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DESPUÉS DE LA SENTENCIA: LA ESPAÑA FRACTURADA
José M. Castillo
La cosa está clara. Mucha gente, quizá con más ingenuidad que lucidez, se imaginaba que, después de la sentencia del juicio por el atentado del 11 M, las cosas iban a quedar claras y los que, durante cerca de cuatro años han repetido mentiras e injurias, terminarían por reconocer su equivocación y las aguas del agitado mar de la sociedad española volverían a estar tranquilas. Pero no ha sido así. Todo lo contrario. Porque, a la vista de lo que dicen los políticos de uno y otro bando, se tiene la impresión de que la tensión es ahora más fuerte que antes de conocerse la sentencia. Y me temo que será más fuerte aún después de las elecciones generales, sea quien sea el vencedor en las urnas. Decididamente, España se ha fracturado de nuevo. Creíamos que nuestra sociedad había superado sus antiguas rencillas y enfrentamientos. Pero no ha sido así. Es evidente que las cosas no han llegado a los excesos brutales de los tiempos de la II República, de la guerra civil y del franquismo. Pero ya tenemos datos suficientes para pensar que la semilla de la división ha vuelto a prender en nuestro suelo y crece cada día con más fuerza.
No es posible, en el reducido espacio de este artículo, recordar la historia y los motivos que provocaron el fenómeno de “las dos españas”. Pero quiero hacer mención de un dato fundamental que ha sido determinante en la secular fractura de nuestro país. En España tenemos la marcada tendencia a mezclar religión y política, haciendo de los asuntos políticos una cuestión religiosa y viceversa. Ahora bien, cuando eso ocurre, estamos ante una situación preocupante,muy preocupante. Porque tanto la religión como la política nos remiten a problemas que pueden (y suelen) alcanzar una “totalidad de sentido”, de forma que en ellos se ven implicados el bien y el mal absolutos. Con lo que la posición que cada uno adopta llega a ser vivida como lo definitivo, lo total y lo indiscutible. Cuando eso ocurre, se enciende una luz de alarma. Porque es algo peligroso.
De ahí, la necesidad apremiante de que los políticos sepan respetar a la religión. Y la necesidad también de que la religión sepa estarse en su sitio sin invadir terrenos que no son de su competencia. No le faltaba razón a Maquiavelo cuando, en sus “Discursos sobre la primera década de Tito Livio”, dijo: “Los que estén a la cabeza de una república o un reino deben mantener las bases de su religión y, hecho esto, les será fácil mantener al país religioso, y por tanto bueno y unido” (II, 12, Alianza Edit., 2003, p. 72). Sinceramente creo que nuestros políticos no están cumpliendo esta sabia norma en la España actual. Los del PP porque se están aprovechando de los intereses de la Iglesia para sacar partido de lo que la religión les puede aportar. Y los del PSOE porque han sido cobardes ante la Iglesia y no han sabido poner a los obispos en su sitio. Porque también al PSOE le interesan los votos de los católicos.
Y es que, si desacertada está siendo la gestión de los políticos, más lo está siendo la de los obispos. Porque se han echado en manos del PP y no ven más enemigo en este país que el presidente Zapatero y cuanto el PSOE representa. Basta oír lo que se dice en la emisora de la Conferencia Episcopal. También en esto tenía razón Maquiavelo cuando, en la obra citada, decía que “los italianos tenemos con la Iglesia y con los curas esta primera deuda: habernos vuelto irreligiosos y malvados; pero tenemos todavía una mayor, que es la segunda causa de nuestra ruina: que la Iglesia ha tenido siempre dividido a nuestro país” (II, 12, Alianza Edi., 2003, p. 73). Pienso que no es ninguna exageración decir que, si esto era verdad en la Italia del s. XVI, lo está siendo más todavía en la España del s. XX y en lo que llevamos del XXI. Porque son muchos los españoles que cada día se intoxican ideológicamente con las cosas que oyen en la emisora de los obispos o en los sermones de tantos clérigos. Después de oír semejantes cosas, son muchos los españoles que se vuelven “irreligiosos y malvados”, como decía Maquiavelo. Pero, peor aún, es la fractura, el resentimiento y hasta el odio que se lleva la gente en el alma después de oír algunos programas de radio o determinadas predicaciones eclesiásticas. Que también los de la izquierda dicen cosas que llevan al odio y al resentimiento, ¡ por supuesto!. Y por eso son también reprobables. Quien genera fracturas y divisiones insalvables es un mal ciudadano y posiblemente también una mala persona. Pero si eso se hace en con el permiso y el dinero de los representantes de la religión, entonces se cumple al pie de la letra lo que anunció Maquiavelo: todos nos hacemos, de alguna manera, irreligiosos y perversos. Y, sobre todo, nos dividimos hasta crear fosos insalvables para la convivencia pacífica. Se pueden tener ideas políticas o religiosas distintas y hasta contrapuestas. Por motivos políticos, cada cual puede defender lo que crea más conveniente. Lo que no se puede hacer, al menos en nombre de Jesucristo, es crear divisiones y enfrentamientos, que sabemos en lo que terminan: en odios, en venganzas y en muerte. ¿No hemos tenido ya bastante en este país para volver a tropezar en la misma piedra? Y, por favor, que luego no nos vengan pretendiendo corregir los despropósitos y los oscuros intereses con rezos por aquellos a los que se ataca. Y menos aún, elevando a los altares a quienes fueron víctimas de una fractura y un enfrentamiento en el que, de una y otra parte, murieron brutalmente asesinadas demasiadas buenas personas. Ya está bien.
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TRIBUNA
La espada y la cruz
PEP VÍLCHEZ La reciente beatificación de 498 mártires en una multitudinaria ceremonia oficiada por el papa Benedicto XVI en la plaza de San Pedro de la capital vaticana ha abierto de nuevo el agrio debate sobre el papel de la Iglesia Católica en la gestación, el transcurso y las consecuencias de la Guerra Civil española. La jerarquía eclesiástica española, que ha negado cualquier intención de contrarrestar con este acto la reciente aprobación de la Ley de Memoria Histórica, ha impulsado enérgicamente la beatificación colectiva más numerosa de religiosos asesinados durante la Guerra Civil.
Por su parte, los que hasta la fecha se han opuesto al reconocimiento de las innumerables víctimas republicanas y de todos aquellos que sufrieron persecución durante el largo período franquista esgrimiendo el supuesto argumento de que era innecesario evocar hechos luctuosos del pasado, o, han aplaudido el acontecimiento romano o, cínicamente, han callado y, por supuesto, a ninguno de ellos se le ha ocurrido tildar a la jerarquía católica de guerracivilista o de dedicarse a la práctica de desenterrar fantasmas del pasado. Típica doble moral y doble rasero que continúa siendo un rasgo característico de nuestra derecha reaccionaria.
El hecho real es que éste país, en el pasado, ha poseído fuertes rasgos anticlericales que han aparecido como contrapeso a una excesiva, abusiva y prolongada presencia de la Iglesia Católica en el ámbito del poder político actuando como elemento legitimador de situaciones profundamente injustas enraizadas en una estructura fundamentada sobre la base de inmensas desigualdades sociales.
En el transcurso de la historia de España la religión ha ocupado una posición central, tanto en época moderna como en la medieval. En época contemporánea, durante el siglo XIX, se sufrió una sangrienta confrontación -las llamadas Guerras Carlistas- que explicitaban una encarnizada lucha de una sociedad rural tradicional y profundamente católica contra la amenaza del liberalismo y la modernización.
En el pasado reciente la Iglesia española, baluarte de la fe, se opuso, invariablemente, al desarrollo democrático de la sociedad y busco su protagonismo de la mano de las clases dominantes que, amparándose en ella, cometieron múltiples fechorías origen contextual del anticlericalismo.
Los brotes de anticlericalismo no fueron exclusivos, pues, de la época republicana. Desde la llamada Semana Trágica, en 1909, hasta los hechos del 11 de mayo de 1931 la aparición de la protesta anticlerical con quema de iglesias y conventos canalizó una irritación de origen popular con evidentes contenidos espontáneos que manifestaban el rencor hacia la connivencia entre lo eclesiástico, la injusticia social y el reaccionarismo integrista.
Hay que decir que los preparativos de la Guerra Civil resultan incomprensibles si no tenemos en cuenta que los católicos sentían entonces amenazados sus privilegios por la legislación secularizadora de la Segunda República siendo preciso saber que la derecha reaccionaria ocultaba su propia resistencia a la reforma social bajo el manto religioso.
La inmensa mayoría de los 498 mártires recientemente beatificados fueron asesinados durante los primeros meses de la insurrección militar en un contexto de descontrol provocado por la caída del orden causado por la rebelión militar -verdadera responsable de aquella tragedia- y, en ningún caso, sus muertes fueron ni organizadas ni alentadas por el gobierno republicano. El ataque contra el clero tenía, pues, un claro trasfondo de resentimiento popular. Los asesinatos de eclesiásticos se extendieron en un medio en el cual el orden no podía ser garantizado por un gobierno acosado por una parte por las fuerzas cuyo cometido era precisamente el mantenimiento del mismo y por un proceso con tintes revolucionarios cuyo control se escapó de las manos gubernamentales hasta bien entrado 1937.
La Iglesia Católica apoyó la causa Nacional en la guerra y legitimó a los militares ayudando a institucionalizar la dictadura de la derecha. Las pocas excepciones en el ámbito eclesiástico las encontramos en parte de la jerarquía catalana, cuyo caso más emblemático es el del cardenal Vidal i Barraquer, y en el País Vasco, donde el franquismo no dudó en fusilar sacerdotes por su apoyo al gobierno de Euskadi.
A finales de septiembre de 1936, Enrique Pla y Deniel, obispo de Salamanca, publicó la Pastoral Las dos ciudades, sobre la Guerra Civil, calificándola por primera vez de Cruzada. El documento se convirtió en uno de los mayores soportes ideológicos del bando franquista defendiendo el Alzamiento Nacional y alentando a los que luchan por Dios y por España como partícipes de una Cruzada contra el comunismo para salvar la Religión, la Patria y la Familia, por lo que los combatientes insurgentes fueron calificados como los cruzados del siglo XX. Solo el obispo de Pamplona, Mateo Múgica, junto con el cardenal catalán, se negó a firmar la carta impulsada desde Salamanca publicando una pastoral que le costó su expulsión de la España de Franco.
En Mallorca, un sola voz, la del cura párroco de Sencelles, Bartomeu Oliver, clamó desde el púlpito exigiendo, como había hecho el obispo navarro, caridad, hermandad y perdón, por ello fue encausado y expedientado y en su entorno eclesiástico solo el silenció fue la pauta.
No en balde el obispo de la isla, Josep Miralles Sbert, encabezó junto con los golpistas la rebelión, participando en actos públicos junto a los cabecillas insurrectos guiados por el aventurero fascista italiano Arconovaldo Bonacorsi -falso conde Rossi- o dando su bendición a los aviones de combate enviados por Benito Mussolini y propiciando la celebración de la "victoria" en Porto Cristo con la realización de un multitudinario Te Deum en la Catedral de Palma.
Por ello, no es extraño que cuando los militares golpistas asesinaron al sacerdote de Llubí, Jeroni Alomar Poquet, cuyo único delito fue ayudar a los perseguidos, el ruido de la detonación realizada en el cementerio de Palma que acabó con su vida no inmutara al obispo mallorquín.
Los asesinatos producidos en territorio republicano, todos, no sólo los que afectaron al mundo católico, deben ser condenados sin paliativos, pero, a su vez, la jerarquía católica debería explicitar una sincera autocrítica por haber abandonado a los débiles, a los pobres, a los desamparados de la tierra génesis del anticlericalismo dominante y, a su vez, de haberse beneficiado durante años y años de la posición privilegiada que el franquismo le otorgó durante su larga vigencia.
En la actualidad no es difícil entender que la jerarquía eclesiástica debería haberse abstenido de formar parte de las legiones de un imperio tremendamente distante de lo que muchos creyentes consideran hoy como base ética del cristianismo que, por supuesto, resulta antagónica con la connivencia entre la espada y la cruz.
Pep Vílchez es licenciado en Historia.
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Hacer memoria de las causas de la guerra
y eliminarlas
Se trata de la guerra civil, la del 36, en la que todos los españoles nos vimos implicados. Nadie podía quedar al margen de una España partida en dos. Se han escrito muchas cosas sobre el tema que, en general, han servido para hacer luz y restañar heridas de aquel trágico momento de nuestra historia.
Miramos a un pasado que nos pertenece. Lo importante es descubrir las causas que nos llevaron a la extraña locura de matarnos los unos a los otros.
Hablo de causas porque ni lo que entonces ocurrió, ni lo que ahora está ocurriendo, se explica sin ellas. Fue así, pero hoy ya no debiera serlo. En el fondo, el drama era antiguo y volvía a repetirse: la exclusión de unos por otros, dando a unos como buenos y a otros como malos.
Nunca una convivencia plural y libre, convencidamente respetuosa y pacífica, explota en aniquilación del contrario. El veneno que mata es la intransigencia. Si se llega a afirmar que sólo mi verdad tiene derecho a existir, entonces el otro, con su verdad negada, está condenado a morir.
Así ayer. ¿Así también hoy?
Seguimos en la pelea de que España sólo hay una, de que los españoles auténticos son católicos, neoliberales y de derechas; no republicanos, ateos, agnósticos o de otras religiones, ni socialistas ni de izquierdas. Esa es la doble España, la España que sustenta la exclusión y la imposibilidad de una convivencia plural ideológica, religiosa y política.
La España en dos sigue, porque no hemos llegado a hacer nuestro lo positivo de la modernidad, lo que son derechos de la persona: derecho sagrado y primero a vivir, a vivir en democracia, con pluralismo, con igualdad y libertad, con fe o ateísmo, con libertad de culto y de conciencia,
El hombre es libre para pensar, para pensar disintiendo y las ideas jamás se imponen. Un pueblo sojuzgado, uniformado, sin derecho a pensar y disentir, no es adulto, no es libre, no es moderno. .
Entiendo así que muchos de los planteamientos con ocasión de la Ley de la Memoria histórica, van a ser irritantes y estériles, por más que se diga que no se trata de señalar culpables o inculpables, vencedores o vencidos. Desdeñando entrar en lo de culpables o inculpables, se trata ahora de otra cosa, de una conversión llevada a la raíz: de pedir perdón por haber sido excluyentes, por habernos considerado poseedores únicos de la nacionalidad, de la verdad, de la religión, de la salvación. Llevar en la frente la marca de heterodoxo, de antinacionalista, de hereje, de disidente era estar sentenciado a muerte. Este malo predeterminado y esta maldad predeterminada no tenían cabida en la sociedad. Y la sentencia la daba siempre una parte, lo que equivalía a que la otra se retractara o fuera aniquilada. Por ser, además, voluntad de Dios.
El examen es aquí fundamentalmente colectivo. Nos faltaba la premisa de reconocer al otro el derecho a vivir y a expresar libremente su verdad.
Faltaban las premisas y eran previsibles los efectos: ¡con nosotros o con ellos! Y si con nosotros, contra ellos. Y si con ellos contra nosotros. O nacional-católico o al infierno. U ortodoxo y obediente hasta las gachas o al infierno. La responsabilidad individual quedaba deglutida por la omnipotencia de la ideología sacralizada.
Es indudable que hubo un condicionamiento colectivo que nos predispuso y enajenó hasta llegar a donde llegamos. Luego, unos perdieron, otros ganaron; unos pudieron reafirmar sus ideas y dominar la escena pública y otros soportar humillados la clandestinidad: triunfantes o prohibidos. Y, así, todos metidos en la loca y excluyente espiral de la violencia.
Hay que pedir perdón por la brutal persecución que ejercimos unos y otros sobre la otra parte: odiamos y nos odiaron; despreciamos y nos despreciaron; excluimos y nos excluyeron; matamos y nos mataron.
Hay que pedir perdón, confesar haber estado equivocados y arrepentirse por el absolutismo de ambas partes. Perdonar y que nos perdonen. La educación y fe recibidas estaban mal enfocadas, asentadas en presupuestos de dogmática exclusión.
El presente y el futuro nos exigen un cambio radical de presupuestos: somos hermanos, no lobos; amigos, no enemigos; buscadores, no poseedores de la verdad; racionales, no pistoleros de la verdad; iguales, no inferiores; buenos españoles, aún sin ser católicos.
Lo pasado se puede remediar en lo que fue causa de tanto desvarío y ruina.
Cambiar las causas, es evitar las desgracias del pasado y preparar un nuevo clima y escenario para una convivencia justa, libre y pacífica.
La guerra muere, matando las causas que la provocaron.
Los “rojos” mataron a muchos creyendo que tenían razones para hacerlo, y se equivocaron. Los “nacionales” mataron a muchos creyendo que tenían razón para hacerlo, y se equivocaron. La jerarquía eclesiástica apoyó el golpe militar, dándole un carácter de cruzada, y se equivocó. Los vencedores ejercieron una depuración masiva y cruel, y se equivocaron. Nos equivocamos restaurando el mérito y honor de los caídos en un bando y olvidando y denigrando el mérito y honor de los caídos en el otro.
¿Beatificación de los mártires de la cruzada? ¿Reivindicación y homenajeamiento de los que, asesinados, fueron deliberadamente olvidados y menospreciados?
Reconocimiento, ahora ya, de todas las víctimas, en altares sagrados o profanos, con elevación a la gloria de Bernini u a otra gloria civil cualquiera, pero sin ninguna manipulación de las víctimas, desterrado para siempre el veneno mortal que nos lanzó los unos contra los otros.
Benjamín Forcano
Sacerdote y teólogo
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No iré a Roma
Quintín García González, sacerdote dominico, periodista y escritor.
El País
Otra vez, la jerarquía eclesiástica española con sus heridas y sus mártires como coto privado, como legado exclusivo, y no como invitación al recuerdo fraterno, católico por universal, de esta herencia terrible, común a todos los españoles de cualquier credo o ideología, de crímenes y dolores sin cuento que fue nuestra Guerra Civil y su vértigo posterior de vencedores y vencidos. Como son patrimonio común Auschwitz e Hiroshima, heridas abiertas en la conciencia de la humanidad entera.
Siento frío en el alma por la jubilosa llamada de la Conferencia Episcopal
La jerarquía española siempre vuelve con esta visión martirial en beneficio propio que nos hiela el corazón a muchos.
Y lo hace con una campaña masiva y agitada para mover las voluntades hacia la gloriosa ceremonia de beatificación en la Roma imperial y vaticana, el pasado domingo,28. Como si se tratara no del recuerdo dolorido de unas personas víctimas cruelmente sacrificadas, sino de exaltar el martirio al precio que sea; de una suerte de soberbia u orgullo espiritual competitivo que hay que exhibir a bombo y platillo en contra de alguien. Y hasta en algunos medios (escúchese la Cope; bueno, no; mejor, no) pareciera que esos mártires son un arma arrojadiza que usar en las contiendas políticas actuales de unos partidos contra otros.
Yo, católico y sacerdote dominico, estoy sintiendo un frío otoñal en el alma, antiguo ya y repetido, por esa jubilosa llamada con que comienza el mensaje oficial de la Conferencia Episcopal Española: “Os anunciamos con profunda alegría la beatificación de 498 hermanos, de los muchos miles que dieron su vida por amor a Jesucristo en España durante la persecución religiosa de los años treinta”. ¿Profunda alegría, celebraciones jubilosas y masivas peregrinaciones para festejar muertes injustas y feroces? Yo no siento alegría, sino una terrible tristeza ante el recuerdo de sus vidas rotas, del horror de aquella persecución religiosa en el marco de una guerra civil, criminal y fratricida, atroz. Guerra civil que llenó de víctimas los dos bandos enfrentados.
Nací y fui educado sentimental e ideológicamente en un bando. Pero hace tiempo que huí de la visión parcial, y de la sola sangre de unos, hacia la comprensión de aquella guerra desde el rostro sacrificado de las víctimas, de todas las víctimas. Y eso lo he aprendido no sólo en los análisis de historiadores sobre los distintos factores y responsabilidades que confluyeron en la contienda civil -entre otros, el alineamiento político expreso y partidista de la mayoría jerárquica católica de entonces, que no hizo de fuerza de mediación, un alineamiento por lo que habría que pedir perdón-, sino, antes y después de eso, en el camino propuesto por Jesús de Nazaret, que practicó con sus obras la enseñanza de la parábola del Buen Samaritano: todo hombre herido, víctima aherrojada, es mi prójimo.
Por eso me duele la soberbia exhibición mayestática y pontifical de alegría, esa remarcada memoria sólo de unos, de quienes fueron sacrificados por motivos religiosos ¿Y los que lo fueron por otros motivos en aquella encrucijada de intereses, de pasiones y venganzas que incendió España? ¿Acaso todos no son mis prójimos?
Sí lo son porque me identifico con el Buen Samaritano de la parábola y no con el sacerdote que da un rodeo para no mancharse legalmente con la sangre de la víctima. He aprendido en la herencia del Cristo a tener horizontes y sentimientos universales -católicos-, según el espíritu de las bienaventuranzas. No a sentirme miembro de una Iglesia autista e inmisericorde que sólo mira los intereses y heridas de sus socios de carnet. Para quienes aceptamos un Dios Padre, todo hombre es nuestro hermano por encima de razas, credos y fronteras.
No quiero olvidarme que esto lo he aprendido en la comunidad católica, donde hay visiones y sensibilidades muy distintas a la hora de valorar histórica y evangélicamente el complejísimo fenómeno de la Guerra Civil. Y desde luego, de sus víctimas. Pero, amigo, hay quien manda e impone voces únicas en los escaparates oficiales.
A pesar de todo, agradezco a la jerarquía española que me haga una llamada al recuerdo de los católicos asesinados. Su memoria, olvidada en la lejanía del tiempo, da calor a mi corazón de hombre y creyente en estos días fríos ya del otoño. Pero no iré a Roma, a esas concentraciones faraónicas, costosísimas, que honrarán sólo a algunos. Me acercaré, sí, a lugares de víctimas de uno y otro bando y les honraré con unos minutos de silencio desolado. Un domingo iré a Monsagro, a los pies de la Peña de Francia salmantina, donde nacieron dos dominicos sacrificados. Otro domingo visitaré la fosa anónima, oculta en un jardincillo pegado a la pared de la iglesia de Pelabravo -Salamanca- de donde hace unos días fueron desenterrados los restos de 14 personas sacrificadas por asesinos del bando franquista. Así querría hermanar, con un gesto íntimo, desnudo de cualquier ceremonia, bandera o credo, a todas las víctimas de la Guerra Civil. Antes de que nos devore de nuevo el invierno del olvido. O el frío de los odios fratricidas.
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Beatificación militante
Editorial de El País
El País
Lo que se debe reprochar a la Iglesia es la mezquina distinción entre sus víctimas y las que no lo son.
El próximo domingo, el Vaticano beatificará a 498 nuevos mártires en una solemne ceremonia que tendrá lugar en la plaza de San Pedro y que contará con la asistencia del papa Benedicto XVI. La beatificación colectiva más numerosa de religiosos asesinados durante la Guerra Civil ha sido enérgicamente impulsada por la jerarquía eclesiástica española, que ha negado, sin embargo, cualquier intención de contrarrestar con este acto la reciente aprobación de la Ley de Memoria Histórica. Si la Conferencia Episcopal no hubiera mostrado la beligerancia política de la que ha hecho gala durante los últimos años, esta declaración podría tener alguna verosimilitud.
Pero su persistente e indisimulado activismo político le restan cualquier valor. Como en la polémica acerca de la asignatura de Educación para la Ciudadanía o, incluso, en el reciente acoso a algunas instituciones y magistraturas del Estado, la Iglesia sigue reclamando en la vida pública española un espacio que no le corresponde.
Pero, además, sigue reclamándolo desde unas posiciones abiertamente partidistas, cuando no directamente sectarias, tanto en lo que se refiere a los asuntos de actualidad como en lo relativo a la reciente historia del país. A diferencia de lo que cabría esperar de una institución que dice estar al servicio de los mensajes evangélicos, la jerarquía eclesiástica española no pretende colocarse en una posición que contribuya a serenar los debates, sino que sólo se propone ayudar a que triunfen aquellas opciones que considera las suyas.
La beatificación del próximo domingo obedece a esa lógica: proclamar la condición de mártires para 498 víctimas de un bando de la Guerra Civil y no compadecerse siquiera de las víctimas del otro es una prueba de ceguera que sólo puede explicar el sobrevenido fanatismo de la Conferencia Episcopal. Sobre todo cuando, habiendo sido la Iglesia beligerante en la contienda, hasta el punto de conceder a una rebelión militar la consideración de cruzada y de haber honrado a su máximo dirigente bajo palio, la jerarquía eclesiástica no ha reconocido nunca el error de haber apoyado a un ejército sublevado que hizo del terror un instrumento habitual, luego prorrogado durante una interminable dictadura.
La jerarquía eclesiástica española ha renunciado a la autoridad moral en favor de la militancia política. Después de tres décadas de libertades democráticas, la sociedad española ha sabido avanzar en otra dirección, y por eso no se puede reprochar a la Iglesia que distinga como mejor estime a unas víctimas que considera las suyas. Lo que se le debe reprochar es, precisamente, que establezca una mezquina distinción entre las suyas y las que no lo son. El propio Vaticano parece haber mantenido por esta razón algunas reservas hacia el acto que se celebrará el próximo domingo, sólo vencidas por la insistencia de los obispos españoles. Éstos aseguran que España es país de mártires. No es necesariamente un timbre de gloria; también puede ser un motivo de espanto que habría que conjurar.
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11 Mayo 2007
BEATOS LOS 498 Y BEATAS, TODAS LAS VÍCTIMAS DE LA GUERRA CIVIL. Xavier Pikaza
Religión Digital
La Conferencia Episcopal organiza una peregrinación masiva a Roma, el próximo otoño, para la beatificación de 498 mártires” de la Guerra Civil. Siguiendo los trámites canónicos, la Santa Sede ha aprobado la beatificación de los mártires. Me alegro mucho, pero me gustaría que la fiesta fuera en territonio hispano, como Ceremonia Conjunta (religiosa y civil), para “glorificar” juntos a los asesinados, de uno y otro lado, en asamblea de recuerdo y reconciliación, sin vencedores ni vencidos, sin buenos ni malos. Deberían participar los diversos grupos de la sociedad hispana, en silencio, reconocimiento y respeto. La iglesia llamaría a sus mártires “beatos”; otros llamarían a los suyos “víctimas o héroes”. En los lugares públicos aparecìan siempre juntos, unos y otros, porque eso es Evangelio… y para no echar más leña a un fuego (como decía ayer M. de Unciti, en religiondigital)
Mártires de la guerra civil
Bajo el enunciado “Vosotros sois la luz del mundo”, el documento anuncia a los católicos españoles que en el próximo otoño tendrá lugar en Roma “la beatificación de 498 hermanos nuestros en la fe, de los muchos miles que dieron su vida por amor a Jesucristo en España durante la persecución religiosa de los años treinta del pasado siglo XX”.
En el documento la CEE afirma que “la beatificación que vamos a celebrar contribuirá a que no se olvide el gran signo de esperanza que constituye el testimonio de los mártires. De los del siglo XX en España, 479 han sido beatificados en once ceremonias a partir de 1987, y 11 de ellos son ya santos”. Y explican que “casi quinientos han sido reunidos, esta vez, en una única celebración. Y, como en las anteriores ocasiones, cada caso ha sido estudiado por sí mismo con todo cuidado a lo largo de años. Estos mártires dieron su vida, en diversos lugares de España, en 1934, 1936 y 1937″.
Quiénes son.
Sus biografías y fotografías, señala la CEE, y su relación con las diócesis actuales, se encuentran en el libro titulado Quiénes son y de dónde vienen. 498 mártires del siglo XX en España,, “Edice”, Conferencia Episcopal Española, Madrid 2007.
2 Obispos (Cuenca y Ciudad Real)
24 Sacerdotes diocesanos
462 miembros de Institutos de Vida Consagrada (religiosos)
1 Diácono
1 Subdiácono
1 Seminarista
7 Laicos
Los 462 miembros de Institutos de Vida Consagrada masculinos y
femeninos, sin especificar el modo concreto de vinculación a cada familia
religiosa, ordenados de mayor a menor número, se distribuyen así:
98 O.S.A. (Orden de San Agustín – Agustinos)
62 O.P. (Orden de Predicadores – Dominicos)
59 S.D.B. (Sociedad Salesiana de S. Juan Bosco – Salesianos)
58 F.S.C. (Hermanos de las Escuelas Cristianas – La Salle)
47 F.M.S. (Hermanos Maristas de la Enseñanza)
31 O.C.D. (Carmelitas Descalzos)
29 O.F.M. (Orden Franciscana – Franciscanos)
23 A.A.S.C. (Adoratrices Esclavas del Stmo. Sacramento y Caridad)
16 O.Carm. (Carmelitas. Orden del Carmen)
9 O.S.D. (Orden II de Sto. Domingo – Dominicas)
9 O.SS.T. (Orden de la Stma. Trinidad – Trinitarios)
4 C.M. (Carmelitas Misioneras)
4 M.SS.CC. (Misioneros de los Sagrados Corazones)
4 S.M. (Compañía de María – Marianistas)
3 C.M.F. (Misioneras Hijas del Corazón de María)
2 F.H.M. (Franciscanas Hijas de la Misericordia)
1 O.P. (Orden de Santo Domingo – Religiosa de clausura)
1 HH.C.a.CH. (Hermana Carmelitas de la Caridad)
1 O.SS.T. (Instituto de Hermanas Trinitarias, de clausura)
1 (Religiosa Carmelita de la Presentación)
Quiero elevar desde aquí mi homenaje a todos esos mártires y con ellos a las órdenes religiosas que han promovido su beatificación. Quiero recordar, además, que hay otros muchos, muchos mártires de otras órdenes religiosas (entre ellas mi Orden de la Merced) que no serán beatificados porque, por diversos motivos, sus órdenes no han promovido las causas de beatificación o lo han hecho tarde, de manera que sus mártires no aparecen en la lista.
Tres observaciones. Todas las sangres
Después de declarar que me uno totalmente a los mártires y a sus amigos (los promotores de las causas de beatificación), quiero destacar sin embargo algunas observaciones que deberían hacernos muy prudentes,antes de lanzar las campanas al vuelo de un modo partidista. Estos mártires no son de “nadie”, no son propiedad de una Iglesia especial… son mártires de Jesús y de su Reino y su memoria ha de ir unida a la memoria de todos los mártires, de todas las víctimas de la historia, empezando por aquellos hombres y mujeres (incluso sacerdotes) que murieron también asesinados por la “otra España”, la España de la Jerarquía oficial de aquel tiempo
a. La mayor parte de esos mártires (¡siendo mártires ellos!) fueron víctimas de una reacción brutal ante el hecho de que la jerarquía de la Iglesia católica apoyó masivamente el llamado “movimiento nacional”, declarándolo cruzada. Ciertamente, estos mártires no fueron “soldados”, no lucharon en la guerra, pero aquellos que los martirizaron lo hicieron, al menos parcialmente, porque los vieron como representantes (¡ciertamente débiles y sin culpa!) de una Iglesia combativa que luchaba contra la República, de una Iglesia que, a su juicio, no había promovido la justicia, ni había buscado el bien de los más pobres. Mientras esto no quede claro, mientras la jerarquía oficial no se desvincule de la iglesia que bendijo la “cruzada”, mientras la Iglesia en su conjunto no reconozca su culpa en el surgimiento del “anticlericalismo”, la beatificación de estos mártires no resulta clara, en línea de memoria histórica y de reconciliación.
b. Se dice que estos mártires murieron perdonando y estoy seguro de ello, porque me han contado de un modo personal la historia de bastantes de ellos (agustinos, salesianos…), de manera que aún se me pone la carne de gallina cuando recuerdo algunas de las cosas que sé, que me han contado de primera mano. Pero hubo, por el otro lado, miles de “mártires” que fueron asesinados porque buscaron la justicia y el bien de los más pobres: simples sindicalistas que quisieron elevar la dignidad de los obreros (¡eso es también Reino de Cristo!), campesinos que buscaron la igualdad y que no tuvieron más delito que ser pobres o justos… Una Iglesia que beatifica sólo a los que son “suyos de un modo real y legal” y se olvida de los que fueron de Jesús (¡de un modo real!) y que murieron por defender cosas de Jesús… corre el riesgo negar su fe en el evangelio, de olvidar su origen. Y no se diga que fue lo mismo en la iglesia del siglo II y III d. C. Los cristianos de aquel tiempo no formaban parte de un grupo de político y militar como fue la iglesia española de los años 1936/1939. No quiero condenar aquella Iglesia, pues de ella vengo, de ella venimos. Pero debo recordar que los “mártires cristianos” formaban parte de una dura contienda civil, donde la iglesia oficial no era en modo alguno inocente.
c. A mi juicio, una beatificación como ésta sólo tendría sentido cuando “un día próximo” se reuniera la lista de mártires cristianos, encabezada por un nombre simbólico, y se dijera “ San N. N. y los innumerables mártires de la guerra civil” (de un lado y de otro). Habría que invitar a la ceremonia “a los otros”, con una lista de los “asesinados” por la Autoridad del Movimiento Nacional, muchas veces con la bendición de la iglesia (de una jerarquía con nombres y apellidos concretos). Tendría que ser un día de reconciliación, de memoria reconciliada, no en Roma, sino aquí, en la estepa de Castilla o en un lugar simbólico de Andalucía o Cataluña (por poner un ejemplo). Nosotros, los católicos, podremos decir que miles de aquellos muertos (de un lado y de otro, fueron y son beatos ante nuestro Dios). Otros, que no sean católicos, pueden y deben llamarles “víctimas” de una contienda que no queremos repetir…Allí tendrían que darse la mano los herederos de un lado y de otro (muchos, como yo, nos sentimos heridos por las dos partes…). Esa ceremonia debería ser un “día final” en la línea de insultos y agravios… un día de perdón o, por lo menos, de reconocimiento mutuo. Tendrían que ir obispos y partidos políticos, sindicalistas y gente de a pie. Si es una ceremonia a la que solo irán algunos, como parece (los de un lado…), estamos haciendo de la beatificación lo contrario de lo que debía ser.
Nota final. ¡Que pare la ceremonia, por favor!
Por eso, yo pediría a la CEE que parara esta ceremonia. Se lo pediría a Blázquez y Cañizares, por empezar con las autoridades primeras, con quienes he compartido cátedra y algún tipo de amistad durantes largos años… Le pediría al Vaticano que se negara a beatificar de esta manera (no porque los 498 no sean mártires…, sino porque su beatificación será en vano o peor que en vano, si se hace de esa forma). Quiero que esos 498 no sean los mártires de un lado en contra del otro, sino hijos muertos de una durísima madre España dividida, hermanos de otros hermanos que murieron también asesinados. No hará falta recordar que en dos o tres lugares de la Biblia (por lo menos en Mt 23, 35 y en Ap 18, 24) se habla de “todas las sangres”. Si se beatifica a esos mártires por separado, como parece, no se hará justicia a la voz de todas las sangres que claman a Dios desde la tierra.
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