una aproximación al misterio de la Trinidad como la No-dualidad que todo lo abraza.

En el Nuevo Testamento, se habla del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo –como, por ejemplo, en la fórmula bautismal que se recoge al final del evangelio de Mateo (28,19)-, pero nunca se detienen a tratar de “explicar” el Misterio; más aún, da la impresión de que no les creaba ninguna dificultad. El “Padre”, el “Señor Jesús” y el “Espíritu” constituían sus referencias, sin necesidad de entender mentalmente la relación entre ellos o sus “procesiones internas”, como diría la teología posterior. Ni Jesús ni el Nuevo Testamento dicen absolutamente nada sobre un supuesto “dogma fundamental”, según el cual “tres personas” (hipóstasis) tienen “una única naturaleza divina”. Este tipo de elucubraciones posteriores, aunque hechas con la mejor intención, más que ayudar a la experiencia espiritual, no pueden sino provocar división –todas las formulaciones mentales son sumamente limitadas y relativas- y, a la larga, generar ateísmo, en quienes, lúcidamente, se nieguen a creer en un Dios así objetivado por nuestro razonamiento.
Por lo que se refiere a la historia, la palabra griega trias aparece por primera vez en el siglo II (en el apologista Teófilo); el primero en usar el término latino trinitas es Tertuliano, en el siglo III; y la doctrina clásica de la Trinidad –“una naturaleza divina en tres personas”- no aparece hasta finales del siglo IV. Más aún, la festividad de la Trinidad no fue declarada obligatoria hasta el año 1334.

La liturgia de este día nos ofrece un texto breve del cuarto evangelio, en el que se presenta a Dios como amor –tal como se afirmará en la primera Carta de Juan: “Dios es amor” (1 Jn 4,8)-. Dios es amor al mundo y su único deseo es la “vida eterna” o vida en plenitud.
El texto parece recrearse en insistir que Dios no condena a nadie (¿a qué se debe que la autoridad religiosa sea tan dada a condenar a quienes discrepan?). Se “condena” a sí mismo el que se niega a ver.
En aquella perspectiva mítica, la condena –perder la vida- se veía como consecuencia de no creer en Jesús. Mientras la Iglesia ha permanecido en esa perspectiva, ha afirmado que la creencia estaba ligada al conocimiento y a la fe en la persona de Jesús de Nazaret, hasta el punto de decir: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”. La lectura literal y mítica del texto no permitía otra conclusión.
Sin embargo, en cuanto tomamos conciencia de que se trataba únicamente de una perspectiva, percibimos que su significado es mucho más profundo. “Creer” en Jesús no significa un asentimiento mental a su persona, que requiere, en todo caso, un conocimiento previo de él. Se comprende que lo vieran así sus discípulos, porque los humanos tendemos a absolutizar siempre “lo nuestro”.
“Creer” en el “Hijo único de Dios” significa reconocer nuestra Identidad profunda –eso es lo que vio y vivió Jesús-, porque en ello se juega precisamente nuestra salvación. Mientras permanecemos identificados y reducidos al yo, estamos “condenados” a la confusión y al sufrimiento; para alcanzar la “salvación” y experimentar la Vida, se requiere liberarse de aquella identificación, es decir, caer en la cuenta de quienes realmente somos: “hijos en el Hijo”, el “Hijo único de Dios”.
A partir de esa comprensión, al vivirnos conscientemente conectados a la Fuente, anclados en la Identidad última, salimos de la ignorancia, para vivir en la luz y en el amor. Esto es lo que vivió Jesús; “cree” en él quien lo vive.

De este modo, sin “reducir” a Jesús, hemos dado el paso de la religión (exclusiva) a la espiritualidad (inclusiva). Sólo así el llamado “diálogo interreligioso” es posible y enriquecedor.
Más aún, al celebrar la Trinidad, estamos celebrando el núcleo mismo de la espiritualidad más genuina: la No-dualidad. Más allá del mundo de las formas y, por tanto, de las polaridades y de las antinomias, existe “otro” nivel en el que todo está bien. Esto no significa una devaluación de las formas ni, mucho menos, la afirmación de otro dualismo: las formas son el rostro “visible” –la otra cara- del Misterio. Pero esa nueva comprensión nos permite ver la Belleza y la Armonía de todo lo que es…, más allá de las etiquetas que nuestra mente pueda ponerle. Como dice el libro del Génesis, “vio Dios todo cuanto había hecho, y era muy bueno” (1,31).
En esa dimensión profunda, que escapa a nuestra mente, percibimos la Sabiduría que, trascendiendo absolutamente el razonamiento mental y la percepción egoica, nos asegura que todo está bien. Es algo similar a lo que nos sucede cuando nos despertamos por la mañana y recordamos en sueño que nos había agitado durante la noche.

Situados en esa sabiduría es cuando podemos comprender que “lo que viene, conviene”. Leído desde la mente, este principio no puede interpretarse sino como resignación. Pero estamos hablando de un nivel diferente que hace que, en lugar de resignación, sea sabiduría. De hecho, la persona que se encuentra en él es cualquier cosa menos “resignada”. Se rinde a lo que es –lo contrario es tan agotador como absurdo-, pero a través de ella fluye siempre el movimiento adecuado, porque nace de la misma Sabiduría (de Dios).
Por eso, quiero terminar este comentario, en el día en que celebramos la fiesta de la No-dualidad, en la que todo se abraza, trascribiendo las “cuatro leyes espirituales”, que ha popularizado el maestro hindú Sa¡ Baba. Son éstas:


LAS “CUATRO LEYES” ESPIRITUALES

1. "La persona que llega es la persona correcta"

Nadie llega a nuestras vidas por casualidad: todas las personas que nos rodean, que interactúan con nosotros, están allí por algo, para hacernos aprender y avanzar en cada situación.


2. "Lo que sucede es la única cosa que podía haber sucedido"

Nada, absolutamente nada, de lo que nos sucede en nuestras vidas podría haber sido de otra manera. Ni siquiera el detalle más insignificante. No existe el: "si hubiera hecho tal cosa...hubiera sucedido tal otra...". No. Lo que pasó fue lo único que pudo haber pasado, y tuvo que haber sido así para que aprendamos esa lección y sigamos adelante. Todas y cada una de las situaciones que nos suceden en nuestras vidas son perfectas, aunque nuestra mente y nuestro ego se resistan y no quieran aceptarlo.


3. "En cualquier momento que algo comience, ése es el momento correcto"

Todo comienza en el momento indicado, ni antes, ni después. Cuando estamos preparados para que algo nuevo empiece en nuestras vidas, es entonces cuando comenzará.


4. "Cuando algo termina, termina"

Simplemente así. Si algo terminó en nuestras vidas, es para nuestra evolución; por lo tanto es mejor dejarlo, seguir adelante y avanzar ya enriquecidos con esa experiencia.


Por eso, es sabio quien, más que etiquetar cada acontecimiento o circunstancia como “agradable” o “desagradable”, recibe todo lo que le ocurre como una oportunidad para aprender…, sin perder nunca el “contacto” con su Identidad más profunda, aquélla que se halla a salvo de la impermanencia y de los vaivenes mentales; aquélla que, como diría el propio Jesús, “está inscrita en el cielo” (evangelio de Lucas 10,20).

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Domingo II de Pascua
1 mayo 2011

Evangelio de Juan 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
— Paz a vosotros.
Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
— Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
— Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
— Hemos visto al Señor.
Pero él les contestó:
— Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
— Paz a vosotros.
Luego dijo a Tomás:
— Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
Contestó Tomás:
— ¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo:
— ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

******

CREER Y VER

Si en el cuarto evangelio, todos los personajes que aparecen son representativos, Tomás es símbolo de aquellos discípulos que tenían (tienen) dificultades o se resistían (resisten) a creer en la resurrección de Jesús. Pensando en ellos, el autor del evangelio ha construido una catequesis, que gira en torno a dos cuestiones centrales: la afirmación de fe de Tomás y la bienaventuranza que pone en boca de Jesús.
Empecemos por el final: “Dichosos los que creen sin haber visto”. En el cuarto evangelio, el tema de “creer” –que aparece unido a “nacer de nuevo”- presenta una especial relevancia y remite a algo paradójico: No se trata de “ver” para poder “creer”, sino justo al revés: sólo cuando se “cree”, se “ve”.
Aunque de entrada pueda sonar extraña, en realidad esa paradoja responde ajustadamente a lo que es la condición humana. Si sabemos que “creer” significa “confiar”, caeremos en la cuenta de que el niño, antes de “saber”, confía… Y sobre esa confianza se empieza a construir su personalidad.
¿Qué significa, pues, “creer” o “confiar”? Aquí está la clave de toda esta cuestión. Se trata de acceder a un estadio de conciencia donde la confianza resplandece, porque descubres que, en ese nivel, todo está bien. Acalla la mente y su vagabundeo errático, silencia el ego y su cúmulo de deseos, y emergerá la Quietud, el estado de Presencia, caracterizado por la Confianza y la Certeza: es justo ahí cuando empiezas a “ver” o a comprender.
Esa es precisamente la bienaventuranza: se proclama felices o dichosos a quienes, trascendiendo la mente y el yo, experimentan la confianza radical, en ese estado que permite “ver”.
De este modo, parece que el autor del evangelio buscaba motivar a los cristianos de la segunda generación para que acogieran la fe en la resurrección y, de ese modo, llegaran a la profesión de fe cristiana: “Señor mío y Dios mío”. Porque es ahí –viene a decir- donde se juega la fe, no en el hecho de haber tocado o no las llagas del resucitado.
Lo que se percibe y vive en ese nivel –trascendida la mente y el yo- es Paz y Perdón. Ahí se ha dejado el reino del ego y se es introducido en el reino del Espíritu. No es extraño que sean precisamente ésas las palabras del resucitado.

Por lo demás, el resto del relato no parece ser sino una escenificación que pretendía mostrar el objetivo enunciado.
Se sitúan las apariciones, tanto la primera como la segunda, en domingo –“el día del Señor”- y en el contexto de la celebración de la Eucaristía. Con lo que el autor transmite también otro mensaje: la eucaristía –o “fracción del pan”, o “cena del Señor”- es el “lugar” idóneo para experimentar al resucitado; y quien no participa de ella, pierde la posibilidad de verlo. Pero no por un motivo mágico –como si de un premio se tratara-, sino porque la eucaristía es la celebración de la Unidad de todo.
Se menciona de un modo expreso el miedo de los discípulos. Si tenemos en cuenta que este evangelio no se escribe antes del año 100, no sabemos si esa mención obedece a un recuerdo histórico –en el contexto de alguna persecución de que fueran objeto los discípulos de Jesús por parte de los judíos-, o quiere mostrar sencillamente el estado de ánimo del grupo antes del “encuentro” con el resucitado, o incluso si sólo es un pretexto para decir que las puertas estaban “cerradas” y, aun a pesar de ello, Jesús se hace presente.
El mensaje puesto en boca del resucitado es siempre un mensaje de Paz. De hecho, lo había sido a lo largo de toda la vida del Maestro, a pesar de haber vivido en un conflicto casi permanente. En medio del conflicto, Jesús fue paz.
La paz es hermana de la confianza. Al acallar la mente –cuando dices “¡párate!”-, aparece lo que siempre hay: Quietud (otro nombre de la paz). Y simultáneamente, Confianza que brota al apercibir que, en ese “lugar”, en el Silencio que está oculto detrás de tantos ruidos de todo tipo, todo está bien. La confianza y la paz se hermanan en una sensación de Gozo sereno y desapropiado, que no está reñido con que, a nivel superficial, aparezcan alegrías o tristezas efímeras.
Quien experimenta esto, se siente “enviado”, tal como señala el mismo texto. No a hacer proselitismo ni porque se crea en posesión de la verdad. Es algo mucho más hondo, gratuito y desapropiado. Sentirse “enviado” es, sencillamente, reconocerse como “cauce” a través del cual la Vida se expresa. Por eso mismo, no hay apropiación ni expectativas; se deja que la Vida sea. Por eso, en este sentido en el que lo estamos planteando, únicamente puede sentirse “enviado” quien ha dejado de identificarse con su yo, se ha desprendido del ego. El yo no puede nunca vivir como “enviado”, aunque lo proclame, porque su característica es vivir egocentrado, justo lo opuesto a ser cauce.
Tanto la paz como el envío y el perdón, que se nombrará más adelante, nacen –es otra forma de decirlo- de experimentarse llenos del Espíritu. En el Silencio de la mente, en la Quietud de la Presencia, en la desapropiación del yo, lo que queda es Espíritu… Y eso que queda es, justamente, nuestra identidad más profunda.
Pierre Teilhard de Chardin decía que “no somos seres humanos que vivimos una aventura espiritual, sino seres espirituales viviendo una aventura humana”. Mientras estamos identificados con el yo, convencidos de que eso es nuestra identidad última, si somos personas religiosas, vemos el Espíritu como alguien “exterior” o, al menos, separado, de quien vendría la fuerza a nuestro pequeño yo.
Al despertar, todo se modifica. Venimos a descubrir que somos el Espíritu, que se está expresando en una forma concreta, la de cada yo particular. En lo concreto, no se trata, por tanto, de acudir al Espíritu para que venga en auxilio de mi pequeño yo, sino de no olvidar nunca más que “soy” el Espíritu viviéndose en una particular forma humana.
He entrecomillado la palabra “soy”, porque el sujeto de la misma no es mi pequeño yo -¡eso sí que sería el colmo de la inflación egoica!-, sino el mismo Espíritu que habla a través de esta forma.
Es precisamente en este cambio en la percepción de nuestra identidad donde se juega el “salto” que parece anunciarse en la humanidad. Un salto decisivo que habrá de llevarnos de vivir egocentrados –girando únicamente en torno a nuestros pequeños intereses, sean individuales o colectivos- a experimentarnos como una única Identidad compartida en la que, en cada ser, nos reconocemos a nosotros mismos. Esto no es otra cosa que la vivencia de la No-dualidad: las diferencias están, pero dentro de una no-separación o Unidad radical.
Es también a partir de ahí como se modifica tanto la percepción como el comportamiento. ¿Cómo me dirigiré al otro, a quien reconozco como el Espíritu, el mismo Espíritu que “yo” soy en mi identidad más profunda? ¿Cómo actuaré con alguien que, detrás de su forma particular, “soy” yo mismo, detrás también de mi particular forma? Únicamente desde aquí es posible vivir el perdón, el no-juicio, la compasión y el amor servicial. Ahí “vemos” al resucitado, como espejo de lo que somos y siempre hemos sido y nunca dejaremos de ser.

Una poesía de Eugenia Domínguez apunta e invita a que salgamos de la ignorancia que supone reducirnos a la mente y tengamos el coraje de permanecer, sencillamente, en el Yo Soy. Di “Yo soy”, no añadas nada más… y permanece ahí, hasta que la luz se manifieste.

PAUSA


Tardé tanto en convencerme
de que correr y morir son lo mismo…
Alguna tregua breve,
y vuelta a la tortura de la noria,
donde luces y sombras se suceden
y se mezclan aturdidas.

Tardé siglos en darme cuenta
de mi prolongada, absurda muerte
y un instante sólo en detenerme,
el instante preciso para ver
que vivo y reconocer
mi peso, mi paso, mi volumen,
el misterio que alienta
en mi cuerpo y lo trasciende
difuminando sus bordes,
uniendo mi vida a la Vida.

Un instante sólo en detenerme,
reconocer que Soy
y Ser.


(Eugenia DOMÍNGUEZ, Vocación de diamante, Torremozas, Madrid 2005, p.42).


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Domingo de Ramos
17 abril 2011

Evangelio de Mateo 27, 11-54

En aquel tiempo, Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
— ¿Eres tú el rey de los judíos?
Jesús le respondió:
— Tú lo dices.
Y mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los senadores, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
— ¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?
Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato:
— ¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, al que llaman el Mesías?
Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
— No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él.
Pero los sumos sacerdotes y los senadores convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús.
El gobernador preguntó:
— ¿A cuál de los dos queréis que os suelte?
Ellos dijeron:
— A Barrabás.
Pilato les preguntó:
— ¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?
Contestaron todos:
— Que lo crucifiquen.
Pilato insistió:
— Pues, ¿qué mal ha hecho?
Pero ellos gritaban más fuerte:
— ¡Que lo crucifiquen!
Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia del pueblo, diciendo:
— Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!
Y el pueblo entero contestó:
— ¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!
Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo:
— ¡Salve, rey de los judíos!
Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron la ropa y lo llevaron a crucificar.
Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz.
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: “La Calavera”), le dieron a beber vino mezclado con hiel; el lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con esta inscripción: ESTE ES JESÚS, EL REY DE LOS JUDÍOS. Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban, lo injuriaban y decían meneando la cabeza:
— Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.
Los sumos sacerdotes con los letrados y los senadores se burlaban también diciendo:
— A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?
Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.
Desde el mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó:
— Elí, Elí, lamá sabaktaní. (Es decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”).
Al oírlo algunos de los que estaban por allí dijeron:
— A Elías llama éste.
Uno de ellos fue corriendo; enseguida tomó una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían:
— Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo.
Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.
Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de los santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos.
El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
— Realmente éste era Hijo de Dios.

******

¿QUÉ VEMOS AL MIRAR LA CRUZ?

Tras la sensación de “fracaso” y el “escándalo” –más el sentimiento de pérdida afectiva- que debió suponerles la ejecución de su Maestro, los discípulos tuvieron que recurrir a sus libros sagrados, en busca de una “explicación” que les permitiera hallar algo de coherencia en todo lo ocurrido.
En esa búsqueda, encontraron los cantos del Siervo de Yhwh (del libro de Isaías 42,1-7; 49,1-6; 50,4-9; 52,13-53,12) quien, siendo inocente, “carga” sobre sí –dentro de una conciencia corporativa-, el pecado del pueblo, para beneficio del conjunto. De un modo similar –vendrá a concluir la primera comunidad cristiana-, Jesús es el inocente que voluntariamente, y en nuestro beneficio, ha querido cargar con culpas que eran nuestras.
Hoy somos bien conscientes de que esta lectura habría de dar lugar más tarde a toda una doctrina de la redención marcada por las ideas del pecado, la culpa, la expiación y el sacrificio vicario, que tan negativamente marcó nuestra tradición cristiana, desfigurando incluso lo más nuclear del evangelio.
Junto con esos cantos, los discípulos encontraron también en el Salmo 22 una especie de “retrato” de la misma ejecución de Jesús. No es casualidad que Marcos –el relato más antiguo de la Pasión, de los que han llegado a nosotros- articule toda su narración en torno a ese mismo Salmo, que empieza con estas palabras –las únicas que Marcos pone en boca del crucificado-: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.
Seguramente no fueron palabras pronunciadas por Jesús: alguien que está muriendo asfixiado por el tormento de la cruz no tiene ánimo para hablar; tampoco los discípulos habrían podido estar cerca –los romanos establecían una gran distancia con respecto a los condenados- para escucharlas. Más bien, cada evangelista pone en boca de Jesús aquellas palabras que, según ellos, expresarían su vivencia más profunda.
Pues bien, Marcos recurre a este salmo, y Mateo –en el texto que leemos este año- lo copia. Sólo Lucas y Juan introducirán nuevas expresiones, hasta sumar en total “siete”.
El salmo 22, a pesar de que su inicio suena como un grito de desesperanza, es en realidad una oración confiada. Por otro lado, las alusiones del relato de Marcos y Mateo nos hacen pensar que la escena del Calvario nos es contada al trasluz del mismo. (Adjunto, al final de este comentario, el texto del Salmo 22, subrayando en cursiva aquellas expresiones que expresan confianza, y en negrita, aquellas otras que reaparecen, casi literalmente, en la narración de los evangelistas).

En el relato de Mateo, se aprecia también un interés claro por cargar las culpas sobre los judíos –particularmente, la autoridad religiosa-, exculpando a los romanos –Pilato se declara inocente de esa muerte, que atribuye a la envidia de quienes se lo entregaron-. Es fácil suponer que las primeras comunidades, allá por los años 70-80, no querían enemistarse con las autoridades romanas.
Por lo demás, llama la atención el recurso a la ironía en medio del drama. Tanto lo que hacen los soldados –en sus injurias a Jesús, al que han vestido como “rey”, con el manto de púrpura, la corona de espinas y la caña como cetro-, como las burlas al pie de la cruz –“si es el Hijo de Dios…”-, y el texto del letrero colocado sobre ella –“el rey de los judíos”- están diciendo la verdad sobre Jesús, más allá de la intención de sus autores.
La muerte de Jesús viene acompañada de signos apocalípticos: las tinieblas, el temblor de la tierra, la apertura de tumbas… hablan del final de los “tiempos viejos” y del nacimiento de algo nuevo. Así es como los discípulos entendieron la muerte de su Maestro.
Más en concreto, el desgarrarse el velo del Templo contiene una doble lectura: por un lado, se dice que es final del culto religioso (del templo); por otro, se afirma que, gracias al crucificado, todos los humanos tienen acceso directo a Dios (el velo aislaba el “Sancta Sanctorum”, lugar reservado exclusivamente al sacerdote).
Y termina el relato con la proclamación de fe –“realmente éste era Hijo de Dios”- por parte de la comunidad pagana, representada por el centurión y los soldados. Mateo ha ampliado el texto de Marcos, en el que es únicamente el centurión quien pronuncia esas palabras.

Al hilo del relato y del contenido teológico que los evangelistas quieren transmitirnos por medio de él, su lectura nos recuerda a los cristianos que somos seguidores de un Crucificado. Lo cual encierra diversas consecuencias, entre las que me parece importante –sin pretensión de ser exhaustivo- destacar las siguientes:

1. Denuncia. La cruz nos habla de una alianza de poderes, religioso y político, que acabaron cruelmente con la vida de un inocente. Eso ocurrió entonces y, por desgracia, a lo largo de toda la historia humana. Creer en el crucificado implica denunciar activamente todo tipo de atropello contra los inocentes.

2. Compromiso. Para quienes creemos en Jesús, cualquier “crucificado” –sea cual sea el motivo de su cruz- es alguien sagrado, que reclama nuestra compasión activa y nuestra solidaridad eficaz. Como dice Jon Sobrino, no se puede creer en el crucificado de un modo coherente si no se está dispuesto a bajar de la cruz a quienes están en ella.

3. Esperanza de vida. La cruz –que se complementa con el mensaje de la resurrección, con el que forma un único acontecimiento- proclama que la Vida no muere; que incluso en aquellas circunstancias en las que parece que todo es fracaso, la Vida se abre camino; ninguna muerte es el final.

4. Enseñanza: cómo vivir la propia cruz. Para empezar, sabemos que, en rigor, no a todo sufrimiento podemos llamar “cruz”. Hay sufrimientos evitables, en nosotros y en los demás, contra los que tendremos que luchar; hay otros inevitables, que tenemos que aceptar; y hay otros, que son consecuencia de una opción de amor fiel: éstos son la “cruz”, y frente a ellos, la opción constructiva es la que apreciamos en Jesús: asumirlos lúcida, paciente y confiadamente. Así vivida, la cruz es fuente de vida; tal es el mensaje del crucificado: vivir como Dios quiere lo que Dios no quiere.

5. Muerte del ego. En clave mística o transpersonal, la cruz significa la muerte del ego o, con más propiedad, el final de nuestra identificación con él. El ego o yo no es negativo –más aún, tendremos que cuidar que sea un yo psicológicamente integrado-; lo que resulta engañoso y destructivo es identificarnos con él. En esta clave, la cruz significa que sólo cuando deshacemos esa identificación salimos de la ignorancia y del sufrimiento inútil y puede emerger la Vida. La identificación se deshace, no luchando contra él –ni tampoco juzgándolo como algo negativo-, sino gracias a la comprensión de que somos infinitamente más que él; una comprensión que se nos regala en la medida en que, acallando la mente, nos experimentamos como la Conciencia pura de la que aquélla brota.

Por todo ello, también el relato de la cruz de Jesús está leyendo también nuestra propia vida y la vida de toda la humanidad. No se trata meramente de una referencia externa, sino de un mensaje de sabiduría permanente, que trasciende el tiempo y el espacio.

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SALMO 22

¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?,
¿por qué no escuchas mis gritos y me salvas?
Dios mío, de día clamo y no contestas;
de noche, y no me haces caso.

Tú estás en el santuario, donde te alaba Israel.
En Ti confiaban nuestros padres,
esperaban y Tú los librabas;
a Ti clamaban, y quedaban libres;
y en Ti esperaban, y nunca quedaron defraudados.

Pero yo soy un gusano, no un hombre:
afrenta de la gente, despreciado del pueblo;
al verme, se burlan de mí,
tuercen la boca, menean la cabeza:
“Acudió al Señor, que lo ponga a salvo,
que lo libre si tanto lo quiere”.

Porque fuiste Tú quien me sacó del vientre,
quien me mantuvo a salvo en los pechos de mi madre;
a Ti fui confiado desde el seno,
desde el vientre de mi madre eres mi Dios.
¡No te quedes lejos, pues se acerca la angustia
y nadie me socorre!

Me acorralan novillos a manadas,
me acosan toros de Basán;
abren contra mí sus fauces,
como leones que destrozan rugiendo.

Estoy como agua derramada,
todos mis huesos están descoyuntados;
mi corazón, como cera, se derrite en mis entrañas;
tengo la garganta seca como una teja,
y la lengua se me pega al paladar;
me has hundido en el polvo de la muerte.

Me acorralan mastines,
me cerca una banda de malhechores.
Me taladran mis manos y mis pies,
y puedo contar todos mis huesos;
me lanzan miradas de triunfo,
se reparten mis vestiduras,
echan a suertes mi túnica.

Pero Tú, Señor, no te quedes lejos,
fuerza mía, apresúrate a socorrerme;
libra mi vida de la espada,
mi única vida de las garras del mastín;
sálvame de las fauces del león,
y mi pobre ser de los cuernos del búfalo.

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré:
“los que teméis al Señor, alabadlo;
glorificadlo, estirpe de Jacob,
temedlo, estirpe de Israel,
porque no miró con desprecio al humilde;
no le ocultó su rostro: cuando le pidió auxilió, lo atendió”.

Él será mi alabanza en la gran asamblea,
cumpliré mis votos en presencia de sus fieles.
Comerán los humildes y se saciarán,
y alabarán al Señor los que lo buscan:
“¡No perdáis nunca el ánimo!”.

Lo recordarán y volverán hacia Él
todos los confines de la tierra,
todas las naciones se postrarán ante Él.
Porque sólo el Señor reina, el gobierna a las naciones.
Ante Él se postrarán los grandes de la tierra,
ante Él se inclinarán todos los mortales.

Yo viviré para el Señor,
mi descendencia le rendirá culto,
hablarán de Él a la generación venidera,
contarán su salvación al pueblo por nacer,
diciendo: “El Señor actuó”.


Domingo V Cuaresma
10 abril 2011

Evangelio de Juan 11, 1-45

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús, diciendo:
— Señor, tu amigo está enfermo.
Jesús, al oírlo, dijo:
— Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos:
— Vamos otra vez a Judea.
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús:
— Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.
Jesús le dijo:
— Tu hermano resucitará.
Marta respondió:
— Sé que resucitará en la resurrección del último día.
Jesús le dice:
— Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?
Ella contestó:
— Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.
Jesús, muy conmovido, preguntó:
— ¿Dónde lo habéis enterrado?
Le contestaron:
— Señor, ven a verlo.
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
— ¡Cómo lo quería!
Pero algunos dijeron:
— Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?
Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba. (Era una cavidad cubierta con una losa).
Dijo Jesús:
— Quitad la losa.
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
— Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.
Jesús le dijo:
— ¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
— Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has enviado.
Y dicho esto, gritó con voz potente:
— Lázaro, ven afuera.
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
— Desatadlo y dejadlo andar.
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

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LO QUE SOMOS, NO MUERE

Se trata de la séptima y última señal de Jesús, en el cuarto evangelio. Tal como la narración ha llegado a nosotros, aparece profundamente elaborada, a la vez que cargada de simbolismo y de mensaje teológico.
John Meier, de acuerdo con los exegetas más rigurosos, afirma que estamos ante un relato que habría sufrido muchas modificaciones en la tradición, a lo largo de las décadas transcurridas antes de que llegara al evangelista. Es probable que Juan haya reelaborado, y con mucha amplitud, un texto muy breve en su origen, que hablaría de la curación de alguien que se hallaba al borde de la muerte.
Aparte del análisis del propio texto, en el que se aprecia la intervención de diversas manos, hay más datos que confirmarían la profunda reelaboración catequética o teológica que realizó el autor último del evangelio.

La intencionalidad de este autor –el mensaje que busca transmitir-, si tenemos en cuenta el desarrollo del evangelio en su conjunto, parece evidente: Jesús es la resurrección y la vida del pueblo, representado en la figura de Lázaro (o Eleazar, de ´El ´Azar: “Dios ayuda”).
Todo el relato gira en torno a esta frase, absolutamente central: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”.
Parece que la comunidad joánica se reconocía en esa confesión de fe. Por eso se subraya especialmente frente a lo que era la creencia judía, que el autor había puesto en boca de Marta: “Sé que resucitará en la resurrección del último día”.
La larga historia del texto, a la que hacía alusión más arriba, junto con la profunda reelaboración última a manos del evangelista, nos aporta diferentes detalles: la presentación de la muerte como un “sueño”; la referencia a los “cuatro días”, según la idea de los rabinos, para quienes el “alma” seguía rondando al cuerpo durante tres días, a partir del cual no cabía ya ninguna esperanza de que el muerto volviera a la vida; la insistencia en el llanto de Jesús que, a la vez que revela su profunda sensibilidad, carecería de sentido en el caso de que fuera a devolver a Lázaro a la vida física; la descripción del sepulcro como una “cueva”, tapada con una losa; la presentación del difunto, con “los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario”; la orden que da Jesús –“desatadlo y dejadlo andar”-, que explica el sentido de la liberación que aporta, frente a una legislación y unas instituciones que ataban y paralizaban al pueblo; el mensaje que recorre el texto, desde su inicio, según el cual, todo lo ocurrido “servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado”; la constancia de que muchos judíos creyeron a partir de ahí…

Más allá de todo ese conjunto de temas, el centro de la narración que ha llegado a nosotros es, como decía, la afirmación de Jesús como resurrección y vida. Dicho de otro modo: la resurrección es ya ahora. Esa parece que era la convicción de algún grupo cristiano, como expresa este texto de un evangelio apócrifo: “Quien dice: «primero se muere y después se resucita, se engaña». Si no se resucita mientras se está aún en vida, tras morir, no se resucita ya” (Evangelio de Felipe, 90).
Esa afirmación resulta admirablemente coherente con lo que podemos apreciar desde un nivel de conciencia transpersonal. En niveles anteriores, el ego entendía la resurrección como la perpetuación y pervivencia “eterna” de su propia forma. Cuando descubrimos que ese yo no es realmente nuestra identidad, todo se ve modificado. Hasta el punto de que, con cierta ironía, pero con toda verdad, podría decirse que la resurrección consiste, no en la perpetuación del yo, sino justamente en la liberación de él.
La muerte provoca miedo únicamente al yo, y a quien se ha identificado con él. En la medida en que, deshecha tal identificación, vamos experimentando nuestra identidad más profunda, vemos la muerte –como Jesús- como un “paso” o un “despertar”. Desaparece la forma, pero no muere lo que realmente somos.
Del mismo modo que, cada mañana, cuando salimos del sueño, muere el sujeto onírico y aparece la “nueva identidad” del yo vigílico, así ocurre en la muerte: muere el yo mental y “despierta” lo que realmente somos. Lo que ocurre es que solemos vivir tan identificados con el yo que estamos habitualmente “dormidos”.
Tiene razón el conocido dicho sufí: “Ahora estamos dormidos; cuando morimos, despertamos”.
El yo psicológico es sólo la “sombra” de lo que realmente somos. ¿Acaso sufres porque pisen tu sombra? Lo mismo pasa con el yo; vivimos tan identificados con él, que nos afligimos por su suerte: si lo “pisan”, si se deteriora y, sobre todo, si se muere…
Quizás sea eso lo que quieren expresar estos poemas de Eugenia Domínguez:

DOS FUEGOS

Dos fuegos hay en mí: uno se apaga
por cualquier golpe de viento;
el otro, invisible,
no dejará de arder
cuando yo me haya ido.

Hay dos fuegos en mí; uno es eterno
y observa compasivo cómo el otro
se consume tan lejos de la vida,
creyendo que es la vida quien lo inflama.

Dos fuegos hay en mí; uno artificio,
el otro llama que arde inextinguible,
con deseo de arder más
y más alto,
más hondo,
más real.

(Eugenia DOMÍNGUEZ, La música de las esferas,
Torremozas, Madrid 2008, p.33)



DESAMORDAZARME Y REGRESARME

¿Quién soy yo? Voy repitiendo
la pregunta año tras año.

Descarto lo que, sin duda,
sé que no soy.
Ni este cuerpo vulnerable
ni los enloquecidos pensamientos
ni los veleidosos sentimientos.

Como tantas veces, nada en mi cuerpo,
en mi mente, en mi corazón,
que pueda llamar yo, considerar yo
sin fisuras o incertezas.

Ni la mano que escribe
ni la boca que sonríe y besa
ni los ojos que miran.
Nada… nada… ¿nada?

Quizá deba empezar de nuevo;
ir más allá de los ojos,
desamordazar los ojos,
deshacerlos, quedarme con su esencia…

Tal vez sea, en primer lugar,
la mirada que contempla,
que taladra y desvela,
que une lo observado y el que observa…

Acaso deba hacer así con todo;
desamordazar la boca,
que ríe, besa y alienta,
capaz de pronunciar
palabras que sanen o verdades…

Desmordazar la mano que escribe,
que nombra y silencia,
que pregunta y contesta
a la vez, mano que baila
porque oye en el temblor de una garganta
la voz del universo…

Acaso deba hacer así con todo;
ir siempre más allá de la apariencia,
desmontar las tramoyas, los telones,
y encontrar lo que soy,
creciendo libre.

(Eugenia DOMÍNGUEZ, Vocación de diamante,
Torremozas, Madrid 2005, pp.38-39).



No somos el yo que desaparecerá, sino la Vida que nunca muere. Tenía toda la razón Jesús cuando se definía a sí mismo diciendo: “Yo soy la resurrección y la vida”. Eso es lo que, en el nivel profundo, no-dual, somos todos.

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Domingo I Cuaresma
13 marzo 2011
Evangelio de Mateo 4, 1-11

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al final sintió hambre.
Y el tentador se le acercó y le dijo:
— Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.
Pero él contestó diciendo:
— Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Entonces el diablo lo lleva a la Ciudad Santa, lo pone en el alero del templo y le dice:
— Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti y te sostendrán en sus manos para que tu pie no tropiece con las piedras.
Jesús le dijo:
— También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios.
Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y mostrándole todos los reinos del mundo y su esplendor, le dijo:
— Todo esto te daré si te postras y me adoras.
Entonces le dijo Jesús:
— Vete, Satanás, porque está escrito: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto.
Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y lo servían.

******

TENER, PODER, APARENTAR: EL ROSTRO DEL EGO

En la construcción de esta escena, sin testigos, la tradición escenificó un combate, a imagen de las disputas de escuela de los rabinos o maestros judíos; en ellas, se argumentaba y se replicaba con palabras de la Torá. Sobre ese modelo, la tradición presenta el relato de las tentaciones como una discusión sobre los “dos caminos”: Satanás y Jesús, el mal y Dios.
Parece claro que el relato se construyó pensando en las propias tentaciones del pueblo, también en el desierto: los “cuarenta días” de que aquí se habla serían, no sólo son una correspondencia de los “cuarenta años” que duró la travesía del pueblo, sino también un “calco” de lo que hizo el propio Moisés –sabemos que Mateo tiene un marcado interés por presentar a Jesús como el “nuevo Moisés”-, tal como se lee en estos textos: “Moisés estuvo allí con Yhwh cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua” (Libro del Éxodo 34,28); “como la otra vez, estuve cuarenta días y cuarenta noches sin comer ni beber” (Libro del Deuteronomio 9,18).
Por otro lado, al recibir esta tradición, es probable que Mateo piense en su propia comunidad, en particular en algunos responsables de la misma, que parecen seguir más el camino del tentador que el del propio Maestro y hacen pesar sobre el grupo su ambición económica (7,15), religiosa (7,22) y política (20,21).
La conexión con el episodio inmediatamente anterior, en el que se narraba el bautismo de Jesús, es explícita. Aquél terminaba con la proclamación de la voz del cielo: “Este es mi Hijo amado” (3,17). Este arranca con la insinuación: “Si eres Hijo de Dios…”. Entre líneas, el lector queda avisado de que se le va a mostrar en qué consiste ser “hijo de Dios”.
En efecto, tal como ha llegado a nosotros, la narración constituye una catequesis o enseñanza –un mensaje de sabiduría- sobre el recurrente tema de los “dos caminos”, el de la vida y el de la muerte. ¿Cuál es la actitud y el comportamiento que hace vivir? ¿Cuál es el camino sabio y cuál es el engañoso?
El detonante de la tentación es, como siempre, el hambre; en concreto, el hambre de poder: económico, religioso o político, que se sintetiza en la triple tentación con la que tiene que lidiar todo ser humano: el tener (dinero), el aparentar (imagen, prestigio), el dominar (poder sobre otros).
Hambre es sinónimo de deseo. Y el deseo conecta con la primera realidad humana, en el orden de la evolución psicobiográfica. El niño es pura necesidad y, por tanto, puro deseo.
En cada caso, las experiencias infantiles –el modo como se haya respondido o no a su necesidad- marcarán el futuro de la persona, pero de lo que no cabe duda es que el hambre o deseo será permanentemente una característica del yo.
Eso significa que, mientras estemos identificados con nuestros deseos, lo estamos también con el yo. Y ello nos mantendrá encerrados en la ignorancia y el sufrimiento, escondidos en el mensaje característico del yo: “La felicidad está en el futuro”.
Tal mensaje resulta tan fácilmente creíble como gravemente perjudicial. Lo creemos porque “encaja” perfectamente con la identidad del yo que, al ser vacío, siempre sueña con un futuro en el que su carácter “vacío” desaparecerá. De ahí que, mientras perdure la identificación con el yo, viviremos proyectados hacia el futuro soñado. Pero nos perjudica porque, además de alejarnos del único lugar de la vida –el presente-, nos mantiene confundidos con respecto a nuestra verdadera identidad.

Según esto, parece claro que sólo hay un modo de salir de la tentación: venir al presente. En el presente –en la atemporalidad o eternidad del “aquí y ahora”-, cae la ansiedad, no somos tiranizados por la expectativas de un futuro siempre inalcanzable y dejamos de identificarnos con el yo como si fuera nuestra identidad definitiva.
En esa dirección parecen apuntar, precisamente, las palabras puestas en boca de Jesús, y que están tomadas de las Escrituras judías (Deuteronomio 8,3; 8,16; 6,13): “Vivir de la palabra que sale de la boca de Dios”, “no tentar a Dios”, “adorarle sólo a él”… significa haber descubierto el “eje” central de la propia vida y de la propia identidad, y vivir a partir de él. Es decir, significa haber experimentado el Misterio de la Presencia y haber descubierto que ahí se encierra todo.
En esa Presencia no-dual, plena e integradora, es donde nos reconocemos en quienes realmente somos. Se acaban tanto las separaciones establecidas por nuestra mente como la identificación con ella. En la Presencia se deshace la comparación y el enfrentamiento, para “reencontrarnos” en una “identidad compartida” que, sin negar las diferencias, las trasciende.
Y esto no está lejos de nosotros. La Torá judía dice que “no hay que subir al cielo…, ni cruzar al otro lado del mar; la Palabra del Señor está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica” (Deuteronomio 30,12-14). Por su parte, el Corán proclama que “Dios está más cerca de ti que tu propia yugular” (Sura 50,16).
Aquello que buscamos, está ya aquí. Basta detener todas las “historias mentales” que nos contamos, aceptar lo que hay en este momento, rendirnos a la realidad…, para que se abra paso el Misterio de la Presencia y la Quietud. Basta abrirnos al Silencio, que es la Fuente de la mente, para que entremos en contacto con nuestro verdadero yo: ése es el camino de la Vida.
Es lo que quiere expresar este cuento que narra la maestra Toni Roberson (Gangaji), en un libro recomendable:

Había un consumado ladrón de diamantes que sólo quería robar las joyas más exquisitas. Este ladrón solía deambular por la zona de compraventa de diamantes con el fin de “limpiarle” el bolsillo a algún comprador incauto.
Un día vio que un comerciante de diamantes muy conocido había comprado la joya con la que él llevaba toda su vida soñando. Era el más hermoso, el más prístino, el más puro de los diamantes. Pleno de alegría, siguió al comprador del diamante hasta que éste tomó el tren, y se hizo con un asiento en el mismo compartimento. Pasó tres días enteros intentando meter la mano en el bolsillo del mercader. Cuando llegó al final del trayecto sin haber sido capaz de dar con la gema, se sintió muy frustrado. Aunque era un ladrón consumado, y aun habiéndose empleado a fondo, no había conseguido dar con aquella pieza tan rara y preciosa.
El comerciante bajó del tren, y el ladrón le siguió. De repente, sintió que no podía soportar por más tiempo aquella tensión, por lo que caminó hasta el mercader y le dijo:
— Señor, soy un famoso ladrón de diamantes. He visto que ha comprado un hermoso diamante y le he seguido en el tren. Aunque he hecho uso de todas las artes y habilidades de las que soy capaz, perfeccionadas a lo largo de muchos años, no he podido encontrar la gema. Necesito conocer su secreto. Por favor, dígame cómo lo ha escondido.
El comerciante replicó:
— Bueno, vi que me estabas observando en la zona de compraventa de diamantes y sospeché que eras un ladrón. De modo que escondí el diamante en el único lugar donde pensé que no se te ocurriría buscarlo: ¡en tu propio bolsillo!
A continuación metió la mano en el bolsillo del ladrón y extrajo el diamante.
(GANGAJI, El diamante en tu bolsillo. Descubre tu verdadero resplandor, Gaia, Madrid 2006, pp.37-38).

En este inicio del tiempo de Cuaresma, quiero traer también la palabra de otro maestro, para quienes, al escucharla, noten que produce una “resonancia” en su interior y se sientan internamente movidos a secundarla. Puede ser la mejor “práctica cuaresmal”. He aquí el texto:

“El camino para llegar al sumo bien, a nuestro primer origen y suma paz, es la nada…
Nos buscamos a nosotros mismos siempre que salimos de la nada, y por eso no llegamos jamás a la quieta y perfecta contemplación. Éntrate en la verdad de tu nada y de nada te inquietarás…
¡Oh, qué tesoro descubrirás si haces de la nada tu morada!...
Si estás encerrado en la nada, adonde no llegan los golpes de las adversidades, nada te dará pena, nada te inquietará. Por aquí has de llegar al señorío de ti mismo, porque sólo en la nada reina el perfecto y verdadero dominio…
Por medio de esa nada has de morir en ti mismo de muchas maneras, en todos tiempos y a todas horas. Y cuanto más fueres muriendo, tanto más te irá el Señor elevando, y a sí mismo uniendo…
Anégate en esa nada y hallarás en ella sagrado asilo para cualquier tormenta…
Finalmente, no mires nada, no desees nada, no quieras nada, ni solicites saber nada, y en todo vivirá tu alma con quietud y gozo descansada.
Este es el camino para alcanzar la pureza del alma, la perfecta contemplación y la interior paz. Camina, camina por esta segura senda, y procura en esa nada sumergirte, perderte y abismarte si quieres aniquilarte, unirte y transformarte”.

(Miguel de MOLINOS, Guía espiritual, libro III, capítulo 20, nn.187-195 (edición preparada por S. GONZÁLEZ NORIEGA), Editora Nacional, Madrid 1977, pp.247-249; citado en Ramón ANDRÉS, No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio, Acantilado, Barcelona 2010, pp.384-386).

Miguel de Molinos (1628-1696) no era un maestro zen, ni un monje budista, sino un sacerdote y místico cristiano, turolense por más señas, nacido en el pequeño pueblo de Muniesa.
El experimentó y enseñó el engaño que supone vivir para el yo… Engaño en el que permanecemos hasta que no descubrimos que ese yo es “nada”. Y es precisamente al negar esa nada –no desear nada, no buscar nada…-, cuando acaba la confusión y el sufrimiento, y emerge brillante lo que somos.
El propio Maestro Eckhart (1260-1328, aproximadamente) lo habría experimentado cuando, de modo contundente, afirmó: “No tener nada es tenerlo TODO”.

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Domingo VI Tiempo Ordinario
13 febrero 2011

Evangelio de Mateo 5, 17-37

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres, será el menos importante en el Reino de los Cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe, será grande en el Reino de los Cielos.
Os lo aseguro: si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: no matarás, y el que mate será procesado.
Pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “renegado”, merece la condena del fuego.
Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y luego vuelve a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.
Habéis oído el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior.
Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echando entero en el abismo.
Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al abismo.
Está mandado: “El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio”.
Pues yo os digo: el que se divorcie de su mujer –excepto en caso de prostitución- la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio.
Sabéis que se mandó a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus votos al Señor”.
Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro uno solo de tus cabellos. A vosotros os basta decir sí o no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.

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Después de la proclamación de las Bienaventuranzas, que convierten en “sal” y “luz” a quien las vive, empieza propiamente el “cuerpo” del Sermón de la montaña, que se va a desarrollar en tres bloques: la “justicia nueva” del Reino, que regula la relación con los otros (5,21-48); la vivencia limpia de la religiosidad, evitando el riesgo siempre acechante de la hipocresía y el fariseísmo (6,1-18); y la invitación a una confianza radical en el Padre (6,19-7,11).
Como trasfondo de todo el primer bloque, no es difícil percibir la polémica –que había ocupado un primer lugar en las Cartas de Pablo y que constituyó una de las causas de mayor enfrentamiento en las primeras comunidades- entre la “ley” y el “evangelio”.
A diferencia de la postura tajante de Pablo –tal como queda magníficamente reflejada en las Cartas a los Romanos y a los Gálatas-, Mateo parece querer contentar a todos; probablemente, porque su propia comunidad se hallaba dividida a partes iguales entre partidarios de ambas posturas.
En su escrito parece reflejarse la tensión entre los partidarios de seguir literalmente la ley y quienes creían que había quedado definitivamente superada. Pareciera incluso como si, en aquella comunidad, se estuviera viviendo un consenso bastante inestable.
Ese enfrentamiento puede explicar la actitud de Mateo para quien, por un lado, “tiene que cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley” y, por otro, es necesario “ser mejores que los letrados y fariseos” (es decir, parece exigirse la vivencia de una “justicia” que trasciende la ley).

Y es precisamente esa “justicia” –un término particularmente querido para Mateo, y que podría traducirse como “ajustarse a Dios”-, una justicia que es infinitamente superior a la “ley”, la que va a ser descrita en cinco antítesis llamativas (en el texto de hoy se abordan las tres primeras).
Y resultan llamativas, no sólo por el contraste manifiesto, subrayado a veces incluso de forma hiperbólica –como veremos-, sino por el modo de presentar a Jesús, con una autoridad superior a la propia Ley, a la que radicaliza, remitiéndose únicamente a su propia persona: “Se os dijo…, pero yo os digo…”. Indudablemente, la autoridad –en el sentido más genuino de la palabra- que se desprende de esa actitud no tiene equivalente en toda la literatura bíblica. Acerquémonos ahora a esas cinco antítesis.

1ª. ¿Sólo no matar? Tras la cita correspondiente (“No matarás”: Libro del Éxodo 20,13 y Deuteronomio 5,17), la palabra de Jesús enfatiza hasta el extremo el respeto al hermano. No sólo porque quiera eliminar hasta el insulto más pequeño –los que la versión castellana traduce como “imbécil” (raka) o “renegado” (moros) eran bastante usuales e inocuos-, sino porque coloca la relación con los otros por encima incluso de la ofrenda religiosa, es decir, por encima del Templo. Es patente cómo la religión queda “enmarcada” sanamente en una actitud amorosa hacia los demás.

2ª. ¿Sólo no adulterar? Sin duda, la expresión de Jesús (“todo el que mira a una mujer…”) suena a exageración; según el gusto oriental, la hipérbole busca provocar y descolocar al oyente. Pero aparece cargada de sabiduría. Si la tendencia característica del yo es la posesión y la apropiación, la palabra del Maestro quiere situarnos en la sabiduría de la primera de las Bienaventuranzas: son felices quienes son “pobres de espíritu”, quienes no giran en torno a las pretensiones del yo.
La alusión al ojo y a la mano que son “ocasión de pecado” hay que leerla, obviamente, en clave simbólica: son los deseos y las acciones que hacen daño los que tienen que ser “cortadas”. (En la antropología semita, bien anclada en lo somático, las diferentes partes del cuerpo designan actitudes y acciones).
La referencia al divorcio parece reflejar también una problemática de la comunidad de Mateo, en la que ya se habría aceptado alguna causa para el mismo: la “porneia”, que no se sabe bien cómo traducir: “prostitución”, “fornicación”, “unión ilegítima”… En cualquier caso, según los expertos, es discutible que este tema hubiera entrado en la enseñanza de Jesús.

3ª. ¿Sólo no jurar? La insistencia de Jesús en la veracidad y transparencia de la palabra es admirable. Todos los maestros espirituales han valorado siempre el hecho de expresar con sencillez la propia verdad. Y entre muchos grupos humanos no se reconocía valor mayor que el de la “palabra dada”.
Sí o no: el lenguaje de la verdad es indicio de la libertad interior de quien, de una manera u otra, ha trascendido su ego. Porque el ego tiene otros “valores” por encima de la verdad, aquéllos que lo sostienen y alimentan. De ahí que sea tan hábil en la racionalización, la justificación y tantos otros mecanismos de defensa.
Sin embargo, quien no tiene que “proteger” su yo (su imagen) puede mostrarse sencillamente en su verdad, con todos sus claroscuros. Y viene a descubrir que es precisamente el reconocimiento de la propia verdad la mayor fuente de descanso, paz y libertad interior… Y la actitud capaz de construir fraternidad en torno a sí, una fraternidad que sólo es posible desde la desegocentración.

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Domingo V Tiempo Ordinario
6 febrero 2011

Evangelio de Mateo 5, 13-16

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
— Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.

******

La proclamación de las Bienaventuranzas termina en lo que podemos considerar como una constatación: quien las vive se convierte automáticamente en “sal” y “luz”.
Se trata de dos imágenes profundamente elocuentes, que tienen que ver con dos de nuestros sentidos y que apuntan hacia algo que todos anhelamos: el sabor y la luz.
Al hilo del comentario anterior, en el que veníamos a concluir que es “bienaventurado” quien reconoce la Conciencia (Presencia o Quietud) como su identidad más profunda (el Yo Soy, sin añadidos), más allá de la forma concreta del “yo”, la conclusión parece clara.

La identificación con el yo produce oscuridad y dis-gusto, es decir, ignorancia y sufrimiento. Porque provoca una reducción a él, y la persona queda constreñida, como encerrada en una prisión, a merced de la impermanencia característica de la mente. Indudablemente, la identificación con el yo nos resta luz y sabor, porque nos hace vivir desconectados de nuestra verdadera naturaleza. No es nada extraño que la vida se torne vacía y sin sentido.
Por el contrario, cuando venimos al presente, silenciando los pensamientos, emerge la plenitud y, simultáneamente, la percepción de nuestra identidad profunda: ahí, todo aparece revestido de luz y de sabor; el Sentido es un rasgo característico de la Presencia.

La sal garantiza el sabor…, a condición de que se disuelva. La persona es “sabrosa” en la misma medida en que ha “disuelto” la identificación con su yo. Eso es lo que la hace vivir desegocentrada, como un “espacio abierto” o “campo de conciencia” acogedor, en el que nadie se siente juzgado.
En ausencia de “yo”, la persona se convierte en receptividad y acogida, dando sabor a todo lo que emprende.

De la misma manera, en ausencia de “yo”, todo se hace luz. Porque el yo, al ser una perspectiva tan limitada como interesada en su propia autoafirmación, opaca la visión. Toma como definitiva la ínfima perspectiva que a él le es accesible, ignorando todo lo demás.
Un poco antes, Mateo nos había dicho que Jesús era “la luz que brilló en Galilea” (4,16). Ahora se afirma de todo aquél que asume el espíritu de las Bienaventuranzas. Es decir: somos luz, como Jesús, en la medida en que, tomando distancia de nuestro yo, permitimos sencillamente que la luz “pase” a través nuestro de una manera desapropiada.
“Dios es luz –se lee en la Primera Carta de Juan (1,5)- y no hay en él tiniebla alguna”. La persona que vive en la Presencia –reconociendo en ella su verdadera identidad- es un “cauce” a través del cual pasa la propia luz divina.
Ni la impide, ni la retiene, ni se la apropia: Dios mismo se hace patente y su nombre –tal como dice Jesús- es glorificado. “Dar gloria al Padre” equivale a reconocer con admiración la Belleza de todo lo que es, el milagro de la Vida –a pesar de tantos signos aparentes de “muerte”- y la Luz que todo lo impregna… y que percibimos cuando salimos de la prisión de la mente.

Lo que queda claro es que la identificación con el yo impide ser sal y luz. También –o quizás más- cuando es un “yo religioso”. Porque el yo necesita “notarse” y “brillar”; no está dispuesto a “disolverse” ni a pasar desapercibido. Al yo no se le puede pedir que “su mano izquierda no sepa lo que hace su derecha” (como dirá Mateo un poco más adelante: 6,3), porque pertenece a su naturaleza buscar su propia “gloria”.
Si queremos superar todas esas aporías no cabe luchar contra el yo, sino trascenderlo, porque empezamos a comprender que no somos él. Cuando se da esa comprensión, podemos dejar de vivir para él.

Puesto que todo gira, realmente, en torno a la percepción de nuestra propia identidad –¿quiénes somos?- y todo depende de la respuesta que demos a esa cuestión, resulta prioritario clarificar este punto.
Como nos recuerda Mónica Cavallé, la sabiduría ha distinguido tres niveles en la consideración del “yo”: El Yo Universal, el yo particular y el yo superficial (M. CAVALLÉ, La sabiduría recobrada. Filosofía como terapia, Martínez Roca, Barcelona 2006, p. 112ss.). Me gustaría explicitar cada uno de esos niveles del modo más pedagógico, para que resulte accesible:

El Yo Universal alude a nuestra verdadera naturaleza, a la Realidad última o absoluta, Lo Que Es (sin añadidos):
es una Identidad compartida: en cierto modo, en ella nos reconocemos todos los seres, porque todos, aunque de modo diferente, la compartimos: todos somos;
es el “agua” que constituye, por igual, al océano y a las olas;
es el Yo Soy.


Ese Yo Universal se expresa en cada yo particular o individual que, en este sentido, no es esencialmente diverso de aquél, de un modo análogo a como la ola no es de diversa naturaleza que el océano:
es una identidad particular;
es una de las infinitas formas (“olas”) en las que el Yo Soy (“agua”) se expresa;
es el yo soy esto.

El yo superficial o ego es, en cierto modo, una patología, nacida de la ignorancia de lo que somos, y resulta de la identificación exclusiva con aquello que hay de estrictamente particular en nosotros: nuestro cuerpo y nuestra mente o psiquismo. Con otras palabras, el ego es el yo que se cree autoconsistente, pero que en realidad sólo tiene la (aparente) sensación de vivir:
nace de la apropiación de los objetos –mentales o materiales- con los que se identifica;
es una “ola” que desconoce su naturaleza de “agua”;
es el yo soy sólo esto.

Es claro que el reconocimiento de nuestra verdadera identidad está en función del nivel de conciencia en que nos encontremos y, más globalmente, de su proceso de evolución.
El primer nivel conciencia del ser humano, tanto en el bebé individual como en la especie en su conjunto, se caracteriza por la fusión indiferenciada; no existe aún consciencia de separación: es el estadio del no-yo prepersonal. A él seguirán el yo-corporal –o “conciencia corporal”, si se acepta esta expresión contradictoria-, el yo-mental, en sus diferentes etapas –mágico, mítico, racional-, que dará paso a un no-yo transpersonal –primero como Conciencia Testigo y, más adelante, como Conciencia No-dual-. En este nivel, la percepción de la “propia” identidad se modifica de un modo radical: la persona “se” reconoce, más allá del “yo particular”, y se vive anclada en el “Yo Soy” o “Yo universal”, identidad compartida con todo lo que es.
A lo largo de la historia humana, encontramos personas que han vivido en esta identidad. Hoy, sin embargo, parece haber indicios que nos hablan de que, colectivamente, nos hallamos en ese umbral.
Jesús habla desde esa identidad –la Conciencia transpersonal- e invita a los discípulos a que se reconozcan en ella. El se sabe “Yo Soy”, y sólo así se entiende la expresión: “Antes de que Abraham naciese, yo soy” (evangelio de Juan 8,58). Aunque, históricamente, el gran patriarca había nacido dieciocho siglos antes, el Yo Soy es atemporal, eterno. (Sobre la Conciencia unitaria en la que vivió Jesús, puede verse lo que he escrito en El hombre sabio y compasivo. Una aproximación transpersonal a Jesús de Nazaret, en Journal of Transpersonal Research 1 (2009) 35-56.
http://www.transpersonaljournal.com/pdf/vol1-jul09/Martinez%20Lozano%20Enrique.pdf
Y también Recuperar a Jesús. Una mirada transpersonal, Desclée de Brouwer).

La identificación con el yo nos hace vivir forzosamente egocentrados –el yo no puede sino vivir para él- y nos hace olvidar que nuestra verdadera identidad no conoce límites.
Podremos dar pasos de desidentificación en la medida en que activemos alguna de estas prácticas:

observando el pensamiento (o el yo),
ejercitándonos en venir cada instante al momento presente, volcándonos en los que hacemos,
o entregándonos por amor.

En cualquiera de esos tres casos lo que ocurre es que la mente se silencia. Y su silencio equivale a trascender el yo, que únicamente vive porque nos identificamos con nuestro pensamiento. Trascendido el yo, dejaremos de buscar su “gloria”, y permitiremos sencillamente que la Gloria (Dios) sea.

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LO QUE REALMENTE SOMOS

(Un texto de Ken Wilber)


“Las personas suelen hallarse atrapadas por la vida, atrapadas por el universo, porque creen estar dentro del universo y que, en consecuencia, éste puede aplastarles como si de un bicho se tratase. Pero esa suposición es falsa porque usted no está en el universo, sino que es el universo el que está en usted.

La creencia habitual es la siguiente: mi conciencia está en mi cuerpo (fundamentalmente en mi cabeza); mi cuerpo está en esta habitación, y esta habitación está en el espacio que me rodea, el universo mismo. Y, si bien esto es cierto desde la perspectiva del ego, resulta, no obstante, completamente falso desde el punto de vista del Yo.

Cuando yo descanso en el Testigo, en el Yo-Yo sin forma, resulta evidente que, en este mismo instante, yo no estoy en mi cuerpo, sino que mi cuerpo está en mi conciencia. Yo soy, por consiguiente, conciencia.

Cuando descanso en el Testigo, en el Yo-Yo sin forma, resulta evidente que en este mismo instante, yo no estoy en esta casa, sino que esta casa es la que está en mi conciencia. Yo soy el Testigo puro en el que emerge ahora mismo esta casa. Yo no estoy en esta casa, sino que esta casa está en mi conciencia. Yo soy, por tanto, conciencia.

Cuando miro fuera de esta casa al espacio circundante -tal vez una gran extensión de tierra, una gran apertura al cielo, otras casas, calles y automóviles-, cuando miro, en suma, al universo que me rodea y descanso en el Testigo, en el Yo-Yo sin forma, resulta evidente que, en este mismo instante, yo no estoy en el universo, sino que el universo está dentro de mi conciencia. Yo soy el Testigo puro en el que ahora mismo emerge el universo. Yo no estoy en el universo sino que es el universo el que está en mi conciencia. Yo soy, por consiguiente, conciencia.

Es cierto que la materia física de su cuerpo se halla dentro de la materia de la casa y que la materia de la casa se halla dentro de la materia del universo. Pero usted es algo más que materia, usted no es sólo algo físico, usted también es Conciencia y la materia no es más que un cascarón externo. Cuando el ego adopta el punto de vista de la materia queda atrapado en la materia y se ve, por tanto, torturado de continuo por el aspecto físico del dolor. Pero el dolor también emerge en su conciencia y usted puede hallarse en el dolor o, cuando descansa en la inmensidad de la Vacuidad pura que constituye su identidad más profunda, puede darse cuenta de que es el dolor el que se halla en usted, de que es usted el que rodea el dolor y de que, en consecuencia, lo trasciende.

¿Qué es pues lo que soy? Si me contraigo en el ego, parece que estoy confinado al cuerpo, que, a su vez, está confinado en la casa que, a su vez, está confinada en el inmenso universo que la rodea. Pero  cuando descanso en el Testigo -la conciencia abierta, inmensa y vacía - resulta evidente que yo no estoy en el cuerpo, sino que el cuerpo está en mí, que yo no estoy en esta casa sino que la casa está en mí, y que yo no estoy en el universo, sino que el universo está en mí. Todo eso es lo que emerge en el Espacio inmenso, vacío, puro y resplandeciente de la Conciencia primordial, ahora y también ahora y eternamente ahora.

Yo soy, por consiguiente, Conciencia”.


(Ken WILBER, Diario, Kairós, Barcelona 2000, pp. 194-195).


Domingo II Tiempo Ordinario Ciclo “A”
16 enero 2011

Evangelio de Juan 1, 29-34

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:
— Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquél de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.
Y Juan dio testimonio diciendo:
— He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
— Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.
Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.

******

En este inicio del llamado “tiempo ordinario”, apenas celebrada la fiesta del bautismo de Jesús, la liturgia sigue proponiendo una nueva lectura de aquel hecho, esta vez la que ofrece el cuarto evangelio. En éste, no se narra el hecho en sí, sino el “testimonio” del Bautista, que es presentado como “precursor” y, más propiamente, como “testigo”.
De Juan se nos había dicho, ya en el Prólogo, que “vino como testigo, para dar testimonio de la luz…; no era la luz, sino testigo de la luz” (1,4-5); su misión no es otra que la de “dar testimonio” (1,15).
Por ello, es fácil comprender que la frase central del texto que hoy leemos es la que aparece justo al final del mismo: “Yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios” (1,34).
En esta frase, se nombran dos temas muy queridos para el autor del cuarto evangelio: la proclamación de Jesús como “Hijo amado y dócil” del Padre –de quien será el “revelador”- y la importancia decisiva del testimonio.
El testimonio, que recorre todo el escrito, se subraya expresamente en momentos decisivos. Cuando narra la muerte de Jesús, afirma que “de su costado brotó sangre y agua” –en un sentido hermosamente simbólico-, para añadir: “El que vio estas cosas da testimonio de ellas, y su testimonio es verdadero. El sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis” (19,35).
Incluso el mismo evangelio –recordemos que el capítulo 21 es un apéndice posterior- concluye con una frase que muestra sin ningún género de dudas su intencionalidad testimonial: “Estos signos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; y para que, creyendo, tengáis en él vida eterna” (20,31).
Y de un modo similar se inicia la Primera Carta de Juan (1,2): “La vida se manifestó y nosotros la hemos visto y damos testimonio, y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó”.

Con todo ello, parece que la comunidad de Juan está manifestando la que considera ser su misión: dar testimonio de lo que han percibido en Jesús. Y hace también de esa misma misión la razón de ser del Bautista.
El testimonio de este último incluye varios elementos:
Jesús es “el Cordero de Dios”: con esta imagen, se alude al cordero pascual, signo de la liberación del pueblo y del inicio del éxodo hacia la Tierra prometida; con ella, se anuncia ya, desde el principio del evangelio, la “Pascua” de Jesús, su muerte-resurrección, en clave también de éxodo y liberación.
Jesús es el hombre sobre el que “se ha posado el Espíritu” –la imagen de la paloma evoca al Espíritu de Dios que “aleteaba sobre las aguas en la creación”-, es decir, quien se halla habitado por la plenitud del Espíritu, que es Vida y Amor.
Jesús es “el que ha de bautizar con Espíritu Santo” –a diferencia del bautismo de Juan, del que se dice reiteradamente que es únicamente “con agua”-: bautizar con –o en- Espíritu es comunicar la misma vida divina.
Con todo ello, Jesús es nombrado como “Hijo de Dios”, aquél en quien se nos manifiesta –hasta donde eso es humanamente posible- el Rostro de la Divinidad, tal como también se había adelantado ya en el Prólogo: “A Dios nadie lo vio jamás; el Hijo único, que es Dios y que está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer” (1,18).
De esta manera, Jesús es también el que “quita el pecado del mundo”. Con esa expresión, parece que el cuarto evangelio no entiende un pecado particular ni siquiera la totalidad de los pecados, sino aquella “mentalidad” –que, en otros lugares, llama “mundo”, como realidad opuesta a los valores que humanizan-, que bien podríamos identificar con la “ignorancia” o “inconsciencia”, que se halla en el origen de todo mal. No por casualidad, este mismo evangelio insistirá también mostrar a Jesús como “luz del mundo” (8,12; 8,32; 9,1-7; 9,39…).

Si “conectamos” con la misión de aquella comunidad joánica, podemos preguntarnos: ¿qué puede significar, hoy, dar testimonio de Jesús?
En un nivel de conciencia mítico, la respuesta sólo podía ser una: afirmar que Jesús es el “único salvador” y que no hay salvación posible al margen de él. De hecho, expresiones como ésta las encontramos en el Nuevo Testamento –“porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Libro de los Hechos de los Apóstoles 4,18)-, y han sido las más frecuentes en la historia cristiana. No revelan sino el nivel de conciencia del que provenimos.
Hoy somos conscientes de que ese tipo de respuestas, no sólo son deudoras de una “perspectiva” cultural, sino que, en la práctica, generan todo tipo de exclusivismo y, a veces, fanatismo e intolerancia.
Hoy sabemos también que la comparación y la exclusión son características del yo –y del modelo mental de cognición-; en un modelo no-dual, descubrimos, antes que nada, aquello que nos une, la identidad última que compartimos, la Vida que en todo se manifiesta. Caen, por tanto, las comparaciones y rivalidades, y emerge la admiración universal ante toda expresión de la Vida.
Esto no significa afirmar el relativismo. Una tal conclusión sólo la extrae quien se halla precisamente en aquel modelo mental, que creía identificar la Verdad con la creencia. Para ese modelo, una cosa o es “verdadera” o es “falsa”, sin ser consciente de la trampa en que ha incurrido, al pretender apresar la Verdad en una propia formulación conceptual. Lo que consigue, en realidad, con ello no es sino caer en un absolutismo dogmático, tan insostenible como perverso.
Sin embargo, la alternativa a ese absolutismo no es el relativismo –igualmente insostenible y perverso-, sino el reconocimiento de la relatividad del modo humano de conocer. No disponemos de otro: nuestro conocimiento siempre será situado –relativo a un tiempo y a un espacio- y sólo podremos avanzar gracias al encuentro y al diálogo entre todos. Pero, en contra de los temores que se alimentan desde el absolutismo, venimos a descubrir que este reconocimiento nos humaniza –porque nos hace humildes-, a la vez que es la única actitud respetuosa con los otros y con el Misterio. Habremos empezado a abandonar nuestras peores pretensiones.

Ser “testigos de Jesús”, en esta nueva perspectiva, equivale a reconocerlo como “espejo” de lo que somos todos, porque –también gracias a él- hemos empezado a ver y vivir lo que él mismo vio y vivió. Porque sólo en la medida en que lo vivimos, lo conocemos, y sólo entonces, aun sin proponérnoslo, lo testimoniaremos.
Ser “testigos de Jesús” significa ver la realidad como él la veía y verlo a él mismo en todo ser humano, porque todos participamos de aquella misma “Identidad compartida”.
Ser “testigos de Jesús” significa vivir que “el Padre y yo somos uno” (Juan 10,30), y que “he venido para que tengan vida y vida en abundancia” (10,10).

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Fiesta del Bautismo de Jesús
9 enero 2011

Evangelio de Mateo 3, 11-17

En aquel tiempo, fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.
Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
— Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y acudes a mí?
Jesús le contestó:
— Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere.
Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo, que decía:
— Este es mi hijo, el amado, mi predilecto.

******

Ya hemos comentado, en otras ocasiones, que el bautismo de Jesús por Juan debió constituir un hecho histórico, especialmente “incómodo” para los discípulos del Maestro de Nazaret, por cuanto podría interpretarse como un reconocimiento de la preeminencia del Bautista sobre él: siempre es “mayor” quien bautiza que el bautizado.
Cada evangelista trata de salir al paso de esa “incomodidad”, con alguna explicación que “justifique” el hecho. Así, por ejemplo, en el apócrifo Evangelio de los Hebreos se lee: “La madre de Jesús y sus hermanos le dijeron: Juan el Bautista bautiza para el perdón de los pecados; vayamos a ser bautizados. Pero él les respondió: ¿Qué pecado he cometido para ir a bautizarme? Con todo, puede que estas palabras mías contengan el pecado de ignorancia”.
Mateo, por su parte, hace un doble subrayado: por un lado, pone en boca del Bautista el reconocimiento humilde de quien se sabe “inferior”; por otro, busca dar una explicación del hecho remitiéndose al designio divino. De ese modo –y así se ha interpretado siempre en la historia cristiana-, se diluía lo que los discípulos de Jesús hubieran visto como una “incoherencia”.

Quizás será bueno que volvamos sobre ello desde nuestra perspectiva: ¿Por qué habría de resultar “incómodo” el hecho de que Jesús fuera bautizado por Juan?
Tal como yo lo veo, la respuesta hay que buscarla en dos direcciones, cada una correspondiente a un momento histórico. Por una parte, en la primera comunidad cristiana, encontraríamos la tendencia, tan habitual entre los humanos, a colocar “lo nuestro” por encima de todo lo demás: como si el reconocimiento de lo bueno del otro mermara el valor de lo propio. Por otra, en la historia cristiana posterior, lo que parecía más difícil de asumir fue el hecho de que Jesús “necesitara” de un bautismo dirigido a los “pecadores”. Tras el proceso de “divinización” de Jesús, tal como se desarrolló sobre todo a partir de los concilios de Nicea y Calcedonia, resultaba impensable que Jesús hubiera tenido que ser bautizado.
Sin embargo, los hechos son tozudos. Y es bueno asumirlos como son, en lugar de entrar en justificaciones que confunden. Y el hecho es que, según los datos de que disponemos, Jesús quiso ser bautizado por Juan. Y esto no le ocasionaba ningún conflicto.
Los “conflictos” nacen siempre de las “comparaciones”, y éstas son obra del ego. Puede decirse que toda comparación con otros denota una no aceptación de sí mismo. La persona que se acepta y acoge bien no necesita compararse con nadie. Por eso, y antes que nada, esa tendencia comparativa es una llamada de atención para que cuidemos la aceptación, humilde y comprensiva, de nosotros mismos. Puesto que la aceptación es el reconocimiento de la propia verdad, con sus luces y sus sombras, sólo será posible vivirla desde la humildad.
Pero, más allá todavía de la problemática psicológica que la explica, es bueno ver que la comparación nace siempre del ego, por las características propias de éste.
El ego, tanto individual como colectivo, tiene necesidad de sentirse “más que” los otros, en su desesperado intento de dotarse a sí mismo de una sensación de existencia. No puede haber ego que no alimente sentimientos de superioridad, incluso aunque estén “camuflados” bajo el disfraz de la inferioridad. Eso significa que, mientras estemos identificados con el yo –eso es el ego-, la comparación y el afán de superioridad resultarán inevitables. Y, en consecuencia, en lugar de integrar y de unir, separaremos, dividiremos y excluiremos. Donde hay ego, hay separación y comparación, porque el propio ego es una identidad separada.

No hay, por tanto, otra salida posible que trascender esa identidad egoica, gracias a la comprensión que nos lleva a reconocernos en una Identidad “compartida”, que abraza a todos los seres, no negando las diferencias, pero apreciando la Unidad común.
En esta identidad es en la que se reconoció Jesús, la identidad del “Yo Soy” universal que a nadie deja fuera. Por eso, no se hizo problema de comparaciones ni de supuestas preeminencias.
Es evidente que, en nuestra tarea de análisis de la realidad, necesitamos hacer comparaciones entre diferentes elementos o perspectivas. No hablo aquí de eso, sino de la comparación que se asienta sobre la base de que fuéramos yoes separados y que busca la afirmación de uno sobre otro. Esto es siempre obra del ego.
Decir que es del ego, equivale a afirmar que es un proceso mental. El yo con el que habitualmente nos identificamos es un producto de la mente, sostenido por la memoria.
Para salir de esa “falsa creencia” de que somos un “yo separado” frente a otros yoes, tenemos dos caminos: el conocimiento y el amor. Gracias al amor, en la medida en que nos entregamos a su propio dinamismo, somos llevados a experimentar, de forma viva e inmediata, la Unidad que somos. Debido a su fuerza unitiva, la identidad del yo es trascendida y nos abrimos a la Identidad mayor y más profunda. Es lo que han experimentado, entre otros, los místicos que han vivido el “camino afectivo” o de entrega amorosa a la Divinidad, hasta percibirse como no-separados de ella.
El camino del conocimiento, por su parte, es el que nos lleva a comprender nuestra verdadera naturaleza, gracias al silenciamiento de la mente. En tanto en cuanto estamos en el pensamiento, no podemos percibirnos sino como “yo”. Necesitamos acallarlos, para “ver” más allá de ellos. A este ver, le llamamos “comprensión”.
El modo más eficaz de avanzar en este camino pasa por ejercitarnos en observar los propios pensamientos, situándonos cada vez más como testigos de todos los contenidos –mentales y emocionales- de nuestra conciencia.
Con la práctica, nos percataremos de que no somos el flujo de pensamientos y sentimientos que van y vienen, sino la Conciencia-Testigo que está detrás de todos ellos, apercibiéndose de lo que ocurre.
De ese modo, empezamos el proceso de desidentificarnos de nuestro yo, gracias a la comprensión de que somos “otra cosa”. Y percibiremos también que Eso que somos es compartido con todos los seres. Sin haberlo pretendido de un modo consciente, habremos dado el paso del “modelo mental” al “modelo no-dual”, del dualismo separador al holismo integrador.

En este nuevo modelo, podremos acercarnos también a Jesús desde una perspectiva inmensamente más rica y, con seguridad, más ajustada, si tenemos en cuenta que Jesús vivió en esa Conciencia unitaria.
Y podremos reconocernos como no-separados de él, en lo que fue su propia experiencia, que es también la nuestra. También nosotros podremos ver que “el cielo se abre” –toda la realidad se nos muestra unificada-, que el Espíritu “se posa sobre nosotros” –el Dinamismo de lo Real que nos hace ser- y que realmente somos “hijos amados”, conciencia divina expresada en tantas formas.
Así leído, no sólo no hace falta “justificar” que Jesús fuera bautizado por el Bautista, sino que descubrimos el bautismo como una manifestación radiante de la verdad más honda que todos compartimos.

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Domingo IV de Adviento
19 diciembre 2010

Evangelio de Mateo 1, 18-24

La concepción de Jesucristo fue así:
La madre de Jesús estaba desposada con José, y antes de vivir juntos resultó que ella esperaba un hijo, por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, que era bueno y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero apenas había tomado esta resolución se le apareció en sueños un ángel del Señor, que le dijo:
— José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta:
Mirad:
“La virgen concebirá y dará a luz un hijo,
y le pondrá por nombre Emmanuel
(que significa «Dios con nosotros»)”.

Cuando José se despertó hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

******

Hoy se acepta con normalidad que los evangelios no son crónicas históricas, en el sentido moderno del término, sino catequesis elaboradas por creyentes, que buscan comunicar, compartir y alentar la fe de las primeras comunidades. No se niega su base histórica, pero ésta –de acuerdo también con los usos de la época- ha sido “elaborada” en función del mensaje que se quería transmitir.
Si ese principio es válido para el conjunto de los relatos evangélicos –y los estudiosos se hallan empeñados en la ardua tarea de discriminar la “historicidad” de cada perícopa-, mucho más para los así llamados “relatos de la infancia”.
En estos relatos, particularmente, que encontramos sólo en los evangelios de Mateo y de Lucas, no hay que ir a buscar historia, sino teología, es decir, contenidos de fe.
En Lucas, es María quien recibe directamente el anuncio del ángel –la anunciación-; en Mateo, por el contrario, el destinatario del mensaje angélico es José. En ambos casos, lo que se busca transmitir es exactamente lo mismo: Jesús nace todo de Dios.
Si nos ceñimos al relato de Mateo, que estamos comentando, la exégesis actual parece inclinarse a pensar que el evangelista está utilizando unos temas que ha recibido de la tradición; si bien otros insisten en que, atendiendo al vocabulario empleado, él mismo los habría reelaborado de un modo muy personal.

Empecemos reconociendo una obviedad. El tema del nacimiento sin intervención de un padre se encuentra a menudo en relatos egipcios y helenísticos, que hablan de la generación divina de reyes, héroes, sabios…: desde Horus, hasta Attis de Frigia, pasando por Dionisos y Mitra, y llegando incluso a Platón –de quien su sobrino Espeusipo, en el discurso pronunciado al año de la muerte del filósofo, afirmó que éste había sido engendrado directamente por Apolo- y, por supuesto, a los emperadores romanos… También en contextos mas alejados, como la India, se dice de Krishna, que nació de la virgen Devaki.
En una cultura en la que se pensaba que la mujer jugaba únicamente el papel de “receptor” y “nido” de la nueva vida, que se creía provenía en exclusividad de la figura paterna –el semen contenía la totalidad de la vida que iba a nacer-, parece claro que, al eliminar la intervención masculina, se estaba diciendo que el niño que nacía era hijo de Dios en su totalidad. La madre no era sino el receptáculo que lo acogía.
La idea, sin embargo, era desconocida en el judaísmo de Palestina. El texto de Isaías que cita Mateo –“la virgen concebirá…”-, aparte de referirse a un hecho concreto de la historia del pueblo, no parece que hable originalmente de “virgen”, sino sencillamente de “doncella” o “joven”: así es como, según los expertos, habría que traducir el término hebreo “almâh”.
El que fuera una idea inexistente en Palestina, podría ser un indicio de que pudo haberse fraguado en alguna comunidad judeo-helenística-cristiana, donde hubiera encontrado fácil receptividad.
Probablemente, el relato forme parte del intento de ciertas comunidades de mostrar a Jesús como “Hijo de Dios según el Espíritu”, tal como se expresaba Pablo en la carta a los Romanos (1,4). El relato del nacimiento virginal sería entonces una forma de dar cauce a aquella convicción.
Eso significa que, antes que una afirmación que se refiera a la biología, es un relato teológico. No se está hablando de la virginidad biológica de María, sino del carácter divino de Jesús: el recurso para hacerlo –en línea con la costumbre egipcia y helenística- era mostrarlo como nacido sin intervención de varón.
En cualquier caso, en el relato bíblico, el Espíritu Santo no reemplaza al elemento masculino que hace posible el engendramiento. Se trata, más bien, del poder creador de Dios, siempre actuante, y no de un intervencionismo mítico, que rivalizara con lo humano.

Si miramos el evangelio de Mateo en su conjunto, quizás hayamos de concluir que lo que más le interesa al autor es el nombre “Emmanuel”, con el que entiende la persona y la obra de Jesús: para este evangelista, Jesús es, antes que nada, “Dios-con-nosotros”.
Tanto es así que va a hacer con ese nombre una gran inclusión, que abraza a todo su escrito. La primera parte de la misma corresponde al relato que estamos comentando, en el capítulo primero; la segunda aparecerá en el último, puesta entonces en boca del propio Jesús, como cierre de todo el evangelio: “Yo-soy-con-vosotros todos los días hasta el final del mundo” (28,20). Al principio y al final, el mismo nombre, que define la persona y la misión de Jesús entre los suyos: Emmanuel.
Esto es lo decisivo para Mateo, la certeza sobre la que apoya su fe: han descubierto en Jesús la cercanía completa de Dios. Para insistir en que es todo de Dios, recurre al relato, común en su entorno, de un “nacimiento virginal”.

¿Cómo hablar entonces de la “virginidad de María”? Soy consciente de que este tema –donde se entrelazan lo religioso, lo cultural y lo psicológico, en una mezcla en la que intervienen poderosos elementos inconscientes e incluso arcaicos o ancestrales, relativos a la sexualidad y a la figura de la mujer- toca fibras muy sensibles en la piedad católica. Una anécdota puede ilustrar, mejor que otra cosa, lo que quiero decir. No hace muchos años, en una romería a un santuario mariano, un hombre me comentaba: “Yo no sé si creo en Dios; pero que a nadie se le ocurra tocarme a la Virgen”…
Con todo el respeto al modo que cada cual tenga de expresar e incluso vivir sus creencias, me parece que podríamos empezar por ponernos de acuerdo en algo elemental: más importante que la virginidad biológica es la virginidad espiritual.
Esta última podría entenderse como “disponibilidad”, la actitud abierta y dócil de quien se deja hacer por Dios, sin límite ni medida. Una persona virgen es aquélla cuyo corazón no está “ocupado” por ninguna otra cosa que la voluntad de Dios.
Si queremos expresarlo de un modo aún más radical, podemos decir que virgen es la persona que se ha desindentificado o desapropiado de su yo y, por tanto, ya no vive para él. Es “virgen” –apertura, disponibilidad, donación…- quien no está identificado con su ego ni vive para él, sino que ha descubierto-experimentado la Identidad-sin-límites (transegoica o transpersonal, no-dual) que todo lo abraza. Una identidad, por lo demás, que únicamente puede percibirse en el presente.
En ausencia de identificación con el yo, la persona es cauce o canal a través del cual Dios puede fluir con entera libertad. Por eso, puede cantar como María: “El Poderoso ha hecho en mí obras grandes”. No hay sentido alguno de apropiación; hay únicamente un “dejarse vivir”, asintiendo a la Vida que se expresa en la forma del momento presente.
La virginidad, por tanto, así entendida, puede considerarse como el horizonte hacia el que caminamos…, porque en realidad ya lo somos. Al comprender la Unidad que somos y trascender la conciencia egoica –en la desapropiación del yo- nuestro corazón se “desocupa” y nos descubrimos conteniendo en nosotros al universo entero.
En ese camino nos hallamos. En María, acogemos y celebramos a una mujer que lo ha vivido; por eso, también en ella nos reconocemos.

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Domingo I de Adviento
28 noviembre 2010

Evangelio de Mateo 24, 37-44

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
— Lo que paso en tiempos de Noé, pasará cuando venga el Hijo del Hombre.
Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y, cuando menos lo esperaban, llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del Hombre.
Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán.
Estad en vela, porque no sabéis que día vendrá vuestro señor.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa.
Por eso estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre.

******

En dos pequeñas parábolas, el texto del evangelio insiste en la actitud de la vigilancia. En la primera de ellas, parece advertirse una intencionalidad clara: el mayor enemigo de la vigilancia es la inconsciencia, revestida de rutina y apego a lo acostumbrado (“comer, beber, casarse”). En la segunda, la insistencia se sitúa en la importancia de “estar en vela”, porque lo que se halla en juego es nada menos que la seguridad de la “casa”, es decir, la consistencia de la propia persona.
Tanto en los sueños, como en los cuentos y en las parábolas, la casa es un símbolo arquetípico de la persona. Desde esta perspectiva, el mensaje de Jesús es una llamada a tomar conciencia de quienes somos, favoreciendo la actitud que nos permite “construirnos” –la vigilancia- y estando atentos a aquella otra que nos “rompe” o arruina –la inconsciencia-.
Podemos comprender mejor a lo que apuntan ambas actitudes si las relacionamos con la atención, entendida como la capacidad de vivir en el momento presente.
La inconsciencia es el estado habitual de quien se halla identificado con sus pensamientos, sentimientos, emociones o reacciones. En esa identificación consiste lo que llamamos ego: la creencia de que somos esos contenidos mentales y emocionales, en la ignorancia más completa de nuestra verdadera identidad. El pensamiento ha sustituido a la conciencia y el automatismo a la comprensión.
La vigilancia, por el contrario, se refiere a la capacidad de no perdernos en la maraña de los pensamientos ni caer en la trampa de identificarnos con ellos. Requiere, por tanto, la actitud de observar todo lo que pasa por nuestra mente, tomando distancia de ello.
Gracias a esa distancia y observación, venimos a descubrir que en nosotros hay pensamientos, sentimientos, emociones, reacciones…, pero que no somos eso. Como escribe Eckhart Tolle, cuando me hago consciente de que “lo que yo percibo, experimento, pienso o siento no es en definitiva lo que yo soy, y que no puedo encontrarme a mí mismo en todas esas cosas que pasan continuamente…, cuando me conozco como tal [como la Conciencia, en la que van y vienen las percepciones, experiencias, sentimientos y pensamientos], lo que ocurra en mi vida ya no tendrá una importancia absoluta, sino sólo relativa” (E. TOLLE, Todos los seres vivos somos uno, Debolsillo, Barcelona 2009, p. 137).
Sin distancia, nos vemos confundidos y perdidos en nuestros pensamientos: son ellos, con sus vaivenes, los que guían nuestra vida y los que dictan nuestra felicidad o infelicidad; somos marionetas en sus manos. No sólo eso. Sin distancia de ellos, vivimos convencidos de que somos el “yo” que nuestra mente piensa que somos; es decir, quedamos reducidos y constreñidos a una identidad puramente mental.
Cuando ponemos atención, no sólo quitamos importancia a todos nuestros contenidos mentales –sean los que sean, no son más que “objetos” en nuestra conciencia; un conjunto de pautas o patrones condicionados por nuestra historia psicológica, que se nos repiten una y otra vez-, sino que empezamos a percibir que somos más que ellos. No somos los pensamientos, sino la Conciencia que está detrás y que es consciente de ellos. Porque no somos nunca lo observado, sino “Eso” que observa.

Así leídas, esas dos pequeñas parábolas encierran una profunda sabiduría. Todo se juega en la atención. El maestro G. Gurdieff decía: “La atención es la moneda más valiosa que tengo para pagar la libertad interior”. Y tenía razón: donde pongamos la atención, estará nuestra vida (o nuestra falta de vida). La manera en que enfocamos nuestra atención es fuente de equilibrio o de desequilibrio, ya que nuestras emociones serán radicalmente diferentes.
Dicho de un modo más tajante: la serenidad no viene de vivir en unas supuestas circunstancias “ideales”, sino de la capacidad de mantener centrada la atención, aun en medio de la dificultad, en aquello que es lo más constructivo. En ese sentido, puede afirmarse que el cuidado de la atención es el precio de nuestra libertad; no se puede ser libre, si no se es dueño de la propia atención.
Planteado desde el ángulo inverso, significa reconocer que una mente vagabunda es fuente de esclavitud y de sufrimiento, que nos mantiene a merced de sus vaivenes sin sentido: es la “inconsciencia” de que habla la primera parábola.
Los maestros espirituales han insistido siempre en la importancia decisiva de ser dueños de la propia mente, es decir, de mantener una atención constante y, así, trascender el pensamiento gracias a la práctica perseverante de la meditación.
Eso es, exactamente, meditar: aquietar los movimientos mentales, gracias a la atención a aquello que está aconteciendo aquí y ahora; de ese modo, la práctica meditativa se convierte en una forma de vida, en una forma de ser, caracterizada por vivir habitualmente en el momento presente, del que surge la percepción de nuestra identidad más honda (transpersonal), que trasciende el yo mental o psicológico.
Lo más novedoso, sin embargo, es que ahora no son sólo los maestros espirituales, sino los profesionales de la salud mental –médicos, psiquiatras y psicólogos- los que están descubriendo la potencialidad de la meditación, de cara a garantizar una buena salud psicológica, previniendo el estrés, la ansiedad, la depresión y, en general, todos aquellos trastornos relacionados con un funcionamiento exageradamente cerebral.

¿Por qué es tan eficaz la atención? Si tenemos en cuenta que “atención plena” es exactamente lo opuesto a “divagación mental”, en la que nos vemos tan frecuentemente perdidos, traídos y llevados, arrastrados en definitiva por una “mente de mono” vagabunda y errática, podremos empezar ya a intuir sus beneficios.
A falta de esa atención, no somos en absoluto dueños de nuestra persona; ni siquiera usamos nuestra mente para pensar. Lo que ocurre realmente es que, más que pensar, “somos pensados”, a veces de una manera tan compulsiva e incontrolable como agudamente dolorosa.
La mente nos tiraniza en la misma medida en que “va por libre”, es decir, siempre que no es observada. De esa mente no observada es de donde surge todo sufrimiento emocional, incluidos los funcionamientos psicológicos y mecanismos mentales autodestructivos. Basta reconocer que los pensamientos perturbadores no pueden existir si no se les presta atención, es decir, si no se alimentan desde la propia mente.
La atención sanadora empieza, pues, con la observación de la propia mente. Observarla significa que hemos empezado a poner nuestra atención en ella y que, en esa misma medida, hemos tomado distancia de su cháchara interminable.
“Atención” y “pensamiento no observado” se excluyen mutuamente. Por eso, basta atender a la mente –sin dejarse involucrar en ella-, para que el pensamiento se detenga. Ahora bien, como decía antes, para que sea tal observación, es preciso mantener en todo momento la distancia con respecto a cualquier contenido mental que pueda aparecer. Porque no se trata de querer modificarlos o eliminarlos, sino simplemente hacerse consciente de ellos. Si no se pierde la distancia, pronto caeremos en la cuenta de dos fenómenos igualmente importantes: 1) los pensamientos van ralentizándose, hasta silenciarse por completo; 2) emerge una percepción distinta y nueva de nuestra propia identidad: de pronto, constatamos, con una sensación de gran libertad interior, que no somos nuestra mente, sino “Eso” que la observa; no somos el pensamiento, sino la Conciencia en la que aparecen; no somos el “yo mental”, sino la Presencia atemporal e ilimitada, el “Yo Soy” universal, que compartimos con todo lo que es.
De la misma manera que observamos nuestra mente y, así, llegamos a reconocer su carácter de “objeto” –como un “órgano” más- dentro de lo que somos, podemos dirigir nuestra atención directamente hacia el “yo” que creíamos ser. Al observar cualquiera de nuestros yoes –el yo sólo existe acompañado de un adjetivo: yo asustado, airado, triste, preocupado, juzgador, violento…-, nos veremos sorprendidos por el mismo descubrimiento: ese yo al que podemos observar no constituye nuestra verdadera identidad; es sólo el actor de una película que habíamos confundido con la realidad. Por tanto, en la medida en que nos liberemos de la mente no observada, estaremos liberándonos del ego.
De un modo y otro, gracias a la observación-atención, empezamos a entrar por el camino de la calma y la serenidad, la ecuanimidad y el gozo, la maestría en ser dueños de nuestra vida y la libertad interior, la conciencia de quienes realmente somos y la plenitud…
La conclusión no puede quedar más patente: la clave radica en ganar el dominio de nuestra atención, manteniéndonos presentes en el aquí y ahora, poniendo los medios que, gracias a una práctica perseverante, nos vayan haciendo diestros en ese arte, en el que nos jugamos nada menos que la calidad de nuestra vida y el encuentro con nuestra verdadera identidad.
Es claro, por lo demás, que la atención únicamente puede vivirse en el momento presente. Cualquier escape al pasado o proyección al futuro no es sino una claudicación a la mente errática. Eso no significa que no se pueda programar el futuro; significa, más bien, que la programación no requiere huir del presente. Estando conscientemente aquí y ahora, atendiendo a lo que ocurre, logramos salir de la maraña del pensamiento que nos aturde, del parloteo mental interminable y agotador, y vivimos en la atención que descansa: quitamos pensamiento inútil y ponemos conciencia en nuestra vida; dejamos de percibirnos como un “yo” a merced de la mente y nos experimentamos como Conciencia ecuánime, la Presencia que –más allá de todo parloteo mental- sencillamente es. Eso es el “despertar espiritual”.

*****


Anexo:

Según estudios neurológicos, mente errática es sinónimo de infelicidad.

Matthew Killingsworth y Daniel Gilbert, dos especialistas del equipo de neurología de la Universidad de Harvard, han publicado, en la prestigiosa revista Science, las conclusiones de un estudio, que confirma, punto por punto, lo que los sabios nos han dicho siempre: el precio que pagamos por divagar es nada menos que la propia felicidad.
Según una reseña de este estudio, publicada en el diario El Mundo, el pasado día 11 de noviembre, Killingsworth y Gilbert afirman que “el cerebro es una especie de 'super ordenador', de funcionamiento complejo, del cual conocemos sólo una pequeña parte. Sabemos que tiene actividad consciente e inconsciente, ambas de igual importancia ya que permiten realizar acciones complejas a la vez y de forma fluida; y que es capaz de pensar en el menú de la cena mientras atendemos una llamada de trabajo, todo un logro evolutivo”.
Esta capacidad de divagación "parece ser el modo operativo por defecto del cerebro". Pero 'abusamos' de este recurso. Killingsworth y Gilbert se preguntaron si centrarse en el 'ahora mismo' y dejar a un lado el pasado y el futuro es bueno para la salud emocional.
En su estudio, analizaron los datos obtenidas a partir de 2.250 adultos representativos de las principales actividades laborales del mercado. Pero, fuera lo que fuera lo que hacía cada uno de ellos, sus mentes se dedicaban a divagar una media del 46,9% de las horas de vigilia. Así que, "nuestra vida mental está dominada en un grado destacable por el no-presente". Cuando menos nos invaden estos pensamientos es durante la actividad sexual, el trabajo o en una conversación.
En los instantes en los que los participantes se ceñían a lo que estaban haciendo, es cuando eran más felices. Este fenómeno era cierto incluso cuando la actividad realizada no fuera especialmente entretenida e independientemente de si los pensamientos versaban sobre temas placenteros, neutros o negativos, aunque estos últimos eran los de peores consecuencias.
La conclusión a la que llegaron fue la siguiente: Divagar, 'per se', es una fuente de infelicidad. Y "el pensamiento errático es una excelente forma de predecir la infelicidad de la gente".

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Domingo I de Adviento
28 noviembre 2010

Evangelio de Mateo 24, 37-44

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
— Lo que paso en tiempos de Noé, pasará cuando venga el Hijo del Hombre.
Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y, cuando menos lo esperaban, llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del Hombre.
Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán.
Estad en vela, porque no sabéis que día vendrá vuestro señor.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa.
Por eso estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre.

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En dos pequeñas parábolas, el texto del evangelio insiste en la actitud de la vigilancia. En la primera de ellas, parece advertirse una intencionalidad clara: el mayor enemigo de la vigilancia es la inconsciencia, revestida de rutina y apego a lo acostumbrado (“comer, beber, casarse”). En la segunda, la insistencia se sitúa en la importancia de “estar en vela”, porque lo que se halla en juego es nada menos que la seguridad de la “casa”, es decir, la consistencia de la propia persona.
Tanto en los sueños, como en los cuentos y en las parábolas, la casa es un símbolo arquetípico de la persona. Desde esta perspectiva, el mensaje de Jesús es una llamada a tomar conciencia de quienes somos, favoreciendo la actitud que nos permite “construirnos” –la vigilancia- y estando atentos a aquella otra que nos “rompe” o arruina –la inconsciencia-.
Podemos comprender mejor a lo que apuntan ambas actitudes si las relacionamos con la atención, entendida como la capacidad de vivir en el momento presente.
La inconsciencia es el estado habitual de quien se halla identificado con sus pensamientos, sentimientos, emociones o reacciones. En esa identificación consiste lo que llamamos ego: la creencia de que somos esos contenidos mentales y emocionales, en la ignorancia más completa de nuestra verdadera identidad. El pensamiento ha sustituido a la conciencia y el automatismo a la comprensión.
La vigilancia, por el contrario, se refiere a la capacidad de no perdernos en la maraña de los pensamientos ni caer en la trampa de identificarnos con ellos. Requiere, por tanto, la actitud de observar todo lo que pasa por nuestra mente, tomando distancia de ello.
Gracias a esa distancia y observación, venimos a descubrir que en nosotros hay pensamientos, sentimientos, emociones, reacciones…, pero que no somos eso. Como escribe Eckhart Tolle, cuando me hago consciente de que “lo que yo percibo, experimento, pienso o siento no es en definitiva lo que yo soy, y que no puedo encontrarme a mí mismo en todas esas cosas que pasan continuamente…, cuando me conozco como tal [como la Conciencia, en la que van y vienen las percepciones, experiencias, sentimientos y pensamientos], lo que ocurra en mi vida ya no tendrá una importancia absoluta, sino sólo relativa” (E. TOLLE, Todos los seres vivos somos uno, Debolsillo, Barcelona 2009, p. 137).
Sin distancia, nos vemos confundidos y perdidos en nuestros pensamientos: son ellos, con sus vaivenes, los que guían nuestra vida y los que dictan nuestra felicidad o infelicidad; somos marionetas en sus manos. No sólo eso. Sin distancia de ellos, vivimos convencidos de que somos el “yo” que nuestra mente piensa que somos; es decir, quedamos reducidos y constreñidos a una identidad puramente mental.
Cuando ponemos atención, no sólo quitamos importancia a todos nuestros contenidos mentales –sean los que sean, no son más que “objetos” en nuestra conciencia; un conjunto de pautas o patrones condicionados por nuestra historia psicológica, que se nos repiten una y otra vez-, sino que empezamos a percibir que somos más que ellos. No somos los pensamientos, sino la Conciencia que está detrás y que es consciente de ellos. Porque no somos nunca lo observado, sino “Eso” que observa.

Así leídas, esas dos pequeñas parábolas encierran una profunda sabiduría. Todo se juega en la atención. El maestro G. Gurdieff decía: “La atención es la moneda más valiosa que tengo para pagar la libertad interior”. Y tenía razón: donde pongamos la atención, estará nuestra vida (o nuestra falta de vida). La manera en que enfocamos nuestra atención es fuente de equilibrio o de desequilibrio, ya que nuestras emociones serán radicalmente diferentes.
Dicho de un modo más tajante: la serenidad no viene de vivir en unas supuestas circunstancias “ideales”, sino de la capacidad de mantener centrada la atención, aun en medio de la dificultad, en aquello que es lo más constructivo. En ese sentido, puede afirmarse que el cuidado de la atención es el precio de nuestra libertad; no se puede ser libre, si no se es dueño de la propia atención.
Planteado desde el ángulo inverso, significa reconocer que una mente vagabunda es fuente de esclavitud y de sufrimiento, que nos mantiene a merced de sus vaivenes sin sentido: es la “inconsciencia” de que habla la primera parábola.
Los maestros espirituales han insistido siempre en la importancia decisiva de ser dueños de la propia mente, es decir, de mantener una atención constante y, así, trascender el pensamiento gracias a la práctica perseverante de la meditación.
Eso es, exactamente, meditar: aquietar los movimientos mentales, gracias a la atención a aquello que está aconteciendo aquí y ahora; de ese modo, la práctica meditativa se convierte en una forma de vida, en una forma de ser, caracterizada por vivir habitualmente en el momento presente, del que surge la percepción de nuestra identidad más honda (transpersonal), que trasciende el yo mental o psicológico.
Lo más novedoso, sin embargo, es que ahora no son sólo los maestros espirituales, sino los profesionales de la salud mental –médicos, psiquiatras y psicólogos- los que están descubriendo la potencialidad de la meditación, de cara a garantizar una buena salud psicológica, previniendo el estrés, la ansiedad, la depresión y, en general, todos aquellos trastornos relacionados con un funcionamiento exageradamente cerebral.

¿Por qué es tan eficaz la atención? Si tenemos en cuenta que “atención plena” es exactamente lo opuesto a “divagación mental”, en la que nos vemos tan frecuentemente perdidos, traídos y llevados, arrastrados en definitiva por una “mente de mono” vagabunda y errática, podremos empezar ya a intuir sus beneficios.
A falta de esa atención, no somos en absoluto dueños de nuestra persona; ni siquiera usamos nuestra mente para pensar. Lo que ocurre realmente es que, más que pensar, “somos pensados”, a veces de una manera tan compulsiva e incontrolable como agudamente dolorosa.
La mente nos tiraniza en la misma medida en que “va por libre”, es decir, siempre que no es observada. De esa mente no observada es de donde surge todo sufrimiento emocional, incluidos los funcionamientos psicológicos y mecanismos mentales autodestructivos. Basta reconocer que los pensamientos perturbadores no pueden existir si no se les presta atención, es decir, si no se alimentan desde la propia mente.
La atención sanadora empieza, pues, con la observación de la propia mente. Observarla significa que hemos empezado a poner nuestra atención en ella y que, en esa misma medida, hemos tomado distancia de su cháchara interminable.
“Atención” y “pensamiento no observado” se excluyen mutuamente. Por eso, basta atender a la mente –sin dejarse involucrar en ella-, para que el pensamiento se detenga. Ahora bien, como decía antes, para que sea tal observación, es preciso mantener en todo momento la distancia con respecto a cualquier contenido mental que pueda aparecer. Porque no se trata de querer modificarlos o eliminarlos, sino simplemente hacerse consciente de ellos. Si no se pierde la distancia, pronto caeremos en la cuenta de dos fenómenos igualmente importantes: 1) los pensamientos van ralentizándose, hasta silenciarse por completo; 2) emerge una percepción distinta y nueva de nuestra propia identidad: de pronto, constatamos, con una sensación de gran libertad interior, que no somos nuestra mente, sino “Eso” que la observa; no somos el pensamiento, sino la Conciencia en la que aparecen; no somos el “yo mental”, sino la Presencia atemporal e ilimitada, el “Yo Soy” universal, que compartimos con todo lo que es.
De la misma manera que observamos nuestra mente y, así, llegamos a reconocer su carácter de “objeto” –como un “órgano” más- dentro de lo que somos, podemos dirigir nuestra atención directamente hacia el “yo” que creíamos ser. Al observar cualquiera de nuestros yoes –el yo sólo existe acompañado de un adjetivo: yo asustado, airado, triste, preocupado, juzgador, violento…-, nos veremos sorprendidos por el mismo descubrimiento: ese yo al que podemos observar no constituye nuestra verdadera identidad; es sólo el actor de una película que habíamos confundido con la realidad. Por tanto, en la medida en que nos liberemos de la mente no observada, estaremos liberándonos del ego.
De un modo y otro, gracias a la observación-atención, empezamos a entrar por el camino de la calma y la serenidad, la ecuanimidad y el gozo, la maestría en ser dueños de nuestra vida y la libertad interior, la conciencia de quienes realmente somos y la plenitud…
La conclusión no puede quedar más patente: la clave radica en ganar el dominio de nuestra atención, manteniéndonos presentes en el aquí y ahora, poniendo los medios que, gracias a una práctica perseverante, nos vayan haciendo diestros en ese arte, en el que nos jugamos nada menos que la calidad de nuestra vida y el encuentro con nuestra verdadera identidad.
Es claro, por lo demás, que la atención únicamente puede vivirse en el momento presente. Cualquier escape al pasado o proyección al futuro no es sino una claudicación a la mente errática. Eso no significa que no se pueda programar el futuro; significa, más bien, que la programación no requiere huir del presente. Estando conscientemente aquí y ahora, atendiendo a lo que ocurre, logramos salir de la maraña del pensamiento que nos aturde, del parloteo mental interminable y agotador, y vivimos en la atención que descansa: quitamos pensamiento inútil y ponemos conciencia en nuestra vida; dejamos de percibirnos como un “yo” a merced de la mente y nos experimentamos como Conciencia ecuánime, la Presencia que –más allá de todo parloteo mental- sencillamente es. Eso es el “despertar espiritual”.

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Anexo:

Según estudios neurológicos, mente errática es sinónimo de infelicidad.

Matthew Killingsworth y Daniel Gilbert, dos especialistas del equipo de neurología de la Universidad de Harvard, han publicado, en la prestigiosa revista Science, las conclusiones de un estudio, que confirma, punto por punto, lo que los sabios nos han dicho siempre: el precio que pagamos por divagar es nada menos que la propia felicidad.
Según una reseña de este estudio, publicada en el diario El Mundo, el pasado día 11 de noviembre, Killingsworth y Gilbert afirman que “el cerebro es una especie de 'super ordenador', de funcionamiento complejo, del cual conocemos sólo una pequeña parte. Sabemos que tiene actividad consciente e inconsciente, ambas de igual importancia ya que permiten realizar acciones complejas a la vez y de forma fluida; y que es capaz de pensar en el menú de la cena mientras atendemos una llamada de trabajo, todo un logro evolutivo”.
Esta capacidad de divagación "parece ser el modo operativo por defecto del cerebro". Pero 'abusamos' de este recurso. Killingsworth y Gilbert se preguntaron si centrarse en el 'ahora mismo' y dejar a un lado el pasado y el futuro es bueno para la salud emocional.
En su estudio, analizaron los datos obtenidas a partir de 2.250 adultos representativos de las principales actividades laborales del mercado. Pero, fuera lo que fuera lo que hacía cada uno de ellos, sus mentes se dedicaban a divagar una media del 46,9% de las horas de vigilia. Así que, "nuestra vida mental está dominada en un grado destacable por el no-presente". Cuando menos nos invaden estos pensamientos es durante la actividad sexual, el trabajo o en una conversación.
En los instantes en los que los participantes se ceñían a lo que estaban haciendo, es cuando eran más felices. Este fenómeno era cierto incluso cuando la actividad realizada no fuera especialmente entretenida e independientemente de si los pensamientos versaban sobre temas placenteros, neutros o negativos, aunque estos últimos eran los de peores consecuencias.
La conclusión a la que llegaron fue la siguiente: Divagar, 'per se', es una fuente de infelicidad. Y "el pensamiento errático es una excelente forma de predecir la infelicidad de la gente".

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Domingo XXXIV Tiempo Ordinario “C”
21 noviembre 2010

Evangelio de Lucas 23, 35-43

En aquel tiempo, las autoridades y el pueblo hacían muecas a Jesús, diciendo:
A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.
Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo:
Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.
Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: ESTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS.
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo:
¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.
Pero el otro lo increpaba:
¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.
Y decía:
Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.
Jesús le respondió:
Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.

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El relato de las tres tentaciones de Jesús, al inicio de su actividad pública, se cierra, en Lucas, con estas palabras: “El diablo se alejó de él hasta el momento oportuno” (4,13).
Es ahora, al final de su vida, en una situación extremadamente vulnerable, donde vuelve a hacerse presente de nuevo una triple tentación, centrada en la búsqueda de su propia salvación: “sálvate”.
Es seguro que la primera comunidad de discípulos tuvo que afrontar el “escándalo” de la cruz, haciéndose esa misma pregunta: ¿Cómo es posible que Dios no haya bajado en ayuda de su Mesías? ¿Cómo entender que el Mesías de Dios haya muerto como un maldito, a manos de extranjeros, en el suplicio de la cruz, y que Dios no haya hecho nada a su favor?
Sin duda, las tentaciones –puestas en boca de las autoridades, los soldados y uno de los compañeros de tortura- reflejaban el escándalo inicial de la propia comunidad.
Ante ellas, según el relato, Jesús calla. Su silencio podría interpretarse como impotencia resignada, incluso como reconocimiento de fracaso. Sin embargo, en la narración de Lucas –es el único que trae esta palabra-, la escena se cierra con una promesa de vida que tiene lugar hoy.
De entrada, resulta paradójico que, de labios de un hombre aparentemente derrotado y prácticamente moribundo, brote una palabra de vida, acompañada de una certeza que la hace eterna, es decir, válida para todo momento, en un presente siempre actual: el “hoy” de Lucas significa “todo momento”, cualquier instante en que oyentes o lectores nos abrimos a la Palabra.
De ese modo, el evangelista nos está diciendo: Esa palabra es válida también para ti, hoy, con tal de que seas capaz de abrirte a ella y acogerla. Para ti hay también una promesa de vida, que no se acaba en la frontera de la muerte. Tú también “hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Así recibida, la narración nos lleva a plantearnos una doble cuestión: por un lado, ¿cómo pudo Jesús pronunciar esa palabra de vida en unas circunstancias de muerte?; por otro, ¿cómo podemos acogerla nosotros, de modo que seamos alcanzados y vitalizados por ella?
Es obvio que esas palabras pueden tener también una lectura mítica. Oímos, a veces, que algunos terroristas suicidas mueren convencidos de que, en premio a su acción (!), tras su muerte, serán conducidos directamente al paraíso. Pero eso no es más que el sueño ilusorio de un ego inflado y narcisista, anclado además en el nivel mítico de conciencia.
En el caso de Jesús, sin embargo, la certeza que reflejan esas palabras puede nacer únicamente de alguien que se experimenta a sí mismo como Vida, más allá de las “anécdotas” que le sobrevengan a su yo o ego.
En efecto, mientras estamos identificados con el yo, como si se tratase de nuestra identidad definitiva, todo lo medimos según los parámetros del propio yo: será “bueno” lo que gratifique al yo; será “malo” todo aquello que lo frustre.
Pero es precisamente esa identificación la causa mayor de nuestro sufrimiento. Porque, al pasar todo lo que ocurre por el filtro del ego, nos impide una lectura adecuada de la realidad. En consecuencia, terminamos rebelándonos contra el momento presente, al que vemos como enemigo o, al menos, como inadecuado para sentirnos felices.
Sin embargo, no existe error más grande que el de resistirse a lo que es. Porque, a pesar de todas nuestras resistencias, lo que es, es. Pero si el yo lo ha etiquetado como “negativo”, no le queda otra alternativa que rebelarse contra él, entrando en un funcionamiento agotador y, en último término, autodestructivo. Esto no significa afirmar la resignación, la pasividad o la indiferencia. No; significa, sencillamente, reconocer lo que es y darle la bienvenida. A continuación, cuando, gracias a la aceptación, nos hayamos reconciliado con la realidad, brotará de nosotros la acción adecuada.
Esa es la actitud del sabio quien, más que etiquetar lo que le ocurre como “agradable” o “desagradable”, recibe todo como una oportunidad para aprender. Reconoce que todo lo que llega a nosotros es lo que necesitamos. Y si alguien le preguntara: ¿cómo lo sabes?, ¿cuál es la prueba de que es así?, su respuesta es invariable: “porque llega”.
Pero una tal actitud es impensable para el yo, que busca sólo lo que, en su corta visión, entiende como “beneficio” inmediato…, para quedar pronto frustrado. El yo se califica a sí mismo por los adjetivos: “yo soy esto…, yo soy aquello…”. Por eso, es incapaz de tolerar que “esto” o “aquello” se vean alterados. Sin embargo, la ley de la vida nos dice que esa alteración no sólo es inevitable, sino que ocurrirá muy pronto, debido a la ley de la impermanencia.
El sabio, por el contrario, que ha trascendido su identidad egoica, percibe su identidad como el “Yo Soy” universal, sin adjetivos que la delimiten; a salvo, por tanto, de cualquier cosa que pueda suceder.
Establecido en ese “Yo Soy”, atemporal e ilimitado, se ve no-separado de todo lo que es, como Presencia ecuánime e inalterable; como Vida que se despliega en infinitas y variadas formas. Quien se percibe así, sabe que, en nuestra identidad más profunda, somos Vida. Por eso, como Jesús, puede afirmar con toda certeza: “Hoy tendrás vida”.

Del mismo modo, para que la palabra de Jesús nos “alcance”, necesitamos abrirnos a ese mismo “lugar” donde él estaba, a nuestra identidad más honda, allí donde también nosotros nos reconocemos como Presencia y Vida, aquí y ahora. Sólo situados ahí, percibiremos que se modifica nuestra perspectiva, así como nuestra visión de las cosas y de nosotros mismos. Y como no estaremos ya preocupados de vivir para el yo –eso equivale a “perder la vida”, decía el propio Jesús-, podremos acoger todo como oportunidad de crecimiento en conciencia de quienes somos. Veremos que, en la vida, no hay amigos o enemigos, sino sólo maestros. Porque la vida no está interesada en nuestro “bienestar”, el bienestar del yo -¿quién nos hizo creer eso?-, sino en que aprendamos lo que necesitamos para, por fin, reconocernos en quienes somos. Y quizás podamos empezar a hacer nuestras las sabias palabras de Rumi, el gran místico sufí del siglo XIII:

“El ser humano es una casa de huéspedes.
Cada mañana un nuevo recién llegado.
Una alegría, una tristeza, una maldad,
que viene como un visitante inesperado.
¡Dales la bienvenida y recibe a todos!
Aun si son un coro de penurias que vacían tu casa violentamente.
Trata a cada huésped honorablemente,
él puede estar creándote el espacio para una nueva delicia.
El pensamiento oscuro, la vergüenza, la malicia,
recíbelos en la puerta sonriendo
e invítalos a entrar.
Agradece a quien quiera que venga,
porque cada uno ha sido enviado
como un guía del más allá”.


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Domingo XXXIII Tiempo Ordinario
14 noviembre 2010

Evangelio de Lucas 21, 5-19

En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo:
Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.
Ellos le preguntaron:
Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está por suceder?
El contestó:
Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usando mi nombre diciendo: “Yo soy”, o bien “el momento está cerca”; no vayáis tras ellos.
Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico.
Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá enseguida.
Luego les dijo:
Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambres.
Habrá también espantos y grandes signos en el cielo.
Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: así tendréis ocasión de dar testimonio.
Haced propósito de no preparar vuestra defensa: porque yo os daré palabras y sabiduría a la que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.
Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa de mi nombre.
Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá: con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

******

Cuando Lucas escribe su evangelio, la toma de la ciudad ya había tenido lugar, por lo que en él es manifiesto el interés por desvincular este hecho de la llegada del fin de mundo y la venida del Señor, que narrará a continuación. La destrucción de Jerusalén había ocurrido en el año 70, en unos episodios que pusieron de relieve la brutalidad de Roma.
El relato pertenece al género literario apocalíptico que, aunque gozó de gran difusión en el judaísmo tardío y entre los primeros círculos cristianos, habría de desaparecer pronto.
El texto arranca con la exclamación admirada de los discípulos, orgullosos de su templo. Y, ciertamente, era una obra digna de admiración: no sólo por su extensión –una superficie cubierta de 1.500 m2-, sin también por la suntuosidad de su decoración.
Ése será el pretexto para que se hable de su destrucción, no sabemos si también en un sentido teológico –el fin del templo es el fin de la religión-. En todo caso, echando mano de experiencias vividas en el seno de las propias comunidades, en los cincuenta años que los separaban de la vida histórica de Jesús, y que en buena medida estuvieron marcadas por la persecución, se va a poner en boca de Jesús una “descripción” de la catástrofe ocurrida.
La primera es una palabra de atención porque, en efecto, antes de la caída de Jerusalén proliferaron un número considerable de autoproclamados “mesías”, de quienes habla el historiador Flavio Josefo. Todos ellos solían proclamar un mensaje político contra Roma y, aunque los cristianos simpatizaban con ellos, el texto les advierte de que no se les unan.
Fueron también años de guerras y revoluciones: Roma había de tardar cuatro años en tomar la ciudad y otros cuantos más en acabar con todos los focos de resistencia.
Para entonces, y más aún en los años posteriores, la sinagoga va a llevar a cabo una persecución contra las comunidades cristianas, cuyos miembros eran denunciados a veces por sus propios familiares, que podían ver en ellos un peligro para todo el clan, por las represalias que pudiera tomar la autoridad religiosa.
El texto alude también a la oportunidad de “dar testimonio” –es el término técnico para hablar de “martirio”-, puesto que, para cuando se escribe el evangelio, existe ya una lista de mártires cristianos, que encabeza Esteban, cuya ejecución describirá en propio Lucas en el capítulo 7 del Libro de los Hechos de los Apóstoles.
Con todo, la palabra última es de confianza. Con un dicho que ya había usado anteriormente (12,7: “Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados”), y que parece que era de uso común en el judaísmo (1 Samuel 14,45; 1 Reyes 1,52), el autor insta a la perseverancia.

“No quedará piedra sobre piedra”. No puede expresarse mejor la impermanencia de todo, aunque se trate de obras tan admirables como el templo de Jerusalén.
La impermanencia es la ley que rige el mundo de las “formas”, marcado en su entraña por la polaridad. No existe nada sin su opuesto –la moneda sólo puede existir si tiene cara y cruz-: luz y oscuridad, día y noche, salud y enfermedad, placer y dolor, vida y muerte… Todo se va sucediendo en un proceso incesante de cambio.
Por esa razón, identificarse con las formas implica exponerse a esa misma impermanencia y quedar a su merced. Es el sufrimiento inexorable de quien se halla identificado con su yo, sin haber apreciado que se trata de una realidad absolutamente inestable y precaria, sometida a todo tipo de vaivenes.
Nos identificamos con las formas –con el yo- siempre que nos reducimos a la mente y somos conducidos por ella. En ese estado, somos víctimas de los pensamientos inútiles que no podemos detener; buscamos aferrarnos a cualquier cosa que nos ofrezca seguridad y dicha… Pero no nos damos cuenta de que buscamos por el lado equivocado.
No hay nada, en el mundo de las formas, que pueda otorgarnos seguridad. Más aún, no podremos experimentarla en tanto en cuanto vivamos convencidos de que nuestra identidad es el yo, puesto que él es una forma más.

¿Qué tenemos que hacer? Reconocer las formas como formas… y tomar distancia de ellas. Y esto lo hacemos, no sólo por no sufrir, sino porque nuestra verdadera identidad las trasciende.
Decía que el rasgo característico de las formas es la impermanencia. Por eso, aferrarse a ellas es vivir en una insatisfacción permanente. La actitud sabia, por el contrario, es la de quien, ante cualquier cosa que ocurra, sabe decir: “Esto también pasará”. Es la sabiduría expresada en la conocida respuesta de Krishnamurti: “Mi secreto es éste: no me importa lo que pase”.
No es una respuesta nacida del cinismo ni de la indiferencia o del pasotismo, sino de la sabiduría de quien no se identifica con “lo que pase”, porque es consciente de que su verdadera identidad está “más allá” de las formas cambiantes.
“Formas” son todos los objetos que podemos captar, desde un edificio hasta un pensamiento. Y en nada de ello consiste nuestra identidad. Somos, por el contrario, quien percibe todo eso; la Conciencia una que en ellas se expresa.
Sin embargo, formas y Conciencia no son tampoco dos realidades diferentes y, mucho menos, contrapuestas: son –de nuevo- las dos caras de lo Real. Las formas son la Conciencia expresándose. El problema, por tanto, no está en ellas, sino en el hecho de identificarnos con ellas. Porque, al hacerlo, nos reducimos y encerramos, olvidamos nuestro verdadero ser y caemos en la ignorancia primera, de la surge todo tipo de sufrimiento.

La forma dice: “Yo soy esto”; la Conciencia: “Yo soy”. Aquélla vive y se expresa en forma de pensamientos; ésta, a través de la atención desnuda. Cada vez que te sorprendas cavilando o rumiando, respira hondo, toma distancia de tus pensamientos, siente tu cuerpo sin pensarlo, o di sencillamente “soy”… Experimenta por ti misma que, siempre que “paras” tu mente, lo único que queda es Quietud. Con ello, has venido al Presente atemporal que, trascendiendo el mundo de las formas, es el reino de la Conciencia. Lo notarás inmediatamente, si tienes algo de práctica, en los efectos que produce. Si lo quisiéramos expresar con las palabras del evangelio que estamos comentando, podríamos decir que emerge la Confianza –“ni un cabello de vuestra cabeza perecerá”- de que, en ese nivel de lo Real, todo está bien.

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Domingo XXXII Tiempo Ordinario
7 noviembre 2010

Evangelio de Lucas 20, 27-38

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección y le preguntaron:
Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano”. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.
Jesús les contestó:
En esta vida hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos, no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios porque participan de la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos sino de vivos: porque para él todos están vivos.

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En esta controversia encontramos a uno de los grupos más influyentes y poderosos de la sociedad judía: los saduceos, elite económica y social, compuesta por los sumos sacerdotes y la nobleza laica, que controlaba las finanzas del templo. No es extraño que apenas aparezcan en el relato evangélico: se hallaban en un “mundo” totalmente alejado del que habitaba Jesús.
Los saduceos, aunque “colaboracionistas” con el Imperio –como suele ocurrir con las elites económicas de los países ocupados-, eran muy conservadores en lo religioso, hasta el punto de que únicamente reconocían la autoridad de los “cinco libros” de la Ley o Torá (el llamado Pentateuco). Sobre esa base, negaban la creencia en la resurrección –que fue de aparición mucho más tardía en la historia de Israel-, de modo que éste constituía uno de los puntos de fricción más fuertes con los fariseos. (El libro de los Hechos de los Apóstoles [23,6-8] mencionará el acalorado enfrentamiento que se produjo entre ambos grupos en el Sanedrín, apenas Pablo mentó el tema de la resurrección de los muertos).
En esta narración, proponen a Jesús un caso con el que, llevando la situación hasta el absurdo, buscan abiertamente ridiculizar aquella doctrina. Hacen alusión a la conocida “ley del levirato” (de “levir”: cuñado), tal como aparece regulada en el libro del Deuteronomio (25,5-6).
En la respuesta de Jesús quedará al descubierto el presupuesto engañoso del que parten, que les impide entender las Escrituras y abrirse realmente al poder de Dios. Tal como era habitual en las discusiones rabínicas, alude él también a un texto de la Torá, en concreto al episodio de Moisés ante la zarza que ardía sin consumirse (Libro del Éxodo 3,2-6). De ese modo, apelando incluso a aquella parte de la Escritura que ellos reconocían –y que nombra a Dios como “Dios de vivos”-, los desautoriza.

También el yo religioso ha entendido la resurrección como una afirmación de su propia supervivencia. Eso puso en marcha una imaginería en torno a la vida del “más allá”, que terminó finalmente desacreditándola.
No parece que haya cielos ni paraísos a la medida del yo. Así imaginados, no son sino proyección de un yo que busca autoafirmarse y espera su satisfacción en un futuro que nunca llega. El “cielo” así planteado no sería sino la última estratagema del yo para creerse existente. Lo que se oculta a sí mismo es que, donde hay yo, es imposible que haya “cielo”, porque de nuevo todo seguiría girando en torno a sus intereses egoicos.
El “cielo” no será el calco idealizado donde el yo logre resarcirse de las frustraciones acumuladas, sino, más bien, la trascendencia del mismo yo. Allí seremos, dice Jesús, “como ángeles”. Más allá de esta imagen, que tampoco resulta “adecuada” para la gran mayoría de nuestros contemporáneos porque, del mismo modo que el cielo imaginado, fue también devaluada y deformada, las palabras de Jesús apuntan a algo mucho más sabio.
No hay un “parecido” con esta realidad que nos resulta habitual pero que, en último término, no es sino un “sueño”. Del mismo modo que, mientras estamos dormidos, somos incapaces de comprender lo que es la vida de vigilia, así nos ocurre con la realidad que emerge tras la muerte. Al despertar del sueño, se pierde la “identidad” y el “mundo” oníricos…, porque ésa no era la verdadera identidad.
“Ahora estamos dormidos; cuando morimos, despertamos”. Esta frase, característica de la tradición de los sufíes, parece ir en la buena dirección. El “yo particular” es sólo una forma pasajera; nuestra identidad última es el “Yo universal”, pero no es algo que podamos entender desde la mente, porque la trasciende. Visto así, ¿a quién le da “pena” perder el “yo particular”, sino al propio yo particular?
Lo que desaparece, por tanto, es la forma, no la Vida que somos. La ola que emergió en un momento determinado se reintegra en el océano de donde surgió.
Sin duda, para quien se halle identificado con su yo, la muerte es el fracaso absoluto. Pero cuando se ha ido aprendiendo a tomar distancia del propio yo, en cierto modo la muerte ya ido ocurriendo, al tiempo que emergía a la consciencia la “identidad” que no conoce la muerte; la realidad que no morirá, porque tampoco nació.

Con todo ello, parece que la pregunta crucial no es: ¿qué ocurre después de la muerte?, sino: ¿quiénes somos? El soñador se identifica con el mundo que aparece en sus sueños; mundo que se deshace al despertar, cuando se diluye la identidad onírica. Pero no pierde nada valioso; aquello era sólo un sueño, ahora emerge a una identidad mayor. De manera similar, lo que llamamos “nuestra vida” es un sueño que nos tomamos como real y, como le ocurre al soñador, únicamente podremos percatarnos de ello cuando “despertemos”. Porque, del mismo modo que el soñador es incapaz de pensar la vigilia, la mente tampoco puede ir más allá de la mente.
Por eso, tiene razón también el “maestro” que encarna Nick Nolte en la película “El guerreo pacífico” cuando le dice al muchacho: “La muerte es algo más radical que la pubertad; pero no es algo por lo que debas preocuparte”. Desde otra perspectiva, Marie-Louise von Franz, psicoterapeuta, colega y confidente de Carl Jung, y de quien se ha dicho que interpretó más de 65.000 sueños, constató algo parecido: “Los sueños de los moribundos no se refieren a un final, sino a un paso”.

En cualquier caso, la sabiduría de Jesús radica en la frase con que culmina el relato: “Para Dios todos están vivos”. “Dios” –la Realidad inefable, que trasciende absolutamente nuestra mente- es la palabra que apunta a la Vida misma que constituye y sostiene a todo lo que es. Dios, Realidad, Vida… son expresiones equivalentes. Y en tanto en cuanto nos reconocemos como la Vida que es, cesa la ignorancia y desaparecen nuestros miedos. Era sólo el “yo separado” el que se sentía atemorizado. Si tomas distancia de él y vienes al presente, ¿dónde queda el miedo?
Al venir al presente, que no es un “lapso” de tiempo entre el pasado y el futuro –no es el “presente pensado”-, sino justamente el no-tiempo, la atemporalidad o eternidad, sólo hay Vida, que se despliega y manifiesta en el tiempo en infinidad de formas.
Esa misma Vida es lo que realmente somos. Pero, mientras estamos identificados con nuestro yo particular, lo desconocemos: tomamos como “real” lo que no es sino una “expresión” particular y transitoria. De un modo similar a como el soñador toma como real el mundo de sus sueños.
“Despertar” significa salir de los límites del yo –de la mente- para acceder a la Realidad que es y somos, que desborda las estrechas fronteras del pensamiento, y se revela plena de Vida.
Por otro lado, que el yo se pregunte por el más allá de la muerte no tiene más sentido que si quien duerme se preguntara por el mundo de la vigilia. Lo que cabe hacer es salir de nuestra identificación con la mente, aprender a venir al momento presente y empezar a percibir la realidad desde él.
En este campo, que trasciende lo mental, es muy importante el realismo del que hacía gala aquel maestro de la siguiente anécdota. Cuando uno de sus discípulos le preguntó qué pasaba después de la muerte, él respondió: «No lo sé». «Pero, ¿cómo? –volvió a preguntar el discípulo-, ¿no se supone que es usted un maestro espiritual?». «Sí –contestó el maestro-; pero no soy un maestro espiritual muerto».
En cualquier caso, lo que importa no son las “ideas” sobre el más allá de la muerte; a la postre, son únicamente eso: ideas. Lo realmente importante es ir abriéndonos a experimentar la Presencia que trasciende cualquier barrera temporal y, por ende, la misma muerte. El ego muere; la Presencia permanece.

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Domingo XXIX Tiempo Ordinario
17 octubre 2010

Evangelio de Lucas 18, 1-8

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola:
Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.
En la misma ciudad había una viuda que solía decirle: «Hazme justicia frente a mi adversario»; por algún tiempo se negó; pero después se dijo: «Aunque no tema a Dios ni me importen los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara».
Y el Señor respondió:
Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?
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A Estrella y Jorge, en su boda.

En el evangelio de Lucas, el tema de la oración ocupa un lugar destacado. El texto de hoy, sobre la base de una pequeña parábola, subraya la necesidad de una oración insistente y perseverante (“sin desanimarse”), como medio de lograr que Dios haga caso al orante (“hará justicia”).
De entrada, me parece importante señalar que –tal como apuntan los mejores especialistas- la “explicación” de la parábola supone un cambio tan grande de enfoque que no puede ser sino un añadido de Lucas. Es decir, el autor del evangelio toma una parábola de Jesús, probablemente dicha en otro contexto, para “aplicarla” a su propio objetivo: Dios responde cuando la oración es insistente.
Para una mentalidad moderna, sin embargo, ese planteamiento es insostenible, porque refleja una “caricatura” de Dios; por ello mismo, constituye un obstáculo prácticamente insalvable para abrirse a su experiencia. ¿Cómo podría compararse a Dios con un juez perverso, que únicamente actúa para que la viuda lo deje de fastidiar? ¡Qué pobre y triste un dios así! ¿Quién sería capaz de creer en él?
Para entender el cambio operado en el tema de la oración –y, en concreto, de la oración de petición-, tenemos que volver la mirada hacia atrás e intentar comprender lo que conocemos como “evolución de la conciencia”.
En un nivel de conciencia mítico –en el que surgen las religiones-, Dios es visto como un ser separado, intervencionista e incluso –a nuestros ojos de hoy- arbitrario. El ser humano necesitado proyecta en ese Dios la “solución” de sus problemas, y a él dirige su oración y sus sacrificios, esperando una respuesta favorable.
Sin embargo, en cuanto empezamos a superar ese nivel de conciencia, caemos en la cuenta de que ese “dios” no era sino el resultado de nuestra propia proyección. El Misterio de lo que es, no puede ser algo “separado” –una especie de “individuo” todopoderoso-, ni mucho menos “arbitrario”, a imagen del juez de la parábola.
Algunos exegetas, para salvar esa incongruencia, suelen argumentar que se trata de una “parábola de contraste”. Lo que buscaría sería mostrar, precisamente, que Dios es lo absolutamente opuesto a la figura representada por el juez.
Pero, trascendiendo incluso esas interpretaciones, parece más coherente aproximarnos a toda esa cuestión –Dios y la oración- desde el nivel de conciencia en que nos encontramos, para “traducir” a él la intuición evangélica.
Conscientes como nunca de que a Dios no lo podemos pensar, venimos también a descubrir que conocer no es tanto razonar, cuanto saborear la realidad.
Mientras estamos en el pensamiento, percibiremos a Dios como un “Objeto” (ser separado) o como una “ausencia”. Pero, paradójicamente, se hace cercanía en la conciencia de su no-ser un objeto más. Los místicos habían hablado de Dios como “tiniebla luminosa”, a la que accedíamos, no a través de la mente razonadora, sino precisamente por el camino de la agnosía (no-conocimiento), que escapa a las vías del pensamiento ordinario, pero que nos lleva a percibir y experimentar, directa e intuitivamente, el Misterio. Ahí van un par de testimonios de místicos cristianos:

“Cuando estoy en aquella tiniebla, no me acuerdo de ninguna humanidad ni de Dios-hombre ni de cosa alguna que tenga forma, y sin embargo no viendo nada lo veo todo” (Ángela de Foligno, 1248-1309).
“Allí el espíritu contempla una tiniebla que la razón no puede comprender. Allí se siente muerto, perdido, uno con Dios sin diferencia. Y puesto que se siente uno con Dios, Dios mismo es su paz, su gozo y su descanso” (Jan Ruysbroeck, 1293-1381).

¿Y la oración? Desde una perspectiva transpersonal y no-dual, Dios no es un ser separado que retuviera ávidamente sus dones, para distribuirlos de un modo arbitrario entre sus fieles. Es, más bien, el Misterio que se está dando a sí mismo en todo y constantemente, porque su nombre es Donación: el Misterio de Lo que es desplegándose sin interrupción.
Por tanto, si Dios ya nos ha dado todo, sólo necesitamos “caer en la cuenta” de que eso es así. Y para ello, necesitamos “conectar” con la Dimensión profunda de todo lo real: eso es justamente la espiritualidad. Vivir todo en un abrazo no-dual, en la consciencia de la Red que somos. Porque no somos iguales, pero somos lo mismo. Como las olas: cada una es única, pero todas ellas son, en último término, agua.

Como ha quedado dicho más arriba, en un nivel de conciencia mágico o mítico, la oración se entendía fundamentalmente como petición: desde la propia debilidad, se pedía ayuda a un Ser todopoderoso, que podía resolver las situaciones a nuestro favor.
Superado aquel nivel de conciencia, la forma de esa oración cayó con él; no podía ser de otro modo. Aquella “forma”, en la que nos dirigíamos a un dios separado para que “interviniera” en nuestro mundo no tiene ya para nosotros ningún sentido. Porque ni Dios es un ser separado, ni hay nada que no nos haya sido ya dado.
Sin embargo, aquella oración contenía, como suele ocurrir, algunas intuiciones que, más allá de los paradigmas cambiantes, permanecen válidas. Son tres: el reconocimiento de nuestra debilidad, en cuanto nos identificamos con el yo; la afirmación de la interrelación entre todos, por lo que la oración de intercesión siempre “alcanza” a los otros; y la convicción de que Dios es bueno y desea nuestro bien. Todo ello, traducido a nuestro “idioma cultural”, es válido.
Pero la “traducción” es más compleja de lo que pudiera pensarse a primera vista. En una perspectiva no-dual, la oración significa el reconocimiento de la Unidad que somos, desde nuestra identidad más profunda, dejándonos impregnar de la Realidad en la que nada queda fuera.
No se niega la forma de la oración personal, en la que alguien pueda dirigirse al Misterio nombrado como “Tú”. Se subraya únicamente que no existe ningún tipo de separación: siendo en él, constituidos por él, lo de todos repercute en todos: ahí radica el poder de la oración.
Por lo demás, huelga decir que la oración de petición, en su forma tradicional, puede ser también “eficaz”. La razón es que, más allá del modo, en ella se activa conscientemente la interrelación que somos y, por tanto, la “vibración de energía” que alcanza a los otros.

El texto del evangelio termina instando a mantener la fe. En nuestro “lenguaje”, equivale a “vivir despiertos”, es decir, en la conciencia de que somos más que nuestro yo, en una Unidad misteriosa en la que el Misterio (Dios) se expresa y despliega, se vive, en todo lo real. Una llamada, por tanto, a salir, simultáneamente, del ego y de la superficie –lo contrario de la espiritualidad es la superficialidad-, para vivirnos en la hondura plena de Lo Que Es y Somos.

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A quien le interese profundizar en esta cuestión, le sugiero unas lecturas:
Andrés TORRES QUEIRUGA es probablemente el autor que, entre nosotros, más se ha dedicado a clarificar las “trampas” de la oración de petición. Pueden leerse dos de sus libros: Recuperar la creación. Por una religión humanizadora, Sal Terrae, Santander 1997, pp. 247-294; y Fin del cristianismo premoderno. Retos hacia un nuevo horizonte, Sal Terrae, Santander 2000, pp. 78-90.
De lo que yo he mismo he escrito sobre ello, puedo sugerir: Sobre la oración de petición, Donde están las raíces. Una pedagogía de la experiencia de oración, Narcea, Madrid 22006, pp. 159-181. Y sobre la evolución de la conciencia, La botella en el océano. De la intolerancia religiosa a la liberación espiritual, Desclée de Brouwer, Bilbao 22009, pp: 133-148.

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Domingo XXVII Tiempo Ordinario
3 octubre 2010

Evangelio de Lucas 17, 5-10

En aquel tiempo, los apóstoles dijeron al Señor:
Auméntanos la fe.
El Señor contestó:
Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería.
Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor, cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: “En seguida, ven y ponte a la mesa”?
¿No le diréis: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo; y después comerás y beberás tú”? ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”.
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Los apóstoles debían sentirse tan insatisfechos y, paralelamente, tan sorprendidos por lo que veían en Jesús, que gritan su necesidad: “Auméntanos la fe”, donde “aumento de fe” es equivalente a “ver”. En realidad, ahí radica todo el problema de los seres humanos, en que no “vemos”, no sabemos quiénes somos, tomamos el “sueño” por “realidad” y la “realidad” por “sueño”, y esa ignorancia es la fuente de nuestro sufrimiento.
Por eso, la petición de los apóstoles apunta en la buena dirección: “Auméntanos la fe”, es decir, “que veamos”. Porque la fe no es el asentimiento a un conjunto de creencias –así pudo verse en una religión conceptualizadora-, sino la confianza radical que nace de “ver” la realidad, más allá de los velos con que nuestra mente la disfraza.
El primer engaño de la mente es hacernos creer que somos el “yo” que ella sostiene. A partir de ahí, inmediatamente surge “mi” y lo “mío”. Y empezamos a actuar desde esa referencia absolutizada: es bueno lo que es bueno para el “yo”; es malo, lo que lo frustra.
Pero, lo reconozcamos o no, esa identificación nos vacía y agota: nos agota la rumiación mental, desde los sentimientos de necesidad, soledad y miedo, característicos del yo; nos vacía, porque jamás logramos hacer pie.
Permanecemos dormidos mientras seguimos los movimientos caóticos de una mente que no se detiene, esclavos de las pautas de reacción grabadas en ella. Como marionetas de nuestras necesidades emocionales, estamos a merced de todo aquello que nos afecta, en una carrera sin fin por alcanzar, finalmente, lo que pueda darnos estabilidad.
La trágica ironía es que todo ese esfuerzo resulta vano…, porque estamos buscando en la dirección equivocada. Hemos errado la perspectiva, porque hemos confundido nuestra identidad. Vivir desde el yo y para el yo es una tarea tan agotadora como estéril. No es extraño que surja el grito: “Queremos ver”, “auméntanos la fe”.
La respuesta de Jesús puede sonarnos a exageración oriental, pero lo cierto es que somos ignorantes de la potencialidad que se encierra en nosotros. Marcos hablaba de “monte” (Mc 11,23); aquí se habla de “morera”. En cualquier caso, lo cierto es que cuando empezamos a ver, la realidad –sea “monte” o “morera”- se modifica radicalmente.

Empezamos a “ver” –a “despertar”- cuando apercibimos que la mente es sólo un objeto –como puede serlo el cuerpo-, y lo que llamamos “yo” es únicamente una referencia mental. Tanto la mente como el yo es algo que tenemos, pero no es eso lo que somos.
Lo que somos no puede ser nunca objetivado ni definido, porque no es un objeto delimitado, que la mente pudiera atrapar. Somos el Ser que todo lo constituye y que en todo se expresa, también en la “forma” de cada “yo”. Es inevitable que el yo experimente altibajos y que sus comportamientos estén marcados por el egocentrismo, pero lo que somos permanece estable y desegocentrado.
Al Ser lo designamos con mil nombres: Conciencia, Presencia, Todo, Realidad, Silencio, Quietud, Misterio, Vacío, Dios…, precisamente porque en sí mismo es inefable, y no tiene nombre a nuestro alcance. Pero lo podemos percibir de un modo intuitivo e inmediato en cuanto nos paramos, detenemos la mente y dejamos de buscar: entonces, el buscador desaparece y queda la Conciencia desnuda, la Presencia intensa…, lo que somos. Salimos así de la ignorancia y del sufrimiento; entramos en el reino del Ser.

Pero la inercia que arrastramos es tan grande que, en la mayoría de los casos, ni siquiera permite cuestionar la identificación con el yo ni tomar distancia de la misma. Nos ocurre como a los monos de un conocido experimento.
Un grupo de científicos metió cinco monos en una jaula, en cuyo centro colocaron una escalera y, sobre ella, un montón de bananas. Cuando un mono subía la escalera para agarrar las bananas, los científicos lanzaban un chorro de agua fría sobre los que quedaban en el suelo.
Después de algún tiempo, cuando un mono iba a subir la escalera, los otros lo golpeaban. Pasado algún tiempo más, ningún mono subía la escalera, a pesar de la tentación de las bananas.
Entonces, los científicos sustituyeron a uno de los monos. La primera cosa que hizo fue subir la escalera, siendo rápidamente bajado por los otros, quienes le propinaron una tremenda paliza. Después de algunas palizas más, el nuevo integrante del grupo ya no subió más la escalera, aunque nunca supo el por qué de los golpes.
Un segundo mono fue sustituido, y ocurrió lo mismo. El primer sustituto participó con entusiasmo de la paliza al novato. Cambiaron a un tercero y se repitió el hecho, lo volvieron a golpear. Así ocurrió también con el cuarto y, finalmente, el quinto de los monos primeros. Los científicos quedaron, entonces, con un grupo de cinco monos que, aún cuando nunca recibieron un baño de agua fría, continuaban golpeando a aquel que intentase llegar a las bananas.
Si fuese posible preguntarles por qué le pegaban a quien intentaba subir la escalera, con certeza la respuesta sería: “No sé, aquí las cosas siempre se han hecho así.” Es el argumento de la inmovilidad, que delata nuestro miedo a perder las “seguridades” adquiridas.

Con frecuencia, es necesario haberlo pasado muy mal, para plantearse la necesidad de cambiar o, al menos, empezar a cuestionarse si las cosas no serán de otro modo. Y es entonces, al tomar distancia, cuando nuestra perspectiva se modifica.
Se puede empezar por pararse, detener la mente, habituarnos a venir al presente: llegará un momento en que, sin haberlo buscado directamente, nos experimentaremos como Presencia. A partir de ahí, empezaremos a “ver”…, a condición de que no nos sigamos buscando como “yo”.
Y es que el ser humano es tremendamente paradójico. Después de que ayudamos al niño para que inicie un proceso de autoconocimiento y autovaloración, tenemos que seguir acompañando al joven y al adulto para que no se busque a sí mismo como entidad separada e independiente.
Se trata, de nuevo, de otra espiral más en el proceso evolutivo de integración y trascendencia. En él, el niño tiene que “encontrar” e identificarse con su cuerpo, para después percibir una “identidad” más amplia. De manera similar, tiene que encontrar su “yo-psicológico” para poder dejarlo y, de ese modo, “encontrarse” con otro nivel de su “identidad”.
Aquí captamos en toda su verdad la palabra de los sabios espirituales, Jesús entre ellos, cuando decían: “renuncia a tu yo para salvar la vida”…

Mientras te busques como “yo”, no lograrás salir de la mente ni de su estructura egoica, con toda la ignorancia y el sufrimiento que conlleva. Si dejas de hacerlo, descubrirás la “falsedad” de aquel “yo” que pretendía ser “autor” de las acciones que en ti ocurrían. Caerá el sentido de autoría personal y, con él, la ignorancia y el sufrimiento. Tendrás la sensación de haber dejado, por fin, una pesada mochila y empezarás a dejarte vivir en la corriente de la Vida.
No te busques así, ni luches contra el yo: ambas cosas fortalecen la estructura egoica. Basta que sepas que el yo es una ficción o, como decía Einstein, “una ilusión óptica de la Conciencia”.
¿Cómo hacer, en concreto? No hay “recetas” mágicas –¡en el proceso de integración/trascendencia entran en juego tantos factores…!-, pero trata de no buscarte como “yo” –olvídate de él- y déjate reposar en la Conciencia que anima todo lo que es.
Cuando no te buscas como “yo” –ni te engañas en esa creencia-, ¿qué queda? Pura Atención, pura Conciencia, puro Estar… Aprende a descansar –tal como aconsejaba el anónimo del siglo XIV- en la “nube del no-saber”.
Eso es lo que los místicos han enseñado desde siempre: Todo es admirablemente coherente.

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Domingo XXV Tiempo Ordinario
19 septiembre 2010

Evangelio de Lucas 16, 1-13

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
Un hombre rico tenía un administrador y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes.
Entonces lo llamó y le dijo:
― ¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido.
El administrador se puso a echar sus cálculos:
― ¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar, me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa.
Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo, y dijo al primero:
― ¿Cuánto debes a mi amo?
Este respondió:
― Cien barriles de aceite.
El le dijo:
― Aquí está tu recibo: aprisa, siéntate y escribe “cincuenta”.
Luego dijo a otro:
― Y tú, ¿cuánto debes?
El contestó:
― Cien fanegas de trigo.
Le dijo:
― Aquí está tu recibo: escribe “ochenta”.
Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz.
Y yo os digo: Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas.
El que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo, tampoco en lo importante es honrado.
Si no fuisteis de fiar en el vil dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, ¿lo vuestro quién os lo dará?
Ningún siervo puede servir a dos amos: porque o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.

******
Nos hallamos ante una parábola que parecía poner en aprietos a algunos predicadores, que se esforzaban por explicar que Jesús no alababa la injusticia cometida por el administrador.
Su carácter “escandaloso” nos prueba que se remonta al propio Jesús; no es probable que un discípulo se hubiera atrevido a atribuírsela. Pero el sentido común nos señala que tiene que ser leída como lo que es: una parábola, un cuento impactante y provocativo, que ayude a “despertar” al oyente o lector.
Para sus oyentes, la figura del administrador debía resultarles familiar: se trataba, con frecuencia, de personas de toda confianza, que habían sido previamente esclavos crecidos en la propia familia; se les conocía con el nombre de “ben bayit”, “hijo de la casa”.
Podemos traducir también las cifras de que habla la parábola: cien barriles (baños) de aceite corresponderían a 3.300 litros, la producción de 150 olivos; por su parte, cien fanegas (koros) de trigo equivalen a 40.000 kilos, la producción de 40 hectáreas.
Pero de lo que se trata en la parábola no es de la injusticia cometida ni de la deshonestidad del administrador, sino de su astucia. Y es ahí donde encontramos la clave de comprensión del relato: necesitamos actuar de un modo inteligente, utilizando todos los recursos en función de la Vida.

Tras la parábola, se suceden una serie de “advertencias”, sin una vinculación clara entre sí, debido sencillamente a una asociación de ideas, en torno a la “riqueza”. Este modo de hacer era bastante habitual en una cultura en la que prevalecía la memoria oral: una palabra concreta hacía de “eje”, en torno al cual se memorizaban diferentes sentencias.
El dinero, denominado “injusto”, es personificado como el dios Mammón. Con ese nombre puede encontrarse en algunos comentarios judíos a la Torá. Pero, curiosamente, así aparece también en el Bhagavad Gita, el libro más importante de las Escrituras hindúes: “Ignorantes de quien es su verdadero dueño, los siervos necios gastan su valioso tiempo sirviendo a mammón”. Y en la Edad Media, Pedro Lombrado escribía que “Mammón es el nombre de un diablo que se identifica con las riquezas”. (Tomo los datos de Isabel GÓMEZ ACEBO, Lucas, Verbo Divino, Estella 2008, p.448).
La última sentencia, que habla de la inevitabilidad de tomar partido cuando se tienen dos amos, coincide con un pensamiento frecuente entre varios filósofos griegos: “Es imposible para la misma persona amar a Dios y al dinero” (Demófilo).

La parábola y las sentencias recogidas a continuación vienen a plantear la cuestión de la riqueza en el camino espiritual, con un subrayado fundamental: dado el riesgo de absolutizarla (endiosarla), se requiere lucidez (astucia) para usarla como instrumento al servicio de la Vida.
El riesgo es grande y tiene una doble fuente: la necesidad de seguridad y el carácter vacío del yo. En realidad, las personas no buscamos el dinero, sino la sensación de seguridad asociada a él. Porque del dinero podemos prescindir, pero no de la seguridad. Ahora bien, mientras busquemos la seguridad en el yo, será imposible alcanzarla. Porque el yo es vacío, esencialmente inconsistente y, por ello mismo, radicalmente incapaz de sostenernos. Absolutizar el dinero es síntoma de permanecer identificados con el yo y encerrados en la ignorancia.
A partir de esa identificación, todo lo demás es fácil de explicar. Lo más característico del yo es decir “mío”. Y donde se dice “mío”, la visión se hace estrecha y el comportamiento, egocentrado. La divinización del dinero (Mammón) no es sino expresión de la divinización del yo.
La “astucia” que propone la parábola es, en realidad, sabiduría. Pero no se trata de un comportamiento para “ganarnos” un cielo futuro, en recompensa por nuestras privaciones de hoy –ésa es la lectura mítica y egoica-, sino de un crecimiento en comprensión, es decir, en consciencia. Es esta comprensión de lo que realmente somos la que, abriéndonos a percibir, saborear y vivir nuestra verdadera identidad como identidad “compartida”, mostrará el engaño de etiquetar algo como “mío” y nos capacitará para usar el dinero al servicio de todos.

De ese modo, en el lenguaje de la parábola, el “dinero injusto” se convierte en medio para “ganar amigos” y ser recibidos en las “moradas eternas”.
Para Jesús, como para los sabios, todo dinero es “injusto” en cuanto es apropiado en exclusividad. Porque la apropiación egoica olvida nada menos que nuestra verdadera naturaleza e identidad. A partir de ahí, no hay sino ignorancia básica, con todas las consecuencias de injusticia y de sufrimiento.
“Ganar amigos”, por el contrario, remite, de una forma metafórica, a lo que realmente somos. Porque no se trata de algo a conseguir, sino de reconocer. Quienes son enemigos o distantes, saben que tienen que hacer un esfuerzo si quieren modificar esa situación. Pero cuando reconocemos que nuestra verdadera naturaleza es “amistad”, lo que se nos pide no es sino vivir lo que ya somos. Eso conllevará el “esfuerzo” de remover los obstáculos, psicológicos y mentales, que nos impiden reconocerlo, pero en la certeza de que, al hacerlo, estamos posibilitando la Vida que somos.
Esa Vida no es otra cosa que las “moradas eternas”, de que habla el texto. Porque “eternidad” no hace referencia a un futuro proyectado indefinidamente. La Vida eterna es la Vida atemporal, plena, que experimentamos, al venir al aquí y ahora, como Presencia. En ese desnudo estar, donde todo cesa, nos apercibimos de nuestra verdadera identidad: más allá de la “forma” momentánea (ola), nos reconocemos en nuestra naturaleza más profunda que se expresa en aquélla (agua).

Desde esta comprensión –que es la Sabiduría esencial-, nace el desapego y la más sensata indiferencia ante lo que nos pueda ocurrir. Desapego e indiferencia que son consecuencia de la sabiduría y fuente de libertad. Por eso, quiero concluir este comentario con un viejo cuento taoísta, que lo expresa bien.

Un día, un campesino regresó silbando de la feria, con una magnífica potranca que había comprado, gastando lo que había ahorrado en muchos años.
Unos días más tarde, el caballo se escapó y desapareció. Los vecinos del pueblo acudieron para compadecer al granjero por su mala suerte. Este se encogía de hombres y contestaba imperturbable:
― Las nubes tapan el sol, pero también traen la lluvia. Ya veremos.
Tres meses más tarde, la yegua reapareció con un magnífico semental. Estaba preñada. Los vecinos acudieron para felicitar al dichoso propietario, que les contestó:
― Las nubes traen la lluvia, y en ocasiones la tormenta devastadora. Ya veremos.
El hijo único del campesino domó al semental y se aficionó a montarlo. No tardó en caerse del caballo, rompiéndose una pierna. A los vecinos, que fueron a comunicarle su pesar, el campesino les respondió:
― Calamidad o bendición, ¿quién podrá saberlo? Ya veremos.
Unos días más tarde, se decretó la movilización general en el ejército para rechazar una invasión. Todos los jóvenes partieron a la guerra. El hijo del campesino, al estar impedido, se libró de ir a filas…

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Domingo XXIV Tiempo Ordinario
12 septiembre 2010

Evangelio de Lucas 15, 1-10

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos:
― Ese acoge a los pecadores y come con ellos.
Jesús les dijo esta parábola:
― Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: “¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido”.
Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, reúne a las vecinas para decirles: “¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido”.
Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.
******
(A José Arregi, otra víctima –como Jesús- del poder religioso;
un poder que, presuntuosamente, se cree en posesión de la verdad).

En el capítulo 15 del evangelio de Lucas, se recogen tres parábolas, llamadas “de la misericordia”, en las que Jesús habla de Dios, a través de tres figuras simbólicas: el pastor, la mujer y el padre de los dos hijos.
Las tres son polémicas, porque nacen en el contexto de una acusación contra el Maestro, por acoger a los pecadores y comer con ellos. Esta manera de actuar chocaba frontalmente con la idea “religiosa” de Dios –del que se creía que no podía mirar con agrado a quienes la religión catalogaba como “pecadores”- y, por eso mismo, socavaba los cimientos del sistema, poniendo en peligro el poder de los sacerdotes y el estatus de seguridad y prestigio de las élites religiosas.
Frente a las murmuraciones de estas últimas, Jesús habla de un Dios “diferente”, que se manifiesta como Misericordia, Encuentro y Alegría, particularmente con quienes parecen más “perdidos”. Y, para que no quede ninguna duda, usa una imagen masculina –el pastor- y otra femenina –la mujer-, que resaltan las mismas actitudes.
Porque el interés de la parábola no es hablar de la oveja o de la moneda –algo que ha sido frecuente en una cierta devoción cristiana-, sino del Misterio de Dios, nombrado como Amor y como Fiesta.
Lo que luego ocurrió es que el yo hizo una lectura de estas parábolas desde su particular perspectiva egoica. De esa manera, cayó en un antropomorfismo insostenible, que hizo de Dios el padre todopoderoso y protector de nuestra imaginación infantil.
En nuestro imaginario, todos hemos albergado, siendo niños, la figura de un padre en el que poder asentar nuestra seguridad de un modo definitivo. Al crecer, el yo religioso ha podido seguir proyectando aquel mismo deseo en Dios, imaginado como el Padre capaz de solucionar todos nuestros problemas. Y a pesar de que la vida desmiente, una y otra vez, esa creencia providencialista, nuestra propia necesidad de seguridad nos lleva a buscar cualquier justificación, antes que poner en cuestión las ideas que nos habíamos hecho.
En realidad, si vamos hasta el origen, descubriremos que fue nuestro yo quien, en su necesidad de autoafirmación, leyó a “Dios” de esa manera, convirtiéndolo en un garante de su propia supervivencia. ¡Dios al rescate del yo! Comprendemos ahora tanto antropomorfismo y tanto providencialismo individualista: los yoes son como niños necesitados que no se detienen ante nada con tal de sentirse afirmados.
Fue justamente esa “perspectiva egoica” la que condujo a una lectura también egoica del mensaje de Jesús. Cuando aquélla cambia, la lectura se ve modificada.
En la nueva perspectiva –transpersonal, no dual-, venimos a descubrir que nuestra identidad no es el yo que busca sobrevivir, incluso eternamente. Ese yo separado necesitaba aferrarse a un dios también separado, como garantía de seguridad. Pero, al tomar distancia de la que creíamos ser nuestra identidad y empezar a percibir lo que realmente somos, dejamos de ver a Dios como el todopoderoso individual al servicio de nuestro yo y empezamos a experimentarlo como el Misterio del que Jesús hablaba.
Dios es Misericordia, Encuentro, Alegría…, Plenitud. Pero quien puede experimentarlo así no es nuestro yo vacío y en último término inconsistente. A Dios no podemos experimentarlo mientras estemos identificados con la mente (eso es el yo, que sólo puede tener “ideas” antropomórficas de Dios, proyectadas desde su propia carencia), sino únicamente cuando venimos a la Presencia, es decir, cuando nos reconocemos en nuestra verdadera identidad. Ahí percibimos, con total evidencia, que la Presencia es Misericordia, Alegría, Encuentro, Plenitud; que siempre lo ha sido, y siempre lo será. Y que es sólo la identificación con la mente (y con el yo) lo que nos impide percibirlo.
Esa Presencia –como ponen de relieve las parábolas de Jesús y su propio gesto de comer con los “indeseables”- integra y abraza todo lo que existe, en la Unidad no-dual, en la que nada está separado de nada. Quien se reconoce en Ella, no puede no reconocerse también en todo lo que es, tal como proclama este admirable poema de Thich Nhat Hanh, titulado “Llamadme por todos mis nombres”, y que bien podríamos nombrar como el poema de la Compasión, o de la auténtica Misericordia, la que nace de la Comprensión. Para la mente y el yo, suena a absurdo y contradictorio; en la Presencia, trascendida la mente, es Sabiduría.
No digas que mañana me voy
porque apenas hoy estoy llegando.

Contémplame: llego cada segundo
para ser un brote o una rama primaveral,
para ser un pajarillo de finísimas alas
que aprende a cantar en su nuevo nido,
para ser la oruga del corazón de una flor,
para ser una gema que se esconde en la piedra.

Apenas llego, para reír o para llorar,
para temer o para esperar.
El compás de mi corazón marca el nacimiento
y la muerte de todo lo vivo.

Soy la mariposa metamorfoseándose en la superficie del río
y soy el pájaro que, a la llegada de la primavera,
llega a tiempo para comerse la mariposa.

Soy la rana que nada feliz en la charca,
y la culebra que se acerca en silencio
y se come a la rana.

Soy un niño de Uganda, todo huesos y piel,
mis piernas son ligeras cual cañas de bambú,
y soy también el traficante de armas
que vendió el armamento mortífero a Uganda.

Soy la chiquilla de doce años refugiada en el bote,
que cruza el océano y ha sido presa de los piratas,
y soy el pirata y mi corazón aún no es capaz de ver y amar.

Soy miembro del Politburó y tengo todo el poder en mis manos,
y soy el hombre que pagó su “pacto de sangre” con los suyos
muriendo lentamente en campos de trabajo forzado.

Mi alegría es como la primavera,
tan cálida que brotan las flores
por todos los caminos de mi vida.
Mi pena es como un río de lágrimas,
tan caudaloso que colma los cuatro océanos.

Por favor, llámame por mis auténticos nombres,
así podré escuchar mis risas y mis llantos en una sola voz,
así podré ver que mis alegrías y mis penas son una sola.
Por favor, llámame por mis auténticos nombres,
así despertaré,
y la puerta de mi corazón se abrirá de par en par
a la puerta de la compasión.

(Thich Nhat Hanh, Hacia la paz interior, Debolsillo, Barcelona 52009, pp. 132-133). www.enriquemartinezlozano.com
Domingo XXIII Tiempo Ordinario
5 septiembre 2010

Evangelio de Lucas 14, 25-33

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo:
Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.
Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío.
Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?
No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar”.
¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.
Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.

******
(A Raimon Panikkar, fallecido el pasado día 27)

La doble comparación con que se plantea el seguimiento es concluyente: ninguna empresa llegará a buen término si no se cumplen las condiciones que requiere. En ese caso, más vale ser lúcidos y no iniciarla, si se quiere evitar el fracaso.
La “empresa” de que aquí se habla no es otra que “ser discípulo” de Jesús. Y las condiciones que requiere se nombran con claridad: posponer a la propia familia y a sí mismo, llevar la cruz cada día y renunciar a todos sus bienes.
“Ser discípulo” no tiene nada que ver con el mimetismo o la imitación; tampoco con el seguimiento sumiso y acrítico. Es cierto que, con frecuencia, se ha podido entender así porque, en un nivel de conciencia mítico, la “obediencia ciega al jefe” era valorada por sí misma, como condición de éxito o de salvación.
Al pasar del estadio mítico al racional, se hace evidente que el “seguimiento”, que nace de una convicción interior, no puede sino coincidir con lo que es la propia “autorrealización”: seguir a alguien no puede ser en ningún caso diferente a “ser uno mismo”. El seguimiento brota, pues, de una “sintonía profunda”, que se traduce en una “comunión” de valores y hasta de formas de vida.
Pero, en un nuevo cambio de nivel –del racional al transpersonal, del modelo mental de cognición al modelo no-dual-, el modo de entenderlo se ve radicalmente modificado.
En el modelo mental (dual), todavía el maestro se ve como alguien “separado”, que “reclama” obediencia o asentimiento. En el modelo no-dual, sin embargo, un auténtico maestro es el “espejo” que nos refleja, “recordándonos” o haciéndonos ver quiénes somos. Su presencia produce en nosotros una “resonancia” interior, difícil de explicar, pero absolutamente iluminadora y motivadora. Con frecuencia, ni las palabras son necesarias; es su misma Presencia –la Presencia que él es y vive sin mezcla de ego- la que “despierta”, activa y moviliza la misma Presencia que somos. Lo que se ha producido es una “resonancia sin yo” –el verdadero maestro no se identifica a sí mismo como yo separado-, por lo que el seguimiento no es sumisión, sino sencillamente “reconocimiento” gozoso en la Presencia plena y no-dual.
Por eso, sólo desde esta experiencia pueden comprenderse en toda su verdad las “condiciones” a las que alude el texto. Aunque, con rigor, en este nuevo estadio no se ven ya como “condiciones”, sino como “consecuencia”.
La nueva experiencia –en nuestro caso, lo que Jesús vio y vivió- modifica la forma en que se percibe toda la realidad: los bienes, los otros, la familia, el sufrimiento, el propio yo… Si se modifica la percepción que se tiene de la propia identidad, ¿cómo no habría de verse modificado, en la misma medida, el modo de ver el conjunto de lo real?
Quien se reconoce como Presencia no-separada de nada (“El Padre y yo somos uno”), deja de vivir para el yo: eso, y no otra cosa, es seguir a Jesús. A partir de ahí, todo lo que nos ocurre puede ser recibido como “maestro”, del que podemos seguir aprendiendo a reconocer, vivir y establecernos en la nueva identidad descubierta.
Los mismos acontecimientos que, vividos desde el yo, pueden desestabilizar y romper, son vistos ahora como “oportunidad” para seguir realizando el aprendizaje más importante: descubrir quiénes somos.
Es lo que quiere subrayar el poema del Rumi, el gran místico sufí del siglo XIII:
“El ser humano es una casa de huéspedes.
Cada mañana, un nuevo recién llegado.
Una alegría, una tristeza, una maldad,
que viene como un visitante inesperado.
¡Dales la bienvenida y recibe a todos!
Aun si son un coro de penurias que vacían tu casa violentamente.
Trata a cada huésped honorablemente,
él puede estar creándote el espacio para una nueva delicia.
El pensamiento oscuro, la vergüenza, la malicia,
recíbelos en la puerta sonriendo
e invítalos a entrar.
Agradece a quien quiera que venga,
porque cada uno ha sido enviado
como un guía del más allá”.

Cuando ese “cambio” se ha producido, la vida misma se percibe de un modo nuevo. Un modo incomprensible y hasta “absurdo” mientras estamos identificados con el yo, pero autoluminoso e integrado para quien ha experimentado la Presencia que somos.
Ramesh Balsekar, un gran maestro espiritual que falleció el año pasado, lo expresaba de este modo:
“En cualquier momento, cualquier cosa que se manifieste es perfecta. Si esto se comprende en profundidad, se da la bienvenida a cada momento, y cualquier cosa que este momento nos traiga -“buena” o “no-buena”- es aceptada sin juicio, sin expectativa ni ansiedad. Es esta actitud de aceptación la que es verdadera libertad, libertad de la expectativa y del deseo, libertad del miedo y de la ansiedad. Cuando esto se comprende en profundidad, no te preocupas por lo que pasa, por los pensamientos o acciones que se producen, ni por las emociones que surgen…, todos ellos son observados…. Dicha aceptación conduce a aceptar el organismo cuerpo-mente como un mero instrumento a través del cual Dios o la Conciencia como Sujeto se expresa a sí misma objetivamente. Aceptación significa simplemente “permitir” que ocurra cualquier cosa que esté ocurriendo… La esencia de la comprensión es la aceptación del hecho de que la vida, o el vivir, no es un volumen de agua estancada, sino un río fluido… La paz mental consiste en no aferrarse a la vida para que sea segura para nosotros, sino en “soltar”. Es bastante irónico que la comprensión última venga no por aferrarse a los conceptos relativos a Dios, sino por soltar todo concepto relativo a Dios” (R. BALSEKAR, en A. JACOBS [compilador], La sabiduría de Balsekar. La esencia de la Iluminación, expuesta por uno de los principales maestros del Vedanta Advaita, Gulaab, Madrid 2005, pp. 22-24).

Es claro que esta aceptación no puede vivirse sin una desapropiación del propio yo –Jesús diría: sin “negarse a sí mismo”-, por lo que podemos comprender el realismo lúcido que contienen las comparaciones sabias del Maestro de Nazaret, en el texto que estamos comentando.
Por decirlo de un modo más concreto y “práctico”: Cuando aprendemos y somos capaces de atender a cualquier cosa que se presente –cualquier “huésped”, diría Rumi-, sin enredarnos en “historias personales” o cavilaciones mentales, terminamos descubriendo que el “núcleo” de todo lo que ocurre es Presencia, Quietud, Vida…, es decir, la verdad de lo que somos.
Si la “cáscara” de lo que se presenta te parece dolorosa y desagradable, párate. No le des vueltas; tampoco lo niegues, lo minimices ni lo reprimas. Atiéndelo y siéntelo sin pensar en ello ni recrearte en historias mentales. Poco a poco, notarás un “espacio” que se abre a su alrededor y caerás en la cuenta de que tienes un sentimiento doloroso, pero que tú no eres ese sentimiento. Si sigues manteniendo la atención desnuda, emergerá una Quietud de fondo, la Quietud que eres, “la paz que supera todo razonar” (Carta a los Filipenses 4,7), porque está “más allá” de la mente.

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Domingo XXII Tiempo Ordinario
29 agosto 2010

Evangelio de Lucas 14, 1.7-14

Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando.
Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola:
Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: “Cédele el puesto a éste”. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto.
Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales.
Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.
Y dijo al que lo había invitado:
Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado.
Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, tullidos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.

******

“No te pavonees en presencia del rey, ni te coloques entre los grandes; porque es mejor que te digan: «Sube acá», que verte humillado ante los nobles”.
Estas palabras, pertenecientes al Libro de los Proverbios (25,6-7) y, por tanto, a la “sabiduría popular” judía, las retoma Jesús para insistir en una cuestión reiterada: no le gustan “los primeros puestos”. O quizás, por expresarlo con más precisión, ve peligrosa la actitud de quienes se preocupan por ello. Por eso, cuando entre su grupo se discute sobre “quién debía ser considerado el más importante” –un texto que Lucas sitúa nada menos que en el contexto del relato eucarístico-, Jesús lo corta de un modo tajante: “El que quiera ser más importante, que sea como el menor… Yo estoy entre vosotros como el que sirve” (Lc 22,24-27).
De todos modos, aquella sabiduría popular parecía haber calado en la enseñanza, porque en un texto del rabino Ben Azzai, del siglo V d.C., se leen palabras parecidas a las que aparecen en el evangelio: “Siéntate dos o tres puestos más abajo del que te corresponde y quédate allí hasta que alguien venga a decirte: Sube unos cuantos puestos. No te vayas directamente a los puestos de cabecera, porque puede ser que alguien te diga: Siéntate en otro sitio. Es mejor que alguien te diga: Sube, sube, a que te obliguen a desplazarte más abajo”.
Por otro lado, también la sentencia con que acaba esa primera parte del relato –y que se repite en otros lugares del evangelio- era familiar en la tradición judía. En el Libro de Ezequiel (21,31), se lee: “Van a cambiar las cosas; lo humillado será exaltado y lo exaltado será humillado”.

Con todo ello, podemos preguntarnos: ¿A qué se debe la prevención de Jesús frente a la actitud de quien busca “ser importante”? Es evidente que lo que pretende no es que, al final, el yo sea recompensado: ésa sería todavía una lectura mítica, nacida de un literalismo que retuerce el texto. No significa que, si uno se humilla, luego va a ser resarcido. Tal motivación sería una perversión de la propia entraña evangélica: la gratuidad.
No; la palabra de Jesús apunta en una dirección mucho más decisiva: la sabiduría de no vivir para el yo. Porque es en la comprensión –apercepción intuitiva- de nuestra identidad donde se juega todo lo demás.
Es evidente que nuestra identidad no puede ser pensada; si lo fuera, estaríamos sólo ante un “objeto mental” –un “algo” delimitado”-, que estaría “en nosotros”, pero que no seríamos nosotros. Todo lo que podemos observar son sólo “objetos”; somos “Quien” observa.
Como el cuerpo, la mente puede ser observada. Eso nos dice que no somos la mente, ni los sentimientos, ni las emociones… De ahí que, para ir accediendo a nuestra identidad, sea suficiente con ir teniendo claro lo que no somos. Y, dado que el “yo” no es sino la mente, iniciamos el camino de la sabiduría –que es, simultáneamente, el camino de la liberación y del amor- en cuanto nos vamos desidentificando de él.
El yo busca “ser importante”, aunque sea en intensidades diferentes, en ocasiones hasta extremos enfermizos. Según Bertrand Russell, “uno de los síntomas de estar al borde de una crisis nerviosa es creer que la obra de uno es sumamente importante”. En ese caso, el yo se erige en centro de la escena, en una actitud narcisista que, aunque sea inconscientemente, considera en la práctica a los demás como mera “prolongación” de sí mismo, por lo que los “usa” sin el menor recato, de cara a conseguir sus fines de “sentirse bien” y “ser importante”.
La contundencia con que Jesús salía al paso de esa búsqueda de “importancia” parece directamente proporcional al engaño que supone y al sufrimiento que genera. El poder que gira en torno al yo –o, con otras palabras, el poder que ansía o ejerce quien está identificado con su yo- es siempre dañino.
Es cierto que podemos hablar de otro tipo de poder: el que han experimentado las personas sabias, el que podemos apreciar en el propio Jesús y en tantos hombres y mujeres, que han vivido desidentificados de su yo. Como ha escrito el monje budista vietnamita, que fuera candidato al premio Nobel de la Paz, Thich Nhat Hanh, “es el poder de ser felices justo en el momento presente, libres de la adicción, el miedo, la desesperación, la discriminación, el enfado y la ignorancia”. Es el poder que hace felices a los otros, si bien es cierto que “para proporcionar felicidad a los demás, debemos ser felicidad”.
Ese poder llega a nosotros en la medida en que vamos cuidando la “atención plena”, por la que nos hacemos diestros en estar plenamente presentes en el aquí y ahora.
Puede ser tan sencillo como entrar en contacto con nuestra propia respiración, de un modo consciente, para que empecemos a vivirnos desde “otro” nivel de profundidad y, en último término, de identidad.
Todos podemos comprobar que la respiración consciente –la atención a la respiración- constituye una de las herramientas más poderosas para venir al presente y permanecer en él. Bastará que volvamos a ella con frecuencia, a lo largo del día, en cualquier circunstancia que nos encontremos, para que vengamos al presente y, finalmente, nos vivamos como Presencia.

Según el monje citado, en la medida en que venimos al presente, accedemos a lo que él llama “la sabiduría que no discrimina”, una forma de poder que favorece la vida, porque no es el poder al que el yo busca aferrarse, sino que es expresión de la propia Presencia. El lo cuenta con una especie de parábola:

“Yo soy diestro, de modo que hago la mayoría de las cosas con la mano derecha… Pero la mano derecha nunca se muestra orgullosa. Nunca dice: «Mano izquierda, no sirves para nada. Todo lo tengo que hacer yo».Y la mano izquierda no tiene ningún complejo de inferioridad. Nunca sufre; es maravilloso. Mi mano derecha y mi mano izquierda están siempre en paz la una con la otra. Colaboran a la perfección. Esta es la sabiduría del no yo que está viva dentro de nosotros.
Un día estaba clavando un clavo en la pared con el martillo para colgar un cuadro. No fui muy hábil y en lugar de darle al clavo, me golpeé en el dedo. Inmediatamente, la mano derecha dejó el martillo y cuidó de la mano izquierda. Y la mano derecha no dijo en ningún momento: «Mano izquierda, estoy cuidando de ti, ¿sabes? Deberías recordarlo». Y la mano izquierda no dijo: «Mano derecha, me has hecho sufrir. Quiero justicia, ¡trae ese martillo!». La mano izquierda no piensa nunca de ese modo. Esa es la sabiduría que no discrimina” (THICH NHAT HANH, El arte del poder. El secreto de la felicidad y la vida plena, Oniro, Barcelona 2008, pp. 49-50).

Es la misma sabiduría de las olas que no olvidan en ningún momento que –todas- son siempre la misma agua. Nuestra naturaleza básica es la misma para todos nosotros: “no somos iguales, pero somos lo mismo” (Javier Melloni).


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Domingo XXI Tiempo Ordinario
22 agosto 2010

Evangelio de Lucas 13, 22-30

En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando.
Uno le preguntó:
― Señor, ¿serán pocos los que se salven?
Jesús les dijo:
― Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”, y él os replicará: “No sé quiénes sois”.
Entonces comenzaréis a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”.
Pero él os replicará: “No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados”.
Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abraham, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.
Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.

******
No resulta fácil en este texto, que “suena” como uno de los más duros de todo el evangelio, llegar a saber lo que procede de Jesús y lo que fue una elaboración posterior de la propia comunidad. Pero hay un indicio claro que nos induce a pensar que nos hallamos ante un relato construido por la tradición, probablemente a partir de algunos dichos sueltos de Jesús. El indicio no es otro que el papel “extraño” que se atribuye a Jesús en el juicio, una idea más propia de la primera comunidad que del Maestro de Nazaret.
Paralelamente, parece lógico pensar que fuera la naciente comunidad cristiana, en su pugna con la sinagoga, quien se viera a sí misma compuesta por los que han llegado “de oriente y occidente, del norte y del sur”, en contraposición con el pueblo judío que –según la lectura de aquella misma comunidad- ha sido “echado fuera”.
Otras expresiones resultan bien conocidas. La “puerta estrecha” hace alusión a la puerta más pequeña que daba acceso a las ciudades amuralladas; el “esfuerzo” o la “lucha” (agon) constituía un término frecuentemente utilizado por los filósofos de la época para referirse a la acción humana; la idea misma de los “pocos salvados” pertenecía a la tradición judía, tal como se recoge en el libro cuarto de Esdras: “Muchos han sido creados, pero pocos se salvarán”.
En cualquier caso, y más allá del uso que de ellas hicieran las primeras comunidades, me parece claro que las palabras de Jesús no tendrían un carácter condenatorio, sino exhortativo. Y no podría ser de otro modo, porque quien “ha visto” no condena jamás; lo que hace es “advertir” de la ignorancia que nos lleva a “perdernos”.
Sea lo que fuere, en último término, de la “autoría” del texto que nos ocupa, tratemos de abrirnos a los “ecos” que despierta en nosotros.

La pregunta inicial –“¿serán pocos los que se salven?”- es la pregunta más característica del yo religioso. Tenemos claro que el yo no busca otra cosa sino su propia autoafirmación. Debido a su carácter vacío y a su incapacidad de existir en el presente, busca constantemente aferrarse a algo, en la expectativa de un futuro que le traiga la “satisfacción” ansiada. La ironía consiste en que ese futuro es tan inexistente como el propio yo que se proyecta en él. Pero, entre tanto, el yo sueña con llegar a ser feliz algún día, identificándose con diferentes señuelos –tener, poder, placer-, sin ser consciente de que es esa misma identificación la que hace imposible la felicidad. Dicho con más rotundidad: el único obstáculo para la felicidad es la identificación con el yo.
Sin embargo, mientras no se “despierta”, esa trampa mortal no se ve. Y si el yo es “religioso”, a su futuro definitivo lo llamará “salvación”: buscará salvarse a toda costa, en una perpetuación “eterna” de la autoafirmación siempre imposible. ¿Podría imaginar una promesa mayor para su insaciable ambición?
Eso explica que la religión mítica –la religión del “yo”-, en la que todos nosotros hemos crecido, haya pivotado en torno a la cuestión de la “salvación del alma”. No existía una preocupación mayor: ¿cómo salvarme?

Frente a esa inquietud del yo, la respuesta de Jesús anima a “entrar por la puerta estrecha”. Pero el texto no nos dice en qué consiste exactamente. Dentro de la lógica del propio “yo religioso”, no sorprende que, a lo largo de la historia, se haya entendido como “sacrificio”, “mortificación”, “sumisión” incluso… El yo –cuya religión se basaba en el esquema del mérito y la recompensa- es amante del voluntarismo perfeccionista, con el que, en no pocos casos, trataba de saldar, sin darse cuenta, antiguas culpabilidades inconscientes.
Una lectura más serena de aquellas palabras, sin embargo, nos hace ver que no se puede confundir “puerta estrecha” con “carrera de méritos” –aunque fuera en forma de obstáculos-, sino que debe referirse a algo bien distinto.
Si caemos en la cuenta de que, por su propio carácter, el yo busca “inflarse”, de un modo inevitable y compulsivo, nos resultará patente que es justamente el yo el que nunca podrá entrar por la “puerta estrecha”. Por tanto, la invitación para alcanzar la “salvación” –no la que espera el yo, sino el “despertar” de la ignorancia y del sufrimiento- pasa por desidentificarse del yo. “Entrar por la puerta estrecha” es desapropiación del yo.

Ahora bien, el trabajo de desapropiación no se consigue con voluntarismo –un voluntarismo que, una vez más, no haría sino seguir alimentando al yo-, sino que es fruto de la comprensión.
No buscamos desidentificarnos del yo por ningún motivo “ascético”, sino sencillamente porque hemos empezado a comprender que ésa no es nuestra verdadera identidad. Por eso, en la medida en que crezcamos en esa comprensión, notaremos también un movimiento interior a poner en práctica los medios que nos capaciten para vivirla.
Los diferentes medios coincidirán en el hecho de que nos hacen crecer en consciencia de no ser el “yo” que nuestra mente piensa y nos hacen vivir de una manera desapropiada, sin sentirnos como “hacedores”. Aprenderemos progresivamente a observar a nuestro yo, en cualquiera de los “disfraces” que use –eufórico o deprimido, sumiso o airado…-, y a tomar distancia de él. Y cuidaremos, por encima de todo, venir al instante presente, como medio privilegiado de experimentar la Presencia que somos.
Desde la nueva percepción de nuestra identidad, todas las cuestiones quedan redimensionadas: se ha modificado la percepción de la realidad. Si el yo andaba buscando desesperadamente su “salvación” en un futuro que imaginaba “eterno”, venimos a reconocer que la Presencia es ya la eternidad, en cuanto Plenitud atemporal. Si era fácil identificar al insaciable yo con el chiste de Woody Allen –“¡qué feliz sería si fuese feliz!”-, desde la nueva comprensión, venimos a reconocer, con Ludwig Wittgenstein, que “para la vida en el presente, no existe la muerte”. Como ha escrito el lúcido filósofo ateo André Comte-Sponville, “la muerte no me robará más que el futuro y el pasado, que no tienen existencia. Pero el presente y la eternidad (el presente, luego la eternidad) están fuera de su alcance. Sólo me arrebatará el yo. Por eso me desposeerá de todo y no me desposeerá de nada. La muerte sólo me despojará de mis ilusiones” (A. COMTE-SPONVILLE, El alma del ateísmo. Introducción a una espiritualidad sin Dios, Paidós, Barcelona 2006, p.194).

La “salvación” –según el texto- consiste en “sentarse a la mesa en el reino de Dios”, una imagen festiva, convivencial y comensal, con la que en la Biblia se suele designar la Plenitud divina.
Esa “mesa” coincide también con la Presencia, es decir, con la atemporalidad o eternidad. La mesa ya está puesta –siempre lo ha estado-, pero sólo podremos “saborearla” si, trascendiendo la identidad egoica que anda buscando “migajas”, en las que ha puesto sus expectativas de bienestar, venimos a la Presencia luminosa y eterna, nuestra identidad más profunda.
Al acceder a esa identidad, descubrimos que la pregunta inicial –“¿serán pocos los que se salven?”- nace únicamente de la mayor ignorancia. Porque, anclados en la Presencia que somos, descubrimos que ya estamos en el reino de Dios: la eternidad es Ahora. Y nos privamos de la felicidad, porque nos escapamos del Presente.
Comprendo bien que esto pueda sonar hiriente a quien dice estar envuelto en el sufrimiento y pueda sublevar a nuestra sensibilidad ante la constatación diaria de situaciones de injusticia. No sé por qué el mundo es como es, ni creo que nuestra mente llegue a encontrar una respuesta a ello. Sólo sé –y no es una “creencia”, sino algo que cada uno puede experimentar- que, más allá y a un nivel más “hondo” que el de nuestro “sueño cotidiano”, en la Presencia que es nuestra identidad compartida, todo está bien. Y que sólo creciendo en esa consciencia –que es comprensión- y desde ella, lo que brote será Vida. Porque, quizás, nuestro mayor problema es la incapacidad para reconocernos y vivirnos en la –como- Presencia.
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Fiesta de la Asunción de María
15 agosto 2010

Evangelio de Lucas 1, 39-56

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito:
― ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto del tu vientre!
¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!
María dijo:
― Proclama mi alma la grandeza del Señor,
Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador;
Porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
Porque el Poderoso ha hecho obras grandes dormí:
Su nombre es santo.
Y su misericordia llega a sus fieles
De generación en generación.
El hace proezas con su brazo:
Dispersa a los soberbios de corazón,
Derriba del trono a los poderosos
Y enaltece a los humildes;
A los hambrientos los colma de bienes
Y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
Acordándose de la misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-,
En favor de Abraham y su descendencia para siempre.

María se quedó en casa de Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

******

La asunción es una metáfora que quiere balbucear algo que se halla más allá de los conceptos y de las palabras: que María ha sido “introducida” en la Vida de Dios. Cuando se olvida que es metáfora, caemos en antropomorfismos míticos y olvidamos –esto es decisivo- que lo que decimos de María ocurre, en realidad, a todos los seres: La fiesta de la “Asunción” expresa –pone imágenes y palabras a- la Realidad que somos, más allá de las “formas” temporales; una Realidad “compartida”, que constituye nuestra identidad más honda.
Es legítimo que, en Ella, surjan nombres concretos, objeto de nuestro amor y de nuestra veneración, pero siempre que no los percibamos de un modo “separado”, cayendo en un dualismo fruto exclusivamente de nuestro pensamiento.

Pues bien, en esta fiesta de la Asunción, la liturgia nos trae un texto de Lucas, que pertenece a lo que se ha llamado “evangelio de la infancia”. Esa narración relativa a los comienzos de la vida de Jesús consta de dos capítulos, que hay que entender después de que se ha conocido lo que fue el desarrollo de la vida del Maestro de Nazaret.
Se trata de una costumbre extendida en la época: Una vez que un personaje llegaba a ser célebre, se construía un relato sobre su infancia, en el que se dejara ya traslucir lo que, posteriormente, iba a ser manifiesto en la vida de la persona en cuestión.
Por ese motivo, el “evangelio de la infancia” es, en realidad, una especie de prólogo en el que se enuncian los grandes temas que aparecerán a lo largo de todo el evangelio. El “Jesús niño” del que se nos habla es visto ya desde la fe pascual de la comunidad. Por tanto, no es historia lo que debemos ir a buscar en esos relatos, sino teología.
Lucas –utilizando el recurso, usual en la época, de las “vidas paralelas”, y en un estilo legendario- construye un relato en el que va a ir presentando, progresivamente, a los dos protagonistas, Juan el Bautista y Jesús: los dos anuncios, las dos madres, los dos nacimientos, los dos niños… A lo largo de la narración, prevalecerán Jesús y María, a quienes Juan e Isabel les rinden homenaje en todo momento. En concreto, el autor manifiesta un interés claro por mostrar a Juan, ya desde el seno de su madre, como subordinado y precursor de Jesús. De ese modo, está adelantando lo que más tarde explicitará en el relato de la vida del Jesús adulto.
Como decía más arriba, esta clave nos permite entender todo lo que se narra en estos dos capítulos iniciales: en ellos –a pesar de las apariencias-, no se nos está hablando tanto de un “niño”, cuanto del “Señor Jesús”, “Salvador presentado ante todos los pueblos, luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”, tal como lo proclama la comunidad, cuyo credo Lucas pone en labios del anciano Simeón (2,30-32).

El episodio conocido como de la “visitación” actúa de “bisagra” de los relatos de la infancia, subrayando dos temas profundamente queridos para el mundo bíblico en general y para Lucas en particular: la bienaventuranza de la fe (como confianza) y la certeza de que Dios cumple siempre sus promesas.
La narración empieza destacando la actitud decidida y pronta de María en clave de servicio: eso será precisamente lo que Jesús hará y enseñará a lo largo de toda su vida. Es decir, desde el inicio mismo, María es presentada como la discípula fiel del Maestro, poniendo en práctica la actitud que él reclama.
La reacción del feto es una respuesta de gozo, al reconocer en Jesús al Mesías esperado: ésa será justamente su misión en el futuro. La misma confesión de fe es la que proclama Isabel al llamar a María “madre de mi Señor” (un modo de nombrar a Jesús, especialmente característico del tercer evangelio).
En las palabras de Isabel, las referencias al Primer Testamento son constantes: “Bendita entre las mujeres” (Libro de los Jueces 5,24; Libro de Judit 13,18); “¿Quién soy yo…?” (Libro II de Samuel 6,9; 24,21). Pero, sin duda, lo que más destaca es la primera bienaventuranza de todo el evangelio: “Dichosa tú (por)que has creído”.
Se trata de una profecía –hablar “a voz en grito” significaba “profetizar”-, que recoge bien lo que es el meollo mismo de la fe. Creer es fuente de dicha. Pero no se trata –como nunca en la Biblia- de un creer que fuera asentimiento mental a alguna creencia, sino de confiar radicalmente, porque se ha hecho la experiencia del Misterio como Realidad luminosa que todo lo abraza y a todo llena de Sentido; se ha experimentado a Dios como Roca fundante que sostiene y constituye todo lo que es.
Y es precisamente desde esa experiencia de Gozo, de donde brota el canto de María, que conocemos por su primera palabra en latín (“Magnificat”), un canto que es, en realidad, una amalgama de textos veterotestamentarios y una síntesis de toda la teología de Lucas.
Es sabido que, en su “evangelio de la infancia”, Lucas trae otros tres cantos más que, conocidos también por la primera palabra en su traducción latina, son: “Benedictus” (puesto en boca de Zacarías: 1,68-79), “Nunc dimittis” (en boca del anciano Simeón: 2,29-32) y el “Gloria” entonado por los ángeles (2,14).
Parece probable que todos ellos –de origen judío o incluso cristiano- fueran cantos anteriores al propio Lucas, y que éste, con los retoques correspondientes, los incorporó a su escrito. En cualquier caso, se trata de himnos tan ricos en teología como bellos en su composición, que han alimentado la fe cristiana a lo largo de veinte siglos.
El Magnificat, en concreto, es un “reflejo” del cántico de Ana (Libro I de Samuel 2,1-10), a la vez que trae numerosos “ecos” del canto de gratitud de Miriam (Libro del Éxodo 15,1-21).
Destaca, en él, la proclamación de un Dios misericordioso y parcial a favor de los débiles, que “dispersa” y “derriba” a soberbios, poderosos y ricos. En realidad, en este canto encontramos un “avance” de los temas con que el propio Jesús se presentará en la sinagoga de Nazaret, en lo que se conoce como su discurso programático: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres…” (4,18-21). Por otro lado, riqueza, poder y soberbia constituirán las tres tentaciones que el propio Jesús habrá de soportar (4,1-13).
Indudablemente, se trata de un texto radicalmente subversivo que, con demasiada frecuencia, se ha “espiritualizado” y de, ese modo, desactivado. Tendría que hacernos pensar la reflexión del ultraconservador Charles Maurras, fundador e ideólogo de Action Française, que –abogando por un catolicismo no cristiano- decía admirar a una institución como la Iglesia católica, capaz de rezar cada día el Magnificat y, a la vez, neutralizar sus enseñanzas.

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Domingo XIX Tiempo Ordinario
8 agosto 2010

Evangelio de Lucas 12, 32-48

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
― No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino.
Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro allí estará también vuestro corazón.
Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.
Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo.
Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete.
Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.
Pedro le preguntó:
― Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?
El Señor le respondió:
― ¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas? Dichoso el criado a quien su amo, al llegar, lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes.
Pero si el empleado piensa: «Mi amo tarda en llegar», y empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas, a comer y beber y emborracharse, llegará el amo de ese criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles.
El criado que sabe lo que su amo quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos.
Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá.

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La parábola evangélica habla de “velar” y de “estar preparados”: es una llamada a despertar.
Se trata probablemente de una parábola postpascual –o, al menos, elaborada después de la pascua-, ya que hace referencia a la Parusía o “venida del Hijo de hombre”, una creencia generaliza en la primera comunidad.
La “cintura ceñida” es una alusión directa a la comida del cordero pascual, previa a la liberación de la esclavitud, tal como la relata el libro del Éxodo (12,11): “Lo comeréis así: la cintura ceñida, los pies calzados, bastón en mano y a toda prisa, porque es la Pascua del Señor”.
Las “lámparas encendidas” dan a entender que la gente de la casa está despierta; cuando se acostaban, todo quedaba a oscuras. Las expresiones “entrada la noche” y “de madrugada” se refieren a distintas horas nocturnas. Sabemos que los romanos dividían la noche –de 6 de la tarde a las 6 de la mañana- en cuatro vigilias, de tres horas cada una. Entre los judíos y los griegos, la división era tripartita: tres vigilias de cuatro horas cada una. Según la división que se empleara, el texto original puede indicar que los siervos estaban en vela desde las 9 de la noche a las 3 de la madrugada, o bien desde las 10 a las 6. Sea como fuere, la insistencia es clara: velar, estar despiertos.
La parábola contiene una bienaventuranza: “Dichosos quienes están en vela”. Desde nuestra perspectiva, es evidente que la dicha no se debe al premio “añadido” que el siervo va a recibir. Esa lectura sólo cabe en una religión mítica, entendida en clave de méritos y recompensas.
La dicha no es un “premio”, sino sencillamente expresión de que se ha adoptado la actitud adecuada. La dicha se manifiesta cuando no ponemos obstáculos a lo Real. Del mismo modo que “la alegría es la señal inequívoca de la vida triunfa” (H. Bergson), la dicha expresa que el Ser fluye.
Para el yo, la dicha es un “objeto” que se imagina en el futuro. Por eso, tiende a hacer de su vida una carrera desbocada en pos de un futuro siempre inalcanzable. Por otro lado, la “dicha” del yo siempre es inestable, porque no puede existir sin su par opuesto: la desdicha.
Venimos a descubrir, entonces, un efecto paradójico: el yo, que busca la dicha desesperadamente, es el único obstáculo para que ella se manifieste. Por eso, en la medida en que nos desidentificamos del yo, el Gozo es. Eran sólo nuestras “etiquetas” e interpretaciones mentales las que lo velaban. Si permaneces en el presente, en la quietud que no juzga, emergerá la Dicha.
Ser es sinónimo de Dicha…, a condición de que no queramos ser “algo”. Porque quien estaría buscando ese “algo”, sería únicamente el yo. El presente –la Presencia- es siempre Dicha, pero la identificación con el yo fractura el presente, nos saca de la Presencia y nos enreda en el laberinto interminable de una mente vagabunda, fuente de inevitable sufrimiento. Pero empecemos desde el principio…

Todo arranca de la confianza: “No temas”, empieza diciendo Jesús. Desprendimiento, vigilancia, servicio… nacen de la certeza del Don; son consecuencia de percibirse y de percibir todo como expresión de la Gracia.
El comportamiento ajustado, armonioso y socialmente eficaz no nace del esfuerzo voluntarista ni del perfeccionismo, sino de la comprensión de lo que somos.
Si, en la práctica, estamos identificados con el yo, no podremos dejar de vivir para él, porque será desde él desde donde veremos la realidad y a nosotros mismos.
Aun sin ser conscientes de ello, la identificación con el yo se plasma en tres creencias:
• creencia de que mi identidad es el yo (la idea mental que tengo de mí);
• creencia de que somos un yo concreto y sólido;
• creencia de que este yo precisa de algo para completarse.
Al ser vacío e inconsistente, el yo es siempre carente y necesitado, por lo que decir “yo” equivale a decir “yo necesito”. Desde esa necesidad, que no es sino la sensación de que uno mismo es incompleto –como el yo con el que previamente se ha identificado-, surge un doble e inevitable movimiento: de atracción hacia todo aquello que sospecha que puede completarlo, y de aversión hacia lo que, sintiéndose vulnerable, experimenta como una potencial amenaza. La identificación con el yo nos impide salir de esa dinámica.
En resumen, lo que se halla en el origen del apego y de la aversión no es sino la ignorancia básica sobre quiénes somos. Y sólo podremos liberarnos de ello cuando acabemos con la idea obsesiva de creernos un “yo” separado, incompleto o inacabado. De otro modo, seguiremos generando sufrimiento a nosotros mismos y a los demás.
¿Cómo salir de esa idea o creencia? Párate. Observa todo lo que se mueve en tu campo de conciencia, toma distancia de todo ello. Cae en la cuenta de que todo aquello que puedes observar está en ti, pero no eres tú. ¿Qué queda? Atención desnuda, Espacio vacío, la pura Conciencia de ser, un “Yo soy” autoevidente que no puede ser objetivado, la Presencia ilimitada que no carece de nada.
Permanecer en la Presencia modifica nuestro modo de ver y de actuar…, porque se ha modificado previamente la percepción de nuestra verdadera identidad. Salimos de la ignorancia que nos mantenía atrapados en la celda del yo (de la mente) y crecemos en consciencia: eso es despertar.
Quien está “despierto”; quien se ancla, no en la mente, sino en la conciencia; quien vive en la Presencia… es dichoso.
Estamos despiertos en la medida en que mantenemos una “atención plena” a lo que acontece en nuestro interior y a nuestro alrededor, sin identificarnos con ello. Como ha escrito Jon Kabat Zinn –un psiquiatra pionero en la aplicación de la “atención plena” para la prevención del estrés-, “la atención plena puede ser considerada como una conciencia continua que no enjuicia, que se cultiva prestando, en el momento presente, una atención no reactiva y lo más abierta posible” (J. KABAT-ZINN, La práctica de la atención plena, Kairós, Barcelona 2007, 610 pags.).
Un aliado de primer orden para crecer en la “atención plena” es la respiración consciente. La atención a la respiración es, probablemente, la herramienta más eficaz para crecer en consciencia y venir al presente. Y es, al venir al presente, donde apercibimos que nuestra identidad no es el pequeño y necesitado yo que nuestra mente pensaba, sino esa Presencia ilimitada que, en sí misma, es Gozo.
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Domingo XVIII Tiempo Ordinario
1 agosto 2010

Evangelio de Lucas 12, 13-21

En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús:
Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.
El le contestó:
Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?
Y dijo a la gente:
Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes.
Y les propuso una parábola:
Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y comenzó a echar cálculos: “¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”. Y se dijo: “Haré lo siguiente: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo mi grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años; túmbate, come, bebe y date buena vida”.
Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?”.
Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.

******

Parece que, también entonces, las herencias suscitaban problemas y enfrentamientos. Y alguien, que debió sentirse perjudicado, acudió a pedir la mediación de Jesús para conseguir un mejor reparto.
En la respuesta de Jesús, destaca su libertad frente a ese tipo de cuestiones. No sólo porque corta la petición por lo sano, sino por la parábola que narra a continuación. Ni él se considera “árbitro” de cuestiones personales, ni está atrapado por la codicia. Lo que escuchamos en él es la enseñanza de un maestro desegocentrado que quiere mostrar el camino de la verdadera “riqueza”.
Para entender la parábola de Jesús, quizás sea bueno tener en cuenta la idea que se tenía sobre las riquezas en el mundo mediterráneo del siglo I. Bruce J. Malina, uno de los pioneros en el estudio del contexto social del evangelio –estudios que tanto se han desarrollado recientemente-, viene a decir que el deseo de riquezas no estaba mal visto, siempre y cuando no se descuidara la atención a los más desfavorecidos. Porque, según él, aquella idea sobre la riqueza se apoyaba en dos presupuestos: 1) la riqueza se hace a costa de otros; 2) la riqueza tiene un gravamen a favor de los necesitados.
Esto es justamente lo que, en un primer nivel, parece estar detrás de la parábola de Jesús. Lo primero que se reprocha al protagonista de la misma es que “amasa riquezas para sí”. De hecho, todo el relato insiste machaconamente en el uso de pronombre personal y adjetivos posesivos: “mío”, “mi”…
Y es ahí, en ese “mi”, donde radica el engaño. Porque, como el yo, es una ficción. Por eso –como dirá el propio Jesús en otro lugar-, quien vive para él, pierde la vida: es el mismo mensaje de esta parábola. Quien vive para el yo (“amasa riquezas para sí”), no es “rico ante Dios”.
Ser “rico ante Dios” no significa “hacer méritos”, que luego El recompensaría; no es el sueño egótico de querer “comprar el cielo a plazos”, ni de acumular acciones en la contabilidad divina. Todas esas ideas del mérito y de la recompensa pertenecen a una mentalidad religiosa mítica.
Ser “rico ante Dios” significa, más bien, descubrir nuestra identidad profunda, identidad unitaria y compartida, a salvo de ladrones, enfermedades y muerte. La identidad por la que nos experimentamos ya en el “cielo”, la Presencia divina que somos y en la que somos.

Pero, ¡cómo nos cuesta reconocerla! La identificación con el yo es tan fuerte que parece que no supiéramos vivir sin, a cada paso, decir “mío”. Sabemos que los motivos son varios y poderosos: colectivamente, vivimos en la etapa de la identidad egoica; el yo, para tener la sensación de existir, necesita “apropiarse” de todo lo que llega a él; esa apropiación (decir “mío”) otorga una sensación de identidad y de seguridad… Tomar distancia es una tarea ardua. Y, sin embargo, nos va la Vida en ello.
Como señala Eckhart Tolle, empezamos identificándonos con las cosas (“mi” juguete, “mi” casa, “mi” coche”…), creyendo encontrarnos en ellas, pero casi siempre acabamos perdiéndonos. Es lo mismo que muestra la parábola de Jesús: aquel hombre rico empezó identificándose con su cosecha, creyendo de ese modo asegurar su vida y, por fin, encontrarse en un estado satisfactorio. La realidad, sin embargo, era bien otra.
De ahí, que la palabra que le dirigen no pueda ser más adecuada: “Necio”. Del latín “nescio”, que significa literalmente: “no sé”. Necio es el que no sabe lo que hace, el que vive perdido y ofuscado en la ignorancia y, en último término, en la inconsciencia. Eso es vivir identificado con el yo, en el pensamiento de que ésa es nuestra verdadera identidad.
El yo es una ficción y todo aquello de lo que podemos decir “mío” es sólo un objeto. Quien se aferra a ellos es sólo el yo. Sin embargo, la pérdida de esos “objetos” no nos hace disminuir nada en quienes somos. Quien se reconoce como la Presencia transpersonal (“vive para Dios”) se siente y se sabe “pleno”: no le falta nunca nada.

El engaño –la “necedad” o inconsciencia- proviene del hecho de que el yo confunde el “tener” con el “ser”. Cualquier luz que podamos poner en ello nos irá ayudando a crecer en desidentificación, libertad y Plenitud.
Para empezar, puede ser útil reconocer que no eres lo que tienes y, de ese modo, ir estableciendo una distancia entre el yo y Quien es capaz de observarlo. Podemos así comenzar por tomar conciencia de los apegos que vivimos y de la facilidad con que nos reducimos a ellos. Eso nos da la medida de nuestra identificación con el yo, la medida de nuestro ego.
Al tomar conciencia de que el llamado “yo” es en realidad un “objeto” de tu observación –algo que puedes observar-, irá abriéndose paso la cuestión sobre tu verdadera identidad.
Para avanzar en ese camino, no te busques como “yo”. Más bien, hazte consciente de ese estado de Presencia “no personal” (en realidad, no egoico), en el que todo, sencillamente, ocurre. Pero si te sigues buscando como “yo”, nunca podrás trascender el estadio “personal” (mental).
Nos hallamos en un momento de la evolución de nuestra especie en el que la identificación con lo “personal” es intensa, hasta el punto de que parece que no haya otro valor por encima del “yo” o del individuo. (Raimon Panikkar ha escrito que la creencia de que la individualidad es el mayor valor constituye uno de los mitos de la cultura occidental).
Pero antes de esta etapa, la conciencia era –se si puede hablar así- prepersonal, en un estado cuasi-fusional con el entorno, similar al que vive el bebé en el primer periodo de su existencia.
Según muchos indicios, parece que estamos en el umbral de una etapa transpersonal. Venimos a descubrir que aquello que constituía el primer valor para el yo –la individualidad- es sólo una “identidad transitoria”. Por ello, permanecer anclados en ella, es perpetuar la ignorancia y el sufrimiento.
Y así como en el estadio personal, no podíamos reconocernos sino como yoes individuales –el propio “personalismo”, en todas sus facetas, se inscribe aquí-, en esta nueva etapa habremos de aprender a encontrarnos, no como “yo”, ni siquiera como “personas”, sino en la Conciencia transpersonal, que no es otra cosa que la Presencia, la Realidad una no-dual, el Ser inobjetivable, que constituye todo lo que es.
Soy consciente de que todo esto produce resistencias fuertes en quienes provienen de una tradición personalista, tanto filosófica como teológica. Y comprendo que sea así para quien vivió convencido de que no había otro valor por encima de lo personal. A fin de cuentas –vienen a decir-, si quitas lo personal, ¿qué queda del ser humano? Más aún, ¿a qué se reduce Dios?
Hace falta experimentarlo. Entonces descubres que, no sólo no se pierde nada valioso, sino que todo queda enriquecido. Mientras vivimos para el “yo personal”, seguimos “amasando riquezas para sí”. Cuando accedemos al nivel transpersonal, “somos ricos en Dios”, Dios mismo es nuestra riqueza, porque es nuestro Ser más profundo.

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Domingo XVI Tiempo Ordinario
18 julio 2010

Evangelio de Lucas 10, 38-42

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.
Esta tenía una hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.
Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo:
— Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.
Pero el Señor le contestó:
Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor y no se la quitarán.

******

Una vez más, como tantas otras en los relatos evangélicos, no nos encontramos ante una mera “anécdota” de la vida de Jesús, sino ante una catequesis sobre en qué consiste ser discípulo.
Esta narración aparece únicamente en el evangelio de Lucas y tiene como trasfondo la doble actividad que se desarrollaba en las primeras comunidades: el servicio (o diaconía) y la proclamación de la palabra. Según el texto, parece que el autor tiene un interés especial en subrayar la importancia de la escucha de la palabra, a la que califica como “la parte [porción] mejor”, que no puede ser quitada.
Esa expresión de la “mejor parte” hace alusión a la “porción del Señor”. En el reparto de la tierra, cuando el pueblo se estableció en Palestina, a los levitas no se les asignó ninguna porción: su “lote” era el Señor. Y así se recoge en los Salmos:
“Tú, Señor, eres mi copa y el lote de mi heredad,
mi destino está en tus manos.
Me ha tocado un lote delicioso,
¡qué hermosa es mi heredad!” (Salmo 16,5-6).

“Mi porción, oh Yhwh,
es guardar tus palabras” (Salmo 119,57).

En la narración, la misma postura de María –“sentada a los pies”- es una alusión directa a su lugar de discípula: ésa era la postura que adoptaban los discípulos judíos antes sus maestros. Y no deja de ser llamativo que, en una cultura tan machista, en la que ningún maestro judío hubiera consentido tener mujeres en su grupo, se reconozca a una mujer el derecho pleno a ser discípula.
Si María es la que escucha la palabra, Marta representa el servicio. Y es ésta la que se dirige a Jesús, con un título frecuente en el evangelio de Lucas, pero que nació a partir de la experiencia pascual: Kyrios, Señor.
La queja de Marta, sin embargo, no va a ser bien acogida. En la respuesta que el autor pone en boca de Jesús –no es probable que esas palabras pertenezcan al Jesús histórico-, pueden distinguirse dos partes: la que se refiere a la inquietud de Marta y la que elogia a María por haber elegido “la mejor parte”.

Toda la respuesta rezuma sabiduría: la inquietud y el nerviosismo son síntomas de ansiedad, se corresponden con la hiperactividad mental –la rumiación incesante- y ponen de manifiesto que estamos alejados del presente. Todo ello suele denotar una carencia afectiva o vacío psicológico no resuelto, origen de una prisa que no nos deja en paz, sino que nos introduce en una carrera interminable y agotadora que no conduce a ninguna parte.
Cuando eso se produce, la persona está identificada con su mente y, por tanto, con su ego o yo. Por eso, a aquel vacío psicológico se le añade el vacío esencial propio del yo, y la suma de ambos produce una incapacidad radical de vivir en el aquí y ahora. Porque el yo, como no puede “hallarse” a sí mismo en el presente, sólo puede sostenerse en tanto en cuanto mantiene expectativas que lo proyectan a un futuro imaginado.
Frente a todas esas trampas y engaños, suena sabia la palabra que proclama: “sólo una cosa es necesaria”. Lo único realmente necesario –aunque haya que trabajar otras cuestiones para que ello sea posible- es venir al presente. Cuando aprendemos a vivir en el momento presente, todo empieza a fluir ajustada y armoniosamente. Cesa la inquietud, el nerviosismo, el estrés, el despiste, la ignorancia, el cansancio desproporcionado, los “dramas” mentales, los diversos mecanismos de huida, el sufrimiento inútil…
En la medida en que ponemos presencia en nuestra vida, todo empieza a encontrar su lugar, redescubrimos el gusto por vivir y emerge la Plenitud. Decididamente, la Presencia es lo único necesario. Y, como decía el místico sufí, “quien lo probó, lo sabe”.
Cuando vivimos en la mente, fuera del presente, nos pasamos el tiempo buscándole un significado a la vida; basta venir al instante presente para disfrutar de una vida plena de significado. La Presencia es sentido.
Dejamos de percibirnos como el yo aislado y vacío, ansioso e inquieto, para empezar a descubrirnos como esa misma Presencia que todo lo abraza e integra. Nos liberamos de la tiranía de la mente pensante para percibirnos como la Conciencia desde la que la mente cumple su función: pasamos de considerarnos como “pensadores identificados con su mente” a vivirnos como “observadores de los propios contenidos mentales”. Sólo aquí y ahora: “Ser, nada más; y basta. Es la absoluta dicha” (Jorge Guillén), lo único necesario.

Así entendida la “parte” que ha elegido María, queda claro que es “la mejor” y que “no se la quitarán”. Podemos perder todo lo que hemos ido adquiriendo, todo lo que tenemos, el mismo yo…, pero no podremos perder jamás lo que somos: eso es lo que nadie nos podrá quitar.
Cuando sufrimos porque creemos amenazada cualquier cosa que tenemos –bienes, imagen, fama…-, estamos todavía identificados con el yo; permanecemos en el mundo de las “formas”; no hemos encontrado aún “lo único necesario”. Cuando “cae” el yo, con él cae cualquier forma de miedo y de sufrimiento.

Ahora bien, es necesario subrayar que “lo único necesario” no es estar sentada escuchando la palabra, sino vivir en la Presencia. Y es necesario advertirlo porque este texto se usó, con frecuencia de una forma muy desafortunada, para contraponer lo que se llamaba “vida activa” y “vida contemplativa”. En esa lectura simplista, las palabras de Jesús vendrían a afirmar la superioridad de la segunda sobre la primera: el trabajo manual ocuparía un lugar muy secundario con respecto a la actividad orante o contemplativa.
Tal interpretación, no sólo se apoya en un dualismo insostenible, engañoso y perjudicial –por el que “oración” y “vida” correrían por caminos diversos-, sino que olvida lo más característico de la respuesta: lo decisivo no es lo que hacemos, sino dónde estamos. Hay personas contemplativas que no logran salir de su mente y hay personas muy activas con una vivencia profunda del presente. Es decir, la disyuntiva que el texto plantea no hay que entenderla como si fuera entre “trabajo” y “oración”, sino entre “ignorancia” y “consciencia”, entre “cavilación” y “presencia”: está en Dios quien vive en la Presencia, tanto dentro de los muros de un monasterio como en el vértigo de un tráfico incesante.

Es significativo que, dentro de una tradición que entendió esta escena evangélica en la clave a la que aludía más arriba, apareció una lectura totalmente divergente, en boca de uno de los mas grandes místicos cristianos: el Maestro Eckhart, en el siglo XIII-XIV.
Para Eckhart, la postura digna de elogio es la de Marta. Porque es ella la que vive el servicio y la dedicación a los otros. Con esto, el Maestro renano buscaba subrayar algo a veces olvidado en la espiritualidad: el test y la garantía de un camino espiritual auténtico viene dado por la bondad y el amor servicial que produce en la persona.
Es fácil advertir que, así entendido, no sólo no hay ninguna oposición entre ambas interpretaciones, sino que se reclaman. Con otras palabras, el auténtico camino espiritual se produce cuando María se convierte en Marta, una vez que ambas se han unificado gracias a la Presencia, porque las dos, en cualquier ocupación, han aprendido a vivir en presente.

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Domingo XV Tiempo Ordinario
11 julio 2010

Evangelio de Lucas 10, 25-37

En aquel tiempo, se presentó un letrado y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:
Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?
El le dijo:
¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?
El letrado contestó:
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”.
El le dijo:
Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.
Pero el letrado, queriendo aparecer como justo, preguntó a Jesús:
¿Y quién es mi prójimo?
Jesús dijo:
Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo.
Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y, montándolo en su cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo:
Cuida de él y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.
¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?
El letrado contestó:
El que practicó la misericordia con él.
Jesús le dijo:
Anda, haz tú lo mismo

******

Los letrados eran los “teólogos oficiales” del judaísmo. Este se acerca a Jesús, queriendo “ponerlo a prueba”, con una pregunta característica del yo religioso: “¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”.
Como sabemos, el yo se define por su afán protagónico y alimenta su sensación de existir como entidad autónoma, a partir de los mecanismos de la identificación y de la apropiación. En la pregunta del letrado, es él quien tiene que hacer algo para conseguir un beneficio para sí mismo. Por esa misma razón, la religión del yo no puede ser sino la del mérito y la recompensa, entendida además en clave individualista: hago “algo” para obtener “algo” para mí (aunque eso sea la salvación del alma).
Por otro lado, aquella pregunta denota también la ignorancia en la que el yo se mueve: considerar la “vida eterna” como un objeto que poder atrapar. El yo, al no poder conocer la felicidad, la proyecta siempre hacia el futuro, en la creencia (generalmente inconsciente) de que, por fin, algún día la alcanzará. Eso le hace vivirse proyectado hacia delante, víctima de la ansiedad que nace de su propio vacío.
Pues bien, acostumbrado a perseguir el futuro, no es extraño que se imagine la “vida eterna” como el futuro definitivo en el que, finalmente, él va a ser completamente feliz: ¿Cómo no hacer cualquier cosa para “heredarla”?

De entrada, Jesús se sitúa en el nivel de quien le pregunta y lo remite a algo que era totalmente familiar para un experto religioso: a la Ley.
En su contestación sobre lo que pide la Ley, el letrado combina dos textos: uno del libro del Deuteronomio (6,5) –“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser”- con otro del Levítico (19,18) –“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”-.
Parece que la idea del amor al prójimo constituía un principio ético muy claro en el judaísmo anterior a Jesús. Y gracias al influjo de los judíos helenistas, poco a poco se había ido unificando la doble dimensión del amor –a Dios y a los otros-, de acuerdo a las dos reglas básicas del helenismo: la eusebia (adoración a Dios) y la dikaiosyne (el amor al prójimo).
A Jesús le agrada la contestación, le anima a vivirlo y parece así zanjar la cuestión: “Haz eso y tendrás la vida”. Por un lado, el Maestro de Nazaret vincula estrechamente el amor y la vida; por otro, no habla ya de “vida eterna” como si fuera un “premio” a conseguir, sino de experimentar la vida. Eso es lo que ocurre precisamente cuando nos abrimos al amor, en un proceso creciente de desegocentración. Pareciera como si Jesús hubiera encontrado una puerta para ayudar a aquel hombre a salir del círculo de un yo que buscaba su “premio eterno”.

Pero el letrado no da el diálogo por terminado. Más que “aparecer como justo”, necesita “justificarse”, es decir, intentar demostrar que su pregunta no había sido tan tonta. Pero, a pesar de haber caído en otro mecanismo propio del yo –la justificación-, su nueva intervención va a dar la ocasión para que contemos con esta admirable parábola, que resume el corazón mismo de todo el evangelio.
Se trata de un relato exclusivo de Lucas, aunque se remonta a una tradición anterior. Y refleja una cuestión viva en el judaísmo del siglo I, así como en las primeras comunidades cristianas: ¿a quiénes debemos considerar como prójimos? No pocos excluían de esa categoría a los extranjeros y a los samaritanos.
La parábola tiene bien elegidos los personajes: dos profesionales del templo –el sacerdote y el levita- y un hereje, a quien cualquier judío piadoso debía evitar.
De un modo provocativo, Jesús hace de este último –excluido de los círculos “honorables”-, el protagonista bueno, frente a los dos hombres religiosos, en un contraste que habría de resultar a su auditorio tan hiriente como polémico.
De esa manera, introduce un principio radicalmente revolucionario en el mundo de la religión: hay un camino para encontrarse con Dios que no pasa por el templo. El sacerdote y el levita imaginaban hallar a Dios en el templo; sin embargo, según Jesús, quien realmente se encuentra con Dios es el que atiende al hombre necesitado. Se trata de un criterio luminosamente claro, pero tan subversivo que la misma religión tiende a olvidarlo.
Dicho en otras palabras: lo que Dios nos pide –según Jesús- no es que seamos “religiosos”, sino que seamos “humanos”, viviendo la compasión hacia los otros.
Eso es precisamente lo que caracteriza al samaritano: su corazón compasivo. Compasión es la capacidad de “meterse” en la piel del otro, para ver las cosas como él las ve, y sentirlas como él las siente. Pertenece a la misma familia semántica –aunque sea en griego- que la “simpatía” y la “empatía”. Por eso, la compasión no es en absoluto un sentimiento superficial o efímero, como sería una lástima pasajera, sino tan profundo que conmueve a la persona y la lleva a una acción eficaz –sin esa acción no hay compasión, sino apenas “lástima” superficial y pasajera-, haciendo todo lo que está a su alcance para aliviar el la necesidad del otro que sufre.

Con la parábola –que critica a un sistema religioso de corazón endurecido-, Jesús hace ver que la pregunta del letrado era engañosa. No se trata de preguntarme “¿cuál es mi prójimo?”, sino “¿de quién estoy dispuesto a hacerme prójimo?”.
Y concluye dando respuesta a la cuestión primera: “¿qué tengo que hacer?”. Jesús contesta: “Haz tú lo mismo”. No debió resultar agradable para un letrado que le pusieran como modelo de comportamiento al detestado samaritano. Pero, más allá de la anécdota y de la ironía que el relato destila, el criterio sigue en pie. Lo que “hay que hacer” es vivir la bondad compasiva con quien se halla en necesidad. No hay criterio religioso por encima de éste.

Por eso producen tristeza no pocas reacciones de las autoridades eclesiásticas que parecen actuar más de acuerdo al propio establishment religioso que al mensaje de Jesús. La postura de L’Osservatore Romano, a raíz de la muerte del escritor y premio Nobel José Saramago, es un ejemplo de lo que, en nombre de Jesús, no deberíamos hacer jamás.
Reproduzco a continuación un breve artículo del periodista Manuel Alcántara, comentando el texto aludido del diario vaticano.

“El diario oficial de la Santa Sede ha aprovechado la muerte de Saramago para reprocharle su conducta, que aparte de haber sido ejemplar desde un punto de vista personal, estuvo siempre a favor de los más desamparados. Con una escandalosa falta de piedad, que hace sospechar que quienes redactan las páginas del frecuentemente hirsuto diario no tienen a los Evangelios entre sus lecturas predilectas, acusan al gran escritor de profesar «una ideología antirreligiosa» y le piden cuentas póstumas por ser marxista. Una madre no debe despedirse así de uno de sus pobres hijos. Ni siquiera la Santa Madre Iglesia.
Saramago, que no es uno de mis escritores favoritos, ni siquiera entre los que más me han ayudado a vivir entre los que nacieron en su tierra, era un ser humano importante, o sea, alguien a quien le importaban los otros seres humanos. Estuvo siempre comprometido con la vida, a pesar de que nunca espero nada de ella, y nunca disfrazó sus ideas. Era muy callado, muy reservado, muy cortés. ¿Por qué aprovecharse para zaherirle su comportamiento a que la muerte le obligue a mantener una reserva aún mayor? Los muertos, sean quienes sean, quiero decir quienes hayan sido, merecen indulgencia. Ya lo saben todo, o siguen ignorándolo todo. Un respeto para ellos.
La falta de piedad mostrada por las páginas del diario vaticanista no sólo es sobrecogedora, sino que desmiente la teoría del perdón, que es lo único que nos permite rectificar el pasado. Repito que esa actitud es impropia de la madre misericordia, pero además aquella dignísima persona tenía derecho a sospechar la verisimilitud de algunos mitos que le fueron transmitidos. Hay que ser o creyente o pensante, dijo Schopenhauer, pero eso ha sido desmentido en ocasiones. ¿Qué culpa pueden tener algunos de no creerse las promesas post mortem? La fe es un don, según dicen sus usuarios. No hay que reñirle a los muertos. Está muy mal que lo haga una madre. Todos somos hijos de Dios”.

Finalmente, bajo la perspectiva de la parábola que venimos comentando, tiene razón el obispo Jacques Gaillot cuando afirma que “una Iglesia que no sirve, no sirve para nada” –es el titulo de un libro que publicó en 1995, en la editorial Sal Terrae-. Y es que la Iglesia que se remite a Jesús únicamente puede ser fiel al Maestro si es, en la práctica, una “Iglesia samaritana”.
Pero, a su vez, sólo podrá ser esa Iglesia, cuando quienes la integramos vayamos creciendo en capacidad de amar, porque hayamos empezado a descubrir que el Amor es el núcleo de nuestra misma identidad.
Por ello, me ha parecido oportuno adjuntar esta semana, junto con el comentario, una práctica meditativa para favorecer la consciencia y el crecimiento en el Amor que somos. Como toda práctica, su “éxito” radicará en la perseverancia, en el trabajo con las resistencias que se encuentren y en el hecho de permanecer en la propia sensación de amar.

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Domingo XIII Tiempo Ordinario
27 junio 2010

Evangelio de Lucas 9, 51-62

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante.
De camino, entraron en una aldea de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén.
Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron:
― Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?
El se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea.
Mientras iban de camino, le dijo uno:
― Te seguiré adonde vayas.
Jesús le respondió:
― Las zorras tienen madriguera y los pájaros, nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.
A otro le dijo:
― Sígueme.
El respondió:
― Déjame primero ir a enterrar a mi padre.
Le contestó:
― Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios.
Otro le dijo:
― Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.
Jesús le contestó:
― El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios.
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El “viaje a Jerusalén” ocupa, en el evangelio de Lucas, diez largos capítulos (desde 9,51 a 19,28). Se trata de un viaje teológico, más que geográfico –un recurso literario-, a lo largo del cual Jesús se va a dedicar prioritariamente a enseñar a sus discípulos.
El autor inicia el relato con una indicación significativa, que se refiere a la muerte –ése es el destino del “viaje”- como “el tiempo de ser llevado al cielo”. En el evangelio, la muerte es denominada como “sueño” o como “paso”: “Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre…” (evangelio de Juan 13,1).
La expresión “pasar al Padre” invita a entender la muerte como la “reintegración” en la Unidad originaria de donde todo procede. Más allá de nuestras “formas” transitorias, en las que se había expresado, la Identidad profunda –que nunca nace y nunca muere- se “reencuentra” a sí misma.
La reconocida psicoterapeuta, confidente y discípula de Carl Jung, Marie-Louise von Franz, de quien se ha dicho que interpretó más de 65.000 sueños, ofrece esta constatación: “Los sueños de los moribundos no se refieren a un final, sino a un paso”.
La muerte no es sino el “paso” de la “forma” a la “no-forma”, de la apariencia a la Realidad, del ego al Ser, del yo a la Presencia. Ocurre algo similar al sueño: el sujeto que duerme no puede saber lo que es el estado de vigilia; más aún, ni siquiera es esa identidad “onírica” la que despierta. Cuando se despierta, emerge una “nueva identidad”, distinta del sujeto onírico.
De un modo parecido, la muerte es el “despertar” a nuestra identidad más honda que, mientras estamos identificados con el yo, nos pasa desapercibida.
Ese es nuestro único problema: la ignorancia de creer que somos el “yo” que nuestra mente piensa que somos. Una ignorancia que nos lleva a vivir para él como si fuera “eterno”, y en realidad nos hace “perder” la Vida.
Así, entendemos la sabiduría que encierran las palabras de Jesús: “Quien vive para su yo [creyendo que es su yo], está perdiendo su vida”. Es lo que expresaba José Fernández Moratiel en el siguiente poema:

EL QUE PIERDE GANA
Es la extraña lógica del evangelio,
perder lo de fuera para ganar lo de dentro,
perder la fachada, perder lo postizo, lo que sólo da una sensación,
para ganar la presencia suya en el corazón.
El que pierde gana, decía incansablemente Jesús.
Si algo se destruye es para una transformación,
para que algo reaparezca…
Algo se destruye en el silencio,
pero es para una transformación,
para que aparezca el ser.
“Yo soy”, dice Dios,
lo que se expresa con toda plenitud,
lo duradero, lo que existe siempre.
Dios es siempre Ser.
Nuestra oración es como el camino del Ser.
Algo se pierde en el silencio…
-lo que está en la superficie-,
pero se reconstruye nuestro ser verdadero.
No temáis que se pierda el cuerpo;
nuestros conceptos, nuestras ideas…
Sólo se pierde lo superficial.
Lo que no se puede perder es el Ser.

Lo que no se pierde –lo que no muere- es lo que no tiene forma y, por eso, tampoco nunca nació: la Identidad –unitaria y compartida- que trasciende el tiempo y el espacio, que se encuentra más allá de cualquier “forma” a la que, eventualmente, la hayamos podido asociar.
Más allá de la identificación con la forma, al “soltar” la identificación con el yo –con todas sus secuelas-, lo que queda es Presencia, es decir, Plenitud atemporal, la Identidad que nunca muere. Ahí todo está bien. A eso puede equivaler la expresión evangélica “Reino de Dios”.
Dicho en otras metáforas: no somos los objetos, sino el Espacio que los contiene; no somos las circunstancias cambiantes, sino la Presencia que Es; no somos los acontecimientos que se suceden, sino el Ahora en el que todos ellos ocurren…
Y esa Presencia que somos la experimentamos cuando permanecemos en un estar sin objeto –eso es contemplar-. Del mismo modo que quien duerme no puede salir al estado de vigilia mientras permanece en el sueño, así tampoco podremos trascender la falsa idea de ser el “yo” mientras permanezcamos en el mundo de la mente.
Necesitamos aprender a “tomar distancia” de la mente. No se trata de negar su valor –es una de nuestras grandes riquezas-, sino de no reducirnos a ella. La mente es, en cierto sentido, un “órgano” más a nuestro servicio, capaz de “ofrecernos” incluso un sentido –aunque transitorio- de identidad…, pero somos más que ella.
Para apercibirnos de que es así, necesitamos adiestrarnos en acallarla. ¿Qué ocurre cuando “la voz que hay en tu cabeza” deja de hablarte? Verifícalo. Tendrás que tener paciencia: estamos hasta tal punto identificados con ella, que al principio nos parecerá una tarea inútil. Persevera…
Para empezar, puedes hacer lo siguiente: Relájate, respira profundamente dos o tres veces, suelta todos los pensamientos y todas las preocupaciones, quédate sólo aquí y ahora… y déjate estar ahí sin más. Sólo estar. No quieras “llenar” ese momento con nada; tampoco busques entenderlo, ni pretendas ir “más lejos”. Ni siquiera te busques a ti mismo como “yo”. Aprende a dejarte estar en aquello que el autor de “La nube del no-saber” denominaba “la pura conciencia de Ser”.
En la medida en que vayas permaneciendo ahí, emergerá el Descanso, la Paz, el Gozo, la Presencia, la Dicha, la Plenitud…: el “Reino de Dios”.

A partir de ahí, se comprende bien el sentido de los cuatro breves episodios que se relatan a continuación: no cabe la intolerancia ni el “entretenerse” en la identificación con el ego (que, en el texto, aparece simbolizado con la riqueza, los “muertos” y la “familia”). Frente a cualquiera de sus trampas –estos relatos no hay que entenderlos literalmente, sino en toda la radicalidad de su simbolismo-, Jesús invita a “no mirar atrás”. Como si dijera: No te identifiques más con el ego y sus exigencias; permanece en la Presencia que eres –en el “Reino de Dios”- y ten la seguridad de que “todo lo demás se te dará por añadidura” (evangelio de Mateo 6,33).
Eckhart Tolle lo expresa de este modo: “La verdad básica de quien eres no es «Yo soy esto o yo soy aquello», sino «Yo Soy»” (E. TOLLE, Todos los seres vivos somos uno, Debolsillo, Barcelona 2009, p.49).

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DE LA INTOLERANCIA RELIGIOSA A LA CREACIÓN DE CONCORDIA

La reacción de los discípulos Santiago y Juan (Lc 9,54) , como expresión de tantas muestras de intolerancia y agresión religiosa a lo largo de la historia –desear el “fuego de Dios” contra quienes no nos aceptan-, tendría que ser un recordatorio permanente que nos pusiera en guardia frente a nuestra propia tendencia a atacar y condenar a quienes discrepan o a quienes no nos quieren.
En nuestra sociedad, la crispación por motivos “religiosos” es un espectáculo frecuente. Decisiones políticas suelen provocar no sólo el legítimo desacuerdo y la oferta de alternativas, sino una cascada de reacciones agresivas, en las que parece que todo vale, porque el otro “está en el error”. Por ejemplificarlo en dos casos recientes: una cosa es estar en contra del aborto y otra muy diferente gritar “Zapatero asesino”; una cosa es discrepar de la política de una consejera de sanidad, y otra muy diferente vomitar, en un canal de televisión, todo tipo de insultos groseros contra ella. Me cuesta entender la propensión al insulto y a la descalificación personal en medios conservadores que se dicen católicos. Cuando eso se hace por “motivos religiosos”, se está pidiendo “fuego del cielo” contra “los otros”.
Realmente apena ver, leer o escuchar medios de comunicación que se dicen de “ideología u orientación cristiana” alentar ese odio visceral contra quienes sostienen ideas distintas o promueven orientaciones políticas divergentes. Personalmente, me entristece constatar la marcada agresividad de estos medios, así como la ligereza y dureza de las descalificaciones que pronuncian. Y me entristece, por el contraste con la religión a la que dicen remitirse. ¿Qué religión podría hablar tan mal de las personas, sean quienes sean?
Y apena más todavía ver con qué facilidad personas “consagradas” (religiosos, religiosas, sacerdotes) se suben a ese carro de la descalificación, el insulto y el desprecio del adversario político. Y la pena se intensifica cuando se observa que semejantes comportamientos parecen asentarse en la “buena fe”, en la conciencia clara de que estarían “justificados” (y para algunos, nada menos que “en nombre de Dios”). No es infrecuente recibir, vía internet, correos cargados de insultos, descalificaciones y odio, remitidos por personas religiosas, contra personajes políticos o mediáticos que se posicionan de un modo “no cristiano”.

Frente a ese tipo de reacciones “viscerales”, creo advertir en el evangelio de Jesús una llamada a la lucidez y a la bondad. Quizás no sea tan importante lo que defendemos, sino el modo como lo hacemos. Sobre esto quiero, humildemente, sugerir algo.

• Me parece tan engañoso como nefasto ver la realidad como una película de “buenos y malos”. Ese esquema, característico del nivel mítico de conciencia, nos lleva a distinguir “los nuestros” de quienes “no son de los nuestros”. Una vez hecha esa diferencia, aunque sea inconsciente, el comportamiento que se deriva es claro: todos los medios valen para defender a “los nuestros”, y todo vale igualmente para descalificar a “los otros”. Lo que se consigue con ello no es, ciertamente, favorecer que crezca la verdad, sino aumentar el enfrentamiento, la crispación y la fractura…, justo todo lo opuesto a lo que realmente somos, y al mensaje del evangelio en el que decimos creer.

• La manifestación violenta contra “los otros” –por más que digamos tener “muy buenas razones” para justificarla- sólo es expresión de la propia sombra: No deberíamos olvidar nunca que todo aquello que me crispa del otro está en mí: quien llama a alguien –con tanta crispación- “asesino”, haría bien en descubrir el “yo asesino” que habita en algún recoveco más o menos inconsciente de su interior. Además de la propia sombra, lo que está detrás de ese tipo de manifestaciones es un estado de conciencia mítico y, por eso, marcadamente egoico, es decir, algo que pertenece a las antípodas de lo que Jesús vivió. Frente a todo eso, me doy cuenta de que sólo puedo hacer una cosa: cuidar la paz en mi corazón y ser instrumento de paz en todo momento. No quiero meter más odio, ni siquiera más crispación... Quiero confiar en la Vida y en el Dios de la Vida, que habita también en quienes toman decisiones que no comparto, los cuales no tienen una naturaleza diferente de la mía.

• Me viene a la memoria una anécdota, a raíz de los atentados a las Torres Gemelas (otra crueldad aberrante). Un anciano americano estaba hablando con su nieto tras la tragedia del 11 de septiembre y le decía: “Siento como si tuviese dos lobos combatiendo en mi corazón. Un lobo es vengativo, iracundo y violento. El otro lobo es amoroso, capaz de perdón y compasivo”. El nieto preguntó: “¿Qué lobo ganará la batalla en tu corazón?”. El abuelo respondió: “Aquel a quien yo alimente”… Pero el primer paso requerirá -como decía Jean Vanier, el fundador de El Arca- “descubrir el lobo que todos llevamos dentro”.

• El evangelio parece advertir que tengamos cuidado para que la indignación espontánea no genere más odio ni resentimiento... Es muy fácil –lo más fácil- sentir odio cuando nos sentimos no aceptados o incluso despreciados, o ridiculizados en nuestras creencias; propagarlo y aumentarlo. Lo realmente humano, sin embargo, es no seguir alimentando más esa cadena –algunos correos de Internet constituyen precisamente “cadenas” que no hacen sino agravar el odio-.

• Jesús vivió y enseñó la valoración de la persona, por encima de cualquier otra cosa. Produce tristeza inmensa constatar cómo quienes se dicen sus seguidores se dejan llevar más de su resentimiento –bajo la capa de denuncia justa- que de la Paz del Maestro. Y me parece que no vale argüir que también Jesús mostró su cólera en el Templo o increpó a los fariseos como “raza de víboras”: el primero fue, sencillamente, un “gesto profético”; lo segundo es casi seguro que no lo dijo Jesús, sino que fueron palabras que Mateo puso en sus labios, en la confrontación que la primera comunidad vivió con la sinagoga, a partir de los años 70. En cualquier caso, lo que no se aprecia en Jesús –y así se pone de relieve en el texto que ha dado pie a este comentario- son campañas demoledoras contras quienes discreparan.

• En un Foro reciente, con su lucidez y humildad habituales, Joaquín García Roca afirmaba: “Podemos y debemos colaborar en la promoción de una información verídica y sensata, pero no lo lograremos si nos identificamos con unos medios que promueven la agresividad, el insulto y la descalificación sistemática con la quiebra de la sensatez… Cuando se separa la ética de la misericordia, el evangelio se convierte en moral y pierde su vinculación con la persona de Jesucristo. Estamos más preocupados por condenar el aborto que por practicar la misericordia de Dios, más interesados en negar la comunión al divorciado que en anunciar la capacidad de nuevo comienzo que ofrece siempre Dios. Este mensaje no se trasmite en las manifestaciones sino en hombres y mujeres que son narraciones y relatos del Dios vivo” (J. GARCÍA ROCA, Raíces cristianas de la laicidad, en el XXII Fòrum “Cristianisme i Món d'Avui", celebrado en Valencia los días 27 y 28 de febrero de 2010).

• Un último apunte para poder ir saliendo de esa trampa tan arraigada como sutil: Quien se crispa –aunque sea debido a su propia sombra-, quien descalifica, quien insulta, quien desea que caiga “fuego del cielo” contra los que “no son de los nuestros”… es siempre el ego. ¿Qué hacer? Probablemente, se requerirá un trabajo psicológico de reconocimiento, aceptación e integración de la propia sombra, para no tomar como “denuncia evangélica” lo que sólo es un conflicto emocional pendiente y no resuelto. Pero habrá que ejercitarse, gracias a un trabajo espiritual, en tomar distancia del propio yo. Mientras alguien se identifique como “yo”, no podrá no sentirse agraviado por lo que perciba como insulto; cuando se ha experimentado que uno no es ese yo, no hay “quien” se sienta afectado ni, por tanto, quien reaccione desde el resentimiento. Sólo entonces es posible el perdón, que hace viable la concordia: lo que admiramos en Jesús de Nazaret.

A quien esté interesado en ese “doble trabajo” –psicológico y espiritual-, le sugiero la lectura de dos libros que he escrito sobre ello:
• Nuestra cara oculta. Integración de la sombra y unificación personal, ediciones Narcea.
• La botella en el océano. De la intolerancia religiosa a la liberación espiritual, ediciones Desclée de Brouwer.

Domingo XII Tiempo Ordinario
20 junio 2010

Evangelio de Lucas 9, 18-24

Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó:
¿Quién dice la gente que soy yo?
Ellos contestaron:
Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.
El les preguntó:
Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Pedro tomó la palabra y dijo:
El Mesías de Dios.
El les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió:
El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Y, dirigiéndose a todos, dijo:
El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará.
******
La pregunta de Jesús –que Lucas presenta en un contexto de oración- es susceptible de diferentes respuestas. Para la mayoría de la gente, es un “profeta”; para los discípulos, el “Mesías” –lo más grande que un judío podía decir de un ser humano-; pero la respuesta “definitiva” –probablemente la que Jesús estaba asumiendo y viviendo en su oración- es la que dará Dios mismo en el relato de la transfiguración, que se narra a continuación: Jesús es el “Hijo amado” (9,35).
Me parece importante notar que aquella cuestión no pierde nunca actualidad para los creyentes en Jesús: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?”. Es una pregunta para la que no valen tópicos (“un profeta”) ni respuestas aprendidas (aunque sean dogmáticamente impecables), porque remite a la vivencia personal y única de cada cual. ¿Quién es Jesús para mí? Tampoco vale responder ¿quién me gustaría que fuese?, ni siquiera ¿quién pienso que es? ¿Quién es hoy –qué “peso” tiene realmente- en mi vida?
La respuesta dependerá de muchos factores, fundamentalmente del nivel de conciencia en el que la persona se encuentre.
Para el creyente que se halle en un nivel mágico-mítico de conciencia, Jesús será el “salvador celeste” que, viniendo a este mundo y muriendo en la cruz por culpa de nuestros pecados, nos abre las puertas del cielo. Para el creyente identificado con las “creencias”, Jesús será, literalmente, lo que de él dicen los dogmas cristológicos. Para el que se encuentre en un nivel “racional” (o “existencial”) de conciencia, Jesús será el “hombre realizado”, en quien se ha revelado la Divinidad. En una perspectiva transpersonal, Jesús es visto en la no-separación (no-dualidad) de todo, como Manifestación del Misterio de lo que es y Expresión de lo que somos.
En ese sentido, la respuesta de los discípulos se halla aún en un nivel egoico: “Mesías” es un título de un ser percibido como separado. “Hijo de Dios”, sin embargo, o “Dios” –aunque también puede leerse desde la creencia- apunta a la identidad más honda de Jesús y de todos nosotros. Porque no somos el yo particular que creemos ser, sino la Conciencia que en él se expresa.
Tras las preguntas, el autor pone en labios de Jesús el primer anuncio de su pasión. Se trata, obviamente, de un vaticinio “ex eventu”, es decir, un anuncio que se plasma por escrito después de que los hechos ya habían ocurrido. Eso no significa que Jesús no viera venir su muerte –contaba con datos más que suficientes para ello-, sino que el modo de narrarlo deja entrever que quien lo escribe, conocía ya lo sucedido.

Y la escena se cierra con unas palabras de sabiduría: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará”.
De entrada, se advierte que Lucas –que sigue la narración de Marcos- introduce un elemento propio, al añadir la expresión “cada día”. Es un detalle que nos hace ver, probablemente, la distinta sensibilidad de cada autor.
Pero, más allá de estas cuestiones menores, ¿cuál es el significado de esas palabras? Una lectura superficial de las mismas –más todavía cuando fueron leídas desde una mentalidad dolorista- presentó al cristianismo como la religión que preconizaba, hasta sublimarlo, el dolor y la negación propia. Como si fuera el propio dolor el que, por sí mismo, reportara lo más valioso a quien se mortificaba. En consecuencia, la cruz ocupó el primer plano y todo se tiñó de negro.
Pero Jesús ni buscaba el dolor ni negaba la vida. Sus palabras no son una exaltación del sufrimiento, sino que expresan una gran sabiduría: Buscan “despertar” a la persona para que pueda percibir la actitud acertada ante la vida.
“Negar la vida” –el griego original no dice “bios” ni “zoos”, sino “psyché”: yo psicológico- no es otra cosa que no reducirse al yo superficial o ego. Se trata de negar la “ilusión del yo”, para acceder a la Vida, que es nuestra verdadera identidad. Porque sólo cuando nos desidentificamos del yo, tomamos conciencia de la Vida que somos. Ésa es la Vida de que habla el evangelio, la misma Vida que vivió Jesús, con la estaba él mismo identificado (“Yo soy la Vida”) y la que buscaba despertar en nosotros.
Podemos verlo más claramente, cuando leemos en el original: “El que ama su alma [psyché] la pierde; el que odia su alma [psyché] en este mundo, la guardará para la vida [zôén] eterna”. “Alma” (psyché) sería equivalente a “ego”.
Con ello, parece claro que –como ha escrito Roberto Pla-, para Jesús, “la vida en la que reside nuestra conciencia cotidiana y que llamamos vida, no es vida, sino muerte. La vida es la «vida eterna», originada en el Padre” (R. PLA, El hombre, templo de Dios vivo. Exégesis oculta de la religión de Cristo, a partir de comentarios al evangelio según Tomás, Sirio, Málaga 1990, p.748). Nuestra tarea consistiría en “pasar de la muerte a la vida”: a eso es a lo que invitan las palabras de Jesús.
El texto habla de “renunciar a sí mismo”. El modo más sencillo de traducirlo parece ser éste: “deja de vivir para tu yo”, “no gires en torno a tu ego”, porque ese modo de vida te aprisionará cada vez más, y tu vida será vacía y estéril. Dicho en positivo, es una invitación a ir más allá del ego y descubrir nuestra verdadera identidad, aquella “Identidad compartida”, en la que el propio Jesús se hallaba. Por eso –y a pesar de lo mal que se ha presentado en ocasiones-, estamos ante una buena noticia: ¡Despierta!, ¡reconoce quien eres!
En síntesis, morir (renunciar) a sí mismo es morir a la sensación de identidad separada o independiente del yo, dejar de percibirte a ti mismo como el “yo individual” que tu mente cree que eres. Ese es, justamente, el modo de encontrarse. Como decía Jean Klein, “acostúmbrate al hecho de morir y sabrás lo que es la vida”.

Con todo ello, lo que está en juego –dice el texto- es nada menos que “salvar la vida”. ¿Qué es salvar la vida? ¿Cómo se logra? Para quien se halla identificado con el yo, la respuesta no puede ser otra que la de vivir para él. Lo que ocurre es que el destino del yo es la muerte: vivir para el yo equivale a perder la vida. Por el contrario, quien empieza a descubrir su verdadera identidad, ya está muriendo a su yo, porque ha descubierto que es “otra cosa”: la Vida que no muere. Y, a partir de esta nueva percepción, toda la visión se modifica.
Se niega la identificación con el yo “por mí y por la buena noticia”, es decir, porque hemos empezado a ver lo que el propio Jesús veía, y que le llevaba a hacer de toda su vida una “buena noticia”. Este planteamiento no tiene nada de “alienante”, ni siquiera de heterónomo, como si hubiéramos de buscar, “fuera” de nosotros, el patrón de lo que debemos ser. En la perspectiva no-dual, no existe nada separado de nada. Por eso, cuando se accede a la visión, la “causa de Jesús” es nuestra misma causa, “su” buena noticia es la buena noticia de la totalidad.
¿Cómo avanzar en la dirección a la que apuntan las palabras sabias de Jesús? Aunque haya que hacer un trabajo de integración psicológica –en ese admirable proceso de integración y trascendencia que es la evolución-, no hagas del “yo” el centro de tu existencia ni de tu identidad.
No te estés buscando a ti mismo/a como “yo”, tampoco luches contra él: ambas cosas no logran sino fortalecer la estructura egoica y mantenernos reducidos en ella, “perdiendo la Vida”. Basta que sepas que el yo es sólo una ficción o, como decía Einstein, “una ilusión óptica de la Conciencia”.
Cesa de buscarte como “yo” y déjate reposar en el Silencio, en la Conciencia que anima todo lo que es. Lo que entonces queda es pura Atención, pura Conciencia, desnudo Estar, Plenitud, Presencia…, la Vida de la que habla Jesús y a la que se refieren los místicos.
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Fiesta de la Santísima Trinidad

30 mayo 2010

Evangelio de Juan 16, 12-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora: cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.
El me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando.
Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mí y os lo anunciará.
******

Uno de los mitos de Occidente –a decir de Raimon Panikkar- consiste en considerar la individualidad como el mayor valor. Lo cual llevó, entre otras consecuencias, a que Occidente pensara a Dios como un “individuo”.
Parece claro que, en el proceso de evolución de la conciencia, lo que podemos designar como el “momento individual” –con el consiguiente afianzamiento del yo- supuso un paso adelante significativo; el ser humano se pensaba a sí mismo como un individuo: había nacido la autoconsciencia.
Pero lo que fue, sin duda, un avance, implicaba un riesgo en el que se terminó cayendo: la absolutización de la individualidad, que llevó a considerar el yo como la cima de la evolución y nuestra identidad definitiva. Se identificó “persona” con “individuo” y se definió a aquélla a partir de éste. El resultado salta a la vista: la comprensión de la humanidad como una multiplicidad de individuos –yoes- enfrentados entre sí.

En el terreno religioso, al hablar de Dios como “persona”, se le otorgó inmediatamente un carácter “individual”, que lo convirtió en un ser “aislado” o “individuado”, separado (!) del conjunto de lo Real.
Por esta misma dinámica, cuando en la tradición cristiana se hablaba de la “Trinidad”, se caía, en la práctica, en un triteísmo, que pensaba a las “tres Personas” como “individuos”. Incluso en algunos ámbitos cristianos, teológicos y devocionales, se llegaba incluso a hablar, sin pudor, de “Los Tres”.
Originariamente, sin embargo, el término “persona” no hacía referencia a una “sustancia” (individuo separado), sino a una “relación”. Todos los seres somos gracias a la relación que nos define: del mismo modo que no puede existir el padre sin el hijo, ni el hijo sin el padre –“padre” e “hijo” son realidades radicalmente relacionales-, nadie puede existir al margen de la relación que nos constituye con respecto al conjunto.

Llevado al plano religioso, habría que decir que el Misterio de la Trinidad no es un enigma acerca de cómo conjugar tres “individualidades” en una Unidad, sino más bien la proclamación de que Todo es Relación. El Misterio de Lo que Es y Somos se asemeja, metafóricamente, a una infinita Red, constituida por la misma interrelación.
Decía al principio que la individualidad supuso un avance en el despliegue evolutivo de la conciencia. Pero caemos en un error cuando la consideramos como la meta del mismo. El nivel mental-egoico de la conciencia, tras ser integrado, empieza a ser transcendido en un nuevo estadio, ahora transpersonal, caracterizado precisamente –no podía ser de otro modo- por la interrelación, en una Conciencia percibida cada vez más unitaria, global e integradora.

He pensado que esta introducción –en el día en que celebramos la fiesta de la Trinidad- podía ayudarnos a purificar imágenes de Dios demasiado parecidas a nuestros propios conceptos mentales y deudoras de los mitos y prejuicios que, colectivamente, arrastramos.
Pero, realmente, ante el Misterio nos toca quedarnos callados, en un Silencio que no es indiferencia, sino adoración admirada ante ese “no sé qué, que se alcanza por ventura”, como diría san Juan de la Cruz. Para nuestra mente, es un “no sé qué” –porque no es un “objeto” susceptible de ser apresado por la razón-, pero a su lado cualquier otra hermosura palidece (“Por toda la hermosura / nunca yo me perderé, / sino por un no sé qué / que se alcanza por ventura”: Glosa 12, en S. JUAN DE LA CRUZ, Obras completas [edición de E. PACHO], Monte Carmelo, Burgos 72000, p.78).

Al venir ahora al texto del cuarto evangelio observamos que, en él, “lo mío” se aplica indistintamente a Jesús, al Espíritu y al Padre. Como si eso “mío” fuera justamente el “resultado” de la relación mutua en la que Todo se encuentra.
“Todo lo que tiene el Padre es mío”: En un nivel mítico y en una idea de Dios como “individuo”, “lo mío” parecía entenderse como una “cualidad” divina con la que era adornado el propio Jesús, “al lado” del Padre.
Desde la nueva perspectiva, pareciera más bien apuntar hacia el Misterio mismo de lo Real, expresado como Relación trinitaria.
Pero la afirmación va todavía más lejos, por cuanto no hay nada que quede al margen del Misterio. Por ello, esa palabra de Jesús podemos pronunciarla –desde la percepción de la “nueva” identidad- todos nosotros. Lo expresó bien el propio Jesús cuando, al contar la parábola del “hijo pródigo”, puso en labios del padre esas mismas palabras: “Todo lo mío es tuyo” (evangelio de Lucas 15,31).
Y no sólo porque el “Padre” –separado- nos hubiera prometido o incluso dado todos los “dones” que él pudiera tener, sino porque compartimos la misma Identidad, el Misterio último que nos hace ser y que en nosotros se expresa.

El Espíritu –afirma también el texto- “nos guiará hasta la verdad plena”. Si la absolutización de la individualidad ha sido uno de los mitos de la tradición europea, el otro fue el de identificar la razón con el conocimiento y, en consecuencia, la creencia con la Verdad.
La mente acarició la presunción de poseer la verdad, como si de algo “externo” se tratara, gracias a la mera enunciación de un concepto. Una vez hecha esa identificación (concepto o creencia = verdad), estaban en la verdad quienes compartían las propias creencias; los otros, permanecían en el error.
Ni siquiera teníamos la lucidez suficiente para darnos cuenta de que el supuesto hecho de “conocer la verdad” no nos hacía mejores personas. Más aún, parecíamos haber consensuado que el “ser” y la “verdad” podían ir por caminos distintos, dado que el “conocer” –que se había identificado con el “razonar”- podía darse al margen de lo que fuera el “vivir”.
Esta identificación –dada por válida durante siglos…, y todavía sostenida en demasiados ámbitos culturales y religiosos- ha sido fuente de confusión, autoengaño y fanatismo.
En una entrevista reciente en la BBC, se le preguntaba a un imán radicado en Gran Bretaña el motivo por el que, mientras ellos podían construir mezquitas en Europa, en muchos países árabes está prohibido construir iglesias.
Con un desparpajo no fácil de entender, el imán vino a responder en estos términos: “Permítame que le conteste a eso con un ejemplo. Supongamos que usted es el director de un colegio y necesita un profesor de matemáticas. A los tres candidatos que se presentan, usted les pregunta cuánto suman dos y dos. Uno de ellos contesta que tres, otro que cinco, y un tercero que cuatro. ¿A cuál de ellos contrataría? Evidentemente al que ha dado la respuesta correcta. Pues bien, en el caso de la religión ocurre lo mismo: la única religión correcta es el Islam. No podemos permitir que se construyan iglesias porque propagarían el error”. Por más que el desconcertado entrevistador siguió insistiendo en que los cristianos verían las cosas de otro modo, el imán no se movió en absoluto de su argumentación. ¿El motivo? Su creencia era la verdad.
Menciono este caso porque es de nuestros días, pero casos similares, algunos de ellos mucho más graves, pueden encontrarse en todas las religiones teístas que, en un momento u otro de su historia, se han creído enviadas a propagar e imponer “la verdad” a todo el mundo, aunque fuera a través de torturas. Y decían hacerlo de buena fe; no eran conscientes del engaño en el que estaban por haber confundido una idea (mental) con la Verdad inapresable.

Cada vez somos más conscientes de que, a un nivel profundo, ser y conocer coinciden. Podemos pensar cualquier cosa, acertada o equivocadamente, pero no podemos conocer aquello que no somos.
Por eso, la conclusión es clara: no hay conocimiento sin transformación. De otro modo, no tendríamos sino “creencias”, es decir, “objetos mentales” que, aislados de otra referencia, únicamente sirven para dividir y enfrentar. Tiene razón el cristiano ortodoxo Paul Evdokimov, cuando presenta al verdadero teólogo como aquél que sólo habla de aquello que sabe; por eso mismo, es también alguien que “no especula sino que se transforma”. Lo cual coincide con la magnífica expresión del místico cristiano Angelus Silesius: “Qué sea Dios, lo ignoramos…; es lo que ni tú ni yo ni ninguna criatura ha sabido jamás antes de haberse convertido en lo que Él es”.
Si esto se olvida, no se puede sino estar de acuerdo, aunque sea con matices, con José Luis Sampedro, cuando escribe que “la teología es contradicción en términos porque es absurdo razonar a Dios; el mero hecho de pretenderlo prueba el orgullo clerical”.

Es absurdo porque, como decía más arriba –algo demasiado olvidado en el discurso religioso-, la mente no puede manejar sino conceptos –los propios dogmas religiosos no son sino conceptos mentales, que quieren señalar a una realidad más allá de ellos-, referidos a realidades que, por el hecho mismo de ser pensadas, son objetivadas. Eso explica que las creencias nunca podrán encerrar la Verdad.
La Verdad desnuda y relativiza las creencias. Y no está más cerca de la Verdad quien más creencias tiene, sino quien más la encarna porque lo es –y la vive en forma de Unidad, el Amor…-. La Verdad no se puede pensar; sólo se puede ser; y cuando se es, se conoce. Lo que ocurre es que, como ha escrito Javier Melloni, “todas las religiones corren el riesgo de creer que, en lugar de pertenecer a la Verdad, la Verdad les pertenece” (J. MELLONI, Vislumbres de lo real. Religiones y revelación, Herder, Barcelona 2007, p. 11).

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