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LAICIDAD,¡OJO ! Que no es Laicismo.

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Católicos de base recogerán firmas en favor de un Estado más laico

El País

“Redes Cristianas, desde su doble pertenencia a la comunidad cristiano-católica y a la sociedad civil, apuesta por la independencia, respeto y colaboración entre ambas entidades y aboga por un Estado laico que supere el actual semiconfesionalismo encubierto y por una Iglesia sólo inspirada por el Evangelio y no sometida a ningún tutelaje del Estado”.
Éste es el primer párrafo del manifiesto que promueve Redes Cristianas, una plataforma en la que participan 150 colectivos católicos de toda España. Son el rostro de la otra iglesia, la que tradicionalmente trabaja por un cambio en aspectos como la igualdad entre mujeres y hombres, la democracia interna, el protagonismo del laicado, la opción por los pobres o el diálogo interreligioso.
La recogida de firmas para lanzar este manifiesto está en marcha, pero el texto no se hará público hasta septiembre, con ocasión del Congreso de Teología de la Asociación Juan XXIII.
El manifiesto, dirigido al Gobierno, empieza exponiendo la postura de Redes Cristianas sobre los Acuerdos de 1979 entre España y el Estado vaticano, que avalan las actuales relaciones con la Iglesia católica española en aspectos como la financiación a través del IRPF, o la enseñanza de la religión y moral católicas en la escuela pública. Redes Cristianas sostiene que esos acuerdos son “el principal obstáculo a la separación entre ambas instituciones y que están generando gran malestar entre amplios sectores tanto católicos como civiles”.
El primer punto del manifiesto propone, por tanto, la denuncia de lo concordado hace 30 años en Roma. Dice: “No proponemos su renovación porque, nacidos en situación de privilegio confesional católico, están afectando hoy a una sociedad religiosamente plural y ampliamente secularizada y son causa de muchos de los conflictos que afectan a la convivencia ciudadana. En consecuencia, exigimos que las entidades dependientes de la Iglesia y demás confesiones religiosas se acojan al derecho civil que regula la vida asociativa en el Estado”.
En segundo lugar, Redes Cristianas apuesta “por una laicidad plena que reconozca la autonomía de lo político y civil respecto a lo religioso, y que camine hacia la separación definitiva de la Iglesia y el Estado, reconociendo la igualdad de derechos y deberes, sin privilegios ni ventajas eclesiásticas, y garantizando las libertades fundamentales para todos. La Iglesia sólo será libre cuando esté clara y definitivamente desligada del Estado y se ponga decididamente al servicio de los pobres y excluidos de este mundo”.
El manifiesto concluye urgiendo “al Gobierno a que asuma responsablemente el espíritu constitucional que exige la emancipación de todo confesionalismo religioso”, y exigiendo “a la jerarquía católica que, oyendo a las bases creyentes, se libere de toda ambición de poder y tome en serio aquella exigencia de Jesús: ‘Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
La plataforma Redes Cristianas nació hace un año para aglutinar a las múltiples voces críticas con la actual jerarquía del catolicismo español. Integra a colectivos de gran predicamento, como las Comunidades Cristianas Populares, la corriente Somos Iglesia, varias Hermandades Obreras provinciales de Acción Católica (HOAC), la Federación de Mujeres y Teología, o Justicia y Paz.
El clericalismo
- Mujer. “Denunciamos el clericalismo y la discriminación que sobre la mujer mantienen la Iglesia [católica] y el resto de las Iglesias y confesiones”.
- Escuela. “Reconocemos el pluralismo religioso y cultural y denunciamos la presencia de la religión confesional católica en el sistema educativo”.
- Cope. “Denunciamos el intolerable abuso del derecho a la libertad de expresión en la Cope. Nos avergüenza que nuestros obispos avalen esta cadena, portavoz de los sectores más reaccionarios. La Cope siembra odio.”

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Laicidad del Estado y libertad religiosa
Juan A. Estrada, teólogo

Diario de Cádiz
EL anuncio de que hay planes para modificar la Ley de Libertad Religiosa y para avanzar en la laicidad del Estado ha generado instantáneamente reacciones a favor y en contra. La rapidez y virulencia de las repercusiones, cuanto todavía no conocemos los contenidos ni el alcance de los planes, muestra que no es un falso problema, inventado por el Gobierno para distraer a la opinión pública, como han afirmado algunos medios y partidos políticos. Para nadie es un secreto que un amplio sector de la sociedad española rechaza los derechos y privilegios de la Iglesia católica en diversos ámbitos (financiero, educativo, político y cultural). Muchos sostienen también que hay una confesionalidad encubierta que perjudica a las otras religiones e iglesias.
Los desencuentros entre el Gobierno y la jerarquía católica han sido constantes en la legislatura pasada. Por eso, afirmar que esto es un “problema artificial”, para ocultar los problemas reales, es un ejercicio de hipocresía política, además de tomar por tontos a los ciudadanos. ¡Como si éstos no conocieran la realidad del problema, a la luz de la experiencia de los últimos años!
Que España ha cambiado radicalmente en los últimos treinta años no lo duda nadie. El caso español es, incluso, un modelo que se estudia en las ciencias sociales, para analizar la rápida transformación de una sociedad en lo económico, político y lo sociocultural. Por eso, el marco jurídico, político, económico y social que se elaboró en los setenta necesita adaptaciones, reformas y nuevas aplicaciones. Lo que fue bueno para la Transición no tiene por qué serlo para la democracia actual. Las legislaciones se quedan obsoletas, gracias a la rápida evolución de la sociedad. De esto no se salva nada, ni siquiera lo políticamente más intocable, la Constitución que aprobó el pueblo español.
Lógicamente esto también se aplica a los tratados internacionales, desde los que nos vincularon a la Unión Europea, a los que teníamos con Estados Unidos. Y también a los del Gobierno y el Estado Vaticano. Los acuerdos Iglesia-Estado alcanzados en enero de 1979, un mes después de aprobarse la Constitución, lograron que el problema religioso no dividiera a los españoles en la transición a la democracia. Exigieron sacrificios y renuncias por todas las partes, que supieron subordinar sus intereses e ideologías en favor de la paz social y la democracia. Han sido eficaces, a pesar de sus deficiencias y del oportunismo con que se lograron. Pero esto no quita que se puedan modificar hoy, como la misma Constitución. Pretender inmunizarlos al cambio y hacer de ellos un tabú intocable sería ir contra la historia y ponerlos por encima de la misma Constitución, que es lo que algunos pretenden.
Por parte de la jerarquía eclesiástica es necesario abrirse al cambio desde el diálogo. Sin caer en una postura cerrada y apologética sobre derechos y privilegios que, antes o después, tienen que ser replanteados porque lo pide un amplio sector de la opinión pública. Una actitud de apertura y de búsqueda de nuevos acuerdos la favorecería a corto y largo plazo. Hay que asumir la sensibilidad de los no católicos, de los que no pertenecen a ninguna religión y de un número creciente de católicos disconformes, que abogan por replantear la postura de la Iglesia en una sociedad secularizada y un Estado laico. La laicidad no es sólo un deseo de los no católicos, sino también de muchos de éstos, como reconoció el cardenal Ratzinger en un famoso debate con Habermas, Premio Príncipe de Asturias en 2003, un año antes de su elección como Papa.
Por parte del Estado hay que superar el laicismo combativo, a veces, claramente antirreligioso, en favor de una laicidad en la que quepan todos. La mayoría de la Unión Europea tiene constituciones laicas y está formada por sociedades secularizadas. La libertad religiosa asegura a las iglesias sus derechos y los estados fomentan formas de colaboración, en lugar de luchar contra ellas, como ocurrió en el siglo XIX y buena parte del XX. También aquí, España tiene que dejar de ser una excepción en Europa. La laicidad no implica hostilidad, sino que posibilita colaboraciones y acuerdos en beneficio de la paz social, de la libertad religiosa y de la convivencia de todas las religiones. El actual presidente de Francia, el Estado más laico de Europa, busca nuevas fórmulas de colaboración entre las iglesias y el Estado, que no obstan para la neutralidad religiosa y la laicidad.
España debe encauzarse en esa línea, sin querer volver al laicismo y confesionalismo decimonónicos, que duraron hasta 1979. Que esto ocurra depende de la jerarquía eclesiástica y del Gobierno, pero es también responsabilidad de los ciudadanos y de los medios de comunicación social, que son los que determinan buena parte de lo opinión pública. El futuro de nuestra sociedad y la europeización de España dependen de que acertemos.

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Rafael Díaz-Salazar: “El aprendizaje de la laicidad es necesario para la convivencia de los españoles plurales y diversos”
Violeta Lavín

Hoac
Rafael Díaz-Salazar acaba de publicar «España laica» en la editorial Espasa. Con él concluye una trilogía sobre laicismo iniciada con «El factor católico en la política española. Del nacionalcatolicismo al laicismo» (PPC, 2006) y continuada con «Democracia laica y religión pública» (Taurus, 2007). En el primer libro expuso el marco histórico y político, en el segundo realizó la fundamentación teórica a través del debate entre Ratzinger y Habermas, y en este último presenta una propuesta concreta de construcción de la laicidad en España. Quizá sea el más práctico y útil de los tres para afrontar uno de los principales debates que tenemos en nuestro país.
- ¿Qué problemas de la sociedad española se abordan en el libro?
- Fundamentalmente la convivencia nacional en un país donde la ciudadanía cada vez es más plural, no sólo en el ámbito político e ideológico, sino también en el campo moral, territorial, cultural y religioso. Tenemos un gran déficit en cultura de la tolerancia activa. Vuelven a resurgir las Españas enfrentadas. El antagonismo ciudadano se está canalizando a través del debate sobre el laicismo, que es una especie de crisol donde se condensan cuestiones que nunca se han resuelto adecuadamente en la historia de España. Supimos resolver constitucionalmente el pluralismo político, pero todavía tenemos pendiente lo que denomino la
Constitución Cultural de los españoles diversos y ésta requiere una laicidad inteligente, basada en la cultura del diálogo y en la amistad cívica de quienes tenemos identidades
diferentes.
- ¿Por qué el laicismo forma parte del debate político y cultural en nuestro país?
- El laicismo es un movimiento que toma fuerza cuando en una sociedad se intenta reforzar
el pluralismo cultural y moral y otorgar derechos a minorías que tradicionalmente han estado marginadas.
En los últimos años se han creado asociaciones laicistas que han logrado convertirse en grupos de presión política y mediática.
- ¿Qué fines persiguen las asociaciones laicistas españolas?
- El movimiento laicista español es plural y está dividido en varias corrientes y tendencias. Algunas se sitúan dentro del ateismo militante y anticlerical y otras no son antirreligiosas.
Casi todas pretenden que en España se instaure el modelo francés tradicional de Estado y de escuela. Pero una cosa es el laicismo como ideal cívicomoral y otra el tipo de asociaciones
que lo representan en España, que no siempre traducen adecuadamente sus ideales, ni se insertan en los debates sobre la nueva laicidad que se plantean actualmente en Europa. A las asociaciones laicistas españolas les queda mucho camino para que lleguen a adquirir la madurez de las organizaciones laicistas europeas.
También se analiza en el libro el laicismo del PSOE y de IU y el apoyo de los españoles a algunas reivindicaciones de la izquierda laicista, ¿por qué hay un desajuste entre el relativamente alto nivel de catolicismo de los votantes de izquierda y el discurso laicista de estos partidos?
La izquierda española ha sido tradicionalmente laicista y antirreligiosa.
El PCE e IU se abrieron al mundo cristiano hace decenios, pero en los últimos años han abandonado esa política y hoy tienen el laicismo anticlerical como identidad. El PSOE fue laicista antieclesial. Hace algunos años inició una apertura al mundo cristiano, pero la nueva dirección no ha logrado darle cuerpo orgánico a esa política.
Pero una cosa son los partidos y otra los gobiernos. En este sentido, el gobierno de Zapatero no ha practicado una política laicista antieclesial.
Las asociaciones laicistas están muy irritadas con él por no haberlo hecho.
En la dirección del PSOE y de IU falta un análisis adecuado de lo que es hoy el mundo cristiano y por eso sólo se centran en asumir o rechazar las demandas episcopales. Los datos
del Centro de Investigaciones Sociológicas que ofrezco en el libro muestran un desajuste entre el nivel de catolicismo de los votantes de estos partidos y la falta de una política específica hacia el mundo cristiano.
También muestran el bajísimo nivel de apoyo de los votantes de la izquierda a la campaña emblemática de las asociaciones laicistas sobre la expulsión de la enseñanza de la religión
de la escuela pública.
- ¿Cuáles son las señas de identidad del laicismo?
- El laicismo es un movimiento humanista que ha aportado grandes valores morales. Se basa en la defensa del pluralismo religioso y moral y en la autonomía de la política respecto a la teocracia y el clericalismo. Reivindica la libertad de conciencia con fundamento ético, la neutralidad del Estado respecto a las ideologías y religiones, la igualdad jurídica de los ciudadanos y las organizaciones, la centralidad de la escuela pública para corregir desigualdades, otorgar capacidades y generar ciudadanos éticos. El laicismo no es
constitutivamente antirreligioso y antieclesial. Se opone a la religión y a la Iglesia sólo en la medida en que éstas sean obstáculos a su defensa del pluralismo y a la necesaria
distinción entre leyes, ética y religión.
- Me ha llamado la atención el concepto «laicismo religioso» que se desarrolla en el libro…
- Algunos de los ideales del laicismo aparecen en algunas religiones, especialmente en el cristianismo originario, que es antiteocrático, anticlerical y antifundamentalista. Históricamente, los primeros defensores del laicismo son minorías religiosas perseguidas
por Estados basados en una única confesión religiosa. Grandes personalidades religiosas, como Gandhi, han sido laicistas religiosos. Los misioneros cristianos en países musulmanes piden que el Estado sea laico. Es cierto que en Europa históricamente el laicismo ha sido anticlerical y, en bastantes corrientes, antirreligioso. En gran medida, se debió al tipo de religión e Iglesia imperantes. Actualmente hay cuatro tipos de laicismos: religioso,
neutral respecto a la religión, excluyente de la religión e incluyente de lo religioso. Muchas personas religiosas son laicistas: defienden el Estado laico, la autonomía del orden jurídico y
político siempre que se ajuste a la moral del orden constitucional, el diálogo entre éticas plurales, la enseñanza laica y no confesional de la religión, la autofinanciación de las iglesias, el rol público de la religión en la sociedad civil, la acción conjunta con laicistas no religiosos.
- ¿Cuáles son las líneas principales del debate europeo sobre la nueva laicidad?-
En Europa el laicismo es muy plural y el modelo francés tradicional no es el dominante. Más bien es una excepción europea. Por poner sólo un ejemplo, en todos los países europeos
existe la enseñanza confesional de la religión y en bastantes es una asignatura obligatoria. Se está realizando un balance de las luces y sombras de un siglo de laicismo. Preocupa mucho la
educación moral y la creación de un vínculo intercultural que sea capaz de articular expresiones públicas de las identidades colectivas (religiosas y no religiosas) y soberanía del orden constitucional. Desde luego, casi nadie defiende hoy que la religión es un asunto privado y que las Iglesias no son actores públicos en la sociedad civil.
En España, salvo excepciones, estos debates no se conocen y las asociaciones laicistas están bastantes desfasadas respecto a lo que es hoy la nueva laicidad europea. Por eso dedico un capítulo a exponerlos ampliamente.
- ¿Es la Iglesia católica un obstáculo para la construcción de la laicidad en España?-
Una parte de la jerarquía de la institución eclesial y los movimientos neoconservadores
que difunden su estrategia son un claro obstáculo. Pero la Iglesia española es amplia y plural y
en ella hay una cultura de la laicidad mayor que en muchas otras instituciones
y asociaciones.
- ¿Son incompatibles el catolicismo y el laicismo?
- Depende del tipo de catolicismo y de laicismo. En el libro expongo la afinidad de la propuesta de Pablo VI en la «Ecclesiam Suam» con un modelo basado en el laicismo inclusivo de la religión. Este modelo se realizó en la revolución americana y se está abriendo paso en Italia e incluso en Francia. Los obispos franceses han valorado positivamente los cien años de
laicismo en su país.
- En el libro se propone una Alianza de Culturas Cívicas para la laicidad, ¿en qué consiste este proyecto?
- Para construir laicidad en España tenemos que instaurar una cultura nacional del diálogo basada en una apertura de unas culturas a otras con el fin de encontrar puntos comunes
para el bien del país. Tiene que acabarse de una vez por todas el «guerracivilismo» y por eso recuerdo tanto a Azaña. En nuestro país existen culturas cristianas, liberales, conservadoras,
socialistas, comunistas, anarquistas, nacionalistas. Activemos el encuentro y el diálogo entre ellas. E intentemos realizar un trabajo conjunto en algunos ámbitos. Al menos, que nunca cese un diálogo razonable y el cultivo de la amistad cívica entre adversarios frente al odio político e ideológico. He propuesto diez objetivos concretos para una Alianza de Culturas que tienen como común denominador la educación moral y espiritual para una ciudadanía socialmente activa. Pretenden, además, ser un conjunto de indicadores para ver qué
aporta cada una de las culturas citadas a la consecución de esos objetivos.
El trasfondo tiene que ser la laicidad, sin ella no saldremos de la guerra de unas culturas contra otras a través de un uso de las leyes desde convicciones ideológicas o religiosas.
- ¿Una España más laica favorece o dificulta la convivencia nacional?-
El aprendizaje de la laicidad es necesario para la convivencia de los españoles plurales y diversos. Cuanto más compleja y variada es la ciudadanía, se requiere más laicidad; es decir,
más independencia en el ámbito político-jurídico, más deliberación entre éticas plurales y más diálogo entre quienes somos distintos por nuestras identidades ideológicas, morales y religiosas.
Articular nuestro pluralismo para vivir juntos y bien comunicados los diversos es un objetivo que tenemos que conquistar en España

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Iglesia y laicidad

Joxe Arregi

1. ¿A qué llamamos laicidad?
1) “Laicidad” no significa una sociedad sin religión, sino una sociedad en la que las instituciones religiosas dejan de regular la vida social. Durante siglos, las instituciones religiosas han sido la garantía y la instancia reguladora fundamental de muchos campos de la vida humana y de la sociedad: el sentido de la vida, la cohesión social, el mundo de los valores, la ética o la moralidad, el arte… Lo que se podía ver y no ver, leer y no leer, hacer y no hacer…
La “laicidad” no significa que se prohíba la religión Significan únicamente esto: que las instituciones religiosas dejan de ser las instancias estructurantes, reguladoras y normativas de la vida social.
2) “Laicidad” significa aceptar el radical pluralismo social, cultura, ético de nuestra sociedad, y renunciar a la pretensión de poseer la verdad y de imponerla. También la Iglesia renuncia a esa pretensión. Ella no es la única mediación, y no sabemos ni siquiera si es la mediación por antonomasia. En cualquier caso, no existe ninguna mediación absoluta.
3) La laicidad conlleva una reinterpretación de la “autonomía de las realidades seculares” proclamada por el Conc. Vat. II. Esta expresión parece operar con la distinción entre lo religioso y lo profano, y esta distinción ha quedado obsoleta. Toda realidad es profana, y toda realidad es sagrada. Se está recuperando justamente el sentido de sacralidad del mundo y de todos los seres y de todas las tareas. Pero, eso sí, se trata de una sacralidad que no está definida ni delimitada por las instituciones religiosas, ni está subordinada a ellas. El Espíritu actúa en todo y en todos los ámbitos inscribe los signos de su presencia, y la Iglesia no posee el monopolio del Espíritu.
4) “Laicidad” no significa, claro está, que el Estado detente ahora el monopolio de verdad y de la justicia. No deja de ser una tentación eso que se llama “laicismo”: “un comportamiento de los intransigentes defensores de los pretendidos valores laicos contrapuestos a las religiones y de intolerancia contra las fes y las instituciones religiosas. El laicismo que necesita armarse y organizarse corre el riesgo de convertirse en una Iglesia contrapuesta a otra Iglesia” (Bobbio, pensador agnóstico). Bobbio concluye: ‘¡Para Iglesia, nos basta con una!’
2. El consenso democrático como regla
1) Una sociedad plural y democrática tiene que ser necesariamente “laica” a la hora de regular los diferentes ámbitos de la convivencia (educación, trabajo, medios de comunicación, familia, economía, política…). La referencia inmediata de las instituciones democráticas no son el bien y la verdad en sí, sino la convivencia y el bien común. Sólo puede regirse por aquellos valores y principios básicos aceptados por la mayoría de los ciudadanos.
Eso significa que el gobierno de esa sociedad renuncia a aplicar el bien absoluto, la justicia absoluta, y se sitúa en el registro del respeto mutuo, de la aceptación de la pluralidad ineludible, de la búsqueda compartida, de la búsqueda del mayor consenso posible y del mayor bien común posible en cada circunstancia.
2) Eso no significa de ningún modo que la verdad y el bien coincidan con el objeto del consenso o sean simplemente fruto del consenso. No. Pero el diálogo y la búsqueda del mayor consenso posible y de una mayoría razonable son la mejor garantía de practicar la justicia en nuestra historia siempre provisional y fragmentaria. Los votos no deciden qué es la justicia y qué es la verdad, pero el diálogo y los consensos amplios son la mejor salvaguardia contra los abusos, e incluso el mejor camino para aplicar la máxima justicia posible.
3) La Iglesia no renuncia al testimonio público de su fe, al Evangelio de Jesús, pero sí a la pretensión de representar plenamente y en exclusiva a Dios, las promesas y exigencias del Evangelio de Jesús. La Iglesia, también ella, se apunta al juego de la búsqueda plural y dialogal de los caminos del Espíritu. Reconoce a todos los actores e indaga en ellos la llamada del Espíritu a la Iglesia.
4) Unos ejemplos: la Iglesia -desde su lectura de la Biblia- puede pensar (¡ojalá pensara!) que han de desaparecer todas las fronteras estatales, y que se deben admitir a todos los inmigrantes que vengan. Pero no por ello puede pretender que la sociedad concreta aplique ese principio de modo absoluto. Lo mismo pasa, y con mucha más razón en otras cuestiones de infinita menor transcendencia e infinitamente menos “seguras” desde del punto de vista del Evangelio: el matrimonio de homosexuales, el uso de anticonceptivos, la pastilla “del día después”, investigaciones genéticas o de ingeniería genética, clonación de embriones con fines terapéuticos, regulación del aborto y de la eutanasia, control demográfico a nivel mundial… Sobre estas cuestiones, la Iglesia no puede tener, en nombre de su fe, tanta seguridad como a menudo declara. Y aun en el caso de que pudiera tenerla (como en el caso de la emigración), no puede pretender que toda la sociedad se rija por los principios éticos del cristiano.
5) En casos extremos, la Iglesia puede (o debe) apelar al derecho de desobediencia civil. Efectivamente, “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 4,19). La inmigración podría ser, a mi modo de ver, uno de los casos más claros en los que la Iglesia pudiese promover una desobediencia civil… El problema es que la Iglesia apela a la desobediencia en cuestiones que parecen éticamente muy inseguras y discutibles: matrimonio de homosexuales… (¿cómo está segura la institución eclesial de que Dios no quiere que los homosexuales puedan ser también “matrimonio” y sacramento de su amor?). Hace pocos años, el arzobispo de Pamplona Fernando Sebastián enseñó tajante y reiteradamente que la desobediencia civil era contraria a la “doctrina de la Iglesia” (entonces se trataba de la insumisión al servicio militar obligatorio).
6) El mundo moderno es una lección de humildad para la iglesia. En particular en su historia de los dos últimos siglos, la Iglesia tiene sobrados motivos para ser humilde y dialogante con el mundo moderno. Logros que hoy nos parecen irrenunciables para la humanidad (la democracia, la libertad religiosa, los derechos humanos en general, las reivindicaciones de los trabajadores, la liberación de la mujer, el acceso de los pueblos colonizados a la independencia…) han sido objeto de condena por parte de la Iglesia. Lejos de empujar por su consecución, la Iglesia la ha entorpecido. En lo que respecta al derecho de “desobediencia eclesial”, la Iglesia no ha sido precisamente un modelo a la hora de reconocer a otros.
“La tolerancia ante las opciones de los otros no nace de la debilidad de la fe, sino de su seguridad. Dios no falla. La fe de Abrahán sigue siendo el ejemplo perfecto de la noche en que se pone en juego la fe y se anuncia la esperanza” (Ch. Duquoc, Cristianismo: memoria para el futuro, p. 133).
3. Unos criterios básicos
1) La religión (con sus creencias, ritos y normas de conducta que afectan a los propios miembros de la comunidad religiosa) es un derecho que la sociedad ha de respetar mientras ello no afecte negativamente a la convivencia social y a los derechos individuales y colectivos de los demás. Pero en ningún caso la religión (entendida como experiencia religiosa y como conjunto de mediaciones: creencias, ritos, normas) puede ser una obligación que se pueda imponer a nadie.
2) Pero este principio no se basa en la separación entre espacio público y espacio privado. Esa delimitación no es tan clara, y sí es claro que la religión no puede vivirse únicamente “de puertas adentro”, en las iglesias. Ahora bien, el criterio no es tanto esa separación discutible entre espacios, sino el consenso democrático en una sociedad plural. La religión no puede pretender imponer como leyes aquellos valores que considere fundamentales, mientras la mayoría de la sociedad no lo acepte. La Iglesia debe saber diferenciar aquello que aprueba y aquello que tolera. Debe tolerar muchas cosas, aunque no las apruebe (D. Innerarity). Esto mismo pasa a cualquier otro colectivo, religioso o no. Y ello es así porque no puede identificarse lo ético con lo legal. Una sociedad tiene que tolerar conductas que tal vez no sean éticas, cuando una mayoría así lo requiere. Debe haber un margen para tolerar aun lo que no se aprueba, en aras a la convivencia y en base al consenso mayoritario. Sin esto, no podría haber nunca una convivencia serena de ciudadanos de diferente sensibilidad ética.
3) En todo aquello que afecta a un colectivo plural, la Iglesia ha de ser una organización libre regulada por los mismos criterios y normas básicas que cualquier otra organización, con los mismos derechos y deberes de cualquier otra organización.
4) Es deseable que el Estado -en cuanto institución que administra las cuestiones que afectan a la convivencia social- y la institución religiosa estén separados y eviten al máximo las interferencias mutuas. Y no porque el Estado se encargue del espacio público y la religión del espacio privado. Hoy se está dando un claro proceso de disolución de esos límites espaciales en una doble dirección: “privatización de lo político” y “politización de lo privado” (D. Innerarity). Es un hecho la incidencia creciente de la vida privada (identidad, género, religión) en la vida política (cf. Sarkozy y la campaña americana).
5) Se dan inevitablemente situaciones complejas, ligadas por ejemplo a una realidad demográfica en la que una inmensa mayoría comparten una identidad y una pertenencia confesional determinada. Infinidad de casos difíciles de resolver: el mantenimiento de los monumentos religiosos, la financiación de la educación privada religiosa, el reconocimiento público de determinadas instituciones religiosas con un arraigo histórico y cultural fuerte…
4. La religión y el código civil
Las religiones han de ser inspiradoras de valores y conductas sociales (veracidad, altruismo, tolerancia, veneración de la vida, atención a los marginados, convivencia planetaria…). Pero
1) Darán muestras de sabiduría si renuncian a traducir todos los valores humanos y espirituales en normas rígidas e inmutables, si renuncian a absolutizar toda formulación de normas y leyes. Y ello tanto hacia dentro como hacia fuera.
2) Ninguna religión puede pretender que los valores humanos que propugna sean amparados por el Código Civil de una sociedad plural; Las leyes han de ser justas, pero las leyes no tienen por qué procurar asegurar toda la justicia.
3) Algunas conductas que las religiones prohíben o consideran malas o “pecados” no tienen por qué ser delitos en el Derecho Civil; anticonceptivos, se beneficien de transfusiones de sangre, tengan relaciones homosexuales, recurran al matrimonio homosexual, obtengan el divorcio y se vuelvan a casar, practiquen la eutanasia o el aborto…, pero no puede exigir que la ley penalice esas conductas.
4) Por el contrario, ninguna religión debería aprobar –¡cuánto menos exigir a sus miembros!– una conducta que constituya un delito según el derecho (azotes a la esposa, ablación del clítoris, lapidación de homosexuales activos…), por la simple razón de que unos “textos sagrados” (en este caso el Corán) lo ordenen. Son las religiones las que deben acomodarse a las leyes justas de la sociedad, y no las leyes las que deben acomodarse a las religiones.
5. Un balance en el Estado español
Creo que se dan todavía situaciones anómalas de excesiva simbiosis entre Estado y religión cristiana, y que convendría desligar mejor los ámbitos: la Iglesia católica tiene aún un trato de privilegio en muchos países, la Iglesia protestante en Alemania y otros países, la Iglesia anglicana en Gran Bretaña, la Iglesia ortodoxa en diversos países europeos del Este.
Si nos atenemos al caso del Estado español y a esta legislatura, se podrían hacer las siguientes observaciones:
1) El Gobierno socialista ha promovido iniciativas positivas en orden a superar la desigualdad de trato del Estado hacia las confesiones religiosas minoritarias: a) Creación de la Fundación Pluralismo y Convivencia para la cooperación con las confesiones de notorio arraigo (judía, protestante, ortodoxa y musulmana) en lo que se refiere a actividades de índole cultural, educativa y de integración social; b) Publicación del primer libro de enseñanza de religión musulmana en Europa; c) Empuje dado por Zapatero al Multiculturalismo y Diálogo de Civilizaciones.
2) El Gobierno socialista ha llegado a acuerdos particulares con la Iglesia católica, no siempre en una línea de una estricta laicidad: a) el acuerdo con la FERE sobre la Ley de Educación (inclusión de la escuela concertada en el conjunto de una educación sostenida por fondos públicos); b) el acuerdo con la enseñanza religiosa católica —también con diferentes ONG— respecto al currículo de Educación para la Ciudadanía; c) el acuerdo respecto a los profesores de Religión, con su participación y la de los sindicatos, que ha mejorado notablemente sus derechos laborales, en una fórmula que ha obtenido la conformidad de la Santa Sede; d) la subida del índice asignado a la Iglesia al 0,7% del IRPF.
3) El Gobierno ha dado igualmente pasos en una buena línea de laicidad en lo que se refiere a bastantes cuestiones concretas: la no discriminación por sexo y religión (matrimonio de homosexuales…), la investigación genética, la igualdad de género o la educación de niños y adolescentes para una ciudadanía democrática, más allá del desacuerdo con determinadas sensibilidades de determinados sectores religiosos.
6. Un caso concreto: La religión y la escuela
He aquí unos criterios fundamentales:
1) Me parece que la enseñanza del hecho religioso en la escuela y en la universidad es necesaria. Lo es en todas partes y lo es en nuestra cultura. La escuela no ha de catequizar (hacer creer, sintonizar vivencialmente, hacer cristianos, musulmanes o budistas), pero sí ofrecer el conocimiento de los grandes personajes religiosos, de los grandes mitos, creencias, ritos, códigos… Ofrecer también las claves para su interpretación y su significado humano profundo.
2) Pero eso sí, en una sociedad democrática y pluralista, la escuela y la Universidad han de ser laicas. Es decir, no confesionales. “La escuela no ha de ser ni capilla, ni tribuna, ni teatro” (Jules Ferry). Una religión no ha de tener ningún privilegio respecto de otras. Por lo demás, la experiencia de los últimos 100 años muestra que la enseñanza obligatoria de la religión católica no ha hecho a la sociedad más religiosa (la generación que ha desertado de la Iglesia estudió religión), ni más ética y más feliz…
3) Puede caber que se dé espacio a la enseñanza confesional (sucede en buena parte de los estados europeos), pero no como asignatura obligatoria ni con valor académico en el curriculum.
4) Considero absolutamente necesaria la creación de un departamento de ciencias de las religiones en las Universidades públicas, no regido por las instituciones religiosas en lo que se refiere a programas y designación de profesores. Es el caso de la práctica totalidad de los estados europeos, Francia incluida. No es normal que no exista aún en España, ni en la UPV (Universidad del País Vasco).
Por meras razones culturales (y por otras razones antropológicas que tienen que ver con una necesaria “espiritualidad” no confesional), es imprescindible conocer quién fue Zaratustra, Moisés, Buda, Confucio, Buda, Lao Zi, Mahavira, Jesús, Mahoma… Y los grandes textos: Biblia, Dao, Analektas, Gita, Corán, Upanishads. Y los grandes mitos bíblicos (entre otros): Adán-Eva, Caín-Abel, Diluvio, Babel, Job… Y los personajes bíblicos: Abrahán y Moisés, Elías y David, Salmos, Isaías y Jeremías, Pablo… Sin todo ello, no se puede entender nuestra historia y cultura, ni tampoco simplemente el espíritu humano.
7. Una oportunidad para la verdadera mística
“La mística es esa seguridad previa que te permite vivir dudando…. la mística es la otra faz del pluralismo… que le permite a uno mantenerse en la provisionalidad, el relativismo, la incertidumbre y la increencia” (S. Panikkar, Cuaderno amarillo, p. 134-135).
“El Dios que se ha revelado como comunión trinitaria asume la incertidumbre de nuestra historia” (Ch. Duquoc, Cristianismo: memoria para el futuro, 135). ¡Cuánto más la Iglesia! La iglesia ha de promover la creación de un futuro distinto, pero renunciar a controlar el devenir del mundo. Nadie, tampoco el creyente posee el saber y la llave del futuro.
“Las exigencias de la fe bíblica son del orden de la interrogación, de la relativización y de la no-programación” (Ch. Duquoc, Cristianismo: memoria para el futuro, 135).
“La negativa a controlar el devenir del mundo” (Ch. Duquoc, Cristianismo: memoria para el futuro, 110) es una condición indispensable para la presencia de la Iglesia en la sociedad actual.
“La fe que rompe con las componendas deja suficiente apertura e indeterminación para que el intercambio con la cultura presente se vea afectado por una constante improvisación” (Ch. Duquoc, Cristianismo: memoria para el futuro, 134). La flexibilidad y la fluidez son los signos del Espíritu de la vida.
Iruñea-Pamplona, 28-02-2008

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Modelos de familia en una Sociedad laica

Benjamín Forcano, sacerdote y teólogo

Moceop

Antes que la sociedad, desde sus diversas entidades e instituciones, comience a manipularlos con interesadas ideologías, conviene señalar si no tenemos un punto de partida común, obligatorio y universal, desde el que desarrollar nuestra reflexión.
En la plural convivencia de una sociedad democrática, se dan ciertamente ciudadanos de mil clases, colores e ideologías, pero olvidamos que todos somos de una misma clase humana, de un mismo color humano esencial, de un mismo pensar humano esencial.
Laicidad es la condición del que es laico, y laico es quien nace en un pueblo -pequeño o grande ( aldea o ciudad)-, siendo acreedor por tanto a que se le llame pisano, laico, popular, ciudadano. Ciudadano, además, de índole personal, con capacidad para convivir reconociendo y afirmando la alteridad del otro.
Se trataría , por tanto, de reconocerse como laicos, ciudadanos para convivir como personas. Lo hacemos así porque la historia heredada nos ha llevado a valorar lo que nos contrapone y no lo que nos une. Creo que la manifestación del 30 de diciembre fue un foco de luz que denuncia por sí mismo la descolocación de quienes entronizaban como válido un único modelo de familia cristiana.
La manifestación pretendía afirmar algo contra alguien: un modelo de familia cristiana como él único válido frente a otros tipos de familia y defenderla contra todo un movimiento laicista, propio del gobierno actual, que negaría la trascendencia, buscaría desterrar a Dios de la sociedad y marginar y atacar a la Iglesia católica.
La manifestación no representaba la cara total de la Iglesia y de la sociedad, pero sí pretendía ser la cara más conforme con Dios, alertando contra otros modelos extraviados. Revivía una mentalidad preconciliar, que en los primeros tiempos de nuestra democracia no habría sido objeto de apoyos y movilizaciones oficiales.
El fenómeno era nuevo sobre todo por el respaldo político otorgado por la jerarquía católica. El fenómeno tenía dos caras, pero no era un fenómeno confluyente sino excluyente.
Obviamente, tras las dos caras, se escondían causas y motivaciones distintas, pero sólo la conservadora exigía reivindicaciones. La mentalidad conservadora, soterrada por tiempo, gritaba a los cuatro vientos: no al laicismo rampante, no al retroceso de los derechos humanos, no a legislaciones inicuas. La jerarquía no integraba dos mentalidades, enaltecía una de ellas. Modelo de familia cristiana integrista
En el sentimiento de los manifestantes, bullían en un grado u otro estas ideas:
La familia, basada en el matrimonio, tiene como finalidad primaria la procreación. - Ningún medio natural o artificial debe impedir la apertura de la relación exual conyugal a la vida.
El matrimonio es absolutamente indisoluble.
El matrimonio civil entre bautizados es nulo.
El óvulo fecundado tiene derecho a la vida, de modo que cualquier interrupción del embarazo es un asesinato.
Cualquier relación sexual entre personas del mismo sexo o cualquier excitación en solitario es algo que va contra la naturaleza (La homosexualidad es un vicio nefando y la masturbación un vicio contra naturam).
La educación de los hijos depende de la familia y no es competencia directa de la sociedad ni del Estado.
La asignatura de educación para la ciudadanía propuesta por el Estado es ilegítima .
Contrarias a Derecho e ilegítimas son las leyes democráticas que legalizan el divorcio, el aborto, la educación no confesional para la ciudadanía, la venta libre de anticonceptivos (aunque sea para evitar el contagio del sida) y el matrimonio de personas del mismo sexo. El Estado debe proteger a la familia castigando a cuantos abandonan el hogar y a cuantos intentan cualquier tipo de aborto, aun aquel en que peligra la vida de la madre (aborto terapéutico). Modelo de familia cristiano, moderno y conciliar
Basado en el matrimonio, este modelo no tiene como finalidad primaria la procreación, sino que es “una comunidad intima de vida y amor”, con plena razón de ser aun cuando falte la descendencia.
La paternidad responsable hace que los esposos puedan elegir medios contraceptivos (no abortivos) que les permitan asegurar su amor cuando éste es valor mayor y entra en conflicto con otros valores.
La indisolubilidad no aparece en el Nuevo Testamento como un valor absoluto inderogable en toda pareja, sino como un ideal al que hay que tender. La economía salvadora de Dios sabe compaginar la misericordia con la fragilidad y limitación humanas, entendiendo que el ideal es muchas veces enemigo de lo mejor.
El matrimonio civil es el único que estuvo vigente en la Iglesia durante siglos. La apropiación que de él ha hecho la Iglesia para administrarlo entre católicos, no niega el matrimonio como realidad natural, creada por Dios, del que derivan propiedades comunes con el matrimonio cristiano. El amor, inspiración fundamental, es la misma en ambos y autoriza a mantenerlo como cristiano cuando surjan fallos irrecuperables y a que pueda tener significado cristiano aun cuando sea matrimonio civil.
La cuestión del aborto, con determinación del momento en que hay vida en el proceso de la concepción, no pertenece al dogma ni a la fe; es una cuestión humana que hay que dirimir con la ayuda de las ciencias. Todos estamos por la vida, a favor de la vida, pero observando los pasos necesarios antes de concluir cuándo se da esa vida. Una hipótesis científica, quizás la más generalizada hoy, afirma que el embrión no es individuo humano hasta las ocho semanas.
La homosexualidad es también un problema humano, sobre el que no hay normas cristianas específicas. Es, en todo caso, un hecho existente en todos los pueblos y culturas y , en la actualidad, ya no se la puede calificar de enfermedad, anomalía o perversión, sino que puede ser considerada de variante legítima, aunque minoritaria, de la sexualidad humana. Una sociedad democrática, con gobierno democrático, tiene poder moral para debatir el tema y democráticamente darle un estatuto jurídico con leyes oportunas. Si se lo llama matrimonio no es equiparable exactamente al matrimonio tradicional, entendido como matrimonio entre un hombre y una mujer, por su imposibilidad de tener hijos biológicos, pero sí es un proyecto de vida entre dos personas, que pueden ejercer una paternidad - maternidad fecundas en otros aspectos.
La condena de la masturbación estaba basada en el supuesto precientífico de creer que el varón con el gameto masculino era la causa total de la vida, y frustrarlo equivalía a frustrar una nueva vida. La valoración de la masturbación parte hoy de otros planteamientos.
Es una abstracción partir de que, en la educación de los hijos, el derecho pertenece en exclusiva a los padres. El derecho a ser educado es de los hijos y, en una escuela, sociedad y estado democráticos, ese derecho es compartido de diversa manera por unos y por otros. Tan es así que no son pocos los casos en que, ante el abuso o irresponsabilidad de los padres, intervienen instituciones sociales o el mismo Estado para asegurar la salvaguarda de ese derecho.
En una sociedad democrática, plural, el contenido educativo se extrae básicamente de la naturaleza de la persona, que incluye propiedades, objetivos y consecuencias que atañen a todos, independientemente de la religión que se profese o de que no se profese ninguna. Las exigencias morales de una u otra religión no son materia para proponer a todos mediante leyes vinculantes.
El ciudadano es libre de ser creyente o no, o de ser creyente de una u otra religión; un Estado democrático no les podrá negar nunca ese derecho. Pero ningún creyente o ateo podrán exigir que su fe o no fe sea impuesta a los demás por el Estado mediante ley.
Las leyes en una sociedad democrática se debaten y aprueban en el Parlamento y promulgan por el gobierno. Atendiendo a la racionalidad y ética humana civil, esa sociedad democrática puede legislar las leyes que considere más justas y oportunas para temas humanos, incluidos los del aborto, divorcio, etc. En la preparación de esas leyes, los católicos tienen todo el derecho del mundo a intervenir con cuantos argumentos crean conveniente.
La herencia cultural sociopolítica
Resulta más que obvio que en la manifestación estaban en pugna dos modelos de familia, imbuidos al mismo tiempo por otras ideas sociopolíticas de arraigada tradición: 1.La religión católica es la única verdadera: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”. 2. La libertad de conciencia es un error venenosísimo. 3. La libertad religiosa es un delirio. 4.La libertad de pensamiento, de prensa, de palabra, de enseñanza o de culto no son derechos concedidos por la naturaleza del hombre. 5.La conciliación entre socialismo y catolicismo es imposible. No se puede ser socialista y católico a la vez .
6. El comunismo es intrínsecamente perverso. 7. La existencia de clases en la sociedad es voluntad de Dios. 8. La Iglesia católica, depositaria de los valores espirituales y morales, está por encima de los valores temporales y humanos y tiene derecho a recabar la sumisión y subordinación de los Estados.
Estas pautas, propias de un régimen de Cristiandad y de un nacionalcatolicismo, serían las que la Iglesia católica debe mantener.
(Estas afirmaciones están literalmente sacadas de encíclicas o documentos como Concilio de Florencia 1452, Quod aliquantum 1791, Mirari vos 1832, Syllabus 1864, Libertas 1888, Vehementer 1906, Quanta cura, etc.)
Conclusión, ¿laicidad unitaria universal o confesionalismo dualista excluyente?
Los hechos expuestos apuntan a que, entre uno y otro modelo de familia, parece querer establecerse una incompatibilidad. Yo creo que no se trata de incompatibilidad, sino de realidad compleja, dialéctica e integradora. La realidad no es así de incompatible.
Averiguar los presupuestos de esta incompatibilidad nos da la clave de la comprensión y solución del problema. Apunto tres:
Primera: Fuera de la Iglesia no hay salvación En sentido estricto creo que podríamos reducir a una la causa fundamental de la incompatibilidad que estamos viviendo. Una mentalidad católica, que no comparte la laicidad como consecuencia de la modernidad y que sigue profesando como única doctrina que puede entender al ser humano, guiarlo y salvarlo, la católica. El catolicismo se reserva la explicación y salvación del ser humano y descarta cualquier otra concepción. El hombre por sí mismo, desde su propia estructura y condición, sería impotente para realizarse éticamente, liberarse y salvarse. Esa liberación la ofrece únicamente la religión católica.
Segunda: El estado no tiene poder moral para legislar Si la religión católica se coloca en la sociedad como cima moral, está claro que no admitirá que el Estado, por más democrático, laico y aconfesional que sea, pueda atribuirse el poder de enseñar, transmitir moralidad y promulgar leyes que aseguren el bien y perfeccionamiento de los ciudadanos.
Este oficio se lo reserva para sí la Iglesia católica , por varias razones: porque el saber perfecto es el saber “revelado” o católico; porque el saber racional no puede desligarse ni independizarse del teológico; porque el hombre no se basta a sí mismo para realizarse y salvarse: la salvación humana es imposible sin la revelación cristiana; porque la Iglesia católica institucionalmente hablando y en su área de influencia, se ha aliado con el poder, residente casi siempre en la derecha; porque un gobierno socialista proviene de tradición más bien revolucionaria y atea, lo que le hace más incapaz para formular leyes moralmente justas.
Tercera: Las realidades humanas no son admitidas en su autonomía y valor Y, finalmente, la historia vivida, larga historia, demuestra que esa mentalidad católica, hasta el Vaticano II, no fue capaz de reconocer la inviolable autonomía y dignidad de las realidades terrenas. La Iglesia ejerció siempre una superior tutela y de ahí surge ahora espontánea la misma tendencia. No se ha liberado de ella, la añora y, al perderla, cree que el mundo se precipita a la ruina.
En vez de admitir como natural los cambios legítimos del mundo moderno y de nuestra época, de admitir la emancipación ocurrida en tantos y tantos lugares como fruto de la racionalidad, de la justicia y de la solidaridad humanas; en vez de adaptarse y colaborar, como prescribe el Vaticano II, con los nobles anhelos, propósitos y metas de la sociedad actual, persiste en hacer valer su imperialismo religioso de antaño y en no admitir ni tratar evangélicamente la realidad maravillosa pero débil y pecadora al mismo tiempo del ser humano.
En todo caso, el hombre es libre, tiene derecho a equivocarse, y no se lo puede entender, en buena teología católica, como perdido y constitutivamente corrupto, viéndose constreñido a buscar fuera de sí la liberación y salvación.
Sí que se puede, y ojalá sea el nuevo camino, partir de lo que a todos nos une y añadir entonces en diálogo, como oferta de una mayor plenitud posible, lo que las religiones, y entre ellas la católica, proponen como programa de realización y felicidad.

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El Periódico 21/2/2008

LAICISMO Y NACIONALCATOLICISMO

Injerencia clerical en la escuela

Para los obispos, el colegio es una prolongación de la parroquia y su función es hacer cristianos, no ciudadanos cultos y responsables
1. • Urge revisar la situación de los profesores de Religión, contraria a la laicidad del Estado y sus instituciones

MARTÍN TOGNOLA
JUAN JOSÉ Tamayo*
Del 14 al 16 de febrero se celebraron en Madrid las 48ª Jornadas Nacionales de Vicarios y Delegados de Enseñanza, cuyo tema ha sido la enseñanza de la religión católica en la escuela. Es posible que les sirviera de guión la carta que, a modo de felicitación de las Navidades, dirigió el delegado episcopal de Enseñanza de la diócesis de Cartagena-Murcia a los profesores de Religión de la región. La felicitación navideña era únicamente una formalidad o, si se prefiere, una excusa, para recordar a estos docentes, en tono aparentemente suave en la forma, pero amenazante en el fondo, las obligaciones contraídas como profesores de Religión para con la diócesis y el obispo.
El delegado episcopal les recuerda que es la Iglesia quien los elige y los llama, quien los envía, cual misioneros, a evangelizar y quien, si se diere el caso, podría destituirlos. La función que les encarga y que han de cumplir escrupulosamente como condición necesaria para seguir en sus puestos es "prestar un servicio a la Iglesia" y "enseñar la doctrina de la Iglesia". La enseñanza de la religión católica es, a su juicio, "una ocasión estupenda" para manifestar con fuerza la adhesión al obispo como prueba de pertenencia eclesial y de comunión eclesial, hoy más necesaria que nunca, matiza.

ESTÁ
CLAROque, para los obispos, la escuela es una prolongación de la parroquia, una sucursal de las instituciones eclesiásticas, que la clase de Religión es un acto catequético y que la función de la escuela es hacer cristianos, no ciudadanos cultos y responsables. ¿Cabe mayor confesionalización de un espacio público y mayor desnaturalización de una institución laica como es la escuela?
El eclesiástico murciano no oculta que es otra institución quien contrata a los profesores, pero se olvida citar el nombre. ¿Olvido freudiano? Esa institución es el Estado. Somos todos los ciudadanos y ciudadanos, creyentes y no creyentes, quienes pagamos con nuestros impuestos a los profesores y profesoras de Religión. Y son los obispos los que los seleccionan, los nombran y los cesan. La operación no puede resultar más rentable para la Iglesia católica.
El delegado episcopal reconoce que los profesores de Religión católica son "un colectivo de trabajadores", pero enseguida matiza que se trata de "un colectivo bastante singular". Es un matiz nada inocente. Con ello les está diciendo que no gozan de los mismos derechos que el resto de los trabajadores y que pueden ser despedidos si se desvían del guión fijado por el obispo. Y así es, de hecho. Cada vez es mayor el número de despidos de profesores de Religión católica porque la jerarquía eclesiástica les retira la confianza. Los profesores de las distintas disciplinas gozan de plena libertad de expresión. Los profesores de catolicismo, empero, se ven sometidos a la permanente censura de quienes los nombran. Sobre ellos pende la espada de Damocles de la ortodoxia. Hasta su vida personal y religiosa está sometida al control de la autoridad eclesiástica que, cual Gran Hermano, vigila todos y cada uno de sus comportamientos: desde la asistencia a misa los domingos, hasta la afiliación sindical y política, y el ejercicio de la sexualidad.

¿EXAGERACIÓN?Los hechos son tozudos al respecto. Ha habido profesores y profesoras que han sido despedidos por no ir a misa los domingos, por irse de compras con los compañeros, por estar afiliados a sindicatos y partidos políticos que no son del agrado de los obispos, por vivir en pareja sin estar casados, etcétera.
Tres son las actitudes que deben cumplir los enseñantes de Religión y Moral católicas, según la misiva del delegado episcopal de Cartagena: comunión eclesial, pertenencia eclesial y adhesión al obispo. Ni una palabra acerca de los contenidos objetivos a impartir en materia de Religión. Ni una indicación sobre la pedagogía activa y no directiva. Ni una referencia a la función docente de los profesores de Religión como miembros de la comunidad educativa. Ni una mención, tampoco, a los derechos de los docentes: tan solo tienen deberes. Lo único que importa es la fidelidad a la Iglesia. Y, como telón de fondo, la amenaza de cese, en caso de incumplimiento de las orientaciones diocesanas.
Después de leer la carta, me hice una pregunta compulsiva que ahora traslado a los lectores: ¿en qué se diferencia, en materia religiosa, la escuela de la España democrática de la escuela del nacionalcatolicismo?

URGE DAR
UNArespuesta a esta situación, que es contraria a la laicidad del Estado español y de sus instituciones. Respuesta que consiste en revisar los acuerdos del Estado con las distintas confesiones religiosas que justifican la enseñanza de la religión confesional en la escuela. Lo que dudo es que haya voluntad política para hacerlo. Para ello es necesario, ante todo, distinguir con total claridad entre la catequesis, que debe impartirse en las instituciones religiosas, y el estudio científico de las religiones como fenómenos religiosos y culturales, que puede y, a mi juicio, debe hacerse en la escuela. Me sorprende que los políticos no tengan clara esta distinción, que es tan elemental, o que, al menos, no estén dispuestos a ponerla en práctica.

* Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid.

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LAICIDAD - IGLESIA – SOCIEDAD


1. ¿Cuál es el tema? ¿De qué hablamos?
Es lo primero, saber de qué tratamos, para evitar la dispersión y la mezcla de temas. Hemos de aludir todos a un mismo tema, y aún así, nos costará aclararnos porque una misma palabra puede tener varios significados o cada uno puede darle un significado distinto.
La confusión es lo que impera, a veces por falta de lógica y a veces por falta de querer emplear esa lógica. Intereses ocultos aconsejan muchas veces huir de la lógica.

2. El tema es la laicidad
Pues bien. Nosotros nos vamos a ocupar de la laicidad, en relación con la sociedad y la Iglesia, pues es en ellas donde sólo existe. Laicidad no es lo mismo que laicismo, como no es lo mismo secularidad que secularización o que secularismo.

Definición de laicidad
Para ir centrándonos un poco en el tema, daría de entrada esta definición: “Laicidad es la condición de laico; y laico proviene de laos que significa pueblo, miembro por tanto de un pueblo, sea éste aldea, villa o ciudad; habitante de un lugar y, en consecuencia, miembro de la comunidad en que vive”.
Simplificando: la palabra laicidad se aplica a quien es miembro de una comunidad, que puede vivir en un lugar o en otro, el lugar puede cambiar, pero en todos es miembro, socio comunitario, que desarrolla su vida con otros. Por lo mismo, la laicidad es intrínseca a toda persona, pues le acompaña como atributo que le hace apta para relacionarse y convivir comunitariamente. A través de la laicidad yo me revelo, y los demás se me revelan a mí, en mi condición de persona.
Esta coparticipación de sujetos en una misma naturaleza personal es lo que nos da, además de identidad individual intransferible, identidad colectiva solidaria. Nuestra común dignidad, nuestros comunes derechos humanos, es la unión de la dignidad y derechos de cada uno. Todos en uno.

El diagnóstico que hoy se hace de la laicidad

Aclaradas las palabras, veamos cómo se ve hoy y analiza el tema.
. Desde la perspectiva eclesiástica dominante.
Sintéticamente se dice lo siguiente:
- Hay un intento de marginar a la religión y a la Iglesia, de privarle de derechos que le son propios, de desprestigiarla. Hay incluso un intento de desterrar a Dios de la sociedad. Como consecuencia, asistimos a un desmoronamiento de los principios y valores cristianos. Este intento de marginación es manifiesto en casi todas las leyes promulgadas por el Gobierno Socialista, por lo que han sido objeto de impugnación y de rechazo mediante movilizaciones populares.
- Este intento tiene su origen y cobra fuerza en el revisionismo producido en nuestro país después del concilio y de la transición democrática. Fuerzas teológicas progresistas, críticas y secularizantes, se unieron a otras fuerzas políticas de izquierda, que se apoyaron y favorecieron mutuamente. Estos cristianos progresistas se equivocaron confundiendo el verdadero progreso con una Iglesia colonizada y sometida a tendencias revisionistas políticas. Todo lo cual ha provocado un debilitamiento de los valores cristianos y un abandono progresivo de las prácticas y de los principios morales.
- Ciñéndonos más al momento presente, podemos leer este análisis concreto: “Se da una crítica y manipulación de los hechos de la Iglesia, un cerco inflexible y permanente por medio de los medios de comunicación, no estamos dando respuesta a la dureza y exigencias de la situación. Somos una Iglesia poco estimada, bastante privatizada, culturalmente desestimada, con poca influencia, crecientemente marginada. Somos una Iglesia bastante silenciada. Se puede decir que el laicismo alcanza el poder y consigue su objetivo sobreponiéndose al dominio de los católicos , en la IIª República, liberal y revolucionaria a un tiempo.Más recientemente, el laicismo vuelve a resurgir en los últimos años del franquismo y en los meses de transición. Con el Gobierno Zapatero, la aconfesionaldiad (Cons. Art. 16) se quiere interpretar en el sentido de un laicismo excluyente que no aparece en nuestra Constitución. Se pretende imponer el laicismo estricto como ideología dominante y excluyente. Según esta mentalidad, en la actualidad tendríamos que empalmar con la legitimidad democrática de la II República saltándonos más de setenta años de historia.
¿Qué piensan y expresan hoy los socialistas?
Las religiones monoteístas son incompatibles con la democracia, la convivencia democrática debe edificarse sobre principios éticos comunes sin ninguna referencia religiosa, la base de la democracia no tienen ninguna ley moral objetiva vinculante, la moral debe ser consesuada. Por todos o la mayor parte.
Me inclino a pensar que la ideología vigente del PSOE y equipo del Gobierno es un laicismo romántico y radical, que históricamente se elabora a partir del antifranquismo, se quieren ahora recuperar las clasificaciones de antaño, las derechas son franquistas y solo las instituciones y las personas izquierdas son verdaderamente democráticas, Como no podía ser menos , se desconcoe la contribución histórica de la Iglesia al advenimiento de la democracia, se la presenta como aliada del franquismo , fuente de sentimientos autoritarios y en consecuencia incompatible con una verdadera democracia. No nos dejemos engañar. Lo que hoy está en juego no es un rechazo del integrismo o del fundamentalismo religioso, no son unas determinadas cuestiones morales discutibles. Lo que estamos viviendo , quizás sin darnos cuenta de ello, es un rechazo de la religión en cuanto tal, y más en concreto de la Iglesia católica y del mismo cristianismo” (Mons. Fernando Sebastián, Situación actual de la Iglesia: algunas orientaciones prácticas, Madrid, ITVR, 29 –III- 2007).

3. Laicidad y religión, un nuevo planteamiento: del conflicto a la convergencia.
El tema de la laicidad, hoy tan controvertido, viene como es obvio de lejos. Proyectado sobre un escenario, tiene un pasado, un presente y un futuro.
Para situarnos en ese escenario, y descifrarlo, voy a levantar el telón con un texto fundamental del concilio Vaticano II. Estamos en el año 1965. Tras debates y muchas modificaciones, el 7 de diciembre, la víspera del fin del concilio, se aprobaba la Declaración “Dignitatis humanae” sobre la libertad religiosa: 2151 votos a favor, 70 en contra. El texto básico proclama: “Este Sínodo Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres deben estar inmunes de coacción, tanto por parte de personas particulares, como por parte de grupos sociales y de cualquier potestad humana. Y esto de tal manera que en lo religioso no se obligue a nadie a actuar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado con otros, dentro de los límites debidos. Declara además que el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana, tal como se conoce por la palabra de Dios revelada y por la misma razón natural. Este derecho de la persona humana a la libertad religiosa se debe reconocer en el ordenamiento jurídico de la sociedad, de forma que se convierta en un derecho civil... Este derecho , que supone la libertad psicológica y la inmunidad de coacción externa, permanece también en quienes no cumplen con la obligación de buscar la verdad y darle su adhesión; y no se puede impedir su ejercicio , con tal que se guarde el justo orden público” (DH, 2).
Proclamación de hace 40 años, y que pertenece al mundo presente, y es vista como natural.
Pero veamos las proclamaciones de tiempos pasados respecto a este punto. Papas como Pio VI en su encíclica Quod aliquantum, en 1791; Gregorio XVI en su encíclica Mirari vos en 1832; Pio IX en el Syllabus en 1864; León XIII en su encíclica Libertas en 1888; y el Pio X en su encíclica Vehementer en 1906; afirman de una u otra manera que “los hombres no son iguales y libres”, que la “libertad de conciencia” es un error venenosísimo, que la “Libertad de conciencia” es poco menos que un delirio, que “la libertad de pensamiento, de prensa, de palabra, de enseñanza o de culto no son derechos concedidos por la naturaleza al hombre”.
Los actores de un momento y otro son los mismos, pertenecientes a la Iglesia católica, pero las proclamaciones son totalmente distintas.
Esta contraposición no surge al azar. Tiene su explicación, es decir, unas causas que la sustentan.

1. Los presupuestos del pasado
Son muy sencillos. Durante siglos y siglos, el cristianismo en la cultura occidental:
1. Esta cohesionado bajo un régimen llamado de Cristiandad, en el que:
a. Había una unidad entre Iglesia y Estado, dentro de la cual el Estado, representante de la sociedad y de los valores temporales, estaba subordinado a la Iglesia. La Iglesia, expresión y garantía de los valores espirituales, tenía autoridad suprema en todos los niveles. El Estado protegía y difundía los bienes de la fe, y la Iglesia amparaba y justificaba la política de los Estados. Era una colaboración mutua, de Estado confesional e Iglesia aliada de la política.
b. Simultáneamente la Iglesia proclamaba que la religión católica era “la única verdadera”: Extra eclesiam nulla est salus. Cito no más que un texto emblemático del siglo XV, concretamente del concilio de Florencia, 1452 “ “Este concilio declara firmemente creer, profesar y enseñar que ninguno de aquellos que se encuentran fuera de la Iglesia católica, no sólo los paganos, sino también los judíos, los herejes y los cismáticos , podrán participar en la vida eterna. Irán al fuego eterno que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles (Mt 25, 4) a menos que antes del término de su vida sean incorporados a la Iglesia.... Nadie, por grandes que sean sus limosnas, o aunque derrame la sangre por Cristo, podrá salvarse si no permanece en el seno y la unidad de la Iglesia católica” ( DS 1351).
En consecuencia, las otras religiones eran falsas, no tenían derecho a existir, a profesarse individualmente ni organizarse públicamente. Como error que eran, debían combatirse, prohibirse y obligar a sus adeptos a convertirse al cristianismo

Han pasado más 40 años del concilio. Todo parecía prever una progresiva asimilación de la doctrina conciliar. Pero, no; la asimilación se paró y comenzó más bien la desactivación. Dicha desactivación coincide con una etapa de la sociedad española en que ésta camina hacia vías más democráticas y en la que el valor religioso se reduce cada vez más a lo cultual y ritual. El componente ético-profético del quehacer religioso se paraliza y se va descafeinando como impropio del mensaje de Jesús. Creo que ha ganado terreno un tipo de religiosidad intimista, sacral, que se desenvuelve en los recintos verticales del santuario y de la propia conciencia.

2. Factores explicativos de esta situación
Este fenómeno parece demostrar lo que muchos hace años sospecharon: la gesta del Vaticano II había sido proyectada por peritos y, ciertamente, por un fuerte impulso interior eclesial. Pero, las mayorías de nuestros cristianos -el llamado Pueblo de Dios- estaba troquelado por la teología de Trento. Lo que estamos viendo ahora demuestra hasta qué punto los presupuestos de Trento estaban en la raíz y los del Vaticano II se quedaron en la superficie. Se afirmó que el Vaticano II fue tumba del “régimen de cristiandad” , pero un régimen labrado durante siglos no se desmonta en breve ni se sustituye por otro tan fácilmente.
Tres serían los factores que, a mi modo de ver, han dificultado sino cerrado el camino hacia la laicidad en la Iglesia católica española.

. La ideología del nacionalcatolicismo (1938-1978)
Muchas de las polémicas actuales se resuelven en el acto si analizamos el contexto histórico del que derivan.
Durante 40 años ha sido predominante entre nosotros la ideología del nacional catolicismo. Tal ideología se ha caracterizado por su alianza con el poder político. Iglesia y Estado convergían y se apoyaban mutuamente para hacer real un proyecto que asegurase la unanimidad cultural y religiosa. Era una alianza de ambos, como vencedores y excluyentes, con el poder de determinar qué otras ideologías o cosmovisiones no eran compatibles con lo “nacional” y lo “católico”. Surgía, entonces, la represión cultural, política y religiosa.
Debido a esta alianza, la Religión católica tuvo en toda la situación del régimen de cristiandad y más cerca en la nuestra del nacionalcatolicismo una primacía casi absoluta en la vida pública: determinaba en gran parte la regulación ética, jurídica y política de la sociedad.


. La hegemonía de una Iglesia clerical
La Cristiandad se había articulado teniendo como eje de configuración el clero. El clero era el sujeto activo y dominante, dotado de una superioridad incuestionable, que le confería una misión espiritual universal sobre la sociedad, el mundo y los Estados. Fue en el siglo IV cuando la Iglesia católica, convertida en religión oficial del imperio por obra de Constantino, dio un giro espectacular.
Esta figura de Iglesia no surgió del Evangelio, era una institución más bien imperialista, que justificaba la desigualdad y, al ser cuestionada por las nuevas ideas, se atrincheraba en sí misma para defender su superioridad y privilegios. Esta mentalidad fue cuestionada y renovada por el Vaticano II. Pero, no ha sido ni mucho menos superada.. Son seguramente muchos los católicos que sostienen que la salvación está sólo dentro de la Iglesia católica, que el monopolio del saber espiritual y moral está en exclusiva en la Iglesia católica y que los valores del mundo no sirven para nada si no llevan la marca religiosa.

. Recaída en la dicotomía de lo profano-sagrado
En este sentido, creo importante señalar cómo en lugar de avanzar hacia una visión unitaria de la vida cristina, hemos recaído en la vieja visión dualista. Arrastramos una teología que construye la salvación al margen del hombre, como si ella le viniese de fuera.
Pero, no. La salvación viene de dentro, tan de dentro que es el hombre su protagonista primordial y quien muestra una idoneidad fundamental para realizarla y colaborar con Dios, el cual la ha depositado en él. Porque el hombre es y está salvado por el Dios Creador quien, además, se ha interesado en potenciar y asegurar esa salvación, mediante el envío de su Hijo, sólo que ese hombre, ha sido constituido en prototipo de la salvación humana y, por lo tanto, en camino para quienes quieran seguirle.
Conviene conjurar a este respecto dos peligros: uno, el de creer que la salvación es extraña al hombre; y dos, el de creer que reside en otros lugares, medios o personas que la administran. Este enfoque considera al hombre corrupto, incapacitado para el bien, y le obliga a confiar en mediadores. Tal afirmación equivale a negar la validez sustancial de la obra creada por Dios y a no entender adecuadamente el sentido de la Encarnación.
Establecido este punto de vista, no es difícil ver cómo las religiones organizan su aparato de salvación, poniendo a disposición de quienes la buscan lugares, personas, medios y demás condiciones. Esta supuesta incapacidad personal para autosalvarse se colma transfiriendo poder y eficacia a los mediadores: ellos son sagrados, sagrados son los lugares donde actúan, sagrados son los medios que utilizan, sagrado es todo lo que ellos tocan y, como consecuencia, profano es todo lo demás, que queda fuera, desprovisto de poder para salvar.
El mensaje de Jesús es, a este respecto, innovador: el poder salvador no está en el templo, ni en los sacrificios, ni en la ley, ni en los ritos. La salvación está en la persona, es ella el lugar sagrado por excelencia y es en su total orientación hacia el amor, la justicia y la verdad, donde se forja la salvación y consigue la unión con Dios.
Los llamados “mediadores” lo son en otro sentido, en el de compartir desde abajo, con actitud de igualdad, amor y servicio una búsqueda que es, sin duda, comunitaria.
La división entre lo profano y lo sagrado, entre vida secular diaria y vida sacra religiosa es artificial. No es así la realidad. La realidad es única, sacramento único, diafanía manifestación del amor creador de Dios. Y el único que puede darle sentido íntimo de totalidad es el hombre, ser libre y responsable.
La visión del Vaticano II es acorde con esta unidad: el Dios de Jesús no es Dios enemigo o distinto del Dios creador; la realización humana no tiene otro ámbito de actuación que el propio de sí misma, desplegado históricamente en todos los ámbitos del quehacer humano; todos, sin excluir ninguno; y desde dentro, a modo de fermento, iluminados y poseídos por el espíritu de Jesús.
La visión dualista da preeminencia a lo ritual y no a lo personal; a lo cultual y no a lo civil y secular; a lo individual y no a lo social; a lo externo e impuesto y no a lo interior y libre.
Yo creo que el enfoque está en superar un pertinaz dualismo, impropio del Evangelio, que nos ha llevado a plantear antagónicamente lo humano y lo cristiano. Lo humano estaría en el arrabal de lo perdido y lo cristiano en el cenit de lo valioso, con oferta de caminos y medios para lograr la plena salvación: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”, sería el lema. Planteamiento dicotómico que transpira desconfianza hacia lo humano y enaltecimiento de lo cristiano.
Yo invito a ponderar el significado de este planteamiento que, ciertamente, fue superado en el concilio Vaticano II, y que nunca debiera haberse dado de haber seguido las pistas del Evangelio. Pero estoy tan convencido de su enorme influjo que me resulta difícil no descubrirlo en unas u otras dimensiones de la vida cristiana. El menosprecio del mundo, la fuga de la ciudad secular, la devaluación de los valores terrenos, la anulación de la persona, la subestima y desconfianza extrema en sí mismo, el ensalzamiento del autoritarismo y de la obediencia ciega, el repudio de la política y de la historia como lugar para la siembra y crecimiento del Reino de Dios, era una invitación a dimitir de esta vida, a desposeerse de sí mismo y entregar el asunto de la propia salvación en manos de instancias externas, depositarias de esa salvación otorgada por Dios.
Si la Iglesia era la administradora, en exclusiva, de esa salvación, quedaba asegurada triplemente una cosa: la veneración de ella como transmisora de la salvación divina, la dependencia de ella y el apartamiento desconfiado de la realidad secular, como lugar del peligro y del pecado. En el fondo, una teología herética, nada católica, que negaba la bondad original de la obra de Dios, -del Dios Creador- como si nada tuviera que ver con la obra plenificadora del Dios histórico, revelada en Jesús: “No he venido, diría Jesús, a abolir la Ley y los Profetas, sino a darles cumplimiento (Mt, 5,17).
Sería instructivo analizar toda una tarea de formación ascética, espiritual y teológica donde se plasmaba este dualismo, y que reforzaba como consecuencia la sacralización del clero como mediador de la salvación y fomentaba un estilo de vida cristiano que se exilaba de los compromisos de la tierra y la historia. Sólo desde esta premisa, puede uno explicarse la fuerte y agresiva reviviscencia que en nuestros días parece mostrar esta espiritualidad dualista, que añora la hegemonía de una Iglesia clerical y de una comunidad cristiana pasiva y despersonalizada.
Han pasado 40 años después del concilio, pero las raíces viejas no se han cambiado ni se han visto sustituidas por la energía y savia de otras nuevas.
Esta es precisamente la reyerta que hoy, paradójicamente, asoma y lanza sus últimas embestidas frente a un mundo adulto que demanda una Iglesia renovada, sin abdicar jamás de la dignidad, libertad y ética naturales.

4. ¿Qué es una sociedad laica?
Laico, hemos dicho, viene de laos, que significa pueblo; laico, miembro del pueblo, o diríamos hoy ciudadano. Laico: sujeto que ostenta capacidad y cualidades para vivir en comunidad, merced precisamente a que, en su naturaleza racional se reconoce idéntico a otros muchos. Ese sujeto es la persona. Porque la persona es constitutivamente laica, convivencial, comunitaria.
La condición de persona es sustantiva a todo ser humano, es universal y es anterior y superior a cualquier otra denominación particular. Todo sujeto blanco o negro, asiático o europeo, creyente o ateo, son laicos, ciudadanos, pero no todos los ciudadanos son blancos o negros, asiáticos o europeos, creyentes o ateos. Lo común a todos ellos es su condición humana, su naturaleza, que les permite reconocerse idénticos, comunicarse y establecer fundamentos y normas universales para una convivencia humana, compartida y ratificada por todos.
La condición laica es propia de la ciudad humana , que está hecha de ciudadanos, con proyección y vocación universal, porque la ciudadanía es un propio de la persona y la persona es universal.
La Carta Universal de los Derechos Humanos, del año 1948, ratificada por todas las Naciones, dice: “La libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana” (Preámbulo).

Laico, laicidad y laicismo
El hecho de ser laico hace que toda persona, en cualquier parte del mundo, pueda hacer valer su laicidad, su condición de ser humano, como sujeto de valores y derechos universales. La laicidad es tan universal como lo es la persona misma. Y esta no se circunscribe a ningún lugar, raza, ideología, territorio o religión. La laicidad, como derivada de la persona, es la patria universal de todo ser humano. Nadie, por tanto, en virtud de una ideología, raza o religión, puede ser desatendido, postergado o discriminado. La dignidad de cada ser humano es singular y común, es decir, individual y universal en cuanto compartida por todos.
La palabra laicismo es ya una manera concreta de interpretar la laicidad. Y, así, hay interpretaciones que, por un determinado contexto histórico, conciben el laicismo como movimiento y filosofía que rechaza toda presencia y actuación de la religión en la sociedad. Es una interpretación, que tiene origen y explicación histórica, seguramente como intento de acabar con la usurpación que, indebidamente, hicieron las religiones sobre el valor de la laicidad. Pero, la laicidad no tiene por qué ser negadora o excluyente de la religión, aunque sí de las injustas intromisiones, abusos o complicidades de las religiones.
La laicidad no niega el hecho religioso en cuanto tal, no lo excluye, pero sí excluye que se lo pueda interpretar e imponer unilateral y coactivamente. En una convivencia laica, ciudadana, hay derechos que deben ser respetados por todos. Y el derecho a obrar conforme a la propia conciencia, manifestándose creyente o ateo, es uno de esos derechos que deben ser reconocidos a todos y por todos. Un creyente o un ateo no tienen por qué impedir una justa y pacífica convivencia. La impedirán un mal creyente o un mal ateo.

5. Creyentes y ateos unidos en una fe común
La experiencia moderna nos ha mostrado que, referente a la religión, creyentes y ateos, debemos dejar a un lado los prejuicios y dogmatismos. La crítica moderna a la religión ha ayudado seguramente a emancipar al hombre, a liberar a la teología de un lenguaje precientífico y mitológico, a recuperar la dignidad de la persona humana, a no legitimar nunca más, en nombre de Dios, la humillación y esclavitud del hombre.
Pero, a su vez, una tendencia cientifista moderna ha pretendido suplantar el puesto de la religión por la sola razón. So pretexto de excluir determinadas alienaciones religiosas históricas, ha incurrido en la alienación metafísica de negar la religiosidad del hombre, de volverlo ateo a la fuerza y de hacer del ateísmo una praxis confesional y política.
Son muchos todavía los ateos que consideran que su condición es incompatible con el cristianismo y muchos los cristianos que consideran que su fe es incompatible con el socialismo, no así con el capitalismo.
Desde una visión antropológica estructural, creo que no se puede sostener que la religión es una realidad extrañamente autónoma, sin conexión con las otras dimensiones de la vida o que es un simple reflejo de los factores económicos. La religión puede ser opio o puede ser dynamis transformadora, dependiendo de si se la vive como elemento utópico y subversivo o como elemento conformista y legitimador del orden establecido.
La fe cristiana es la que hace que este mundo sea tal sin la “hipótesis de Dios”. Dios no es una especie de seguro contra todas las calamidades e impotencias del hombre. Ese Dios es al que se aferra una cierta religiosidad, impidiendo que el hombre afronte sus propios riesgos e impulse su propia maduración. Ese Dios es el que ha intervenido constantemente como rival y opositor del crecimiento del hombre. Reducir la presencia de Dios a los “espacios de miseria” es falsear la relación Dios-hombre, la cual debe estar presente en la totalidad de la vida y no sólo en la marginalidad de la miseria. Si en la vida existen “espacios de miseria” están para que el hombre los remedie y no para que el hombre se aproveche de ellos para hacer un sitio a Dios a base de la promesa de un remedio para ellos en la otra vida.
Nosotros no creemos en un Dios que necesita de la debilidad humana como medio para afirmarse a sí mismo. El Dios verdadero sólo se afirma en la afirmación del hombre.


6. Rebelión y llegada de la modernidad
Se ha dicho, y creo que con razón, que la laicidad es una consecuencia de la modernidad. Y es que la modernidad arranca de una cierta protesta contra las religiones, las cuales demasiadas veces atentaron contra la condición natural del ser humano, su dignidad y derechos.
En nombre de Dios, de la Religión, de la Patria, se han cometido enormes atropellos de la persona. La modernidad más que contra Dios se alza contra la utilización blasfema que de El se ha hecho, habiendo justificado en su nombre la negación del protagonismo, de la creatividad, de la autonomía y de la libertad del hombre. Por defender los derechos de las religiones, se han negado demasiadas veces los derechos de la persona.
Esta visión imperialista de la religión es la que hace que estalle en la conciencia moderna la reivindicación de la laicidad, negándose a que lo mundano y humano sea postergado y desvirtuado a expensas de lo cristiano. “Cristiano y humano escribía T. De Chardin, tienden a no coincidir; he aquí el gran cisma que amenaza a la Iglesia”. Y el teólogo protestante J. Moltman escribía: “Si la modernidad ha convertido al hombre en palabra iconoclasta contra Dios, es porque el Dios auténtico se ha convertido en palabra iconoclasta contra el hombre”.
Arrastramos, por tanto, desde Trento hasta el Vaticano II, una mentalidad eclesiástica antimoderna, contraria a la laicidad.

7. La entrada en un mundo adulto
Con la llegada de la modernidad se inicia la entrada en un mundo adulto. Mundo adulto significa aquí que la humanidad traspone el umbral de la infancia y adolescencia para encaminarse hacia la mayoría de edad. Paradójicamente, la jerarquía católica viene ejerciendo todavía una función de paternalismo paralizante en este proceso.
El cambio histórico de la modernidad, aplicado a la Iglesia, requiere una nueva relación de convivencia basada en la igualdad y que se expresa en la democracia. La actual estructura autoritaria de la Iglesia es residuo de modelos mundanos y contradice la enseñanza apostólica y la tradición.
La modernidad exige también una nueva relación con Dios, el cual en lugar de afirmarse a base de explotar los límites de la debilidad e impotencia humanas, aparece sustentando toda la talla del ser humano, dejándole actuar en todo lo que es, por sí y ante sí. El concilio reconoce que la religión, demasiadas veces, se ha convertido en opio al impedir la realización del ser humano y ocultar el rostro genuino de Dios.
Hacer profesión de ateísmo o, lo que es lo mismo, expulsar tantos dioses falsos, es condición saludable para preservar la fe y la madurez humana: “Son muchos los que imaginan un Dios que nada tiene que ver con el Dios de Jesús” (GS, 19).
Las características mayores de la modernidad son el paso de una concepción mítica del mundo a otra científica, de una sociedad desigual a otro igual, y de una sociedad sacralmente tutelada a otra civilmente autónoma.
En ese mundo emerge la laicidad como reclamo de independencia frente a las sociedades teocráticas, donde la condición de ciudadano va unida a la de religioso y la de lo civil a lo religioso. La laicidad surge como polo de afirmación frente a sociedades sacralizadas o muy tuteladas por el poder religioso.

8. Laicidad, Bien Común y Poder político
La laicidad, resulta así ser base, ámbito y referente de la apolítica de todo Estado, que se precie ser gestor del Bien Común, pues el Bien Común es la coordinación del bien de todas las personas, en uno u otro lugar , de una u otra parte, de una religión u otra, se trate de ciudadanos creyentes o ateos. Los ciudadanos incluyen, como personas, una ética natural, que se enuncia válida para todos y que los Estados deben manejar sensatamente para articular la convivencia.
Las religiones podrán enunciar creencias, principios, promesas, programas de futuro y felicidad que, a lo mejor, no figuran en el programa básico de la ética civil. Podrán inculcarlo a sus seguidores y ofrecerlo a cuantos lo deseen conocer, pero jamás imponerlo y mucho menos hacerlo valer contraviniendo la dignidad y derechos de la persona. La persona es el terreno firme, más allá del cual no puede ir el Estado, la Religión ni Ideología alguna.
Desde esta perspectiva, resulta anacrónica toda posición que pretenda basarse en un imperialismo religioso (sumisión del poder temporal al religioso) o sobre un fundamentalismo de Estado, que no respete el hecho religioso, tal como aparece en cada una de las religiones.
A quien se apoye en el pensamiento y espíritu del Vaticano II, le resultará fácil proponer que es tarea del Estado establecer una legislación sobre la enseñanza de la religión en la escuela, la ayuda económica estatal a la Iglesia católica, el aborto, el divorcio, las convivencias homosexuales, la investigación sobre las células madre embrionarias, y otras cuestiones, a la escucha de lo que la experiencia, la ciencia, la filosofía y la ética consideren más conforme y respetuoso con esas realidades.
De ahí brotan precisamente unas normas que pueden resultar válidas y vinculantes para todos, porque tratan de recoger y expresar la dignidad, los valores, los derechos y deberes de todos. Es la experiencia humana común, la ciencia común, la ética común, la sabiduría común, la ley común, la que todos podemos profesar resultándonos inteligible, congruente y coherente con nuestro modo de ser. Una ética común, de consenso universal y de obligatoriedad universal. Tal comunidad de experiencia, de valores y de ética, dimana de la persona humana. La persona es el pilar de la laicidad.
La persona es el referente básico para el estudio, la comprensión y la legislación de todo poder público. El Estado no tiene más misión que promover, respetar y asegurar los bienes de la persona, sus derechos y dignidad. Y personas somos todos. Y personas somos los que constituimos las comunidades políticas.
Pero no todos somos creyentes, o no lo somos según un único credo. Las religiones también nacen de la persona, y como todas las cosas humanas pueden ser buenas o malas, servir para humanizar o degradar, liberar o reprimir, alienar o transformar. Pero la religiosidad no es expresión única ni unívoca en el mundo de las personas, ni lo es en el mundo de las comunidades civiles.
Y, además, todas las religiones, para ser verdaderas, deben comenzar por hacer profesión de fe en la dignidad humana y sus derechos, y comprometerse a no apartarse de esa fe, común a todos. El Estado, que atiende al Bien Común, no puede legislar para todos guiándose por la perspectiva particular y diferenciada de cada una de las religiones, sino que debe guiarse por la perspectiva universal de la dignidad de la persona. Ya esa dignidad tiene un nombre común, que es la Carta Universal de los Derechos Humanos.
Entonces, una convivencia justa, basada en el respeto, igualdad y libertad de todos, tienen que regularse por un Ordenamiento Jurídico que sea fiel a esa dignidad y derechos de la persona. ¿Cómo llevar a cabo el respeto por esa dignidad y cómo lograr una solución satisfactoria para cuantas situaciones plantea la persona en la convivencia?
Pienso que es éste el desafío que la laicidad plantea a todo poder político.
Por supuesto, las Iglesias tienen derecho a aportar su experiencia y sabiduría, sus luces y propuestas, pues al fin y al cabo también ellas beben del pozo profundo de la humanidad. Sobre esa sabiduría común y compartida, podrán añadir, si la tienen, otra sabiduría, la peculiar de su religión, pero no pueden aspirar a que sea considerada como obligatoria para todos a nivel de ley. Es una oferta gratuita, nunca antihumana, que podrá ser aceptada libremente por cuantos quieran. Su doctrina particular puede entrar en colisión con alguno o algunos puntos de lo que hemos llamado ética o legislación común, pero el Estado tiene que hacer valer aquello que es ley común por consenso mayoritario dentro de la comunidad civil.

9. La laicidad es profundamente cristiana
Quiero ahora referirme críticamente a dos aspectos comentados en nuestros días.
Primero: “La perspectiva principal del problema está en que los católicos deben marcar su diferencia, es decir, hacer valer su identidad frente a creyentes de otras religiones, pues el peligro está en la mezcla e indiferenciación”.
El concilio Vaticano II dio un giro de 90 grados en lo referente a la relación de la Iglesia con el mundo. Se trataba de aproximar, comprender, dialogar, colaborar, reconocer que, por encima de los rasgos que nos diferencian, hay una realidad humana que nos identifica y constituye en lazos de universal unidad y comunión.
La Iglesia no es una comunidad aparte, una sociedad perfecta, que detenta en exclusividad el monopolio de los valores humanos (justicia, libertad, igualdad, solidaridad, responsabilidad, ética natural...) y los caminos y medios que llevan a la perfección y salvación del ser humano. Las instituciones humanas, creadas por el hombre, son beneméritas, proceden en última instancia (para los que creemos) de Dios, aun cuando la mayor parte de ellas no tenga asiento explícito en el Evangelio. El Dios de Jesús es el Dios creador, sin antagonismos. Por eso, yo, creyente cristiano, incluyo en mi fe como artículo fundamental, la fe en el hombre, en su dignidad y derechos. Mi ser cristiano comienza por ser persona. Y en mi ser cristiano mi ser persona subsiste y permanece en toda extensión y radicalidad. Una fe al margen o en contra de la persona es falsa. Los valores de la persona son valores intrínsecos del cristiano, aun cuando en el seguimiento de Jesús se alargue su visión y compromiso a otros horizontes.
Estoy, pues, no por la acentuación de lo que nos diferencia sino por lo que nos identifica y une. Las diferencias, con ser importantes, pasan a un segundo plano cuando todos (creyentes y ateos) podemos y debemos unirnos en las grandes causas de la justicia, de la liberación y de la paz. Cada uno es libre para ser ateo o creyente, pero todos como personas y ciudadanos nos embarcamos en una tarea común, estrechando una fe, una utopía y una esperanza en la común dignidad humana y en su destino.
Mi fe cristiana no hace sino asumir esa responsabilidad histórica, realzarla, potenciarla y estimularla con nuevas motivaciones. Pero, nunca disminuirla o anularla. También nosotros somos promotores del hombre y nos sentimos a gusto en la humanidad, en la laicidad, compartiendo con todos unas tareas, un desarrollo y un futuro que nos incumbe a todos. En todo caso, conviene señalar que, por debajo de ese intento de subrayar la diferencia, hay un empeño por recuperar una hegemonía de otros tiempos, afortunadamente perdida.
La laicidad, aplicada a todos los seres humanos, es lo más revolucionario, una revolución universal, que es la que ahora necesitamos, si queremos que este planeta no naufrague. Y con el mismo gozo que afirmo mi condición de ser humano, viajero con todos los ciudadanos del mundo, mantengo mi fe en el Evangelio de Jesús que, para mí, representa una oferta de realización humana, gratuita y libre, que abre nuevos horizontes para la plenitud humana.

Segundo: La obra primaria de la Creación es la persona y nadie en este mundo está por encima de ella en el sentido de que pueda proceder contra su dignidad o derechos. El respeto a la persona y la promoción de sus derechos es el principio que debe guiar la actuación de todos los Estados, también del Estado del Vaticano. Y las comunidades civiles o políticas son comunidades de personas, a cuyo bien se subordina la misión de los Estados. Ningún Estado está por encima de la comunidad de personas o puede entenderse al margen de ellas.

10. Recomponer la unidad escindida: concilio Vaticano II
Precisamente los católicos debemos recordar que el Vaticano II, y no la desentonada voz de algún que otro obispo, ofrece pautas que sirven para resolver este contencioso histórico. El concilio inauguró un nuevo talante, que pasaba de la arrogancia y anatema, al diálogo y colaboración. Enseñó que el Reino de Dios –que es universal- no se identifica con la Iglesia católica, sino que opera en todo tiempo y en toda cultura, y que pueden encontrarse gérmenes, signos y realizaciones del mismo en todo lugar donde se encuentra la vida del hombre.
Por otra parte, no hay ya dos vidas o dos historias paralelas: una profana y otra sagrada. Ese es un ardid de toda institución religiosa para justificar y hacer valer su poder, en el terreno más íntimo de las conciencias, en nombre precisamente de Dios.
Hay un nuevo pensamiento católico que nos hace rechazar perspectivas, actitudes y procedimientos de católicos que no concuerdan con las aspiraciones de nuestra época ni con el Evangelio.
Yo me atengo al espíritu del Vaticano II que reclama que la Iglesia católica “no ponga su esperanza en privilegios concedidos por el poder civil, renunciando incluso al ejercicio de ciertos derechos legítimamente adquiridos tan pronto como conste que su uso puede empañar la pureza de su testimonio o las nuevas condiciones de vida exijan otra disposición” (GS, 76).

11. Mi actuación cristiana en una sociedad laica
Teniendo en cuenta todo lo que he dicho, es fácil deducir los elementos que deben configurar la actuación de un católico en una sociedad laica.
La conducta de la persona se guía por principios, criterios y opciones en situaciones concretas. Siempre al decidir precede el percibir, el analizar y el valorar los elementos de una cuestión. Si yo decido ahora actuar de una determinada manera en una sociedad laica, y no de otra, es porque estoy imbuido por una determinada visión de la laicidad. Nadie procede al azar o ciegamente.
Desde los presupuestos desarrollados, yo me atrevería a formular los siguientes criterios como propios de una actuación cristiana en una sociedad laica:

1. No se puede seguir manteniendo una división antagónica entre el mundo creado y el mundo revelado, el mundo de la razón y el mundo de la fe, la historia humana y la historia de la salvación. La vida, la historia y la salvación son únicas y unitarias, aunque dentro de ellas crezcan dialécticamente el trigo y la cizaña. No hay más que un sujeto de salvación, la persona, con el que es preciso contar como agente primero y primordial. Jesús, el hombre por excelencia, se hizo uno de nosotros, vivió a fondo nuestra humanidad, se apasionó por la implantación del Reino de Dios en este mundo, se decantó a favor de los pobres y mostró que esa humanidad, originariamente buena, alcanzaba un destino de plenitud y resurrección, que superaba todo cálculo humano.
2. Se tenga o no fe, la realidad humana es portadora de dignidad, significación y sentido humano. Tal significado y sentido es consistente, con fundamentación en Dios para los que creemos. Pero no se necesita fe explícita en Dios para que ese significado sea real, inviolable y merezca todo reconocimiento. Ninguna fe, so pretexto de defender a Dios, puede impugnar esa dignidad humana, rebajarla, o anularla. Más, toda fe tiene obligación de incluir en su credo la proclamación de la dignidad humana y sus derechos. La unitariedad del proyecto salvífico hace que Dios y el hombre, la razón y la fe se den la mano y caminen estrechamente unidos, sin negarse nunca. La negación ocurrirá cuando la fe es falsa o es falsa la razón.
3. La tarea evangelizadora del cristiano comenzará por anunciar y defender aquello que es lo más importante y lo más importante es lo que es común a todos. Nos hemos dedicado por mucho tiempo a anunciar y construir sobre nuestras diferencias y no a construir sobre lo que nos es común. Construyendo sobre lo común es como únicamente edificaremos sólidamente la convivencia, pues ella reposará sobre los pilares seguros de la dignidad humana y derechos humanos universales.
4. El progreso vendrá, primero de todo, de este acuerdo, esfuerzo y lucha común. Y ese acuerdo común arranca de la justicia, la libertad, la democracia, los derechos humanos, el amor y la paz como obra de todos, y también como obra de todas y de cada una de las religiones. Primero alcanzar eso: la igualdad, el respeto, la justicia, la cooperación que hagan posible un nivel de vida digno para todos.
5. Las religiones renunciarán a todo monopolio ético, como si sólo ellas fueran depositarias de la salvación y únicas intérpretes de lo verdaderamente humano. Podrán ofrecer, anunciar y defender la especificidad de sus propuestas, como un plus para la perfección y felicidad humanas, pero sin negar o infravalorar la valía de las propuestas humanas.
6. El act