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NOTA.-La Lucha por los DDHH tiene que ser una prioridad absoluta para todos. Esta petición enviada al Papa Francisco desde Paraguay va en esa dirección. A los que os guste la Historia, os animamos a conocer un poco la Operación Condor y desde ahí encontrar algo de explicación a tantas crueldades como se cometen desde el poder contra el ser humano.
 
                                               Asunción, 27 de enero de 2014.-
 
 
SU SANTIDAD, PAPA FRANCISCO PRIMERO
PALACIO APOSTÓLICO 00120
CIUDAD DEL VATICANO
 
SU SANTIDAD:   QUE SE ABRAN TODOS LOS ARCHIVOS PARA QUE SE SEPA LA VERDAD Y 
                              ACTUE LA JUSTICIA.
 
Me dirijo a su Santidad , para solicitar su valiosa  contribución a favor del Derecho a la Verdad y la Justicia para las víctimas del Terrorismo de Estado de los países de América Latina en las décadas de los 70 y 80, consistente en la  APERTURA DE LOS ARCHIVOS DEL VATICANO  y la desclasificación de los documentos referidos a Paraguay ,Argentina ,Chile, Bolivia  ,Brasil y Uruguay
 
Fundamento  este pedido  en la lenta acción de la Justicia en Paraguay, que ha logrado en 25 años de democracia y con una nueva Constitución Nacional, unas pocas sentencias sobre crímenes de lesa humanidad producidas durante el periodo 1954-1989 de la dictadura encabezada  por Alfredo Stroessner.
 
UNA EXPLOSION DE LA MEMORIA.
 
 Igualmente  por la existencia de uno de los mayores archivos de fuerzas militares y policiales de la región, descubiertos el 22 de diciembre de 1992 (Causa:Habeas Data Martín Almada) y actualmente categorizados por la UNESCO como MEMORIA DEL MUNDO  ,Año 2009, que se encuentra a disposición de jueces y público, en el Palacio de Tribunales de Asunción. Cabe destacar que en ese acervo documental se encontró el Acta de nacimiento de la Operación Cóndor.
Asimismo, en el Informe Final de la Comisión de Verdad y Justicia creada a instancias de la ciudadanía, mediante la Ley 2.225, presidida por el Mons. Mario Melanio Medina entregado al Estado Nacional y a la sociedad civil los días 28 y 29 de agosto de 2008. Este Informe concluye con la confirmación del testimonio de miles de víctimas sobre la existencia de las más graves violaciones a los Derechos Humanos  cometidas en la dictadura  stronista y en aplicación de la llamada Operación Cóndor. Como se sabe una alianza  criminal entre las dictaduras de los países del Cono Sur
  Como antecedente inmediato llevamos a su conocimiento que debido a la manifiesta falta de  voluntad política, un grupo de víctimas representantes de diversos sectores de la sociedad paraguaya afectada en la época, hemos iniciado en agosto pasado, una querella penal contra los responsables de crímenes de lesa humanidad cometidos por la dictadura stronista  en los tribunales de Argentina, basados en el principio de la Jurisdicción Universal para los crímenes de esta naturaleza sostenida por la legislación internacional, principalmente de la Organización de las Naciones Unidas. El Juez de la causa  ya remitió a las autoridades paraguayas el EXHORTO correspondiente.
 
PARAGUAY. SIGUE AL MARGEN DE LA LEY.
Debido a la significación de estas acciones y al contexto político actual de Paraguay que mediante las elecciones nacionales de 2013, ha posibilitado el regreso del Partido Colorado y con ello ha comenzado a dar indicios de políticas de flexibilidad y tolerancia hacia  los nostálgicos de la dictadura.
Como será de su conocimiento, la Iglesia Paraguaya fiel a la Conferencia de Medellín   y   el Concilio Vaticano II, bajo la conducción de Monseñor  Ismael Rolón , caracterizó toda esa etapa por el alto compromiso con las directrices emanadas de ambos históricos eventos y la consecuencia fue la detención, tortura y exilio.
 
QUE LA IGLESIA SE ABRA A LA SOCIEDAD.
Tenemos entendido  que numerosos documentos de denuncia e informaciones habrán sido enviados  desde distintas personas,  hacia las autoridades vaticanas informaciones y solicitudes sobre la trágica situación de nuestros países  por aquellos años de TERRORISMO DE ESTADO , así como del centenar de ciudadanos/as paraguayos/as  detenidos desaparecidos en la Argentina.
 
CON  85 KILOMETROS DE ANAQUELES.
Es de publico conocimiento que los ARCHIVOS DEL VATICANO refleja la vida de la Iglesia y el acontecer  del mundo de los últimos XXI  siglos convirtiéndose en una de la fuente de conocimiento mas vastas de nuestros días  de indudable utilidad para reclamar justicia. También esta apertura posibilitará a la consulta de los investigadores sociales por todo ello sugiero que  la UNESCO  lo declare MEMORIA DEL MUNDO.
 
Para finalizar,   pongo  de manifiesto dos hechos de alta significación para la historia de las luchas por los DDHH en Paraguay. La primera de ellas, la situación conocida de su amparo  al Padre José Luis Caravias, histórico gestor de las Ligas Agrarias Cristianas en los momentos de la más dura represión stronista. La segunda, el honroso comentario que realizó sobre la Dra. Esther Ballestrino de Careaga como formadora de actitudes morales y por su capacidad de lucha por los Valores de Justicia y Libertad. Esta acción  ha sido muy apreciada en la opinión pública paraguaya ya que se trata de  figura señera  en el camino que ella supo transitar con excelencia, el de la solidaridad y la defensa de los Derechos Humanos.
 Santo Padre, me  despido  en la convicción que “No hay nada encubierto que no llegue a revelarse, ni nada escondido que no llegue a descubrirse” (Mateo, 27).
Quedo  atento a su respuesta y lo saludo con mi  mayor respeto.-
 
MARTIN ALMADA
Premio Nobel Alternativo de la Paz  2002
Víctima de la Operación Cóndor. Descubridor de los archivos militares-policiales 22/12/1992 actualmente Centro de Documentación y Archivo para la Defensa de los DDHH de la Corte Suprema de Justicia de Paraguay, declarados Memoria del Mundo, UNESCO, 2009.
Promotor de la Comisión de Verdad y Justicia (Ley.2225/03)
Fundador del Museo de las Memorias: Dictadura y DDHH de Asunción.
Integrante del Comité Ejecutivo de la Asociación Americana de Juristas
Integrante del Consorcio Universitario Latinoamericano de Cátedras de DDHH
DIRECCION:  Avenida Carlos A.Lopez 2273,Barrio Sajonia, Tel.595.21.425345
ASUNCION- PARAGUAY
 
 
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Las memorias del hijo del carpintero

“Aquí el que falta es que ha desaparecido”, escuchó el hermano de José Zapatero, cuando fue a explicar a la Comandancia Militar de Pamplona que a su hermano, al que reclamaban insistentemente para su alistamiento a filas, lo habían fusilado el 23 de agosto de 1936, en las Bardenas. “¡Salga por esa puerta antes de que me arrepienta y lo mande a prisión! En la España de Franco no se fusila a nadie…”, le amenazó el militar.

Galo Vierge (Pamplona 1906-1997), es autor de un libro estremecedor, Los culpables. Pamplona 1936. Lo escribió en 1942. Y lo ocultó durante décadas, viendo la luz en 1988, en una edición muy limitada de autor. Es “uno de los pocos testimonios directos de lo ocurrido durante la Guerra Civil en Pamplona” (Ediciones Pamiela).

Galo Vierge era el mayor de ocho hermanos de una familia con muchísimas penurias. Tantas, que Galo tuvo que permanecer asilado, dos años, en la casa de la Misericordia. Esa fue toda su formación. Hijo de un carpintero asalariado, el joven Galo ejerció de recadero y de peón; intentó ser torero para levantar a la familia. Se especializó como obrero metalúrgico. Era un autodidacta con inquietudes intelectuales, y socialmente comprometido, afiliado a la CNT. A Galo Vierge lo detuvieron los requetés el 31 de julio del 36, cuando regresaba del tajo. Lo llevaron a su domicilio. Tras registrarlo todo, sacaron sus libros a la calle y los prendieron fuego. Incluso la Biblia que tenía sobre la mesilla de su dormitorio, junto a un libro de Tolstoi. “¡Será la protestante!”, dijeron.

El día del Alzamiento, en la plaza del Castillo, abarrotada de falangistas y requetés, Galo escuchó: “¡Esta tarde a Madrid, a matar más gente que Dios!”. En Navarra, “todos los días aparecían muertos en las cunetas… por requetés que exhibían en sus pechos el detente bala con el Sagrado Corazón de Jesús”. Hubo familias enteras desmochadas, como, por ejemplo, los Goicoechea: los cuatro hermanos fusilados. O los Eguía, otros cuatro: el 26 de marzo del 37, en la procesión de Semana Santa, el paso de la Dolorosa se paró, en un imponente silencio, frente al número 73 de la calle de San Antón. Unos gritos desgarradores emergieron desde el balcón: “¡Virgen Santísima…! Tú lloras porque te han matado a tu hijo. ¡Cuatro hijos! ¡Cuatro hijos me han matado a mí!”. Su dolorido esposo, “la retiró a la fuerza del balcón… y la Dolorosa, escoltada por la Guardia Civil, fue izada a toda prisa”.

A Galo Vierge se lo llevaron hacia el fuerte de San Cristóbal. En aquel pinar, al fondo de la carretera, “los falangistas y los requetés ya habían fusilado a innumerables presos políticos” al día siguiente de proclamarse el Alzamiento. Del fuerte bajaba un automóvil y se paró junto al coche donde llevaban a Galo. Del auto se bajó un capitán cuya cara “reflejaba un aspecto noble”, y preguntó a los requetés a dónde llevaban al detenido. – “Al fuerte”, respondieron. – “¿Ya le han pasado por la comisaría?”, les preguntó - “No, señor”, respondieron. – “¿Qué eso de llevar a los detenidos al fuerte sin pasar por esa obligación? ¡Venga, a comisaría ahora mismo!”.

Galo Vierge permaneció tres meses y medio en prisión. Salvó su vida de milagro: gracias a que “estaba recomendado” por una conocida comadrona de Pamplona (vecina y amiga de sus abuelos) cuya hija estaba casada con el hermano de un jefe de requetés. Días antes de salir (Galo estaba casado, por lo civil, tenía dos hijas) el capellán de la cárcel le advirtió de “los riesgos” que corría si no arreglaba tan anómala situación: ¿A qué obedece esa manifestación antirreligiosa y perjura que va contra la ley de Dios?”. A los pocos días, se oficiaban en la cárcel dos matrimonios “eclesiásticos”, el de Galo y el de su compañero Lorenzo Yoldi, de veinte años. Días después, Galo salió de prisión. Fue el 16 de noviembre de 1936. El joven Yoldi no tuvo la misma suerte: lo fusilaron ese día.

Pero ser liberado no era una panacea. Un ex preso político “se sentía más seguro alistándose al frente -al Requeté o a la Falange- que permaneciendo en la retaguardia”. Al poco de salir, a Galo lo visitaron los falangistas: -“Tiene que acompañarnos a comisaría, donde le van a tomar declaración”. Intuyendo que era una trampa, Galo les repetía que él no se montaba en aquel auto. Uno, lo encañonó. “¡Dispare si quiere, pero mire lo que tengo entre mis brazos!”, le dijo, mostrándole a su bebé. Se marcharon, amenazándole que volverían si no se presentaba.

Galo tuvo que recurrir al salvoconducto prometido. “Si te ocurre algún problema, acude a mi y trataré de resolverlo”, le había dicho el jefe requeté que intermedió en su liberación. Galo fue a verlo a los escolapios, sede del cuartel general requeté. Tuvo que esperar, el jefe estaba en misa. Al verlo salir, acompañado de otro jefe requeté, Galo se estremeció al escuchar de éste último (tras preguntarles a unos jóvenes requetés que si ya habían cogido a fulanito): “¡A ese hay que traerlo esta noche vivo o muerto!”.

Cuenta Galo que, años después, una mujer, gravemente enferma, le rogó que fuera a su casa. “Me suplicaba, sollozante, que la perdonase por aquella falsa delación”, en la que también “estaba implicado un cura” (da el nombre) “propietario de todas las viviendas y huertos que rodeaban la plazuela del camino a Esquíroz”. Galo la perdonó, y entabló con ella una cierta amistad.

En 1941, Galo Vierge fue enviado a Madrid por su empresa, Huarte y Cia, a labores de desescombro en la bombardeada ciudad universitaria. Un día coincidió con un paisano, doctor oftalmólogo, que visitaba aquellas ruinas donde había combatido como oficial requeté. Se hicieron amigos. El oftalmólogo recordó pasajes estremecedores: como aquella escaramuza en la que apresaron a una patrulla de los guardias de asalto, defensores de la República. Lo más horrible, le dijo, fue cuando el jefe mandó fusilarlos. “Sentí en mi corazón una verdadera compasión hacia aquellos hombres que no habían cometido ningún delito, sólo cumplían su deber… Fueron enterrados debajo de la escalera de piedra, las baldosas hacían de lápidas”.

El oftalmólogo, escribe Galo, lamentaba los centenares de “crímenes de guerra que no respetaban las leyes internacionales ni la declaración de los derechos Humanos” cometidos en Navarra. Una cosa, le decía, era enfrentarse con el enemigo en el campo de batalla, “defendiendo un ideal más o menos justo, y cuyo lema era Dios, Patria y Rey”, y otra cosa era lo que sucedía en la retaguardia: “donde quedaban agazapados los asesinos y cobardes, que a costa del sacrificio de los demás trataban de conquistar un codiciado puesto…”. En Navarra fueron ajusticiadas más de 3.000 personas.

Uno de los pasajes más escalofriantes de Los culpables es el acaecido el 23 de agosto del 36. A la misma hora que toda Pamplona había salido a celebrar una fastuosa procesión de desagravio a la Virgen del Rosario, Santa María la Real (“el obispo, D. Marcelino Olaechea, hizo una carta pastoral, invitando al acto a todos los navarros”), salían de la prisión dos autocares con presos cuyo destino era una gran fosa, abierta el día anterior en las Bardenas. Éstos creían que iban a ser liberados, tal vez canjeados. La Junta de Guerra, denuncia Galo, “con hombres que se tenían por muy católicos”, sabía lo que ocurría a aquella hora. También el obispo, que había mandado a aquel paraje solitario a varios de sus curas, para asistir espiritualmente a los fusilados. “Uno de los sacerdotes era Antonio Añoveros, más tarde obispo de Bilbao”. Muchos años después, Monseñor Añoveros provocará la mayor crisis entre la Iglesia y el franquismo, cuando éste sometió al obispo a arresto domiciliario y Arias Navarro intentó expulsarlo del país.

Al bajar de los autocares, cuando “los presos fueron obligados a pasar, en fila, delante de los ‘ministros del Señor”, cundió el pánico. Aturdidos, algunos reos se confesaban. Otros se desmayaron al oír las primeras descargas. Unos pocos huyeron, pero fueron cazados: excepto Honorino Arteta que, herido, emprendió una huida épica, hacia Francia. Los requetés y los falangistas -tras dejar “cincuenta y dos víctimas” en la gran fosa, entre ellos Constantino Preciado Trevijano, torero, amigo de Galo-, regresaron a tiempo para incorporarse al final de la procesión. De nuevo, el Sr. Obispo repitió: “No es una guerra lo que estamos haciendo. ¡Es una cruzada! Y la Iglesia, mientras pide a Dios la paz y el ahorro de sangre de todos sus hijos, de los que la aman, y de los que la ultrajan y quieren su ruina, no puede menos que poner cuanto tiene a favor de los cruzados”.
Braulio Hernández Martínez.

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Monseñor Girardi
ASESINARON AL OBISPO

Pero no pudieron matar la verdad

FERNANDO BERMÚDEZ, ferberlop2003@yahoo.com.mx



ECLESALIA, 27/04/10.- Era el 24 de abril de 1996. Monseñor Juan Gerardi acababa de hacer la presentación oficial del proyecto de la Recuperación de la Memoria Histórica en la Catedral de Guatemala en presencia de miles de creyentes de todo el país, de la Conferencia Episcopal en pleno, del cuerpo diplomático y, lo más sobresaliente, de familiares de las víctimas de la guerra. A la salida de la Catedral nos saludamos muy efusivamente, pues éramos buenos amigos, nos dimos un apretón de manos y me dice: “¿Qué le ha parecido”. Le felicité y quedamos vernos para platicar otro día más despacio. Pero… dos días después lo mataron.

Ayer, 26 de abril de 2010, se cumplieron 12 años de la muerte martirial de este buen amigo y maestro espiritual. Hablo de “martirio” porque él fue asesinado por colocarse, al igual que Jesús, al lado de los pobres y de las víctimas.

Monseñor Gerardi fue un incansable defensor de la dignidad de la persona humana, de los derechos humanos, particularmente de los excluidos y víctimas de la guerra, fue un pastor que amaba a su pueblo. Es por eso que, desde una opción pastoral, impulsó el proyecto de la Recuperación de la Memoria Histórica con el apoyo de la Conferencia Episcopal. Dos días antes de su muerte, dijo en la Catedral de Guatemala:

“Cuando emprendimos el proyecto de la recuperación de la memoria histórica nos interesaba conocer la verdad, reconstruir la historia de dolor y muerte, ver los móviles, entender el por qué y el cómo. Mostrar el drama humano, compartir la pena, la angustia de los miles de muertos, desaparecidos y torturado; ver la raíz de la injusticia y la ausencia de valores…”

“…Queremos contribuir a la construcción de un país distinto. Por eso recuperamos la memoria del pueblo. Este camino estuvo y sigue estando lleno de riesgos, pero la construcción del Reino de Dios tiene riesgos y sólo son sus constructores aquellos que tienen fuerza para enfrentarlos”.

El obispo Gerardi al impulsar el proyecto de la recuperación de la memoria histórica, que incluía exhumaciones de los cementerios clandestinos, corrió el riego de ser malinterpretado, calumniado, perseguido por algunos sectores derechistas del país y asesinado por los militares. Siguiendo la recomendación del papa Juan Pablo II cuando hacía referencia a los crímenes del nazismo, Gerardi impulsó el proyecto de investigación y conocimiento de la verdad, para hacer justicia a las víctimas y para que nunca más vuelva a repetirse esa historia de dolor y de muerte.

A monseñor Gerardi le dolía que la memoria de las casi 200.000 víctimas que causó la guerra quedara en el olvido y que la herida provocada por el conflicto armado persistiera en la sociedad. Buscaba la reconciliación, consciente de que ésta exige justicia y perdón. El perdón no está reñido con el conocimiento de la verdad y la justicia, señalaba el mismo Juan Pablo II. Al contrario, la impunidad frente a los crímenes de lesa humanidad cometidos por los militares perpetuaría la confrontación fraticida. Es por eso que monseñor Gerardi insistía en que “el conocimiento de la verdad es una acción altamente saludable y liberadora”. Algunos decían, como aún hoy dicen en España, que la recuperación de la memoria histórica abre heridas y crea división. Eso no es verdad. Ya lo decía Juan Pablo II que sólo la impunidad de los crímenes de lesa humanidad deja heridas sin cerrar. Sólo a través del conocimiento de la verdad, la justicia y la reparación, se puede alcanzar la reconciliación.

Los enemigos de la verdad no toleraron la acción profética de Juan Gerardi. Querían que las víctimas del genocidio permanecieran olvidadas en multitud de cementerios clandestinos. Y por eso asesinaron al Obispo, creyendo que con matarle apagarían su palabra y acabarían con el proyecto de la recuperación de la memoria histórica. Gerardi sufrió con el pueblo sufriente su misma suerte. Fue víctima entre las víctimas.

Hoy, doce años después, el testimonio profético de Gerardi, junto al de millares de mártires de la justicia, es una fuerza liberadora para los pueblos que sufrieron la represión militar y es, asimismo, un camino abierto, no sólo en Guatemala sino en toda América Latina y en el mundo entero, de búsqueda de la justicia, la paz y la reconciliación, para “contribuir a la construcción de un mundo distinto”.

Monseñor Gerardi fue un “mártir de la verdad, de la paz y de la reconciliación”. Por eso sigue siendo un testimonio creíble en el mundo de hoy. “El hombre contemporáneo escucha más atento a los testigos que a los maestros, o si escucha a los maestros es porque son también testigos” (Pablo VI, EN. 41). Este fue el obispo Juan Gerardi. Su palabra, su testimonio y su obra siguen vivas. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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ANTE LA ULTIMA BATALLA DEL CRUCERO "BALEARES"


La batalla por la supresión en los espacios públicos de los símbolos franquistas ha dejado en evidencia la inutilidad de la Ley de la Memoria Histórica (LMH) para resolver la mayoría de las cuestiones pendientes desde la extinción de la dictadura. En lugar de una ley resolutiva, el gobierno socialista optó por disposiciones blandengues y timoratas, sin capacidad resolutiva, dejando al albur de la buena o mala voluntad de las autoridades su cumplimiento o desdeñosa ignorancia.

Así, asociaciones memorialistas y colectivos ciudadanos se ven obligados a consumir sus energías en laboriosas campañas pueblo a pueblo, institución por institución, intentando vencer la resistenciua de concejales, alcaldes, diputados y políticos en general, incluídos los del PSOE, para terminar con esta vergüenza. En el caso de Mallorca, la campaña contra la simbología fascista ha puesto su foco en el mastodóntico obelisco de Sa Faixina, una céntrica plaza de Palma de Mallorca, levantado por suscripciones obligatorias impuestas a la sociedad civil, erigido para exaltar a las víctimas del hundimiento del crucero rebelde "Baleares", hundido por la flota republicana en aguas murcianas de Cabo de Palos el 6 de marzo de 1937. En Mallorca gobierna una coalición PSOE-Unió Mallorquina, a la que se le exige el cumplimiento de la LMH, transcurridos dos años de denuncias y debates, y después de haberse vertido rios de tinta en los medios gráficos locales, casi siempre para defender la permanencia del monolito, basándose en razones que han ido variando en función de las circunstancias. Reconocido por expertos su nulo valor artístisco, se ha querido quitar significación ideológica al monumento, asignándole una función sentimental, como un recuerdo funerario a los jóvenes mallorquines muertos en aquella batalla naval, desprovisto de cualquier otra interpretación, algo a todas luces imposible de ser digerido desde la historia y hasta desde la inteligencia.

El pasado día 31 fuí expresamente a visitar el monumento al crucero "Baleales" a Sa Faixina (ver foto), y comprobé la arrogante y desafiante naturaleza de aquel pedrusco, que ahora el gobierno PSOE-UM intentan maquillar, para evitar la didáctica medida de sanidad democrática que simbolizaría su demolición; en su lugar pretenden eliminar inscripciones y el escudo franquista, para colocar una placa en la que se homenajee a las víctimas de los dos bandos, en un ejercicio de equidistancia tal, que sitúa en plano de igualdad a la causa de los que defendieron al régimen legal y legítimo de España, con la de los que se rebelaron y promovieron una guerra civil.


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CARTA A LA TRIPULACION DEL CRUCERO “BALEARES”
Floren Dimas*

En el lugar del universo en donde su espíritu alcance a descansar, quisiera hacer llegar este mensaje a los miembros de la tripulación de aquel buque de guerra que, movilizados a la fuerza, fueron obligados a dirigir el fuego de los cañones contra su voluntad, arrasando los pueblos del levante español, y llevando la muerte y la destrucción a la retaguardia leal al gobierno legítimo de España.
La campaña iniciada por las asociaciones memorialistas mallorquinas, apoyadas por sectores ciudadanos contrarios a la utilización de los espacios públicos para la exaltación totalitaria, os consideran tan víctimas de aquella guerra infame, impuesta por los militares rebeldes que os mandaban, como aquellas personas que perecieron bajo el fuego y la metralla, escupida por aquel buque fascista en el que os embarcaron.
Como hace unos días reconocía ante los medios de comunicación, un pariente de vuestro compañero Benito Veny, superviviente del “Baleares”, muchos de vosotros ni erais fascistas ni queríais la guerra.
Vosotros no, pero sí vuestros jefes. Éllos fueron responsables de vuestra muerte y la de la mayoría de la tripulación, siendo, precisamente, los compañeros de aventura de aquellos traidores, quiénes después de utilizar vuestras vidas, instrumentalizaron vuestras muertes, asignándoos la categoría no solicitada de “gloriosos Caídos por Dios y por España”
Lo sabéis y lo sabemos: el obelisco de Sa Faixina no representa vuestra memoria, si no la de los rebeldes que os mandaron a morir, y que luego elevaron ese pétreo mamotreto, que hoy se quiere maquillar democráticamente, utilizándoos como rehenes de una historia excluyente que éllos escribieron en frases lapidarias, justificando su construcción -realizada con aportaciones forzadas-, con los mismos argumentos con los que hoy se intenta disfrazar la cobardía política de unos, y la complicidad ideológica de otros.

Porque en definitiva, -vosotros lo sabéis muy bien-, con maquillaje o sin el, los símbolos franquistas solo los defienden los franquistas.

S'Arenal, 2 de febrero de 2010

(*) Floren Dimas Balsalobre ha sido presidente de la asociación “Amigos de los Caídos por la Libertad” de la Región de Murcia, primera asociación de víctimas del franquismo registrada en España.





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EL MONUMENTO FASCISTA DE LA FEIXINA

El equipo de gobierno del Ayuntamiento de Palma, con la alcaldesa Aina Calvo a la cabeza, seguidos de los Ramón, Grosske y compañía, todos ellos supuestamente progresistas, han tomado la decisión de no derribar el monolito de la Feixina, levantado en memoria de “los héroes del crucero Baleares”. Lo han decidido, según parece, amparándose en la Ley que dicen “de la Memoria Histórica” (aprobada por sus propios partidos a finales de 2007) y también en un informe hecho a medida de sus propósitos. Con ello, estos políticos “de centro-izquierda”, quién lo iba a decir, garantizan el futuro del monumento fascista, cumpliendo el testamento político del dictador Franco: aquello de “todo atado y bien atado”.

Las reacciones ante esta decisión municipal no dejan la menor duda al respecto: mientras la derecha y la ultraderecha se frotan las manos de gusto (ver, por ejemplo, los comentarios en la edición digital del diario El Mundo), la indignación es la nota dominante entre los sectores de izquierda y reivindicativos de la memoria histórica, como la AMHM. Entre y entre, la esperada “comprensión” del sector clientelar. Por otra parte, no creo que la decisión municipal haya supuesto una gran sorpresa para nadie porque. Quien más quien menos, la podíamos esperar. La “capacidad” política de nuestros gobernantes ha quedado ya sobradamente demostrada en casos anteriores, como Son Espases, la política hotelera, los derechos laborales en IB3 o el Plan de Carreteras de Mallorca.

Un servidor, al menos, así lo esperaba. Ya en mi artículo “Matar la Memoria” (publicado, entre otros, por el diario Ultima Hora el 21 de diciembre de 2007) donde hacía un análisis crítico de la entonces recién aprobada “Ley de la Memoria Histórica”, decía: “Cuando, por ejemplo y sin ir más lejos, se duda en eliminar, en aplicación de esta ley, el monumento fascista de La Feixina, en Palma, “por su cierta calidad artística o monumental”, e incluso cuando el equipo de gobierno municipal, de supuesto “centro-izquierda”, está a un paso de dar el título de hijo ilustre de Ciutat al promotor del referido monumento (que, por cierto, ya tiene una calle en Palma), nos podemos hacer una idea de en qué quedará todo esto. Por una patética carencia de coraje político, esta ley ni siquiera será efectiva para eliminar los vestigios formales del pasado tenebroso de la dictadura. Es decir, no servirá ni como un lavado de cara”.

Como en otras ocasiones, hubiera preferido estar equivocado. Pero de una ley que guarda una cómplice equidistancia entre víctimas y verdugos, que no anula las sentencias de la dictadura, en procesos ignominiosos, contra los defensores de las libertades democráticas (muchos de ellos asesinados por el régimen franquista), que no define como responsabilidad de las administraciones públicas la localización, identificación y rehabilitación de las víctimas inocentes de la represión, cuyos cuerpos todavía permanecen en fosas comunes, o anónimas en las laderas de las carreteras..., de esta Ley no podemos esperar sino que sirva de coartada a la cobardía política de los que nos gobiernan.

Y hablo de cobardía porque no puedo creer que sean unos ignorantes. Porque supongo que saben que las “heroicidades” del “Baleares”, hundido en una acción de guerra por parte de la Armada republicana el 6 de marzo de 1938, consistieron fundamentalmente en bombardeos asesinos sobre poblaciones de ciudades mediterráneas, como la masacre de las miles de víctimas civiles, mujeres, niños y ancianos que huían en masa, despavoridos, el 7 y 8 de febrero de 1937, de la Málaga sitiada por el ejército (nutrido en su mayor parte por “regulares” africanos y tropas italianas) del sanguinario Queipo de Llano. Una gran cantidad de personas indefensas quedaron atrapadas en la carretera costera de 200 kilómetros hacia Almería, “la carretera de la muerte”, una trampa mortal en un inmenso paredón de cara al mar, blanco fácil para los “héroes” del “Baleares” y del “Canarias”, con sus piezas de artillería de 203 y 120 mm, así como para los aviones italianos y alemanes, que también participaron en la matanza.

Estoy seguro que también saben que, incluso abogando a la indigna Ley de la Memoria histórica, era igualmente legal derribar el monumento de la Plaza de la Feixina. Pero les ha faltado valentía para hacerlo. Por eso, aunque cambien las letras del enunciado, este monolito se perpetuará dedicado a la memoria del “Baleares”, un barco fascista responsable de crímenes de guerra. Y a partir de ahora también será, para nuestros gobernantes, un monumento representativo y conmemorativo de su cobardía.

Pep Juárez, febrero de 2010.

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Braulio Hernández Martínez.
“Los niños de Guernica”, los otros santos inocentes

Una de las secuelas más trágicas de las guerras son los sufrimientos infligidos a la población civil, y, especialmente, a los más débiles. En el imaginario colectivo, el mundialmente famoso “Guernica” de Picasso, representa “el símbolo de las atrocidades de la guerra moderna”. Los bombardeos indiscriminados sobre la villa vasca, durante casi cuatro horas, el 26 de abril de 1937, un día de mercado, fue un anticipo de lo que, poco después, sucedería, a gran escala, en la segunda Guerra Mundial. “Los líderes fascistas vieron en la guerra civil española el laboratorio perfecto para poner a prueba una nueva generación de aviones que llevaran el conflicto armado a una dimensión completamente nueva”. Guernica, que no era un objetivo militar, era una villa símbolo, quedó literalmente arrasada. Un apocalipsis del que nunca se supo el número oficial de víctimas. “Fue el precio que tuvo que pagar la obstinada resistencia vasca”, fiel a la República.

Los bombardeos se prolongaron después sobre Bilbao. Ante el pavor que causaban los modernos aviones alemanes de la Legión Cóndor, al servicio de Franco, y barruntando lo que se les venía encima, muchos padres vascos se vieron obligados a evacuar a sus hijos al extranjero. Ina, una donostiarra de 82 años, me cuenta cómo sus padres pensaron en evacuarles a Francia. Miles de niños, inocentes, salieron exiliados, con destino a Francia, Rusia, Méjico y Gran Bretaña. El éxodo de los niños de Guernica, el primero protagonizado sólo por niños, supuso “el mayor contingente de exiliados llegados a gran Bretaña de una sola vez”.

El pasado 12 de diciembre, en el programa La noche temática, de la TV2, se emitió un excelente documental de producción británica, “Los niños de Guernica, donde se vertían imágenes, comentarios y recuerdos de los protagonistas de aquella odisea cuya expedición estaba lista para partir al exilio el 21 de mayo de 1937. Muchos han muerto. Los que aún viven, son octogenarios. La expedición, con 4.000 niños vascos que huían del horror, partió hacia las costas de Gran Bretaña, desembarcando en el puerto de Southampton (famoso por la partida del Titanic). Los niños fueron instalados, en un macro campamento, en Eastleigh, cerca de Southampton. “¿Por qué se ha ignorado un acontecimiento histórico tan fundamental?”.

Entre los recuerdos de quienes hoy perviven, permanece la imagen, congelada, de cuando sus padres, entre abrazos y sollozos, les llevaron hasta el puerto para embarcarlos en el buque La Habana. “Mi madre estaba embarazada, y tuvo que llevarme mi padre al puerto. Aún sigo recordando ese momento de pena y dolor cuando mi pobre padre se dio la vuelta de repente y se marchó una vez que me entregó”, cuenta Herminio Martínez. Otra superviviente (la menor de tres hermanos), recuerda cómo se agarraba a las faldas de su madre, teniendo que llevársela a rastras hacia el barco sus dos hermanos. Los niños iban con lo puesto y unas mudas. “El mar estaba embravecido, viajábamos apiñados en la cubierta. Mareados, caíamos al suelo y nos rebozábamos con nuestros propios vómitos”.

Fue una estancia desesperadamente duradera. Ninguno pensaba que Franco se agarraría tantos años al poder. “Nos dijeron que veníamos para tres meses, como unas vacaciones largas. No nos dábamos cuenta de lo seria que sería aquella situación, y lo que llegaría a ser”, cuenta Laura Williams. Otro superviviente recuerda cómo el La Habana fue interceptado por un barco de los sublevados (el Cervera). “El capitán de éste envió un mensaje al La Habana para que retornara a puerto, si no quería que lo hundieran. El buque se dio la vuelta, pero, “por fortuna, su capitán envió mensajes a barcos ingleses por la zona y aparecieron dos cruceros de combate, garantizando la seguridad del La Habana”. Ya en suelo inglés, cuando los niños divisaron el “Basque Children’s Camp”, pensaron, en su inocencia, que aquello era “un campamento de indios”.

Aquel éxodo fue posible a pesar de la oposición del Gobierno británico, “más preocupado por apaciguar a Hitler que por echar una mano al Gobierno legítimo de la República”. En septiembre de 1936, dos meses después de producirse el sangriento Alzamiento, Gran Bretaña se había mostrado muy ambivalente, haciendo oídos sordos a la petición de ayuda del Gobierno de la República. Gran Bretaña ayudó a negociar el Tratado de no Intervención y las principales potencias europeas abandonaban a su suerte a la República. Pero Alemania e Italia siguieron abasteciendo de gran cantidad de armamento a Franco. Una de cuyas consecuencias sería el despiadado bombardeo sobre Guernica.

“Antes del bombardeo de Guernica, ya se había planteado la idea de la evacuar a los niños vascos a otros países”. El Comité Nacional Conjunto para socorrer a España, ya había presionado al Gobierno británico. Pero éste, acogiéndose a que ello supondría una vulneración del Tratado de no Intervención, rechazó esa idea humanitaria. “El embajador llegó a argumentar que acoger a los niños vascos, permitiría que los vascos resistieran mucho más ante el acoso de los nacionales, lo que supondría una intervención en la guerra”. Fue a raíz del bombardeo de Guernica, con la desbandada de su población a la vecina Bilbao, lo que hizo cambiar al Gobierno Británico: “temía que, si El Comité Nacional Conjunto para socorrer a España evacuaba a gran cantidad de niños y los dejaba en las cercanías de Portsmouth, el Gobierno no podría devolverlos sin acarrearle grandes protestas públicas”.

El acogimiento de los niños fue posible gracias a la presión popular británica. Se había convocado una “reunión de emergencia en la que se implicaron sindicatos, la iglesia católica, scouts, empresarios de la región y la universidad. Urgía buscar un emplazamiento” para los niños vascos. Pero el Gobierno británico dejó claro él no aportaría una sola libra de las arcas públicas para costear la evacuación y que ésta se haría sin tener en cuenta las adscripciones políticas de los progenitores de los niños. Su política, de no intervención, “se mostró vergonzosa: nos daban seguridad a la par que dispusieron que el Gobierno no daría un solo centavo para nuestra manutención. Algo que no sucedió en otras partes”.

El País Vasco, fiel a la República, había quedado aislado en medio de los territorios tomados por Franco. La noticia de la toma de Bilbao se vivió en el campamento “con histeria, como una tragedia”. Entre los niños cundió la desesperación: “ahora, ya no podremos volver”; “¿qué va a ser de mis padres?...”. Semanas después, los niños eran reubicados en colonias por todo el país. Se crearon más de cien hogares, muchos gestionados por comités de voluntarios, por la Iglesia.
El Ejército de Salvación jugó un papel fundamental. “Por la tarde no había clases, había actividades extraescolares. Se ponía mucho énfasis en que los niños expresaran sus miedos, o ansiedades. Al principio, los niños sólo querían dibujar aviones: pero siempre aviones que arrojaban bombas”.

Pero también, en ciertos sectores, los que comulgaban con la causa de Franco, la presencia de los menores empezó a ser molesta. Éstos empezaron a ser vistos como “apestosos hijos de rojos”. En una carta, un padre le escribe a su hijo: “Querido hijo: si te preguntan si eres rojo, di llanamente que eres proletario, humano y cristiano. Esos malvados hombres infringen los sagrados mandamientos y nos declaran la guerra; así que, si eso es ser rojo, como nos dicen los asesinos, entonces somos rojos como una amapola; pero somos rojos porque han derramado nuestra sangre, y nuestros cuerpos están manchados del rojo que corre por nuestras venas”.

Terminada la guerra, Franco solicitó la repatriación de los niños vascos; la presencia de los menores era embarazosa para el Gobierno británico, empeñado en que Franco no tomara parte en la inminente guerra que se avecinaba. El Gobierno británico presionó al Comité para los niños vascos. Se acordó que sólo regresarían los menores reclamados por sus padres. Pero estaba el drama de los niños que desconocían el paradero de sus progenitores, unos muertos, o fusilados; otros encarcelados. Muchos padres se habían exiliado tras ganar Franco la guerra. Los menores empezaron a regresar, pero el estallido de la II Guerra Mundial frenó su repatriación. Al finalizar aquella aún quedaban en Gran Bretaña 450 menores. Hubo elecciones, ganadas por los laboristas “cuyo ministro de Asuntos Exteriores decidió, para nuestra desgracia, que Franco (considerado un baluarte contra el comunismo) debería continuar en el poder”. Algunos padres decidieron que sus hijos no regresaran porque no tenían qué darles de comer. “Muchos años después pregunté a mis padres por qué me reclamaron. Me dijeron que no lo habían hecho: ‘no podíamos recibirte en condiciones; nunca firmamos nada’. La firma había sido falsificada”.

A pesar de todo, los niños vascos acogidos en Gran Bretaña fueron “unos afortunados”. Se mostraron muy agradecidos con la solidaridad de ese país. Otros niños, procedentes de otros países con los que hubo repatriaciones forzosas, o secuestros, tuvieron menos suerte: una vez aquí “eran internados en orfanatos o devueltos a familias que Franco consideraba adecuadas”. Más de 72 años después, los supervivientes de quienes decidieron permanecer en Gran Bretaña (un 10%), permanecen muy unidos y se reúnen todos los años. Como en Guernica, la mayor parte del casco histórico de Southampton fue destruida por los bombarderos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.
Braulio Hernández Martínez.

MAUSOLEOS SAGRADOS IMPONENTES Y CEMENTERIOS INVISIBLES BAJO LA LUNA.

BRAULIO HERNÁNDEZ MARTÍNEZ, brauhm@gmail.com
TRES CANTOS (MADRID).

ECLESALIA, 20/11/09.- En el imaginario colectivo, el 20-N sigue asociándose al Valle de los Caídos, el macro mausoleo impulsado por Franco, y levantado con la sangre y el sudor de los prisioneros “rojos”. La imponente Basílica y su cruz ciclópea fueron concebidas por el caudillo para dar gloria a “los caídos por Dios y por la Patria”, en la España de los vencedores, “sin reparar en las víctimas republicanas”. También, “ante las dificultades encontradas en algunas zonas, donde las familias franquistas se negaron al traslado de sus muertos a Madrid, el Ministerio de Gobernación autorizó el abordaje de fosas de republicanos”, llevando los restos de algunos “rojos” al mausoleo, sin el consentimiento de sus familias (Público, 19/11/09).
"Nunca sabremos la cifra exacta de víctimas de la Guerra Civil", dice un experto forense. Los actuales trabajos de excavación para encontrar los restos de García Lorca, y otros cinco represaliados del franquismo, están teniendo un “efecto llamada”: otras seis familias han reclamado recuperar los huesos de sus seres queridos, asesinados en las mismas circunstancias y sepultados en el mismo paraje granadino de Alfacar.
Hace un año, el cardenal de Madrid, Rouco, afirmaba en un Pleno de la Conferencia Episcopal que “las exhumaciones (de las fosas) dañan la concordia social” y que “a veces es necesario saber olvidar”. Sin embargo, un año antes, el obispo de Bilbao, Ricardo Blázquez, (en el Pleno en el que, por un voto, le arrebataría la Presidencia el mismo Rouco), alentaba a que "se haga plena luz sobre nuestro pasado", mostrándose dispuesto a revisar la posición de la Iglesia durante la República y la Guerra Civil: fue Una grata sorpresa, recogía, el 20 de noviembre de 2007, en una nota, el sacerdote Jesús López Sáez, en la Web de la Comunidad de Ayala
Monseñor Rouco pide que es necesario olvidar; sin embargo, no es nada normal que, setenta años después, por toda España haya "territorios sembrados de horror": fosas comunes, cunetas, barrancos, pozos y cementerios, donde se ocultan decenas de miles de cuerpos de ciudadanos proscritos, borrados de la memoria, por ser “rojos” o republicanos. Antes de finalizar la guerra fratricida, un decreto de la Jefatura del Estado (de los golpistas), del 16 de noviembre de 1938), establecía, "previo acuerdo con las autoridades eclesiásticas", que "en los muros de cada parroquia figurara una inscripción con los nombres de sus “Caídos por Dios y por España", ya en la presente Cruzada, ya víctimas de la revolución marxista". Dichas placas, para perpetuar la memoria, se exhiben en las fachadas de muchos templos.
Los obispos justificaban su memoria: "las guerras tienen caídos en uno y otro bando; las represiones políticas tienen víctimas, pero sólo las persecuciones religiosas tienen mártires". María Antonia Iglesias, escritora católica, en su libro “Maestros de la República; los otros santos, los otros mártires”, recuerda que "en todas estas historias siempre sale un cura", actuando como emisario político del Régimen; delatando ("de ideas marxistas, ateo, no asiste a misa"), calumniando, confesando y perdonando en nombre de Dios a gentes honestas enviadas al paredón sin pecado y sin delito. El sacerdote Jesús López Sáez, en su librito “Memoria histórica. ¿Cruzada o locura?” (2006), una reflexión necesaria y oportuna, plasma esta cita bíblica, en la presentación: “Escribe la visión, ponla clara en tablillas para que se pueda leer de corrido” (Ha 2,2). El último capítulo, “Huesos secos en medio de la vega”, hace referencia a un pasaje del profeta Ezequiel.
Gumersindo de Estella, fraile capuchino, quiso dejar constancia en sus estremecedores diarios, (editados en 2003 bajo el título “Fusilados en Zaragoza, 1936-1939. Tres años de asistencia espiritual a los reos”) de esta denuncia: la complicidad de un clero empeñado "en acreditar con un sello divino una empresa pasional de odio y violencia". Poco entusiasta con el Alzamiento ("la violencia no es cristiana" se lamentaba), su superior le conminó a irse de Pamplona y tomar el primer tren hacia Zaragoza. El desterrado se ofreció de ayudante del capellán en la cárcel de Torrero. Había mucho trabajo, algún día llegaron a fusilar hasta dieciséis presos. Tras una asistencia, desolado, escribe: "Necesito ser de acero para no llorar". Allí, cualquier "palabra de fiereza” contra los pobres reos “era interpretada como señal de profunda adhesión al Movimiento y a la religión". Un detalle: casualmente el cardenal Gomá, poco antes de morir, se confesó con él.

"Durante los 36 años de la dictadura de Franco, los perdedores de la Guerra Civil no podían hablar en público de sus sufrimientos personales ni de las pérdidas padecidas por sus familias…" (Gabriel Jackson, historiador). Aunque Franco –al que la Iglesia llevaba bajo palio y le ponían reclinatorios de terciopelo en primera fila en los oficios sagrados- repetía que los republicanos que no estuvieran inmersos en delitos de sangre salvarían sus vidas, en los diez años siguientes al final de la guerra, "no menos de 50.000 personas fueron ejecutadas" (Julián Casanova, historiador). Muchos fueron encarcelados; otros inhabilitados, despojados de sus cátedras; muchos expropiados… Todos, víctimas de una represión "alentada por las máximas autoridades militares y civiles y bendecida por la Iglesia católica" (Antony Beevor, historiador).
Recientemente, ante la avalancha de reclamaciones de ciudadanos que querían rescatar de los cementerios invisibles bajo la luna los huesos de sus seres queridos, el Gobierno del Sr. Zapatero impulsó la Ley de la Memoria Histórica. Los obispos, a la contra, lo acusaban de hacer una ley "selectiva". Un cardenal llegó a decir: "¡cuidado con la memoria… no hay que dar la tabarra durante mucho tiempo…!”. Aplicaban una doble vara de medir. Ellos llevaban muchos años alentando la recuperación de su memoria, materializada, poco después (el 28 de octubre del 2007), impulsando una macro peregrinación nacional a Roma, con la beatificación más numerosa de la historia: 498 "mártires" de la Guerra Civil. Era “un aliento para fomentar la reconciliación", justificaba el portavoz episcopal. Sin embargo, Juan XXIII y Pablo VI se habían opuesto a esas beatificaciones masivas.
Curiosamente, entre esos “mártires”, no estaba ninguno de los sacerdotes y religiosos vascos asesinados por las tropas de Franco. Injusticia que se reparó, más de 70 años después, el pasado 11 de julio, en una eucaristía, concelebrada por todos los obispos de las diócesis vascas, en la catedral de Vitoria. En ella, contrariando la línea de monseñor Rouco, pidieron perdón por el "injustificable silencio de los medios oficiales de nuestra Iglesia": "Hoy saldamos una deuda contraída", "tan largo silencio no ha sido sólo una omisión indebida, sino también una falta a la verdad, contra la justicia y la caridad". Un gesto que, lejos de “reabrir heridas", quería “ayudar a curarlas o aliviarlas”.
Un detalle de por dónde irían los tiros fue cuando, tras el Desfile de la Victoria, en la iglesia de Santa Bárbara, Madrid, Franco se acercó al altar bajo palio, llevado por miembros del Gobierno. Eijo Garay, obispo de Madrid, le dijo: "nunca he incensado con tanta satisfacción como lo hago ahora con V.E.". El general puso su espada a los pies del Santo Cristo, leyó una oración y se hincó de rodillas ante el cardenal Gomá, que le bendijo, y ambos se fundieron en un abrazo. "La Iglesia había triunfado en una guerra civil, que para ella había supuesto una verdadera hecatombe, pero de la que salió restablecida en la plenitud de su poder. Había sido, después de mártir, verdugo, por completo desprovista de conmiseración para los vencidos; todo lo contrario, no sólo vencedora sino vengativa: sus clérigos habían asistido a la ejecución de decenas de miles de prisioneros una vez la guerra terminada, sosteniendo con su presencia y su palabra una estrategia de depuración y limpieza" (Santos Juliá, historiador).
Aún el 19 de octubre de 1960, en la Universidad Pontificia de Salamanca, el cardenal primado, Pla y Deniel, que durante la Guerra cedió su palacio episcopal de Salamanca a Franco, volvió a recordar, que “Fue una cruzada por Dios y por España". Recuperar la memoria de muchas gentes honradas, la mayoría humildes, que yacen en parajes desconocidos, en cunetas, o que murieron en el exilio, mártires y héroes anónimos, sin mausoleos sagrados, que muy posiblemente nunca tendrán el reconocimiento por parte de una Institución que predica ser la guardiana de la doctrina de Cristo, es un noble acto de humanidad, y de justicia. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


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LOS OTROS “MÁRTIRES LAICOS”
(Sobre el libro de Matilde Garzón Ruipérez: “Memoria y Esperanza”)

Cada vez quedan menos testigos de la guerra civil, pero emergen del olvido más historias. Aún no hace un año, se estrenaba “La buena nueva”, película basada en las memorias del cura navarro Marino Ayerra Redín, editadas en Argentina, donde se exilió, con el título “No me avergoncé del evangelio”. Este verano se ha rodado “Izarren Argia”, que cuenta la historia de un grupo de mujeres presas en Saturrarán, un antiguo balneario habilitado por Franco como cárcel para “mujeres peligrosas”. Por sus húmedos barracones pasaron casi 4.000 mujeres (120 murieron) además de 57 niños: “algunas de estas criaturas, tras cumplir los cuatro años, eran luego arrebatadas a sus madres”. Un año antes de su cierre en 1944 aún permanecían allí 1.050 prisioneras, la mitad de las que había en el Estado, según la Sociedad de Ciencias Aranzadi. Había presas de casi todas las regiones; muchas eran vascas.

En Saturrarán estuvieron Leonor y Encarna Ruipérez, maestras, de Peñaranda de Bracamonte, un pueblo donde “no hubo frente de guerra pero sí muchas muertes y represión; además de un apocalíptico polvorín”. Matilde, hija de Leonor Ruipérez, tenía casi diez años cuando estalló la sublevación contra la República: es “una niña de la guerra”. Hoy tiene 83 años y un espíritu joven. En su memoria permanecen, imborrables, recuerdos muy duros. Su familia, que pasó un largo calvario, es un paradigma de superación en la adversidad. A pesar de lo sufrido, confiesa: “me siento una privilegiada, no es un mérito… es un DON”. Tiene una fe firme (“cada vez más simple”) en el ‘Dios-Padre-Madre’ al que “no tengo que ir lejos, ni a los altares, a buscarle”.

Matilde, catedrática de latín jubilada, es autora de un libro de recuerdos y vivencias: “MEMORIA Y ESPERANZA”. “Sólo conociendo la historia lograremos que no se repitan hechos semejantes”. Sostiene que “está por escribirse una historia del ‘pueblo’, y que es necesario recuperar historias locales porque, como decía Carmen Martín Gaite, ‘las historias componen la Historia’; y falta una compilación orgánica de relatos escritos y orales de las personas que, en carne viva, experimentaron las consecuencias de la Guerra Civil y la Dictadura”.

Hasta el ‘Alzamiento’, su infancia era feliz. Sus padres, Paco Garzón y Leonor, les educaron en valores humanos y democráticos, en un ambiente de libertad, sin prejuicios religiosos. “Aunque no nos inculcaron rezos ni misas, en ese ambiente de libertad reclamé hacer la primera comunión”. Pudiéndoles llevar al “colegio de monjas para ricas”, sus padres les llevaron a la escuela pública, “donde iban los hijos de los pobres”. Su padre no estaba adscrito a ningún partido; pero era republicano y tenía especial simpatía por Fernando de los Ríos (defensor de un socialismo humanista) y por Manuel Azaña. Su madre, maestra nacional, admiraba al ministro Marcelino Domingo (cuyo lema era “sembrar España de escuelas”).

Entre los recuerdos imborrables de Matilde, está la fecha del 11 de julio de 1940. Ya hacía más de un año que había terminado la guerra (bendecida por la Iglesia como ‘cruzada’), pero la desolación y la tragedia seguían golpeando a cientos de miles de españoles. Ese 11 de julio, al mediodía, Matilde “jugaba a la pelota junto al acerón de lo que fue el Palacio de los Bracamonte”. Alguien fue a buscarla: el cartero había llevado dos telegramas, simultáneos, de Biarritz: uno comunicando que su padre estaba grave y el otro que había muerto”. Su madre estaba presa en Saturrarán, la incertidumbre se ahondaba: “¿qué va a ser de nosotros… mi madre…?”.

En 1931, días antes de proclamarse la República, su padre vivió un acontecimiento singular. Fue en un viaje de negocios a la capital, con su cuñado Jesús. Por la tarde asistieron al teatro. Al terminar la función sonó la marcha real y el público pataleó. Fuera, estaba la guardia civil esperando, hizo una redada y a su padre, que no pudo escapar, lo llevaron a la cárcel ‘Model’o donde, durante ocho días, se codeó con las figuras más punteras del republicanismo. Allí recibió la visita del famoso fotógrafo Alfonso (fue el autor del reportaje de su boda) que iba a visitar a aquellos famosos presos políticos. Acordaron con Alfonso en que éste les haría una foto en el patio. “Cuando os haga una señal con el pañuelo os ponéis en fila” les dijo. La foto, muy famosa, fue hecha “con un teleobjetivo de cartón, desde un edificio contiguo a la cárcel”. Una foto histórica, muy querida por Paco.

A primeros de julio del 36 (en febrero la ‘izquierda’ había ganado las elecciones) el padre de Matilde acercó a la familia a Peñaranda (desde hacía un año vivían en Jaén, donde Paco fue nombrado subdirector en La Unión y el Fénix). Su padre volvió a Jaén, llevándose a su hijo Higinio y a un sobrino, Martín, con la idea de regresar en quince días para ir con la familia a la playa. Pero el 18 de julio sobrevino el Alzamiento de la ‘derecha’ y “Peñaranda se llenó de camisas azules…”. Varios tíos y primos de Matilde fueron detenidos. Los llevaron a la cárcel de Salamanca. Su tío Salva (era el alcalde) se reponía de una pulmonía en Navalperal de Tormes. Fueron a por él; lo hicieron bajar del coche, entre fusiles, junto a su mujer y la hijita de un año, pero un guardia civil respondió por él y no lo asesinaron. Lo metieron en la prisión de Peñaranda y, extrañamente, lo soltaron. Por segunda vez, “la providencia en forma de amistad, evitó que lo mataran” (un amigo lo escondió). Matilde se acuerda de las “camionetas siniestras”, girando por la plaza del pueblo, cuando iban a por su tío Salva a casa del abuelo Higinio que tenía 80 años. (Al abuelo lo depuraron después, inhabilitándole como administrador vitalicio (fue nombrado en testamento por la fundadora) de un Asilo Benéfico).

Separado de su familia, por el golpe militar, Paco ansiaba volver a la zona ‘nacional’. Pero le llegaron visos cifrados, para que desistiera: “los tíos están en el colegio”. Resignado, y con unos ahorros, marchó a Francia por la costa levantina con su hijo, y dos sobrinos, pues Amador se les unió desde Santander donde estaba becado. En septiembre, el nuevo curso escolar se inauguró en Peñaranda con un acto político-religioso: “la procesión de los crucifijos”. Las maestras y maestros tenían que llevarlos a las escuelas (casualmente, sólo la madre y la tía de Matilde, Encarna, los conservaban). Tras los maestros iban las autoridades y los jefes de la Falange. Con Paco exiliado y Germán (marido de Encarna) en prisión, ellas no podían imaginar el destino que a ambas les esperaba.

Matilde recuerda aquel 17 de noviembre del 36 cuando, estando en el recreo, vio salir a su tía Encarna, maestra, esposada entre dos guardias civiles. “Tuve un extraño presentimiento y salí corriendo a casa... encontrándome a mi madre haciendo la maleta”. Ambas madres, en medio de la atroz desolación, serán conducidas a la prisión de Salamanca. El abuelo Higinio y sus dos hijas solteras se quedan con ocho “huérfanos”. Llegaron los juicios. Todos fueron acusados bajo el mismo ‘sambenito’: “auxilio a la rebelión”. Casi todos los varones fueron destinados al fuerte de San Cristóbal, en Pamplona; el tío Germán a Celanova (Ourense). Leonor y Encarna fueron conducidas a Saturrarán: un complejo, insalubre, regentado, con dureza, por las monjas Mercedarias.

Con la terrible censura, “había que recurrir a la metáfora… las cartas infantiles sólo contenían anécdotas, nunca sentimientos”. Matilde recuerda cómo “los republicanos, ‘los rojos’, eran demonizados en la calle y en los púlpitos”. La foto de su padre en la Modelo, tan querida por él, la escondieron bajo las tejas; después la quemaron, con otras. Muchos años después, aparecía en el suplemento dominical de El País, en un reportaje sobre el fotógrafo Alfonso. Después en una exposición (y en un libro sobre el fotógrafo), con este pié de foto: “Comité Revolucionario de la República, de izquierda a derecha: Paco Garzón Baz,… Niceto Alcalá Zamora, Largo Caballero, Fernando de los Ríos, Miguel Maura,…y Casares Quiroga.”. Gran error, puntualiza Matilde: “mi padre estuvo en la cárcel Modelo de pura casualidad”.

Terminada la guerra, otro acontecimiento, especialmente imborrable para Matilde, fue el vivido en la primavera del 39: su viaje, con la tía Deme y su prima Celia, a Saturrarán. No fue un viaje de placer sino de trágica despedida. Su padre se las ingenió para antes verse con ellas en la raya fronteriza del puente de Irún, sobre el Bidasoa. Allí estaba él, “enjuto, demacrado, envejecido”, con Higinio y Martín. “Mi padre me comió a besos… Pero tuve la sensación de que no volvería a verlo y pasé el resto del día desolada, llorando”. Al día siguiente, Matilde viajó a “otro escenario más cruel todavía”: Saturrarán. “Ante la mirada cruel e impasible de los guardianes y de las blancas tocas consagradas a su vigilancia… no nos dejaron besar a nuestras madres: estaban entre dos filas de rejas muy separadas”. A su madre, con fina sensibilidad artística y espiritual, las monjas “le hacían pintar estampas, paños de altar, cubre copones, o cortinillas para el sagrario”. Maestra por vocación, ella se ofrece a dar clases a las presas y a sus hijos.

Higinio y Martín pudieron volver a España. Su padre fue llevado, quizá por marzo de 1940, al campo de Gurs (Pirineos centrales) donde 61.000 hombres, mujeres y niños permanecieron, como prisioneros, abandonados en la miseria y el hambre. Paco escribió angustiado a la familia pidiendo avales con urgencia. “Debió de recibirlos pero no lo supimos hasta después de su muerte. Los primeros días de Julio debió salir del Campo, enfermo, pues el 11 llegaron dos telegramas anunciando su muerte. Días después, una tarjeta suya en la que nos decía que ya tenía los avales, que lo había pasado muy mal con una pulmonía y que en cuanto se recuperara, se vendría. Mi madre salió de Saturrarán veinte días después y al vernos de luto, supo la terrible noticia”. Muchos años después, su prima Celia le contará que ella recogió los telegramas del cartero, aquel 11 de julio, y que ‘Lonchis’, hermano de Matilde, se abalanzó sobre el papel gritando: “¡mi padre ha muerto! ¡Lo soñé esta noche!”.

Matilde siempre ha estado comprometida con el mundo de la marginación. Estuvo involucrada en proyectos de renovación educativa. Los del ‘Régimen’ la espiaban. Y nunca le dejarán tomar destino como profesora en Salamanca. Recuerda, junto a su casa, la fábrica de alpargatas familiar (dirigida por sus tíos Jesús y Salva) donde, en medio de los obreros, jugaba con los recortes: “yo no percibía diferencias entre jefes y trabajadores…, la fábrica me marcó en mi compromiso con el mundo obrero”. Allí trabajaba su primo, Fortu, asesinado, junto con otros cinco, en la tapia del cementerio, con 24 años. Al dar la orden de la descarga, Fortu gritó: “¡Viva los pobres del mundo!”. ‘Murió predicando la primera de las bienaventuranzas de Jesús; pero a él no lo canonizarán’, escribirá Leonor Ruipérez en sus memorias inéditas (‘Relato de mi vida’). Matilde cree que “la igualdad que vivió Jesús la predican en la iglesia, pero la practican más los ateos”.

A Matilde se le hace imposible señalar cuál de aquellos golpes sufridos fue el más terrible: “¿el 18 de julio del 36?, ¿la partida de mi madre a la cárcel de Salamanca?, ¿el asesinato del primo Fortu?, ¿el polvorín?, ¿las visitas a la cárcel?, ¿el último abrazo con mi padre en la frontera de Irún?, ¿ese 11 de julio de 1940 que desgarró todo mi ser?, ¿la llegada de mi madre desde Saturrarán encontrándonos enlutados y llenos de desolación?”...

No se explica cómo su padre, a pesar de lo sufrido, con los avales para volver, y a punto de reencontrarse con Leonor e hijos, pudo dejar una carta estremecedora, al sentir que se moría, que empieza así: “Muero sereno…”. “¿Cómo pudo escribir mi padre, sin Fe, sin ningún agarradero humano ‘muero sereno?”. Esa hoja amarillenta “me estremece y me consuela y doy gracias a mi padre Paco y a mi Padre Dios por escribirla”.

Tampoco se explica cómo pudo su madre -“con la intensa humedad que se sufría en Saturrarán y comiendo los gusanos que les proporcionaban en las lentejas”- estirar su vida hasta los 98 años. Tras salir de la cárcel, Leonor Ruipérez fue inhabilitada durante dieciséis años más para la docencia, y, sin Paco, consiguió dar a los hijos carreras. Ya nonagenaria, “devoraba los libros y cultivaba la memoria repitiendo en las noches de insomnio el ‘Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz”. Cuando murió, Matilde abrió la Biblia y oró con el salmo 16. “Durante una semana, caminando por la calle, resonaba dentro de mí una voz dirigida a mi madre: ‘Levántate amada mía, paloma mía… Ven, ya pasó el invierno…”. Una experiencia que le daba “la certeza de que ya gozaba de la Plenitud”. La tía Encarna Ruipérez murió a los sesenta y siete, “invadida por un linfoma”, cinco meses después que su esposo, Germán Sánchez.

No hace mucho, Matilde recuperó el sumario de su madre. Entre los “delitos” (muchos comunes al resto de la familia): ‘que se rumoreaba que acudió a la estación el 20 de julio para descarrilar un tren; que aprovechaba su profesión de maestra para difundir ideas marxistas; que había inducido a la rebelión’… etc. “Resulta increíble que personas que se proclamaban católicas pudieran urdir tan inicuas calumnias para destrozar la vida de tantas familias”. Sabedora de que ya quedan pocos testigos directos de la represión brutal, cuyas tragedias fueron silenciadas (en la dictadura y en la ‘transición’), Matilde ha visitado -con la asociación salmantina “Memoria y Justicia”- algunos pueblos: “siento una emoción incontenible cuando encuentro alguna superviviente, como Inés (testigo de una matanza que afectó a varios miembros de su familia, y que estuvo condenada a muerte, y presa en Saturrarán) o a sus familiares”.

En su vida de creyente, Matilde confiesa que vivió una “atroz contradicción”: Franco se instaló en Salamanca, en el palacio del obispo: “nos contaban que allí, mientras tomaba café, firmaba fríamente las listas de tantos inocentes destinados a morir”. Verlo en los desfiles arropado por toda la clerecía; o bajo palio en las procesiones… “Y los que se declaran líderes del cristianismo sin entonar el mea culpa…”. Ella mantiene esta certeza: “nada ni nadie pueden arrebatarme el amor de Dios y la experiencia acumulada de que en la debilidad está la fuerza como dijo Pablo de Tarso”. Y este reto: “Me siento capaz de cualquier riesgo a favor de los más excluidos de la sociedad”. Braulio Hernández Martínez.

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…Si llegas a tiempo, aunque esté frío, dame un beso…
“Decidme cómo es un árbol”. Estremecedoras memorias de Marcos Ana: ‘la voz de los presos del franquismo’.

En 1965, la escritora alemana Anna Seghers propuso a los asistentes de un Congreso que celebraban en Weimar visitar Buchenwald, el famoso campo de exterminio nazi. Contemplando sus instalaciones, uno de ellos, Pablo Neruda, puso sus brazos sobre los hombros de un español, ex preso político, (“the poet of Franco’s jail”, como se le conocía en Europa) y le dijo: “es increíble que a un hombre que ha vivido y sufrido lo que tu, todavía le queden lágrimas…”.
Se habían conocido dos años antes, en Chile, en su casa de Isla Negra, donde tuvieron una larga velada. Entonces, tras escuchar su historia estremecedora, el anfitrión, P. Neruda, le dijo: “Somos unos insensatos, si hubiéramos encendido una grabadora, tendrías la base de un libro estremecedor”. Y añadió: “No debes tardar mucho en escribirla… Porque lo que no se escribe, se olvida”. El protagonista y contertulio de aquella historia era Marcos Ana: “la voz de los presos del franquismo”. Pero a Marcos le urgía más denunciar la situación de los presos que escribir su tragedia personal: “Ahora es imposible, Pablo, me debo a mis hermanos encarcelados…”.
Él era el preso político que más años pasó en las cárceles de Franco, casi veintitrés. Allí le fue robada toda su Juventud y buena parte de la madurez. Ingresó a los 19 años y salió a los 42. Durante muchos años, sus amigos, y algún cineasta, le presionaron para que escribiera su vida. Él siempre lo rechazaba, por “humildad o pereza”. Por fin la escribió, hace apenas dos años: “Decidme cómo es un árbol. Memorias de la Prisión y de la vida”.
“Lo he escrito pensando especialmente en la juventud” dice este joven salmantino de 89 años. En la reciente Feria del Libro de Madrid lo estaba firmando. A su lado había este letrero: “El libro que Almodóvar llevará a la pantalla”.
Fernando Macarro Castillo, más conocido como Marcos Ana, nació en enero de 1920 en un pueblecito de Salamanca, Alconada, aunque pasó sus años de infancia en la vecina Ventosa del Río Almar (“De Ventosa a Alconada, no hay nada” dice un refranero salmantino), en la comarca “Campo de Peñaranda” (de Bracamonte). En 1929 se trasladaron a Alcalá de Henares, donde Margarita, la hija mayor, estaba sirviendo. Marcos es un superviviente excepcional de la guerra civil: “una leyenda de la resistencia”, dijo la periodista Nativel Preciado en un acto reciente de la Plataforma por la Concesión del Premio Príncipe de Asturias de la Concordia 2009 a Marcos Ana.
El joven Fernando era uno de los miles de republicanos apiñados en el puerto de Alicante, “el último territorio republicano”, esperando los barcos prometidos que nunca llegaron. La guerra ya estaba perdida y huían de la muerte y de una feroz represión. Cautivos y desarmados, fueron conducidos en fila, a los campos de “Los almendros” y “Albatera”. Aprovechando el caos, se las ingenió para escapar de allí. Hubo un control de los menores; él se presentó, dio un nombre falso y se inventó una treta. Contó que él no era de los del puerto, que estaba de visita en Alicante con su familia y que había dado una naranja a unos de los presos, por lo que un soldado le dio un empujón y lo metió en la fila. Como era tan joven, la historia cuajó. Poco después, lo detuvieron en Madrid. Un ex camarada que se había hecho confidente de la policía (para salvar el pellejo) lo delató. Sufrió torturas en una de las comisarías “más siniestras” de Madrid, sita “en la calle Almagro 39”. Fue condenado a muerte, en dos ocasiones, acusado de “adhesión a la rebelión”. Pasó cientos de noches en vigilia esperando la “saca”. Le indultaron, condenándolo a 60 años.
En las celdas de castigo se hizo poeta: memorizaba sus versos que luego, en el patio, sobe un plato de aluminio los volcaba al papel: “era un arma para denunciar el drama de nuestras cárceles”. Estuvo en cinco penales, en ellos conoció a Miguel Hernández, a Buero Vallejo, y a otros. Entre las muchas humillaciones, “nos obligaban a asistir a los oficios religiosos y a cantar, varias veces al día, el ‘Oriamendi’ de los requetés y el ‘Cara al sol’ de los falangistas”. Vio cómo “hombres a los que no pudo destrozar la tortura, lloraban a escondidas por no soportar un drama familiar”. A uno de ellos le dedicó uno de sus poemas carcelarios. Confiesa que escribía “sin confianza, como un náufrago” y que unos compañeros “con solvencia poética y literaria” le animaban a escribir.
Años antes de ser liberado, sus poemas (algunos escritos en papel de fumar), habían burlado los muros y eran publicados por comités de solidaridad en el exilio. “Yo no soy un poeta cultivado, sólo un hombre que escribe versos, un poeta necesario…”. En las cárceles siniestras, el hambre hacía estragos y muchos enfermaban y morían. En alguna ocasión hicieron “huelga de hambre” negándose a comer el rancho: un caldo viudo (sin un trozo de tocino flotando) de berzas y nabos. “Te comías hasta las hierbas que crecían en las baldosas”. Pero también había hambre de cultura y ésta la saciaban a base de ingenio: crearon una tertulia literaria, clandestina, “La Aldaba”; y un periódico hecho a mano: “Juventud”. Una noche los guardianes sorprendieron a un joven leyéndolo y lo torturaron hasta que cantó; con este procedimiento llegaron hasta el cabecilla: Marcos Ana. Él asumió todas las responsabilidades, y la policía lo tomó como “una provocación” (la letra y los dibujos delataban que había varias autorías). Lo torturaron pero no dio nombres.
Allí realizaron “el acto más impensable en una cárcel franquista”: una representación teatral por el 50 aniversario del poeta Miguel Hernández. Una vez cerrada la galería improvisaron un escenario, acotaron con sábanas el recinto, y cientos de presos sentados en silencio sepulcral vieron la representación “Sino sangriento” mientras se escuchaban las pisadas de los centinelas. “Jamás tuvo Miguel Hernández un homenaje con tanta pasión, peligro y generosidad” dice con orgullo.
Cuando el 17 de noviembre de 1961 abandonó la cárcel, él era el único de los 465 presos del penal de Burgos que reunía los requisitos del ‘decretazo’: “haber cumplido más de 20 años de condena ininterrumpida”. Fernando salió con lo puesto, y con un libro (camuflado bajo las tapas de un devocionario), el ‘Canto General’, de Neruda. Antes de franquear la puerta muchos compañeros le despidieron con este ruego: “No nos olvides. No nos olvides…”.
Con la ayuda del PC consiguió salir del país y se instaló en París. Con los papeles de exiliado, su vida dio “un vuelco alucinante, inesperado” pasando “de la inmovilidad más absoluta, a la “vorágine”. Dedicó su vida a luchar por la amnistía y liberación de los presos. París lo recibió con un homenaje en la UNESCO. Llevó por Europa e Iberoamérica la causa de los presos políticos del franquismo. “Ahí va Marcos con su cárcel y presos a cuestas”, decía el poeta cubano Nicolás Guillén. Lo reclamaban Parlamentos, Universidades, Ayuntamientos. Estuvo en el Manhatma Gandhi de Londres, o en el Festival Mundial de la Juventud en Helsinki… En el estadio Luna Park de Buenos Aires, a rebosar, la cantante Mercedes Sosa, con lágrimas en los ojos, lo besó. Una reina, Elizabet de Bélgica, lo agasajó. La universidad inglesa de Leeds, lo nombró miembro de honor junto a Nelson Mandela y Martin Luther King.
Lo recibían como héroe. Un éxito que los del ‘Régimen’ intentaron neutralizar a toda costa, a través de las embajadas: organizando “campañas de insidias”, publicando “libelos difamatorios” que sólo encontraban eco “en la prensa más reaccionaria”. Pero esa “política de descrédito”, que “no encajaba con la humanidad de su mensaje, exento de rencores”, lo único que provocaba era ensalzar su figura.
De la cárcel de Porlier (colegio Calasancio), cuenta pasajes estremecedores; como, por ejemplo, cuando sacaban a los reos de madrugada, “con un tapón de madera en la boca, con un agujero” y los llevaban en los “camiones siniestros”, hasta el cementerio del Este (La Almudena). Cuenta el caso del joven que enloquecía al saber que sería enterrado sin ataúd. Su hermana, dándole ánimos, le contó que había acompañado a una amiga el día que fusilaron al marido de ésta, y vieron, a escondidas, cómo “los cuerpos, envueltos en barro y sangre, eran empujados con los pies a la fosa común”. Ella le prometió llevarle un ataúd. Y lo cumplió. Pero el ataúd “se lo destrozaron a culatazos”. Fernando se prestaba voluntario para limpiar la sala donde pasaban la última noche los compañeros que iban a ser fusilados. Él recogía las “notas de capilla” que dejaban escondidas en ranuras habilitadas (por los propios presos) en las paredes. Mensajes “llenos de dolor y orgullo”. Conserva algunas, entre ellos una de Eugenio Mesón, dirigente de la JSU, dirigido a su esposa: “…Sí, llévame flores a la fosa común… Si llegas a tiempo, aunque esté frío, dame un beso…”. A pesar de todo lo sufrido, Marcos Ana nunca guardó rencor: “…Preso desde mi infancia / y a muerte mi condena…/ Mas no hay sombras de arcángel / vengador en mis venas…”. Silencia el nombre del compañero que lo delató. Ya libre, sentía rubor y pudor por los homenajes que recibía: “pensaba en mis hermanos, los héroes oscuros…”.
Rafael Alberti y María Teresa León, en una carta desde Argentina, le dicen: “… a veces ocurren esas cosas y un hombre, aunque existan otros con las mismas penas, resume en él los símbolos dispersos…”. Su vida ha seguido desarrollándose, sin descanso, “en la entrega total, sin reservas ni cálculos personales”. Aunque, dice, no faltan deseos, a sus 89 años, “de vivir ya sólo para sí, sin descolgar el teléfono, ni responder al correo”. Setenta años después de finalizar la guerra “el bosque de su generación se va despoblando poco a poco y yo sigo en pie como un árbol milagroso”. Cuenta el drama de algún compañero que, tras ser liberado, al verse impotente para mantener a la familia, por la marginación social que sufrían los ‘rojos’, recurrió a suicidio.
A iniciativa de la Universidad de Granada, ha surgido una Plataforma para que le sea concedido a Marcos Ana el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia en 2009. Ahora que se acaba el tiempo para las víctimas, 70 años después de finalizar la guerra civil, es un milagro contar con la presencia de un superviviente excepcional, “una leyenda de la resistencia”, de 89 años: un hombre activo, sencillo, honesto, y valiente, que afirma convencido que “vivir para los demás es la mejor manera de vivir para uno mismo”.
Braulio Hernández Martínez
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Nuestra querida amiga,Inés García Holgado,nieta de exiliados de la República,desde Buenos Aires nos envía este escrito de Luis Cernuda:

Queridos amigos:
Felicidades! y que este próximo 2008 nos ayude a continuar luchando por nuestra causa, que es PARA SIEMPRE . Por ello no puedo dejar de transcribirte este texto para compartirlo contigo, ya que en una época donde los ideales y valores se priorizaron ante todo, un autor Luis Cernuda escribió esto:
...................................
Que aquella causa os parezca perdida,
Nada importa;
Que tantos otros, pretendiendo fe en ella
Sólo atendieran a ellos mismos,
Importa menos.
Lo que importa y nos basta es la fe de uno.

Por eso hoy otra vez la causa te aparece
Como en aquellos días:
Noble y tan digna de luchar por ella.
Y su fe, la fe aquella, él la ha mantenido
A través de los años, la derrota,
Cuando todo parece traicionarla.
Mas esa fe, te dices, es lo que sólo importa
.......................................

1936
Luis Cernuda

No importa que solo seamos dos, cuatro, diez, continuemos luchando.
Espero alguna vez verlos por Buenos Aires.
Inesita.
INES GARCIA HOLGADO





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