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¿Existe un modelo de “familia cristiana”?
José M. Castillo
Moceop
Dijo Jesús: “¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? Os digo que paz no, sino espada. Porque, de ahora en adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; se dividirá padre contra hijo e hijo contra padre, madre contra hija e hija contra madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra” (Lc 12, 51-53), “así que los enemigos del hombre serán los de su casa” (Mt 10, 36). Jesús dijo además: “No llaméis padre a nadie en la tierra, pues uno solo es vuestro Padre, el del cielo” (Mt 23, 9). Y algo más sorprendente: “Un discípulo le dijo: Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre. Jesús le contestó: Sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos” (Mt 8, 21-22). Más aún: “Otro le dijo: Te seguiré, Señor, pero primero déjame despedirme de mi familia. Jesús le replicó: Uno que echa mano al arado y mira atrás no es apto para el Reino de Dios” (Lc 9, 61-62).
Y todavía, un relato desconcertante: “Llegó su madre con sus hermanos y, quedándose fuera, lo mandaron llamar. Una multitud de gente estaba sentada en torno a él. Le dijeron: Oye, tu madre y tus hermanos te buscan ahí fuera. Él les contestó: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y, paseando la mirada por los que estaban sentados en corro en torno a él, añadió: Mirad a mi madre y a mis hermanos. Pues el que cumpla la voluntad de mi Padre del cielo, ése es hermano mío y hermana y madre” (Mc 3, 31-35). A todo esto hay que añadir que las relaciones de Jesús con su familia no fueron buenas: “Entró en casa, y se reunió tal multitud que no podían ni comer. Sus familiares, que se enteraron, se pusieron en camino para echarle mano, pues decían que había perdido el juicio” (Mc 3, 20-21). Después fue un día a su pueblo, Nazaret, “se puso a enseñar en la sinagoga” y el resultado fue que “todos se escandalizaban de él”. Y Jesús dijo: “Sólo en su tierra, entre sus parientes y en su casa desprecian a un profeta” (Mc 6, 4). Y es que, según el evangelio de Juan, “ni sus parientes creían en él” (Jn 7, 5).
Está claro que, para Jesús, ni la familia es intocable, ni la familia es lo primero, ni las relaciones de parentesco son lo principal. Para Jesús, lo determinante no son las relaciones de familia, que son obligatorias legal y socialmente a cambio de ofrecer una forma de “seguridad social” (J. P. Meier). Para Jesús, lo fundamental son las relaciones de fe, que son libres y se basan en el amor mutuo, la “relación pura”, que resume la religión entera (Mt 7, 12; Lc 10, 27-28). En el fondo, esto es lo que quiere decir Jesús cuando dice que el marido no puede repudiar a su mujer “por cualquier causa” (Mt 19, 3-6).
Hasta el año 845, los cristianos se casaron como se casaban todos los ciudadanos en los tiempos del Imperio Romano. Incluso después de tantos siglos, el matrimonio se justifica por razones de derecho civil, no por argumentos teológicos. Así consta en los “Decretos Pseudoisidorianos” (F. G. Le Brass). En el reinado de Pipino el Breve, y por influencia de san Bonifacio, se originó dentro del Imperio Franco una evolución hacia la consecución de un control eclesiástico sobre los matrimonios.
En los siglos XI y XII, la Iglesia tuvo total jurisdicción sobre el matrimonio y sus efectos civiles. Pero hay que esperar hasta ese tiempo para que la Iglesia tomara conciencia de la dimensión sacramental del matrimonio. La primera vez que se atribuye al matrimonio un carácter religioso (“religiositatis species”) es en 1139, en el II Concilio de Letrán (Denz. 718). A finales del siglo XII, en 1184, es cuando se vio el matrimonio como sacramento, en el Concilio de Verona (Denz. 761). Es verdad que, mucho antes, san Agustín habla del matrimonio como sacramento (“De bono coniug.” 7). Pero Agustín no entiende el “sacramento” en sentido propio. Ni dice que sea fuente de gracia (P. Adnés). La liturgia del matrimonio fue obligatoria para el bajo clero. Los laicos podían aceptarla o prescindir de ella. Es a partir del Concilio de Trento (siglo XVI) cuando la teología del sacramento del matrimonio fue aceptada por toda la Iglesia (Denz. 1801-18012).
Si durante tantos siglos no estuvo clara en la Iglesia la teología del matrimonio ni el modelo de familia, es porque en la Biblia no hay un modelo uniforme. Y menos aún se puede hablar de un modelo basado en una presunta “ley natural”. Por ejemplo, la poligamia estuvo permitida en Israel, desde los Patriarcas hasta el tiempo de Jesús y hasta mucho más tarde (J. Jeremias). San Pablo habla del matrimonio (Ef 5, 21-32) afirmando que lo propio del marido es el “amor”, en tanto que a la mujer le corresponde la “sumisión”.
Ahora bien, si Jesús fue tan crítico e incluso tan duro con la institución familiar y las relaciones de parentesco; y si además la Iglesia, durante tantos siglos, no se interesó apenas por el sacramento del matrimonio, hay que preguntarse por qué ahora los obispos dicen que lo más grave que está ocurriendo es que el Gobierno está poniendo en peligro la “familia cristiana”. ¿No será que lo de la “familia cristiana” es una pantalla que oculta otros intereses? Me temo que sí. Un modelo de familia presupone un modelo de sociedad y un modelo de política. Una política conservadora necesita un modelo de familia tradicional. Y la familia tradicional es el medio más eficaz para mantener la sociedad tradicional.
Jesús no tuvo familia. Dejó la familia en que vivía, no se casó ni formó un hogar. Todo lo que ata: ataduras familiares, políticas, religiosas…, no brota del Evangelio, sino de otros intereses. Entonces, ¿de dónde viene lo de la “familia cristiana”? ¿de Jesús? ¿de los obispos? La familia es necesaria. Pero que nunca sea un modelo de familia que somete, que ata y que impone un modelo de política y de sociedad.
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Una construcción del patriarcado
Juan José Tamayo, teólogo
Moceop
La familia se ha convertido en elemento de confrontación política, de trinchera ideológica y de deslegitimación del Gobierno
Los obispos no defienden la familia del Evangelio, sino la que legitima el funcionamiento de la Iglesia católica
La doctrina sobre la familia que defienden los obispos españoles no es la descripción de la realidad familiar como hoy funciona, y menos aún la idea que de ella se expresa en el Evangelio, sino la construcción ideológica que viene a reforzar el patriarcado en la sociedad y a legitimar la organización jerárquico-patriarcal de la Iglesia católica. Lo reconocía Benedicto XVI: “Solo la fe en Cristo, solo la participación en la fe de la Iglesia salva a la familia” y “la Iglesia solo puede vivir si se salva la familia” (2 de marzo de 2006).
Ambas afirmaciones, sin embargo, me parecen incorrectas. La mejor contraprueba de la primera es el fracaso de muchas parejas casadas por la Iglesia, muchas de las cuales ven anulado su matrimonio por los tribunales eclesiásticos. Si solo la fe en Cristo salva a la familia, ¿por qué hay tantas familias cristianas que se rompen? El argumento más contundente contra la segunda afirmación es que la Iglesia no se sustenta en la familia, sino en la comunidad cristiana. El mismo Jesús relativiza la familia dentro del movimiento que pone en marcha, como se ve cuando considera madre y hermanos a quienes escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica y pone en cuestión la vinculación intrínseca entre el ser mujer y la maternidad.
LOS
OBISPOStienen una concepción homófoba y excluyente del matrimonio: solo reconocen la modalidad heterosexual, que consideran, además, indisoluble. Bajo la guía de Benedicto XVI defienden que la “unión entre un hombre y una mujer, basada en el matrimonio” pertenece a la estructura natural de la familia, califican de “pseudomatrimonio” la unión entre personas del mismo sexo y afirman –no demuestran– que su visión familiar y matrimonial no son normas de la moral católica, sino “verdades elementales que conciernen a nuestra humanidad común”. En Valencia, el Papa llegó a calificar el matrimonio heterosexual indisoluble de “patrimonio de la humanidad”. El matrimonio y la familia son insustituibles y no admiten alternativas.
Para ello dicen apoyarse en el Génesis, que describe la creación del hombre y de la mujer. Pero el texto no se refiere al matrimonio ni a la familia, se sitúa en un contexto distinto del nuestro y pertenece a un género literario que no es el histórico, sino el simbólico. Hacer una lectura literal del texto y aplicarlo miméticamente al día de hoy me parece un ejercicio de fundamentalismo.
A esto cabe añadir que los obispos ofrecen una imagen catastrofista de la familia: el aumento de los divorcios y la facilidad para acceder a ellos (divorcio exprés), la plaga del aborto y el frecuente recurso a la esterilización, la mentalidad anticonceptiva y el rechazo de las normas morales en el ejercicio de la sexualidad dentro del matrimonio.
Todo son nubarrones. ¿No aciertan a descubrir claros en el cielo de la familia? Pues existen, se lo aseguro, y muchos. Lástima que las renuncias que se ven obligados a hacer les impidan a disfrutar de ellos. Habría que recordar a los obispos, con la antropología cultural y religiosa en la mano, que el matrimonio y la familia no son realidades fijas e inmutables, sino que han evolucionado a lo largo de la historia y siguen evolucionando hoy, como evoluciona todo lo humano. Sin embargo, ellos y los grupos que los apoyan tienden a ver perversión en la evolución.
La jerarquía eclesiástica y los movimientos católicos conservadores han convertido el tema de la familia en bandera de la identidad católica en España, en un momento de profunda crisis del catolicismo, de descrédito de esta Iglesia en la sociedad (es la institución peor valorada por los ciudadanos españoles: solo el 3% de los jóvenes dicen que es importante en su proyecto de vida), y de desafección de los propios católicos, que no siguen las orientaciones de los obispos en materia sexual ni comparten, en la práctica, su idea del matrimonio. La familia se ha convertido en elemento de confrontación política, de trinchera ideo- lógica frente a lo que la jerarquía llama “laicismo radical”, y de deslegitimación del Parlamento y del Gobierno. Ese fue el sentido que quisieron dar los obispos españoles a la visita del Papa a Valencia para clausurar el Quinto Encuentro Mundial de la Familia.
EN EL
Mismo paradigma de confrontación se desarrolló el acto Por la familia cristiana el 30 de diciembre en Madrid, que contó con la presencia de la mayoría de obispos españoles y con el apoyo de Benedicto XVI. La manifestación no tenía una intencionalidad evangélica, sino claramente política, como pusieron de manifiesto los mensajes de los obispos que acusaron a la legislación española sobre la familia de inicua e injusta, de estar destruyendo los cimientos de la familia, de no respetar la Constitución, de ir camino de la disolución de la democracia. Llegaron a calificar al laicismo radical de “fraude que solo lleva al aborto y al divorcio exprés” y a afirmar que el actual ordenamiento jurídico español “ha dado marcha atrás respecto a la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU”.
Yo creo que los mensajes episcopales transmitidos en la concentración de la plaza de Colón constituyen una clara deslegitimación del Estado de derecho. Lo que no me sorprende, porque, en los últimos años, es práctica habitual ocupar los espacios públicos para ir en contra de las instituciones públicas. A mi juicio, las leyes sobre la familia y el matrimonio aprobadas por el Parlamento no solo no atentan contra los derechos humanos, sino que, más bien, los amplían y reconocen a todos los ciudadanos y ciudadanas, sin discriminación por razones de sexo, etnia, religión, clase social, procedencia geográfica, discapacidad, etcétera.
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