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CONSUMISMO O CONSUMO RESPONSABLE.

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La austeridad que viene
José Mª Castillo, teólogo

Moceop

El petróleo se ha puesto por las nubes y además queda poco. El agua escasea cada día más. La crisis económica está a la vista.
Y lo peor de todo es que nadie sabe si esta situación es pasajera y pronto volveremos a la opulencia de los últimos años o si, por el contrario, hemos entrado en una pendiente que no tiene vuelta atrás.
Como es lógico, en situaciones como ésta, lo más razonable es pensar que los hechos tienen más fuerza que las opiniones. Y los hechos ahí están. Justamente cuando las energías y las fuentes de vida se están agotando, dos mil millones más de ciudadanos (chinos e indios) se suman, o quieren ponerse al mismo nivel de consumo y bienestar de los que hemos enfilado, de forma imparable, hacia un desastre quizá previsible.
Pues bien, si digo estas cosas, no es para hacer el repugnante papel de “profeta de desgracias”. Se trata de todo lo contrario. Porque ha tenido que llegar este momento y nos tenemos que ver ante un posible precipicio, para que empecemos a pensar en serio en la austeridad como alternativa al consumismo que hemos integrado en nuestras vidas como un logro del que nos enorgullecemos. Es cierto que la austeridad nos sugiere cosas desagradables que nos repugnan: aspereza, mortificación, penitencia, severidad, rigurosidad. Todo eso dice el Diccionario de la RAE.
Pero también indica el Diccionario que “austero” es lo mismo que “sobrio”, “morigerado”, sencillo” y “sin ninguna clase de alardes”. A esto quería yo venir. Porque creo que eso es, no sólo lo que más necesitamos, sino sobre todo lo que nos puede hacer verdaderamente felices.
Es evidente que el alto nivel de consumo de los últimos tiempos nos ha facilitado muchas cosas y nos ha resuelto muchos problemas. Pero no es menos verdad que el afán de consumir y la increíble necesidad de acaparar nos han complicado enormemente la vida. Y han generado demasiadas desgracias. No hablo de los que pasan hambre. No. Hablo de los que vivimos en la abundancia. El consumo, en efecto, es abundancia. Pero abundancia de cosas.
Ahora bien, la abundancia de cosas se consigue, de hecho, a costa de dañar nuestras relaciones personales. En la medida en que aumentan las “cosas” a nuestro alrededor, en esa misma medida disminuyen las “personas”. El creciente consumo acarrea a menudo la creciente soledad. Esto se nota, por ejemplo, en muchas familias. Para vivir mejor, y tal como está la vida, son incontables los matrimonios con hijos que no tienen más remedio que trabajar el padre y la madre. Con lo que los hijos apenas ven a sus padres.
La convivencia se reduce a los fines de semana, en el mejor de los casos. Además, en una familia así, se necesitan, por lo menos, dos coches. Y una segunda vivienda, para los fines de semana. Con lo que hay que pagar seguramente una o dos hipotecas. Y eso exige trabajar más horas, lo que es lo mismo que arden los “medios de comunicación”, que en muchos convivir menos. A esto se a casos son realmente “medios de incomunicación”.
Porque desvían la atención a lo que ocurre fuera de la casa y al margen de la familia, mientras que el tiempo y la convivencia que necesitan niños y adultos se ve seriamente dañada. Así, el sosiego y la comunicación de todos con todos escasean cada día más en la familia. A mí me sorprende y me escandaliza que las preocupaciones de obispos y políticos, en lo que se refiere a la familia, se centren en asuntos como las parejas de hecho, el nombre que le vamos a poner a las uniones de homosexuales o la legislación sobre el divorcio. Y mientras nos calentamos la cabeza con esas cosas, no se hace cuestión de los problemas que más angustian a muchas familias porque son los problemas que más daño hacen a la convivencia sosegada y en armonía, los problemas que resultan más determinantes para el bien o el mal de las personas.
He hablado de la familia como podía haberlo hecho de otras instituciones sociales. En cualquier caso y pase lo que pase en los próximos años, creo que, si algo nos ha dejado claro el sistema económico en que vivimos, es que, no sólo crea unas desigualdades insostenibles, sino que además, entre los que vivimos mejor, trastorna nuestra escala de valores hasta el punto de que las cosas adquieren más valor que las personas. Para tener más y más cosas, no dudamos en usar y abusar de las personas, excluir a los que nos estorban o utilizar a los que nos interesan. No digo que esto sea un invento del sistema capitalista.
Se trata de un mecanismo que funciona entre los humanos desde los lejanos tiempos en que desapareció el “hombre-no-económico”. Esto ocurrió en el III Milenio antes de Cristo, cuando nació la civilización bajo el impulso de las tecnologías. Pero este salto enorme hacia delante provocó la primera aparición de algunos rasgos conocidos desde la antigüedad: ahondamiento profundo de las desigualdades económicas, jerarquía social vertical, poder político. A partir de entonces, las cosas empezaron a cobrar más valor que las personas.
Como bien se ha dicho, el proceso del que surge la civilización prueba que la evolución tecnológica y la evolución social pueden “disociarse” y avanzar en sentido inverso, la primera como progreso, la otra como degradación (María Daraki). Por eso, el sueño de siempre ha sido superar la obligada austeridad. Hasta que la hemos superado. Pero a costa de daños irreparables. Por eso, bienvenida sea la hora en que todos tengamos que ser más austeros por necesidad. Entonces seremos de verdad solidarios. Tendremos menos cosas, pero nos sentiremos más acompañados.

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Del mundo virtual al espiritual
Frei Betto

Adital
Al viajar por el Oriente mantuve contactos con monjes del Tibet, de Mongolia, de Japón y de China. Eran hombres tranquilos, comedidos, envueltos en paz en sus túnicas color de azafrán. Un día observaba yo el movimiento del aeropuerto de Sao Paulo: la sala de espera llena de ejecutivos con teléfonos celulares, preocupados, ansiosos, generalmente comiendo más de lo debido. Seguro que ya habían tomado café por la mañana en casa, pero como la compañía aérea ofrecía otro café, todos comían vorazmente. Eso me hizo reflexionar: “¿Cuál de los dos modelos produce felicidad?”
Encontré a Daniela, de diez años, en el ascensor a las nueve de la mañana y le pregunté: “¿No has ido a clase?” Ella respondió: “No, tengo clase por la tarde”. Añadí: “Qué bien, entonces por la mañana puedes jugar y dormir hasta más tarde”. “No -replicó ella-, tengo mucho que hacer por la mañana”. “¿Qué cosas?”, le pregunté. “Clases de inglés, de ballet, de pintura, piscina”, y siguió enumerando su programa de muchacha robotizada. Me quedé pensando: “¡Qué pena que Daniela no dijo: Tengo clase de meditación!”.
Estamos construyendo superhombres y supermujeres, totalmente equipados pero emocionalmente infantilizados. Por eso las empresas consideran ahora que más importante que el QI es la IE, la Inteligencia Emocional. No sirve de mucho ser un superejecutivo si no se consigue relacionarse con las personas. Entonces ¡qué importante sería incluir clases de meditación en los currículos escolares!
Una progresista ciudad del interior de Sao Paulo tenía en 1960 seis librerías y un gimnasio; hoy tiene sesenta gimnasios y tres librerías. No tengo nada contra el cuidado del cuerpo, pero me preocupo por la desproporción en relación con el cuidado del espíritu. Está bien que todos muramos esbeltos: “¿Cómo estaba el difunto?”, “Hecho una maravilla, no tenía ni una arruga”. Pero ¿cómo queda la cuestión de la subjetividad? ¿de la espiritualidad? ¿de la ociosidad amorosa?
Antes se hablaba de la realidad: análisis de la realidad, insertarse en la realidad, conocer la realidad. Hoy la palabra es virtualidad. Todo es virtual. Se puede tener sexo virtual por Internet: no se contagia el sida, no hay involucramiento emocional, todo se controla con el ratón. Encerrado en su cuarto en Brasilia un hombre puede tener una amiga íntima en Tokio, sin mayor preocupación por conocer a su vecino de apartamento o de cuadra. Todo es virtual. Entramos en la virtualidad de todos los valores, no hay compromiso con lo real. Es muy grave ese proceso de abstracción de lenguaje, de sentimientos: somos místicos virtuales, religiosos virtuales, ciudadanos virtuales. En cuanto a esto, la realidad va por otro lado, pues somos también éticamente virtuales…
La cultura comienza donde termina la naturaleza. Cultura es el refinamiento del espíritu. La televisión en Brasil -con raras y honrosas excepciones- es un problema: a cada semana que pasa tenemos la sensación de que somos un poco menos cultos. La palabra hoy es “entretenimiento”; así, el domingo es el día nacional de la imbecilización colectiva. Imbécil el presentador, imbécil el que va y se sienta en el sofá, imbécil quien pierde la tarde ante la pantalla. Como la publicidad no consigue vender felicidad, tenemos la ilusión de que la felicidad es el resultado de la suma de placeres: “Si toma este refresco, calza estos tenis, usa esta camisa, compra este auto, ¡usted llega a ella!” El problema es que, en general, no se llega. Quien consiente desarrolla de tal manera el deseo, que acaba necesitando de un analista. O de fármacos. Quien resiste, aumenta la neurosis.
Los sicoanalistas tratan de descubrir cómo hacer con el deseo de sus pacientes. ¿Dónde ponerlos? Yo, que no soy de esa área, puedo darme el derecho de presentar una sugerencia. Creo que sólo hay una salida: cambiar el deseo hacia dentro, gustarse a sí mismo, comenzar a ver lo bueno que es ser libre de todo ese condicionamiento globalizante, neoliberal, consumista. Así se podría vivir mejor. Además, para una buena salud mental son indispensables tres requisitos: amistades, autoestima, ausencia de estrés.
Hay una lógica religiosa en el consumismo moderno. Si alguien va a Europa y visita una pequeña ciudad donde hay una catedral debe procurar saber la historia de esa ciudad -la catedral es la señal de que ella tiene historia.. En la Edad Media las ciudades adquirían status construyendo una catedral; hoy en Brasil se construye un centro comercial. Es curioso: la mayoría de los centros comerciales tienen las líneas arquitectónicas de catedrales estilizadas; a ellos no se puede ir de cualquier manera, hay que vestir ropa de misa dominical. Y allí dentro se siente una sensación paradisíaca: no hay mendigos, niños de la calle, suciedad…
Se entra en esos claustros al son del gregoriano posmoderno, esa musiquita de sala de espera de dentista. Se ven varios nichos, todas esas capillas con los venerables objetos de consumo, acolitados por bellas sacerdotisas. Quien puede comprar se siente en el reino de los cielos. Si tiene que dar un cheque prefechado, pagar a crédito o mediante un cheque especial, se va a sentir en el purgatorio. Pero si no puede comprar, ciertamente se va a sentir en el infierno… Por suerte, todos terminan en la eucaristía posmoderna, atraídos por la misma mesa, con el mismo jugo y la misma hamburguesa de McDonald’s…
Suelo decirles a los empleados que me invitan a entrar en las tiendas: “Sólo estoy dando un paseo socrático”. Y ante sus ojos espantados explico: “A Sócrates, filósofo griego, también le gustaba despejar la cabeza recorriendo el centro comercial de Atenas. Cuando los vendedores como ustedes lo asediaban les respondía: “Sólo estoy mirando cuántas cosas no necesito para ser feliz”.
[Autor de "El desafío ético", junto con Luis Fernando Veríssimo y otros, entre otros libros.
Traducción de J.L.Burguet]
* Fray dominico. Escritor.
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Cuatro «erres» contra el consumismo
Leonardo Boff, teólogo

Koinonía
El hambre es una constante en todas las sociedades históricas. Hoy, sin embargo, alcanza dimensiones vergonzosas y simplemente crueles. Revela una humanidad que ha perdido la compasión y la piedad. Erradicar el hambre es un imperativo humanístico, ético, social y ambiental. La condición previa más inmediata y posible, que debe ser puesta inmediatamente en práctica es un nuevo patrón de consumo.
La sociedad dominante es evidentemente consumista. Da centralidad al consumo privado, sin auto-límite, como objetivo de la propia sociedad y de la vida de las personas. Consume no sólo lo necesario, lo que es justificable, sino lo superfluo, lo que es cuestionable.
Este consumismo sólo es posible porque las políticas económicas que producen los bienes superfluos son continuamente alimentadas, apoyadas y justificadas Gran parte de la producción se destina a generar aquello que en la realidad no precisamos para vivir decentemente.
Como se trata de lo superfluo, se recurre a mecanismos de propaganda, de marketing y de persuasión para inducir a las personas a consumir y a hacerlas creer que lo superfluo es necesario y que es una fuente secreta de felicidad.
Lo fundamental para este tipo de marketing es crear hábitos en los consumidores hasta que se cree en ellos una cultura consumista y una necesidad imperiosa de consumir. Se suscitan más y más necesidades artificiales y en función de ellas se monta el engranaje de la producción y de la distribución. Las necesidades son ilimitadas, por estar ancladas en el deseo que, por naturaleza, es ilimitado. Por esta razón, la producción tiende a ser también ilimitada. Surge entonces una sociedad, ya denunciada por Marx, marcada por fetiches, abarrotada de bienes superfluos, punteada de centros comerciales, verdaderos santuarios del consumo, con altares llenos de ídolos milagreros, pero ídolos al fin y al cabo; una sociedad insatisfecha y vacía porque nada la sacia. Por eso, el consumo es creciente y nervioso, sin que sepamos hasta cuándo la Tierra finita aguantará esta explotación infinita de sus recursos.
No causa sorpresa el hecho de que el presidente Bush convoque a la población a consumir más y más y así salvar la economía en crisis, lógico, a costa de la sostenibilidad del planeta y de sus ecosistemas. Contra eso, cabe recordar las palabras de Robert Kennedy el 18 de marzo de 1968: «No encontraremos un ideal para la nación ni una satisfacción personal en la mera acumulación ni en el mero consumo de bienes materiales. El PIB no contempla la belleza de nuestra poesía, ni la solidez de los valores familiares, no mide nuestro ingenio, ni nuestro valor, ni nuestra compasión, ni nuestro amor a la patria. Mide todo menos aquello que hace la vida verdaderamente digna de ser vivida». Tres meses después fue asesinado.
Para hacer frente al consumismo urge que seamos de modo consciente anticultura, en ejercicio. Hay que incorporar a la vida cotidiana las cuatro «erres» principales: reducir los objetos de consumo, reutilizar los que ya hemos usado, reciclar los productos dándoles otra finalidad, y finalmente, rechazar lo que el marketing, descarada o sutilmente, nos empuja a consumir.
Sin este espíritu de rebeldía consecuente contra todo tipo de manipulación del deseo y con la voluntad de seguir otros caminos dictados por la moderación, por la justa medida y por el consumo responsable y solidario, corremos el peligro de caer en las insidias del consumismo, aumentando el número de hambrientos y empobreciendo el planeta ya actualmente más y más devastado.