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Benedicto XVI da un recibimiento especial e inédito a George Bush
José María Garrido
El Plural
Como premio a su defensa de los “valores morales fundamentales”
El Papa Benedicto XVI ofreció ayer un inédito recibimiento al presidente de Estados Unidos, George W. Bush. Por primera vez en la historia, el Papa paseó por con un jefe de Estado por los jardines del Vaticano. “¡Qué honor, qué honor!”, afirmó Bush en señal de agradecimiento.
Este calido recibimiento contrasta con las tensas relaciones que George Bush y Juan Pablo II mantuvieron en el pasado a raíz de la guerra de Irak. El predecesor de Benedicto XVI fue uno de los líderes mundiales que criticaron de forma más contundente la invasión ilegal de Irak.
“Valores morales y fundamentales” Con tanta hospitalidad, Benedicto XVI quería agradecer a George W. Bush su férrea defensa de los “valores morales y fundamentales”. El presidente de Estados Unidos es un ferviente defensor de la familia tradicional y contrario al aborto, dos puntos esenciales para la jerarquía católica.
Críticas
Sin embargo, diferentes sectores de la Iglesia han criticado el trato de favor recibido por Bush. Son muchos los prelados del Vaticano que han lamentado, bajo un “férreo” anonimato, el excepcional recibimiento dado a un líder que desoyó las exhortaciones papales contra la guerra y a favor de la paz.
Aclaraciones
Ante las críticas recibidas, el diario del vaticano, L´Osservatore Romano, aclaró que se trató sólo de un gesto de cortesía. Varios cardenales también se vieron obligados a descartar públicamente que con este encuentro el Papa pretenda dar un apoyo a las decisiones políticas de Bush.
jmgarrido@elplural.com
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Religión, razón y esperanza
Juan José Tamayo, teólogo
El Periódico
El Papa somete a un juicio iconoclasta algunos de los hitos más emblemáticos de la modernidad
“Puedo entender la fe y el amor. Pero ¡la esperanza! La esperanza es una maravilla, un milagro, un misterio, un inesperado rayo de luz en medio de un mundo en que la pertinencia de la locura humana parece socavar todo fundamento para creer que será capaz de mejorarse”. Así se expresaba a comienzos del siglo XX el poeta francés Charles Péguy. Quizá siguiendo su estela y en un contexto de pesimismo existencial, filosófico y cultural, surgieron durante la primera mitad del siglo XX dos filosofías de la esperanza, que contribuyeron a iluminar la oscuridad del momento histórico. Una fue la del pensador cristiano francés Gabriel Marcel con su obra emblemática Homo Viator.
Introducción a la metafísica de la esperanza, que analizaba la creatividad de la esperanza y su misterioso vínculo con el tú absoluto a partir de la sugerente imagen del ser humano como itinerante. Otra, la del filósofo marxista alemán Ernst Boch, con su trilogía El principio esperanza, verdadera enciclopedia de utopías, que centraba su reflexión en la realidad como proceso y en las posibilidades de la esperanza en el mundo, a partir de la consideración del ser humano como “animal utópico”.
En otro clima más favorable a la esperanza y de alta temperatura utópica como fue la década de los 60 del siglo pasado surgió, dentro del cristianismo y bajo la influencia de Bloch, la teología de la esperanza –una de las más creativas de los últimos 50 años–, de Jürgen Moltmann, quien descubría en el marxismo la posibilidad de reavivar la esperanza cristiana, hacía suyo el principio-esperanza blochiano, recuperaba la idea de futuro como clave de bóveda de la religión bíblica y daba el salto del “Dios sin futuro” de la acartonada teología escolástica al “Dios del futuro y de la esperanza”.
Benedicto XVI recupera la esperanza como tema de reflexión en su segunda encíclica, Salvados por la esperanza, lo cual es digno de elogio, ya que es un tema central en el cristianismo, si bien con frecuencia olvidado o devaluado en la teología y en la vida de los cristianos, quienes han puesto más interés en celebrar el Viernes Santo que el Domingo de Resurrección. Ahora bien, la primera sorpresa que depara la lectura de la encíclica es que no cita ni una sola vez al Vaticano II, uno de los acontecimientos más esperanzadores de la historia moderna del cristianismo, en el que el propio Papa participó como teólogo. Fue precisamente el Vaticano II el que restableció la comunicación entre la esperanza cristiana y las utopías históricas, tras muchos siglos de caminar en paralelo o en direcciones opuestas.
PARA
Benedicto XVI no hay otro fundamento para la esperanza que Dios. Es una constante que se repite en cada página de la encíclica y con carácter único: “El hombre necesita a Dios, de lo contrario queda sin esperanza. Un reino de Dios instaurado sin Dios –un reino, pues, solo del hombre– desemboca inevitablemente en el final perverso de todas las cosas descrito por Kant” (n. 23). Y más radical todavía: “Un mundo sin Dios es un mundo sin esperanza. Solo Dios puede crear la justicia” (n. 44). “Es verdad que quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene la vida (Ef. 2,12). La verdadera, la gran esperanza del hombre resiste a pesar de todas las desilusiones, solo puede esperar en Dios” (n. 27). “Un mundo que tiene que crear su justicia por sí mismo es un mundo sin esperanza” (n. 42).
En estos textos se deja sentir el pesimismo antropológico y el teocentrismo excluyente de Benedicto XVI que le acompañan desde los inicios de su magisterio teológico, y que se ha ido radicalizando conforme ha ido escalando puestos de poder hasta llegar a la cúpula del Vaticano.
Un enfoque más optimista es el de la antropología de la esperanza. El ser humano vive en cuanto espera. “Por el hecho de ser como es –afirma Laín Entralgo–, el hombre tiene que esperar, no puede no esperar”.
EN
ESTAencíclica, Benedicto XVI dinamita los puentes de comunicación tendidos por el Vaticano II entre la esperanza cristiana y la transformación del mundo. Somete a un juicio iconoclasta algunas de las realizaciones históricas más emblemáticas de la modernidad, concretamente tres: la fe en el progreso, simbolizada en Francis Bacon, la Revolución Francesa y el marxismo, acusado. ¿Cuáles son los lugares privilegiados de aprendizaje de la esperanza para el Papa? El actuar iluminado por Dios, la oración y el sufrimiento.
¿Dónde queda la razón en la meditación de Benedicto XVI? Está muy presente, ciertamente, pero carece de autonomía, está domesticada. Solo es humana si se somete a la tutela divina, si se abre a las fuerzas salvadoras de la fe.
La encíclica termina con una reflexión sobre la vida eterna, al modo de los viejos tratados de los novísimos, presentando el juicio final como lugar de aprendizaje y ejercicio de esperanza, pero con el infierno y el purgatorio en el centro, y sin apenas referencias al cielo. El panorama no es precisamente muy esperanzador, ni siquiera después de la muerte.
Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología
y Ciencias de las Religiones de la
Universidad Carlos III de Madrid.
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LA “SPE SALVI” DE BENEDICTO XVI
Diez claves y siete comentarios
JOSÉ IGNACIO CALLEJA
VITORIA-GASTEIZ.
ECLESALIA, 03/12/07.- 1. Que el Papa, a través de la esperanza, vuelva de nuevo a la convicción cristiana de que Dios es Amor, y que lo es con el rostro de Jesús, el Cristo, y que esta Buena Nueva nos redime como esperanza ya sí realizada en la historia, transformando a fondo nuestro vivir, mientras anhelamos su pleno cumplimiento, todavía no, sin huir de la tierra, esto me convence (nn 1-3). Si el cristianismo histórico se renueva una y otra vez en esta experiencia del Dios de Jesús, y no en cualquier otro interés o temor, tiene mucho que aportar al mundo y a la propia Iglesia.
2. El concepto cristiano de esperanza (nn 4-9) es peculiar en la relación que establece entre el ya sí de su historicidad y el todavía no de su plenitud escatológica; entre su naturaleza de don y gracia, y su verdad de tarea y compromiso vital. La unión de ambos momentos o dimensiones es radical e indisoluble. Para mostrarlo, la encíclica lee distintos pasajes neotestamentarios y apunta una conclusión muy interpelante: La esperanza cristiana “transforma desde dentro la vida y el mundo”…“aunque las estructuras externas permanezcan igual”…“los cristianos… pertenecen a una sociedad nueva, hacia la cual están en camino y que está anticipada en su peregrinación”(n 4). (Esta idea tan importante, - añado por mi cuenta-, nos obliga a preguntar si no conlleva una idealización de la redención en cuanto liberación humana; si no está introduciendo un principio de deshistorización absoluta de esa sociedad; subrayo lo de “absoluta”).
3. La fe cristiana, sigue diciendo la Spe salvi, ¿es para nosotros, también, y ahora, una esperanza que transforma y sostiene nuestra vida, o es sólo información de unos hechos salvíficos más o menos arrinconados o privatizados? (n 10). La esperanza cristiana no es individualista, una expectativa privada de entrar en el cielo (n 13). Ésta ha sido nuestra manera de verla hasta hace poco, pero no debe ser así; la salvación cristiana es comunitaria y personal, porque ser hombre es vivir existencialmente abiertos a un “nosotros”, a un “pueblo”, a un “sujeto universal” que mira como su anhelo a “la comunidad escatológica de los salvados”; y, por eso mismo, a la construcción del mundo presente (n15). (Hubiera sido interesante –añado por mi parte- explicar más profunda y directamente este vínculo sacramental entre ambas dimensiones de la salvación).
4. Y, ¿qué ha pasado para que la fe-esperanza cristiana (sic), haya sufrido la transformación individualista y espiritualista de la época moderna? (n 16). La modernidad ha propuesto otra redención y la ha fundado en la libertad individual y en la razón científica; ha creado, así, otra fe, la fe en el progreso, y, con su praxis consiguiente, ha desplazado a la fe cristiana desde el ámbito público e histórico al privado y ultramundano (n 17). La actual crisis de fe (cristiana) es, por tanto, “crisis de la esperanza cristiana”, crisis de su propuesta salvífica universal frente a la “fe en el progreso tecnocientífico” y su “esperanza” de cortas miras.
5. Este proceso cultural ha adquirido significados políticos (n 19), cuando la esperanza redentora moderna cristaliza, primero, como “revolución francesa” (revolución liberal-burguesa de la libertad y la razón) (siglo XVIII); y, después, como “revolución proletaria” (siglo XIX), revolución de la “política con pretensiones científicas” (n 20), y obediente a un materialismo craso y ajeno al ser humano en cuanto tal.
6. Luego, ¿qué autocrítica no necesitará la edad moderna al dialogar con el cristianismo del presente y su concepción de la esperanza? ¿Cómo no va a ser un diálogo purificador para ambos? En particular, necesitamos reconsiderar la idea de progreso y su significado; técnico, sí, pero también y aun antes, radicalmente humano (n 22) y, por tanto, ético, y si ético, religioso, pues, sin el reconocimiento de Dios, “el hombre queda sin esperanza”. “La razón necesita de la fe para llegar a ser totalmente ella… razón y fe se necesitan mutuamente para realizar su verdadera naturaleza y misión” (n 23). (Es evidente, -añado por mi parte-, que éste es un lugar irrenunciable de la reflexión filosófica y ética de Benedicto XVI y de toda la Doctrina Social de la Iglesia. Lo cual es muy razonable, pero me gusta añadir que debemos pensar formas de argumentar que diferencien bien cuándo hablamos a la luz de la revelación (fe) y cuándo de la sola inteligencia humana (razón). Como fuentes convergentes y coherentes, desde luego, pero que admiten distinta pretensión en cuanto a la certeza, y distinta clase de competencia para nosotros. Lo cual es muy importante al aclarar el lugar de la Iglesia en una sociedad democrática y políticamente laica, y al precisar la autonomía, la interdependencia, y el mutuo respeto de la política a la fe y de la fe a la política. Lo he desarrollado a menudo).
7. La libertad humana, la libertad personal y comunitaria, es insoslayable e irrenunciable, siempre, y las estructuras también son “necesarias” (n 24a). “Las buenas estructuras ayudan”, pero “por sí solas, no bastan” (n 25). El cristianismo histórico ha hecho cosas muy buenas por la formación de los hombres y por los pobres, “pero se ha concentrado en gran parte sólo sobre el individuo y su salvación” (n 25). Sólo el Amor incondicionado del Dios Amor, manifestado en Cristo, en “su ser para todos”, nos redime plenamente, a todos y cada uno; sólo esa realidad nos redime en esperanza total y absoluta (n 27). De la experiencia personal del Dios-Amor al amor profundo a Dios. De este amor deriva nuestra “participación en la justicia y en la bondad de Dios hacia los otros… el amor de Dios se manifiesta en la responsabilidad por el otro” (n 28). Y de ese amor deriva la libertad interior, la generosidad y el desprendimiento, la responsabilidad de todos con todos. Porque la esperanza del mundo es Dios, “el Dios que tiene un rostro humano”, un rostro de amor, el Dios “cuyo reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza” (n 31). Hay lugares precisos donde esto se aprende y se practica (nn 32-48). (Es evidente, -añado por mi parte-, que esta reflexión es muy bella, si bien el lector podrá observar, a mi juicio, que es muy abstracta o poco concreta, otra vez, desde el punto de vista de nuestra condición histórica y social).
8. Los “lugares” de aprendizaje y ejercicio de la esperanza cristiana son, por ejemplo, la oración (n 32): en el mundo y sincera, solidaria, honda y madura; y lo es el actuar desde la esperanza que nos redime del cansancio, el desánimo y el fanatismo. Y, sobre todo, una advertencia: No podemos construir “el reino de Dios” (n 35) con nuestras fuerzas, pues “lo que construimos es siempre reino del hombre… el reino de Dios es un don… y constituye la respuesta a la esperanza” (n 35), si bien, “nuestro obrar no es indiferente ante Dios… y tampoco es indiferente para el desarrollo de la historia” (n 35). (Es aquí, -añado por mi parte-, donde más desencarnado encuentro el discurso de Benedicto XVI. Al no referirse a la relación don-tarea en cuanto al crecimiento histórico del Reino de Dios, o, en otro lenguaje, como gracia y compromiso, por más que podamos ver esa relación sacramental con mayor pesimismo histórico (una y otra vez, fracasada), o con mayor optimismo (una y otra vez aportando aspectos nuevos y buenos); al no mencionar la realización del Reino de Dios, en cuanto realidad ya sí presente en la historia por Jesucristo, como realidad verificada en la dimensión social de la evangelización de la Iglesia, en el ecumenismo por la justicia y la paz de todas las Iglesias, y de todas las religiones, y en el valor sacramental para el Reino de Dios de las mejores realizaciones históricas del ser humano en cuanto tal, lo que llamamos acción liberadora o humanizadora en sus mejores logros, ¡algunos tendrá!, verdaderamente queda muy recortada la universalidad de la acción salvífica de Dios en Cristo en su dimensión de encarnación histórica).
9. Otro gran lugar de aprendizaje y práctica de la esperanza es la experiencia personal de sufrimiento y, en su caso, de lucha contra él. Es lógico y digno luchar por la desaparición del sufrimiento, pero, ante situaciones de imposibilidad, hemos de encontrar ahí un sentido redentor a la luz de Cristo (n 37). Y aquí desarrolla la encíclica una gran reflexión sobre el sufrimiento y los que sufren (n 38), convencido el Papa de que es ahí donde se juega la grandeza de la humanidad. (Y otra vez, -a mi juicio-, una lectura cristiana del problema en clave casi exclusivamente “personalista”, exigente para cada uno, ¡y mucho! (n 39), pero sin referencias nítidas hacia la consideración “política” del problema, el que atiende también a las causas y consecuencias en su carácter social o estructural. Este personalismo hermenéutico se impone una y otra vez en la dialéctica con el político, hasta, a veces, como aquí, desaparecer el segundo por completo).
10. El Juicio final, puesto en relación con “el reconocimiento de que la injusticia de la historia no puede ser la última palabra en absoluto”, es el último lugar de aprendizaje y práctica de la esperanza que se nos propone. No es el hombre quien puede hacer justicia absoluta, sino sólo Dios, y Dios no falla. En Cristo, Dios “revela su rostro precisamente en la figura del que sufre… y comparte la condición del hombre abandonado por Dios, tomándola consigo. Este inocente que sufre se ha convertido en esperanza-certeza: Dios existe” (n 43). La justicia es el argumento más fuerte a favor de la fe en la vida eterna, y lo es en cuanto justicia absoluta o final contra las injusticias de la historia (n 43). Sólo Dios puede crear justicia absoluta para todos, sin provocar miedo en los hombres, pero sí responsabilidad ante ese día y hora (n 44). La gracia no excluye la justicia. Eso sí, la abre plena de oportunidades a la salvación. María es la estrella de la esperanza definitiva junto a Dios (n 49-50). (Hermosas y atrevidas palabras en la pluma de Benedicto XVI, -añado por mi parte-. Y una segunda observación personal. Ahora sí se atiende a la justicia histórica como clave de nuestra justificación final, pero no en cuanto a si nos hemos comprometido activamente con ella, sino en cuanto al fracaso que introduce en la historia y que la esperanza en Dios no puede reconocer definitivo. Es una asunción demasiado idealista, creo. A mi juicio, hubiese ganado mucho el texto si hubiese hablado en clave, también, del valor del compromiso cristiano por la justicia como testimonio de su esperanza). (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).
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BENEDICTO XVI: VUELTA AL PASADO. Frei Betto
Adital
El papa Benedicto XVI acaba de sorprender al mundo cristiano con dos decisiones: permitir el latín en las celebraciones litúrgicas y proclamar a la Iglesia de Roma como la única verdadera Iglesia de Cristo.
Todos somos tributarios de nuestras raíces culturales. No se puede valuar un texto fuera de su contexto. Lo cual vale también para las personas. Joseph Ratzinger, ahora papa, es un alemán embebido del pesimismo intelectual de Hannah Arendt y Karl Popper, filósofos antiutopistas. Ambos fueron militantes de izquierda, ella en Alemania, él en Austria. Ambos, al renegar de las ideas revolucionarias, cayeron en el error de identificar utopía y totalitarismo. De ese modo se cerraron al futuro, para alegría de quien insiste en otro grave equívoco, el de identificar democracia y capitalismo.
Cuando el ser humano abandona la imaginación creadora el futuro se le presenta como amenaza. Lo nuevo atemoriza. Entonces se refugia en la nostalgia, como si en el pasado residiera el mejor de los mundos. Es el retorno al Edén bíblico, al “paraíso perdido” de Milton, a la seguridad del útero materno diagnosticada por Freud.
Para acentuar el elitismo de una Iglesia rehén de Constantino en el mundo latino la nobleza clerical adoptó como idioma una lengua en decadencia, el griego. Derrumbado el Imperio Romano y disgregada la unidad europea, la Iglesia conservó otro idioma en desuso, el latín. Así los misterios sagrados eran tratados en un lenguaje inaccesible a la plebe. En el siglo 16, en Pernambuco, Branca Dias fue acusada por la Inquisición de un grave delito: poseer la Biblia en portugués. Ni siquiera la constatación de que era analfabeta la salvó del castigo. Lo vernáculo era tenido como profano.
No será el latín el que atraerá a la Iglesia Católica a los pobres, que prefieren pastores capaces de expresarse en su idioma. Jesús no hablaba ni griego ni latín; hablaba arameo y entendía el hebreo. Aprecio el latín en el canto litúrgico, como el gregoriano. Pero ¿cuántos fieles entienden la misa en latín? Sospecho que ésos prefieren la celebración como mera experiencia estética, restos de una Iglesia exiliada en su pasado, de espaldas al futuro.
¿Será la Iglesia de Roma la única verdadera Iglesia de Cristo? ¿Por qué Roma suprimió del Credo la profesión de que nosotros, los católicos, creemos en la “Iglesia católica, apostólica, romana”, tal como yo recé en mi infancia? Ahora sólo se reza: “Creo en la Santa Iglesia Católica”, lo que implica su carácter universal y apostólico pero no romano.
Esa afirmación de que el reconocimiento del obispo de Roma, el papa, como cabeza de todas las Iglesias es condición para que se unan las comunidades cristianas, dificulta aún más el ecumenismo. El concilio Vaticano 2º insiste en la renovación y conversión de todas las Iglesias, incluso la de Roma, como requisito para el restablecimiento de la unidad perdida, primero con el cisma entre Oriente y Occidente en 1054, después con la Reforma de Lucero, en el siglo 16. El concilio recomienda a la Iglesia de Roma reconocer los elementos de verdad presentes en las demás Iglesias. Prestar a tención a lo que une, no a lo que separa.
Esto dice el Catecismo oficial de la Iglesia Católica, firmado por el cardenal Ratzinger en 1998: “Muchos elementos de santificación y de verdad existen fuera de los límites visibles de la Iglesia Católica: la palabra de Dios escrita, la vida de la gracia, la fe, la esperanza y la caridad y otros dones interiores del Espíritu Santo y otros elementos visibles. El Espíritu de Cristo se sirve de estas Iglesias y comunidades eclesiales como medios de salvación, cuya fuerza viene de la plenitud de gracia y de verdad que Cristo ha confiado a la Iglesia Católica. Todos estos bienes provienen de Cristo y conducen a Él, y de por sí impelen a la unidad católica”. (819).
Jesús nunca condicionó el mérito de su amor a la adhesión a su palabra. Hizo el bien sin mirar a quién. No exigió que, primero, la mujer fenicia, el siervo del centurión romano o la viuda de Naim creyesen en su predicación para merecer la sanación. Ni le dijo a ninguno de ellos: “mi fe te salvó”, sino “tu fe te salvó”.
La unidad de los cristianos nunca será alcanzada por la escarpada vía de la autoridad, sino de la caridad, de la tolerancia, de nuestra humildad para reconocer los errores propios y ser capaces de destacar lo que hay de positivo, de evangélico, en las demás Iglesias y denominaciones religiosas.
El primado del amor es el único capaz de asegurar la unidad de fe en la diversidad de culturas. Para todo, y siempre, Cristo es la cabeza de la Iglesia, y nosotros, fieles, diferentes miembros de su cuerpo.
Frei Betto es escritor, autor de la biografía de Jesús “Entre todos los hombres”, entre otros libros.
Traducción de J.L. Burguet
* Fray dominico. Escritor.
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CARTA ABIERTA AL PAPA. Claude Lacaille
Te dirijo esta carta porque necesito comunicarme con el pastor de la Iglesia Católica y no existe ningún canal de comunicación para encontrarte directamente. Me dirijo a tí como hermano en la fe y en el *sacerdocio, puesto que hemos recibido en común la misión de anunciar el Evangelio de Jesús a todas las naciones.
Soy sacerdote misionero de Quebec (Canadá) desde hace 45 años; me comprometí con entusiasmo al servicio del Señor cuando empezó el Concilio *Ecumènico Vaticano II.
He estado siempre ocupado en un trabajo próximo a los ambientes particularmente pobres: en el barrio *Bolosse, en Puerto Príncipe (Haití), bajo *François *Duvalier, después entre los *quichuas al Ecuador y, finalmente. en un barrio obrero de Santiago en Chile, durante la dictadura de Pinochet.
Después de haber leído el Evangelio de Jesús durante mis estudios secundarios quedé impresionado por la multitud de pobres y tullidos de la vida de los que se rodeaba Jesús, mientras que los numerosos sacerdotes que nos acompañaban en aquel colegio católico sólo nos hablaban de moral sexual. Yo entonces tenía quince años.
La teología de la liberación es una mezcla errónea de fe y política? En el avión que te traía al Brasil, una vez más has condenado la teología de la liberación como un falso milenarismo y una mezcla errónea entre Iglesia y política. He quedado profundamente molesto y me he sentido herido por tus palabras. Ya había leído, y releído, las dos instrucciones que el ex cardenal Ratzinger había publicado sobre esa teología; allí la describes como un espantapájaros que no representa nada en mi vivencia y convicciones. No he necesitado leer a Karl Marx para descubrir la opción para los pobres. La Teología de la liberación no es una doctrina o una teoría; es una manera de vivir el Evangelio en la proximidad y la solidaridad con las personas excluidas y empobrecidas.
Es indecente condenar así públicamente a los creyentes que han consagrado su vida —y somos decenas de miles de laicos y laicas, religiosas y religiosos y sacerdotes de todas partes— los que hemos seguido el mismo camino. Ser discípulo de Jesús es imitarlo, seguirlo, actuar como él obró. No comprendo este encarnizamiento y esta hostilidad respecto a nosotros. Justo antes de tu viaje al Brasil, redujiste al silencio y excluiste de la enseñanza católica el padre Jon Sobrino, teólogo comprometido y sacrificado, compañero de los jesuitas mártires de El Salvador y de monseñor Romero. Este hombre de setenta años ha servido con valor y humildad a la Iglesia de América Latina con su enseñanza. Es una heregía presentar a Jesús como hombre y sacar las consecuencias ?
Viví la dictadura de Pinochet en Chile, en una Iglesia valientemente guiada por un pastor excepcional, el cardenal Raül Silva Henríquez. Bajo su gobierno, acompañamos a un pueblo asustado, aterrorizado por militares fascistas católicos que pretendían defender la civilización cristiana occidental torturando, secuestrando, haciendo desaparecer y asesinando. Viví aquellos años en La Bandera, un barrio popular particularmente afectado por la represión. Sí que escondí a gente; sí que ayudé a personas a escapar del país; sí que ayudé a otras a salvar su piel; sí que participé en huelgas de hambre. También consagré aquellos años a leer la Biblia con la gente de los barrios populares y centenares de personas descubrieron así la Palabra de Dios que les ofrecía enfrentar la opresión con fe y valor; yo estaba convencido de que Dios les acompañaba. Organicé comedores populares y talleres artesanos para permitir que antiguos prisioneros políticos reencontraran un lugar dentro la sociedad. Recogí cuerpos asesinados del depósito de cadáveres y les di una sepultura digna como a seres humanos. Promoví los derechos de la persona con riesgo de mi integridad física y de mi vida. Sí, la mayoría de las víctimas de la dictadura eran marxistas y nos hicimos bien próximos porque aquellas personas eran nuestros prójimos. Y juntos cantamos y esperábamos el final de aquella ignominia. Soñábamos también juntos la libertad!
Qué habrías hecho en mi lugar? Por cuál de estos pecados quieres condenarme, hermano Benito?¿ Qué es lo que te cae tan mal en esta práctica? ¿Se encuentra muy lejos de aquello que Jesús habría hecho en las mismas circunstancias? ¿Cómo piensas que me encuentro cuando escucho tus repetidas condenas? Ahora, como tú, llego al final de mi servicio ministerial y esperaba ser tratado con más respeto y afecto de parte de un pastor. Pero tú me dices: «No has comprendido nada del Evangelio. Todo esto es marxismo! Eres un ingenuo». ¿No hay mucha arrogancia en tus palabras?
Tras veinticinco años regresé a Chile a ver a mis amigos del barrio; setenta vinieron a recibirme en enero y me acogieron fraternalmente e incluso me dijeron : «Viviste con nosotros como uno más; nos acompañaste durante los peores años de nuestra historia. Fuiste solidario y nos estimastes. Por eso es por lo que nosotros te estimamos tanto!” Y aquella misma gente trabajadora añadía: “Hemos sido abandonados por nuestra Iglesia. Los sacerdotes han vuelto a sus templos; ya no comparten más con nosotros, ya no viven entre nosotros.”
En Brasil ha sucedido la misma realidad: durante veinticinco años se ha ido reemplazando un episcopado comprometido con los labradores sin tierras y los pobres de las “favelas” de las grandes ciudades por obispos conservadores que han combatido y rechazado a miles de comunidades de base, dónde la fe era vivida cerca de la vida concreta. Así se ha provocado un vacío inmenso que las Iglesias evangélicas y pentecostales han llenado enseguida, incluso integrándose en medio del pueblo. Y son centenares de millares los católicos los que se pasan a estas comunidades.
Querido Benito, te suplico que cambies tu mirada. No tienes la exclusiva de el Soplo divino; es toda la comunidad eclesial la que se encuentra animada por el Espíritu de Jesús. Te lo pido, arrincona tus condenas; tú serás juzgado pronto por el Único autorizado a clasificarnos a la derecha o a la izquierda, y sabes tanto como yo que nuestro juicio se hará sobre el amor.
*Fraternalment,
(Traducción : Juan Hernández)
(Font: *http://www.*golias.*fr - 19 de mayo de 2007)
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