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IV Dios se hace carne en Jesús (4).
Juan Luís Herrero del Pozo
Resurrección.
(Nota para los lectores de Atrio: Debo agradecer al moderador que haya abierto el taller al cuerpo central de Atrio: al no regir en éste el método racional (es decir, no específicamente teológico) que me impuse, como es sabido, para el taller, no han faltado comentarios en el cuerpo central de quienes en el taller se hallaban más bien perdidos. Aunque casi ninguno se ha interesado por el tema del hilo propiamente tal. O más bien, como en el fútbol, han jugado a la contra y con notable estilo misionero han defendido la divinidad de Jesús en su sentido más ortodoxo inundando el hilo de textos evangélicos y de diversos autores sin la menor precaución de precisar nociones: qué entiende cada comentarista o autor aducido por conceptos tan polivalentes y ambiguos como dios, divinidad, encarnación, igualdad Padre-Hijo, etc. Insisto, creo que lo importante en el nuevo paradigma (NP) es indagar LO MUCHO QUE DA DE SÍ UNA RAZON ABIERTA, crítica y de sentido común en beneficio de los propios seguidores del Maestro de Nazaret. Es soslayar el tema plantear aquí elementos de fe revelada y perder, a mi juicio, la ocasión de establecer una postura religiosa básica que pudiera interesar, sin perjuicio de lo propio, a personas de otra religión sin descartar a agnósticos y ateos.
Como llovido del cielo me ha llegado estos mismos días el libro “Otro cristianismo es posible” de Roger LENAERS, viejo jesuita de más de 80 años que en su jubilación (de profesor), ha ido rumiando entre pastores y vacas de las montañas del Tirol y hoy nos ofrece los resultados, una visión del cristianismo inteligible para un espíritu moderno inquieto y atractivo por estar tal visión cristiana aligerada de ganga mitológica. Me sorprende gratamente esta presentación –sin acuerdo previo- de Nuevo Paradigma, paralela a la mía pero con mayor sencillez expositiva. Tendremos tiempo de saborear tan jugosas y frescas ideas, incluso mediante una lectura directa del libro de Lenaers).
IV. 10 ¿Resucitó realmente Jesús? ¡Como todos!
La resurrección de Jesús es el misterio de su vida que asumo sin dificultad porque, pese a la tradición, no es el de Jesús un caso excepcional. Incluso desde la más ortodoxa de las posturas cuando se afirma que Jesús resucitó no se está negando (aunque inconscientemente se suponga) que ningún otro ser humano difunto haya resucitado. Mi tesis es que la resurrección de Jesús no es fundamento para la fe por ser única sino porque nos confirma y aporta la clave de sentido de las infinitas resurrecciones que han ocurrido y siguen ocurriendo cada vez que un ser humano muere. La resurrección no es un misterio sobrenatural ni milagroso. Aunque no sea una realidad empíricamente verificable como nada de cuanto ocurre post mortem no por ello es un coto vedado a la reflexión humana. No obstante, reservo ésta para el siguiente y último capítulo, el V, en el que intentaré una hipótesis plausible sobre la que llamo Plenificación, que es el despliegue y consumación en el seno de Dios de las aspiraciones de toda la humanidad. En este momento, pues, nos ceñimos a la resurrección de Jesús. Muerte y resurrección constituyen en él el anverso y el reverso de la misma realidad, siendo la resurrección la clave de sentido y resolución sin la cual la muerte, máxima concreción del Mal, se impondría como exponente del absurdo de toda la historia humana y cósmica. Me limitaré a apuntar las líneas maestras.
IV. 11 Profeta en una sociedad quebrantada.
Todos los autores convienen en atribuir a Jesús, como punto de arranque de la experiencia religiosa que sus primeros seguidores vivieron junta a él, el sentimiento de ser el “ungido” de Dios, destinado a colmar las expectativas de Israel, mediante el establecimiento del Reino de Yahvé. Misión que no dejaba de ser altamente arriesgada por revolucionaria dado el contexto de desestructuración y descomposición social agravado por el sometimiento a una potencia extranjera. Si esta misión no fue la convicción primera de Jesús, no tardó en asentarse en su conciencia humana. Se sintió el “profeta escatológico” venido a aportar al presente y futuro de Israel la buena noticia de una liberación integral sobre todo de los pequeños, marginados y desheredados de Israel en la más pura línea del profetismo judío. Era el vector religioso principal de la fe judía: Yahvé es fiel a sus promesas y no dejará que los suyos sucumban bajo la servidumbre y la injusticia...
Jesús mismo había comenzado por hacer en su familia y en sus propias carnes la experiencia hiriente de aquella sociedad tremendamente injusta. Tuvo treinta años para caer en la cuenta y empaparse de la situación. En Israel no se estaba cumpliendo la sabia previsión de un año sabático cada siete en el que las tierras, riqueza principal, volverían a sus antiguos dueños para reparar el expolio acumulado por los ricos y poderosos. Al fallar la reparación sabática la inmensa mayoría de la población rural no disfrutaba de la tierra de modo que se veía empujada o a alquilar su fuerza de trabajo y/o a emplearse en menudas labores artesanales para subsistir en condiciones de severa precariedad. Los padres de Jesús y él mismo formaban parte de esa mayoría rural desposeída.
A esa discriminación se añadían todas las demás, en especial una configuración religiosa dual de una minoría de devotos y puntillosos cumplidores de la Ley que despreciaba y esclavizaba al resto de “pecadores”, es decir, los incapacitados para satisfacer las ofrendas debidas al Templo, los agobiados de deudas, los que no cumplían la multitud de preceptos y prescripciones, las mujeres siempre sospechosas, los enfermos (¿han pecado ellos o sus padres?), las prostitutas abundantes cuando no hay que comer, los asalariados temporeros, los recaudadores de impuestos para el poder religioso o civil… Una sociedad de pobres realmente desgraciada.
¿Por qué Jesús tardó tanto en tomar conciencia de ello y en reaccionar? No nos lo dicen. En cualquier caso su conciencia pudo ir cargándose como una olla a presión hasta que un pase de reflexión en la soledad del desierto le hizo caer en la cuenta de la hondura del mal y de la urgencia de una denuncia profética en la línea de sus antepasados y de su propio primo Juan aunque bastante más pragmático que este tonante predicador.
IV. 12 Misión mesiánica de alto riesgo.
Cuando salió de casa, sabía lo que quería y probablemente sospechaba lo que le esperaba sin mucho tardar. No era difícil para un espíritu lúcido barruntar a lo mucho que se exponía al desafiar tanto a la Autoridad religiosa como, de rechazo, a la civil. Primeros contactos con gente sencilla del entorno del lago Tiberíades, pescadores varios de ellos. Largas conversaciones con aquellos primeros seguidores compartiendo acontecimientos, cosas de la vida diaria, encuentros diversos, primeros conflictos. Su vida interior era tan rica e intensa en sentimientos, ideas, conocimiento de los recovecos del corazón humano, su libertad y valentía frente a los jefes del pueblo tan decididas, sus criterios sobre la realidad tan sorprendentes, su lenguaje tan sencillo, su ternura con los más indefensos tan desbordante que aquellos rudos galileos quedaron literalmente cautivados. Pronto lo llamaron ‘rabí’, maestro. Se extendió su fama como reguero de pólvora y enseguida quedó engullido por las demandas de aquella inmensa masa de desheredados, tan ávidos de cariño como de pan, convencidos de su magnetismo sanador, apaciguados en su espíritu por el aire de familiaridad con Dios que se desprendía de Jesús más que de urgencias legales…Todo en él era limpio, claro, sincero, honesto, decidido, desbordante de esperanza en medio de una sociedad sin porvenir. Jesús se vio pronto arrebatado por un torbellino de gentes que le solicitaban hasta la extenuación, forzado a veces a adentrarse en el lago para respirar. Era imposible que no se alarmasen los jefes del pueblo, comidos de envidia.
IV. 13 Estalla el conflicto final.
Los escribas y fariseos comenzaron, pues, a acosarle con zancadillas tanto religiosas como humanas para desacreditarle ante el pueblo. En vano. Su dialéctica era apabullante por lo sencilla, de puro sentido común. Y el maestro de Nazaret proseguía sus prédicas socráticas. Veladas al atardecer con los más cercanos al calor de la lumbre. Infatigable caminante. En busca de silencio y oración por la noche. Sus adversarios estrechaban el cerco rechinando de dientes, incapaces de soportar al advenedizo maestro tan querido por el pueblo. A la vista de sus encuentros, tertulias, respuesta a mil demandas de sanación y ayuda la misión de proyecto mesiánico (‘el reino’ siempre a la vista) no necesitaba refinadas estrategias. La cruda realidad se le imponía perentoriamente.
Sus mismos amigos y seguidores reflejaban en sus dudas y comentarios las inmensas esperanzas que ponían en él (“nosotros esperábamos…” dicen los de Emaús). Y él lo tenía claro en su conciencia, el proyecto de Yahvé para Israel de más justicia y bondad (“el reino”), había comenzado con él. De modo que Jesús arreció en sus denuncias. El conflicto era imparable. Jesús se dio de bruces con la oposición cerrada de sus adversarios, descarada ya, violenta en palabras y rostros furibundos. En lugar de arredrarse Jesús les echó un órdago decisivo: ante el espanto de los suyos emprendió desde el retiro de Galilea la larga caminata y finalmente áspera subida a Jerusalén. Jesús, cabalmente consciente de las consecuencias, retó a sus adversarios con un gesto sonoro de autoridad tirando por tierra los tenderetes del indecoroso comercio dentro del Templo. La suerte estaba echada. En cualquier momento podía sobrevenir el arresto. Jesús iba a morir por vivir como vivió, sin necesidad de recurrir a ninguna extraña teoría sacrificial y redentora.
Blasfemos los teólogos que hicieron del ‘abbá’, el buen papá Yahvé, el victimario en razón de no sé qué ofensa mítica del comienzo de los tiempos…A ofensa infinita, reparación justa e infinita ¿No es ésta una inimaginable afrenta y traición al espíritu de Jesús por parte de la raza de víboras, la jerarquía de todos los tiempos, que tomó el relevo de los fariseos y consintió una teología que hasta tal grado de insensatez desfiguró el rostro del Padre que se reflejaba en el del Maestro bueno? ¿Con semejante bajeza se pudo imaginar la ‘redención’ torturando al maestro para luego esclavizar y destrozar las conciencias de los seguidores? ¡Siglos de truculentas doctrinas sobre la salvación sacrificial en la historia cristiana!
IV. 14 Por vivir como vivió murió como murió
Se precipitaron los acontecimientos de lo inevitable. En pocos segundos Jesús se encontró maniatado. Fracasó su misión de cambiar la sociedad y hacer justicia a los pobres. Atrás quedó el abrazar a un leproso, iluminar la mente de un desesperado, consolar a una madre, devolver a un padre a su pequeña medio muerta, defender a ninguno de sus seguidores de las insidias clericales, cambiar el corazón de una mujer pidiéndole de beber, librar a otra acorralada a punto de ser lapidada, cruzar una mirada tierna con otra valiente que se había metido en la boca del lobo de la cena ‘solo para hombres’ y le ungía con caro perfume los pies…¿Qué torbellino de sentimientos inundó la cabeza de Jesús? ¿se frustraba el proyecto de Yahvé de un mundo mejor (el reino) apenas comenzado? ¿quedaba alguien que siguiera confiando en el “abbá”? Jesús no tenía las claves del futuro y no esperaba una legión de ángeles llegados del cielo para permitirle proseguir su misión. ¿Qué estúpida corazonada le había llevado a salir de su refugio en Galilea? Bien nos hubiera gustado conocer algo más de la mente del profeta y de sus discípulos. Bien poco sabemos de aquellas horas. ¿Qué sentimientos contrapuestos parecían imponérseles hasta el punto de arrancar de ellos aquella semilla que había quedado enterrada en lo hondo del corazón al cabo de tantas conversaciones, de tan jugosas tertulias al calor de la lumbre en las frías noches del invierno palestino cuando nadie les ofrecía dónde reposar la cabeza. Toda la buena y ‘nueva noticia’ de que eran depositarios se secaba irremediablemente como flor en el desierto. Se les había esfumado el reino sin siquiera haber tomado posesión de alguna prebenda. Para colmo el Maestro que había hecho recular más de una vez en Galilea a quienes le querían prender había tirado la toalla, “envaina tu espada, Pedro”. Y este valiente se arruga delante de una criada y jura no conocerlo ¡Desesperante! ¡Todo se había venido abajo!
IV. 15 “¿Por qué me has abandonado, abbá?” y al poco… “Abbá, me abandono en tus brazos”
En pocas horas, Jesús, después de ser sometido a acusaciones y torturas se ve camino del lugar de ajusticiamiento de esclavos y bandoleros. Los recuerdos nos llegan matizados, filtrados, interpretados no por testigos directos sino a través de flashes múltiples transmitidos de unos a otros. Pero las palabras y gestos del Maestro que mayor impacto produjeron gozan de mayor garantía de historicidad…
No estoy bordando imaginaciones. Bastan media docena de palabras de Jesús trasmitidas por la tradición para tener idea de lo esencial. Me quedo con dos palabras de Jesús a poca distancia una de otra que encierra su particular ‘purgatorio’. El tiempo puede ser un instante y un instante puede encerrar la densidad de muchos años. Según como se viva. A Jesús le quedaba muy poco tiempo, estaba claro y cada instante de indecible dolor era una eternidad. Dos palabras desgarradas que enmarcan un breve pero densísimo proceso de ‘conversión’ (dicho con todas las comillas que se quiera): “¿Por qué me has abandonado, papaíto?” – “Mi buen papá, en tus brazos me abandono”. Dos extremos de un combate a muerte, el desgarro de una blasfemia y la afirmación de la total confianza.
El grito de estar abandonado era el peor reproche a Dios en la boca de un creyente israelita : ¡Dios, no eres fiel a tus promesas! ¡me has abandonado! ¡no lo entiendo! ¿por qué este desastre? (¿Nadie ha repetido lo mismo alguna vez en algún momento de la vida?). El proceso interior de Jesús era sencillo. El proyecto inicial estaba claro “Venid a mí los que estáis agobiados”. Le tomaron la palabra y multitudes de desgraciados se colgaron de él. Pero todo había acabado. Sintió en sus carnes la mordedura del fracaso total y no entendía nada. Jesús, permíteme que te diga lo que me decía mi madre ante algún gesto solidario un poco loco “¿Quién te manda a ti meterte a redentor?” ¿Quién te mandó a ti ir cargando con todas las desgracias que te salían al paso? Debías haberte blindado un poco: es imposible endosar todo ese sufrimiento de tu pueblo. Cuando por la calle avanzo edificio tras edificio es como si a cada puerta y detrás de cada ventana se cociera un drama que lanzara al paseante un chorro de dolor y negatividad. Uno bien quisiera…Pero ¿quién puede cargar con todo? Acompañé con mi esposa a unas monjas de la Compañía De María a una sucursal lejos de su misión. Fueron horas tensas. Llovieron enjambres de chiquillos y de mayores, cada uno con un problema importante. Por mucho que nos multiplicábamos no había quien diera abasto. Aparte de reclamar al Estado soluciones más estructurales las monjas llegaban a poco en cada gira. Pensé que el regreso sería de un tenso sufrimiento pero me sorprendieron con una canción de esperanza. Manifesté mi extrañeza ante tanto contraste y me respondieron :De algún modo nos tenemos que blindar para poder seguir volviendo cada semana ¿Quién les mandaba ‘meterse a redentoras’ a estas heroicas mujeres? Muy sencillo, la luz del Maestro iluminaba sus vidas. Ellas simplemente “le seguían”. Si Jesús hubiera podido adivinar lo que iba a influir en la historia…Pero colgado de aquel madero no había lugar para la esperanza. Jesús bebió hasta la última gota el cáliz del fracaso definitivo: ninguna perspectiva de construcción del Reino, el Padre le había abandonado. Que no se piense en una frase literaria de épica para la ocasión. Ni el más débil rayito de esperanza atravesaba los nubarrones sobre su cabeza. Todos le habían abandonado (aunque el redactor bíblico edulcorara luego la escena), Jesús quedó solo. Le asaltaban rostros y nombres de cientos de pobres, marginados, sufrientes ¿De qué le servía la conciencia de que todo era resultado de su defensa de la justicia y del amor? Eso era ‘meterse a redentor’, no había más misterio en lo que saltaba a los ojos meridianamente claro. A esa realidad tan sencilla de apuesta por sus hermanos se le dio muchos nombres en clave mitológica: kénosis, expiación, redención, sacrificio, perdón de los pecados…Algún papel desempeñaron tales vocablos en siglos pasados. Hoy ni se entienden ni interesan a los jóvenes que si no pueden eludir el “sermón” aguantan el rollo con un gesto que está diciendo “¡aún se creen esas cosas!” Y nosotros tan ufanos de que hemos evangelizado “opportune et impportune”. Me consta que ése es el efecto de vergüenza ajena que producen en muchos nuestras floridas y biensonantes glosas de la mitología cristiana: movimiento kenótico, alumbramiento emergentista, avance escatológico, madre sin concurso de varón, procesiones trinitarias, sepulcros vacíos, apariciones con llagas que se tocan, ascensiones entre nubes, cambios transustanciales de alquimia sobrenatural…Con qué barroca verborrea medieval envolvemos las cosas más sencillas: A Jesús le mataron por defender y liberar al pobre de la injusticia y de la Ley. Punto. Éste es el estilo sobrio y correoso que tanto me sorprendió hace unos años por su huída de la altisonancia religiosa en un pensador laico francés que no ha pasado de moda aunque tampoco figura –injustamente- entre las estrellas de la teología, Marcel LÉGAUT. Me permito recomendarlo a los más barrocos que necesitan volver a las cosas sencillas!
IV. 16 ¡Jesús volverá, Jesús vive!
¿Qué pensaba Jesús en la cruz? Sin duda, en que por haber vivido como había vivido, se había ganado a pulso lo que le ocurría? Pero ¿no cabía ninguna esperanza? A diferencia de los saduceos, sacerdotes del templo (¡qué incoherencia, no?), Jesús creía en la resurrección como la mayoría del pueblo desde el tiempo de los macabeos. Pero qué podía bien entender Jesús por resurrección? Otra de las palabras más ambiguas de la historia, incluida la cristiana. Jesús que había anunciado su resurrección según el decir de los suyos (profecía ex eventu probablemente), ¡quién sabe si tenía las ideas teológicas más claras que el común de judíos creyentes! Algo, sin embargo, parece que fue cuajando con cierta rapidez en su mente luego de aquella su queja desesperada y blasfema por el abandono del Padre. Posiblemente tuvo su parte la opinión generalizada sobre la inmortalidad. Más probablemente aún se le fue imponiendo en el corazón la convicción más acendrada de la fe judía que no falló del todo ni durante el exilio: Dios era fiel a sus promesas. En plena ‘noche oscura’, sin embargo, el espíritu de Jesús se fue apaciguando… y creyó. De la desesperanza volvió a la esperanza: “En tus brazos me abandono, mi fiel papá”. En los brazos en que siempre había vivido, lo seguiría haciendo aún después del tormento. Su conversión le había llevado a la más alta unión mística con Yahvé ¡Consumatum est!
Entre tanto, acabado todo, sepultado Jesús por un amigo o, lo más probable, arrojado a la fosa común de los ajusticiados, sus seguidoresamigos que se habían dispersado, habían iniciado un camino semejante al itinerario interior del Maestro. Comenzando –no cabe duda- por las mujeres que más le habían querido.
Funcionó en ellos la misma clave de la fe judía: Dios es fiel. Jesús había iniciado la liberación integral desde abajo, desde los más necesitados, de la opresión de la enfermedad, del demonio, de la injusticia, de todos los males que aquejaban al pueblo judío. Parecía, incluso, que en sus últimas semanas Jesús había extendido su misión a los samaritanos herejes y a algunos paganos de las orillas del lago. El “reino”, el mundo mejor deseado por Yahvé había comenzado. Dado que Dios no se arrepiente de sus promesas y que Jesús no había llevado a término su misión profética…¡TENÍA QUE VOLVER! Jesús seguía vivo. Con temor y temblor, mirándose a los ojos, se fueron atreviendo a comunicarse la arrolladora experiencia interior de conversión: El Maestro vive, he visto al Maestro. El proceso de conciencia de tanta esperanza, de tanto amor acumulado fue ganando el terreno a la desesperanza y al miedo y se impuso una evidencia mayor que la de la carne y la sangre. Si Dios era fiel, el maligno no podía tener la última palabra sobre Jesús. Cada uno expresó a su manera algo que era indecible: ¡Jesús vivía! ¡Jesús estaba vivo! ¡y contaba con ellos! “¡Id y proclamad la buena noticia de su liberación a los pobres!”
IV. 17 Perspectivas y conclusiones
De estas perspectivas se desprenden algunas conclusiones de profundo calado que establecen una cosmogonía esperanzadora y exultante. Para ello no ha habido que sacrificar nada de la esencial intuición cristiana sino que, al contrario, su realce ha ganado al cercenar dudosas elucubraciones de contenido más bien mitológico. Son una explicación más razonable que unos elementos míticos que no tienen fundamento en el núcleo útil de la confesión cristiana de la resurrección.
1) Lo realmente importante para la confesión cristiana y en lo que ésta tiene su fundamento no es la afirmación de que resucitemos porque Jesús resucitó y fue el único que lo hizo. Lo importante es que la experiencia vivida de los apóstoles de que Jesús seguía vivo confirmó algo a lo que la intuición de todos los pueblos había llegado de alguna manera y con muy diferentes modos de expresión: que la muerte inexorable era una evidencia. Pero existía alguna prolongación del ser, se llamase resurrección o como quiera se llamase. Y esta continuación del ser era mejor explicación que la lóbrega caída en la nada de esa ansia irrefrenable en todo ser humano de pervivencia y de plena felicidad.
2) La misma experiencia interior de los apóstoles expresada como visión de apariciones del resucitado desvela del todo algo que la propia conciencia natural podía intuir, que el dolor, la muerte y el mal, en general, el gran escándalo para la inteligencia y el corazón del hombre, no pueden tener la última palabra. Porque esto sería la manifestación de que ese misterio que llamamos creación es, en realidad, el fracaso de Dios, además de constituir el mayor de los absurdos. Lo podemos condensar en dos frases: a) ninguna ley nos asegura apodícticamente que este cosmos habrá de volver a la nada; b) sin embargo, el ser inteligente, que es considerado como la culminación de la evolución cósmica, sí que habrá de volver a la nada.
Salvo que –aseguran algunos, tal vez, por miedo a un seísmo dogmático- Dios retome su obra y la corrija o complete mediante una nueva intervención, la llamada ‘nueva creación’, la salvación en Cristo. Así pues, la exultante experiencia interior de los apóstoles sobre la indiscutible fidelidad de Dios a sus promesas es como creencia un acontecimiento, aunque no empírico, de especial trascendencia en la marcha de la historia. Ellos, al igual que cuantos realizan una experiencia interior fuerte, la de la vivencia unitiva con Dios mediante el amor (consciente o inconsciente, explícito o implícito en el obrar), constituyen una más razonable y dinamizadora percepción del destino de la humanidad. Nuestra dolorosa y atormentada historia tiene mejor sentido que el sin sentido de que el punto álgido de la evolución cósmica como es el ser humano esté destinado a su pérdida absoluta en la nada.
Sirve aquí retomar la expresión de Ireneo de Lyon dándole ahora un sentido plenamente totalizante. “Gloria Dei vivens homo”: el colmo de la glorificación de Dios estriba precisamente en que permanezca y viva la humanidad.
3) El punto único de cualquier revelación divina se realiza, pues, en las experiencias fuertes de la conciencia subjetiva con el aval de su verificación práxica. Sobra la revelación como aporte exógeno de información sobre lo numinoso. La experiencia interior de los primeros cristianos constituye sin duda un hito que no tiene por qué ser el único. Y se refuerza con el testimonio de cualquier persona espiritual comprometida de cualquier religión (o ateísmo honesto), es decir, de experiencia interior fuerte verificada en la entrega a los demás. Cualquier experiencia espiritual con esperanza incrementa las ganas de vivir. “Toda alma que se eleva, eleva al mundo”, decía alguien.
Qué podemos entender por resurrección es, pues, algo secundario, nunca quedará despejado su misterio para los mortales. En el próximo y último capítulo al reflexionar, sin evidencia empírica aunque con mente crítica pero abierta, sobre el desenlace que probablemente haya de tener una humanidad ávida de eternidad, ensayaremos alguna aproximación a lo esencial de la resurrección: después de la muerte y en ese mismo instante (ya no instante sino eternidad) la identidad de la persona alcanza su máxima afirmación mediante su potenciación en la unión (sin confusión) con Dios para siempre.
Logroño 5 julio 08
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La Teología asustada.
José María Castillo, teólogo
Le severa e incomprensible censura que el obispo Martínez Camino ha impuesto al libro de José A. Pagola sobre Jesús, aparte de ser un abuso de autoridad porque impone obligatoriamente cosas que no pertenecen a la fe de la Iglesia y que, por tanto, son opinables entre católicos, tiene un efecto devastador sobre la teología a la que Martínez Camino tiene el deber de proteger.
Lunes 30 de junio de 2008.
Me refiero al efecto del miedo que se acentúa entre quienes, desde dentro del estamento eclesiástico, se dedican a la dura y arriesgada tarea de hablar y escribir sobre teología en los tiempos que corren y dentro de la Iglesia en que vivimos.
En este momento y tal como están las cosas en la Iglesia católica, un sacerdote, un religioso o religiosa, sobre todo si son profesores de un seminario o de un centro de estudios eclesiásticos, sea el que sea, difícilmente pueden decir y, menos aún, escribir lo que realmente piensan, si es que pretenden pensar y hablar con libertad y con creatividad, por más que hagan eso dentro de los límites de lo opinable dentro de la fe de la Iglesia.
El problema está en que el proyecto del papado, desde que Juan Pablo II tomó el mando de la Iglesia, no ha sido poner en práctica el concilio Vaticano II, sino restaurar la Iglesia que había antes del concilio. El ideal de la Curia vaticana es volver a la Iglesia de los tiempos de Pío XII. Este ideal, que ya se advirtió con claridad en el pontificado anterior, ha dado la cara abiertamente en el papado actual. No me refiero sólo a la vuelta a la misa en latín o cosas parecidas. Estoy hablando de cosas mucho más serias.
Me refiero, concretamente, al creciente e insoportable control sobre obispos y teólogos. Y algo que es aún más preocupante: el papa Ratzinger no ha aceptado, ni da muestras de aceptar, el logro más importante de la teología del siglo pasado: la condición “sobrenatural” del ser humano, tal como Dios ha querido que exista desde el comienzo de su existencia. En este punto estuvo la piedra dura en la que Pío XII se partió los dientes y que, por eso, jamás pudo aceptar los mejores logros de la teología contemporánea.
En eso está la piedra de escándalo sobre la que la teología más conservadora se empeña en edificar una Iglesia tan “sobrenatural” y tan “divina”, que todo lo “humano” es para ella admisible en tanto en cuan to se somete a las decisiones eclesiásticas y está bien controlado por lo que quiere el papa y su curia. De ahí nacen todos los líos y enfrentamientos que la Jerarquía eclesiástica viene teniendo con la sociedad, con lo civil, con lo laico....
Porque todo eso es simplemente “humano” y, por tanto, no vale, si no es elevado a la condición “sobrenatural” por lo “divino” que, desde su solio sagrado, rige el único hombre que en la tierra tiene poder para regir lo “divino” y, desde ahí, discernir lo que está bien y lo que está mal, separando drásticamente lo bueno de lo malo. Mientras estemos así, el papa no dará jamás su brazo a torcer. De forma que los concordatos y acuerdos con la Santa Sede sólo serán, de hecho, mecanismos de control para que Roma imponga, en definitiva, su voluntad.
Así las cosas, mal futuro tiene la Iglesia. Y peor aún la teología. Precisamente en los años aquéllos de Pío XII, uno de los teólogos más lúcidos (y más amantes de la Iglesia), Yves Congar, dejó escrito lo siguiente: “Ahora conozco la historia. Llevo muchos aos estudiándola; ha dejado claro ante mis ojos numerosos acontecimientos contemporáneos, al tiempo que la experiencia vivida particularmente en Roma me aclaraba esta historia. Para mí, es una evidencia que Roma sólo ha buscado siempre, y busca ahora, una sola cosa: la afirmación de su autoridad. El resto le interesa únicamente como materia para el ejercicio de esta autoridad. Con pocas excepciones, ligada a hombres de santidad e iniciativa, toda la historia de Roma es una reivindicación asumida de su autoridad, y la destrucción de todo lo que no acepta otra cosa que no se la sumisión”.
Esto, ni más ni menos, es lo que el papa actual quiere restaurar a toda costa. La reciente decisión de Martínez Camino contra el libro de Pagola no tiene otra explicación. En definitiva, es un aviso para navegantes. Y los navegantes, en este caso, son los teólogos que se atreven a decir lo que piensan, por más que se trate de cosas que son aceptadas por la gran mayoría de los cristianos.
Mala cara se le ha puesto al enfermo. Da miedo mirarlo de cerca. Me refiero a la Iglesia enferma de fundamentalismo, integrismo y, por supuesto, de intolerancia.
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Leonardo Boff. Respuesta a su hermano Clodovis: El fundamento sigue
Xavier Pikaza
Ayer presenté el trabajo de Clodovis Boff, poniendo de relieve el “estrechamiento de la teología de la liberación”, que se habría dejado dominar por la “premisa menor”, es decir, por la sociología y los problemas simplemente humanos, olvidando el valor original de Dios (de la Palabra). Leonardo, su hermano, le ha respondido de una forma vibrante, apasionada, fraterna. Conozco a los dos. Clodovis es más teórico, más filósofo, más hombre de institución eclesial. Leonardo es más práctico, más poeta, más hombre de la libertad y de la experiencia de unidad de todos los seres, en línea franciscana; no es un teólogo en el sentido sistemático de la palabra, sino un peregrino del evangelio. Así responde a su hermano, en un trabajo titulado: Por los pobres contra la estrechez del método (publicado en http://www.adital.com.br/site/noticia.asp?lang=ES&cod=33512).
Aquí lo presento sin más comentarios, para que los mismos lectores de mi blog comenten. El domingo día 22 ofreceré, Dios mediante, una síntesis y valoración personal de los dos trabajos. Todo lo que sigue es de Leonardo , que se presenta a sí mismo, al final del trabajo, como “peregrino”.
Carta/Respuesta a Clodovis
Clodovis Boff ha acumulado muchos méritos en el ámbito de la Teología de la Liberación (TL). Produjo una reflexión de aliento sobre el método de la teología, sobre la eclesiología de las comunidades eclesiales de base y su relevancia para la renovación de las pesadas y tradicionales instituciones de la Iglesia Católica. Produjo también algunos trabajos de pedagogía popular que causaron admiración a Paulo Freire. Fiel a las intuiciones de la TL, durante 10 años trabajó generosamente, en las CEBs de Acre, dedicando seis meses a impartir cursos populares, subiendo y descendiendo por los ríos para visitar los pueblos de la selva; los otros seis meses los dedicaba a la enseñanza y la producción teórica en la PUC de Río de Janeiro.
• En los últimos tiempos se ha notado un cierto retroceso en su actividad y reflexión, por razones que sólo él conoce. El texto que analizaremos se llama “Teología de la Liberación y vuelta al fundamento” ; fue publicado en el número especial de la Revista Eclesiástica Brasileira de octubre de 2007 (fascículo 268 de la REB), dedicado al análisis de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y Caribeño, en Aparecida, revela rasgos claros de este retroceso.
• En la parte que aborda la modernidad demuestra un pesimismo cultural también presente en muchos grupos de Iglesia, especialmente en importantes sectores de El Vaticano. Tienden a ver más el lado oscuro de la modernidad que los desafíos que deben ser asumidos y pensados. Esto no es bueno para la tarea de evangelización tal y como nos la enseñara la Gaudium et Spes del Vaticano II y Juan XXIII en la Pacem in Terris (1963). En ellas se dice que en las ideologías y movimientos histórico‐sociales, primero debemos estar atentos a las búsquedas de los seres humanos que en ellos se expresan, que deberán ser interpretadas por los cristianos con apertura y corazón abierto. En principio, es importante recoger todo lo bueno que existe en ellos y solamente después proceder a la crítica reflexiva.
El presupuesto es que la gracia y el Resucitado están en acción en el mundo, y sería blasfemar contra el Espíritu Santo admitir que los modernos solamente pensaron errores y equivocaciones. Pero no parece no ser ésta la opción de Clodovis. Las sombras dominan sobre las eventuales luces, facilitando el rechazo. Por el contrario, cuando se refiere al texto de Aparecida, muestra un optimismo ingenuo y un entusiasmo verdaderamente juvenil, sin darse cuenta del esquematismo y el ahistoricismo de la cristología y la eclesiología, tan bien señaladas por José Comblin en este mismo número de la REB (pp. 875-880).
• Hablando directamente, el texto de Clodovis causa perplejidad y perturbación. La cosa no puede ser de la manera en que él la expone y critica. Seguramente la mayoría de los teólogos de la liberación que conozco no se sentirán reflejados en su texto. Además, el autor asume una postura magisterial que le vendría mejor a las autoridades doctrinales que a un teólogo, frater inter fratres.
1. Cui prodest? ¿A quién interesan las críticas?
• Los cuestionamientos que haremos no se restringen a una polémica intrasistémica a la teología, siempre necesaria y útil para la profundización de estas cuestiones. También la haremos. Dichos cuestionamientos recogen también la preocupación por una política eclesiástica represiva que se sentiría bien respaldada por las críticas contundentes desarrolladas por Clodovis Boff contra la TL en su conjunto, sin preocuparse por diferenciar los diversos tipos de TL, india, negra, femenina, ecológica y otras, con sus correspondientes prácticas que se quieren liberadoras.
• Es por todos sabido que este tipo de teología fue vigilada e incluso perseguida por los poderosos de la sociedad y por el Vaticano, que sospechaba era una especie de caballo de Troya mediante el cual se introduciría el marxismo en América Latina. Sin embargo, es una de las pocas teologías que produjo cristianos que fueron encarcelados, secuestrados, torturados y asesinados en varios países latinoamericanos, en los que estaba y sigue estando activa.
• Mi temor es que las críticas de Clodovis Boff a la TL proporcionen a las autoridades eclesiásticas locales y romanas las armas para condenarla nuevamente y, quizás, desterrarla definitivamente del espacio eclesial. Como las críticas devastadoras provienen de dentro, de uno de sus más reconocidos formuladores, pueden emplearse para esta lamentable tentativa.
• La impresión que provoca su argumentación es la de alguien que se despidió y ya emigró de la TL, de aquella “que existe realmente”, que en realidad es la única que existe y se practica en las Iglesias. Esta teología es atacada en su núcleo definidor porque cometió, según Clodovis, un “error de principio, grave por no decir fatal… fallo ‘mortal’ que, llevado a término, acaba con la muerte de la TL” (REB 1004 e 1006).
• Ese error fatal pásmense es el haber colocado al pobre como “primer principio operativo de la teología”, o el haber sustituido a Dios o a Cristo por el pobre (REB 1004). Afirma incluso que “el error de principio sólo puede tener consecuencias funestas”. Alude a la contaminación en marcha de toda “pastoral de liberación”, en particular las “pastorales sociales”. Por causa de este error fatal se instrumentalizó la fe, haciéndola caer en el utilitarimo y en el funcionalismo, se ocasionó su enredo con la modernidad antropologizante y secularista, poniendo en riesgo la identidad cristiana “en el plano teológico, eclesial y de la propia fe” (REB 1007). Tales acusaciones son de gran importancia y nos recuerdan los textos acusa‐torios de los enemigos más agudos de la TL en los años 80 del siglo XX. ¡Y con razón!
• Nos preguntamos entonces ¿por qué, si se trata de un árbol tan malo, el autor se refiere varias veces a los “valiosos frutos” de la TL (REB 1011 passim)? Va más lejos al sustentar que “gran parte de la TL se incorporó naturalmente en la teología… y forma parte del discurso de la Iglesia, en general” (REB 1021). ¿No son contradictorias estas afirmaciones, que brotan de una raíz y de un tronco contamina‐dos que hacen que los buenos frutos “acaben deteriorándose con el tiempo” (REB 1006)”
• Al mismo tiempo, confiesa con cierta compasión que “no pretende refutar esa corriente, sino reubicarla en sus fundamentos originales, pues sólo así podrá salvarse” (REB 1011). Para mí esta pretensión equivale a decir: “Mi hermano, voy a apuñalar tu corazón pero quédate tranquilo, es para tu salvación”, como si la puñalada no hiriera mortalmente el corazón.
• Su posición es agradable para los oídos de aquellos que, distanciados del mundo y del sufrimiento de los pobres, aborrecen esta teología. Refuerza el intento de aquellos que en la sociedad y en sectores del Vaticano quieren verla muerta o impiden que sea estudiada, o prohíben que se haga referencia a ella para la práctica pastoral con los pobres y marginados.
• Ocurre con Clodovis Boff lo mismo que pasó con cierto ministro de Estado. Fue al Parlamento y anunció: “Es preciso acabar con la idea de que la Amazonía debe ser mantenida como un santuario para el deleite de la humanidad”. “Debemos llevar el desarrollo a aquellas áreas”. Todos saben que el modelo actual de desarrollo es de puro crecimiento material a cualquier costo, implicando la deforestación y grandes quemas, con el consecuente calentamiento climático de la Tierra. Inmediatamente los madereros, ganaderos y plantadores de soya apoyaron al Ministro diciendo: “finalmente alguien que nos entiende y tiene ideas adecuadas y modernas para la Amazonía”. Los ambientalistas se preocuparon y lo criticaron duramente, denunciándolo como enemigo de la naturaleza y de la vitalidad del Planeta.
• Podemos imaginar que los que condenaron a Jon Sobrino (Clodovis aprueba la Notificación romana), a Gustavo Gutiérrez, a Ivone Gebara, a Marcelo Barros, a José María Vigil, a Juan José Tamayo, a Castillo, a Depuis y a Küng, entre otros, se acercarán a Clodovis y le dirán satisfechos y con el pecho inflado de fervor doctrinal: “Bravo, hermano. Al fin alguien que tiene el coraje de desenmascarar las equivocaciones y los graves y fatales errores de la TL”.
• Con igual coraje me siento urgido a decir lo contrario: estas contundentes críticas suyas no hacen justicia a la “TL que existe realmente”, generan inseguridad en los agentes de pastoral y confusión en los pobres que siempre vieron en esta teología una fuente de esperanza y de motivación para el compromiso liberador. Como se ha dicho: “podemos irritar a los poderosos, más no podemos nunca defraudar a los pobres”.
• Por eso, juzgo que esta posición de Clodovis tiene que ser refutada con argumentos bien fundados, por ser equivocada, teológicamente errónea y pastoralmente dañina. No sólo por intereses de la pastoral y de política eclesiástica, sino por razones internas de la teología. En mi opinión, sus insuficiencias teóricas y teológicas son tantas que invalidan el peso de sus argumentos. Depende más de una teología aristotélicopagana y neoescolástica, rigurosa en su método pero en el fondo formalista, incapaz de dar cuenta del desafío que los pobres representan para el pensamiento y para la práctica cristiana. Los pobres aparecen siempre como un tema entre otros, algo secundario, de segundo orden y un principio secundum quid, cosa que no se sustenta cuando tomamos en serio el mensaje y la práctica del Jesús histórico y de los Apóstoles. Por eso, este modo de estructurar el método teológico corre el riesgo de condenar la Iglesia y la teología a la irrelevancia histórica y a la esterilidad pastoral.
• Nos parece que no es la TL la que debe “regresar a sus fundamentos” (REB 1001), sino la teología de Clodovis Boff, a fin de que él vuelva al primer amor.
• Hay tres ausencias que quitan sustentabilidad a su reflexión: la ausencia de una adecuada teología de la encarnación; la ausencia del sentido singular del pobre brindado por la TL; y la ausencia de una teología del Espíritu Santo. En cada parte seremos breves, porque las materias son, en gran parte, conocidas.
2. Ausencia de una teología de la encarnación
• ¿Qué nos dice la tradición dogmática sobre la encarnación? Que el Hijo de Dios dejó su trascendencia y asumió en Jesús de Nazaret la naturaleza humana en situación de “carne”, es decir, limitada, vulnerable y pobre. A partir de la concepción en María por la fuerza del Espíritu, aquella humanidad comenzó a pertenecer a Dios de forma “inconfundible, inmutable, indivisible e inseparable”, siendo Jesús, al mismo tiempo, “verdaderamente Dios y verdaderamente hombre” (Calcedonia año 451). Pero la encarnación no se limita solamente a Jesús. Comenta la Gaudium et Spes: “Por su encarnación, el Hijo de Dios, se unió de algún modo a todo hombre” (n. 22). Todo hombre está formado por los mismos elementos del universo, forjados hace billones de años en el corazón de las grandes estrellas rojas. Por eso es parte de nuestro sistema cósmico que también fue tocado por la encarnación. Jesús no sería salvador universal si no salvase también el universo que de alguna forma asumió.
• Como encarnado, el Hijo estaba limitado al espacio y al tiempo palestino. Por la resurrección rompió todas las limitaciones y se transformó en el “nuevo Adán” (1Cor 15,45). De sárquico (la forma de ser del humano, débil y mortal) él se transformó en pneumático (la forma de ser de Dios). “El señor es Espíritu” (2Cor 3,17), es decir, por la resurrección manifestó en sí el modo de ser propio de Dios, que es ser Espíritu de vida.
• De acuerdo a las reflexiones del prólogo de san Juan y de las epístolas paulinas a los Efesios y Colosenses, queda claro que el Cristo adquirió dimensiones cósmicas por la encarnación y la resurrección. Él es “todo en todas las cosas” (Col 3,11): el pleroma, la cabeza del cosmos y de la Iglesia (cf. Col. 1,16-18; Ef 1,10).
• La encarnación no debe ser entendida como un evento metafísico ahistórico (dos naturalezas), sino como un proceso de asunción de la totalidad de la vida de Jesús en la persona del Hijo. El Hijo se encarna en una cultura, un lenguaje, una familia, una profesión (artesano y campesino mediterráneo), en una determinada religión. Como dijo Benito XVI en el discurso inaugural de la V CELAM en Aparecida: “El Verbo de Dios, haciéndose carne en Jesucristo, se hizo también historia y cultura” (n. 1). Y nosotros añadiríamos, con los avatares que están allí implicados.
• Enfrentó conflictos y persecuciones. Opuso el Reino de Dios al Reino del César, lo que significaba un crimen de lesa majestad, confrontó la religión de amor y de perdón con la religión de la ley y la cobranza. Su muerte no fue simplemente un acto de donación, sino resultado de un tipo de predicación y de práctica que suscitó un enfrentamiento que acabó por provocar su asesinato judicial, en la cruz. A pesar de la condena, fue fiel a su proyecto y al Padre y, en razón de eso, donó su vida.
• El lugar central de su anuncio y práctica está reservado a los pobres (”bienaventurados los pobres”). Es a partir de ellos que el evangelio aparece como buena noticia de vida y liberación. La preocupación por los pobres pertenece a la esencia del evangelio, como aparece claramente en el encuentro de Pablo con aquellos que eran considerados las columnas en Jerusalén, relatado en la epístola a los Gálatas 2,10. Entre Pablo y ellos existe plena concordancia doctrinal, pero recomiendan al apóstol de los gentiles: “Acuérdese de los pobres”, cosa que él dice haber hecho desde el principio”.
• Luego entonces, lo pobres no pueden ser sólo “tema”, aunque sea fundamental (REB 1002); una vez tratado, podemos pasar a otros. Ni es “sólo principio segundo y prioridad relativa” como afirma Clodovis (REB 1004). El pobre pertenece a la substancia del Evangelio y a la esencia del mensaje y del legado de Jesús. Decir lo contrario es colocarse fuera de la sagrada herencia de Jesús y de los Apóstoles.
• Además, la actitud hacia los pobres y maltratados es determinante en el momento supremo de la vida cuando se define el destino final de cada uno y de la humanidad entera. El Juez Supremo se identifica con los pobres: “todas las veces que hiciste algo a uno de estos mis hermanos menores, fue a mi a quien lo hiciste” (Mt 25,40) o “fue a mi a quien no lo hiciste” (Mt, 25,45). En la tarde de la vida, recordando las palabras de Santa Teresa de Ávila, no seremos juzgados por la fe, por el principio epistemológico primero o segundo de la teología, ni por los dogmas, ni por nuestra pertenencia a la Iglesia, sino por el más mínimo amor que hayamos tenido o no para con “estos pequeños”.
• Es sintomático y perturbador que el texto de Mt 25,31-46, tan central para la teología y particularmente para la TL, no sea citado ninguna vez por Clodovis. Es que no cabe en su perspectiva. Basta este texto para invalidar toda su construcción teórica. Aquí esta el punctum stantis et cadentis de la salvación. ¿Cómo no debería serlo también para la teología y su método?
• Entonces, podemos decir enfáticamente que no es error teológico identificar al pobre con Dios y con Cristo. No es verdad que la TL sustituyó a Dios y a Cristo por el pobre. Si fuera error, el Juez supremo debería ser el primero en ser recriminado. Fue Cristo quien quiso identificarse con los pobres. El lugar del pobre es un lugar privilegiado (hay otros) de encuentro con el Señor. Quien encuentra al pobre, encuentra infaliblemente a Cristo, todavía crucificado, pidiendo ser bajado de la cruz y ser resucitado. Por causa de la fe en la encarnación, es falsa la segunda parte de la siguiente afirmación: “El principio-Cristo incluye siempre al pobre, sin que el principio-pobre incluya necesariamente a Cristo” (REB 1012). Decir que el pobre no incluye necesariamente a Cristo es desdecir lo que dijo el Juez supremo.
• Desde que el Hijo se hizo hombre y hombre pobre, el lugar del pobre es lugar de Cristo y viceversa. Desde que Dios por Jesús se hizo pobre, el pobre fue constituido en “principio operativo de liberación”. Debemos respetar esta forma como Él quiso acercarse a nosotros. Él estableció esta densidad sacramental de los pobres y ninguna teología y pureza metodológica puede pretender anularla.
• Paulo VI dijo al clausurar el Vaticano II, y repitió en su discurso a los Obispos en Medellín en 1968: “Para conocer a Dios es necesario conocer al hombre, especialmente a los pobres y sufrientes”. No permite secundarizar al pobre y hacerlo simplemente relativo o tema, aunque fundamental, como pretende el texto de Clodovis.
• Nos complace citar, en este contexto, a Karl Bart, que sirve como crítica a lo que Clodovis dice de la modernidad con su intento de hacer del hombre la medida de todas las cosas. Dice Barth: “Por el hecho de que Dios se hizo hombre, el hombre se volvió la medida de todas las cosas”. Nosotros los latinoamericanos diríamos: “Desde que Dios se hizo hombrepobre, el hombrepobre se vuelve la medida de todas las cosas”. Por causa de la encarnación, del Dios bíblico que optó por los pobres de Egipto y de Babilonia y por causa de Cristo, que compartió la condición de pobre y se identificó con ellos.
• Más la encarnación trae también una consecuencia de grandes proporciones que la teología clásica de corte griego raramente recibió: la transparencia. No se trata sólo de inmanencia y trascendencia, tan acentuadas por el texto de Clodovis. Esta es una categoría pagana del pensar filosófico griego que crea oposiciones abisales. La encarnación inaugura otra categoría, esta sí típicamente cristiana: la transparencia. Por la transparencia, la trascendencia participa de la inmanencia y viceversa. El resultado de esta mutua presencia es la transparencia de Dios en la santa humanidad de Jesús: “quien me ve a mí ve al Padre” (Jn 14,9). Teilhard de Chardin fue uno de los pocos que vio claramente esta singularidad al escribir: “Si nos es permitido modificar ligeramente una palabra sagrada, diríamos que el misterio del Cristianismo no consiste exactamente en la Aparición, sino en la Transparencia de Dios en el universo. ¡Oh! Sí, Señor, no solamente el rayo que aflora, sino el rayo que penetra. No vuestra Epifanía, Jesús, sino vuestra Diafanía (El medio divino, Seuil, Paris 1957, p. 162).
3. Ausencia del sentido del pobre en la TL
• Clodovis Boff en otros escritos enfatizó, con justa razón, que no podemos reducir al pobre a una visión economicista, sino que implicaba abrirse a las diferentes formas de pobreza con sus correspondientes liberaciones. Nos sorprende que en su texto haya olvidado esta comprensión suya y haya asumido el concepto raso de pobre en sentido economicista, como aquel carente de medios de vida. Con esto olvidó la perspectiva típica que la TL confirió al pobre como transparencia del Encarnado y Crucificado entre nosotros.
• Ella, desde su inicio, vio al pobre desde la óptica de la fe cristológica. Por eso el primer momento de la TL, enfatiza Gustavo Gutiérrez, es de silencio y de contemplación frente a los pobres que nos revelan al Cristo pobre. Después viene el momento del amor que se traduce en la opción por los pobres. Sólo quien ama verdaderamente a los pobres, opta por ellos. Optar por los pobres es optar afectivamente por el Cristo pobre que se vela y revela en ellos. Finalmente, importa comprometerse efectivamente con ellos para juntos realizar la obra de la liberación concreta.
• En verdad, el pobre es un enjuiciado y un empobrecido. Comenta Gustavo Gutiérrez, en este mismo número de la REB (1036): “A partir del punto de vista de la fe, las causas de marginación de tantos reflejan un rechazo del amor, de la solidaridad, y a eso lo llamamos pecado”.
• Como hemos visto, el pobre de la TL que existe realmente poco tiene que ver con el pobre del texto de Clodovis Boff. En ella pobre y Cristo son vistos y pensados juntos, por causa del misterio de la encarnación. En Clodovis ocurre una ruptura: por un lado está Cristo con “su primado epistemológico”, como “principio primero” (REB 1004) y por otro el pobre “como principio segundo y prioridad relativa” (REB 1004). Esta división no se sustenta en una teología cristiana que toma en serio la verdad dogmática de la unidad inconfundible e indivisible del hombre-pobre Jesús como el Hijo eterno del Padre.
• Nos suena rara y sin base en la tradición teológica esta distinción peregrina suya entre teología primera y teología segunda. No hablaban así los maestros medievales y los modernos. Lo que hay es una sola teología, una única mirada o pertinencia. En la Suma Teológica santo Tomás es cristalino: “teología es el pensar sobre Dios y sobre todas las cosas a la luz de Dios”. Se trata de un proceso único, donde Dios y todo lo que es de Dios gozan de centralidad.
4. Ausencia de una teología del Espíritu Santo
• Existe en el texto de Clodovis demasiada centralidad en la figura de Cristo y en un Cristo sárquico que aún no conoce las transformaciones operadas por la resurrección. Pues, como vimos, por la resurrección él gana una ubicuidad cósmica y fermenta dentro de la escalada humana rumbo al Reino de la Trinidad. Clodovis es, en el fondo, cristomonista, como si Cristo fuese todo, olvidando al Padre y al Espíritu Santo. Esta “dictadura” de Cristo en su teología lo aproxima, en algunos párrafos, al fundamentalismo (REB 1013). O reduce el encuentro con Cristo “a la escucha orante de la Palabra, el ejercicio de la oración y el amor a la Eucaristía” (REB 1016). ¿Por qué se olvida de la presencia de Cristo en el sacramento del pobre?
• Quien no incluye al Espíritu en la cristología no está hablando del Christus totus. Él es obra del Espíritu (Lc 1,35), su vida y obra son hechos en el Espíritu (cf. Mc 1,12; Mt 4,1; Lc 3,22; 4,1) y su resurrección es obra del Espíritu (Rm 8,11). Su obra es continuada y prolongada por el Espíritu (Jn 14,26;15,26).
• El Resucitado y el Espíritu llegan antes de la Iglesia y del misionero. Están presentes en la historia humana, suscitando amor, bondad, perdón, en fin, la salvación en curso. Sin una teología del Espíritu y del Resucitado (que asumió la modalidad del Espíritu) no se dará un diálogo fecundo con las religiones, con los movimientos históricos que buscan sentido y con sus culturas. Cerrados sólo en una cristología del Jesús histórico sin incluir sus dimensiones cósmicas derivadas de la encarnación y la resurrección, no saldremos del sistema cerrado de la Iglesia. Y ella, por la acción de las dos divinas Personas, se constituye siempre como sistema abierto que da y recibe, aprende y enseña y se reconcilia con la humanidad restante que se encuentra siempre bajo el arco iris de la gracia divina.
• Es el Espíritu quien nos hace superar la angustia que sentimos por el peso de las instituciones eclesiásticas o que ventila continuamente a la Iglesia no permitiendo que se autodestruya, sino que sea siempre sacramento, es decir, señal e instrumento de la salvación ofrecida indistintamente a todos, especialmente a los pobres y agobiados por la vida.
• El Espíritu es la fantasía de Dios y como tal anima a la teología a ser creativa y a superar su endurecimiento en las tradiciones y en las doctrinas codificadas.
• Es el Espíritu quien alimenta la espiritualidad y nutre la experiencia mística de percibir en el curso de la historia humana y en las personas la acción divina, más allá de los límites institucionales de las Iglesias y de las religiones.
5. Conclusión: cuidar de la cualidad evangélica de la teología
• Con nuestras reflexiones intentamos rescatar la cualidad evangélica de la teología, máxime de la TL. Para ello, es preciso siempre rescatar la dignidad sagrada de los pobres y, para los cristianos, su centralidad jesuánica y evangélica. No es posible que aquello que es decisivo para la salvación eterna -los pobres y oprimidos no sea decisivo para la teología, o sea sólo relativo y secundario.
• La teología, en último término, debe servir “ad salutem animarum”. Hasta el código de Derecho Canónico, siempre tan formal y piramidal, se sujeta a esta regla. Por eso su último canon (1752) termina diciendo, quizás confesando: “téngase delante de los ojos la salvación de las almas que, en la Iglesia, debe ser siempre la ley suprema” (prae oculis habita salute animarum, quae in Ecclesia suprema sempre lex esse debet).
• No se cumple esta misión sin un aura espiritual y mística, que debe siempre rebasar el discurso teológico. Esto no se garantiza citando simplemente la oportuna palabra de Rahner (”el siglo XXI será místico o no será”), como lo hace Clodovis. Ella debe penetrar el modo propio de hacer teología. La articulación metodológica de Clodovis es excesivamente racional, de una racionalidad cartesiana en la línea del “modo geométrico”. Esto puede ser adecuado para una teología “de modo aristotélico” o “althusseriano”, mas no para una teología cristiana que, a causa de la encarnación, no se permite jamás separar a Dios del ser humano ni a Jesús de los pobres. Todos los teólogos deben preocuparse por la cualidad espiritual y evangélica de su discurso, para que sea connatural al evento cristiano.
• No hay dos amores, uno a Dios y otro al prójimo o al pobre. Es un solo amor, pues hay un solo impulso que va de Dios al prójimo y del prójimo a Dios. Por ello tampoco hay dos teologías, sino una sola en la pluralidad de sus expresiones, que, balbuceando, refleja y ama a Dios y al mundo de Dios.
• Es mérito de la TL haber articulado el discurso de Dios con el discurso del pobre y el oprimido, inspirado en el Dios de la vida que, por su naturaleza, opta por los que menos vida tienen y fundado en el misterio de la encarnación que unió indisolublemente, pero sin confusión, a Cristo con los pobres o al Juez supremo con los maltratados y sufrientes de nuestra historia. Esta teología confiere centralidad a la dignidad evangélica de los pobres, honra el evangelio y es fiel a la herencia bienaventurada de Jesús y de los Apóstoles en el momento de la historia de nos toca vivir.
• Finalmente, me permito confesar cómo veo la tarea esencial del teólogo en el seno de la comunidad cristiana y en el corazón del mundo: Nos ha sido confiado el cuidado de la Luz Santa que arde en cada corazón humano y que sustenta la vida, la resistencia y el compromiso liberador de los pobres y oprimidos. Nuestra misión es alimentarla permanentemente porque si se eclipsa, lo más sagrado y digno que hay en el ser humano se transformará en estrella muerta y significará una inmersión en el abismo.
Petrópolis, fiesta de Corpus Christi de 2008.
Leonardo Boff, Teólogo Peregrino
Para leer el escrito de Clodovif Boff, pulsar en :
CLODOVIS BOFF. TEXTO ENTERO
http://www.adital.com.br/site/noticia.asp?lang=ES&cod=33508
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DIOS SE HACE CARNE EN JESÚS DE NAZARET (3)
Juan Luis Herrero del Pozo
La realidad de Dios respeta porque fundamenta, haciéndola existir, la realidad de todo ser humano. Al parecer, no habría acontecido así en Jesús: su realidad cabal de persona autónoma fue suplantada por el Verbo preexistente de Dios, la segunda Persona de la Trinidad impidió que la realidad humana de Jesús se construyera como persona supuesto que, según el dogma calcedoniense, sólo hubo lugar en él para la Persona trinitaria. Así ésta avasalló a su humanidad impidiéndole desplegarse existencialmente como realidad autónoma creada. Lo que se nos presenta en Jesús como misterio de grandeza kenótica sería más bien una realidad de pura contradicción al alcanzar Jesús la condición divina sin siquiera constituirse previamente, igual que todo ser humano, como persona ‘in fieri’, en camino hacia la unión con su creador. Sin llegar a ser criatura autónoma en camino hacia Dios ya es Dios desde el primer instante. Se nos habla de misterio para ocultar una contradicción o, al menos, un vacío de sentido. Se verbaliza lo que no puede ser ‘pensado’ y que para colmo es inútil: para que Jesús “transparentase” (revelase en nuestro beneficio) a Dios habría bastado que se hiciera pura acogida de su Don. Si al menos tuviéramos la garantía de una Escritura categórica y revelada…pero lo primero que ésta asegura no es “Jesús es Dios” sino que nos toma de la mano para seguir las huellas de la progresiva “divinización” del profeta. Ahora bien, construir un misterio burlando el nivel del simbolismo (la Palabra se hizo carne) es perder el sentido y la eficacia reales y profundos de tal simbolismo y desviarse por un callejón sin salida en el que se agotarán las fuerzas sin fruto espiritual.
Hubiera preferido no especular pero los especuladores de misterios fuerzan a ello.
IV.8 La realidad de Dios habría anulado la conciencia
autónoma de Jesús Hombre y su devenir personal.
Es claro que nos aventuramos en arenas movedizas. Salvo la del silencio total, cualquier otra humildad dejaría expedito el camino a inoperantes elucubraciones sobre una realidad tan sencilla y armoniosa como fue Jesús de Nazaret. Tomada esta precaución aventuro alguna reflexión que busca superar las argucias de aburridas especulaciones de la dogmática tradicional.
En la tesis tradicional de Jesús hombre y Dios o bien renunciamos a cualquier intento –por estéril- de aproximación al pretendido misterio o algo deberemos advertir si no queremos que el espesor de la niebla más densa inunde completamente la lectura jugosa de los evangelios; niebla que favorece el subjetivismo: en la interpretación de éstos es demasiado cómodo saltar a voluntad de donde Jesús actúa como hombre a donde actúa como Dios. Pero en este segundo caso, si Dios es realmente inefable (apofatismo) ¿qué alcance tendría nuestro parloteo? En cambio de lo ya un poco conocido, como es el ser humano, podemos colegir lo desconocido, Dios, no a la inversa.
Marcel LÉGAUT, lúcido como pocos, en su texto “Hacerse discípulo” del Cuaderno 2 ofrece una serie de reflexiones como rara vez he encontrado más profundas en mis lecturas. Su particular visión se centra en la humanidad de Jesús, a partir de un comentario que golpea ya de entrada como queja contenida. El cristiano, dice, ve en Jesús al Dios imaginado conforme a la cristología tradicional en lugar de centrarse en su humanidad en plenitud… Las apretadas páginas de Légaut rebosan experiencia sin duda personal por la fuerza con que se expresa. Siguiendo con su consejo de afrontar en Jesús lo más conocido, su humanidad, sospecho que cualquiera de nosotros tiene tarea para la vida entera en una relectura de los evangelios con ojos tan agudos y nuevos como los del laico francés. En comparación con este creyente vigoroso, hoy a poco me puedo atrever yo, sólo a algo muy limitado y fragmentario, con temor y temblor ante una de las cumbres de la humanidad, Jesús.
Me centro en un interrogante en apariencia secundario para justificar mi ruptura con mi anterior visión de Jesús de Nazaret. En la teología tradicional la afirmación de que Jesús es Dios nos da de bruces con una disyuntiva insoslayable y preocupante: ¿la conciencia de Jesús percibió o no su realidad de ser divino? ¿Existe estanqueidad o comunicación entre ambas conciencias, divina y humana? El planteamiento más tradicional era rotundo: Jesús sabía que era Dios ejerciendo como tal, y, dado el monoteísmo de su cultura judaica, se autodefinió nada menos que como igual al Padre, Verbo eterno, Hijo predilecto del Padre atisbando el mismísimo misterio trinitario.
Si Jesús no hubiera tenido conocimiento de su ser divino a qué o a quién habría servido la hipótesis de su divinidad. ¿Qué sentido tendría asegurar que sólo por ser Dios nos pudo ‘salvar’ si no tuvo conciencia humana de estar haciéndolo? ¿No afectaría a Dios en su propia realidad el hecho de tal ignorancia que se disfraza como ‘kénosis’, ocultamiento o abajamiento (¿ante quién?), tomado el texto de Filipenses como afirmación sustantiva más que como sugerente lenguaje poético?
Parece, nos aseguran, que Jesús debió tener al menos conciencia “exercita”, ejercida (J.Lois) de su ser divino. De otro modo ¿cómo pudo perdonar los pecados? ¿O esto era ya afirmación teológica interpretativa de la primera comunidad? Demos por legítima una conciencia de Jesús sobre su divinidad. Pero en tal supuesto surge una mayor dificultad: no pudo ser humano como nosotros si hemos de negarle como Calcedonia el ser persona, es decir, el ser naturaleza humana cabal, tan persona humana como cualquiera. Ahora bien, lo específico de la persona –en la antropología moderna- es su carácter evolutivo, su ir construyéndose a través de la incertidumbre, la lucha, el tanteo, el afecto y el desamor existenciales en un status de relacionalidad interpersonal constituyente. El ser humano es una realidad ‘in fieri’, en devenir. Cosa que en Jesús habría quedado descartada. A poco consciente que hubiera sido de su identidad con Yahvé, ello le habría ahorrado toda tentación e imposibilitado todo dolor y le habría situado directamente (¿en qué momento?) en el status terminal de ‘bienaventurado’ o beneficiario de la ‘visión beatífica’ celeste. ¿No son acaso incompatibles el gozo de la plenitud final y el devenir de una biografía incierta? Jesús habría sido un ser humano extrañísimo más que misterioso, ciertamente en nada semejante a nosotros. Además el problema rebota: si tenía ciencia divina ¿cómo pudo equivocarse sobre el final inminente del mundo, del propio Reino que él aseguraba inaugurar?
Es muy cómodo apelar al misterio, pero habrá que arrostrar sus consecuencias: incluso aunque por hipótesis de estricto misterio no fuese el ser de Jesús pura contradicción, lo que sí parece cierto es que no se dejaría “ser pensado” y lo que no puede ser pensado carece de sentido o significatividad y su verbalización es una cáscara vacía sobre todo en la mentalidad moderna. Cáscara vacía que es inútil rellenar con voluntarismo verborréico acumulando aparatosamente dilatadas, complejas y celestiales especulaciones bien sonantes…No nos engañemos, el público ya ha abandonado el teatro.
El hecho de que Jesús fuese Dios parece perfectamente irrelevante y sin significado en el mundo de hoy. Incluso en cualquier hipótesis cultural hubiera sido previo e inevitable haber tomado conciencia de cómo el pensamiento cristiano elaboró la necesidad de tan extraña fórmula de encarnación de Dios. Está claro que fue a partir de la idea de que el pecado original de nuestros míticos padres Adán y Eva nos había privado a sus descendientes por generación directa de un pretendido status sobrenatural en el que habría sido creada de modo doblemente gracioso la primera pareja, es decir como seres humanos y como hijos de Dios. Aquel bendito pecado (o felix culpa) torció el proyecto del Creador y no hubo más remedio, por amor, que ir desvelando que Yahvé era tres en uno y enviar a la tierra a uno de los tres.
Tal cosmogonía sólo se explica desde una mente mágico-mítica bastante infantil de la que, con perdón de los así creyentes, aún no se ha liberado el imaginario religioso, tanto culto como popular.
Sólo he pretendido hablar claro y despejar así el camino. Ahora hay cosas muy provechosas que decir desde la comunidad de naturaleza de Jesús con nosotros.
IV.9 El triángulo existencial de Jesús: su Yo, los otros, el Otro.
Un doble factor condiciona esta reflexión.
Despojado el personaje histórico de Jesús de los postizos oropeles –en mi criterio- de la divinidad penetramos en un panorama realmente desconocido. Desconocido porque durante toda mi vida se superponían las dos ‘transparencias’, las dos diapositivas, la divina y la humana de Jesús. Y entonces 1) Todo cambia al quedar una sola y es tarea a recomenzar la del conocimiento de Jesús. Despejada la niebla en que se movía el personaje en mi imaginario mental he de rehacer toda la tarea de búsqueda de los rasgos de la diapositiva humana restante. Y advierto que no es fácil recomenzar a leer todo el evangelio con ojos nuevos. Me siento muy condicionado por mi largo pasado de ambigüedad frente al Maestro. Sin embargo adivino que puede ser apasionante. Y 2) Presiento que el infinito respeto en que merece ser envuelto cualquier encuentro profundo con otro ser humano se crece sin medida frente a Jesús. En Jesús más que en ningún otro ese respeto exige estar a la altura, es decir, implica una sintonía interior, una connaturalizad especial para no perderse lo mejor del encuentro. El desnivel existencial entre Jesús y yo produce escalofríos ante tanta grandeza humana apenas vislumbrada. Cómo necesito crecer para entender.
Es desde nuestra propia vivencia profunda desde donde podemos acercarnos un poco al conocimiento (no del todo teórico) de Jesús y, mediante tal esfuerzo, descubrir nuevas profundidades de nosotros mismos y de nuestro desarrollo humano. Aparte de lo específico de Jesús que es, por su alto grado de unión mística, transparentar al Padre Jesús es el mejor pedagogo para el encuentro con uno mismo. Aunque sólo sea en su globalidad la figura del Maestro en los relatos evangélicos remueve todos los parámetros mentales, desestabiliza todas las seguridades y abre horizontes que parecen no poder ser nunca alcanzados.
Dicho lo cual reconozco que, una vez superada la niebla de las dos ‘transparencias’ superpuestas, me siento apenas iniciando como neófito esa tarea, cosa que me obliga a la mayor modestia. De modo que, de momento, me voy a ceñir a señalar las coordenadas en las que parece enmarcarse inevitablemente la biografía del gran profeta galileo.
Jesús desarrolla su aventura de construcción personal dentro del triángulo común a cualquiera aunque obviamente de modo bastante singular en su caso: su YO adulto, los que le rodean y más le impactan (‘los otros’) y Yahvé, el Otro inefable. En dicho triángulo es difícil asignar de entrada no tanto una centralidad teórica cuanto una cierta prioridad a alguno de los ángulos. Sospecho que entre los tres se produce un movimiento de autoconstrucción en espiral ascendente, aunque no lineal sino de va-y-ven circular y retroactivo entre los tres ángulos existenciales mencionados: El Yo de Jesús y los otros se fecundan incesante y recíprocamente. A su vez el Yo de Jesús se construye frente al Padre a partir de los otros y frente a los otros a partir del Padre. La amplia circularidad del movimiento es el origen de una densificación singular y plenificante de la persona de Jesús. Circunstancia, por lo demás, que al no serle privativa pero sí especialmente subrayada en los relatos evangélicos nos brinda un marco natural de encuadre vital.
IV. 9.1 El Yo de Jesús es una autoconstrucción abierta al Infinito.
Es lo propio del carácter sustancialmente evolutivo de la persona cuya múltiple relacionalidad la va modificando y construyendo siempre abierta hacia delante, hacia una plenificación que no puede dejar de ser, en toda conciencia inteligente y libre, su destino natural. Jesús crecía en toda la línea de lo humano, viene a decirnos Lucas en dos versículos casi seguidos para subrayarlo.
Este crecimiento es una lenta evolución que en su fase de madurez propiamente tal implica haber superado la etapa infantil de prevalencia de lo más instintivo junto a los condicionantes exteriores. La conciencia va cayendo en la cuenta de modo más o menos consciente y reflejo de lo específico del yo. Éste va logrando el encuentro consigo mismo. Es esa presencia a sí mismo que establece algunos parámetros esenciales: conciencia del propio valor al mismo tiempo que de la precariedad y carencias existenciales y personales, conciencia de potencialidades múltiples sin consentida limitación, mezcla de esperanza y temor ante la incertidumbre de la vida y, en especial, despunte de la afectividad altruista…En la etapa inicial de la infancia si existe la noción Dios es un elemento más aunque eminente del puzzle cultural del que el individuo ha sido más bien sujeto pasivo. Respecto a ese conocimiento de Dios se puede hablar de creencia cultural, no de fe. En cuanto al conocimiento de ‘los otros’ se puede afirmar que en la infancia están todavía lejos de ser algo integrado. Los otros son salvaguarda del miedo, refugio del afecto instintivo (los familiares y amigos) o, al contrario, eventuales contrincantes y peligrosos enemigos de quienes protegerse.
Jesús vive, sin duda, en su hogar un clima de afecto, solicitud y protección. Por los efectos de notable equilibrio y madurez de que dio muestras Jesús cabe inferir el alto nivel de cualidades y armonía del nido familiar; sin descartar en sus padres defectos y manías; los propios de la imperfección congénita de la que sólo una tardía tradición pretendió preservar a María. Su salvación preventiva del pecado original carece de sentido por inexiste éste y por incompatible su mera hipótesis con el desarrollo natural de la personalidad. En alguna otra ocasión he apuntado que es vano el intento de salvar el dogma mediante un pecado original entendido como congénita y natural precariedad de la condición humana de la que nadie, ni siquiera Jesús, se ha salvado. Superada nuestra concepción de relación mágica con la divinidad, desde cualquier ángulo que abordemos el constructo mitológico cristiano resulta ser un castillo de cartas que se derrumba cuando falla una cualquiera.
La noción que en su infancia tuvo Jesús de Dios debió ser ya bastante depurada, solidaria de la tradición profética y sapiencial con seguras y fuertes connotaciones escatológicas a juzgar por la vocación mesiánica que despertó pronto en él y que tan preponderante papel desempeñó en la percepción por sus amigos de la resurrección de quien habría de volver, dejada a medias su misión.
Poco o nada podemos afirmar de esta creencia cultural de Jesús sobre Dios pero sin duda debió ser algo natural y espontáneamente humano, lo más alejado de una percepción estrábica por la que su Yo como Verbo preexistente habría abarcado en él, distinguiéndolos, lo humano y lo divino; como si se descubriese hombre al mismo tiempo que “se creía” a sí mismo Dios. ¿O no vivió Jesús también de la fe sin perjuicio de su “visión beatífica”? Puestos a aceptar misterios… Ya se percibe que no estamos ante algo ‘pensable’ sino ante una “verdad” nido de contradicción que preservamos afirmándola como misterio pero que, no siendo ‘pensable’, en nada ayuda a nuestro conocimiento.
La conciencia humana de Jesús procesa, en cambio, su madurez en ese movimiento tan de nuestra especie por el que la percepción aguda de nuestra precariedad va acompañada, por ser inteligencia abierta, de una ilimitada aspiración a la perfección y a la supervivencia. Aspiración que se intuye como potenciación activa o capacitación para una plenitud tal vez sólo ilimitada pero no infinita (¿qué diferencia habría en el caso humano?) o tal vez infinita si la sed insaciable de nuestro espíritu indica una fuente inagotable, viva, sin límites.
Es preciso, no obstante, superar los simples contornos del Yo de Jesús precisamente para mejor conocerlo.
Es Yo que se hace presente a sí mismo, inicio de la madurez, se presenta de modo inevitable, como en todos nosotros, supeditado al acierto y la decisión de encarar debidamente a ‘los otros’.
IV. 9. 2 Para Jesús ‘los otros’ preferidos son los marginados.
Si Jesús fue construyendo su madurez fue sin duda en el descubrimiento y la apertura progresiva a los otros seres humanos cada uno de ellos como un ‘otro yo’ (alter ego), un semejante digno de amor por sí mismo y no sólo por su utilidad para satisfacción de las propias necesidades. Este proceso no tuvo por qué ser temáticamente elaborado pero sí profundamente vivido. Es el nivel de conciencia imprescindible en la madurez. Pero hubo más.
De niños consideramos como natural lo que aparece como algo común, habitual, generalizado. No es fácil ni se hace espontáneamente caer en la cuenta de las posibles anomalías de lo que abunda. Aquella sociedad era cruelmente injusta y desequilibrada. Una realidad social de escandalosos contrastes entre una minoría que, pese a la intención originaria de los años sabáticos, se había hecho con la propiedad de las tierras mediante el expolio de la mayoría. Una inmensa mayoría de personas y familias débiles y sufrientes hasta un grado difícil de imaginar que, privados de tierra, quedaban reducidos a la venta de su propio trabajo agrícola acompasado a veces con diversas chapuzas de ruda factura. Jesús era uno de los últimos, aunque no un marginado. Y por numerosos y cercanos que pudieran ser algunos de los más pobres no se acostumbró a la rutina. Su sensibilidad madura y afinada nunca pudo vivir ajena a tanto sufrimiento. Al menos así se manifestó cuando abandonó tan tardíamente el hogar (¿qué había hecho hasta entonces?): es uno de los datos más fiables de los relatos evangélicos, la sorprendente compasión de Jesús en el sentido pleno de sufrir-con.
Con no menor sensibilidad fue descubriendo la pobreza moral de muchos de sus conciudadanos y no necesariamente los más materialmente pobres. Es manifiesto que a Jesús se le rompían las entrañas ante semejante espectáculo hasta el extremo de que sus acompañantes, pese a la sobriedad de los relatos, advirtiesen cómo lloró a la vista de la ciudad santa de Jerusalén.
Su compasión aguda y auténtica no se amilanó con pasiva impotencia. Se dio en él un doble sobresalto: denuncia vigorosa de tan clamorosas injusticias y maldades morales y un desvivirse por aliviar cuantos sufrimientos le salían materialmente al camino o llegaban a sus oídos. Tal comportamiento estaba animado por una tan extraordinaria energía que, al igual que ciertos personajes de la historia, producía efectos insospechados comenzando por generar potentes impulsos de superación y curación en muchos: “tu fe te ha salvado”, interpretaba él con naturalidad.
Fue, sin duda, la cercana convivencia con tales miserias y sufrimientos la que alimentó su implacable denuncia de ricos y autoridades religiosas, responsables éstas de la peor perversión de lo religioso, el ‘culto utilitario’, enervador y anestesiante de la conciencia moral. La denuncia de Jesús fue implacable y las autoridades religiosas omnipresentes en la sociedad acusaron el golpe. Bajo toda clase de pretextos pronunciaron entre ellas una sentencia a muerte del incómodo profeta de Nazaret. Jesús, sensible siempre a los desgraciados y marginados fue cargando el ambiente. No dejaron de señalarle los de su entorno algo que él mismo había advertido. Jesús no fue creyente puntilloso; al contrario, no predicó la religión sino la justicia y arrostró sus consecuencias sin titubeo: acostumbrado caminante a lo largo y ancho de Galilea en el entorno del lago llegó un momento en que ante el estupor y miedo de los suyos decidió subir a Jerusalén donde no tardó en ser apresado, condenado y apresuradamente asesinado.
En el triángulo “Jesús- los otros- Yahvé” ¿cuál fue el elemento dinamizador de su tarea mesiánica, el Padre o los hermanos? Probablemente la alternativa existe sólo teóricamente pero la vivencia del día a día del Jesús incansable itinerante impregnado hasta la médula del sufrimiento de aquella sociedad no deja lugar a dudas: Dios y los pobres no concurrían para él en competencia sino que se retroalimentaban, en mi modesta opinión.
El dilema ha recorrido los siglos en la reflexión de los creyentes y bien podría constituir el elemento que funge como parteaguas definitivo en la dialéctica de la vivencia religiosa: ir por Dios hacia los pobres o encontrar en éstos a Dios. Es precisamente el debate entre sector conservador de la iglesia y movimientos progresistas, en particular las comunidades de la Teología de la Liberación. Debate precisamente ilustrado por la controversia en estos mismos días entre los hermanos Boff, Clodovis y Leonardo. Los creía a ambos más hermanados por el espíritu que por la sangre. Error. El primero acaba de adoptar la posición más vaticanista que condenó en su día a los teólogos de la Liberación. Leonardo le ha replicado con energía. Como botón de muestra significativo Leonardo observa que en el largo discurso de su hermano no existe una sola cita de Mateo 25 que es precisamente el principio fundamental de la Teología que representa: no seremos juzgados por nuestra creencia religiosa sino por el comportamiento con los hermanos incluso desde la ignorancia de Dios “¿cuándo, Señor, te vimos hambriento o sediento o encarcelado…”
Desconozco si en alguna otra religión existe una intuición tan novedosa y desconcertante por ir a contrapelo de lo religioso tradicional. Tan desconcertante que ni siquiera a estas alturas de la historia han caído en la cuenta de tal intuición jesuánica los epígonos de la tendencia conservadora con el papa Ratzinger y Clodovis Boff a la cabeza, aferrados a un purismo más aristotélico que evangélico. Ellos declaran que el principio fundante de la teología y de la praxis cristianas es Dios o Cristo, no el pobre.
Esta intuición tan heterodoxa y religiosamente descabellada de Jesús obliga a pensar que pese a la manifiesta circularidad entre Dios y los hermanos, fue la proximidad de Jesús a los pobres la que le alzó a tan alto grado de espiritualidad. Vivió con tanta fuerza la fraternidad que al Dios Sebaot, Dios de los ejércitos, sustituyó su “abbá”, su Dios tan tierno como una madre. Decididamente, el Evangelio para Jesús es la Buena Noticia que proclama y realiza la salvación-liberación de los pobres y en ella encontramos todos al Dios salvador.
IV, 9. 3 Jesús descubre a su “abbá” Dios en los hermanos.
Lo esencial de este apartado ha sido dicho en el anterior. Baste ahora subrayar el “principio encarnación” que es el armazón real de todo este escrito. Verdaderamente Dios se ha encarnado en las obras de sus manos que son su imagen llegando al punto culminante de esta encarnación en el ser humano. En éstos, especialmente los más desprotegidos, es donde se volcó el profeta galileo y haciéndolo descubrió el rostro bondadoso del Padre que era tanto más Padre cuanto más necesitados y sufrientes estaban sus hijos. No me cabe la menor duda, los heridos junto al camino de la vida con los que Jesús se encontraba le ‘transparentaban’ a su “abbá”. Y esa fue la razón de la intuición desconcertante que es recogida en Mateo 25 y que 50 años después fue una de las líneas de fuerza de la mística joanea: al Dios que no vemos lo amamos en el hermano que vemos. Tanto para Jesús como para nosotros el hermano es el sacramento de Dios, la diafanía, la transparencia, la encarnación de Dios.
En otros lugares me he preguntado, partiendo incluso del en apariencia irracional enamoramiento, qué ocurría para que la persona, que se percibe como un cierto absoluto y a la que su consiguiente egocentramiento tendería a encerrarla en un radical solipsismo, qué ocurría, pregunto, para que se abra al otro con un amor desinteresado y lo tenga por un semejante, por alguien igualmente absoluto, nunca susceptible de ser entendido y tratado como simple instrumento y medio para un fin ajeno. ¿Por qué esta capacidad de descentramiento del ego? Siempre he creído que en esta superación del propio ego –que lejos de negarse se realiza- latía la llamada misteriosa del Absoluto de Dios. En toda la creación encontramos huellas del creador, en el reconocimiento de la alteridad, en el enamoramiento, en toda la dinámica del amor altruista, resonaría el canto de sirena del abismo del absurdo, del más falaz sin sentido si no nos estuviera esperando la llamada del Dios de Jesús, como a él mismo le ocurrió en su experiencia vital con los más pobres y pequeños. No me escapo por las nubes, sé que subrayo una intuición que muchos han compartido…Apuesto que también Jesús la vivió sin aparatosidad conceptual. Como nosotros vio en sus hermanos al Dios invisible. Como nosotros se encontró con el Padre cuando amó a sus hermanos.
Tal vez se comience a entender el misterio de la creación de Dios que encierra la total Realidad de lo que hemos acostumbrado llamar Encarnación y Salvación.
Sólo nos queda descubrir, por fin, que Jesús, “abandonado” por el Padre en la cruz le entregó su espíritu y que, con toda su humanidad renovada, fue re-creado a su derecha. ¿Estamos reconociendo que Jesús “resucitó”? Por supuesto ¡como todos!
D
(continuará en Dios se hace carne en Jesús de Nazaret (4), IV, 10)
Logroño a 18 de junio de 2008.
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Epílogo de José María VIGIL
Teología pluralista:
los datos, las tareas, su espiritualidad
Por los muchos caminos de Dios - IV
Teología pluralista liberadora intercontinental
Este cuarto volumen «Por los muchos caminos de Dios» marca un hito de madurez en el objetivo que perseguía la colección, de levantar acta y acompañar el surgimiento de una «teología del pluralismo religioso liberadora» a partir de América Latina, pero con voluntad mundial. Después de haber tratado de identificar los desafíos que la teología del pluralismo hacia a la teología de la liberación (primer volumen), y después de haber identificado las primeras respuestas (segundo volumen) así como de haber intentado un primer esbozo de teología pluralista (tercer volumen), en este libro acabamos de intentar pasar revista al estado de esta teología en los diferentes continentes del planeta. Es hora pues de proponer algunas interpretaciones, aunque sean provisionales, después de la contemplación de este panorama que se acaba de desplegar ante nosotros.
Vamos a hacerlo en tres pasos: tratando de hacer un balance de los datos que se dejan observar, intentando señalar las tareas que se adivinan, y ahondando en la significación o espiritualidad de todo ello.
Balance de los datos
Muy en síntesis, diríamos que, con modestia pero con verdad, los datos que hemos visto a lo largo de las páginas precedentes, nos permiten hacer, como balance sintético, las siguientes aseveraciones
La teología del pluralismo religioso (TPR) es ya hoy día una realidad que no puede ser ignorada, presente en todos los continentes, con una presencia significativa aunque sea de un modo inicial.
Igualmente, aunque en menor grado está presente la teología pluralista, ya se trate genéricamente teología del pluralismo religioso o de una rama específica de la teología, como cristología o eclesiología. En este campo debemos decir que esta presencia es mucho más inicial, apenas germinal, y no en todos los continentes, siendo Asia quien va a la cabeza.
Respecto a los teólogos y teólogas podemos decir que aún es muy pequeña la proporción de quienes entre ellos ya parecen haber abordado esta nueva perspectiva y haberse confrontado con ella. Relativamente, son muy pocos son los que ya se han manifestado produciendo reflexiones teológicas, tanto genéricamente sobre el pluralismo religioso, como reconstrucciones de ramas teológicas o tratados teológicos en clave «pluralistas». En este aspecto estamos simplemente siendo testigos de los primeros pasos, que por una parte son difíciles, y, por otra, quieren ser prudentes -y es bueno que lo sean, sin perder la perspectiva de su urgencia histórica-.
Creemos que se puede afirmar que, en general, comienza a ser captado el estatuto epistemológico de la TPR, como el estatuto de una teología que no es «una rama más», ni siquiera «una rama nueva» de una supuesta «teología universal de siempre», sino una nueva forma de teología, o como «la forma de ser a la que ha de pasar toda la teología» . Se trata sólo de una intuición que comienza a ganar los adeptos más tempranamente intuitivos: el pluralismo, el paradigma pluralista, es el nuevo paradigma en el que ha de ser vaciada la teología. La teología pluralista es el futuro de la teología, y el paradigma pluralista es la matriz de pensamiento y de nuevo ethos en el que ha de ser vaciado el cristianismo. Estas intuiciones, decimos, ya empiezan a hacerse presentes en el ámbito teológico.
Esa intuición conlleva la percepción de la necesidad de «reescribir toda la teología», como ya anunciara proféticamente Paul Tillich poco antes de su imprevista muerte. Y de ahí surge el sentimiento de quedar abrumados ante la enormidad de la tarea que se vislumbra por delante. Si la teología de la liberación se desarrolló y alcanzó su plenitud en apenas 25 años, parece obvio que el cambio epocal que el paradigma pluralista supone, probablemente va a demandar más tiempo para que se realice el trasvase o el «vaciado» del patrimonio simbólico del cristianismo –y de las demás religiones- a los nuevos moldes.
Y a este sentimiento de abatimiento ante la enormidad de la tarea, se suma el sentimiento de temor a los desafíos que comporta. Cada vez son percibidas con más claridad las mutaciones de pensamiento que se exigen frente a la que ha sido la presentación del cristianismo. No importa que nos refiramos a la presentación moderna del mismo, incluso a la presentación más aggiornada a la luz del Concilio Vaticano II, en el caso del catolicismo: aun los planteamientos más renovadores de este Concilio quedan superados por el paradigma pluralista.
Desde América Latina concretamente, podemos decir que el balance que hacemos también permite afirmaciones como las siguientes:
América Latina se ha hecho presente ya –aunque haya llegado con retraso- en el debate actual de la TPR, del que estuvo ausente todo el siglo pasado. Si bien incipientemente, ya se puede decir que América Latina tiene una voz y ha comenzado a decir su palabra en este concierto universal.
Más aún: América Latina ha entrado en el diálogo con su carisma más conocido y reconocido: desde la teología y la espiritualidad de la liberación. Podría haberse adelantado alguna otra perspectiva o entidad de las muchas que componen la América Latina plural. Pero no: América Latina ha entrado en el debate mundial sobre la teología del pluralismo religioso aportando explícitamente su carisma, tratando de aportar su impronta, de «cruzar la teología de la liberación con la teología del pluralismo».
Con ello, no sólo estamos en un nuevo estadio de la teología latinoamericana, sino que es la misma teología de la liberación la que se adentra en una nueva etapa. Si su última etapa comúnmente reconocida es la de su diversificación en varias teologías a cargo de diversos «sujetos emergentes» (indígenas, mujer, negros...), hoy hay que decir que estamos entrando en una nueva etapa de la teología de la liberación, que no se caracterizaría por un nuevo sujeto ni tampoco por un nuevo objeto... sino por una nueva «pertinencia», un nuevo «objeto formal» añadido, aquel que viene del paradigma pluralista.
Obviamente, no se trata de una nueva etapa que clausure otras, ni que las sustituya, ni que rompa con nada... Los sujetos emergentes actuales y las tareas en curso de la teología de la liberación continúan, deben continuar, sólo que ahora, ellos y ellas deben dar el salto cualitativo que el nuevo paradigma comporta, recuperado el trabajo ya realizado, traduciéndolo y reconvirtiéndolo desde la clave del nuevo paradigma. La teología de la liberación estaba realizando un buen trabajo desde la perspectiva inclusivista... No se trata ahora de abandonar nada, sino de continuar, pero reconvirtiéndolo todo a la perspectiva pluralista. Este paso, este salto cualitativo abre una etapa realmente nueva, que va a marcar «un antes y un después» decisivo. Y todo parece que la teología del pluralismo religioso está en pleno momento de desarrollo y expansión, y que le espera un futuro promisorio.
La tareas
Pasemos al intento de señalar las tareas que se parecen adivinarse en este desarrollo presente y futuro de la TPR.
Comenzando por el campo de la teología, la primera gran tarea que se puso en marcha en todo este proceso fue la construcción de la llamada «teología del pluralismo religioso», es decir, la construcción de una «teología de las religiones» que ya no centrase su preocupación en la posibilidad misma de la salvación fuera del cristianismo –por tratarse ya de algo obvio-, sino que se centrara ahora en el significado mismo de la pluralidad de las religiones . Se trata de una teología «de genitivo», cuyo contenido u objeto material es la pluralidad misma de religiones: ¿qué significa en la historia y en el «plan de Dios»? Esta tarea va a continuar, está inacabada, y es probable que tenga todavía mucho futuro.
El paso siguiente es la elaboración de una teología del pluralismo religioso que ella misma sea pluralista (no ya exclusivista o inclusivista). No será ya una teología «de genitivo», sino formalmente pluralista, es decir, que asuma el pluralismo como perspectiva epistemológica . Dentro de esta tarea, cabrá en primer lugar centrarse una «teología pluralista del pluralismo religioso», pero el segundo paso, necesariamente, será abordar la construcción de teologías pluralistas particulares, o sea, la reconversión pluralista de las ramas de teología específicas: cristología, eclesiología, teología de la revelación, escatología, sacramentología... Como en la teología de la liberación se dio una teología general en primer lugar y una elaboración de las distintas ramas teológicas desde la perspectiva liberadora, otro tanto ha darse en el campo de la teología pluralista. Y recordemos a Tillich: toda la teología ha de ser reescrita desde este nuevo paradigma.
No hace falta decir que prácticamente todo está por hacer en este campo de la construcción pluralista de las teologías sectoriales, de las disciplinas o ramas teológicas específicas. Apenas ha habido leves incursiones en el campo de la cristología, más como propuestas individuales que como logros aceptados y reconocidos en la comunidad teológica, académica o pastoral.
Es importante señalar que toda esta construcción que nos espera por delante, exige así mismo una «deconstrucción»... Esta es otra tarea, simultánea. Porque no estamos en un solar vacío, sino ya ocupado por edificios muy antiguos y bien cimentados, que se resisten a caer y que tienen a muchos teólogos tratando de apuntalarlos. La teología pluralista y la inclusivista no van a poder convivir fácilmente. La construcción de una va a exigir la deconstrucción de otra. La primera fase de una nueva construcción va a ser, en buena parte, la demolición y el desescombro del solar. Es la tarea de presentar los desafíos, de afrontarlos y debatirlos, y de dirimir sobre los cambios a adoptar.
Aparte de las tareas teológicas propiamente dichas, hay otras tareas que acometer para que todo el proceso camine con armonía. Hoy día la teología pluralista está fuera de las instituciones eclesiásticas y de las instituciones religiosas en general. Las religiones –cristianismo incluido- fueron concebidas en el exclusivismo, y en él han vivido durante milenios; apenas algunas, como verdaderas excepciones, y con dificultades, han asumido el inclusivismo. Por eso, no hay en ellas todavía espacio para la perspectiva pluralista. El pluralismo se les antoja como inasequible, imposible de asimilar para lo que tradicionalmente han sido las instituciones religiosas. Necesitarían tiempo para comprenderlo y para digerir y asimilar sus desafíos. La tarea de la teología consistirá en influir en las instituciones, con tacto y con paciencia, para irla abriendo a la recepción de los desafíos del pluralismo primero, y de la teología pluralista después.
Será necesario ayudar a que las instituciones religiosas (iglesias y religiones) sean capaces de reaccionar con una sabiduría cargada de visión de futuro, en vez de reaccionar, una vez más en la historia, en función de sus intereses egoístas institucionales. Las instituciones deberían comprender que su única salvación, en esta hora histórica, es, de nuevo, «pascual»: aceptar morir a sus intereses egoístas, para resucitar renovadas, reconvertidas, al servicio de la Humanidad, asociadas a todas las demás religiones, como la única forma de ser aceptadas en la sociedad y de no ser arrojadas al basurero de la historia.
No debemos dejar fuera de esta «agenda» de tareas la preocupación pastoral. Los teólogos y teólogas lo «pasan mal» cuando se ven confrontados por un nuevo paradigma que desafía sus anteriores convicciones, las somete a una deconstrucción a veces implacable, y les obliga a «nacer de nuevo» y a aprender a mirar la realidad de un modo nunca antes experimentado. El común de las personas religiosas está llamado a vivir esa misma experiencia pascual: va a tener que morir poco a poco a sus convicciones, usos, supuestos, teologías y espiritualidades anteriores, y renacer a «otra manera de creer» . El tránsito no va a ser fácil. Pero de ninguna manera hay que tenerle miedo, ni hay que retrasar su afrontamiento. Al contrario: cuanto más se demore, antes se saldrá al paso del gran número de deserciones que se produce y que aumenta cada día precisamente por no afrontar el problema.
Es aquí donde hay que volver a repetir aquello de que la teología del pluralismo religioso no ha de ser relacionada con el diálogo interreligioso en primer lugar. Muchos así lo hacen, pensando que tal teología sirve para preparar ese diálogo con otras religiones. Por supuesto que la teología del pluralismo religioso es una inmejorable preparación remota para el diálogo interreligioso, pero no es ésta su aplicación primera ni principal. No me canso de repetir que «la TPR no es ante todo para dialogar con alguien, sino para dialogar con nosotros mismos». Dicho de otra manera: «no es para el diálogo interreligioso, sino para el diálogo ‘intrarreligioso’». O sea, para dialogar con nosotros mismos: para recomponer nuestra teología inclusivista y reconvertirla en pluralista. Después de lo cual, ciertamente, estaremos mejor preparados para un eventual diálogo interreligioso, pero la asimilación de la teología del pluralismo religioso, como recomposición que es de toda la cosmovisión religiosa de nuestra vida, tendrá pleno sentido aunque no tengamos a nadie de otra religión con quien dialogar.
Su significación: espiritualidad
¿Qué es lo que mueve todo este proceso y esta efervescencia de la TPR? ¿Un puro debate teológico académico? ¿Hay detrás de él también una mística?
Siempre se ha dicho que detrás de toda gran corriente o movimiento teológico hay una experiencia espiritual profunda que ha prendido en el pueblo de Dios. En eso difieren las «escuelas» teológicas, que simplemente derivan de la referencia a la doctrina de algún teólogo genial. La teología de la liberación, por ejemplo, no fue una «escuela»; no derivó de una cabeza genial que abrió escuela; fue más bien como un incendio espiritual que en un momento determinado prendió y se propagó inconteniblemente en el pueblo de Dios. Antes de la teología de la liberación y debajo de la misma estaba, suscitándola y alimentándola, la espiritualidad de la liberación. Los escritos de los te& | |