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¿Dónde están los mártires?
Enrique Miret Magdalena
El País
Uno se pregunta, ¿dónde están esos mártires que la Iglesia beatificó ayer? Si miramos a la historia nos perdemos en la oscuridad de los tiempos. Esos 498 mártires beatificados, cuando tanto se habla de memoria histórica, es preciso clarificarlos. Hay que hablar con sentido de la historia, no dejándose llevar por el sentimiento, sino por los hechos.
Curas, seglares y militares católicos murieron por defender la República
El seglar católico, es muchas veces el verdadero mártir de la vida
Los católicos ultraconservadores y la mayor parte de la jerarquía eclesiástica han manifestado una falsa alegría por la decisión de la Santa Sede de celebrar ayer un multitudinario acto para honrar el martirio de aquellos que fueron en gran parte muertos en España por las fuerzas republicanas, dejándose llevar unos y otros por razones políticas más que religiosas.
Hace años, hice un esfuerzo para alcanzar la realidad en mi libro de memorias, Luces y sombras de una larga vida, ya que había vivido aquello de lo que actualmente se habla sin gran fundamento. Insisto, yo aquello lo había vivido personalmente, y en parte padecido, de muy distinta manera a como se cuentan ahora los hechos sucedidos, siguiendo falsos recuerdos. Muchos de los que ahora hablan no vivieron personalmente aquellos momentos y no tienen en cuenta la verdadera realidad histórica. Ya que ésta ha sido falseada por motivos políticos o religiosos de quienes los esgrimen, pero no fueron testigos de ellos.
Más nos valdría callarnos sobre lo que no vivimos, guardar sobre ello un discreto silencio.
Acabo de referirme a todo esto en una entrevista para la radio, procurando ceñirme a lo que sé directamente, sin falsear lo ocurrido con hechos que desconozco o que ocurrieron de otro modo.
Lo primero que se debería recordar es un hecho decisivo: que el papa Pablo VI dio marcha atrás a estos procesos de beatificación de quienes murieron por una u otra causa en nuestra Guerra Civil.
Afirmo, pues, que los hechos han sido frecuentemente modificados por quienes no los vivieron ni los estudiaron objetivamente. En primer lugar, por quienes no vivieron aquellos tristes sucesos. En segundo término, por los que no conocen de cerca su historia. En tercero, por los que no saben lo que es ser mártir. Y, por último, por desconocimiento de lo que la teología enseña acerca de lo que es una beatificación y una canonización.
¿Sabemos de todo esto? Son preguntas que toda persona seria, creyente o no creyente, debe hacerse. Y después adoptar la postura que le parezca más razonable.
Es el trabajo que pediría a todos los que hablan de uno u otro modo de memoria histórica. Y, si no lo hacen, deberían callarse.
Repasaba todo lo que digo en este artículo para clarificar mi propia mente y no dejarme arrastrar por la precipitación o la ignorancia.
En primer lugar, unos y otros condenaron a muerte por sus ideas al otro bando durante la Guerra Civil española. Y a veces por cosas que no tenían que ver con las ideas. Yo tuve en Aragón un tío mío, hombre de derechas, que fue asesinado por los franquistas por motivos interesados, que nada tenían que ver ni con la religión ni con la política.
Por otro lado, me interesé en mis memorias por recordar a unos sacerdotes católicos que por cumplir con su deber de lealtad a las instituciones y el Gobierno legalmente elegidos por los españoles de entonces fueron vilmente asesinados, resultaron víctimas del modo más injusto.
Esto les pasó también a muchos seglares católicos que quisieron una República democrática, y por ella estuvieron en el lado republicano, respetando siempre a quienes pensaban de otro modo, como pasó, por ejemplo, en Cataluña. Fueron fusilados de mala manera por las fuerzas franquistas, que no tenían el menor respeto alguno a sus ideas democráticas.
E incluso hubo militares republicanos de alta graduación, como los generales Miaja y Rojo, que eran convencidos católicos, así como los generales Batet y Aranguren. Por no hablar de alguien que es tenido popularmente por santo: el coronel Antonio Escobar, que luchó convencidamente por defender a la República en Barcelona en nuestra Guerra Civil y que era un ferviente católico.
Ésa y no otra es la verdadera memoria histórica.
Pero ahora el Vaticano sólo se fija en la masa de los frailes y monjas asesinados por los republicanos, y ello sin tener en cuenta su vida personal, recogiendo los nombres de 498 religiosos muertos injustamente y declarados mártires sin conocimiento detallado de sus vidas. Olvidando de paso a los muchos seglares que murieron en circunstancias semejantes por su fe y que son ejemplo para los católicos. Porque, recordemos, la condición clerical no es lo verdaderamente importante como ejemplo de vida cristiana.
Y es que, una vez más, la jerarquía eclesiástica se olvida de su manifestación de fe vital en la vida corriente y se fija en cambio en una piedad empalagosa que más bien aparta de la verdadera fe, porque no atrae hacia un Evangelio sencillo de la vida.
Es un error tanta beatificación clamorosa como la de esos 498 beatos que poco o nada dicen al cristiano que sigue la vida corriente con responsabilidad y sin alharacas. Esos flamantes beatos no aportan nada de particular para lo importante: llevar una vida responsable todos los días de la semana, que es lo que pide el Evangelio.
Conclusión: dejémonos de masivas celebraciones como la de ayer y pongamos de relieve la figura del seglar católico, que muchas veces es el verdadero mártir de la vida.
E. Miret Magdalena es teólogo seglar y autor de Creer o no creer (Aguilar).
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Cómo se hace un santo
José M. Castillo
Moceop
En vísperas de la beatificación de 498 mártires de la guerra civil española, mucha gente habla de santos y canonizaciones. Algunos dicen que hacer un santo cuesta un dineral, otros aseguran que eso de los santos no está claro y otras lindezas por el estilo. Vendrá bien aclarar algunas cosas.
En los primeros siglos de la Iglesia, la decisión de venerar a un difunto con culto público no dependía de ningún poder eclesiástico. Los cristianos veneraban espontáneamente a sus mártires. Y lo mismo se hizo más tarde con las buenas personas que en una región determinada la gente las tenía por santas. Es decir, a las santas y santos los proclamaba el pueblo, no el papa.
Hay que esperar hasta el año 993 para que el papa Juan XV declarara santo a san Ulrico. Pero incluso después, los cristianos de a pie seguían designando como santos a quienes popularmente se tenían como personas ejemplares. A partir de 1171, el papa Alejandro III prohibió a los obispos la designación de santos “sin la autoridad de la Iglesia Romana”. O sea, hasta el s. XII Roma no se reservó el privilegio de canonizar a los cristianos. ¿Por qué el papado tomó esa decisión?
Esta historia es compleja. Pero en ella hay cosas que están claras. Un santo es un difunto. Pero sabemos que no todos los difuntos tienen la misma consideración. No es igual si el difunto era rico o pobre, si en vida fue famoso o desconocido, si era de derechas o de izquierdas, si se murió (sin más) o fue asesinado. Si el asesino era de derechas, es probable que en la Iglesia se vea al muerto como un “revolucionario”; pero si el asesino era de izquierdas, entonces tenemos un “mártir”. Y si el asesino es un terrorista, el muerto es una “víctima”, que puede ser interesante para el PP o para el PSOE según los casos. Este desvergonzado uso de los muertos no es cosa de ahora. Por supuesto, la necesidad de recurrir a Roma para canonizar a un difunto fue presentada como algo necesario para asegurar la pureza de la fe y el esplendor del santo en cuestión.
Pero en todo esto influyeron otros motivos. Un santo “bien aprovechado” puede ser una mina: las peregrinaciones, las reliquias, los milagros, las indulgencias han sido siempre, y siguen siendo, una fuente importante de ingresos. Por eso ha pasado lo que ha pasado. Por ejemplo, el decreto de Alejandro III estuvo motivado por la pretensión de dar culto público a un individuo que había sido un vicioso (“Decretalium” III, 45, I. Friedberg, II, 650). Eugenio III canonizó en 1146 al emperador Enrique II de Baviera en un momento en que a Roma le interesaba proponer un modelo de emperador piadoso y sumiso a la Santa Sede. Por el contrario, Alejandro III canonizó en 1173 a Tomás Becket, lo que fue tanto como elevar a los altares a un obispo rebelde a la autoridad real, cosa que convenía a Roma. Más significativo es el caso de san Gregorio VII. Este santo murió en 1085, pero no fue canonizado hasta 1728 por Benedicto XIII, cuando el papado quería hacer comprender a los galicanos cuál era su opinión sobre los derechos de la Santa Sede, el rasgo que más distinguió al papa Gregorio VII.
Pero, si fuertes han sido los intereses políticos en las canonizaciones, más lo han sido los intereses económicos. En 1966, dos sociólogos norteamericanos, K. y Ch. George, publicaron en Nueva York un minucioso estudio según el cual, de 1938 casos examinados de santos canonizados hasta entonces, el 78 % pertenecieron a la clase alta, el 17 % a la clase media y sólo el 5 % a la clase baja (“Roman Catholic Sainthood and Social Status”, en “Bendix and Lipset: Class Status and Power, Social Stratification in Comparative Perspective”, New York 1966, 394-402). Quizá en este dato sorprendente pudo influir, en otros tiempos, la tendencia de los grupos marginales a dar más importancia a los hechos de los más distinguidos socialmente. Pero la verdadera causa de un desequilibrio tan escandaloso está en que hacer un santo cuesta mucho dinero. Y se sabe que los costos de las beatificaciones y canonizaciones se han disparado en las últimas décadas.
En el pontificado de Pablo VI, la Provincial de unas monjas me dijo en Roma que estaba escandalizada de lo que les había costado la canonización de su santa fundadora: la Superiora General tuvo que vender “varias fincas” para pagar el largo proceso, las ceremonias en Roma, los festejos, las peregrinaciones y un boato de solemnidades que hubieran indignado a la santa canonizada.
Hay una Orden Religiosa, los monjes cartujos, que no suelen mover ni un dedo para conseguir que un difunto de esa Orden llegue al honor de los altares. Y ellos suelen decir, para explicar esta conducta, que “para tener un santo cartujo, un cartujo tendría que dejar de ser santo”. Porque, según parece, las complicadas y costosas gestiones que requiere una canonización no son el mejor camino para conseguir aquello que se pretende ensalzar. En cualquier caso, parece razonable decir que Roma debería replantear sus criterios y procedimientos en todo este asunto de las beatificaciones y canonizaciones. Para que en ellas esté más presente el Evangelio y lo que en el Evangelio está presente: los que sufren, los excluidos, los pobres, los perseguidos.
Sueño con ver un día la plaza de San Pedro abarrotada de este tipo de gentes celebrando la canonización de uno de ellos. Sería la fiesta de los “nadies”. Como tenemos el día de los “santos” o el de los “difuntos”. ¿Veremos algún día una Iglesia en la que de verdad los “últimos” sean los “primeros”?
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