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Las religiones rezagadas
José M. Castillo, teólogo

Moceop
“El mundo tiene prisa, y se acerca a su fin”. Esto dijo el arzobispo Wulfstan en un sermón pronunciado en York en 1014. O sea, hace casi mil años, ya había clérigos amenazando con desastres inminentes.
Lo que pasa ahora es que la rapidez y profundidad de los cambios se ha acelerado hasta tal punto, que casi todo el mundo está desconcertado. En los últimos 30 años, la sociedad ha cambiado más que en los 300 años anteriores. Y nadie sabe en qué va a terminar todo esto.
Así las cosas, lo primero que conviene tener presente es que los cambios que estamos viviendo ahora son los más rápidos y profundos que se han producido en la historia de la humanidad.
Porque son cambios globales, que afectan a todo el mundo y a todos los ámbitos de la vida. Ahora bien, cuando en la sociedad y en la cultura se producen procesos de cambio, son las instituciones religiosas las que más lentamente asumen tales cambios.
Cuando la historia avanza tan velozmente, las religiones se quedan rezagadas. Lo cual es comprensible. Porque las religiones se basan en revelaciones, tradiciones, ritos ceremoniales, usos y costumbres, que tienen su origen en tiempos remotos, y que los creyentes asumen y hacen suyos hasta tal punto que modificar eso es inevitablemente lento y complicado.
De donde resulta que, en este momento, las religiones producen la impresión de “cosas de otros tiempos”, que poco a nada tienen que ver con lo que está pasando y estamos viviendo ahora. Si a eso se añade que, con frecuencia y en muchas cosas, las religiones mandan y prohíben lo que a mucha gente le parece inútil, anticuado, incómodo o insoportable, ya tenemos una de las razones (no la única) más fuertes de lo que está pasando.
Porque todo esto, como es lógico, afecta a nuestra Iglesia más de lo que imaginamos. Por eso yo me resisto a explicar los conflictos entre la Iglesia y el Gobierno echando mano de argumentos que no tocan el fondo del problema. Decir que los obispos son de derechas, que no son ni tan inteligentes ni tan buenas personas como deberían ser y cosas parecidas, todo eso seguramente tiene su parte de verdad. Pero el problema no está básicamente en nada de eso. ¿Por qué?
Cuando la Iglesia es vista por mucha gente como una cosa trasnochada, en las ideas que propone, en el lenguaje que usa, en las ceremonias que organiza, en las normas que impone y hasta en las vestimentas y oropeles que con frecuencia usa, y si además muchos ciudadanos ven que todo eso no sirve sino para complicarles la vida más de lo que ya está complicada, entonces pasa lo que tiene que pasar: las iglesias se van quedando cada día más vacías, los seminarios y conventos más solos, los recursos económicos escasean, la presencia social de la religión se hace problemática y así sucesivamente.
La consecuencia de todo esto es que los dirigentes religiosos y sus feligreses más incondicionales se ven arrinconados y pueden tener la impresión de que no se les quiere o están en peligro. La salida, entonces, son los comportamientos fundamentalistas. El fundamentalismo, en efecto, es “tradición acorralada” (A. Giddens). Y el que se siente amenazado, se agarra a un clavo ardiendo. Y si el “clavo”, en lugar de arder, da dinero, aporta privilegios y lleva fieles incondicionales a los templos, ya tenemos la mejor explicación de lo que están haciendo los obispos españoles precisamente en estos días. Con un matiz que es fundamental.
Los obispos hacen lo que estamos viendo porque están plenamente convencidos y seguros de que es eso lo que tienen que hacer, aunque tengan que pagarlo a costa de impopularidad y otros inconvenientes importantes. Pero tienen la fundada esperanza de que los resultados de las próximas elecciones les favorezcan y así les ayuden a salir de la penosa situación en que la Iglesia se ve metida.
A mí me parece que, por el camino del integrismo religioso y la restauración de la Iglesia anterior al Vaticano II, esta Iglesia no va a ninguna parte. Porque el problema no está en recuperar la Iglesia de los tiempos de Pío XII, sino en volver a la Iglesia de los orígenes, la que nació del Evangelio y nos ha transmitido la memoria de Jesús. Eso, y no otra cosa, es lo que muchos cristianos echamos de menos en la Iglesia.
Los problemas de la familia, de lo que se enseña o se deja de enseñar en la escuela, el aborto, la eutanasia, los homosexuales, la derecha o la izquierda, todo esto puede tener la importancia que tenga. Pero mil veces más importante que todo eso es vivir como Jesús nos dijo que tenemos que vivir. Sin embargo, ahí está el problema. Lo que está pasando estos días con el libro, que ha escrito J. A. Pagola sobre Jesús, es elocuente. No puede ser casual que un libro sobre Jesús haya vendido 40.000 ejemplares en pocas semanas. Pero resulta que un libro, que tanto interesa a la gente, es sospechoso para los obispos.
Es evidente que la gran mayoría de los creyentes va en una dirección y los obispos en otra. Sin olvidar una cosa que es fundamental: Roma está perfectamente enterada de todo esto. Y no solamente lo consiente, sino que lo justifica y lo fomenta. Porque la cuna del fundamentalismo católico no está en Madrid, sino en Roma. El papa diciendo misa en latín y de espaldas al pueblo es todo un símbolo. En vez de recuperar el retraso histórico y cultural que lleva la Iglesia, su cabeza visible retrocede hasta el siglo VIII, que fue cuando empezó la misa de cara a la pared y dicha en una lengua que la gente ya empezaba a no entender.
Termino: dejemos a los políticos y a los obispos que anden a la greña según les convenga. Y vamos a tomar más en serio el Evangelio y la memoria de Jesús. Sólo por ahí puede venir la solución a la penosa situación que estamos padeciendo.

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Milagros? No, ¡gracias!

El tema “milagros” estuvo en debate televisivo, en el transcurrir del año 2002, en el discutible programa “Griegos y Troyanos”. También fui invitado a participar y acepté. Fui a defender el “no”, en oposición al conocido biblista portugués, Cura Carrera de las Nieves, que fue a defender el “sí”. El debate se perdió en cuestiones secundarias y más o menos folklóricas. No tuvo coraje de ir al “meollo” de la cuestión. Aun así, habrá valido la pena. Por mi parte, casi no tuve oportunidad de fundamentar la respuesta negativa que doy a la pregunta, “Cree en milagros?” Decidí, por ello, elaborar un texto teológico donde presento esa fundamentación. Es ese texto que aquí registro. Para que muchas otras personas puedan conocer mi visión. Nadie deje de leer y comentar. Verano, al final de la lectura, como el “no” que doy a la pregunta, “Cree en milagros?”, es la única manera de glorificar el santo Nombre de Dios, al menos, el Dios que se nos reveló plenamente en Jesús de Nazaret, el Cristo, que nunca hizo ningún milagro, ni mostró preferencia hacia nadie, durante su vida histórica. Podrán concluir, también, que sólo un Dios que no hace milagros es creíble. Un Dios milagrero es un ídolo imaginado por nuestras debilidades y frustraciones que sólo sirve para oprimirnos, asustar e infantilizar todavía más. Por mí, no voy por ahí.

Desde hace siglos, que la Iglesia católica nos está mandando catequizar que Dios hace milagros. Bastará pedir-los con fe. Y juntar unas cuantas promesas en dinero. Más unos cuantos violentos sacrificios, por ejemplo, ir kilómetros y kilómetros a pie hasta el santuario más famoso de cada país (en Portugal, el de Fátima se lleva palma ), a ser posible, a pan y agua, sin hablar, y después todavía allá a rastras, andar de rodillas o sencillamente pasar la noche al relente acostado sobre el frío y duro suelo.
Los milagros siempre formaron parte de la llamada apologética católica. La existencia de milagros era hasta la prueba de que Dios existe y de que la Iglesia católica es la única verdadera, ya que era por intermedio de ella y gracias al canónico reconocimiento de ella que los milagros se realizaban.
Todavía hoy, para que alguien sea beatificado o canonizado y tenga derecho a culto público, nacional o universal (los que no den después en dinero y en prestigio para la institución, esos cultos a los santos y santas!...), la Iglesia católica exige al menos un milagro. Y no sirve lo mismo para que alguien sea beatificado y canonizado. Tiene que ser un milagro para ser beatificado y otro distinto y todavía más espectacular que el primero, para que el beato o la beata pase a santo o santa. D. Nuno Álvares Pereira, por ejemplo, nunca pasó de beato a santo. Mientras no hubiere prueba canónica de que Dios realizó otro milagro por su intermedio y por su intercesión, el estratega lusitano de victoria militar sobre los castellanos en Aljubarrota no podrá tener culto público en España y en el resto del mundo. Sólo en Portugal!
Hasta que, últimamente, la Iglesia católica acaba de perder el monopolio de los milagros que tuvo durante siglos. Con la aparición de las nuevas Iglesias, a las que ella prefiere llamar "sectas", los milagros hoy son muchos más. Basta que las personas con problemas frecuenten los cultos religiosos presididos por pastores, de preferencia, con acento brasileño. Y que lleven con ellas dinero, mucho dinero. O el libro de cheques con cobertura. Y no es que las poblaciones con problemas de droga, enfermedades, paro, quiebras de empresas, mal de ojo, dolores de cabeza o de estómago, estreñimiento y otros del género, corran para esos siniestros lugares de culto, se deshacen allá del poco o del mucho dinero que tienen , pasan a decirse curadas? , mas no se percibe allá muy bien ¿porqué si es que ellas, están curadas, tienen que continuar frecuentando los cultos de los pastores, o pagar el diezmo y hacer otras muchas ofertas suplementarias de dinero a la iglesia milagrera?...
Son milagros, o negocio rentable? Son milagros, o puro chantaje con el sufrimiento de las poblaciones? Son milagros, o perversa invocación del santo Nombre de Dios? Son milagros, o graves casos de policía que debían ser investigados, en lugar de permanecer impunes?

Es imperioso abrir el debate frontalmente. Por tanto, avanzaré inmediatamente algunos datos evangélicos y teológicos contra toda esta mentira organizada, que tiene tono de charlatanería y de diabólico. Como tal, sólo está sirviendo para, a través de los siglos, mantener a las poblaciones, principalmente, las menos ilustradas y las menos evangelizadas, en el más craso oscurantismo, en el miedo (de los dioses y demonios) y en la más cruel de las opresiones, la opresión de las conciencias. Ello es un crimen que clama al cielo y un pecado contra el Espíritu Santo!

La simple idea de milagros es extraña al Evangelio o Buena Nueva de Dios, revelada en Jesús de Nazaret, tanto en su práctica libertadora, como en su palabra hecha de verdad. Ni siquiera una de las múltiplas acciones de Jesús, realizadas a favor de la liberación/dignificación de personas concretas, es ahí alguna vez clasificada de "milagro".
La lengua griega en que las cuatro narrativas canónicas del Evangelio son escritas, tenía una palabra propia para decir milagro, en el sentido popular y religioso de "prodigio", de algo que no se explicaría a la luz de la ciencia y/o del sentido común de entonces. Pero, sorprendentemente, los autores de esas narrativas nunca la utilizan para clasificar las acciones de Jesús. En vez de escribir el término griego téras/térata (milagro/milagros), siempre escriben sêmeion/sêmeia (señal/señales), ergon/irga (obra/obras), y dynameis (fuerzas libertadoras).
Y no se diga que fue por mera casualidad. Fue intencionadamente. Es que la experiencia que las comunidades de discípulas y de discípulos tenían de Jesús, su maestro y señor, que acabó Crucificado en manos de los representantes del Poder religioso (los jefes de los sacerdotes, los doctores de la ley y los fariseos) y de los representantes del Poder económico/financiero y político (el Sumo sacerdote que oficiaba en el Templo de Jerusalén y era simultáneamente el mayor banquero del país; del Sanedrín; el rey Herodes, y el gobernador romano, Poncio Pilatos) constituían una experiencia totalmente distinta y en las antípodas de la que hasta entonces era atribuida a curanderos itinerantes y otros hacedores de milagros que integraban los múltiples cultos politeístas del Imperio romano. O de aquella que todavía hoy es atribuida a los pastores de las nuevas Iglesias y a una cierta imagen católica de Dios, o de santo y de santa.
De ahí los términos griegos que los autores de las narrativas evangélicas eligen para clasificar las acciones y las palabras de Jesús. Esos términos traducen bien la experiencia radicalmente libertadora que Jesús proporciona a las personas que con él privan. Y que no es un don exclusivo de Jesús, pero que ha de ser compartido por cuantas y por cuantos le dan su adhesión (Jo 14, 12), esto es, por cuantas y por cuantos – aunque se llamen ateos – osemos, hoy también, ser mujeres y hombres a su manera, no a la manera de los representantes de los distintos Poderes opresores, estos sí que son bien capaces, de acciones y de discursos espectaculares, en la línea de los prodigios y de los milagros que el pueblo religioso/supersticioso tanto aprecia (cf. Mt 4, 1-7; Ap 13, 1-18). Pero que, bien vistas las cosas, son acciones y discursos que sólo sirven para que los representantes de los Poderes perpetúen más eficazmente su dominio sobre las poblaciones oprimidas y explotadas, sin voz ni voto, sinó como bestias de carga, carne de cañón y consumo de droga, telenovelas, pornografía, espectáculos de fútbol y romerías religiosas, más que de verdaderos seres humanos constituidos en libertad y en dignidad.

Milagros? Fue cosa que Jesús nunca hizo. Ni tan poco benefició de ninguno, en toda su vida histórica. Y si Jesús, en determinada altura de su ministerio, todavía pensó que Dios podía en cualquier momento intervenir milagrosamente a favor de él (cf. Mt 26, 53), tuvo que aprender (cf. Hebreos 5, 7-10) con el desarrollo de ese mismo ministerio que un Dios milagrero sólo podía ser creación suya y de la Humanidad, a partir de su propia impotencia y, sobre todo, de la impotencia de las poblaciones empobrecidas y oprimidas del mundo. Tuvo, por ello, en su propia carne, que purificar y corregir su idea de Dios. Y, cuando, ya en la cruz, Jesús se ve completamente abandonado por Dios y se le dirige como en desesperación de causa, con las palabras del salmo 22, "Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?", la verdad es que la única respuesta que le llegó de Dios fue el más completo silencio y la más completa ausencia. Como si Dios no existiese (y de facto no existe para intervenciones como esas. Felizmente!). Lo que hizo que Jesús, a la altura de la cruz, se volviese objeto de la más vil chanza, por parte de los jefes de los sacerdotes y de su propio pueblo (Mt 27, 39-44)!

Milagros de Jesús? Las acciones que le son atribuidas por los Evangelios y que las distintas Iglesias tienen mentirosamente interpretado y enseñado como milagros, no solamente son milagro alguno, sinó que con toda propiedad, podemos llamarles anti-milagros! Son acciones/intervenciones (en griego, irga) destinadas a destruir la mentalidad milagrera que, cuál diablo, permanecía alojada y todavía hoy permanece – también por culpa de las Iglesias – en las poblaciones menos ilustradas, quizá, muy religiosas, pero todavía por evangelizar. Y que, mientras así permanezcan, harán de ellas poblaciones enajenadas, ingenuas, menores, estáticas, invidentes, mudas, sordas, cambiantes, muertas, totalmente dependientes y al arbitrio de minorías especuladoras, tanto políticas como religiosas, generalmente bien hablantes, llenas de privilegios y de demagogia, poderosas y con apariencias bienhechoras a primera vista, para así conseguir sus objetivos, escondiendo lo que realmente son: lobos voraces (cf. Mt 7, 15). Por ello, poblaciones sumidas en la más absoluta pobreza, llenas de supersticiones y devociones hacia imágenes de santas y santos, a las vírgenes de Fátima, Aparecida, Guadalupe y de otros muchos nombres, tantos como de carencias efectivas padecen. Es esa misma mentalidad milagrera que hace de las poblaciones del mundo, poblaciones mutiladas en el alma, confrangedoramente(no averiguo el significado de esta palabra ) a la espera de la vida eterna, de un milagro de Dios que nunca llegó! Ni llegará jamás!
Pues, quien, hasta hoy, más y mejor dijo/reveló a las poblaciones pobres de su país y del mundo la Buena Noticia, con tanto de sorprendente como de difícil aceptación, de que Dios no es milagrero, fue el propio Jesús de Nazaret, el Cristo, a través de su práctica y de su palabra, una y otra radicalmente conciencializadoras y libertadoras y fecundamente revolucionarias.
Y por ello, es que Jesús acabó como acabó finalmente: crucificado, rechazado por los jefes de los sacerdotes y también por las poblaciones pobres que frecuentaban las mentirosas catequesis de sus alienantes cultos.
Si Jesús hubiese revelado a un Dios milagrero, él mismo hubiese sido milagrero y, entonces, en vez de ser rechazado y crucificado, habría sido aclamado y entronizado como rey! No pretendían otra cosa las poblaciones pobres de su tiempo y país, como las de todos los tiempos y países (cf. Jo 6, 14-15).
Pero – dirá mucha gente catequizada por la Iglesia católica y por las otras Iglesias cristianas –¿ no es verdad que Jesús cambió el agua en vino, curó un hombre que había nacido invidente, curó leprosos, hizo ver a los invidentes, oír a los sordos, hablar a los mudos, andar a los paralíticos? ¿No es verdad que resucitó a Lázaro, al cabo cuatro días en el sepulcro, al hijo de la viuda de Naim y a la hija de Jairo? ¿No es cierto que multiplicó el pan y los peces más de una vez, para poder dar de comer gratis a miles de hombres sin contar las mujeres y los críos?
Es verdad que los Evangelios narran esas y otras acciones, aparentemente milagreras, y atribuyéndoselas a Jesús. Pero lo que las Iglesias hasta hoy nunca nos habían dicho – y con eso nos inducen a la mentira que oprime – es que todas estas narrativas bíblicas no son reportajes periodísticos de milagros, ni relatos históricos. Todas ellas habían sido escritas, al menos, treinta años después de que Jesús hubiese sido crucificado. Y de igual manera cuando Lucas, al inicio de su Evangelio, nos dice que anduvo investigando cuidadosamente desde el principio, todo lo que se decía con respecto a Jesús, para después poderlo escribir; no se piense que esa investigación fue exclusiva y prioritariamente investigada a nivel de un historiador o periodísticamente, puesto que los evangelistas ni eran investigadores ni periodistas, eran teólogos de la liberación! La investigación que ellos hicieron fue sobre todo bíblica, es decir, antes de escribir los Evangelios, ellos y las comunidades cristianas a las que pertenecían, ya debidamente iluminados por la Fe en el Jesús Resucitado, investigaron minuciosamente en los principales libros de la Biblia hebraica todo lo que podría decir con respecto a Jesús Crucificado. Y este trabajo sólo fue posible, después de que algunas discípulas y discípulos experimentaron que el Jesús Crucificado, maldito según la Ley de Moisés, al final, era el Jesús Resucitado, y por tanto, el Bendito de Dios. Y es esta Buena Noticia que ellos nos dan, mediante la creación de fantásticas narrativas teológicas, tejidas de todos los ingredientes bíblicos necesarios que ayudarán a despertar a quien se deje sorprender por el Espíritu de Jesús Resucitado, el cual, ante este misterioso regalo acepta de inmediato y se adhiere gozoso personal e incondicionalmente, al mismísimo Jesús y a su Espíritu. Cuando esas narrativas evangélicas introducen, como personajes de las diversas dramatizaciones, a invidentes, sordos, mudos, cojos, muertos, no hacen más que utilizar el lenguaje de los profetas bíblicos que referían situaciones de esas en sentido figurado y teológico, para caracterizar la llegada de los tiempos mesiánicos. No son invidentes, sordos, mudos, cojos, muertos, en sentido físico. Lo son en el sentido mucho más profundo. Se refieren a las situaciones de personas oprimidas como ciertas doctrinas religiosas y como ciertas ideologías, unas y otras hechas de mentira, las cuales, mientras no fueren erradicadas de la conciencia de ellas, no las dejan verse a sí mismas y vueltas a la realidad, y mucho menos las deja actuar por ellas mismas para que, a través de esa misma realidad puedan trasformarse y actuar como trasformadoras! Y es a esta profundidad que Jesús quiere llegar. Para que las mujeres y los hombres dejen de ser atontados consumidores de religiones y, trasformados, se vuelvan protagonistas y creadores de la Historia.

Milagros? A los doctores de la Ley y a los fariseos de su tiempo y país, y de todos los tiempos y países – hoy, estas minorías privilegiadas y poderosas de las diversas sociedades ostentan otros títulos, pero las doctrinas que enseñan continúan siendo sustancialmente las mismas – que pedían y piden/exigen de él "señales del cielo", milagros, intervenciones espectaculares de Dios, para probar que tiene autoridad para hacer lo que hace y enseñar lo que enseña, Jesús les llama "generación perversa y adúltera", esto es, generación perezosa e idólatra. Y en lugar de darles lo que ellos le piden/exigen – sería demagogo, paternalista, diabólico, mentiroso y, en última instancia, ladrón y salteador, como todos los que vinieron antes que él (cf. Jo 10, 8-10) – Jesús prefiere anunciarles un acontecimiento próximo-futuro que consubstancia lo que hay de más opuesto a milagros, es decir, los remite al escándalo mayor que fue/es su propia muerte violenta y el consiguiente sepelio de su cuerpo en la fosa común, lo que terminaba, a la luz de la Ley de Moisés que ellos constantemente invocaban y enseñaban, en una situación propia de un maldito de Dios (Mt 12, 38-40).

Milagros? De modo ninguno. Un Dios milagrero sólo podría ser un dios-pescozón-agujeros,(tampoco sé traducirlo ) que nos substituye, y totalmente arbitrario. Una especie de Dios de llevar en el bolsillo, al cual las poblaciones más pobres y oprimidas podrían recurrir, siempre que se viesen en apuros.
Sólo que un Dios así sería fuente y causa de ateísmo, porque, si efectivamente hay un Dios que puede intervenir y no interviene, que puede curar y no cura, que puede evitar desgracias y no las evita, entonces es un Dios que consigue ser todavía mucho peor que muchas y muchos de nosotros.
Pero escandalizados con estas afirmaciones, los jefes de las religiones se levantan para contra-argumentar el favor de Dios, y nos dicen que Dios sólo interviene mediante milagros a quien los pida con fe, resultando aún mas fuente de ateísmo, un Dios que así se mostrase. Porque en ese caso sólo podría ser un Dios caprichoso y celoso, que concede sus favores a quien más le engatusa y usa de chantajes y malabarismos con el.
En verdad, ¿que son los ritos religiosos, sinó chantajes y malabarismos de criaturas asustadas que, en lugar de despertar la simpatía de Dios, sólo le pueden causar vómitos? No es eso que desde hace siglos, nos andan diciendo los profetas bíblicos, sin que los sacerdotes y otros jefes de las religiones los oigan? Y,¿ no es eso lo que nos dice Jesús de Nazaret, el Cristo, a quien los sacerdotes de su tiempo hicieron crucificar por medio de Pilatos, sobre todo después de que él les destruyó simbólicamente el Templo de Jerusalén y puso fin a toda aquella carnicería ritualizada de animales que ellos allá hacían y que tanto dinero les daba a ganar, bien como al “jugoso” comercio religioso que ellos y otros allá desarrollaban actuando en el santo Nombre de Dios?

Milagros? La simple idea de milagros corresponde a una etapa pasada de la Humanidad. A propósito, la más larga etapa de la Humanidad. Es una etapa que viene desde el inicio, cuando la Humanidad todavía era totalmente primitiva y que, en sus miedos e impotencias de todo orden, frente a un Universo y a una Naturaleza indomables, rápidamente comenzó por imaginar dioses y demonios, un poco por todos lados, esto es, fuerzas poderosas, bienhechoras, unas, y maléficas, otras, que tanto la podían proteger como atacar.
Es en esos tiempos de oscurantismo y de ancestrales miedos, que brotaron las religiones, como intentos humanos, cada vez más sofisticadas, de forzar a los dioses a ser buenos con la humanidad, a cambio de unos cuantos actos de culto, hechos de sacrificios cruentos de animales, cuando no, hasta de criaturas, y de otros ritos hoy sin sentido, con la esperanza de que los dioses, agradados con tales cultos, saliesen a defender a los seres humanos de los demonios y de todo el mal que estos les pudiesen hacer.
Sólo que esa larga etapa de la Humanidad, marcada por el oscurantismo, por el miedo de míticos dioses y demonios, y por la ausencia de cualquier conciencia crítica, por parte de la aplastante mayoría de los seres humanos, corresponde a una etapa pre-científica y pre-moderna que, felizmente, está siendo cada vez más superada, gracias al avance de la Ciencia y de la conciencia ilustrada y evangelizada.
Por lo que, hablar de milagros, hoy, dejó de ser apologético para la causa de Dios y de los seres humanos, y pasó a ser, como ya se dijo, una causa más y una fuente más de ateísmo! Es decir, en lugar de servir a la causa de la Fe cristiana en Dios y a la causa de la Humanidad, es un tropiezo que se levanta una y otra vez.
Es por ello que, hoy, en este inicio del tercero milenio, las Iglesias tienen que tener la humildad de volver a ponerse de bruces sobre las narrativas evangélicas y oír/interpretar, con oídos críticos y conciencia ilustrada, los relatos que, a lo largo de los siglos, oyeron/interpretaron como otros tantos "milagros" de Jesús. No son. Nunca fueron. Son relatos densamente teológicos, dramatizaciones teológicas, cuyo sentido libertador y humanizador es intenso. Son relatos con Espíritu Santo, capaces por ello de hacer nacer del Alto a quien se deje alcanzar/conducir por Él.
No obstante, las Iglesias insisten en decir que tales relatos son milagros; puede haber todavía mucha gente que acepta esa interpretación, pero no por ello deja de ser una interpretación perezosa e idólatra, mentirosa y opresora que todo lo paraliza, ciega, empobrece, oprime, enferma y hasta mata a quien se deje "llevar" por ella!
Pero de una cosa podemos estar ciertos: A medida que la larga etapa pre-científica y pre-moderna de la Humanidad diere lugar a la etapa de la consciencia crítica e ilustrada, el propio Evangelio de Jesús también apunta y hasta busca hacer despertar/acontecer en todos los seres humanos que vienen a este mundo (esta fase se puso en marcha, como movimiento histórico y secular, sólo hace poco más de doscientos años, con la Revolución Francesa, mientras que la fase anterior cuenta ya con miles y miles de años y casi forma parte de nuestros genes!), en esa misma medida las Iglesias perderán credibilidad y acabarán por quedar reducidas a simples instituciones museológicas! sin cualquier interés para nadie, sobre todo para personas con hambre y sed de autonomía, de libertad, de creatividad, de dignidad, de responsabilidad, de fiesta, y que aspiran a ser miembros de cuerpo entero de otra sociedad , constituída por mujeres y hombres en radical igualdad, al cien por cien protagonistas, a vivir en comunión de bienes y en el amor recíproco sin fronteras y sin exclusiones.

Las Iglesias, todas las Iglesias, tienen olvidado que la gloria de Dios no consiste en que haya muchos cultos ritualizados en templos más o menos suntuosos, donde las poblaciones son llevadas a adorar y a tocar toscas imágenes de míticas diosas y dioses que no son nada. La gloria de Dios consiste sólo en que los seres humanos, todos los seres humanos, crezcan en vida y vida de calidad, en protagonismo, en libertad y en responsabilidad social y política, al punto a ser posible, que no tengan que depender de Él!
Las Iglesias, todas las Iglesias, han olvidado que Dios, el de Jesús, de ningún modo se puede sentir honrado con multitudes que cíclicamente salen de sus casas en demanda de santuarios distantes e inaccesibles, que pasan privaciones y tormentos de todo tipo por los caminos y que, después de haber llegado a su destino, todavía se arrodillan en el recinto, como quien se auto-flagela y simbólicamente se anula delante de él. Las poblaciones todavía no evangelizadas pueden, en su ignorancia y en sus ancestrales miedos, hacer eso con recta intención, pero la verdad es que Dios no sólo no gusta nada de esas cosas, sino que hasta las detesta y vomita.
De lo que Dios verdaderamente gusta es de poblaciones que vivan y vivan en abundancia, sin más necesidad de humillarse, arrastrarse, mendigar, dar su dinero para santuarios con fama de milagreros y que son pura mentira, casas de opresión y cubil de ladrones. O para pastores que hablan mucho de Jesús, pero son incapaces de cumplir el principal mandamiento que él dejó a cuantas y cuantos se presentan como enviados de él en el mundo: - "Dad gratis lo que gratis recibisteis!" (Mt 10, 8)
Sin embargo, si las poblaciones, después de tantos siglos de oír hablar de milagros, persisten en la idea de ellos, por lo menos que nunca más los pidan a Dios, mucho menos los pidan a las toscas imágenes de santas y de santos o de nuestras señoras. Que ellas mismas se atrevan a hacerlos. Porque para eso Dios nos hizo hijas suyas e hijos suyos, criadoras y creadores a su imagen y semejanza, y misteriosamente habitados por el Espíritu Santo. O no es verdad que lo que Dios hizo paradigmáticamente con su hijo muy amado, Jesús de Nazaret el Cristo, es exactamente lo que Él hace, e intenta hacer, con cada mujer y con cada hombre que viene a este mundo? Dejemos entonces a Dios ser plenamente Dios en nosotros. Y todo lo demás vendrá por añadidura.

P.Mario da Lixa (Portugal).

Traducido por Juan Hernández Jover, con la inestimable ayuda del Instituto Cervantes.
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La Religión, ¿asunto público o privado?
José M. Castillo

Moceop
Desde que en el mundo hay religiones, jamás el hecho religioso ha sido un asunto estrictamente privado. La historia así lo demuestra. Y cualquier manual de sociología de la religión lo explica con argumentos serios y abundantes. Lo que pasa es que desde la segunda mitad del s. XVIII, con motivo de la Ilustración, la Revolución y las convulsiones políticas y sociales que después se han sucedido hasta hoy, no resulta fácil hablar con precisión de “lo público” y “lo privado” en lo que se refiere a la religión y su presencia en la sociedad moderna. Y más cuando se ponen a hablar de este asunto los ciudadanos de un Estado no confesional y en una cultura que es cada día más laica y más plural. ¿Qué decir de todo esto?
Es evidente que las creencias religiosas son asunto de conciencia. En ese sentido, la religión pertenece a lo estrictamente privado. Además, las creencias religiosas se refieren a Dios, es decir, a algo que no es de “este mundo”. En esto se basan los que defienden la privacidad de la religión. Si los que defienden tal privacidad, lo que en realidad quieren defender es que efectivamente la religión se mantenga en su ámbito propio, que es la conciencia, y en su relación auténtica con el Dios que trasciende las cosas de “este mundo”, en ese supuesto creo que debemos estar de acuerdo con quienes piensan que la religión es asunto privado.
Pero ocurre (y siempre ha ocurrido) que los creyentes suelen manifestar sus creencias públicamente. En parte porque muchos sentimientos privados tienden a expresarse en público. Esto pasa con los creyentes, los enamorados, los aficionados, los apasionados con lo que sea y en lo que sea. En el caso de la religión sucede además que los creyentes no suelen mantener sus creencias aisladas, sino que suelen organizarse en instituciones públicas, con sus dirigentes y sus consiguientes intereses.
Porque, como es bien sabido, Dios “no es evidente”, pero está demostrado que “es bastante útil”. Es útil para dar esperanza y sentido a la vida de la gente. Pero también lo es para legitimar el poder de los que representan a la divinidad. Quienes detentan semejante representación, mandan en nombre de Dios, cosa que impresiona mucho. Por eso el “argumento-Dios” es eficaz para someter a la gente, conseguir privilegios, sacar dinero, meter miedo, alcanzar cargos, y tantas otras cosas.
Ahora bien, desde el momento en que ocurre esto, la confusión está servida. Porque es humano y comprensible que la institución religiosa, sus mandatarios y creyentes tiendan a arrimarse al sol que más calienta. Cuando había monarcas absolutos, las religiones procuraban mantener con ellos las mejores relaciones posibles. Y cuando los monarcas absolutos dejaron de serlo y empezaron a ser monarcas constitucionales, las gentes religiosas ya no encontraron su mejor cobijo en la monarquía, sino en la derecha política. Así, la religión aseguraba sus intereses. Y la derecha los suyos.
Y así también se organizó la gran confusión. Porque a partir de entonces resulta extremadamente complicado saber si los defensores de la religión defienden a Dios o lo que en realidad defienden son los intereses de la derecha política. Se comprende que haya quienes pretenden que la religión se esté quieta, en la intimidad de las conciencias y en el secreto de las sacristías. ¿Es ésa la mejor solución? Los cristianos tenemos el ejemplo de Jesús. Este judío singular vivió en un país dominado por la gran potencia de aquel tiempo, el Imperio romano. Sin embargo, si nos atenemos a lo que dicen los evangelios, Jesús no denunció la tiranía de Pilatos ni la desvergüenza de Herodes. ¿Quiere decir esto que Jesús fue cobarde o se hizo cómplice de aquella situación?
Jesús fue derecho al fondo del problema. No pretendió derrocar a un poder para poner a otro. Ni aduló a los romanos ni se puso de parte de los revolucionarios. No necesitaba ni de unos ni de otros. Como tampoco necesitó templo. Ni funcionarios del templo. Ni dinero para costear el templo y a sus funcionarios. Por eso fue tan soberanamente libre, ante todos los poderes, para aliviar el sufrimiento de enfermos, pobres, pecadores, extranjeros y excluidos. Y para hacer más felices a todos los seres humanos. Jesús vio claramente que para organizar y sostener una religión no tenía más remedio que aliarse con los poderes de este mundo, los que estuvieran más dispuestos a ayudarle. Pero cuando lo que se pretende es estar cerca de los últimos de este mundo, la cercanía al poder, aunque parezca el poder más religioso, es un estorbo. Porque el poder, antes o después, pasa factura. Con lo que bien puede ocurrir que la religión termine sirviendo más al poder que a los que sufren.
Mal futuro tienen las religiones y sus obispos, imanes y mandarines si, para dar sentido a la vida de la gente y aliviar sus penas, se empeñan en seguir apegadas a poderes políticos y económicos. Por ese camino han podido engañar a la gente durante siglos. Ya no es posible seguir por ahí. Por una razón que no nos atrevemos a aceptar. Dios no puede estar de acuerdo con lo que divide y enfrenta, con lo que deshumaniza y genera dolor. Dios sólo puede estar en aquello en lo que todos los humanos coincidimos.
Por eso el Dios de Jesús se despojó de su rango, renunció a todo poder y a toda dignidad. Y se hizo como uno de tantos (Fil 2, 7), fundido con el dolor de los más desgraciados (Mt 25, 31-46). Sólo si la religión echa por ese camino quedará claro qué es “lo público” y “lo privado” de la religión. En cualquier caso, lo que no admite duda es que por el camino, que han emprendido nuestros obispos, la confusión será cada día más grande. Y mayor aún la fractura entre los ciudadanos. El peor servicio que la religión puede hacernos a todos.
(Publicado en El Ideal el 9-11-07)

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(Aclaraciones a Gabriel Letellier sobre ‘otro’ paradigma teológico, a propósito de nuestro debate en ‘cambio de rumbo’ en Atrio 29 mayo)

¿ DOGMAS O MITOLOGÍA ?
Juan Luis Herrero del Pozo

Antes de entrar en materia te adelanto, Gabriel, que estoy de acuerdo con la teología escatológica de Moltmann propiamente tal, no, sin embargo, con sus bases teológicas tradicionales (el viejo paradigma).
Para evitar malentendidos adelanto el marco de mi opción cristiana:
Intento ser seguidor de Jesús, y no a la carta sino con todas sus consecuencias: : fiel a la integridad de su mensaje, a su estilo de vida y en comunión con los miembros de mi comunidad cristiana (iglesia particular). Si este concreto modo de seguimiento pareciera a algunos en virtud de razones debidamente contrastadas no coincidente con lo que ellos entienden por ser católico o, incluso, cristiano pueden denominarme “jesuánico” o simplemente discípulo de Jesús.
No voy a desarrollar nada exhaustivo, sólo apuntar unos parámetros clave de mi pensamiento dentro de los cuales ubicar mi “Religión sin magia. Testimonio y reflexiones de un cristiano libre”, así como otros escritos de los cinco últimos años y, más en particular, las abundantes reflexiones vertidas en el portal ATRIO que, a falta de contexto, no han sido entendidas debidamente. Me sirven de acicate inmediato los debates recurrentes sobre la revelación cristiana cuyo último episodio es el cruce de notas en ATRIO con Gabriel Letellier el 29 de mayo con ocasión del post “cambio de rumbo”.
En varias ocasiones intenté plantearle el punto de arranque de los dogmas católicos tradicionales, la doctrina de fe revelada: su carácter divino revelado. Revelación que, culminante en Cristo, representa un ejemplo único de “intervención” divina sobrenatural en el todo el devenir cósmico y hace de la Iglesia la única religión verdadera. Es, a mi entender, uno de los casos paradigmáticos del “intervencionismo” divino directamente derivado del pensamiento mágico. Y así, en varias ocasiones, he formulado una hipótesis decisiva: Si Dios ha hablado y nos ha revelado algo, lo acogemos con un ¡AMÉN! Agradecido e incondicional: LE creo y Lo creo. Ahora bien, a esta aceptación de fe debe preceder para que no sea fideísmo una garantía, la certeza del hecho revelatorio. Ha sido la lógica permanente de la teología cristiana más antigua y universal, la que se llamaba apologética o establecimiento fehaciente del HECHO mismo de la revelación. La teología más razonable entendía que sin este preliminar (pre-limen, lo anterior a la entrada) el pensamiento caía en un círculo vicioso: creo porque Dios ha revelado (el HECHO) pero esto, a su vez, lo creo por fe. Es decir, CREO PORQUE CREO. Para asentar el hecho de la revelación la teología aducía como pruebas las profecías del A.T., los milagros y el valor intrínseco del mensaje. Pero en tiempos recientes parece que la apologética clásica acusa debilidad, vergüenza y sospecha sobre la validez de sus razones. Otros muchos textos de otras religiones se benefician de una innegable calidad interna. En cuanto a profecías y milagros la sospecha es ya casi general. ¡Demasiado precarios los cimientos de la razonabilidad de la fe! Los teólogos tradicionales pero abiertos pasan, así pues, como gato por ascuas sobre el tratado de apologética. ¿Por innecesario? ¿Por ineficiente? Intuyo que algo de esto le ha llevado a mi interlocutor a orillar en varias ocasiones mi pregunta directa y a presentar como cimientos racionales, o simplemente razonables, del HECHO OBJETIVO de la revelación el HECHO SUBJETIVO del estado de conciencia individual identificado como la ‘experiencia espiritual’ de fe: su experiencia concreta frente a Jesús en la línea de la de los discípulos de Emaús. Y cualquier cristiano añadiría, además de la suya propia, la del camino de Damasco, la de Tomás, la de Pedro, etc. (Alguien podría preguntar ¿por qué no la de Sta. Margarita María de Alacoque o la de Bernardita de Lourdes? El experto replica: porque son revelaciones particulares. Y el crítico insiste ¿por qué no lo son todas?) . El cuestionamiento de las llamadas ‘revelaciones públicas’ no es porque sean inanes ni menos una escapatoria, ni un círculo vicioso, ni un fraude religioso, sino porque de ellas se cuelga toda una dogmática que es lo que da origen al círculo vicioso arriba mencionado: creo los dogmas porque creo el dogma de la revelación. Sin embargo, insisto, tales revelaciones, siempre ‘experiencias religiosas particulares’ (la de Emaús, la de Tomás, la de Pablo, la de Letellier…o ‘mi conversión del 85’) son lo único con que podemos contar en la vida religiosa, son las únicas ‘revelaciones’ posibles pero de ninguna de ellas, ni siquiera de la de Jesús, tenemos derecho a colgar unas verdades de fe universalizables. No es la Revelación tal como la entiende la teología católica tradicional.
Los teólogos que ya no insisten –¿también el caso de Letellier?- en profecías-milagros-sublimidad del texto como basamento principal de la razonabilidad de la fe acuden, pues, a la misma experiencia subjetiva del acto creyente. Y así su fe subjetiva es garantía de sí misma.
A mi entender, estas experiencias espirituales interiores se han dado en todos los auténticos creyentes (los no meramente sociológicos), los hombres de Dios de todas las religiones (Buda, Lao Tsé, Jesús, Mahoma, Lutero, etc.). Estas experiencias subjetivas son, no obstante, de difícil discernimiento. Pueden ser ilusión, simple juego de las sinapsis neuronales y, por ello mismo, es preciso tomarlas con la debida reserva. El mismo evangelio, con gran sentido común, aporta una piedra de toque definitiva: “por sus frutos los conoceréis”. Con lo cual se devuelve la primacía del ‘logos’ al ‘ethos’. Si una experiencia interior, llámese o no conversión, impregna en adelante de sentido y honestidad la vida entera se la puede dar por válida y legítima aunque sin evitación de que los contenidos ideológicos, psicológicos, doctrinales o dogmáticos que la acompañan puedan ser erróneos o viciados. Tales ‘experiencias espirituales’ son válidas, pues, sólo en la medida (es la piedra de toque) en que su aparente o real apertura a la Trascendencia (fe) se traduce como fruto insoslayable –porque se identifican- con el ethos del amor. La apertura a la Trascendencia o Fe se identifica al menos con el núcleo de toda opción de vida honesta como es la apertura al otro, el amor político (samaritano). Dicho así tan escueto resulta denso y pide reflexión detenida que no cabe aquí. Me limito a llamar la atención sobre algo que muchos ya consideran esencial: el máximo ‘logos’ es el ‘ethos’, en la ‘acción’ está incluida la ‘noción’ (Blondel), Dios está afirmado en el hermano aunque se niegue o prescinda del concepto Dios. Creo que ésta es la piedra angular del gran ecumenismo: los conceptos y sistematizaciones dogmáticas sobre Dios son importantes pero secundarios y su absolutización enfrenta a las culturas y a los seres humanos (fundamentalismos, anatemas, luchas religiosas). Sólo la persona, el otro, es el icono de Dios, el logos encarnado. Con un ateo honesto me descubro hermano, con un cristiano conservador me hallo extrañamente distante y apenas acierto a hablar, aunque, sin dudar, le socorrería en el borde del camino.
Resumiendo: cuando la “experiencia espiritual interior” de que hablamos reviste estas características de opción vital con su insoslayable proyección hacia los hermanos no hay que sospechar de fraude o de ilusión simplemente neuronal y es auténtica fe salvadora, al alcance de todos los seres humanos de todos los tiempos y creencias. No dudo que esta experiencia espiritual más o menos acusada en una biografía, más o menos emocional o más o menos árida y racional, es base suficiente para la religiosidad personal. Su vivencia fuerte y coherente desencadena otras semejantes. En este sentido es contagiosa y discretamente evangelizadora. Pero insisto, no es revelación de Dios como aporte divino de contenidos doctrinales de otro modo inasequibles a la conciencia.
Bien analizado lo expuesto hasta aquí se puede observar que no hay nada específicamente (diferencialmente) cristiano ni menos sobrenatural. Lo que no empece que las palabras y estilo de vida de Jesús revistan especiales características de vigoroso humanismo y radicalidad. Es una espiritualidad que se inscribe en la estricta honestidad de conciencia. Cada persona espiritual la vive a su manera y se enriquece con la de los demás. Sustancialmente es la misma en todas las religiones. Pero, insisto, esta experiencia espiritual genera vivencias, no dogmas que haya que creer. Por inconmensurable que sea la experiencia espiritual de Jesús y estén cargados de ella los evangelios, ello no da lugar a una nueva religión; ésa es toda la religión y el culto ‘en espíritu y en verdad’. La “experiencia espiritual” de los hombres de Dios no transmiten de parte de éste nuevas verdades. Sólo una lectura fundamentalista de los textos bíblicos es capaz de erigir las metáforas en metafísica y la expresión mitológica en dogmática. (Obsérvese, por ejemplo, cómo las metáforas ‘el logos se hizo carne’ o la kenosis divina del himno de Filipenses 2 se transformaron, vía conceptos helénicos de sustancia y persona, en ontología de encarnación y redención). El deslizamiento tramposo tuvo lugar: inevitable en una cultura mágica y mitológica eso es lo que comenzaron a realizar los propios discípulos de Jesús. El proceso siguió. La matriz semita de los evangelios enseguida fue desplazada por el pensamiento helenista. Y el ‘en espíritu y en verdad’ pasó a ser la Verdad revelada confiada a las nuevas jerarquías. La traición estaba en marcha. Desmenuzar todo esto nos llevaría lejos. Otros lo han hecho (J. Hick, P. Knitter, J.J. Tamayo, J.M. Vigil entre otros). Lo que ahora me interesa en honor a nuestro buen amigo Gabriel es más simple: desmontar lo sobrenatural añadido a lo natural o, en otras palabras, cuestionar la cadencia creación- pecado original- encarnación (de Yahvé en Jesús)- redención por éste del pecado- instauración escatológica del Reino. Esta “historia de salvación” es un constructo mitológico vaciado primero en molde hebreo después en el del pensamiento helénico. Constructo mitológico que algo quiere decir, que tiene unos significados y un sentido y que intenta una interpretación de la realidad. Pero el virus inherente al pensamiento de todas las religiones y culturas que he llamado ‘pensamiento mágico’ nos ha jugado una mala pasada y ha transformado a Yavhé en mago de la historia. Sin entrar en el análisis del ’pensamiento mágico’ (ver “Religión sin magia”, El Almendro, Córdoba 2006) apuntaré una reflexión sobre la sustancial continuidad de la evolución cósmica, incluido -¡sobre todo!- el ser humano: La omega escatológica está “proyectada” por el Creador en el Alfa inicial, pero no “predeterminada”, por estar confiada a la libertad creatural. La Plenificación escatológica no desborda las potencialidades de la Naturaleza sino que las hace fructificar. El Espíritu de Yahvé que ‘aletea sobre las aguas’ originarias conduce toda la Naturaleza hacia su Plenificación. La escatología es la culminación de la protología, no una “nueva creación” (creatio ex nihilo). En el acto creador continuo que suscita y fundamenta toda la evolución cósmica Dios subyace como Don total sólo a expensas de la acogida libre. No ha existido ningún ‘pecado original’ (el de Adán y Eva) que por ser ofensa infinita exija redención igualmente infinita o que sea para Dios ocasión (o felix culpa) de intervenir para elevar el orden natural a un proyecto sobrenatural de vida eterna, de resurrección de los cuerpos y de visión beatífica en el cielo. Todo ello se inscribe -¡incluida la resurrección, sí!- en el despliegue de la naturaleza tal como Dios la ha creado. Mi tesis sostiene que no existe una cesura en la evolución cósmica natural. La naturaleza creada es pasión de Infinito. (El propio acto libre es estructuralmente tensión hacia lo Infinito. Sto. Tomas decía que no perseguiríamos un bien concreto cualquiera si no es por la atracción del Bien total. Sólo la atracción del ‘Otro’ en el amor de ‘otro’ nos permite romper el solipsismo. Sólo la trascendencia revista a la pareja de dignidad merecedora de apuesta permanente, cuando se apaga el instinto). Lo natural, cuanto más auténticamente natural…más divino. La correcta y suficiente interpretación de los textos bíblicos no exige ni plantea dos niveles de realidad, uno inicial o protológico de orden natural y otro sobrenatural escatológico. El mensaje bíblico sólo subraya la dialéctica y contrastes de una realidad siempre precaria pero desde siempre salvada. En este sentido se entiende aquello de “no vine a abolir la Ley sino a llevarla a su cumplimiento”, lo que no impide mantener el contraste entre la Ley y el Espíritu, entre el”hombre viejo” y el “hombre nuevo”, entre la libertad humana cuando se cierra o cuando se abre a la trascendencia…
Esto simplemente apuntado ¿cómo se puede entender racionalmente –no racionalístamente- esa maravillosa opción libre por la que el ser humano toma en sus manos su vida y mediante la apuesta por el ‘otro’ la abre al Trascendente (vital si no conceptualmente: ¡de nuevo Mateo 25!)? ¿Cómo dar razón de cualquier experiencia espiritual auténtica? ¿Cuál es la espiritualidad en la que todos los humanos de buena voluntad pueden coincidir (el gran ecumenismo)? ¿Cómo tal experiencia espiritual es la única Revelación o –para escapar a los equívocos religiosos que tienen lastradas las palabras- Desvelamiento de Dios, sin necesidad de recurrir a un ‘depósito’ de verdades venidas del cielo – y ¡sólo entregadas a la custodia de la única religión verdadera!-?
No me detendré en mayores explicaciones. Sólo recordaré cómo para grandes teólogos la mente humana por su propia y natural estructura y no por nueva intervención histórica de Dios (‘añadido’ sobrenatural), está abierta al Infinito, está creada para la trascendencia. “Hiciste, Señor, nuestro corazón para ti y no encontrará descanso si no es en ti”, que decía Agustín de Hipona. El ser humano, por muy precaria que sea por naturaleza su condición limitada (ésa es la realidad de indigencia básica que el mito del pecado original pretendía transmitir) es una conciencia con ansias de Infinito. Se podría discutir si Dios podía haber creado un ser inteligente con un horizonte limitado de apetencia. No parece ser el caso y el instinto de supervivencia ha hecho soñar siempre a todas las culturas con alguna inmortalidad.
En resumidas cuentas, La Creación es Encarnación de Dios y su misma Salvación (término que no se presta al equívoco tenaz de la anselmiana redención). Dios siempre como sentido último y sustento ontológico, incluye en el acto de la Creación el mismísimo ésjaton de la Plenificación final, sólo supeditado a la libre maduración de la persona que con ella se construye y en la misma maduración se salva, incluso con el sufrimiento y el mal. Como la rosa en la cruz, ya entiendes, Gabriel, a lo que aludo.

Juan Luis Herrero del Pozo. Logroño 8 junio 07

LA CRISIS DE LA RELIGIÓN EN LA CRISTIANDAD


José COMBLIN




1. Existencia de la crisis
No voy a tratar de eventuales crisis en otras religiones, lo que supondría un desarrollo mucho más extenso. Quiero restringirme a la crisis dentro de la cristiandad.
Dentro de cristiandad la crisis de la religión está llegando a su punto culminante en Europa, y ya alcanzó un nivel bien alto en América. Esta crisis tiene raíces muy antiguas. Con el triunfo de la escolástica en el siglo XIII era posible pensar que la cristiandad estaba establecida sobre fundamentos muy firmes. Había eliminado la amenaza de Joaquim de Fiori, y había reprimido a sangre y a fuego la herejía albigense. La ortodoxia reinaba. Es verdad que los mismos actores que crearon esa escolástica no se sentían tan seguros, porque tuvieron que luchar contra fuerzas más conservadoras. Pero estaban animados por un optimismo muy grande. Con el descubrimiento de la filosofía griega, tenían la impresión de haber redescubierto el mundo y de haber colocado ese mundo dentro de un sistema cristiano. Animados por ese optimismo pudieron crear una obra capaz de resistir durante siglos. De hecho ella proporcionó a la Iglesia romana un sistema intelectual y social completo con el cual esa Iglesia se hallaba capaz de gobernar el mundo entero.
Sin embargo, desde el siglo XIV aparecen las primeras fisuras, las primeras dudas y las primeras contestaciones. Los primeros autores fueron los místicos y las místicas con los Espirituales franciscanos. Roma reaccionó. La Curia romana sentía muy bien que sin la escolástica, estaría perdiendo el sistema que le permitía gobernar el mundo o, por lo menos, la Iglesia. Comenzó una era de sospechas de herejías y de condenaciones que hizo de la Curia romana el centro de una Inquisición vigilante que persiste hasta hoy, a pesar de los deseos de Juan XXIII.
Todos los que ponían en duda el sistema elaborado intelectualmente por la escolástica fueron tratados como sospechosos o sencillamente como herejes. Durante 200 años los llamados herejes eran pocos y débiles. Fue posible reprimir el movimiento de contestación. Los herejes del siglo XIV y del siglo XV todavía eran débiles y no creaban ningún peligro para el sistema. Anunciaban crisis mucho más fuertes a largo plazo.
Entonces, a principios del siglo XVI se dio la explosión del protestantismo que comenzó a convencer rápidamente el público letrado de las ciudades. El partido humanista y erasmiano pensaba que se podía rehacer la unidad de la cristiandad mediante concesiones sobre las posiciones más fuertes de los “protestantes”. Pero los Papas y los jesuitas pensaban que era posible reconquistar toda la cristiandad por medio de las misiones y sobre todo por medio de los ejércitos católicos de España y del Imperio de los Habsburgos. En lugar de un concilio de Reforma hubo un concilio de Contrarreforma, el Concilio de Trento. Fue el concilio de la ruptura, de las condenaciones y del rechazo a todos los pedidos de los reformadores. La aplicación de Trento fue más agresiva todavía, y cortó toda posibilidad de diálogo.
La estrategia de Trento fracasó, en cuanto que no se logró reconquistar la mitad perdida de Europa. En lugar de la unidad, cada mitad de la cristiandad se transformó en máquina de guerra contra la otra mitad. Fue más de un siglo de guerras de religión.
Las terribles guerras de religión del siglo XVII tuvieron un fin imprevisto, pero, a la luz de la historia, previsible. Desembocaron en una crisis general de la cristiandad. En las élites intelectuales se fue implantando de modo cada vez más firme la convicción de que la religión era factor de guerra y que no podía proporcionar el fundamento de una sociedad pacífica. Era necesario expulsar la religión de la vida pública y contenerla dentro de la vida privada de cada individuo.
La cristiandad estaba virtualmente muerta. La jerarquía católica no aceptó esta nueva situación. En los siglos XVIII y XIX la mayoría de la población era todavía rural y fiel a su catolicismo tradicional, sometido completamente al poder del clero. Los campesinos iban a proporcionar al clero las tropas necesarias para defender un puesto importante en la vida pública. La Iglesia sería el partido “conservador” que trataría de frenar el movimiento de secularización de la sociedad y su propia expulsión de la vida pública. Fueron doscientos años de batallas finalmente todas perdidas. La modernidad racionalista prevaleció y estuvo a la base de una sospecha generalizada contra la Iglesia. Sospecharon que la Iglesia quería reconquistar el poder perdido.
Durante 200 años, Occidente vivió una coexistencia bastante agresiva entre, por un lado, los restos de la cristiandad que trataba de salvar su pasado gracias a su implantación en el mundo rural, y, por otro lado, un nuevo tipo de sociedad que recibió el nombre de “modernidad”, implantado en la clase intelectual y en la nueva industria. Cada sector formaba una nación separada. Había una nación rural y conservadora, y una nación urbana y republicana.
Después de la segunda guerra mundial hubo una época de convivencia más pacífica con la religión, cada vez más contenida en la vida privada, y una modernidad más tolerante. El Concilio Vaticano II fue el reflejo de esa época que daba la impresión de ser el comienzo de una era pacífica. En el Concilio nadie podía adivinar que dos años después iba a suceder una inmensa revolución cultural que debía hacer obsoletas todas las doctrinas conquistadas con tantos esfuerzos. Cuando se llegó a un virtual acuerdo con la República, la democracia y la modernidad, ya estaba lista la revolución en la mente de la juventud, que esperaba la oportunidad histórica.
Llegamos a la década de los 70, anunciada por las revoluciones estudiantiles de 1967 y 1968 (¡mayo de París!). Fue un estallido de una revolución cultural radical. En gran parte, fue una revolución liderada por las mujeres, porque tuvo como primera expresión la gran revolución feminista, con el rechazo del patriarcalismo tradicional y las luchas de las mujeres por la igualdad con los varones en la vida pública y en la familia. Ellas quieren definir su vida en completa libertad y no depender de los varones. Las mujeres mostraron los lazos íntimos entre el patriarcalismo y las grandes instituciones de la modernidad, que reproducían la desigualdad de la antigua cristiandad. Con eso contribuyeron eficazmente para provocar el derrumbe de la sociedad moderna. Quitaron la legitimidad a las instituciones republicanas.
No importa el nombre que se pueda dar a la nueva época. La palabra neo-modernidad tuvo bastante éxito en Europa. No importan los nombres, los hechos hablan por sí mismos.
En primer lugar, estalló la crisis del racionalismo de la modernidad. Fue el fin de los grandes sistemas racionales que tenían la pretensión de ser una explicación universal, así como lo había sido la teología en la cristiandad. Era el fin de las teologías, de las ortodoxias y el comienzo del pensamiento débil de Gianni Vattimo. La ciencia racionalista tenía la pretensión de ofrecer el verdadero conocimiento de la realidad. Las nuevas críticas de las ciencias mostraron la relatividad de todos los conceptos científicos, que no pueden decir lo que la realidad es, pero proporcionan la capacidad de producir efectos nuevos con los elementos que están a nuestra disposición. La ciencia es funcional, ya no metafísica. No nos revela la realidad del mundo, ya sea del mundo de la materia, ya sea del mundo humano. Tiene valor simplemente operacional. Puede intervenir en los procesos de la materia o de la mente para producir efectos nuevos, más útiles para el género humano.
Con esta evolución restrictiva de la ciencia cayó la metafísica racionalista, la pretensión de conocer la realidad por métodos científicos. Conocer la “esencia” ahora es algo inútil. Lo que se busca es la manera de manejar las fuerzas identificadas para producir los efectos prácticos deseados.
Con esta evolución de la ciencia, la República perdió su fundamento metafísico. No tenía cómo establecer el reino de la razón, ya que la razón como sistema estaba desapareciendo.
La primera consecuencia que apareció claramente en mayo de 1968 fue la deslegitimación de la Universidad y del sistema de enseñaza en general. La tarea de la Universidad era divulgar la modernidad, el racionalismo moderno y proporcionar al Estado republicano los colaboradores que necesitaba. Trataba de divulgar la ideología de la modernidad. La Universidad no enseñaba solamente las ciencias, sino, en primer lugar, la ideología del cientismo, la ideología del racionalismo científico. Todavía hoy día en muchos lugares la Universidad continúa en la misma línea, como si ignorase lo que sucedió en el mundo en los últimos 40 años. No es tanto por convicción, cuanto por falta de otra ideología que pueda reemplazar aquella; por eso, lo hace sin convicción, más bien como un ritual en el que nadie cree.
La gran víctima de la revolución cultural fue el Estado republicano. El Estado había asumido la tarea de organizar una sociedad justa y pacífica, y de ser la expresión de la voluntad de los ciudadanos. El Estado era como el sucesor de la Iglesia, era la Iglesia laica, emancipada, libre, fundada en el derecho y la libertad. El Estado debía ser el gran educador. Los dirigentes del Estado, de los tres poderes de la sociedad democrática, eran como los sacerdotes de la nueva Iglesia laica. Basta con evocar ese pasado para darse cuenta de que el pasado es realmente pasado. Basta con comparar con esa ideología que fue realmente vivida, lo que nuestros contemporáneos piensan hoy de los políticos.
La crítica denunció que el Estado era una pura máquina burocrática, irracional, despótica, autoritaria, arbitraria, y finalmente ineficiente. El Estado sabía organizar las funciones básicas de la sociedad de manera suficiente para que la economía funcionara, pero no tenía nada que ver con una sociedad justa o democrática.
La crítica que se aplica al Estado en general, se aplica también a cada una de sus instituciones para denunciar en ellas la irracionalidad, la arbitrariedad, la destrucción del ser humano tratado como objeto anónimo. Quedan desprestigiados: el Ejército, la gloria del Estado republicano, la escuela de la ciudadanía; la policía queda reducida a la condición de un cuerpo represivo, agresivo, destinado a reprimir la juventud; la cárcel, que debía ser la recuperación del delincuente y que es en realidad una escuela del crimen, destructora de las personalidades humanas.
Todo lo que fue el símbolo religioso de la nueva religión laica está por tierra, rechazado, insultado, objeto de irrisión y de menosprecio. Los símbolos de la República son tratados como fueron tratados antes los símbolos de la cristiandad.
Algunos pensaron que la ruina del ideal republicano iba a ser la señal de un retorno a la cristiandad. El fin del racionalismo republicano sería la puerta de entrada de la antigua religión. La sociedad que estaba rechazando la herencia liberal estaría volviendo a la religión antigua. La muerte de la ideología racionalista permitiría el renacimiento de la cristiandad. Algunos anunciaban el retorno a la religión. Mostraban algunos fenómenos que les parecían señales de ese retorno. Decían que el siglo XXI sería un siglo religioso y anunciaban tiempos de gloria para la Iglesia.
La ilusión no duró mucho. Las nuevas generaciones de la pos-modernidad no están volviendo a la religión de sus antepasados. Ellos sencillamente la ignoran. No fueron educados en ella y perdieron el conocimiento de sus símbolos. Aun el Padrenuestro es un misterio para ellos, y de las imágenes religiosas de nuestros templos no entienden nada.
Lejos de traer el fin de la crisis de la religión, la pos-modernidad la profundizó. En este momento la crisis de la religión es mucho más radical que en 1970. No sólo en Brasil o en América Latina en general, sino en todo el territorio de la antigua cristiandad.
Lejos de retornar a la religión antigua, la revolución pos-moderna evacúa lo que todavía había de herencia cristiana en la República. Ésta quería ser un substituto de la Iglesia. Ahora bien, nadie quiere un substituto de la Iglesia. Este concepto desapareció. No se quiere ninguna Iglesia, de ningún tipo. La República estaba fundada en un “gran relato”, semejante a una teología, como una teología laica. Hoy en día todo gran discurso es imposible, incomprensible. La República tenía su liturgia propia copiada de la liturgia cristiana laicizada. La nueva sociedad no quiere liturgia ninguna y no acepta ningún símbolo. Sus héroes son los campeones deportivos, las estrellas de la canción o del cine, las reinas de belleza. Nada de eso evoca la religión.
La República enseñaba una moral que era prácticamente la moral tradicional de la cristiandad. La diferencia estaba en que la Iglesia daba a su moral un fundamento revelado y la República de daba como fundamento la naturaleza humana y la conciencia. En la práctica hubo pocos cambios. Ahora bien, la nueva sociedad pos-moderna rechaza todo el sistema moral antiguo: rechaza normas universales como formas de represión del individuo. Estamos ahora mucho más lejos de la moral de la cristiandad.
En cuanto a la organización eclesiástica, lejos de recuperar su prestigio antiguo, el clero se siente marginado. La disminución de la participación en las ceremonias religiosas muestra el declive del poder del clero.
La crisis de la religión existe y no está en vías de solución. El proyecto de restauración de la religión tradicional de la cristiandad mediante algunas reformas superficiales es una pura ilusión. La solución no vendrá de arriba hacia abajo. No será una doctrina intelectual. No será un descubrimiento intelectual. Será un nuevo modo de vivir el evangelio inventado por los laicos, en primer lugar por los laicos del mundo popular, porque los otros tienen poco interés. Podemos tener la seguridad de que las raíces de ese nuevo modo ya están presentes y que el modo adecuado de ser cristiano en la nueva sociedad ya está presente. Nosotros no lo vemos porque no estamos realmente en medio del mundo actual y no lo entendemos.

2. El contexto cultural
Las crisis de la religión clerical de la cristiandad y de la religión racionalista y laica de la República dejaron en la sociedad un vacío inmenso. Este espacio fue ocupado por la economía. Hay una coincidencia histórica entre la crisis de la modernidad y el advenimiento de la sociedad neoliberal.
Podemos preguntarnos si el advenimiento del nuevo capitalismo puro actuó primero y provocó o ayudó a la ruina de la modernidad y de todas sus instituciones, o si la crisis de la modernidad fue lo que permitió el advenimiento del capitalismo en su forma radical tal como existe en la actualidad. Claro está que la crítica al Estado favoreció la sociedad neoliberal que quiere un Estado débil, incapaz de controlar la economía. Por otro lado, el sistema neoliberal triunfó, porque fue adoptado y impuesto por Estados Unidos en forma bastante independiente de la crisis de la modernidad. Pero, a lo mejor, Estados Unidos no habría podido conquistar toda la economía mundial si no se hubiera encontrado con la ayuda de una crítica universal del Estado y con el gran relato social europeo. No importa mucho.
Lo que si esta claro, es que el lugar ocupado en el pasado por la religión, está actualmente ocupado por la economía. La economía define la finalidad de la vida humana, define sus valores, su contenido, sus obligaciones y define su estructura social.
No se trata de una economía en abstracto, sino del sistema económico que conocemos y se presenta como globalización. Esta globalización está basada en la producción de productos cada vez más sofisticados y más caros. La evolución de la tecnología ofrece productos siempre más caros y al alcance de personas que necesitan siempre más dinero. El progreso de la ciencia y de la tecnología consiste en descubrir nuevos bienes y nuevas satisfacciones para una élite que puede pagarlos. Ella exige un a concentración de la riqueza. El motor de la economía son los ricos, que quieren bienes siempre más sofisticados. A partir de eso poco a poco el precio de esos bienes va bajando y una clase media tiene acceso a ellos. El motor está en los ricos, y al final algo llega también a los pobres, algunas migajas. La economía actual tiene una dinámica que necesita la desigualdad y la concentración de la riqueza. Dicen que no hay otro camino, que no es posible ninguna otra fórmula económica. Lo dicen los mismos interesados.
¿Qué es lo que ofrece la nueva economía? Un sentido de la vida: el consumo. Vivir es consumir. Es necesario despertar siempre nuevos deseos para poder producir nuevos bienes dando nuevas satisfacciones. Consumir produce la felicidad, el bienestar, el sentimiento de vivir plenamente. Para la economía, la felicidad consiste en la sensación de estar bien, pudiendo dar satisfacción a todos los deseos que aparecen. Este ideal está sólo al alcance de pocos, pero estos pocos son los nuevos héroes. En el mundo actual los héroes son los ricos. Ellos pueden satisfacer todos sus deseos. Ése es el valor final de la vida.
Esta sociedad necesita una propaganda permanente. Los medios de comunicación se encargan de eso. Todos los medios de comunicación dependen de la publicidad y son mensajeros del consumismo. La publicidad es la nueva evangelización dentro de una sociedad dirigida por un cierto modelo de economía.
Todo esto es muy conocido y objeto de nuestra experiencia de cada día. ¿Será suficiente para una vida realmente feliz y plenamente vivida? No lo sabemos porque en nuestra sociedad subsisten fragmentos de las antiguas sociedades y podríamos suponer que la humanidad todavía vive, porque todavía conserva una parte de la herencia acumulada durante los milenios anteriores.
El sistema económico actual destruye la familia. Pero todavía subsisten familias y restos de familias. Hay muchas familias fragmentarias en la que falta un padre o una madre. Aun así todos tratan de mantener algunos lazos. Cuando ya faltan todos los lazos de familia, la vida se hace insoportable. Los pobres subsisten porque hay todavía gratuidad entre ellos: saben ayudarse gratuitamente. Practican la amistad y forman grupos de amigos. No es la totalidad de su vida la que se integra en la lógica de la nueva economía. Hay sectores de su vida todavía preservados, lo que es más difícil en las clases más altas.
¿Si la economía y el consumismo fueran la norma universal y total de la vida, la vida sería todavía soportable? ¿Todavía conservaría su sentido? ¿El individualismo radical inculcado por la economía actual, todavía sería viable? ¿Una vez que todos tengan las máquinas actuales (celular, carro, computador, etc.) esto será suficiente para dar sentido y valor a su vida? Es una pregunta que los economistas no se hacen. Hasta el momento la máquina funciona bien, y basta. Lo que puede pasar a la humanidad no les importa, porque no se puede medir en dólares, y no puede ser trasformado en capital.
Estamos trabajando en la hipótesis de que la sociedad actual no puede vivir puramente de los restos del pasado que van desapareciendo con la muerte de sus depositarios, o de lo que ofrece la economía mundial.

3. Las novedades
Hay elementos de la religión antigua que ya no son asimilables. El primero es la cosmología subyacente a la religión tradicional. Esta era común tal vez desde los orígenes de la humanidad. El mundo aparece dividido en tres niveles: arriba está el cielo. En el cielo está Dios. Dios es representado como patriarca o como rey-emperador, según la estructura social de los pueblos. Según la cosmología tradicional todo lo que sucede en la tierra, fue decidido en el cielo. Dios gobierna toda la vida terrestre según normas que sólo él conoce. Además Dios no está sometido a ninguna norma. Puede cambiar cuando quiere. Por eso la oración puede ser eficaz, pero tiene que ser fuerte y perseverante.
Dios es único en las sociedades dominadas por un rey o un emperador que ejerce todos los poderes soberanamente. El emperador es la imagen de Dios, y a veces se identifica con él. En las sociedades de tipo más bien tribal, hay entre Dios y la tierra una multitud de entes intermediarios que ejercen el poder de Dios en los diversos sectores de la vida. Serán ángeles, santos, espíritus, orixás, dioses inferiores... pues en cada tribu ellos reciben un nombre diferente. En el politeísmo Dios toma las grandes decisiones, pero en la vida de cada día hay que invocar a esas divinidades inferiores. Si hay sociedades en conflicto, cada cual tiene que invocar a Dios con más fuerza, y recurrir también a sus divinidades protectoras inferiores. Entonces se verá quién es más fuerte, si Dios o Satanás, los ángeles o los demonios. En tiempos de guerra todos los santos son necesarios. Pues hasta el siglo XXI las teologías enseñan que, en la guerra, Dios da la victoria, y, por lo tanto, las oraciones son más importantes que los ejércitos.
Desde el siglo XVIII millones de jóvenes cristianos abandonaron la religión a los 14 ó 15 años de edad, cuando descubrieron que esa cosmología era pura ilusión y no tenía ningún valor de realidad. La famosa declaración del astronauta ruso Yuri Gagarin, que hizo el primer vuelo en el espacio y volvió diciendo que no había visto a nadie en el cielo, ni a Dios ni a sus ángeles, y que en el cielo no había nada salvo otras estrellas, en pleno siglo XX, es simbólica. Era el momento en el que las masas populares descubrieron lo que los letrados sabían desde el siglo XVIII: que el cielo estaba vacío y que la cosmología religiosa tradicional -bíblica también- era ilusión de los sentidos sin fundamento en la realidad.
En América Latina la vieja cosmología todavía permanece en muchos sectores populares, pero va a provocar la misma crisis religiosa en los adolescentes que empiezan a estudiar. La escuela es el primer factor de secularización y de destrucción de la cosmología religiosa tradicional. Los alumnos descubren que en el cielo no hay nada, no hay Dios.
En la misma cosmología hay también un nivel inferior: debajo de la tierra está el infierno. En el infierno residen entes destructores de la vida, opuestos a Dios y al mundo celestial. El infierno está poblado por una colección diferenciada de entidades que varían según las culturas. En la cristiandad la visión del infierno ha ocupado un lugar importante. El infierno es fuente de las tentaciones: quiere apartar a los seres humanos de Dios y de sus ejércitos. Los demonios son inteligentes, astutos, peligrosos y mortíferos.
En medio entre el cielo y el infierno está la tierra en la que estamos nosotros. La tierra es el lugar del conflicto permanente entre las potencias del cielo y las potencias del infierno. Los Apocalipsis judaicos y el Apocalipsis de Juan ofrecen descripciones perfectas de esta situación de la humanidad. Las potencias celestiales e infernales están en un combate permanente porque cada cual quiere conquistar la humanidad. El combate tiene lugar dentro de cada persona: el combate espiritual es tema constante de la espiritualidad medieval. El combate tiene lugar también entre grupos humanos representativos de las fuerzas del cielo y del infierno. Cada grupo humano cree que sus enemigos son los ejércitos de Satanás y que él mismo combate e nombre de Dios con las fuerzas celestiales.
La vida es vivida como combate permanente contra las fuerzas del infierno. Éstas quieren atraer hacia el pecado que es rechazo de Dios. La vida es lucha para evitar el pecado y practicar la virtud, adorar a Dios y no a Satanás. La vida humana sería una tensión permanente entre dos fuerzas exteriores al ser humano. Éste sería el terreno de un combate entre dos adversarios irreductibles. La vida no sería organizada por el mismo ser humano, sino más bien dominada por fuerzas exteriores.
Ahora bien, desde el Renacimiento está cada vez más claro que el ser humano hace su vida. Los combates que los seres humanos sienten en sí mismos o dentro de la humanidad no son combates de fuerzas sobrenaturales, sino combates interiores, personales, entre tendencias diversas. Es el descubrimiento de que cada cual tiene la responsabilidad de organizar su vida con autonomía, conquistando siempre más libertad, sin estar sometido a fuerzas sobrenaturales, buenas o malas. Ese es también el descubrimiento que hacen los adolescentes desde hace siglos. Hoy en día ese descubrimiento ya se está generalizando, también por influjo de la escolarización. El joven aprende a hacer su vida sin preocuparse por las fuerzas celestiales o infernales. Todavía hay restos de la mentalidad rural arcaica, pero son cada vez menos operantes.
Ahora bien, en la religión de las masas esta cosmología tenía un papel importante. Era como el fundamento intelectual de la religión. Era lo que justificaba todas las prácticas de la vida religiosa cristiana, así como justificaba las antiguas religiones paganas. Una vez que se produjo la ruina de esa cosmología los jóvenes tuvieron la convicción de que la religión no tenía fundamentos intelectuales, era pura imaginación sin relación con la realidad.
Otro elemento básico de la religión tradicional es el miedo, o como decía un historiador la pastoral del miedo . Mircea Elíade decía que los pueblos primitivos no creen en sus divinidades, pero les tienen miedo. De hecho el miedo ha sido durante milenios una gran fuerza que sustentó las religiones.
A partir de una cosmología que muestra que la vida humana es determinada por fuerzas sobrenaturales del cielo o del infierno, los seres humanos tienen una conciencia de gran debilidad. Sienten que su vida depende a cada momento de la voluntad de entes sobrenaturales. Sienten que no dominan su vida, que está siempre amenazada. Viven con miedo.
Le tienen miedo a Dios porque Dios puede castigar. Dios es exigente y quiere que los seres humanos se sometan a su dominación. Los nombres de Dios son nombres de poder. Aun en la Biblia. Si bien es verdad que a Moisés Dios le declara que no tiene nombre, sino que existe sencillamente, en la práctica de la vida de Israel, Dios siempre es el Señor, el poder, el dominio, y los seres humanos son sus servidores, sus seguidores fieles y obedientes. Dios es autor de una ley y esto se encuentra en todas las religiones en forma variada. Quiere la obediencia a la ley. El que no obedece es castigado en este mundo o después de esta vida.
El miedo al poder de Dios es el fundamento del culto. Para conquistar la indulgencia de Dios, su perdón, su paciencia , para pedirle lo necesario para la vida, o la salud, o la paz en la familia, el clan, la tribu, o la victoria en las guerras, es necesario ofrecerle oraciones, expresiones de sumisión, súplicas. Es necesario hacerle promesas. Es necesario ofrecerle sacrificios. De hecho, en muchas religiones nació un culto extenso a partir del miedo. El culto en la cristiandad se desarrolló extraordinariamente. El culto necesitó un clero abundante y templos para poder ser celebrado. Todo eso es necesario para conquistar los bienes deseados. Muchos textos litúrgicos que nos vienen de la edad media todavía conservan esa ideología del miedo, del poder, del castigo. Dios es un juez severo que no se deja engañar.
Está también el miedo a las potencias del infierno. Éstas tienen un gran poder de seducción y de engaño. Hay que desconfiar siempre y luchar contra las tentativas de los demonios con muchísimos gestos religiosos.
Para el clero, la pastoral del miedo era la mejor publicidad. Los sacerdotes podían luchar más eficientemente contra los demonios y acercarse a Dios y a sus santos para conseguir bienes y favores. No es extraño que la pastoral del miedo haya tenido tanto éxito.
Desde la modernidad los seres humanos han descubierto que su vida no es dirigida en esa forma por fuerzas sobrenaturales. Ellos mismos son dueños de sus vidas. Las amenazas, los peligros, los males de sus vidas no se deben a fuerzas sobrenaturales sino a factores naturales y a decisiones tomadas por los mismos seres humanos. La enfermedad no es castigo del pecado. La victoria no es dada por Dios. La paz es efecto de la acción humana...
A partir de este descubrimiento los seres humanos han perdido el miedo. Ya no temen ni a Dios ni a los demonios. Asumen su vida con sus límites y sus posibilidades. Aprenden a conocer mejor la naturaleza y sus propias capacidades para producir ellos mismos los efectos deseados. No piden a Dios lo que ellos tienen que hacer. Tratan de hacerlo ellos mismos.
Toda esta evolución es irreversible. Nadie podrá retornar a una conciencia religiosa del pasado. La cosmología y la antropología nacidas en la modernidad y desarrolladas más todavía desde entonces, son definitivas. Habrá siempre algunos supervivientes de las épocas anteriores... Sin embargo, desde ahora gran parte del culto católico ya no es nada más que espectáculo para los turistas. Los turistas no entienden nada, pero les gusta el museo antropológico que son las religiones en la actualidad. Las catedrales serán cada vez más visitadas y las misas pontificales seguirán siendo difundidas por la televisión.

4. Tentativas de restauración
Hasta la Revolución francesa la Iglesia pensó que las monarquías católicas podrían impedir la expansión de la modernidad. Después de la Revolución, la Iglesia confió en la Santa Alianza, que trató de restaurar la cristiandad. En 1848 las diversas revoluciones europeas mostraron que era imposible retornar al pasado. Sin embargo pocos años después comenzaba el largo pontificado de Pío IX, que sería una tentativa prolongada y radical de inmovilizar la Iglesia en su tradición tridentina, condenando todas las “herejías” de la modernidad y excluyendo cualquier tipo de relación con ellas. La Iglesia buscó refugio en los restos de la aristocracia y en la clase campesina. Creó la neo-escolástica, el neo-gótico, el rigor de la liturgia, la centralización romana radical que no dejaba ninguna capacidad de iniciativa a los obispos, transformados en puros funcionarios de la Curia romana. Pío IX logró aislar completamente a los católicos del mundo nuevo que se estaba construyendo. Creía que la sociedad moderna no era viable e iba a caer. Lo importante era aguantar firmemente a la espera de la caída. Y la caída no vino. Pero, todos los católicos que trataban de buscar un diálogo con los diversos sectores de la nueva sociedad fueron condenados e inhabilitados. Una vez condenado el hereje ya no tenía ningún contacto con los que fueron sus colegas o sus alumnos. Era tenido por una emanación del infierno.
León XIII abrió un poco las puertas y las ventanas y aceptó reconocer la legitimidad de la República. Con él se pensó que la Iglesia sería capaz de encontrar un lugar en la sociedad al hacer las concesiones inevitables. Luego llegó Pío X que retomó la política de condenación de la modernidad. Cientos de teólogos fueron condenados y todos los movimientos católicos que querían buscar un diálogo con los nuevos movimientos sociales fueron desautorizados. Pío X pensaba que era posible rehacer la cristiandad y que la Iglesia tenía fuerza para ello. Todo lo demás era “modernismo”. Pero la caza al modernismo no acabó con él, sino que en varios países continuó hasta la muerte de Pío XII. Pues Pío XII también vivía de la ilusión de la cristiandad restaurada. Creía que una mayor centralización romana, una disciplina más rígida, un aislamiento mayor del mundo podrían preparar la Iglesia para el día del retorno. Pío XII vivía fuera del mundo, en un mundo irreal.
Después del Vaticano II algunos creyeron que el proyecto de restauración de la cristiandad estaba abandonado. No lo estaba. En la misma Curia el proyecto subsistía, y fue retomado por Juan Pablo II.
Se comprende muy bien que la Curia romana reaccione negativamente ante de cada nuevo paso de la erosión de la cristiandad. Ella defiende su poder. El poder que pierde en la sociedad, trata de aumentarlo en la misma Iglesia. Siendo la víctima de la evolución histórica, no puede no reaccionar negativamente. El siglo XIII fue el siglo del apogeo. Es normal que permanezca como la referencia insuperable y que toda la estrategia consista en salvar por lo menos porciones de la cristiandad del siglo XIII.
Menos comprensible sería que las Iglesias locales no hubieran entendido las señales de los tiempos, y que hubieran tratado de adaptarse a la evolución de la humanidad sin querer imponer el cuadro del siglo XIII como la norma de toda evangelización. De hecho en las Iglesias locales hubo muchos movimientos en este sentido incluso en los episcopados.
La Curia percibió el peligro. Impidió que los episcopados locales tomaran iniciativas locales, sometiéndoles a la estricta observancia de la estrategia política de la Santa Sede. Los Papas lograron reservarse los nombramientos episcopales. Lograron garantizar que los obispos fueran fieles agentes ejecutivos de la estrategia romana. Con eso se cerraron las puertas. Hubo y hay grupos de laicos que se mantienen en contacto y quieren dar un testimonio cristiano en medio del mundo pos-moderno. Tienen la impresión de formar una Iglesia paralela, porque su proyecto no coincide con la estrategia romana.
Un día se escribirá la historia de las relaciones entre Roma y el episcopado brasileño entre 1970 y 1994. Será un perfecto ejemplo del antagonismo entre dos visiones de la historia. El caso de Brasil fue ejemplar porque tuvo un episcopado excepcional, producto en gran parte del nuncio Lombardi. Por el momento los documentos están escondidos, y nos tenemos que contentar con testimonios orales.
Por el momento la resistencia a la estrategia romana es obra de los laicos. Se multiplican pequeños grupos que van a producir una convergencia entre ellos. Son los fundadores de un nuevo modo de presencia de la Iglesia en el mundo. Un día la jerarquía tendrá que seguir el movimiento por falta de alternativa.
Claro está que la Curia romana, la más antigua burocracia del mundo, sabe juntar a su proyecto de restauración un oportunismo sin falla. Un día se escribirá la historia de la Iglesia en América Latina en la segunda mitad del siglo XX. En este momento no se dan las condiciones necesarias, y los documentos no son accesibles. Cuando se sepa, muchos ojos van a abrirse.
Es que la Curia pensaba -y a lo mejor todavía piensa- que tiene una alternativa en los nuevos “movimientos”: Opus Dei, Focolares, Comunión y Liberación, Neo-catecumenado, movimiento de Schönstatt, Legionarios de Cristo... y muchos otros con menor difusión. El Papa los proclamó un día los agentes de la «nueva evangelización». Sin embargo su programa es de restauración de la cristiandad, lo que los aparta cada vez más de la sociedad contemporánea y hace imposible cualquier evangelización. Para ellos la evangelización es reclutamiento de nuevos miembros, lo que hacen con todas las astucias que la psicología o las ciencias de la comunicación ponen a su disposición. Eso no es evangelización.
Además estos movimientos son típicos de la clase media, que no es la clase que busca una nueva cultura, sino una adaptación de la religión a su cultura. La clase media quiere una religión burguesa que le muestre que puede muy bien adorar a Dios y al dinero al mismo tiempo.
La palabra está con los laicos. No hay que ofrecerles un programa. El programa lo harán ellos. Reaccionarán con su conciencia cristiana en medio del sector de mundo que ocupan. No pueden esperar que les venga un programa hecho porque no vendrá ningún programa.

5. El desafío pentecostal
El siglo XX habrá sido el siglo del pentecostalismo. Éste fue el gran movimiento religioso que envolvió poco a poco al mundo entero y a todas las Iglesias y denominaciones cristianas: fue un movimiento de conversión de cientos de millones de cristianos.
Hay sociólogos que han estudiado el fenómeno. Pero, si no son al mismo tiempo teólogos, los sociólogos no pueden entender el fenómeno desde adentro. Lo asimilan a otros movimientos culturales, sin observar lo que significa para la historia del cristianismo.
Ante todo, el pentecostalismo fue y todavía es principalmente un movimiento de los pobres. Hubo convergencia de dos movimientos históricos. En primer lugar las Iglesias no lograron acompañar la explosión demográfica de una humanidad que en un siglo, el siglo XX, pasó de mil millones de habitantes a 6 mil millones. Esta explosión demográfica fue acompañada por una inmensa migración de cientos de millones de campesinos del campo a la ciudad, en donde se perdió poco a poco su religión tradicional. Las Iglesias no pudieron o no quisieron tener las estructuras necesarias para encuadrar esta inmensa masa humana. Apareció el universo de los pobres de las ciudades, abandonado por las Iglesias tradicionales. Nacieron nuevas comunidades dentro del mismo pueblo de los pobres.
Al mismo tiempo, se produjo una evolución cultural en esas masas de excampesinos que migraron para las ciudades. Fueron todos escolarizados, lo que les abrió la inteligencia. Adquirieron algunos elementos de la racionalidad moderna. Empezaron a descubrir que no todo venía de Dios y que la oración no era el único recurso. Aprendieron que los mismos seres humanos tienen capacidades, posibilidades de lograr efectos, de cambiar algo de sus condiciones de vida. Dejaron de creer en los Santos. Fue la gran ruptura, para ellos. Creer en los Santos es pensar que la vida es hecha por ellos. Aprendieron a pensar por sí mismos, a definir por sí mismos su vida, rompiendo la dependencia del clero. Un a vez que supieron que los santitos eran de madera o de yeso, su pensamiento se liberó.
Llegando a la ciudad no sólo descubrieron que su Iglesia estaba ausente, sino que el mensaje de la Iglesia no daba respuesta a su nueva situación. Sin clero, tuvieron que buscar por sí mismos una nueva religión. Aparecieron los pentecostales.
La experiencia histórica muestra que la gran crisis de la modernización se produce en la enseñaza secundaria, alrededor de los 15 años. La inmensa mayoría de los pobres no llegan hasta ahí, salvo en pocos países, como Chile o Uruguay. Un día llegará en que los pobres entrarán en la escuela secundaria y van a pasar por la misma crisis, y las Iglesias pentecostales ya no les ofrecerán tanto atractivo.
Los pentecostales conservan la cosmología religiosa tradicional: Dios y Satanás, el cielo, la tierra y el infierno, el pecado y los castigos divinos, las tentaciones de Satanás, el problema de la salvación como problema básico de la religión.
Pero los pentecostales, abandonan el culto a los Santos. En adelante hay un solo Santo, un solo Salvador, que es Jesucristo. Jesucristo soluciona todos los problemas. Ya no se necesitan los Santos para solucionar los problemas de la vida: Jesús todo lo soluciona. Recurrir a los Santos es una ilusión. De esta forma, los pentecostales tienen conciencia de ser intelectualmente más desarrollados. Han descubierto que las fuerzas sobrenaturales de los Santos no existen y que sólo existe Jesús.
También los pentecostales se emancipan del clero. Los pastores son mensajeros del evangelio, consejeros, profetas que exhortan, pero no tienen autoridad sobre las personas, pues cada una se relaciona directamente con Jesucristo. Hay una emancipación del sujeto humano. Los convertidos los pentecostales se sienten más libres, más fuertes, más capacitados y más responsables. Se sienten más armados para enfrentar la dura vida de los pobres en la ciudad.
Hubo y hay varias tentativas para adaptar el esquema pentecostal a un público letrado de clase media. Se insistió en la experiencia del Espíritu Santo. La conciencia de ser sujeto aumenta. Hay movimientos católicos y otros protestantes.
Ahora bien, los pastores u orientadores pentecostales aprenden cada vez más las técnicas del show y las técnicas de la comunicación, que enseñan a despertar y orientar emociones colectivas. Estos movimientos pentecostales pueden provocar fenómenos neuróticos graves. En muchos grupos los líderes controlan la emoción para evitar que se den situaciones de perturbación psíquica intensa. Pero, no todos lo hacen. En Estados Unidos estos movimientos se desarrollaron sobre todo desde los años 70, y lograron una penetración grande en el público más conservador. Forman un grupo importante en el partido republicano, y se sienten liderados por la misma presidencia de la República.
En general los pentecostales tradicionales y populares no aceptan y no reconocen como cristianas organizaciones como la “Iglesia universal del reino de Dios”, o la “Iglesia internacional de la Gracia de Dios”, que desde Brasil se han difundido por el mundo entero, pero usando técnicas de comunicación que permiten dudar de la sinceridad de su fe. En tales casos los neo-pentecostales se juntan a las nuevas formas religiosas nacidas en el con texto norte-americano y que son parte de la nueva cultura del sistema neoliberal dominante.
El pentecostalismo puede todavía crecer, sobre todo si las Iglesias históricas no logran penetrar en forma intensiva en el mundo popular. No podrá ser algo permanente, porque poco a poco las mismas clases pobres serán cada vez más escolarizadas y entrarán en los mismos problemas religiosos de la modernidad y la pos-modernidad. Esta evolución va a depender de la evolución social. El sistema actual de exclusión todavía puede durar algunos años, 10, 20 o 50 años, según la resistencia de la nueva burguesía capitalista y su capacidad para mantener su dominio sobre la sociedad. Las profecías históricas se realizan muchas veces con muchos años de retraso.

6. ¿El evangelio?
La gran crisis cultural de los años 70 afecta profundamente la religión tradicional de la cristiandad y probablemente todas las religiones. Pero no afecta el evangelio. En la ruina de la religión tradicional y el advenimiento de una nueva sociedad no hay nada que pueda afectar al evangelio. Este conserva todo su valor. No fue atacado. Nunca fue atacado durante las fases de la modernidad tampoco. Al revés, todos los nuevos movimientos querían realizar el evangelio, denunciando que la Iglesia no anunciaba ese evangelio.
La estructura eclesiástica incluye el evangelio dentro de su sistema religioso. Desde afuera las personas no lo descubren tan fácilmente en la Iglesia. El que tiene suerte, lo descubre en tal obispo determinado, tal sacerdote, tal monja o religioso, tal laico, pero no en la institución, ni en la Iglesia universal ni en las instituciones locales de la Iglesia. El sistema religioso ocupa todo el espacio visible.
El evangelio envía a los cristianos al mundo. La religión convoca a los cristianos para que vengan a participar del culto. El evangelio anuncia que el reino de Dios ya está presente, ya está actuando en este mundo y no solamente en el cielo. El portador del evangelio es la persona que vive una vida común en medio de personas iguales, mostrándoles el camino de Jesús como proyecto de vida que conduce a la felicidad, no sólo en el cielo, sino también en esta tierra .
Al revés, la religión ofrece una participación en el culto celestial. El culto separa de este mundo para realizar una entrada en el mundo del cielo, participando de la liturgia de los santos y de los ángeles. La religión es el dominio del clero como clase sagrada y reservada al culto.
A mediados del siglo XIX aparecen laicos realmente portadores del evangelio. Forman grupos y asociaciones. Fueron frecuentemente censurados por la jerarquía. Este movimiento desembocó en el siglo XX en la Acción Católica. Ya es hora de resucitar algo semejante a la Acción Católica dándole más espacio que en el siglo XX. La Acción Católica finalmente fracasó y desapareció porque no le dejaron la libertad suficiente. Los movimientos fueron subordinados al clero, y a las instituciones tradicionales como las parroquias. Sus actividades fueron muy subordinadas a las actividades de las parroquias y demás instituciones católicas. Al final nadie más encontró en tales movimientos una orientación para una vida cristiana en medio del mundo. Abandonaron la Iglesia en manos de un clero cada vez menos numeroso y menos interesado por el mundo.
Sin embargo, en este mundo se siente la necesidad de tales movimientos con libertad plena para realizar en el mundo las actividades que encuentran más adecuadas al evangelio. No se trata de fundar instituciones nuevas universales o eternas. Lo más necesario serán instituciones que no permanecen, sino que duran una generación y dejan espacio libre para novedades, o sea para la generación siguiente.

7. El futuro de la religión
La religión pertenece a la condición humana. Hay personas que pueden vivir sin religión, así como hay personas que no saben practicar ningún instrumento musical, que no viajan, que no aprenden idiomas, pero todas esas ausencias disminuyen su ser humano, su humanidad. Por eso, en cualquier cultura hay religión, y, si la cultura cambia, la religión va a cambiar también, y otra aparecerá. Estamos en un momento crucial de la historia por motivo del cambio radical de la cultura.
La religión tiene futuro, pero no necesariamente las religiones que conocemos hoy día. La religión tradicional de la cristiandad no tiene mucho futuro porque ya es incomprensible y la nueva cultura quiere comprender.
La fundación de una nueva religión puede durar siglos, pero desde temprano hay algunas señales que aparecen. Muchos grupos, muchas instituciones van a aparecer y desaparecer. Sin embargo en medio de todos ellos hay algo que se está buscando.
Jesús no fundó ninguna religión, dejando la puerta abierta para que sus discípulos crearan la religión más adaptada à su cultura, lo que se hizo inconscientemente, o sea, sin que nadie supiera que estaba construyendo una religión nueva. Por eso esa religión que conocemos y practicamos, se formó dentro del Imperio romano, y es una posibilidad histórica. Otras pueden aparecer. Estamos al comienzo de la historia del mundo y de la evangelización. Hasta ahora el cristianismo sólo penetró en una sola cultura (con dos variantes) a partir de lo que había en el Imperio romano. Es sólo un comienzo, una primera etapa. Lo más probable es que no habrá ruptura fuerte, sino evolución progresiva. Ciertas instituciones o prácticas van a desaparecer y otras van a aparecer. Después de algunos siglos se podrá observar que apareció un nuevo conjunto.
Desde ahora podemos constatar algunas orientaciones. Tratándose del porvenir, muchas opiniones son posibles, pero eso no impide que cada cual proponga la manera como ve la evolución.
En primer lugar, es probable que la religión del futuro sea más mística que cultual. Dará más importancia a la escucha de la palabra de Dios que al culto. Será una oración más de escucha y acogida que una oración de petición o de adoración. El culto será mucho menos la celebración del poder de Dios, y más la celebración de su presencia discreta y humilde en nuestro mundo.
En segundo lugar, la religión del porvenir dará menos importancia a los objetos religiosos y mucho más al sujeto. Menos importancia a la literalidad de los dogmas, y más calor a la vivencia personal del seguimiento de Jesús. Habrá menos necesidad de objetivar la religión, separando claramente los objetos religiosos de las fuerzas del universo. La Biblia tenía mucho miedo de la naturaleza material del universo porque vivía en medio de religiones que identificaban la divinidad con fenómenos naturales. Había que hacer una distinción entre Dios y las fuerzas naturales. Pero esto nos distanció demasiado de la naturaleza y de sus dinámicas. Faltó la integración de la religión en la vida del universo. Pues el universo no es hecho de objetos inertes. La tierra vive, cambia, produce... y actualmente siente las heridas que una civilización excesivamente destructiva le inflige.
En tercer lugar, el sujeto nace por medio del diálogo con otro sujeto. Nace por la relación recíproca con otros sujetos. La religión tradicional proporciona a las personas un mundo religioso completo y su comunicación se hace por la transmisión de ese mundo religioso exterior a la persona (dogmas, ritos, preceptos, instituciones).
Todo indica que ese mundo de objetos religiosos va a tener que ceder el lugar a la relación viva entre personas iguales. La casta sacerdotal irá desapareciendo progresivamente, con todas las marcas de lo sagrado que se le atribuyeron en el transcurso de los siglos. Pues el status sacerdotal impide una relación sencillamente humana. Es muy difícil pre