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LA IGLESIA ANTE EL DESAFIO DE LA CIENCIA
por Benjamín Forcano, Pamplona Reparadoras, 17-Abril-2008


PRIMERA PARTE


Planteamiento y situación del tema

Comienzo por destacar un acontecimiento ambivalente: nadie puede negar que en la cultura moderna se da una cierta hostilidad entre científicos contra la religión , quizás especialmente contra la religión cristiana, porque ella parte de certidumbres incuestionables en tanto que la ciencia parte de datos reales y de la investigación racional.

¿Cuántos científicos, creyentes, no quedarían escandalizados por la profesión de muchas creencias que hace escasamente cien o ciento cincuenta años eran habituales en el catolicismo: el infierno eterno, la interpretación literal de la Biblia, el pecado de Adán y de Eva como hechos históricos acontecido justamente después de la creación del mundo hace seis mil años, la teoría agustiniana del pecado original, la procreación como finalidad exclusiva del matrimonio, la existencia del limbo, la tesis de que la religión católica es la única verdadera, el rechazo de la libertad religiosa considerado casi como una locura, la división de clases sociales como efecto de la voluntad divina, etc.

Esta hostilidad de científicos contra la religión parecía haber entrado en declive con el concilio Vaticano II y con razón, pues el Vaticano II puso fin a toda una edad antimodemista, simplemente porque la Iglesia se había aferrado, como si de la misma fe se tratara, al paradigma cultural de la Edad Media. Son claros los textos del concilio a este respecto:

"La humanidad se encuentra hoy en una nueva era de su historia, caracterizada por cambios profundos y acelerados, que inciden sobre el modo de pensar y reaccionar ante las cosas y los hombres. Podemos hablar de una auténtica transformación social y cultural que influye también en la vida religiosa" (GS, 4).

- "Una nueva mentalidad científica modifica el ambiente cultural y las maneras de pensar, vinculadas al peso de las ciencias matemáticas, naturales, humanas y técnicas. Estamos pasando de una concepción más bien estática del orden cósmico a otra más dinámica y evolutiva, de donde surge una tan grande complejidad de problemas que están exigiendo la búsqueda de nuevos análisis y nuevas síntesis (Cfr. GS, 5)

- "Este cambio de mentalidad y estructuras exige revisar todo lo que hasta ahora se consideraba un bien. Las instituciones, las leyes, los modos de pensar y sentir heredados del pasado ya no siempre parecen adaptarse bien al actual estado de cosas" (Cf. GS, 7).

- "En consecuencia, el moderno progreso de las ciencias y de la técnica, sin ignorar los riesgos que corre si pretende erigirse en regla suprema de la verdad total, comporta reconocer como valor y obligación el estudio de las ciencias y la exacta fidelidad a la verdad en las investigaciones científicas" (GS, 57). Tan es así, que la cultura requiere constantemente una justa libertad para desarrollarse, y una legítima facultad de obrar, según su derecho y sus propios principios; exige respeto y goza de una específica inviolabilidad " (GS, 59).

El Vaticano II marca el fin del contencioso histórico entre fe y ciencia

El concilio comenzó por reconocer la dificultad de este contencioso histórico:

"La experiencia demuestra que la armonía entre la cultura y la formación cristiana, por una serie de causas contingentes, no siempre avanza sin dificultad. Estas dificultades no acarrean necesariamente un daño a la vida de la fe; más aún, pueden excitar las mentes a una más cuidadosa y más profunda inteligencia de ella. Las recientes adquisiciones científicas, históricas o filosóficas plantean nuevos problemas que arrastran consecuencias para la vida y reclaman investigaciones nuevas por parte de los teólogos.

Por eso, a estos se les invita a que, manteniendo el método y exigencias de propias de la ciencia teológica, busquen siempre el modo más adecuado para comunicar la doctrina con los hombres de su tiempo, porque una cosa es el depósito de la fe o sus verdades y otra cosa el modo de enunciarlas, con tal que se haga con el mismo sentido y el mismo contenido. En el cuidado pastoral deben conocerse suficientemente las conquistas de las ciencias profanas de modo que también los fieles sean conducidos a una vida de fe más genuina y más madura" (GS, 62).

"De esta manera, la forma de la predicación evangélica se hará más natural al modo de vivir humano, que les incita a vivir en estrecha unión con los demás hombres de su tiempo y a penetrar sus maneras de pensar y de sentir, de las que la cultura es expresión.

Los que se dedican a las ciencias teológicas podrán empeño en colaborar con los hombres versados en otras disciplinas, poniendo en común sus energías y sus puntos de vista. Esta tarea proporcionará grandes servicios a la formación de los ministros sagrados, que podrán presentar a nuestros contemporáneos la doctrina de la Iglesia sobre Dios y la concepción cristiana del hombre y del mundo, de un modo que les sea más adaptado y, a la vez, más gustosamente aceptable por parte de ellos. Y es de desear que muchos seglares puedan adquirir una formación suficiente y dedicarse a esta docencia, para lo que debe reconocérseles la justa libertad de investigación, la libertad de pensar y la de expresar humilde y valerosamente su manera de ver en aquellas materias en que son expertos" (GS, 62).

Quiero concluir estas citas con el mensaje final dirigido por los padres conciliares a los hombres del pensamiento y de la ciencia:

"Un saludo muy especial a vosotros los buscadores de la verdad, a vosotros, los hombres del pensamiento y de la ciencia, los exploradores del hombre, del universo y de la historia, a todos vosotros, los peregrinos en marcha hacia la luz, y también a los que se han detenido en el camino, fatigados y decepcionados por una vana búsqueda.

¿Por qué un saludo especial para vosotros? Porque todos nosotros aquí estamos atentos a la voz de la verdad.

No podíamos dejar de encontraros. Vuestro camino es el nuestro. Vuestros senderos no son nunca extraños a los nuestros. Nosotros somos amigos de vuestras fatigas, admiradores de vuestras conquistas, y si es necesario, consoladores de vuestros desfallecimientos y de vuestros fracasos. Seguid buscando sin cansaros, sin desesperar jamás de la verdad. Dichosos los que, poseyendo la verdad, la siguen buscando, a fin de renovarla, de profundizar en ella y comunicarla a los demás.

Nunca quizá, gracias a Dios, se ha mostrado tan claramente como hoy la posibilidad de un acuerdo profundo entre la verdadera ciencia y la verdadera fe, servidoras ambas de la única verdad. Tened confianza en la fe, esta gran amiga de la inteligencia". (Mensaje del Concilio a los "Hombres del pensamiento y la ciencia").


Una nueva relación entre la fe y la ciencia

Una relación positiva entre la fe y la ciencia apenas ha existido, todavía hoy esa relación es muy precaria, llena de prejuicios y desconfianzas, pero esto no niega el hecho de que, en determinados sectores, el panorama haya cambiado y se esté caminando hacia un nuevo momento de diálogo, colaboración y convergencia.

La ciencia trata de describirnos el mundo real como es, liberándolo progresivamente de falsos conceptos que, se quiera o no, repercuten en las imágenes que nos hemos creado de Dios y de la religión. La verdad sobre Dios es única y ni la ciencia ni la religión pueden caminar por separado atribuyéndose el privilegio de tener en propiedad esa verdad. Esa visión antagónica acabó, debe acabar, porque todo creyente sabe, y lo sabe aún más el teólogo, que nunca su búsqueda está exenta de limitaciones, dudas, y correcciones, lo que equivale a admitir lo que escribe el fisico John Polkinghome : "La religión sabe desde hace mucho que en último término toda imagen humana de Dios resulta ser un ídolo inadecuado" ( La fe de un físico, EVD, 2007, p. 279).

No sólo la ciencia denuncia ídolos inadecuados sobre Dios, lo hace también la teología, como aparece en el Vaticano II: "Los hay que representan a Dios de tal forma que la fantasía que rechazan, no es de ningún modo el Dios del Evangelio" (GS, 19); "Muchos creyentes son responsables de ocultar más que revelar el rostro auténtico de Dios y de la religión" (GS, 19). Esta denuncia de la teología se apoya en la voz evolutiva de las ciencias, que le obligan en muchas ocasiones a desechar como incorrectas determinadas formas de referirse a Dios y relacionarse con El.
Esta es la cuestión: la inteligibilidad de lo que es la realidad, —la creación, el cosmos, el hombre,— trata de lograrla el ser humano en cada época con los recursos y avances de la razón.
Y esa inteligibilidad, aunque pueda hacerse autónomamente, sin Dios, no deja de servir para describir cómo es la realidad. Por supuesto que esa inteligibilidad científica cambia y evoluciona constantemente, como ha ocurrido en las última décadas respecto a la física clásica, la física newtoniana y la teoría cuántica.

Ha muerto la descripción puramente mecánica del mundo físico. Hoy, biólogos, físicos, bioquímicos, sintergéticos admiten como algo normal que el mundo físico es un mundo abierto, interrelacionado, unitario, sustentado por leyes finamente sintonizadas. Y lo admite a su vez la teología.
Pongámonos a pensar por un momento lo que ha supuesto de revolución el descubrimiento del ADN, por el premio Nobel James D. Watson. El ADN es la estructura química clave de la naturaleza de la materia viva que, en unidad básica, presenta cuatro formas: adenina (A), timina (T), guanina (G), y citosina (C). "Nuestro descubrimiento, escribe el Dr. Watson, puso fin a un debate tan antiguo como la especie humana. La vida es el resultado de procesos físicos y químicos. Pero, a su vez, junto con otros físicos, pudimos entender que los procesos que tenían lugar en el interior de la célula, los que rigen el fundamento de la vida, van más allá de las leyes conocidas de la física y de la química" (ADN, Taurus, 2003, Introducción, XII y XIII).

Fue grande el impacto de este descubrimiento en la sociedad. El ADN contenía la clave de la biología molecular, una nueva ciencia que ha originado grandes conocimientos sobre los procesos biológicos fundamentales, con enormes repercusiones en la medicina, en la agricultura y en otros campos. "El siguiente momento explosivo en el desarrollo de la nueva ciencia llegó en los años 70, cuando se introdujeron las técnicas para la manipulación del ADN. Ya no estábamos condenados a observar la naturaleza desde la barrera, sino que en realidad podíamos trabajar con el ADN de los organismos vivos y leer el guión básico de la vida. Se abrían nuevas perspectivas para las enfermedades genéticas, la fibrosis quística del cáncer, los orígenes del hombre, la mejora de las especies agrícolas, etc. Pero, fue en 2002 cuando el Proyecto Genoma supuso la mayoría de la biología molecular: se había convertido en la gran ciencia, constituyendo un hito en lo que se refiere a nuestra idea de lo que significa ser hombre. El ADN es lo que nos distingue de todas las demás especies y lo que nos hace ser las criaturas creativas, conscientes, dominantes y destructivas que somos. El ADN tendrá una repercusión progresiva en el modo de nuestra vida" (Idem, XII y XIV).

Con razón escribe el profesor Diego Gracia: "La biología y la ecología han conseguido en las últimas décadas tal desarrollo que, para muchos, la segunda mitad del siglo XX está siendo la gran era de estas ciencias, lo mismo que la primera lo fue de la física. El descubrimiento en los años sesenta del código genético ha permitido explicar el funcionamiento de lo infinitamente pequeño en el orden de la vida, del mismo modo que las fórmulas de la mecánica cuántica que los físicos pusieron a punto en los años veinte hicieron posible la comprensión de lo infinitamente pequeño en el orden de la materia inerte" ( Fundamento y enseñanza de la bioética, I, Bogotá, El Búho,1998, pg. 12).


El deseado encuentro entre ciencia y teología

Los modos de inteligibilidad de la realidad dependen de cada época. Seguramente era conveniente que, en la modernidad, emergiese la realidad del hombre, buscase ser todo lo que es, aun cuando tal afirmación supusiese el eclipse momentáneo de Dios. Tanto se había ensalzado la omnipresencia y el poder de Dios que se hizo reduciendo casi a la nada la realidad del hombre. Una presencia invasiva de Dios suscitó la rebeldía en pro de la afirmación y emancipación del hombre. ¿Por qué el Dios creador, fundamento y meta de todo ser, fue percibido como enemigo del hombre? ¿Por qué la teología establecía paradigmas, conceptos de comprensión que muchas veces contradecían los postulados de la ciencia, del humanismo y de la ética?

Con razón, Javier Monserrat, profesor de la universidad de Comillas y de la Autónoma de Madrid, en la Introducción al libro de Arthur Peacocke, comenta lo que para este autor eran ideas claves al final de su investigación: "La necesidad de que la idea moderna de Dios sea reformulada desde el mundo de la ciencia; la semejanza entre la forma de razonamiento de la ciencia y de la teología; la necesidad de superar el clásico dualismo antropológico de la teología clásica; la necesidad de pensar a Dios de forma coherente con su continua acción divina en el mundo en el marco de su esquema pan-en- enteista" (Arthur Peacocke, Los caminos d ela ciencia hacia Dios, ST, 2008, p. Introducción, pg. 29).

¿Es posible una búsqueda de Dios congruente con la razón? ¿Pueden ser vistos en congruencia los modelos científicos con los modelos religiosos? ¿El cristianismo es intelectualmente defendible?

Ciertamente no lo es desde modelos cognoscitivos en que se menosprecia o descarta la inteligibilidad de la razón para suplirla por inconsistentes o imaginarias intervenciones de Dios. El dios "tapaagujeros" ha muerto. Y nadie lo llora. Pero ese dios es la misma teología quien lo ha hecho morir.

La inteligibilidad del mundo real por la ciencia y la razón es presupuesto ineludible para acceder al encuentro de la religión y la teología. Son hoy grandes científicos los que intentan demostrar que el mundo entero está sumergido en Dios. Son inmensas las nuevas perspectivas abiertas por la evolución cósmica y biológica. La biología, aun dentro de una visión unitaria, exigía entender la vida como realidad emergente con niveles cualitativos de ser no reducibles al mecanicismo fisico-biológico del mundo inorgánico.

¿Y cómo entender en el mundo la acción divina a la luz de las teorías del caos, del azar, y de la mecánica cuántica?

Podemos suscribir sin dificultad el pensamiento de Peacocke de que la teología busca exponer la fe contenida en la experiencia y hacerla inteligible y expresar su sentido. La experiencia religiosa busca el sentido y la teología desde esa experiencia busca integrar al hombre en la realidad del universo, dotando a su vida de un valor y una esperanza de cumplimiento final.

La inteligibilidad del universo desde Dios, la acción divina en el universo, el autovaciamiento que Dios hace de sí creando, autodonándose y participando en los procesos de creación evolutiva del universo y, sobre todo, el vaciamiento que revela históricamente en Jesús de Nazaret, son desafíos que tenemos pendientes y que la ciencia de hoy nos ofrece perspectivas y elementos nuevos para una mejor solución.



SEGUNDA PARTE


Evangelio, teología y ciencia en el campo de la moral sexual

Me voy a ceñir en esta segunda parte a un campo de la moral en que ha sido nula o particularmente difícil la presencia de la ciencia. Además, esa parte de la moral se la ha erigido en centro de la misma y se la ha mantenido con especial rigor e inmovilismo: la moral sexual. Es una situación, acaso única, dentro de las religiones, pues no creo pueda encontrarse en ninguna otra el rigor exhibido en la Iglesia católica.

Y estamos en nuestros días, y en gran parte, atrapados en esta mentalidad. Lo está el estamento clerical sobre todo y es lo que hace creciente y cada vez más incómodo el abismo entre las normas oficiales y el sentir y práctica del pueblo.


Presupuestos para un cambio y nueva comprensión

1.Carácter evolutivo de las normas sexuales

La sexualidad humana tiene un sentido, que el ser humano asimila según una visión personal. Pero, nadie viene a la vida sabiendo ese sentido, sino que tiene que irlo aprendiendo en el seno de una comunidad o sociedad.

Ahora, las sociedades humanas son sociedades abiertas y no se puede decir que sus visiones y normas adquieren, en un momento determinado, carácter definitivo. Esas visiones están alimentadas por el conocimiento y el conocimiento es, por naturaleza, parcial y evolutivo. Por lo cual, las normas que regulan la sexualidad resultan cambiantes y perfectibles.

Así pues sobre el tema de la comprensión cristiana de la sexualidad estamos en camino, no hemos llegado a la meta. No hay norma alguna definitivamente acabada. Las normas recibidas son, en su mayor parte, elaboración del cristianismo histórico más que expresión directa del Evangelio. Pero, no por eso, dejan de ser relevantes para la conciencia cristiana

En este sentido, parece razonable afirmar que la visión cristiana de la sexualidad tiene un pasado, un presente y un futuro. Y no entenderá correctamente esa realidad quien se ciña al pasado (excluyendo el presente y el futuro) o se ciña al presente (excluyendo el pasado). Podemos hacemos estas preguntas:
- ¿De dónde venimos?
- ¿Dónde estamos?
- ¿Hacia dónde vamos?

Hay de por medio en todo esto una concepción del ser humano, que permite entenderlo como repetidor o como protagonista, como imitador o como creador. Y de esa concepción nace precisamente el talante de quien se siente conservador o progresista. El conservador repite, no crea, es estéril, apenas se preocupa de enriquecer lo que otros le han entregado, simplemente conserva. El progresista reflexiona, investiga, desvela nuevos aspectos de la realidad, y de esa forma ensancha y enriquece su mirada.

Conviene no olvidar que nosotros venimos de un momento en el que ha prevalecido la costumbre, la repetición, la uniformidad, custodiada por el poder. El poder rara vez se lleva bien con la libertad, la crítica, la renovación. Pese a todo, creo que hemos despertado de nuestro sueño dogmático y estamos avanzando notablemente. Se nos enseñó a obedecer más que a pensar.

Debido a esto, el talante cristiano en la modernidad ha sido, mayoritariamente, conservador, integrista, reaccionario, hasta convertirlo casi en sinónimo de derechas. Hemos vivido a contracorriente, con gran miedo a lo nuevo.


2. Características del momento presente

Mirando al presente, los estudios nos dicen que el universo moral heredado, ha hecho quiebra y ha quedado expuesto a numerosas críticas e impugnaciones. Con apoyo o no, el cambio de muchos comportamientos morales sexuales es innegable.

Un porcentaje muy alto (en tomo a un 70 %) no concuerda con las normas oficiales.

Tal distanciamiento se entiende que tiene sus razones, porque nada es efecto de la casualidad. Se nos abre, por tanto, el desafío de sondear qué tipo de causas están a la base de los que apuestan por el cambio y de los que lo rechazan. Pienso que en el cambio está la clave para explicar lo que nos está ocurriendo: o nos quedamos en el pasado o miramos al futuro. Dos posturas.


3. Algunas normas que debieran ser revisadas

En la Iglesia Católica es patente la oposición de mentalidades. Una ha cobrado conciencia del desfase de muchas normas vigentes y otra pretende seguir adelante con ellas por fidelidad, se repite, a la tradición y a la doctrina de la Iglesia.

Enumero algunas.
1. En el Derecho Canónico aparecía, hasta el presente prácticamente, esta definición del matrimonio: "El matrimonio es un contrato entre un hombre y una mujer, que otorga el derecho al uso mutuo de los cuerpos, en orden a procrear".

No hace tantos años que el moralista Aguirre, en un libro que era cabecera de todos los confesores, escribía: "El goce sexual nace de la conmoción de los órganos y humores que sirven a la generación. Dicho goce tiene su razón de ser, toda entera, en la generación: tata enim quanta est propter generationem ".

La visión del Vaticano II es otra: "El matrimonio es una comunidad íntima de vida y amor" (GS, 50) y en otra parte dice: "El amor entre marido y mujer es eminentemente humano, pues va de persona a persona con el afecto de la voluntad, abarca el bien de toda la persona y, por tanto, es capaz de enriquecer con dignidad especial las expresiones del cuerpo como elementos y señales especiales de la amistad conyugal. Este amor se expresa y perfecciona con la acción propia del matrimonio y los actos conyugales, ejecutados de manera verdaderamente humana, significan y favorecen el don recíproco, con el que se enriquecen mutuamente en un clima de gozosa gratitud" (GS, 49).

Esta nueva visión supera los planteamientos de los catecismos Astete y Ripalda, que establecían como fines del matrimonio la procreación (fin primario) y la ayuda mutua y remedio de la concupiscencia (fin secundario).


2. El placer sexual resultaba en la visión preconciliar malo. Era común la opinión de que la relación sexual, incluso dentro del matrimonio, si no estaba hecha con intención procreativa, era pecado, por lo menos venial. Cosa que se sigue afirmando en el nuevo catecismo: "El placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado en sí mismo, separado de las finalidades de procreación y unión" (N° 2351).

Es dificil de explicar por qué el placer sexual, dentro del cristianismo, ha sido declarado inmoral y se lo ha castigado con tanta severidad.


3. Se puede entender que se haya enseñado que la masturbación era pecado, pues se suponía, precientíficamente, que en ella había un atentado contra la vida humana, por creer que el gameto masculino era causa y portador de la vida humana: "Vita hominis in potentia propinqua". Lógicamente su pérdida o frustración equivalía a frustrar la vida.

Otra razón era la del perjuicio que acarreaba a la salud. Todavía son muchos los que creen que la masturbación provoca trastornos para la salud o que es un signo de inmadurez. Fue a partir del siglo XIX cuando la masturbación se constituye en centro de atención y preocupación desmedida, se la califica como un de los vicios más abominables, comienza a ser vista como la causa de innumerables males , tanto físico como mentales, se convierte en fuente, de miedos, angustias, escrúpulos y culpabilizaciones, se la examina y persigue con celo implacable, se aposenta dentro de la cristiandad como una obsesión más o menos obsesiva. Ser puede hablar de un furor antimasturbatorio.

¿Se puede seguir manteniendo, como lo hace el Catecismo, que "La masturbación es sin ninguna duda y de acuerdo con la Tradición , el Magisterio y el sentir de los fieles un acto intrínseca y gravemente desordenado? " (N. 2352).


4. ¿En qué medida la demonización de la mujer, su inferioridad y marginación por tanto tiempo sufrida, ha sido legitimada por la religión católica y ha contribuido a consolidarla en la sociedad? ¿Responde al Evangelio de Jesús afirmar que la mujer es un "mas dimidiatum", un macho empobrecido, inferior al varón y que debe estarle sometida?


5. Respecto al tema de la homosexualidad, todos conocemos la campaña mediática montada por la jerarquía eclesiástica a propósito de la Ley de Matrimonios Homosexuales. Creo que, al fondo de todo, emerge un principio moral, que reza así:
"La particular inclinación de la persona homosexual, aunque en sí no sea pecado, constituye sin embargo una tendencia, más o menos fuerte, hacia un comportamiento intrínsecamente malo desde el punto de vista moral. La inclinación misma debe ser considerada como objetivamente desordenada" (Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales", 3, - I-X-1986-).

Frente a esta calificación, hoy la ciencia afirma que "Los estudios médicos, biológicos, antropológicos y sociológicos apuntan de modo inequívoco hacia la descalificación de la homosexualidad como enfermedad, desviación psicosopática o perversión sexual. Cada vez de modo más explícito, la homosexualidad va siendo reconocida como una orientación sexual que la naturaleza permitió y que, en sí misma considerada, no afecta a la sanidad mental ni al recto comportamiento en el grupo social. En razón de ello, instituciones como la OMS han suprimido la homosexualidad de la relación de enfermedades, y el Consejo de Europa ha instado a los gobiernos de sus países miembros a suprimir cualquier tipo de discriminación en razón de la tendencia sexual. Las legislaciones de los diferentes países han ido así modificándose en aspectos sustanciales para evitar cualquier tipo de discriminación. El cambio general de opinión que va así produciéndose en los países del área occidental es notable y sus efectos se dejan ver también dentro de la comunidad creyente."

Sobre la homosexualidad no existe una norma cristiana para los católicos: "En lo que respecta a la homosexualidad, escribe el gran teólogo Schillebeekx, no existe una ética cristiana. Es un problema humano, que debe ser resuelto de forma humana. No hay normas específicamente cristianas para juzgarla homosexualidad" (Soy un teólogo feliz, Madrid, 1994, p.124).

Si esto es así, la Iglesia no debiera reclamar para este tema una directa y especial competencia; como problema humano que es, debe ser estudiado y resuelto desde un tratamiento científico interdisciplinar.

El recurso a la Biblia, que muchas veces se hace, para reprobar la homosexualidad está hecho desde una interpretación fundamentalista, que no respeta las reglas de la hermenéutica bíblica.

Dicho esto, no encuentro ajustado que dirigentes eclesiásticos condicionen a los fieles recordándoles que sobre este punto existe una doctrina católica particular que están obligados a seguir y, en virtud de la cual, pueden y deben hacer objeción de conciencia. No es ese el sentir de muchos fieles, científicos, teólogos y moralistas de la Iglesia. El legítimo pluralismo existente no permite presentar una doctrina discutible como opinión y doctrina oficial de la Iglesia. Los dirigentes eclesiásticos que disientan sobre la ley promulgada tienen obligación de decir que su opinión personal no es opinión general ni única en la Iglesia, ni vinculante para los católicos: "In dubiis libertas: en las cosas dudosas, libertad".

Además, tratándose de una ley democrática, de un Estado de Derecho, es un despropósito afirmar que la conciencia está por encima de esta ley y que "no debe obedecerse".

Y una tercera razón. Estudios históricos recientes demuestran que el matrimonio homosexual estuvo vigente en la Iglesia católica hasta el siglo XIII. El Dr. Jon Boswell en su obra "La boda de las semejanzas" (dos tomos de casi setecientas páginas), recoge los manuales litúrgicos que describen esta realidad del matrimonio homosexual a través de los rituales, ceremonias, oraciones y bendiciones que acompañan a estos matrimonios, presididos por el sacerdote.


6. Existe otra norma oficial, inderogable al parecer, que presenta el matrimonio católico como absolutamente indisoluble. De modo que cuantos católicos casados se vuelven a casar —por lo civil, naturalmente— no pueden rehacer su vida mediante un nuevo matrimonio. El valor de la indisolubilidad es el primero y prevalece por encima de todo.

Esto no siempre fue así en la historia del cristianismo y son muchos los teólogos que piensan que, exigiendo y reconociendo el matrimonio indisoluble como ideal, no se puede imponer la indisolubilidad como obligación inexcusable en cada caso concreto. El comportamiento de Jesús supo compaginar la propuesta ideal de una doctrina con el realismo y práctica de la misericordia. ¿Qué hubiera pasado si, en tantos otros aspectos de la vida personal y social, hubiéramos aplicado semejante rigor?


7. ¿El condón no se puede usar ni siquiera en el caso de Sida? Ha sido este un caso en que el sentido común ha quedado perturbado ante ciertas intervenciones oficiales apelando a la norma vigente.

Como ya ocurrió con la publicación de la encíclica Humane Vitae, también ahora es preciso recordar la moral trradicional. "¿Qué dice el moralista cristiano, se pregunta el famosísimo moralista católico P. Bernhard Háring, cuando le surge el dilema: o condón o sida? Nos encontramos aquí ante un caso típico, en el que el Papa Juan Pablo II piensa de un modo diferente de la mayor parte de los teólogos y de los laicos que piensan críticamente. Imagínense dos casos: un hombre casado sabe que está inficionado del sida De ninguna manera puede exponer a su mujer al peligro de contagio. En esta situación sería irresponsable engendrar una nueva vida, que con toda probabilidad, estaría también infectada. Usando el condón puede evitar los dos peligros. Sin condón sería el acto matrimonial con su mujer sin duda un pecado contra el quinto mandamiento. Otro caso: un hombre tiene fuera del matrimonio contactos sexuales, aunque sabe que está infectado de sida. Si lo hace con condón, comete sin duda un pecado contra el sexto mandamiento. Si lo hace sin condón peca además contra el quinto mandamiento" (J. G. Cascales y B. Forcano, Bernhard Húring, Nueva Utopía, p.50).

Los casos aludidos (matrimonio, placer sexual, masturbación, marginación de la mujer, homosexualidad, indisolubilidad absoluta del matrimonio, prohibición del condón en caso de sida, etc.) son suficientes para entrever dos visiones encontradas. ¿Dan lo mismo una que otra?


Nuevos presupuestos y perspectivas para el cambio

A pesar de todo, habrá personas que seguirán diciendo que el Concilio no ha cambiado nada. Por el contrario, muchos pensamos que hoy el horizonte de conocimiento es otro y obliga a revisar muchas de las normas recibidas. A nuevos conocimiento más comprensión. Si el conocimiento es evolutivo y, en cierto modo, sustenta la normativa moral, es obvio que esa normativa es también evolutiva. Y lo es, sobre todo, en el campo sexual donde las ciencias han demostrado que esa normativa estaba precientíficamente fundada o tejida por intereses de poder.

¿Es imposible una solución? Como otros muchos, pienso que sí hay solución, pero a condición de que se quiera reconocer el hecho del cambio. O se admite el cambio y entonces habrá renovación; o no se lo admite, y entonces las cosas seguirán como siempre.

Nos encontramos en el siglo XXI, cuya situación no podemos parangonar con la de siglos anteriores. Este siglo viene precedido de un hecho que marca la civilización occidental: la modernidad. Y la modernidad significa igualdad, democracia y pluralismo.

Pero la Iglesia se atrincheró en la Edad Media y se puso a la defensiva contra la modernidad. Por lo que la Iglesia se opuso a la ciencia, a la libertad, a los derechos humanos y al progreso. El concilio Vaticano II acabó, teóricamente al menos, con esa escisión y trató de establecer un puente de encuentro, de respeto, de diálogo, de colaboración y de convergencia con el mundo.

Entonces, no se trata de que, en la Iglesia, esté cundiendo una corriente peligrosa de secularismo, de permisividad, de contemporización o de paganización. Podrá haber de todo eso, pero no es esa la cuestión. Quienes defendemos el "aggiornamento" de la Iglesia no lo hacemos porque tratemos de ser complacientes o contemporizadores con las ideologías de hoy, sino por una operación de simple honestidad: ¿Hay razones o no para el cambio?

No deja, sin embargo, de preocupar la pregunta que muchos se hacen: ¿Por qué la jerarquía eclesiástica se opone al cambio de la moral sexual?

En mi opinión porque confunde la defensa de un modelo cultural del pasado con la defensa del Evangelio.


Nuestra dependencia de la Patrística y de la Edad Media

No es de extrañar, pues, que teólogos importantes hablen de una visión monocultural en el cristianismo, que ha durado prácticamente hasta nuestros días y que ha entrado en cambio radical en esta nuestra época:

"Hoy, escribe J.B. Metz, se puede hablar con fundamento de una nueva fase de la historia de la Iglesia .... La Iglesia estuvo vinculada durante casi dos mil años a un espacio cultural relativamente unitario: el europeo occidental. Hoy, la Iglesia se encuentra ante una fractura que es, a mi juicio, la más profunda de su historia desde la época primitiva... La Iglesia está en camino hacia una Iglesia universal con múltiples raíces culturales y, en este sentido, culturalmente policéntrica. El último concilio Vaticano II puede entenderse como expresión institucionalmente manifiesta de este paso" (Cfr. Concilium, Unidad y pluralidad: problemas y perspectivas de la inculturación, N° 224, julio, 1989, p.91).

Lo más significativo de este párrafo no es lo que se dice sino su duración, pues ha sido mentalidad dominante en la Cristiandad durante más de quince siglos. Quince siglos enseñando y asimilando esa mentalidad forman un sustrato cultural difícilmente removible. Debemos entender por qué las generaciones anteriores se resisten a cambiar y a aceptar las nuevas perspectivas de las ciencia y de la teología. Las pautas de la personalidad se heredan y esta herencia ha sido transmitida con firme intransigencia. Por varios factores: porque era presentada como depósito sagrado de la tradición, por el gran peso de la autoridad eclesiástica, por la preponderancia dada a la virtud de la obediencia y por el condicionamiento de una cultura uniforme.


1. Identificación de un modelo cultural particular con el contenido universal del Evangelio

A causa de esta larga y notoria uniformidad, uno llega a creer que el conjunto de las normas oficiales son de lo más primigenio y que pertenecen al Evangelio. Pero, veamos.

En los primeros siglos, el cristianismo comienza a crecer y entra en contacto con las culturas. Muchos de los convertidos al cristianismo provenían de esas culturas y el hecho de convertirse no presuponía para ellos abandonar automáticamente su modelo cultural. Es el caso de los Santos Padres. Un Orígenes, un San Ambrosio, un San Jerónimo, un San Agustín asumían el reto de presentar la novedad del cristianismo en medio de la cultura helénico-romana. Ambas tenían pensadores ilustres y escuelas filosóficas y religiosas que eran referencia y alimento de aquellas sociedades e iban a disputar la credibilidad de la novedad cristiana. Los nuevos doctores cristianos conocían las más variadas doctrinas existentes, tenían que dialogar con ellas y servirse de ellas para mostrar la validez del cristianismo.

Eran muchas las cuestiones en que la revelación cristiana neotestamentaria no aportaba casi nada. Pero, eran importantes y requerían respuesta. Fue precisamente ese vacío el que iban a llenar los Padres con un diálogo con la cultura, proponiendo soluciones éticas desde el horizonte cultural dominante, pero introduciendo a la vez la radical novedad del cristianismo.
Ese intento cumplía con una exigencia fundamental: inculturar el cristianismo, pero implicaba también un riesgo: diluir o identificar la originalidad cristiana con la cultura receptora.

Sería el momento de mostrar y explanar la explicación de la Patrística y de la Edad Media sobre una serie de cuestiones que han pasado a ser mantenidas entre nosotros.

Nos iluminaría mucho a este respecto el pensamiento de Orígenes, San Jerónimo, San Ambrosio, San Agustín y Santo Tomás. Su influencia ha sido enorme en la cristiandad. Y lo sigue siendo.


Cristianismo original y cristianismo histórico

1. Evidentemente, en el cristianismo original encontramos unos principios generales que tratan de iluminar y regular nuestra conducta. Uno de estos principios es el amor. Pero, apenas si encontramos normas que aludan al mundo de la sexualidad.

2. Posteriormente, en el cristianismo histórico van surgiendo normas que tratan de regular las mil facetas de la sexualidad humana. Regular es lo propio de la moral, pero sin llegar a saber con ciencia cierta si esa regulación es resultado de conocimiento y sabiduría o de planteamientos pre-científicos, apriorismos y otros intereses.
Ciertamente, no hay vida humana que no se rija por unas normas. Pero esas normas deben ser sacadas de la misma realidad humana, en dialéctica constante de naturaleza y cultura. Cada uno es libre de admitir o no esas normas, pero no lo es para establecer normas de espaldas a la realidad. La realidad, a la que estamos atados, es portadora de un significado objetivo, que no nos es dado ignorar o anular. Es esa referencia a la realidad, la que nos permite compartir una normativa común, que es anterior a nuestra voluntad. La moral, en ese sentido, no depende de lo que uno quiera (voluntarismo), ni está sometida a la arbitrariedad (despotismo). La moral, con toda su complejidad de imperativos y normas, será digna de respeto en tanto en cuanto acierte a descubrir los dictados más íntimos de la realidad, en este caso de la realidad humana.
Este es un fenómeno especial, porque si bien es cierto que el hecho de la sexualidad ha sido siempre el mismo, no así la valoración que de él hemos hecho. La moral tiene una historia, la historia de una búsqueda incesante, en libertad, del sentido de la vida humana y, en nuestro caso, de la sexualidad. Yo diría que la preocupación por estudiar, determinar y reducir a moral o inmoral la actividad sexual humana es normal, pero lo que ya no es tan normal es que esa preocupación haya ido in crescendo en la historia hasta convertirse en obsesión y desplazar del campo de la moral otras cuestiones mucho más importantes. ¿Qué factores especiales intervinieron para hacer que la moral sexual fuera el epicentro de la moral?

Sin entrar ahora a dar exhaustiva respuesta, diría que los factores principales han sido tres: el hecho de que la moral sexual haya sido elaborada principalmente por una iglesia clerical, obligada a la renuncia sexual y convertida, por ello mismo, en obsesión; la justificación de la superioridad del clericato y de la vida religiosa precisamente por su alejamiento de la sexualidad; y el haber hecho de la pureza, virtud cristiana central por encima de la caridad.

3. Está claro que la proliferación excesiva y rígida de tantas normas sexuales no ha sido casual, ha tenido unas causas especiales, muy especiales a juzgar por la extensión, persistencia y fuerza con que han operado y siguen operando en la Cristiandad.

Esto lo avala el hecho de que en la Iglesia Institucional, aún después del Vaticano II, los cambios han sido mínimos o nulos, apareciendo claro el empeño por mantener invariables posiciones doctrinales de siglos. Este inmovilismo no cuadra con la adaptación que en otros campos de la moral se ha producido y, además, agudiza el distanciamiento entre las normas oficiales y el comportamiento de los fieles, dando lugar a un desfase cada vez mayor, que produce confusión, malestar, descrédito y alejamiento de la Iglesia. La pregunta obvia de muchos cristianos de a pie es si estas normas son invento de la Iglesia o producto genuino del Evangelio.

Si estas normas no existieron desde el principio, señal de que no eran tan importantes, pues no aparecen o no se las consideraba como parte esencial del mensaje evangélico. Entonces, ¿esas normas se las puede llamar cristianas o entraron a formar parte de la moral llamada cristiana por influencia de otros factores impropiamente cristianos? ¿Cuáles serían estos factores y qué valor tendrían en relación con el mensaje evangélico?


Con razón creo que es éste el meollo de la cuestión.

No vamos a poder avanzar, ni vamos a poder resolver las disputas entre progresistas y conservadores, no vamos a poder entender la dureza de la Jerarquía, ni vamos a poder sembrar orientación ni suscitar credibilidad, si no resolvemos previamente esta cuestión: o la mayor parte de las normas de la moral sexual cristiana proceden del Evangelio y entonces serían válidas, o proceden de una elaboración cultural histórica cambiante y entonces son revisables, tan revisables como los conceptos de cosmología, antropología, filosofía, exégesis y teología que han condicionado su elaboración.

En el primer supuesto, hay incluso que averiguar el tipo de normas que nos aduce el Evangelio como enseñanza directa de Jesús, y las que nos reporta como expresión de una cultura entonces dominante, cuáles entre ellas tienen un valor esencial permanente y cuáles un valor relativo, de acuerdo a concepciones que han ido evolucionando.

Quiero decir que es fundamental distinguir entre lo que pertenece a la revelación esencial de Dios, tanto en la historia como en la persona de Jesús, y lo que pertenece a la mediación cultural utilizada en la transmisión de esa revelación. El bagaje cultural es el que es en cada época, y de él hay que hacer uso para comunicarse y entenderse, pero ese bagaje es mudable y perfeccionable, como lo ha demostrado mil veces la sabiduría y conciencia humanas. La fidelidad al mensaje original impone muchas veces el cambio y abandono de muchas normas históricas que no responden a él e incluso lo tergiversan y falsifican.


Aquí reside el problema.

Yo entiendo que la iglesia jerárquica se atrinchere en un inmovilismo si considera que con el cambio se traiciona al Espíritu de Dios plasmado en unas derterminadas normas. Pero el problema está en si podemos afirmar que esas normas son expresión directa de la voluntad de Dios o provienen de una elaboración humana que, por su misma naturaleza, las convierte en expresión cultural provisional y limitada. No se puede adecuar la revelación del Evangelio con la traducción que de él hemos hecho en la historia, como si la percepción que de él ha tenido una determinada época fuera perfecta y definitiva. En esa percepción y traducción del Evangelio, además del carácter evolutivo de la historia, han jugado también muchos factores humanos con su carga infinita de intereses y pasiones.

¿Qué encontramos todavía en esas normas de planteamientos precientíficos, de intereses e ignorancias, que deben ser superados, para que aparezca en su pureza original la Buena Nueva liberadora del Evangelio?

Esa es la tarea: cribar cuanto de imperfecto, oscuro, interesado o falso se ha colado en esa normativa eclesial y proceder a renovarla para que responda mejor a las exigencias actuales de las ciencias, de la exégesis y de la teología.

En nuestro siglo, la cultura ha experimentado cambios muy fuertes en este campo, los avances de la antropología han modificado presupuestos que regulaban la conducta sexual. Pues bien, a pesar de ello, y a pesar del impulso renovador del Vaticano II, la Iglesia parece seguir manteniendo con dureza posiciones anteriores, prácticamente desfasadas.

Todo esto indica que algo muy importante se esconde tras esa mentalidad. Ese algo tiene mucho que ver, creo, con la naturaleza de la persona, del matrimonio, de las relaciones varón-mujer, de la santidad, de la vida religiosa, de la virginidad y del celibato, de la presencia de la Iglesia en la sociedad, del poder jerárquico.

Todo un mundo que, si se replantea el problema del placer sexual, parece zozobrar por verse sometido a un serio cuestionamiento.

¿Qué ocurre si la revelación, sobre todo neotestamentaria, no abona nada de cuanto se ha dicho acerca de la inicial pecaminosidad de la mujer, de su inferioridad, de la supremacía del varón, de la maldad del cuerpo, de la impureza o de la inmundicia del placer sexual, de su incompatibilidad con Dios y la santidad? ¿Qué puede pasar si los conceptos sobre estas realidades, sustentados como es lógico, en otra concepción de la persona, sociedad, Iglesia, pecado, salvación, santidad, escatología están hoy en gran parte reinterpretados?


Sexualidad y placer sexual en es estos Santos Padres

Si logramos situarnos en la perspectiva antropológica de esa época, veríamos con naturalidad que la marginación del placer sexual no obedece a causas fortuitas, sino que procede de una determinada visión del cosmos y del hombre, en definitiva, de la Creación... Fue así y siempre será así. Por más que se quiera, la sexualidad es una dimensión constitucional del ser humano, inseparable de él, y se deberá contar siempre con ella, para bien o para mal. Lo admirable del caso es que, tratándose de pensadores cristianos, que debieran asentar por principio la intrínseca bondad del ser humano, se les vea pertinazmente acordes en rebajar o negar esa bondad respecto a la sexualidad. En todo caso, la sexualidad se presenta en todos ellos con aguda problematicidad.

Tengo la impresión de que, en el fondo de toda esta búsqueda, subsiste una fundamental desconfianza de la materialidad, incluso una hostilidad, un empeñarse en vivir sin ella o contra ella, por considerarla deteriorada y, en consecuencia, sobrante en nuestro acceso a la Divinidad. Como si a Dios le hubiera salido mal y fuera un resultado no querido por su voluntad. No de otra manera se explica que se le haya sometido a tantas devaluaciones, censuras y exclusiones.

Un problema, pues, metafísico y teológico, antes que ético y pedagógico. El quehacer ético y pedagógico vendrá marcado por las ideas que suministren el quehacer metafísico y teológico. El obrar sigue al ser; en este caso, al pensar. De tal idea, tal obra; como de tal causa, tal efecto.


El hecho común de que parten todos los Padres

Todos comienzan por lo mismo: la existencia maltrecha del ser humano. Cada uno reconoce en sí, y en los demás, las marcas del desequilibrio y de la contradicción. La estructura del ser humano aparece en un vaivén continuo de nostalgia, de búsqueda, de anhelos insaciables, de fracaso y de gloria, de oposición interna, de destino imperecedero.

Este ser humano no se vale ni se explica por sí mismo. Ha sido puesto en la existencia por otro, por Dios, quien lo diseña y le ha dado la vida. Ha salido, pues, de Dios, de su Voluntad poderosa y amorosa, y se encuentra en medio del universo, formando parte de ti y siendo, al mismo tiempo, su cima.

Pero, es un ser trastocado. Y esto es lo que constituye el misterio. Si Dios es lo que es, ese trastorno no puede haber sido causado por Él. Tiene que provenir del hombre, a causa de un hecho, el que sea, pero todos los Padres coinciden en señalar que se debe a una falta o a un pecado, fuente del desastre actual.

El problema reside, pues, en cómo dar respuesta al hecho que todos admiten. ¿Cuál es la explicación?

Dos cosas surgen inmediatamente:
- Primera: en este punto, no son los Padres quienes por primera vez se preguntan sobre el origen, situación real y destino del hombre. La pregunta se la vienen haciendo, desde el principio, todas las religiones y filosofías.

- Segunda: los Padres, como hijos de su tiempo, hilvanan su respuesta sin ignorar la urdimbre tejida por otros pensadores de la antigüedad o de su tiempo. Es un diálogo con la cultura, de la que extraerán elementos positivos y de la que repudiarán otros, según los vean acordes o no con la Escritura. Unos, muy abiertos, intentarán incluso cristianizar los sistemas filosóficos dominantes, otros serán más reacios, pero todos tendrán como meta y empeño implantar en la sociedad la doctrina del Nazareno.

Es, dentro de esta visión de la creación y del hombre, de su cometido en la sociedad y en el tiempo, donde va a cobrar explicación el sentido de la sexualidad y el papel que se le reserva en la existencia.


Un intento de valoración

De haber podido hacer un recorrido por el pensamiento de Orígenes, Ambrosio, Jerónimo, Agustín y Tomas, una cosa me parece que podríamos dejar bien clara: la influencia de ellos en la vida cristiana de occidente es innegable, e innegable la influencia de ellos en la mentalidad y práctica de la vida sexual. En eso estamos de acuerdo nosotros y quienes con rigor han sondeado sus doctrinas. Pero, quiero extraer algunas reflexiones y condensadas a modo de conclusiones:

1. Los cincos autores muestran un celo admirable en querer anunciar y exponer a las gentes de su tiempo el mensaje del Evangelio, poniendo a prueba su esmerada dedicación al estudio de la Biblia. Ella es su punto de partida y referencia esencial.

Pero, desde entonces, la exégesis cristiana ha avanzado mucho y ha creado condiciones para entender mejor y de otra manera los textos de la Biblia. Es lógico, por tanto, que la interpretación de los Padres deba ser situada en su tiempo y entenderla como limitada y, en muchos aspectos, superada. Seria un error trasponer sin más a nuestro tiempo los comentarios de temas y pasajes bíblicos tal como ellos lo hacen.

Es el caso de la creación y de la caída, del pecado original, de su transmisión por la concupiscencia carnal, de la naturaleza de la sexualidad, del matrimonio, de los papeles asignados al varón y a la mujer en la sociedad y en la Iglesia. El comentario, aunque con base en la Biblia, viene envasado en material antropológico-cultural de entonces.


2. Los Padres son hijos de la cultura de su tiempo y todos ellos, antes o después que cristianos, han sido seguidores de ideas filosóficas determinadas: gnósticos, neoplatónicos, estoicos, aristotélicos... Y de esas filosofías, bautizados ellos en el cristianismo o convertidos a él, retienen muchos aspectos, acogen otros impropiamente, otros los rechazan o los transforman con un nuevo sentido cristiano.

¿Qué hay en Orígenes de Platón? ¿Qué en Agustín de Manes? ¿Qué en Tomás de Aristóteles? ¿Y podemos, como cristianos, a la altura del siglo XXI, recibir su herencia indiscriminadamente, sin cribar las concepciones cosmológicas, antropológicas y biológicas que ellos toman de estos filósofos?

Sin duda, hay en ellos presencia y mezcla de filosofa y de fe cristiana, todo un intento de plasmar en la cultura de su tiempo el seguimiento de Jesús, de entablar un diálogo entre fe y cultura, de reconciliar la racionalidad y la deuda con los postulados de la fe.

Pero, sería un error identificar el contenido del Evangelio con los contenidos filosófico-científicos de Platón, Manes o Aristóteles. Y ese error se ha dado en exceso por veneración de unas ideas contingentes y relativas, que han evolucionado y no son, por supuesto, parte de la revelación del Evangelio.

Ésta es la pregunta: ¿Qué hay en los Padres de valores claros e irrenunciables del Evangelio y qué hay de valores culturales propios de su tiempo y de unas escuelas, que investigan y enriquecen el curso de la historia, pero desde pero desde aportaciones muchas veces relativas y provisionales? ¿Qué tanto hay de Evangelio y qué tanto de cultura?


3. Se admita o no, hemos entrado en la modernidad con paradigmas culturales nuevos. Y éste es, a mi modo de ver, uno de los grandes problemas que la Iglesia tiene por resolver: aceptar la modernidad, como Orígenes, Agustín y Tomás aceptaron los paradigmas de su tiempo para dialogar con ellos e incorporarlos al cristianismo.

Desgraciadamente, la Iglesia no ha abandonado, sobre todo en lo referente al dogma y a la moral, las posiciones de la Edad Media; sigue atrincherada en ellas y se ha situado en el mundo moderno con actitud hostil y defensiva. El Vaticano II fue, después de muchos siglos, el primer intento serio y solemne de diálogo y reconciliación con la modernidad (filosofía, antropología, marxismo, psicoanálisis, áendas somales...), pero el experimento, si no fracasado, ha conocido tantos obstáculos y resistencias, tantas desconfianzas, temores y censuras, que ha puesto bien a las claras lo difícil que es remover posiciones de siglos, no tanto por teológicas cuanto por ideológicas.


4. La Iglesia, y dentro de ella la moral católica, aparece en muchos sectores eclesiales en franca derrota y, dentro de muchos sectores culturales, en franco descrédito. Ha perdido el pulso y el ritmo de la historia. No se puede estar añorando siempre perspectivas y situaciones del pasado hoy sobrepasadas y no consonantes con la demanda de la razón y conciencia modernas.


El sujeto receptor de la cultura Patrística y de la Edad Media

Puesto a señalar algunas características del sujeto receptor de entonces indicaría las siguientes:
a) Una antropología:
- dualista
- maniquea
- natural-biofisicista
- procreacionista
- condenatoria del placer sexual
- exaltatoria de la continencia y castidad

b) Una concepción de pareja:
- patriarcal-machista
- con primacía del varón y postergación de la mujer
- basada en la desigualdad
- y en una complementariedad meramente biológica

c) Una visión de la persona.
- dicotómica
- con hostilidad constitutiva entre el espíritu y la materia
- en situación de trastueque y deterioro debido al pecado original
- sin integración posible de ambos

d) Una ascética y espiritualidad cultivadas:
- sobre la desconfianza, la lucha y anulación de uno mismo
- la negación y maceración del cuerpo.
- la huida del mundo y el desentendimiento de las realidades terrenas e históricas.
- el vaciamiento de la naturaleza del Reino de Dios


Temas que requieren una nueva formulación

Podríamos ahora enumerar algunos puntos sobre los que es necesario buscar "un modo doctrinal más apropiado con los hombres de nuestra época".

1. El pecado original. Nadie pone en duda la existencia de un pecado original en la historia general de la humanidad y en la historia concreta de cada uno. Pero la explicaciones de Orígenes, Agustín y otros Santos Padres se refieren a una interpretación literal del Génesis, cuando ya hoy la exégesis bíblica hace una interpretación distinta, teniendo en cuenta la naturaleza de los "géneros literarios".

Del mismo modo, se puede sostener la interpretación agustiniana de que el pecado original trastoca a la persona, pero difícilmente se puede admitir que este trastrueque le afecte sobre todo a través de y en el mundo de la sexualidad —"concupiscentia carnis"—, dejando en ella una especial corrupción y desorden, que se transmite por generación sexual.


2. El matrimonio. Éste es otro aspecto muy compartido por la tradición, en el sentido de que el matrimonio, después del pecado, no tiene más razón de ser que los hijos, encontrando en ellos la razón exclusiva de sus existencia y naturaleza.
- Tal perspectiva no recoge el mensaje de la revelación de que "la complementariedad de la pareja" no se agota en la procreación, ni el de que el haberlos hecho Dios varón y mujer tiene significado y legitimación independientemente de los hijos.

- Por lo mismo, el amor masculino-femenino tiene sentido en sí mismo, como exigencia y obra del mutuo perfeccionamiento, y tal amor cobra expresión natural profunda en la complementariedad sexual, y en todo el placer característico que le acompaña. Resulta, por tanto, sin fundamento afirmar de que el placer sexual en sí mismo, aun dentro del matrimonio, es pecado, por lo menos leve. La presencia o deseo de los hijos no es razón necesaria para justificar la bondad del placer sexual. La tiene por sí mismo.

- En el fondo, no es admisible el concepto de naturaleza animal que, a la hora de enjuiciar el significado de la relación masculino-femenina, se utiliza. La naturaleza humana es personal, lo son todas sus relaciones, y resulta un error reduccionista captar desde él el significado de la sexualidad humana, tanto como la aplicación de los métodos anticonceptivos. Las bases biofísicas de la sexualidad humana no son autónomas ni se desenvuelven al margen de la totalidad de la persona ni de la complejidad de situaciones y conflictos que ésta comporta.


3. Superioridad del varón sobre la mujer. En este punto es clara la herencia de toda una antropología patriarcal-machista, que nada tiene que ver con el pensamiento del Evangelio. La Biblia, lo sabemos muy bien, es palabra de Dios, pero es, al mismo tiempo, palabra de hombre. Y, en este punto, debemos distinguir las diversas concepciones filtradas y transmitidas, para contrastarlas finalmente con el Evangelio de Jesús. Todo ese legado de que la mujer es "el lado oscuro y caótico de la creación", "su aspecto irracional y regresivo", que es "un varón empobrecido", "un principio pasivo", que es "más débil y propensa al vicio y al mal", que es "una tentación y peligro permanente para el hombre", en tanto que el varón es el lado claro, ordenador y activo de la creación y, al mismo tiempo, la razón de ser de la mujer, subordinada en todo a él y, como consecuencia, propietario y señor de ella, es un legado sin fundamento racional y ético que no concuerda con el mensaje de Jesús.

- Eliminadas las pseudorazones de esta superioridad, hay que revisar toda una serie de tesis casi intocables: la mujer es impura naturalmente, sólo tiene razón de ser por la procreación, su único destino es la maternidad o la virginidad, no es apta para responsabilidades públicas, etc.

- La mujer, como mujer, tiene dimensiones específicas que le diferencian del varón, pero como persona comparte con él, en la más estricta igualdad, su condición, dignidad y cualidades de persona.


4. Virginidad y celibato. Acaso sea éste el punto que con mayor fuerza muestre el condicionamiento de una doctrina del pasado. No se trata, como es obvio, de negar el sentido y la validez de la virginidad y del celibato, sino de encuadrar ambas realidades a la luz del Nuevo Testamento. Si el supuesto inicial es el que hemos descrito desde el pecado original —desarmonía del ser humano, expresada sobre todo en la sexualidad, inferioridad, impureza y peligrosidad de la mujer, incompatibilidad entre la sociedad y el mundo cristiano, imposibilidad de lograr la felicidad en este mundo, etc.— y todo él se combate y se supera desde el valor ideal de la virginidad, está claro que se va a proponer la virginidad como camino primero y superior, y el matrimonio como secundario e inferior, y el celibato como condición y requisito para los que aspiren a la perfección cristiana y deseen ocupar cargos importantes en la comunidad.

- Lo que hay que averiguar es si la unión con Dios, a través del seguimiento de Jesús, postula para llegar a ser perfecta la continencia, o si tal pretensión es fruto de argumentos que presuponen una devaluación de lo terreno y un menosprecio de la sexualidad humana como lugares precisos para vivir el Reino de Dios. La tesis tradicional de que la virginidad y el celibato instauran al cristiano en un tenor de vida cristiana superior, hay que mostrar si es una tautología, tiene razones para ser así o es producto de intereses de una clase —la dirigente y acaparadora del poder en la Iglesia—.

- Igualmente, hay que demostrar que el máximo obstáculo en orden a preparar y conseguir la felicidad plena (la vida eterna) ya en este mundo, es la sexualidad y que, por consiguiente, lo mejor es prescindir de ella o extremar vigilancias, esfuerzos y sacrificios contra ella.



E P I L O G O

El Vaticano II acoge, corrige y supera le modelo tradicional de moral sexual

Aparece claro, por tanto, que el modelo tradicional de la moral sexual se ha sustentado en presupuestos, hoy en gran parte superados. Pero, desde instancias de la Iglesia Institucional, no pocos de esos presupuestos se los pretende mantener como inalterables. Pienso que ese intento se debe al poder hegemónico de una Iglesia jerárquica, autoritaria, celibataria, que se resiste a abrirse críticamente a las nuevas perspectivas de la teología y de la ciencia.

Pienso que no hay solución del problema si no se va al fondo. Y el fondo es el siguiente:

- Vivimos en el siglo XXI, es decir, en una situación peculiar que en modo alguno puede asimilarse a la de siglos anteriores.
- Este siglo viene precedido y condicionado por un acontecimiento fundamental, que marca la civilización occidental: la modernidad.
- Este acontecimiento fue abordado por la Iglesia "a contracorriente", Y, desde entonces, hemos asistido a un caminar paralelo y hostil entre la Iglesia y la Sociedad. La Iglesia pudo y debió actuar discernidoramente, pero actuó negativamente, poniéndose a la defensiva contra la ciencia, la libertad, los derechos humanos y el progreso. La ruptura fue radical: ser cristiano equivalía a ser conservador, reaccionario, antimoderno, como si la tradición cristiana se situara hasta la Edad Media o acabara con ella.
- Finalmente, el Concilio Vaticano II acabó con esta escisión y trató de establecer un puente de encuentro, diálogo, colaboración y convergencia con el mundo.
- Pero esto que fue un logro conciliar, se ha visto frenado posteriormente.

Aplicado esto a la moral sexual quier decir lo siguiente:
* La Iglesia católica se aferra a un modelo tradicional, en parte desfasado, que dice no poder cambiar por razones de fidelidad. Fidelidad ¿a qué? ¿Fidelidad a la revelación y tradición auténticas o a concretas interpretaciones históricas tanto de la biblia como de la ciencia?

* La fidelidad en este caso se refiere a paradigmas filosófico culturales , propios de épocas y autores pasados, que no deben ser erigidos con validez definitiva Un nuevo paradigma de la sexualidad nos dice que la realidad humana ha sido siempre la misma, pero puede cambiar la percepción y comprensión de ella. En consecuencia, y en la medida en que esto sea posible y legítimo, esa nueva percepción da lugar a una nueva actitud, un nuevo comportamiento y unas nuevas normas.