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Vida más allá de la vida. Leonardo Boff
Koinonía
Si miramos a nuestro alrededor constatamos que la muerte es la gran señora de todo lo que es creado e histórico, pues todo está sometido a la segunda ley de la termodinámica, la entropía. La vida va gastando su capital energético hasta morir. La vida misma es un gran misterio, aunque se la entienda como la autoorganización de la materia lejos de su equilibrio, es decir, en situación de caos. De dentro del caos irrumpe un orden superior que se autorregula y se reproduce: es la vida. Pero esto no explica la vida, solamente describe el proceso de su aparición. La vida sigue siendo misteriosa, como los mismos biólogos y cosmólogos afirman continuamente.
Donde hay vida, siempre se da una interacción con la materia, para ganar energía, y se produce una reproducción como forma de autoconservación. No obstante, hay un límite insuperable, la muerte, a pesar de que las formas inferiores de vida puedan mantenerse vivas durante miles y miles de años. Así, por ejemplo, en la piel de un elefante mamut congelado en Siberia hace casi diez mil años, se han encontrado bacterias capaces de ser revivificadas. En campos de sal mineral se han encontrado bacterias fijadas vitalmente hace millones de años, que por lo tanto no murieron y que pueden ser reconducidas a las condiciones normales de vida. Hoy en día es posible someter bacterias a bajísimas temperaturas para, posteriormente, pasados muchos años, reacondicionarlas para la vida. Pero incluso para ellas llegará el momento de la muerte.
Para el ser humano, la muerte constituye siempre un drama y una angustia. Todo en su ser clama por una vida sin fin, pero no por eso puede detener los mecanismos de la muerte que se aproxima inevitablemente. San Pablo gritaba: «¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?». Y respondía: «Gracias a Dios por Jesucristo nuestro Señor».
Es sorprendente, pero en esta frase se encuentra la esencia pura del cristianismo. Éste testimonia el hecho mayor de que alguien nos libró de la muerte. En alguien la vida se mostró más fuerte que la muerte e inauguró una sintropía superior. Es el significado principal de la resurrección, como un tipo de vida no amenazada ya por la enfermedad ni por la muerte. Por eso la resurrección no puede ser entendida como reanimación de un cadáver a ejemplo de Lázaro, sino como una revolución dentro de la evolución, como un saltar a un tipo de orden vital no sometido ya a la entropía.
Con esto se afirma que la vida mortal se transfigura. En el proceso evolutivo la vida alcanzó tal densidad de realización que la muerte ya no consigue penetrar en ella y hacer su obra devastadora. La angustia milenaria desaparece, se sosiega el corazón, cansado de tanto preguntar por el sentido de la vida mortal. En fin, el futuro se anticipa, queda abierto a un desenlace feliz, y apunta hacia una vida más allá de este tipo de vida.
Lógicamente éste es el discurso cristiano que supone la ruptura de la fe. Los seguidores de Jesús atestiguaron el sepulcro vacío y la manifestación del «novísimo Adán». Tal suceso generó una ilimitada jovialidad y una inagotable fuente de esperanza hasta hoy día. Si Jesús resucitó, nosotros los humanos, sus hermanos y hermanas, hemos sido alcanzados por esta resonancia morfogenética de otro orden y presenciamos anticipadamente un poco del fin bueno de la creación y de la vida.
Aunque suponga la fe, la creencia en la resurrección constituye un ofrecimiento de sentido para todos los que apuestan por algo que puede ir más allá de esta vida. Por esta razón, la alternativa no es vida o muerte, sino vida o resurrección.
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¿Armagedón humano?
Leonardo Boff
Koinonía
Los sombríos escenarios actuales sobre el futuro del sistema-vida y específicamente de la especie humana permiten que biólogos, bioantropólogos y astrofísicos adviertan de la posible desaparición de la especie homo sapiens/demens todavía en este siglo. Aducen argumentos que merecen ser considerados. El más sólido parece ser el de la superpoblación articulada con la dificultad de adaptación a los cambios climáticos. En la escala biológica se verifica un crecimiento exponencial. La humanidad necesitó un millón de años para alcanzar en 1850 mil millones de personas. Los espacios de tiempo entre los índices de un crecimiento a otro disminuyen cada vez más. De 75 años —desde 1850 a 1925— pasaron a 5 años de diferencia. Se prevé que hacia 2050 habrá diez mil millones de personas. ¿Es un triunfo o es un daño?
Lynn Margulis y Dorion Sagan, notables microbiólogos, en su conocido libro Microcosmos (1990) afirman, con datos de los registros fósiles y de la propia biología evolutiva, que una de las señales de colapso próximo de una especie es su rápida superpoblación. Esto puede comprobarse mediante microorganismos colocados en una cápsula Petri (placa redonda con colonias de bacterias y nutrientes). Poco antes de alcanzar los bordes de la cápsula y agotarse los nutrientes, se multiplican de forma exponencial. Y de repente mueren. Para la humanidad, comentan ellos, la Tierra puede mostrarse idéntica a una cápsula Petri. En efecto, ocupamos casi toda la superficie terrestre, dejando apenas un 17% libre: desiertos, selva amazónica y regiones polares. Estamos llegando a los bordes físicos de la Tierra. Hay explosión demográfica y decrecimiento de los medios de vida en un planeta limitado. ¿Señal precursora de nuestra próxima extinción?
El premio Nóbel de medicina, Christian de Duve, sostiene que estamos asistiendo a la aparición de síntomas que precedieron en el pasado a las grandes mortandades. Normalmente desaparecen al año 300 especies vivas porque llegaron a su clímax evolutivo. Con la presión industrial mundial sobre la biosfera están desapareciendo cerca de 3.500. Un desastre biológico. ¿Será que ahora nos llega la vez?
Carl Sagan, ya fallecido, veía en el intento humano de alcanzar la Luna y enviar naves espaciales como el Voyager 1 fuera del sistema solar, la manifestación del inconsciente colectivo que presiente el peligro de extinción próxima. La voluntad de vivir nos lleva a descubrir formas de supervivencia más allá de la Tierra. El astrofísico Stephen Hawking habla de la posible colonización extrasolar con naves, especie de carabelas espaciales, impulsadas por rayos láser con una velocidad de treinta mil kilómetros por segundo. Pero para llegar a otros sistemas planetarios tendríamos que recorrer miles de miles de millones de kilómetros, necesitando por lo menos un siglo de tiempo. Ocurre que somos prisioneros de la luz, cuya velocidad de trescientos mil kilómetros por segundo es hasta hoy insuperable. Incluso así, para llegar a la estrella más próxima —la Alfa Centauro— necesitaríamos cuarenta y tres años, sin que sepamos todavía cómo frenar la nave a esta altísima velocidad…
Tales reflexiones nos permiten hablar de un posible Armagedón humano. Esto representa un desafío para las religiones que ven el fin de la especie como obra del Creador y no de la actividad humana. Para el Cristianismo la muerte colectiva, aunque sea inducida, no impide el triunfo final de la vida por la vía de la resurrección y de la transfiguración de toda la creación por Dios.
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