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Ni salvados, ni redimidos
No te sorprendas. Analicemos juntos sin temor y dejemos que el corazón intuya.
Durante siglos nos han enseñado que el pecado del hombre causó una ofensa infinita a Dios. Siendo el hombre un ser limitado, no podía reparar esa ofensa infinita. Era preciso alguien infinito para satisfacer el honor de Dios. Por otro lado, al haber sido cometida la ofensa por el hombre, tenía que ser reparada por un hombre. Eso explica que Jesús (Dios y hombre) se encarne, muera y merezca con su muerte (sacrificio con valor infinito por tratarse de un ser infinito) la reconciliación con Dios. Al quedar pagado el justiprecio por todas nuestras ofensas, quedamos redimidos y los cielos abiertos.
Se me ponen los pelos de punta al recordar esta nefasta doctrina que ha durado casi diez siglos, ha denigrado el rostro de Dios revelado por Cristo y ha causado tanto temor. Bajo ella laten los conceptos de "culpa" y "expiación" judaicos de los que estaba impregnado San Pablo y con los que, a veces, contamina sus cartas. La superada "interpretación literal" de la Escritura nos permite ahora distinguir el diamante (Palabra de Dios) de los defectos causados por su tallador (el escritor sagrado).
En el siglo XI San Anselmo, influido por la literalidad de la Escritura y el ambiente feudal de su época, escribió la teoría de la redención que he resumido. La recogió después Santo Tomás y se ha ido trasmitiendo por generaciones. Ahora los teólogos la rechazan pero no se hace lo necesario para borrar del subconsciente colectivo esa trágica teoría. Cuando se descubre un error, lo recto es corregirlo inmediatamente. Sin embargo, nuestra liturgia sigue lastrada por esas falsedades, como algunas predicaciones de sacerdotes u obispos. Me duele la falta de celo, el inmovilismo, la ausencia de conversión (rectificación). Me duele que al Pueblo de Dios no le lleguen las luces nuevas y la liberación del error y del temor. Aunque comprendo la pesada inercia de los siglos.
Los humanos somos expertos en construir torres de Babel con el pensamiento, en hacer encaje de bolillos con nuestra razón. El error surge al apartarnos de la realidad, al barajar fantasmas. Esos cerebralismos, ese despegue de la realidad inscrita en el corazón y recogida en el Evangelio, nos dibujaron un "dios sádico" (al ras de los dioses mitológicos), capaz de desangrar a su hijo para darse a sí mismo una reparación. ¡Pero qué barbaridad! ¡Rechazo públicamente ese dios falso y esa redención mercantil!
Me adhiero al Padre revelado por Jesús en la parábola del hijo pródigo. Creo en el Dios Amor que no necesita para perdonar ni pagadores, ni justificadores, ni expiaciones, ni holocaustos, ni sacrificios. Mi Dios es fina lluvia templada que se derrama constantemente sobre sus sedientas criaturas. Es el calor que necesita mi piel, la luz que ansían mis ojos, la música que sosiega e inunda mi ser. Es el perfumado horizonte de flores que busca mi corazón. Es la Felicidad plena que creó al hombre para hacerle partícipe de su felicidad. Es pura Gratuidad que no espera respuesta, sólo anhela que su regalo haga feliz al otro. No hay precios que pagar, no hay expiaciones que colmar.
¿Entonces, la venida de Cristo para qué? Para que no perdamos el regalo. Para que no mendiguemos comida de cerdos teniendo un Padre millonario. Dios nos creó libres "a su imagen y semejanza" pero elegimos emplear ese don contra nosotros mismos. Huimos de nuestra humanidad y nos convertimos en alimañas ("homo homini lupus"). Contagiamos nuestras erradas decisiones a las generaciones siguientes. Y nos fuimos hundiendo en la violencia, el temor, la oscuridad y la desesperación. El Amor gratuito de Dios no podía quedar indiferente y decidió "recrearnos", enseñarnos a ser humanos. Para eso viene el Hijo del Hombre, el modelo, para devolvernos nuestra identidad y, con ella, el mapa de la felicidad. Lo dice Juan maravillosamente: "Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único, para que quien crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3,16). Creer significa confiar, seguir, adherirse a la persona y al mensaje. Tener vida significa crecer, realizarse, avanzar hacia la felicidad para la que fuimos creados. Por eso la salvación no está en la cruz, sino en el diario seguimiento del Salvador:"Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn 14,6).
¿Y la pasión y muerte? Es nuestra respuesta ciega al que viene a ayudarnos. Lo cuenta el mismo Jesús en la "parábola de los viñadores homicidas" (Mt 21,33). No existe una cruz redentora querida por Dios. Él aborrece el sufrimiento de su Hijo y de sus hijos. Existe el horror de la cruz con la que aplastamos al Justo, al Bueno, al Pacífico, en contra de la voluntad de Dios, para proteger -terrible y vergonzante paradoja- la religión. (Los religiosos de hoy deberían meditar seriamente esta historia).
Ante nuestra libertad criminal, Dios pudo quitárnosla ("crees que no puedo pedir ayuda a mi Padre que me enviaría doce legiones de ángeles" - Mt 26,53). Hubiese sido la destrucción del hombre porque sin libertad dejamos de ser humanos. Su obra creadora hubiese fracasado. La respuesta no fue fulminarnos sino enseñarnos. Y ahí entra la pedagogía del Crucificado: "vencer el mal con abundancia de bien" (Rom 12,21). Ante la atrocidad de nuestra libertad deicida, Él certifica con su sangre los valores de su mensaje: paz, amor, verdad, confianza, perdón, fortaleza, etc. La resurrección probará que esos valores, por los que Cristo se deja matar, son el camino del triunfo definitivo.
Desde entonces el Crucificado Resucitado es nuestro ejemplo, nuestro camino de realización. Y le llamamos Redentor porque nos redime del fracaso como seres humanos. Su dolor resucitado, además de refrendar el Mensaje, es consuelo y esperanza para los que sufren, en cualquier tiempo, bajo las garras del mal: "No tengáis miedo de los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma" (Mt 10,28).
El corazón maternal de Dios no puede renunciar a su deseo de hacernos felices. Ésa es la finalidad de la creación, de la encarnación y de la pasión. Ése es el regalo de su Gratuidad. Quien estúpidamente lo rechaza en esta vida tendrá que rehabilitarse en la otra, tendrá que hacer la dolorosa gimnasia de convertirse en humano, o sufrir indeciblemente al darse cuenta de que rompió su décimo premiado ("allí será el llanto y el rechinar de dientes"). La posibilidad de ser feliz está indisolublemente ligada a la naturaleza humana. Un perro podrá estar satisfecho pero nunca feliz. Nadie que renuncie a la "imagen y semejanza", inmersa en su humanidad, podrá encontrar la felicidad. Por eso la "parábola del hijo pródigo" -síntesis de todo el Evangelio- es una historia de gratuidad, libertad errada y felicidad recuperada ("volveré junto a mi Padre").
Ni salvados, ni redimidos, pero sí iluminados, llamados, atraídos y abrazados. De ti depende caminar el Camino de tu redención, tu salvación, tu humanización y tu felicidad.
Jairo del Agua
jairoagua@orange.es
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LA IGLESIA, SACRAMENTO DE SALVACIÓN
Capítulo 5
Importancia de lo visible en la Iglesia
A veces, se dice que lo meramente externo y visible en la Iglesia no es determinante para que ella sea lo que tiene que ser y cumpla con su misión en este mundo.
En este sentido, se afirma que, a fin de cuentas, lo mismo da que el papa o el obispo vivan en un palacio o pasen la vida en una vivienda corriente, más o menos como la casa que puede tener cualquier ciudadano.
Y algo parecido se dice de los lugares de culto, de las vestimentas y medios de transporte, de la forma de presentarse en público y así sucesivamente.
Por el contrario, si somos consecuentes con la sacramentalidad de la Iglesia, debe quedar bien claro, de una vez por todas, que lo visible de la Iglesia, es decir, lo que entra por los sentidos y lo que todo el mundo percibe, no es cosa sin importancia o algo meramente accidental. Lo visible y palpable de la Iglesia es una categoría estrictamente teológica.
Es decir, se trata de algo que toca el ser mismo de la Iglesia como sacramento. Y, al mismo tiempo, eso que se mete por los ojos de la gente debe estar siempre organizado de forma que espontáneamente lleve a los hombres y mujeres a percibir que Jesús y su mensaje siguen presentes en el mundo y en la historia.
Esto quiere decir que la organización externa de la Iglesia, su derecho, sus costumbres, su funcionamiento, su estilo de vida, sus pautas de comportamiento y, en general, todo lo que en ella es perceptible debe estar organizado y debe funcionar de tal manera que la gente, al ver todo eso, se sienta espontáneamente movida y motivada para pensar que el Evangelio sigue adelante en este mundo.
Por otra parte, es decisivo tener presente que todo lo dicho no es algo meramente aconsejable desde el punto de vista de la ética o de la espiritualidad. Lo que aquí está en juego es la efectividad de la Iglesia, es decir, en esto la Iglesia se juega el ser o no ser de su misión en el mundo.
Tomás de Aquino lo supo explicar con una de sus formulaciones magistrales:
“los sacramentos son causa (de aquello para lo que están instituidos) en cuanto que lo significan”
(“Sacramenta significando causant”) (De Veritate, q. 27, a. 4 ad 13).
Es decir, en la Iglesia, la “causalidad” está ligada a la “significatividad”. Dicho de otra forma: la Iglesia produce y causa ante la gente aquello que la gente percibe que la Iglesia significa, lo que la Iglesia expresa, lo que los humanos perciben en ella y en su forma de aparecer y manifestarse en la sociedad.
Utilizando la vieja clasificación de causalidades de la teología escolástica, se puede afirmar que la causalidad de la Iglesia no es “eficiente”, sino “ejemplar”.
Tal es, en efecto, la cualidad propia de los sacramentos como causa de salvación. Lo que nos viene a decir que la Iglesia-sacramento es causa de salvación en la medida, y sólo en la medida, en que es una institución ejemplar para los ciudadanos de una determinada cultura y de una sociedad concreta.
Ahora bien, la consecuencia que se sigue de lo dicho es fuerte. Porque eso nos viene a decir que en la Iglesia tienen que cambiar muchas cosas y se tiene que producir una reforma muy profunda, si es que sinceramente se quiere que la Iglesia sea eficaz en el cumplimiento de la misión que tiene que llevar a cabo en este mundo: la salvación, ser “sacramento de salvación”.
Por una razón que entiende cualquiera, a saber: los valores que son significativos para las gentes de la cultura actual no son ya los mismos que tenían significación y ejemplaridad para los hombres y mujeres de tiempos pasados.
Por ejemplo, en los tiempos del antiguo régimen, el poder monárquico y la autoridad impositiva eran valores que los ciudadanos acogían como lo más natural del mundo. Valores, por eso mismo, en los que los fieles cristianos veían lo mejor y hasta lo más ejemplar que podían hacer, que era, ni más ni menos, que someterse al soberano, sin disentir ni protestar.
Hoy ya la gente no piensa así. Ni ve en la sumisión un valor supremo. De ahí que mientras la Iglesia siga actuando sobre la base de una teología y una ley que obligan al sometimiento incondicional, es seguro que la Iglesia no cumplirá con su dimensión sacramental. Y, lo que es peor, la Iglesia es y será una institución carente de credibilidad, ya que, al proceder de esa forma, se ve privada de la ejemplaridad necesaria para poder interesar a los fieles y, menos aún, a quienes se resisten a creer en ella.
Y otro ejemplo en el mismo sentido, quizá más elocuente que el del poder, es el que se refiere a la nueva mentalidad sobre el sexo y todo lo que la sexualidad abarca en la vida de las personas. Nadie duda ya de que, en este orden de cosas, estamos asistiendo a un cambio tan profundo y tan rápido que, como es bien sabido, la mayoría de la población, cuando oye los sermones, discursos y consignas de la Iglesia sobre la vida sexual, lo menos que hace es sonreír con aire de displicencia, si no es que se llega a la indignación y al desprecio.
Es importante caer en la cuenta de que, cuando ocurre esto, estamos ante un fallo que no es sólo de orden “moral”, sino además se trata de una desviación “teológica” en el sentido más fuerte y propio de esa palabra.
Y lo peor de todo, en este asunto, es que no se ve camino para un posible encuentro entre el discurso eclesiástico y la mentalidad moderna. Al contrario, se trata de caminos contrapuestos que cada día se alejan más y más el uno del otro.
Y, por último, a los dos ejemplos anteriores, se ve como algo evidente añadir el “desajuste sacramental” que padece la institución eclesiástica en su forma de aparecer públicamente ante las gentes de nuestro mundo y en la sociedad actual. Para decirlo con más claridad, se trata de la imagen de ostentación, pompa y boato con que, por lo general, los obispos, los cardenales y el papa aparecen en los medios de comunicación y ante las multitudes que tantas veces congregan en actos públicos y diariamente en sus vestimentas, lugares de residencia, medios de transporte, títulos e insignias que utilizan, lugares que ocupan, etc. Siempre los primeros y siempre de forma llamativa y sin miedo al ridículo que mucha gente advierte en semejantes formas de conducta pública.
Nada de eso es intranscendente desde el punto de vista “teológico”. Porque afecta, de forma muy clara y determinante, a la imagen, al signo y, por tanto, al sacramento que es la Iglesia.
Ciertamente, semejante imagen está muy lejos de aquello y de Aquél a quien los sucesores de los apóstoles tienen que hacer presente o deben representar.
A fuerza de “vanidad ingenua” y acumulada, por la fuerza y la debilidad (ambas cosas) del “parecer” superpuesto al “ser”, la sacramentalidad de la Iglesia ha quedado mortalmente herida. Lo que es tanto como decir que la misión salvadora de la Iglesia -si es que el concilio Vaticano II dijo la verdad- ha sido reducida y en gran medida anulada.
La cosa está clara. Las leyes que rigen el ordenamiento interno y externo de la Iglesia, tanto el Código de Derecho Canónico, como la Constitución o Ley Fundamental del Estado de la Ciudad del Vaticano, son cosas que están pensadas y redactadas de tal forma que, en tales documentos, no se reconocen los derechos humanos de los miembros de la Iglesia y de los ciudadanos en general.
Nadie se debería sorprender de que, en no pocas encuestas de opinión pública, la Iglesia sea la institución que tiene hoy menos credibilidad entre las generaciones jóvenes.
Y lo que se dice de las leyes, hay que decirlo - con más razón - de la teología, de la moral, de la espiritualidad y de la liturgia. Si la Iglesia sigue enseñando que para acercarse a Dios hay que mortificar lo humano y hay que despreciar las cosas de este mundo, es seguro que la Iglesia no será vista como sacramento (signo o símbolo) de salvación.
En definitiva, se trata de comprender que, si el sacramento es “signo” o “símbolo” (de algo, para alguien), la Iglesia significa y simboliza, ante los más amplios sectores de la sociedad, cosas que poco a nada tienen que ver con aquello que ella, por su propia misión y destino, tiene que significar y simbolizar ante los hombres.
He aquí uno de los problemas más fuertes que la Iglesia tiene que afrontar y resolver en este momento.
José M. Castillo
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La contaminación ideológica
José María Castillo, teólogo
Moceop
Nos quejamos de la sequía, del cambio climático, del calentamiento de la tierra que, según dicen los expertos, es irreversible. Sabemos las consecuencias que todo esto está teniendo. Lo que no sabemos es lo que va a ocurrir dentro de algunos años.
Como es lógico, todo esto plantea preguntas muy preocupantes. Pero no se toman las medidas necesarias para evitar el desastre. ¿Quién es el responsable de que todo esto ocurra? Y por tanto, ¿quién tendría que adoptar las decisiones eficaces para que la situación cambie de forma radical?
Si este problema tan grave - seguramente el más grave que tenemos que afrontar ahora mismo - se piensa en serio, enseguida se da uno cuenta de que, si existe “contaminación ambiental” en la atmósfera, en los ríos, en los mares, en el suelo…., todo eso se debe a que existe una contaminación previa, que es la verdadera responsable de que las cosas estén como de hecho se han puesto. Me refiero a la “contaminación ideológica”.
Quiero decir que el ambiente no estaría tan contaminado si no estuvieran más contaminadas aún nuestras ideas. Con lo cual estoy afirmando que la atmósfera, los mares, los ríos, los campos… dejarán de estar contaminados el día que se limpien nuestros criterios, nuestras convicciones y nuestras formas actuales de vida, que están más sucias que todas las cloacas de esta tierra en la que no paramos de echar toneladas y toneladas de suciedad y porquerías repugnantes.
No es cuestión de maldad o de pereza. El problema está en la inercia y el silencio. Como es lógico, si el planeta tierra está tan sucio y amenazado, la cosa se debe a que el sistema económico que manda en el mundo, para seguir funcionando, no tiene más remedio que seguir contaminando. Desde hace unos meses, andamos preocupados por la crisis económica mundial. Y nos da miedo pensar en que la crisis llegue a ser una seria amenaza para la pervivencia del sistema y para el crecimiento económico.
Pero no nos paramos a pensar que el crecimiento económico no es posible sino a costa de un crecimiento paralelo de la contaminación. En eso no queremos ni pensar. Y no se nos ocurre otra solución que echar los residuos de plástico en el contenedor amarillo y los de papel en el contenedor azul. Cuando la pura verdad es que las grandes empresas contaminantes prosiguen incansables en su tarea porque no están dispuestas a dejar de ganar lo que ganan.
De la misma manera que los gobiernos hacen la vista gorda ante el desastre porque no quieren perder votos en las urnas. Unos y otros, empresarios y políticos se reúnen de vez en cuando para nada. Porque saben que cuentan con el silencio de la población. Mientras la gente viva bien, no corren peligro los genocidas de la tierra. Porque el genocidio, al que estamos asistiendo, nos proporciona todavía una calidad de vida bastante satisfactoria, al tiempo que evitamos pensar en lo que les espera a los chiquillos que, dentro de cincuenta años, no sabemos cómo van a poder subsistir.
La conocida autora canadiense, Naomí Klein, en su provocativo estudio sobre “La doctrina del Shock”, un estudio a fondo sobre “el auge del capitalismo del desastre”, analiza cómo este capitalismo del desastre, aunque no conspire deliberadamente para crear cataclismos de los cuales luego se alimenta, existen pruebas de que las industrias capitalistas trabajan muy duro para asegurarse de que las actuales tendencias desastrosas no van a cambiar. Grandes compañías petroleras han financiado durante años el movimiento ideológico que niega el cambio climático.
Por ejemplo, Exxon Mobil ha gastado aproximadamente 16 millones de dólares en esta propaganda de ideas torpes y turbias en la última década. Influyentes instituciones de Washington - incluidos el Instituto Nacional para las Políticas Públicas y el Centro para la Política de Seguridad - están fuertemente financiados por contratistas del ámbito de la seguridad nacional y del negocio armamentístico, cuyos beneficios provienen directamente de esos institutos.
En 2004, el gigante de la comunicación digital, LexisNexis, pagó 775 millones de dólares por Seisint, una compañía de análisis de recopilación de datos que trabaja muy de cerca en el sector de la vigilancia con agencias federales y del Estado. Ese mismo año, General Electric, propietaria de NBC, compró In Visión, el productor más importante de los controvertidos aparatos para la detección de bombas de alta tecnología utilizados en aeropuertos y otros espacios públicos. In Visión recibió la enorme cantidad de 15.000 millones de dólares en contratos de seguridad interna entre 2001 y 2006, para que todo esto nos trascendiera a la opinión pública.
Los que mandan sobre nosotros, en economía y en política, contaminan. Y nosotros nos dejamos contaminar. Más que en el aire, las temperaturas y las aguas, en nuestras ideas. Nos han metido en la cabeza que esta carrera hacia el desastre no depende principalmente de nosotros, sino de ellos. Y ellos aseguran que no se puede hacer otra cosa, si es que queremos seguir viviendo bien, cada año mejor. En eso consiste la contaminación ideológica. Y podemos estar seguros que mientras la contaminación ideológica siga funcionando, seguiremos viviendo soportablemente bien. Pero eso será posible a costa de dejar a nuestros chiquillos y a los chiquillos de nuestros chiquillos quizá un buen cementerio para que los entierren, pero no mucho más.
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A propósito de la celebración cristiana de la Semana Santa
Publicado en Redes Cristianas
La Semana Santa que estos días anuncian los carteles es una jornada de representaciones, es decir, algo que pertenece al género teatral, y se da en medio de una celebración popular. «Representar» la Pasión de Jesús ha sido y sigue siendo objeto de manifestaciones artísticas, como son: la pintura, la escultura, la poesía, el teatro o el cine; pero a una representación, lo único que puede exigírsele es que posea calidad y dignidad. La calidad le convierte en obra de arte; la dignidad hace que los sentimientos de los creyentes no se sientan dañados, derecho fundamental que puede exigir cualquier ciudadano.
Aunque una representación tenga un tema religioso, como en este caso, nunca es un acto de culto. Incluso puede estar, y lo está con frecuencia, en contradicción con los verdaderos sentimientos religiosos. Vamos a concretar haciéndonos unas cuantas reflexiones: se anuncian la Semana Santa de Málaga, de Sevilla, de Murcia… como algo que mueve a mucha gente a viajar competitivamente a tales sitios.
Ante este hecho, nos hacemos una pregunta inevitable: ¿Quiénes la anuncian? Sobre todo las entidades promotoras del turismo, los ayuntamientos, las entidades bancarias, las firmas comerciales. Incluso con más interés que las mismas cofradías, que ya es decir.
¿Son éstos grupos tan cristianos que tienen un verdadero interés por lo que la Pasión de Cristo significa? Tenemos que responder que no, claro esta. ¿De dónde les viene entonces el interés? Del negocio que para todos estos grupos significa.
¿Y quién da colorido a las procesiones de muchas ciudades? Unos factores totalmente ajenos al espíritu de Jesús: los grupos militares en desfile, la riqueza de los tronos, la presencia de autoridades, los artistas que se lucirán con una buena saeta… Es decir, el poder, la fuerza y el dinero, la fama, la manifestación, por tanto de todo lo que esta en otra onda que el Evangelio, la encarnación muchas veces de cuanto condenó a Jesús.
Sin embargo, no es menos cierrto que muchos van a convertir estas representaciones en actos de culto. Y de nuevo nos preguntamos: Si ninguna representación es un acto de culto, ¿cómo lo van a ser unas representaciones que por los aditamentos que hemos mencionado son carnavalescas? Un sentimiento religioso vago y unas emociones van ligadas a estos actos callejeros; pero estas emociones y sentimientos que con las procesiones se provocan son muy parecidos a los que se desatan bajo el efecto de muchos de los dramas sentimentales que abundan en las novelas por entregas de la televisión y de no pocas películas.
Los sentimientos provocados en los espectadores son muy variados, desde las mismas emociones irracionales que provocan las procesiones de los dioses en el paganismo hasta la simple curiosidad del turista, pasando por esas convocatorias a la congoja o el llanto, propias de los melodramas, el fervor que incita a rezar o a hacer promesas para lograr salir de una desgracia familiar, la satisfacción de ver que la propia cofradía está a la altura que debe y la necesidad de defenderla con el mismo fanatismo que al equipo de fútbol del que se es hincha. Un exponente de lo que estamos comentando: en muchos bares y peluquerías de caballeros es frecuente esta decoración: Unas fotos del Cristo y la Virgen de su cofradía, otra del Real Madrid o del Barcelona y otra u otras de chicas desnudas o en topless. Sin comentarios.
Nadie es más bueno por llorar ante los melodramas de la televisión. Los buenos sentimientos se demuestran en la vida. Incluso hay otro tipo de emociones provocadas por las procesiones que andan muy cerca del fanatismo y la idolatría.
Estaríamos en un error si afirmásemos que este culto tiene algo que ver con el que Jesús proclama como culto auténtico a Dios. Los cristianos damos culto a Dios en todo cuanto hacemos en la vida, porque nuestra fe nos enfoca a hacer una sociedad más humana y fraterna, sin opresores ni oprimidos. Y lo que constituye el por qué de nuestras vidas lo celebramos cada domingo en nuestras sencillas reuniones, en la Eucaristía. Concretamente, en la Semana Santa, consideramos qué significan para nuestra vida presente los misterios de Cristo que ponemos ante nuestros ojos.
Ciertamente, una buena representación puede llegar a ser una buena catequesis. Pero en nuestras semanas santas se ha llegado a unos extremos difícilmente aceptables desde un cristiano con un mínimo de coherencia y sensibilidad, y esto por las siguientes razones:
+ Se exalta, por un lado, el heroísmo que se demuestra con el dolor y, por otro, los sentimientos de lástima y de culpa.
+ Se fomenta la competitividad en el lujo y riqueza de tronos, mantos, baldaquinos, candelabros, joyas, etc.
+ Se establece una especie de comercio de lástimas: intercambio mi lástima hacia Jesús o María sufrientes por la lástima de ellos hacia mis problemas personales o familiares.
+ Se hace consistir la manifestación de la fe, no en incidir en la sociedad para hacer un mundo más humano, sino en tomar la vía pública para pasear un folklore de primavera.
+ Se aíslan estos sentimientos del resto de la vida. Una vez que han pasado, no han transformado a la persona en alguien que dio un paso más hacia la construcción del hombre nuevo.
+ Multitud de imágenes procesionales están colocadas por toda la iglesia, con lo que, no sólo se convierte el recinto en un signo de sentimientos lúgubres para el que la visita, sino que la Semana Santa procesionera queda indisolublemente maridada con la Iglesia oficial.
+ Se escandaliza, tanto a no creyentes de fina sensibilidad, cerrándoles el camino a lo cristiano, ya que, por los signos externos, piensan que consiste en esto, como a los niños, que crecen viéndolo como una importante manifestación cristiana.
+ Sirve para que algunos miembros del clero llegue a creerse que es un camino válido para evangelizar y ofrece «retiros espirituales» y la oportunidad de que dediquen un dinero a «obras de caridad» a personas que con esto van a pretender justificar todo lo demás. No olvidemos que las cofradías delpaganismo romano tenían obras benéficas entre sus cometidos, y no por eso buscaban una sociedad más justa.
Por éstos y por otros motivos (no nombramos los más espurios, como los desfiles militares), la Semana Santa callejera no es cristiana, y debía divorciarse de la Iglesia, llevándose sus imágenes a lugares más adecuados.
Esto se está realizando ya en parte, pero, no sabemos si a causa del clero, de los cofrades o de ambos a la vez, muchos de esos espacios propiedad de la cofradía son o contienen una capilla, donde incluso se celebra misa; es más, algunos tienen hasta sagrario… cuando, en realidad, lo más que se podría pedir es que fuese un poco más respetuosa con lo que representa por las calles.
Hoy existen otras procesiones en las que se pide el cambio del hombre: son las manifestaciones por la paz, por la defensa de la naturaleza, por el respeto y la acogida a los emigrantes, por el cese de los abusos contra la mujer, etc. Como la calle es de todos, creyentes o no, no se acude en ellas a Dios, aunque Dios acude a ellas. En ellas se mezcla a veces la lucha de ideologías políticas, pero los creyentes que nos sentimos a gusto en esas procesiones sabemos que, si esperamos una actuación absolutamente limpia, nunca haremos nada.
Tenemos ante nuestros ojos las imágenes terribles de nuevas guerras, que han sido apellidadas preventivas. Alguien ha definido acertadísimamente la guerra preventiva de esta manera: hacer la guerra para posibilitar la paz es como violar para posibilitar la virginidad. A medida que ha ido subiendo el clima de las guerras hemos visto utilizar armas más peligrosas (y de las prohibidas) a los atacantes que a los atacados. Los países más peligrosos tienen el poder de la decisión. Es como poner al lobo guardando ovejitas. Un cristiano se tendría que sentir más extraño que nadie y más apátrida que nunca, en países que se alinean entre los señores de la guerra.
No es extraño que los sentimientos de muchos sean éstos: es una pena que revienten las pobres bombas que tanto dinero costaron; pero, sin han de reventar, es una pena que lo hagan tan lejos de sus hogares, que es donde le gusta morir a todo el mundo. Todos estos sentimientos sin odio, con deseo de cambio, no de venganza, son hambre y sed de justicia. No coinciden con los de los poderosos, como tampoco coincidieron los de Jesús, que recibió su sentencia de muerte por su hambre y sed de justicia.
El Domingo de Ramos, el Jueves Santo, el Viernes Santo y la noche de Pascua pueden ser días magníficos para profundizar en nuestra fe como entrega y celebrarla. Durante estos días, recordamos los últimos acontecimientos de la vida de Jesús: la manifestación que se organizó al entrar en Jerusalén, que concluyó con una terrible provocación a las autoridades religiosas, la destrucción simbólica del tinglado del templo; la última cena, donde Jesús tomó el pan y el vino como signos de su entrega personal y así instituyó la Eucaristía, que nos mandó seguir celebrando en su memoria; su arresto, tortura y condena a muerte de cruz, y su victoria de la muerte con el poder de Dios.
Los evangelios explican suficientemente lo que aconteció para que tuviesen lugar los sucesos del viernes santo, pero son muy discretos en contar esos sucesos, no como la película de Mel Gibson, esa especie pornografía del dolor, en la que no se explica bien por qué sucedió todo, pero se recrea con abundante morbo en las escenas más sangrientas.
Cada una de las escenas de la tortura que sufrió Jesús se sólo debe ponerse ante nuestros ojos para recordarnos cómo ha de ser nuestra actitud ante la vida, no para quedarnos paralizados, mirando qué le pasó a él. San Pablo nos dice que completemos en nosotros mismos lo que faltaba a la Pasión del Señor, porque el Mesías, no es un individuo solo, sino un Cuerpo, del que Jesús es la cabeza y todos nosotros, los miembros.
Vamos a intentar celebrar estos días sin bombo y platillo, sin trompe¬tas y tambores, sino comunitariamente, es decir, familiarmente, en nuestra pequeña comunidad. Estamos demasiado lejos de un mundo humano. Es verdad que nosotros y los que nos rodean vivimos con más dinero y, por tanto, con más cosas que antes; pero estamos en el primer mundo, aunque se trate de la cola del primer mundo y tendríamos que preguntarnos si nuestra abundancia y nuestro desarrollo serían posibles sin desvalijar al tercer mundo de una manera vergonzosa y brutal. Siguen sufriendo, por tanto, los inocentes, que son la mayor parte de la Humanidad, a causa de la explotación de los más despabilados. No, no estamos en un mundo mejor.
Un tiempo atrás se soñó con un mundo más justo; pero se cometió la injusticia de pretender imponer violentamente la justicia. Todo eso ha fracasado y ha sido tan malo el ejemplo que las palabras socialismo o comunismo han quedado soberanamente desprestigiadas. La sociedad está como cansada y sin ideales, y el mal que hacemos entre todos cuando no nos oponemos firmemente al sistema que lo produce revienta en nuestra misma sociedad: ahí están el paro, la delincuencia, la droga, la represión, la guerra, el botellón, la cárcel, el racismo, el mundo de los marginados, la prostitución, el terrorismo de las bombas, el terrorismo del dinero…
Jesús no ha venido a dar la receta de cómo se arreglan estas cosas, sino a crear un ámbito que no viva de estas realidades de pecado, que se oponga a ellas, que sea una provocación contra este mundo injusto y una invitación a construir una casa familiar para todos, ya que somos hijos del mismo Padre Dios. Jesús se tomó tan en serio esta tarea que por esta causa tuvo que sufrir tortura y una muerte vergonzosa. Sin embargo, ésta era la causa de Dios, como lo es la de cuantos le sigan. Por eso la Resurrección. ¿Cómo va a abandonar Dios a la muerte de un modo definitivo a lo único noble y justo que crece entre nosotros? Y esto es lo que celebramos en la Semana Santa.
Precisamente porque no intentó imponer nada de esto, sino mostrarlo con su vida, su proclamación se hace visible de un modo especial en su ajusticiamiento en la cruz; es decir, todo él fue proclamación con todas las consecuencias del hombre nuevo. Expresiones como: «Pagó con su muerte nuestro rescate», «canceló nuestra deuda con su sangre», «Con sus heridas él nos ha salvado»… son perfectamente válidas, pero son metáforas, es decir, imágenes poéticas que se emplean a falta de un lenguaje más preciso. Todas ellas hacen hincapié en la generosidad de Jesús y en el amor que Dios nos tiene; sin embargo, tomarlas al pie de la letra anulan la parte que cada uno tenemos en la salvación y, en rigor, nos harían ver un dios sádico, que de ninguna manera existe.
Jesús es el primer hombre de la nueva humanidad. Todo los que nos proponemos seguirle, que eso es creer en él, hemos de completar en nosotros su obra. Como dice Pablo: «Somos el cuerpo de Cristo. Hemos de completar en nuestros miembros lo que falta a su pasión.» Con una entrega tan completa, que no se paró ni ante la muerte, rompió el cerco del hombre viejo, el que pone su racionalidad al servicio de sus instintos animales, abandonados a sí mismos. Algo que debemos hacer cada uno, movidos por el espíritu que él nos comunica.
La cruz con la tablilla de su «delito» colocada en lugar visible, nos sirve todavía de cartel anunciador de un nuevo modo de mesianismo: el mesianismo comunitario de la misericordia y la fidelidad de Dios. Todos los que formamos el Cuerpo del Mesías, cuya cabeza es Jesús de Nazaret, estamos destinados a completar en nosotros lo que faltaba a la pasión de Jesucristo. Y Jesucristo completa en nosotros lo que falta a nuestra vida: la vida eterna que nos infunde su Espíritu, vida que ya tenemos y que atraviesa la muerte.
Ya que la pasión de Jesucristo es el coronamiento de la entrega de toda su vida, lo que nosotros podemos aportar es nuestra entrega, porque la persecución y el sufrimiento y muerte le vinieron a Jesús por sus propios pies, no por buscados.
Nos cuenta el evangelio de Juan que los capitostes de los dos partidos dominantes del pueblo judío hicieron un complot para quitarlo de en medio Decían:
-Este hombre hace muchos milagros; si dejamos que siga adelante, todos van a creer en é1 y vendrán los romanos, y acabarán con nosotros.
Comprendemos que, si los milagros a que aquí se refiere fueran simples curaciones de ciegos, cojos o leprosos, no es lógico que por esa razón el imperio romano viniera a desbaratar la nación judía. ¿Qué les podía interesar tener una colonia de sanos o de enfermos? Tendrían entonces que perseguir también a los médicos…
No. Jesús abría los ojos a la realidad, devolvía la dignidad a un pueblo leproso, invitaba a que no se quedasen quietos como un pueblo de paralíticos, estaba dando vida a los que estaban muertos, es decir: los pobres estaban recibiendo la mejor noticia de su vida. Y esto no lo quieren nunca los dictadores, de cualquier tipo: políticos, religiosos…
Y no es que Jesús predicase o practicase la violencia. Todo lo contrario: Jesús enseñó siempre a devolver el bien por el mal, a amar a los enemigos, a pedir por los que nos hacen daño; pero a obedecer a Dios antes que a los hombres y a no tener a nadie por Señor, más que a Dios. Esto era algo que tenía muy claro su pueblo en teoría: es el primer mandamiento; pero en la práctica las autoridades se creían los representantes auténticos de Dios, los que hacían el papel de Dios en la tierra no aguantaban que nadie pusiera en duda sus decisiones, a las que les otorgaban un rango divino.
Esto es lo que llevó a Jesús a ser perseguido, a tener que vivir en la clandestinidad, como sigue contando Juan a renglón seguido: por eso Jesús ya no andaba en público por Judea; se retiró a Efraín, en la región cercana al Desierto, y se quedó allí con sus discípulos. Eso no significa que se retirara de su compromiso con el pueblo; simplemente, no pretendía a dar a sus enemigos el gustazo de que le detuvieran por las buenas. El siguió siendo coherente, y, cuando pudieron echarle mano, no opuso resistencia ante lo inevitable. Bien sabía que tenía que llegar esa hora.
16 Marzo 2008
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¿Tiempo de tristeza para los cristianos?
SEBASTIÁ MESQUIDA,profesor emérito del C.Estudios Teológicos
Me referiré exclusivamente a las dos sorpresas recientes que la actuación de los obispos españoles ha producido, por lo que se ve, en amplios sectores de creyentes y no creyentes. Pasado un tiempo, los hechos me siguen pareciendo una cuestión de conciencia.
La primera de esas sorpresas se produjo cuando unos obispos decidieron gritar con los creyentes ocupando, con ellos, calles y plazas de Madrid con el objeto de llevar a cabo una manifestación social a favor, decían, de la familia cristiana. Con motivo de este hecho se ha hablado mucho del lugar social, de lo sagrado y de lo profano; pero creo que queda por señalar el papel mismo del hecho mencionado en razón de su naturaleza, tanto para una estimación cristiana como para una estimación simplemente humana. Yo pienso que se ha pasado por alto, en resumen, que la simple manifestación de algo ya conocido –un pensamiento, una postura, en la calle u otro lugar, no pasa ni puede pasar de ser un acto de «presión» social. Una manifestación así lo que se propone no es ofrecer alguna novedad a las personas, en el ámbito de su libertad y con el deseo de contribuir a una mejora, sino que pretende ejercer una fuerza para influir físicamente en unos hechos determinados. Quiero decir que un hecho así no se propone abrir y ofrecer determinados caminos mediante los hechos y las palabras que les serían propios, sino únicamente proclamarlos, frente a otros caminos, como los mejores. Ante el peso y el tipo de misión que la Iglesia se atribuye a sí misma, entiendo que eso ha de parecer un planteamiento pobre a los ojos de los hombres en general, y pobre y tirando a triste, a los ojos del creyente. Ante prácticas de esta naturaleza, uno tiende a pensar que la Iglesia, así como se ha de preguntar por aquello mejor que puede ofrecer a los hombres, se debería preguntar por la manera adecuada –sin duda muy costosa de llevar-lo a cabo. Añadamos que esta cuestión va unida a otra, aún más básica. Es la cuestión fundamental sobre lo que la Iglesia hoy viene ofreciendo, sobre lo que podría ofrecer y sobre lo que tendría que ofrecer al mundo roto que conocemos.
La otra sorpresa ha sido la «Nota de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española ante las elecciones generales de 2008». Este documento ya se inscribe, a su manera, en la categoría de «manifestación» que he considerado antes; pero aquí mi intención es fijarme en uno de sus puntos, aquél en que los obispos dicen que los terroristas no son representantes políticos de nadie y rechazan, por tanto, el diálogo con ellos como a interlocutores «políticos». Se trata de dos afirmaciones en principio tan evidentes –que los terroristas políticamente no representan a nadie y que no se puede dialogar con ellos suponiendo-les una representatividad y, a la vez, tan incompletas e insuficientes, que en lugar de resolver el grave asunto que se plantea, suscitan un buen número de cuestiones nuevas.
En efecto, si referimos estrictamente el rechazo de los obispos a un diálogo con los terroristas como interlocutores «políticos», queda al aire el cuerpo más serio del asunto y la propuesta se convierte, sorprendentemente, en algo casi banal. Además, esta negación de una representación política de los terroristas es lo que constantemente reiteran tanto el Gobierno como la oposición más representativa. Qué objeto podía tener, pues, para los obispos, decir una cosa tan limitada y a la vez tan innecesaria? Es cierto que la oposición ha acusado sistemáticamente al Gobierno –y contra lo que el Gobierno ah afirmado siempre-, de hacer concesiones indebidas a los terroristas.¿ Podrían haber pretendido los obispos así, ser un tácito acompañamiento de aquella oposición en sus acusaciones contra el Gobierno? Pero eso sería muy duro de pensar.
Otra manera de entender el documento de los obispos es ver en su innecesario rechazo de un cierto tipo de diálogo –el «político»– la pretensión de que el alcance de dicha negación llegue, de hecho, más allá de lo que corresponde a las palabras. No veo más interpretaciones posibles. Se trataría que la negación de la parte alcanzase al todo;es decir, que el rechazo del diálogo meramente «político» excluyese, de hecho, todo tipo de diálogo. En efecto, sacar y poner sobre la mesa un asunto tan serio como éste y reducir entonces su consideración a un solo aspecto ya evidente para todo el mundo, callando toda referencia a otros campos y comportamientos, da a entender,que estos otros campos o no existen o son igualmente rechazables (y aquí es de notar otra rara coincidencia de los obispos con la postura global de la oposición sobre este punto...). Lo cierto es que uno ignora, asimismo, por qué los obispos han hablado de esta manera, pero las omisiones que se pueden encontrar en su documento parecen pedir, pienso, que a los ojos de muchos, ser recordadas de alguna manera. Brevemente, yo diría lo siguiente:
Recordaría que este grupo de hombres que políticamente no representan, en efecto, a ningún sector de la sociedad oficialmente reconocida, por lo menos, se representan a sí mismos. Pues bien, uno entiende que eso es todo cuanto se puede pedir para que un hombre preste su atención a otro, y más cuando entre ambos hay un grave conflicto que superar. Sería normal que lo entendiese así cualquier hombre, pero ante el documento de los obispos aún tenemos que recordar que esta atención al hombre, y particularmente al hombre que se contempla como «extraviado», pertenece a los estratos fundamentales de lo que entendemos como cristiano. Y si este hombre como tal dejase de interesar por razones políticas, pienso que la misma función política ya no sería más que un ejercicio humillante del poder. Teniendo en cuenta el lenguaje del documento episcopal, se podría decir que en los terroristas se hace presente, a su manera, algo efectivamente político; porque su actuación siniestra, el consiguiente dolor de las víctimas y el de todos, son hechos realmente políticos –hechos que afectan a nuestra «polis» como a tal–. Pues bien; todo eso me hace entender que, si estos hombres, hoy terroristas, sin engaño visible un día se manifiestan dispuestos a dialogar, en orden a cambiar las cosas, con representantes de la sociedad a la que han agredido, me parece que ni en nombre de la política –simple administradora de lo humano-, ni en nombre del hombre, ni en nombre de Dios, se les puede cerrar la puerta. Ignorar este camino puede haber extendido, otra vez, una sombra de tristeza sobre el mundo cristiano.
Traducido del catalán por Juan Hernández Jover.
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La dimensión olvidada: la vida interior
Leonardo Boff
Koinonía
La vida interior representa, actualmente, una de las dimensiones más olvidadas de la humanidad. Urge rescatarla, pues en ella se encuentra la serenidad, y el sentimiento sagrado de la dignidad.
En primer lugar, es importante aclarar la palabra interior. Es el reverso de exterior. La vida posee una dimensión exterior. Es nuestra corporalidad. La cultura moderna ha inflacionado la exterioridad a través de todos los medios de comunicación. El mundo de las personas ha sido totalmente divulgado.
Pero existe también lo interior. Generalmente lo interior es aquello que no se ve directamente. Podemos conocer y hasta fascinarnos por el exterior de una persona, por su belleza e inteligencia.
Pero para conocerla necesitamos considerar su interior, su corazón, su modo de ser y su visión del mundo. Sólo entonces podemos hacer juicios más adecuados y justos sobre ella.
Interior tiene además el significado de calidad de vida. Así decimos que la vida «en el interior» (del país) es más tranquila, más integrada en la comunidad y en la naturaleza, en el fondo, con más posibilidad de hacernos felices. Es que la vida «en el interior» no está sujeta a la lógica de la ciudad, con el ir y venir de las personas, la parafernalia técnica y burocrática, y las amenazas de violencia.
Por último, interior significa la profundidad humana. Este interior, lo profundo, emerge cuando el ser humano se detiene, calla, comienza a mirar dentro de sí y a pensar seriamente. Cuando se plantea cuestiones decisivas como: ¿qué sentido tiene mi vida, todo ese universo de cosas, de aparatos, de trabajos, de sufrimientos, de luchas y de placeres? ¿Hay vida más allá de la vida, ya que tantos amigos murieron, a veces de forma absurda, en accidentes de automóvil o por una bala perdida? ¿Por qué estoy en este planeta pequeño, tan hermoso, pero tan maltratado?
¿Quién ofrece respuestas? Por lo general son las religiones y las filosofías, pues siempre se ocupan de estas cuestiones. Pero es ilusorio pensar que con asistir a los cultos o con adherirse a alguna visión del mundo se garantiza una vida interior. Todo eso importa, pero sólo en la medida en que produce una experiencia de sentido, una conmoción nueva y un cambio vital.
La vida interior no es monopolio de las religiones. Éstas vienen después. La vida interior es una dimensión de lo humano. Por eso es universal. Está en todos los tiempos y en todas las culturas.
Las religiones cumplen su misión cuando suscitan y alimentan la vida interior de sus seguidores, cuando les ayudan a hacer el viaje a su interior, rumbo al corazón, donde habita el Misterio. Vida interior supone escuchar las voces y los movimientos que vienen de dentro. Hay un yo profundo, cargado de anhelos, búsquedas y utopías. Sentimos una exigencia ética que nos invita al bien, no sólo personalmente, para uno mismo, sino también para los otros.
Hay una Presencia que se impone, mayor que nuestra conciencia. Presencia que habla de aquello que realmente cuenta en nuestra vida, de aquello que es decisivo y que no puede ser delegado en nadie. Dios es otro nombre para esta experiencia que satisface nuestra búsqueda insaciable.
Cultivar ese espacio es tener vida interior. El efecto más inmediato de esta vida interior es una energía que permite encarar los problemas cotidianos sin excesiva agitación. Quien posee vida interior irradia una atmósfera benéfica y transmite paz a quienes le rodean.
Alimentar la vida interior, como repite siempre Arthur da Távola en su programa de televisión «Quién tiene miedo de la música clásica», es no tener soledad nunca más. La soledad es uno de los mayores enemigos del ser humano, porque lo desenraíza de la conexión universal. La vida interior lo religa al Todo del cual es parte.
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A propósito de la donación del campo ofrecido por Maria Laura y sus hijos
Es viuda y con tres hijos, pero dio
un CAMPO para un Barracón de CULTURA
Y si el Periódico Fraternizar les dijere que una mujer viuda de Manzano de la Lija, madre de tres hijos, todos mayores de edad, acaba de donar, en escritura librada en la Notaría de la Comarca de Felgueiras, a la Asociación local "Las Hormigas del Manzano", un campo, lo mejor que ella posee, para que en él venga a ser edificado un Barracón de Cultura, al servicio de la población de la parroquia y del consejo – cuál será vuestra reacción? Será una reacción de alegría y de acción de gracias? O de espanto y de escándalo? O, peor todavía, será una reacción de crítica difamante, al estilo de:"Esa mujer sólo puede estar loca de atar", mezclada con un total repudio por su inesperado gesto? Pero el caso es real. La escritura fue efectivamente librada en la tarde del día 29 de Enero de 2003. La mujer viuda que hizo la donación es Maria Laura, la misma que hay ya largos años preside como presbítera no-ordenada a la Comunidad Cristiana de base del Manzano de la Lija. Los hijos son Alberto, casado con Andrea y ambos padre y madre de dos hijos, un adolescente y una niña que todavía no consigue pronunciar las palabras enteras, más el Rodrigo Felipe y Andrea Cristina, ambos todavía solteros y estudiantes.
La iniciativa de la donación partió exclusivamente de la propia Maria Laura, pero contó con el mesurado acuerdo de sus tres hijos y nuera que, en esa misma tarde, dejaron todo para ir a firmar con ella la escritura. Por parte de la Asociación "Las Hormigas del Manzano" y en su nombre, Quina y Miné, respectivamente, la presidenta de la dirección y el tesorero, habían firmado la escritura y habían recibido la donación.
Al final, al salir de la Notaría el padre Mário, que acompañó todo el acto solemne, sacó el pan que había previamente adquirido en Felgueiras, lo partió allí mismo, en la calle, y todas y todos pudimos comer de aquel Pan-Cuerpo-de-Cristo, como quien de golpe anuncia al mundo que la salvación de la Humanidad está en el Partir los bienes al servicio del Ser y del Vivir de todas las personas y de todos los pueblos, y no en el Acumular los bienes al servicio de los privilegios de algunos pocos, sin que, sin embargo, estos pocos lleguen a importarles lo más mínimo aun viendo la lenta agonía y finalmente la muerte por falta de Tener ni siquiera lo más indispensable para poder Ser.
El acto de la donación del campo, pequeñito en sí, pero fuera de lo común en sacramento, hará historia en aquella parroquia y en aquel consejo. También en nuestro país y en nuestro mundo. Prueba de eso es que hasta la propia Notaría, que en todo momento presidió el acto, no consiguió esconder su asombro y entusiasmo. Y dejó claro que nunca antes, en todos los años que ya lleva de servicio en la Notaría, vivió un momento tan extraordinario como este.
Si usted que nos está leyendo es del número de aquellas personas que se alegran y comparten este hecho, ante esta Buena Noticia o Evangelio, canten y bailen este gesto, alabando al Señor. Y se prepare para alegremente juntarse a la Asociación "Las Hormigas de Manzano", a fin de a ayudar a edificar el Barracón de Cultura, cuanto más deprisa mejor.
El Periódico Fraternizar, sin embargo, no puede dejar de subrayar que este fuera de lo común gesto de Maria Laura y de sus tres hijos no es un gesto totalmente inédito. Se inserta en la línea de aquel otro gesto que el segundo volumen del Evangelio de Lucas, más conocido entre nosotros por Libro de los Actos de los Apóstoles, cuenta, al final del capítulo 4. Vean sólo lo que dice el texto:
"La multitud de los que habían abrazado la fe tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyo al que le pertenecía, pero entre ellos todo era común. Con gran dinamismo, los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y una gran gracia operaba en todos ellos. Entre ellos no había nadie necesitado, pues todos los que poseían tierras o casas las vendían y traían el producto de la venta y depositándolo a los pies de los apóstoles. Se distribuía entonces a cada uno conforme la necesidad que tuviese. Así, un levita chipriota, de nombre José, a quien los apóstoles llamaron Bernabé, esto es, "hijo de la consolación", poseía una tierra; vendió-la y trajo el importe de la venta que depositó a los pies de los apóstoles."
Se trata, pues, de un gesto-señal o sacramento que indica a las personas y a los pueblos la vía libertadora y salvadora, paradigmáticamente protagonizada por Jesús de Nazaret, el Cristo, y que no es otra si no la vía de la Gracia, del Don de Compartir, de la Entrega de nuestras cosas y de nosotros, en una palabra, la vía de la Eucaristía, por ello, queda totalmente en las antípodas, la vía del Mercado Total, según el cual sólo vale lo que fuere mercancía en buen estado y sólo tiene derecho a ser y a vivir quien tuviere poder de compra y de venta.
Se trata entonces de un gesto con fuerza y dimensión fundante de una alternativa real a la grosera vía del Tener acumulado y concentrado, hoy tan en boga, y que no aprovecha a nadie, ni siquiera a quien se tiene por su directo beneficiario.
En su simplicidad y en su silencio, este gesto es quizá el mayor grito que queda por decir al mundo que, si él quisiere ser un mundo en estado de salvación, tiene que cambiar radicalmente de rumbo, y aún más, al nivel de la economía: tiene que pasar de la actual economía del Tener acumulado y concentrado en las manos de algunos privilegiados, a la economía del Tener Compartido y Repartido para que todas las personas y pueblos, seamos personas y pueblos en plenitud.
No se piense, entonces, que el gesto de Maria Laura y de sus tres hijos, bien como el gesto de Bernabé, en el principio del Cristianismo, son gestos dictados por la simple Naturaleza, o lo mismo que decir, que son gestos fáciles de realizar y de comprender. No lo son. Es cierto que hoy existen algunas personas que protagonizan gestos similares a los de Bernabé y María Laura, pero para satisfacer su vanidad ,aparte de poder pasar por buena persona a los ojos de sus conciudadanos y conciudadanas.
No es manifiestamente el caso ni de Bernabé, en el principio del Cristianismo, ni de Maria Laura y de sus tres hijos, hoy, en este inicio del Tercero Milenio. Y por ello decimos que estos no son gestos sencillamente naturales. Sólo pueden ser gestos movidos, fecundados y generados por la fuerza del Espíritu Santo, ese que se apoderó de Jesús de Nazaret, cuando él salía de las aguas de Jordán, justo después de haber sido bautizado por Juan e hizo de él un Hombre-para-los-de más, o – dicho en lenguaje evangélico – le condujo-hacia el desierto, esto es, le puso a vivir en medio de la sociedad de su tiempo, no según los bastos criterios del Tener acumulado y concentrado que toda la gente ya entonces tenía y todavía hoy naturalmente tiene como buenos, si no según los fecundos criterios del Tener Compartido y Repartido, al empezar por su propia vida y con sus ,fuera de lo común capacidades personales, y que él fue capaz de poner, como nadie antes de él ni después de él, ininterumpidamente al servicio de la concienciación y liberación de todas las personas y de todos los pueblos, sin excepción.
Del gesto de Bernabé, registra el 2.º volumen del Evangelio de Lucas que él vendió el campo y fue a poner el producto de la venta a los pies de los apóstoles. Para que ellos, a su vez, utilizasen ese producto en pro del vivir de los miembros de la comunidad cristiana de Jerusalén.
Va todavía más lejos en radicalidad y en sacramento el gesto de Maria Laura y de sus tres hijos. Ella no vendió el campo.Lo-dio. Y Lo-dio no sólo a los compañeros y a las compañeras de la Comunidad cristiana de base, para provecho exclusivo de ellos y de ellas, sino a una Asociación de ciudadanas y de ciudadanos. En concreto, lo-dio a la Asociación "Las Hormigas del Manzano", con el objetivo expresado de que en el venga a ser edificado un Barracón de cultura, al servicio libertador de toda la población, tanto de la parroquia del Manzano de la Lija, como de las parroquias cercanas, independientemente, de que sean cristianas, agnósticas o incluso ateas.
La novedad y la radicalidad de este gesto fue tan grande, que la propia Comunidad Cristiana de Base quedó como que petrificada, cuando oyó de la boca de la propia Maria Laura su inquebrantable determinación de dar el campo para un Barracón de cultura en pro de su pueblo. Ni la exultante alegría con que ella comunicó a las compañeras y a los compañeros la decisión que había tomado, en lo más íntimo de su conciencia y en comunión con el Espíritu Santo, atenuó el impacto de la noticia.
No faltaron voces, en las alturas, para intentar hacerla volver atrás de "semejante locura". Que ella tomase en consideración de su condición de mujer viuda y de las dificultades financieras que esa condición le acarrea. Que ella recordase a sus tres hijos y de su futuro. Que ella recordase que aquel campo estaba muy bien situado, para que cualquiera de sus tres hijos pudiese construir en el, un día su propia casa. Que ella reflexionase que, como buena madre que intenta serlo, debería dejar ese campo a los hijos como herencia. Y tantas otras cosas que le dijeron en ese día y los días, meses y años siguientes hasta el día de la escritura, que fueron muchos dado que, la previa legalización del terreno acabó por arrastrarse a lo largo de mucho tiempo; tantas fueron las burocracias que se tuvieron que superar y vencer ¡
A todo, sin embargo, Maria Laura resistió, como quien ve el Invisible. Y ahora mismo cuando la escritura finalmente fue firmada y el campo ya es propiedad de la Asociación "Las Hormigas del Manzano", las voces disonantes todavía no callaron de todo, mezcladas con soeces insinuaciones y groseros ataques que ponen al desnudo el tipo de mente y de corazón de quien profiere unas y otras. Pese a todo, ella continúa resistiendo, y con una sorprendente y constante alegría que sólo puede ser fruto del Espíritu Santo que la habita.
Periódico Fraternizar está acompañando todos estos pasos de ella y de la Comunidad. Y sólo puede asociarse a la alegría de Maria Laura y de sus tres hijos. A la vez que no puede dejar de reconocer el "dedo" de Dios en todo esto.
Desgraciadamente, hasta muchas de las mujeres y muchos de los hombres que tradicionalmente se dicen cristianas y cristianos no llegan a entender gestos de esta envergadura. Porque son cristianas y cristianos por tradición, más que por obra y gracia del Espíritu Santo. Son cristianas y cristianos, sólo por haber nacido de madres y de padres que también lo eran, más que por tengan nacido de lo Alto, del Espíritu Santo. Son cristianas y cristianos, pero como igualmente podían ser paganas y paganos, ya que nunca pasaron por una real conversión al Evangelio de Dios que es Jesús de Nazaret, el Cristo, mucho menos dieron su entusiástica adhesión a las Causas y al Proyecto de vida que fueron su razón de ser y de vivir, al punto del Evangelio de Mateo que decía que él ni siquiera tenía donde reclinar la cabeza y, cuando lo habían matado, él no tuvo otra herencia para dejar que no fuese el ejemplo de su vida totalmente donada a los demás. Y la verdad es que, en víspera de su muerte, y en la cena última que hizo con sus discípulas y sus discípulos, él alcanzó el extremo del amor, y se hizo Pan/Cuerpo que se da a comer y Vino/Sangre que se derrama/entrega y se da a beber por la vida del mundo. Y mandó que, a través de los tiempos y lugares,quisiéremos ser reconocidos como sus discípulos y sus discípulas, viviendo y haciendo lo mismo que él hizo y vivió en memoria suya ¡
Resta, ahora, esperar que todo el vendaval que este gesto de Maria Laura y de sus tres hijos provocó, también en el interior de la Comunidad Cristiana de Base del Manzano de la Lija y de la Asociación "Las Hormigas del Manzano", pase cuanto antes. Y que, por último, la donación del campo sea reconocida y acogida con alegría por todas y todos. De modo que el Barracón de cultura pueda empezar a ser proyectado y construido, cuanto antes, también como obra de todas y de todos.
Está claro que estamos ante un hecho, gestado con mucha violencia y provocación. Pero sólo de aquella violencia y de aquella provocación propias del Espíritu Santo, que nos desistalan, nos sueltan, nos empujan como el viento fuerte, y nos impelen a que seamos mujeres y hombres de otra estirpe, de otro ser, de otra calidad, radicalmente libres y fraternos, interiormente disponibles para que pongamos nuestros bienes – casa, campos, tiempo, dinero – y nuestra propia vida al servicio de los de más,comenzando por los más empobrecidos que hoy habitan y están “ahí”.
Aceptemos, pues, nacer de lo Alto, del Espíritu Santo.Y en lugar de resistirnos, aceptemos nacer por obra y gracia del Espíritu Santo. Como sucedió con Jesús de Nazaret, a quien por ello, justamente llamamos el Cristo, esto es, el Libertador, el Hijo de Dios, el Hijo del hombre, el Hombre por antonomasia, a quien todas y todos tenemos de parecernos.
Si así acontece, el Barracón de cultura del Manzano de la Lija será realidad muy pronto. Porque todas y todos nosotros, e incluso de otras tierras que sepan de esta iniciativa, seremos prestos a ofrecer todo nuestro apoyo tanto con pequeños como con grandes gestos, idénticos a los de Maria Laura y de sus tres hijos.
Texto traducido del portugués por Juan Hernández Jover
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Servei d’emergència social?-En catalán(Más abajo,en castellano).
Dia 8, la meva dona i jo al carrer Ricardo Ortega 42, trobam tres amigues atenent un home en cadira de rodes que demana ser conduït a l’entrada d’un banc per passar-hi la nit. Són les 21.03. Telefonen a la policia municipal. Al cap d’uns 20 minuts apareixen dos policies. Fins a les 22.00 no hi ha servei per transportar-lo a un centre d’acolliment. Dcidim quedar-nos. Arriben dos altres policies. Comuniquen que l’ambulància arribarà una hora més tard. No tenen flassada per a aquell home i se’n van a altres emergències. Quedam esperant. Excepcionalment obtenim el mòbil del tinent batlle d’afers socials i li deixam un missatge. L’home té fred i demana poder quedar a l’entrada d’un banc. El duim a l’oficina de Sa Nostra, entreforc de Foners, General Ricardo Ortega i Joan Alcover. L’home es tira a terra i s’hi queda dormint sense matalàs ni tapament. Em telefona el tinent batlle. Esverat, diu que no és possible; hi ha un servei d’emergències. L’advertim on es troba ara l’home. Torna a telefonar —són les 23.30— Confirma que en deu minuts arribarà l’ambulància. Donam el cas per acabat i, gelats de fred, decidim anar a casa. Dins el cotxe ens quedam per certificar la solució. A les 23.47 arriba l’ambulància del Servei d’Emergència Social. Passa de llis per davant del banc, va vers la primera adreça assenyalada i gira. Pocs minuts després torna a passar per davant de l’entrada del banc. No s’atura. No baixa ningú ni tan sols per oferir una flassada a aquell home. Gira cap al carrer Joan Alcover i se’n va. L’home segueix a “casa seva”, ajagut a terra i sense tapament. Són les 23.52. Nosaltres, impotents, també ens anam.
Alfonso —aquest és el nom de l’home—, on dormiràs avui, demà ... i demà passat? A Palma certament hi haurà cera al Corpus, festa a Sant Joan, flors a la Salut, llums a Nadal, carrosses als Reis, disfresses al Carnaval i focs artificials al Patró. Els marginats trobareu a la fi un lloc en el cel. La terra de Mallorca, d’Espanya i dels països falsament civilitzats és només per als qui tenim casa i donam el vot cada quatre anys als nostres governants.
Guillem Ramis i Moneny
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Texto traducido al castellano por Juan Hernández con la ayuda del Instituto Cervantes
Servicio de emergencia social?
Día 8, mi mujer y yo en la calle Ricardo Ortega 42, encontramos a tres amigas atendiendo a un hombre en silla de ruedas que pide ser conducido a la entrada de un banco para pasar la noche allí. Son las 21.03. Telefoneamos a la policía municipal. Al cabo de unos 20 minutos aparecen dos policías. Hasta las 22.00 no hay servicio para transportarlo a un centro de acogida. Decidimos quedarnos. Llegan dos otros policías. Comunican que la ambulancia llegará una hora más tarde. No tienen manta para aquel hombre y se van a otras emergencias. Quedamos esperando. Excepcionalmente obtenemos el móvil del teniente alcalde de asuntos sociales y le dejamos un mensaje. El hombre tiene frío y pide poderse quedar en la entrada de un banco. Lo llevamos a la oficina de Sa Nostra, en el cruce de Foners, General Ricardo Ortega i Joan Alcover. El hombre se acuesta en el suelo y se queda durmiendo sin colchón ni manta que le cubra. Me telefonea el teniente de alcalde. ¿Es cierto? dice que no es posible puesto que hay un servicio de emergencias. Le advertimos donde se encuentra ahora el hombre. Vuelve a telefonear —son las 23.30— Confirma que en unos minutos llegará la ambulancia. Damos el caso por acabado y, helados de frío, decidimos irnos a casa .Nos quedamos dentro del coche para certificar la solución. A las 23.47 llega la ambulancia del Servicio de Emergencia Social. Pasa de largo por delante del banco, va hacia la primera dirección señalada y gira. Pocos minutos después vuelve a pasar por delante de la entrada del banco. No se para. No baja nadie ni tan solo para ofrecer una manta a aquel hombre. Gira hacia la calle Joan Alcover y se va. El hombre sigue en “su casa”, acostado en el suelo y sin una manta que le cubra. Son las 23.52. Nosotros, impotentes, también nos marchamos.
Alfonso —éste es el nombre del hombre—, donde dormirás hoy, mañana... y pasado mañana? En Palma ciertamente habrá cera en el Corpus, fiesta en Sant Joan, flores en la Salud, luces en Navidades, carrozas en Reyes, disfraces en Carnaval y fuegos artificiales en Sant Sebastiá . Los marginados encontraréis a la postre un lugar en el cielo. La tierra de Mallorca, de España y de los países falsamente civilizados es sólo para los que tenemos casa y mujerío; el voto cada cuatro años a nuestros gobernantes.
Guillem Ramis i Moneny
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NO TIENE CURA
GREGORIO FERNÁNDEZ
VALLADOLID.
ECLESALIA, 24/01/08.- La madurez cristiana no tiene cura. Se llega y se permanece. La madurez cristiana es un estado constante que cuando se alcanza no tiene marcha atrás.
Escribía Pablo a los cristianos gálatas que la ley era el pedagogo hasta llegar a Cristo, que con él no estamos ya bajo la ley.
La madurez cristiana es encontrarse con Cristo de frente, de fondo, de lado. Encontrarse con cada ser humano. Descubrir en la fe de Cristo la vida encarnada en todos y cada uno de los segundos de la vida.
La madurez cristiana no tiene cura. Se vive en cristiano, en todo, para todo y con todos. Se vive y se celebra. Se celebra del amanecer al descanso.
La madurez cristina no tiene cura ni lo necesita. El cura fue pedagogo y ahora es amigo. El cura es compañero y hermano. El cura no es autoridad, ni el obispo, ni el papa. Sí comunidad.
El cristiano, la cristiana que se libera de la ley no tiene cura, comparte sus descubrimientos, convive con profundidad, celebra en la vida.
Más palabra de Dios, más comunidad, más carisma, más vida, más alegría.
La madurez cristiana no tiene cura. Está sana. Rebosante de vida. Liberada de normas. Feliz y dichosa. Pasa haciendo el bien. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).
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Kyries por la civilización cristiana
Invocaron la civilización cristiana y occidental, y generales de misa y comunión, apoyados por obispos castrenses, capellanes, nuncios y jerarquías de toda graduación, junto a una burguesía mayoritariamente católica, dieron golpes de Estado e instalaron en países del Cono Sur unas crueles dictaduras, con secuestros, torturas, asesinatos y desapariciones de miles y miles de ciudadanos, incluidas monjas y sacerdotes. Y algún obispo señalado en la defensa de los Derechos Humanos y la denuncia de la injusta dictadura.
Kyrie eleison; Criste eleison; Kyrie eleison.
Antes, mucho antes, habían invocado la civilización cristiana en la conquista de América Reyes Católicos, Papas, obispos y misioneros, y la mayoría fueron ejecutores, cómplices, encubridores o beneficiarios de un gigantesco genocidio: millones de muertos a sangre y fuego en guerras de invasión disfrazadas de tareas de evangelización. Destruyeron o se apropiaron de culturas milenarias, religiones, riquezas naturales, seres humanos para la esclavitud… Impusieron leyes, organizaciones sociales y políticas, ritos religiosos (no es posible imponer una religión). Sólo en un segundo momento surgieron las voces críticas y compasivas de Francisco de Vitoria, Bartolomé de las Casas o Montesinos. Y otros.
Kyrie eleison; Criste eleison; Kyrie eleison.
Sin irnos al otro lado del mar, aquí, en esta tierra permanentemente amenazada por la civilización cristiana y sus secuencias persecutorias, se invocó la unidad religiosa para crear la Inquisición y generalizar torturas, robos, autos de fe, muertes en la hoguera, censuras y quemas de libros, expulsiones, imposición de un miedo humillante y esterilizador, impedimento del libre ejercicio del pensamiento civil y religioso... Herencia inoculada en el talante permanente del alto clero español.
Kyrie eleison; Criste eleison; Kyrie eleison.
Invocaron la gran mayoría de obispos españoles –no todos, ni todos los curas, ni todos los católicos. Hubo una minoría misericordiosa y lúcida- la civilización cristiana y la Santa Cruzada en contra de la II República, que había recortado sus intereses y privilegios ancestrales –económicos, doctrinales, legislativos, educativos-, y apoyados también en los ultrajes e injustas agresiones a bienes eclesiásticos, persecuciones a personas, climas violentos en la calle, decidieron en nombre de su fe cristiana (¿?) impulsar, acoger, legitimar y apoyar un golpe militar que desembocó en una cainita guerra civil con un millón de muertos de uno y otro bando. Y después del triunfo del golpe militar apoyaron la dictadura como reserva espiritual de occidente en contra de Derechos Humanos elementales y la doctrina social de sucesivos Papas. Impusieron –y devaluaron a caricatura deformada- en la calle, en la escuela y en las instituciones la católica como religión oficial y prohibieron la libertad religiosa. Y tantas prohibiciones aberrantes.
Kyrie eleison; Criste elison; Kyrie eleison.
Por todo lo expuesto, confieso que me aterra oír hablar de nuevo de civilización cristiana, y moral cristiana, y familia cristiana contra otras civilizaciones, o morales, o familias. Me aterran estas últimas exhibiciones de fuerza de cardenales, obispos, y movimientos neo y ultraconservadores “en defensa de la familia cristiana perseguida por homosexuales, divorciados y gobiernos laicistas”. Me dan miedo por esa voluntad intolerante de imponer a los otros criterios, valores e intereses. Lo han hecho a lo largo de la historia coaccionando religiosamente a reyes, a militares de aquí o de allá. O en esta hora y en estos países nuestros de democracia partidaria, tratando de hacer cautivo a un partido al que manejar y mimar con sus bendiciones –siempre tan electorales y productivas- para ser luego mimados y defendidos por él en sus privilegios terrenales, ¡tantos! (Piénsese en las Democracias Cristianas clericalmente domesticadas de la Europa del XX o en sus restos y reliquias en España. Escúchese –no, mejor no- el proyecto político que hay detrás de la Cadena COPE actual, en contra de su propio ideario fundacional)
Confieso en voz alta, como seguidor de Jesús de Nazaret, que yo no quiero imponer a nadie ni mi fe religiosa ni mis costumbres y valores. Aunque los viva y los diga públicamente en esta sociedad democrática y laica, espacio donde debieran convivir sin privilegios las distintas concepciones éticas, religiosas. Respeto con honda sinceridad –porque creo en el prójimo e intento amar al prójimo- a cualquier persona y sus ideas y formas tan diversas de vivir la familia: a quienes iluminan su vida familiar desde otras sabidurías religiosas no cristianas; a los que la iluminan desde los gestos y actitudes y palabras del Jesús de Nazaret reflejados en los Evangelios (mucho más ricos y plurales y relativizadores -y escasos- de lo que las doctrinas ultraconservadoras patrocinan). Respeto a las personas que informan e iluminan su vida familiar con otras tradiciones o sabidurías antropológicas, éticas, etc. Personas en modelos familiares diferentes que me cruzo a diario, que viven a mi lado, que trabajan y se divierten junto a mí, que son mis familiares, mis amigos, mis conciudadanos. En una cultura que es cada día más plural y respetuosa. Con sus incoherencias y contravalores también en este ámbito familiar, evidentemente.
Confieso que no me siento atacado ni perseguido en mis convicciones familiares ni cristianas por aquellas personas homosexuales que se casan, o no, siguiendo los dictados de su orientación sexual; por las parejas que no se casan y viven su amor más a la intemperie; por quienes se casan por lo civil o lo religioso en sus diversas manifestaciones; por quienes huyen de infiernos matrimoniales con el recurso honesto del divorcio y emprenden o no nuevas andaduras amorosas, con o sin sensibilidad cristiana. Además de celebrar bodas religiosas, ayudar y alegrarme con quienes luchan por el ideal humano y cristiano de la perennidad gozosa en sus matrimonios. Confieso que no me siento perseguido ni atacado por los partidos del amplio espectro político que votaron en esta u otras legislaturas las leyes que reconocen la pluralidad de formas familiares. Ni por los gobiernos que las lleven a cabo, sean del color que sean.
Lo mismo piensan y practican otros muchísimos católicos en este país que viven sus convicciones cristianas –referidas también a las Bienaventuranzas evangélicas, aunque no sean éstas objeto de ninguna manifestación u obsesión jerárquica electoral-. Y no se sientan representados en esa retórica ultramontana de cardenales y movimientos neoconservadores de la última y repetida concentración de Madrid. Católicos que siguen esperando desesperanzados a que ciertas jerarquías eclesiásticas abandonen su pesimismo antropológico y su intento de tutelar y marcar sendas nacionalcatólicas a la democracia española invocando la civilización cristiana, para poder pasar de los tristes y dramáticos Kyries al Gloria in excelsis Deo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.
Corolario: Ojalá que la actual situación de crispación entre gobierno y cúpula eclesiástica desembocara por urgente divorcio expres en la ruptura de los Acuerdos internacionales entre la Santa Sede (o Estado Vaticano) y el Estado Español. Por incompatibilidad de materiales. Y por conversión de la Iglesia a aquella enseñanza de Jesús: “No toméis oro, ni plata…, ni alforja para el camino, ni dos túnicas…”
Quintín García, sacerdote dominico. Periodista y escritor
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Elogio de la tolerancia
José M. Castillo
Moceop
Tolerante es el que deja a los demás ser lo que son y como son. Más aún, tolerante de verdad es el que anima y ayuda a los demás a que sean como son. Por tanto, tolerante es el que no pretende que los demás cambien. Y, menos aún, intenta que los otros piensen como él piensa o que se comporten como él se comporta. Tolerante, en consecuencia, es el que jamás echa en cara nada a nadie. El que no reprende nunca. Y, por supuesto, el que jamás ejerce violencia alguna contra nadie, sea quien sea.
Pensemos, por un momento, que esto fuera posible. Y que la vida y la convivencia fueran así. Si realmente tal cosa ocurriera, nos encontraríamos con la indecible sorpresa de un mundo sin violencia, en el que nadie reprocharía nada a nadie y, menos aún, en el que nadie ejercería violencia contra los demás. Un mundo en el que nadie hablaría mal de los otros. Y en el que nadie tendría que fingir, disimular o mentir.
Cada cual sería el que es y como le gusta ser, sin tener que justificarse o dar explicaciones. En un mundo así, todos nos sentiríamos seguros, en paz con nosotros mismos y con los demás. De forma que la convivencia sería algo así como el retorno al paraíso perdido, el paraíso del que fueron expulsados Adán y Eva, los padres míticos de los que habla el mito del libro del Génesis.
Lo que ocurre es que ese mito, como todos los mitos auténticos, tiene la virtualidad de ponernos los pies en el suelo y nos dice cómo es la vida y, sobre todo, cómo es la condición humana. El mito del capítulo tres del Génesis deja bien claro que este mundo no es, ni puede ser, un paraíso. Porque la tentación de “ser como dioses” (Gen 3, 5) acarrea la pérdida de la condición paradisíaca y la consiguiente deshumanización. De ahí, entre otras cosas, la rivalidad y la intolerancia, como queda patente en el capítulo siguiente del Génesis con el mito de Caín y Abel (Gen 4), que explica las causas de la intolerancia y la violencia. Abel era pastor, Caín era labrador (Gen 4, 2). Dos culturas distintas, la cultura pastoril, cultura de pueblos nómadas, y la cultura de los países agrarios, cultura de pueblos sedentarios. Si es cierto que con la agricultura nació la civilización, el mito de Caín y Abel es el relato que prueba cómo el proceso del que surge la civilización prueba que la evolución tecnológica y la evolución social pueden disociarse y avanzar en sentido contrario, la primera como progreso, la otra como degradación (María Daraky).
Sin dar explicación alguna, el Génesis dice que el Señor aceptó la ofrenda de Abel y rechazó la de Caín (Gen 4, 4 s). El Señor rechaza una civilización que produce los privilegiados del progreso (representados en Caín) y acepta a los excluidos de la degradación (simbolizados en Abel). Por eso el Señor prefirió a Abel. El mito hace bien en preferir a Abel. Pero hace mal al establecer la diferencia entre los elegidos y los excluidos. Porque toda elección lleva consigo una exclusión. Y el que se siente excluido, por eso mismo se siente irritado (Gen 4, 5). En eso está la clave de la intolerancia y la violencia. El que se ve a sí mismo como el elegido, se siente superior, lo que desencadena en el excluido la rivalidad, la envidia, el resentimiento. Es decir, la intolerancia es la raíz de la violencia.
Hay cuatro fuentes inagotables de intolerancia. 1) La intolerancia “cultural”, propia de los pueblos que se sienten superiores, que miran a los demás como los excluidos. El “eurocentrismo”, que ha pretendido imponer la cultura occidental en continentes enteros, ha sido una de las causas de exclusión y, por eso, de intolerancia humillante y de xenofobia ante otras culturas. 2) La intolerancia “religiosa”, que caracteriza a las religiones monoteístas. Israel se vio a sí mismo como el “pueblo elegido”, preferido por Dios sobre todos los pueblos. De ahí la exclusión de los demás y la consiguiente intolerancia. Una intolerancia que pasó del judaísmo al cristianismo desde el momento en que la Iglesia se sintió con el derecho de usurpar el título de “pueblo de Dios”, suplantando al Israel bíblico y apropiándose los privilegios de la “alianza” y la “elección”. La creciente intolerancia fue la consecuencia inevitable de tal apropiación. Una intolerancia que ha llegado al paroxismo en los grupos religiosos fundamentalistas judíos, cristianos e islámicos. Las consecuencias de violencia extrema que segregan tales grupos nos tienen a todos literalmente aterrados.
3) La intolerancia “política”, que divide y enfrenta, no sólo a los partidos políticos, sino a países y naciones, grupos humanos, familias e individuos. Una intolerancia que lleva a los dirigentes políticos y sus secuaces a anteponer sus propios intereses a cualquier otro bien colectivo, produciendo situaciones de profundo malestar y odiosa convivencia ciudadana. 4) La intolerancia “social”, que tanta violencia y tanta sangre ha hecho correr a lo largo del siglo XX, con los consiguientes resentimientos, odios y heridas incurables que todavía arrastramos. En este caso, la posición social privilegiada desata los sentimientos y resentimientos del que se ve abajo, despojado de derechos fundamentales y, con frecuencia, tratado como un indeseable y hasta como un revolucionario peligroso.
Cuando estas cuatro fuentes de intolerancia se mezclan, se funden y se confunden, el paraíso perdido se convierte en un infierno. Porque los intereses más bajos se disfrazan de valores e ideales altísimos. Con lo que el veneno de la intolerancia llega a ser mortal de necesidad. Sin duda alguna, el mejor regalo que nos podemos hacer en estos Reyes es ofrecer a los demás un gran lote de tolerancia
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JESUS EXCLUIDO
He tenido sentimientos contradictorios. Por una parte, me lo he pasado bien, y por otro, me he sentido mal. He sentido una especie de escalofrío interior que ha recorrido todo mi ser. Estas fiestas me fastidian mucho. Son una imposición de la sociedad y de la iglesia, que dejan casi sin sentido lo que este hecho del Nacimiento de Jesús significan. No sé de qué nos felicitamos. Me aburren los gestos sociales de comidas, bebidas, regalos, que no sé a qué vienen. Repito no sé qué celebramos, no se por qué brindamos con champán. Desde luego no la venida de Jesús de Nazaret al mundo. El es el Gran Ausente de esta sociedad. Le hemos echado, le hemos excluido de nuestras fiestas No voy a Misa, no sé qué es lo que dicen los curas en las parroquias, pero por lo que veo nada cambia respecto al año anterior o a otros años. Una Navidad para todos, sin mensaje sin aguijón, sin provocación, navidad dulce de turrón y mazapán, de anís y calor de hogar. Un día para unirse la familia al año, un año para seguir como antes. En nada se parece a aquel Belén de hace 2000 años, que levantó las expectativas de los pobres, la persecución de los poderosos, el olvido y desinterés de los cultos
Me siento extranjero, extraño, en esta sociedad. En Madrid, he visto incluso concurso de belenes. Hasta dónde se ha prostituído la realidad de este aniversario, hasta aquí llega la competitividad. Jesús nació fuera de la aldea, en los suburbios de Belén porque para ellos no había sitio en la posada pública. No se fijó Dios en las grandes calles, ni en los palacios de Jerusalén, sino en una aldea insignificante. Dios tiene debilidad, manía, por los que no cuentan. Todo lo demás, el burro y el buey, son sustitutos de la calefacción occidental, datos de evangelios apócrifos o falsos, que contrasta con la sobriedad del texto evangélico. A José le pintan como hombre de avanzada edad, venerable y con barba, para preservar la virginidad de su esposa. Hoy intentan hacer público un acontecimiento que cambió la historia, pero que en la actualidad no cambia nada. Jesús sigue siendo excluido Todos los años igual: alumbrado por las calles principales, anuncios en todas partes para que la gente compre y compre y nunca deje de comprar. Se oyen villancicos, cantamos villancicos, que carecen de todo rigor teológico.
Otra cosa. El anuncio de este nacimiento se hizo a los pastores, gente marginada, ladrones por obligación para poder comer. No cobraban por su trabajo Como muchos inmigrantes actuales. ¿Qué dirían ellos, la mayoría musulmanes, ante este evento? Y también a los llamados Magos. Unos extranjeros que ejercen una profesión penalizada en la Biblia: la magia. Dios se fija en los que no cuentan: los pastores, los extranjeros, para anunciarles la buena noticia. ¿Es buena noticia para mí, para nosotros, este cumpleaños de Jesús? ¿Nos alegramos de verdad por la venida de un Libertador, de un Dios que se ha humanizado? ¿por la humanización de Dios, porque lo trascendente se ha puesto a nuestro nivel? La verdad, me siento triste, como que no tengo adonde agarrarme para celebrar esta efemérides.
La fiesta de los reyes magos, que ni fueron reyes ni son magos, me trae esta enseñanza. Preguntan a Herodes por el rey de los judíos. Es como mentar la bicha a los gitanos. Este hace sus averiguaciones indagando entre los principales: los letrados y sumos sacerdotes. El ala eclesiástica y los intelectuales. Deben dar información privilegiada al monarca para matar a Jesús. ¿Para qué les sirve la ciencia a esta clase social? ¿Para ponerla al servicio del dictador, para mantener sus privilegios, para engañar y explotar al pueblo? Dicen que han visto salir su estrella, es decir la palabra griega “anatolé” significa el punto cardinal, el oriente. Vienen de lejos, tal vez de África. Este rey que ha nacido se contrapone al reinante Herodes. Algo así como que los movimientos antiglobalización se oponen tenazmente al sistema porque hemos visto nuestra estrella, otro mundo es posible. Todo lo contrario a las pretensiones del NeoLiberalismo, matar y destruir. Es un mensaje que acojo y entiendo: poner mi vida, mi tiempo, todos mis saberes al servicio de los excluidos, de los que necesitan y buscan alguna ayuda para su liberación, para explicar mejor el mensaje ético y político a los inmigrantes, a los trabajadores, a la gente sencilla, al pueblo explotado, que tienen derecho a ser felices y a vivir en solidaridad fraterna.
Todo a mi alrededor me suena a vacío, a lo de siempre, a una tradición hueca. Me voy a mi interior, a hacer oración, a decirle a mi Dios humanizado “aquí estoy, hecho un lío, pero te quiero, quiero seguirte siempre, aunque no entienda la mitad de las cosas, intento luchar y tener esperanza por lograr un pedazo de Utopía en este nuevo año. Creo que aún vives, que sigues viviendo y quiero sembrar contigo la ilusión y la esperanza en el corazón de los pobres y marginados, y en los que no somos tan pobres ni tan marginados. Señor Jesús, te tengo un cariño enorme, me gustaría gritar a los cuatro vientos que eres de verdad la estrella que ilumina y guía a la humanidad. Si seguimos a otra estrella, la del sistema del beneficio y del consumo, nos estrellamos. No quiero pedirte nada, solamente que tu Reinado se vaya instalando en este mundo caótico”.
Comprendo que soy muy raro, que me meto en honduras, que me planteo las cosas cada vez con más radicalidad. Me estoy haciendo mayor, quizá un cascarrabias. Pero es lo que siento, lo que pienso y no voy a renunciar a mis ideas y sentimientos. Acepto de antemano mi soledad, pero no mi aislamiento. Al menos puedo escribirlo y tal vez comunicarlo a algunos amigos. Sin embargo, tengo que confesar que me siento feliz y contento conmigo mismo, a pesar de mis contradicciones y mis limitaciones. Se que no estoy solo en este empeño y nos cogemos del brazo no solo en las manis sino en algo más profundo que se siente en las entrañas aunque sea difícil de describir.
Jose María García-Mauriño
Navidad 2007
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LA DERECHA Y EL ABORTO
José M. Castillo
¿Por qué las personas de derechas suelen ser los grandes enemigos del aborto? Los antiabortistas dicen que están a favor de la vida. Pero eso no parece tan claro. Porque hay mucha gente de derechas que son antiabortistas y, al mismo tiempo, partidarios de la pena de muerte, enardecidos entusiastas de la carrera de armamentos, defensores de la guerra y de otras violencias. El presidente Bush y sus seguidores son tan enemigos del aborto como amigos de la guerra, la tortura y otras agresiones contra la vida, algunas de ellas demasiado brutales. Entonces, ¿por que a la derecha le interesa tanto la vida en el caso del aborto y no se echa a la calle por el hecho de que (según Naciones Unidas) cada día mueren 27.000 niños de hambre?. El rechazo del aborto por parte de los conservadores debe tener otra explicación.
El profesor George Lakoff (Berkeley) hace esta pregunta: “Si eres conservador, ¿qué tiene que ver tu postura sobre el aborto con tu postura sobre los impuestos?” Y efectivamente parece que tiene mucho que ver lo uno con lo otro. La respuesta está en el estudio de los valores familiares. ¿Por qué los conservadores hablan tanto de los valores familiares? Lakoff observa que hay dos modelos de familia: la familia del “padre estricto” y la familia del “padre protector”. El padre estricto piensa que el mundo es un lugar peligroso en el que hay que defender sobre todo a la familia, sostenerla y enseñar a los niños la diferencia entre el bien y el mal. Ahora bien, si pretendes subsistir en un mundo así, el camino es buscar a toda costa el propio beneficio, el propio interés. “Los que van de redentores por la vida” son mal vistos por el “padre estricto”. Esos “dichosos” redentores estropean el sistema. Y es que, para un padre estricto, la defensa del sistema está necesariamente vinculada a la defensa de la familia, o sea, a la búsqueda del propio beneficio. En definitiva, “el beneficio es lo que cuenta” (N. Chomsky). Aquí viene como anillo al dedo lo que James Dobson ha dicho en su libro “Dare to Discipline” (Atrévete a castigar). A juicio de Dobson, hay una clara relación entre la visión del mundo del padre estricto y el capitalismo de libre mercado. Esa relación está en la moral del propio interés, que se deriva de la concepción capitalista de Adam Smith, el “santo patrono” del neoliberalismo. Adam Smith sostuvo que si cada uno persigue su propio beneficio, el beneficio de todos será el máximo. El que “procura su propia ganancia” está siendo guiado por una “mano invisible” para alcanzar el beneficio general. “Cuando persigues tu propio beneficio, ayudas a todo el mundo” (Smith “dixit”).
Ahora bien, de lo dicho se sigue una manera de ver a Dios. Para el buen conservador, Dios es el padre estricto originario. De lo cual se deriva una idea del orden moral, que consiste en preservar y extender el sistema moral conservador, el sistema del propio beneficio. Y de ahí se pasa lógicamente a fijar unos determinados derechos. Tales derechos tienen que ser consecuentes con la moral. La moral del padre estricto define los límites de lo que se ha de considerar como un “derecho”. Por eso, no puede haber ni el derecho al aborto, ni el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo, ni el derecho a la asistencia sanitaria estatal o pública (como se hace en EE. UU.), ni el derecho a saber cómo decide el Gobierno su política, ni el derecho a una pensión de jubilación, etcétera.
El pensamiento de Lakoff (resumiendo a Dobson) es de una lógica implacable. Y los hechos lo demuestran. Ahora mismo en España, quienes claman contra el aborto son los mismos que aplauden la propuesta de Rajoy que promete bajar los impuestos. Lo mismo en Estados Unidos que en España, hay relación entre la oposición al aborto y la bajada de impuestos. Eso no ocurre por casualidad. La oposición al aborto tiene que ver (y mucho) con la declaración de la renta. Por tanto, es importante que quienes se oponen al aborto sepan a lo que en realidad se oponen. No se oponen a la muerte de los niños antes de nacer. Porque si la vida de los niños les importa tanto, se opondrían con más energía a los miles de niños (ya nacidos) que mueren cada día. Y con más fuerza se opondrían a las causas que provocan tanta muerte: los intereses de las multinacionales, de los mercados financieros, del monstruoso gasto militar y de los gastos suntuosos, que impiden la condonación de la deuda externa de los países más pobres, lo mismo que la donación de 0' 7 % del PIB, para evitar tanta muerte.
Seamos honestos. Si es que tanto nos importa la vida, vamos a defenderla en serio y con todas sus consecuencias. Y, por favor, que ni el señor Bush ni sus monaguillos nos vengan con el cuento de la defensa de la vida, cuando acabamos de verlo. En la reciente reunión de Bali, la administración norteamericana estaba empeñada en dejar lo del cambio climático para el año 2050, cuando ya no haya vida para casi nadie.
Por lo demás, quede claro que yo no pretendo aquí justificar los crímenes que supuestamente se han cometido en clínicas de Madrid y Barcelona. Y si es necesario corregir la vigente ley del aborto para evitar que se repitan tales atrocidades, corríjase cuanto antes. Pero que nadie nos venga con el argumento de la defensa de la vida, sobre todo cuando sabemos que hay quien grita contra el aborto en una manifestación, pocos días después de llevar a su hija a abortar en una clínica de Londres, de Amsterdam o de la Cochinchina. Menos cinismo y más honradez, en la cabeza y en el bolsillo.
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La navidad de papel moneda
Cada año nos ponen antes la navidad. Una navidad con minúscula, pequeña y mercantil, que abarrota los escaparates de suculentas ofertas, tan sofisticadas como innecesarias. Nuestros munícipes colaboran al festejo con sus bombillas de colores. La importación de interesada y barriguda imaginación siembra el ambiente de gordinflones colorados, ajenos a nuestra cultura.
Nuestras aspiraciones cristianas se tambalean ante la avalancha de profanos intereses. Nos ilusiona la paga extra, ganada con el heroísmo de todo un año, pero -apenas conseguida- la canjeamos por superfluidad. ¡Qué poco valoramos nuestro esfuerzo!
¡No podemos permitir que nuestros hijos conozcan la recia austeridad! Hay que introducirles en el consumismo injusto, en el capricho fofo, en el gregarismo patrocinado por los traficantes de banalidad. ¡Que no se frustren, podrían sufrir traumas síquicos irremediables! Hay que compensarles de nuestra dilatada ausencia, de nuestra falta de atención, de nuestra nula escucha. Trabajamos mucho y no tenemos tiempo para hacer familia. Ahora, en esta navidad flácida y bullanguera, es imprescindible compensar ese vacío con unos regalos muy relucientes, muy ruidosos, muy agresivos; hay que canalizar la violencia mamada día a día en la televisión y en los videojuegos.
Todavía me escuecen y emocionan las palabras de mi madre anciana ante aquel regalo caro: "No quiero joyas, hijo. Te quiero a ti, tu presencia, tu voz, tus besos. Prefiero que me cuentes cómo en el trabajo tu honradez puede a tu ambición. Cómo tu mujer y tus hijos disfrutan de tu bondad y tu ejemplo. Cómo respondes a los que te necesitan sin darles largas. Soy feliz, hijo mío, comprobando que la Navidad corre por tus venas, que vas haciendo nuevo cada año el tesoro que yo te transmití".
¡Cómo no me voy a rebelar contra esa navidad de papel moneda que colma los bolsillos hartos y vacía los corazones! Me repele la importación de vanas costumbres que agreden nuestras tradiciones y nuestra fe. Para demasiados sólo es un tiempo de banquetear y bullir con el efímero desplome del calendario. Nuestro Pablo ya lo advertía: "Hay muchos entre vosotros, de quienes muchas veces os hablé, y ahora tengo que repetirlo con lágrimas en los ojos, que son enemigos de la cruz de Cristo; su fin será la perdición, su dios es su vientre, su gloria sus vergüenzas y tienen puesto su corazón en las cosas de la tierra" (Fil 3,18). Pero me duele que los cristianos, los que deberíamos celebrar con alegría y paz el abrazo de Dios a nuestra Humanidad, caigamos en el ruido pagano, en la exaltación del alcohol, en el olvido de quienes nos observan estupefactos desde su impotente miseria.
Cuando veo instalar las luces multicolores del Ayuntamiento, me dan ganas de gritar: ¡Diógenes coge esas innecesarias bombillas y recorre el Consistorio! A ver si, por fin, encuentras un hombre, a ver si a fuerza de voltios se ilumina el corazón hermético, frío, petrificado, tal vez corrompido, de nuestros regidores. A ver si se percatan de que, mientras ellos despilfarran en colorines, en pólvora de artificio, en fuentes y monumentos ociosos, hay personas que se consumen en la calle, que carecen de alimento y techo.
Individualmente poco podemos hacer, salvo denunciarlo, gritarlo, prestar nuestra alimentada voz a su abatido mutismo | |