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JESUS, PROFETA LAICO


(Ponencia para la “Federación para la Paz universal”. Espacio Ronda. Ronda de Segovia 50. MADRID.


José María García-Mauriño.
26 de Marzo de 2009



INTRODUCCIÓN

Los cristianos no somos seguidores de un líder religioso, sino que seguimos a un Profeta laico. Jesús fue un laico. Ni fue sacerdote, ni funcionario de la religión, ni nada parecido. Es más, Jesús vivió y habló de tal manera que pronto entró en conflicto con los dirigentes de la religión de su tiempo, los sacerdotes y los funcionarios del Templo, que eran los representantes oficiales de “lo religioso” y “lo sagrado”.

1.- JESUS ERA UN HOMBRE CREYENTE:

Jesús era judío, practicó su religión judía, vivió y murió como judío invocando a Dios con el salmo 22. Era un creyente que creía en Dios, en el Dios de Israel. Jesús murió como blasfemo. Estaba en juego el concepto de Dios. Jesús en la cruz se sintió abandonado de Dios, pero dio el tremendo salto de la fe al confiar su espíritu en el Padre. Y murió entregado en las manos de Dios-Padre.

Para Jesús, Dios no es una teoría ni una doctrina es una experiencia viva que lo transforma todo y le hace vivir buscando una vida más digna y dichosa para todos. La diferencia con los hombres de la religión de su tiempo está en que los dirigentes religiosos de aquella sociedad asocian a Dios con su sistema religioso y no con la vida y la felicidad de la gente La postura de Jesús era todo lo contrario, el centro de su religiosidad no era Dios sino la vida y la felicidad de la gente. Jesús era profundamente religioso, pero su religiosidad no se acomodó al modelo de religiosidad establecida y aceptada en aquella sociedad. No observó muchas de las normas de la religión oficial: el descanso del sábado, los ayunos, las purificaciones rituales, se hizo amigos de publicanos y pecadores, samaritanos y mujeres de mala fama. La fe de Jesús no se basaba en la Ley, sino en la experiencia de Dios. Descubre el plan de Dios, el Proyecto divino: es decir, que todos los seres humanos somos iguales, todos somos hermanos e hijos de Dios, y podemos ser felices. Jesús cree de verdad en ese Dios-Padre lleno de amor para todos los humanos Rompió con las normas y prácticas religiosas, porque para él lo importante no son los ritos sagrados que le relacionan con Dios, sino la relación humana solidaria entre los hombres y mujeres en la vida. Lo importante en cualquier religión, no es Dios, sino la gente, las personas. Dios no necesita nuestra adoración, ni nuestra alabanza ni nuestro servicio, ni nuestros ritos. En cambio, las personas que nos rodean sí necesitan nuestra ayuda, nuestra cercanía, nuestra comprensión. Fue un creyente laico que vivió su fe en al horizonte de su libertad. Jesús fue condenado a muerte por motivos políticos, no por motivos religiosos. No murió por nuestros pecados! Y murió no entre dos ladrones, sino entre dos rebeldes políticos (es lo que significa lestai, palabra griega).


2.- JESUS PROFETA

Insisto en que Jesús no es un líder religioso, al estilo de Martín Lutero King, o Gandhi, o Dalai Lama. (Aunque sean también profetas de nuestro tiempo).
El líder es una persona que es seguida por otros que se someten a su autoridad. Suelen tener un indiscutible peso moral o político o espiritual entre la gente. Jesús hablaba como quien tiene autoridad y no como los escribas y fariseos. En su tiempo, las masas le seguían. Hoy, Jesús, para nosotros no es un líder en el sentido que he descrito. Eso está claro.

Jesús cita frecuentemente a los profetas de Israel y explica su misión como cumplimiento de la profecía de Isaías: “El Espíritu del Señor descansa sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a dar la buena noticia a los pobres, a proclamar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar el año favorable del Señor”.

Un profeta no es el que adivina el porvenir, el profeta no es un adivino. “Es un hombre llamado por Dios para trasmitir su palabra, para orientar a sus contemporáneo el camino a seguir.” Jesús es el último de los profetas de Israel. Es el que anuncia el Reino de Dios, aunque no lo define, es el que anuncia la liberación de los pobres.

Para ser profeta no hace falta pertenecer a estamentos de la religión o del culto. Puede ser lo mismo hombre que mujer, ni hace falta mucha cultura, ni ser de una clase social ni intelectual. Es todo aquel que está despierto, con los ojos bien abiertos a la realidad. La principal característica del profeta es su inserción en el pueblo y su preocupación por la suerte de los más pobres y excluidos.

Tres características esenciales de Jesús como profeta:

1) Jesús es un profeta itinerante: no es un hombre que se queda en su casa de Nazaret, tampoco se instala en Cafarnaún, sino que recorre las aldeas de Galilea donde está el pueblo más pobre y desheredado Al llegar a una aldea Jesús busca el encuentro con los vecinos. Se acerca a las casas deseando paz a las madres y a los niños. Recorrió casi todos los pueblos situados en torno al lago. El profeta es un hombre público: su lugar es la calle, la plaza pública, los senderos, el monte. Se halla en contacto directo con su mundo, con los vecinos, con los campesinos pobres. Va a la sinagoga donde los vecinos se reúnen los sábados. Conoce el desencanto de la gente, la opresión de los políticos, el lujo de los poderosos.

2) Es un profeta subversivo. Lo que la gente percibe es que Jesús pone en cuestión la soberanía absoluta y exclusiva del emperador romano. Pare entrar en el Reino hay que salirse del imperio de Roma. No es posible servir a dos señores. No es posible aceptar el Reino acogiendo a Dios Padre, defensor de los pobres y seguir al mismo tiempo acumulando riquezas a costa de ellos. Por eso, entrar en el Reino, aceptar los valores del Reino, es salirse de ese imperio donde tratan de imponerse los jefes de las naciones y los poderosos del dinero.

En el Evangelio de Lucas, cuando narra el interrogatorio ante Pilatos, las masas le gritan tratando de acusarle: “Este subvierte (solivianta) al pueblo enseñando por todo el país empezando en Galilea” (Lc.23,5). Jesús está por el cambio, no puede dejar las cosas como están, porque el mundo que él vivía era injusto: unos vivían muy bien a costa de otros que lo estaban pasando mal. Lo cómodo es seguir como siempre sin cambiar nada. Jesús no puede quedarse impasible, mirando para otro lado, al ver las masas arrastrándose por la pobreza y la miseria. “Se me conmueven las entrañas al ver a esta gente” (Mc. 8,2).Soliviantar significa mover el ánimo de la gente para inducirle a adoptar una actitud rebelde u hostil en orden a cambiar el orden público y moral, dice el Diccionario de Lengua. La manera de soliviantar no es violenta, es “enseñando”. La enseñanza es una forma de subvertir el orden establecido: poner las cosas patas arriba.

3) Es un hombre amenazado: despojado de todo poder no pertenece a ningún partido o secta. Es amenazado porque no invita a la gente a la resignación, sino a la lucha esperanzada. La actual situación tiene que cambiar. Lo que anuncia es el Reino que tal y como él lo presentaba tenía que ser algo muy sencillo al alcance de aquellas gentes. Lo primero de todo y lo más importante es la Vida y la felicidad de la gente, luego vendrá la religión. No quiere que se hagan falsas ilusiones, sino que recuperen su dignidad. Jesús comunica su propia experiencia de Dios, no la que se venía repitiendo en todas partes de modo convencional. Eso no satisface a nadie. El anuncio del Reino es una denuncia de la injusticia y la opresión. Hoy el anuncio del Reino es anunciar una sociedad alternativa, proclamar que “otro mundo es posible”, otro mundo donde no reinen los imperios, ni los césares, ni los falsos dioses como el Dinero y el Mercado. Jesús anuncia la liberación de los pobres, una vida humana digna para todos. Los poderes políticos y religiosos no podían soportar semejante lenguaje y le perseguían y amenazaban de muerte constantemente.
Jesús era un hombre indefenso. Ningún estamento sacerdotal o comité del Templo le defendió, ante las acusaciones falsas de la plebe y de los poderosos. Fue sentenciado y ejecutado por un tribunal político-religioso sin que nadie le defendiera

La gran revolución religiosa llevada a cabo por Jesús consiste en haber abierto a los seres humanos otro camino de relación con Dios, distinta de lo sagrado. Es decir, el camino sencillo de la relación con el prójimo que no pasa por la Ley. Y la relación ética, no religiosa, vivida como servicio al prójimo y llevada hasta el sacrificio de uno mismo. Jesús abrió otra vía de acceso a Dios a través de su propia persona, aceptando pagar con su vida al combatir esa creencia de que el culto religioso de los sacerdotes tenía el monopolio de la salvación. La salvación venía de otra parte. Jesús denunció los abusos del poder religioso y del poder político. “Jesús dejó sentado que el camino hacia Dios no pasa por el Poder, ni por el Templo, ni por el Sacerdocio, ni por la Ley. Pasa por los excluidos de la historia.” (González Faus.). Los seguidores de Jesús tenemos el camino abierto de la relación con Dios, por el compromiso con los pobres, y los excluidos de este mundo.


3.- JESUS, PROFETA LAICO
Jesús no pertenecía a familia sacerdotal alguna, ni al stablishment religioso. No fue funcionario del Templo ni tenía el reconocimiento de intérprete de la Ley. No legitimó la alianza de las autoridades religiosas del judaísmo con las autoridades políticas del Imperio romano invasor.
- Adoptó una actitud crítica frente a los pilares en que descansaba la religión, siguiendo la tradición de los profetas de Israel y adelantándose en muchos siglos a la crítica moderna de la religión.
Cuestionó en su raíz la configuración sagrada de la realidad: los lugares sagrados: el Templo, lugar del culto, de la presencia de Dios y de recaudación de impuesto: espacio de alianza con el poder Imperial; absolutizado por sus correligionarios fundamentalistas). Criticó los tiempos sagrados el sábado, fiesta judía por excelencia: “el sábado está hecho para el ser humano, y no el ser humano para el sábado”); cuestionó las acciones sagradas (el culto, que no va acompañado de la práctica de la justicia) y propone como alternativa la misericordia, la compasión como virtud radical, la solidaridad con las personas que sufren; cuestionó las personas sagradas (crítica a los sacerdotes por su exceso de celo en el culto y su insensibilidad hacia la injusticia, hacia el sufrimiento ajeno), y pone como ejemplo a seguir a un samaritano, considerado hereje, por su ayuda al prójimo malherido; también cuestiona a las autoridades religiosas: que se presentaban como representantes y portavoces de Dios y no predicaban con el ejemplo; lo mismo hizo con la propia Ley, la Torá, cuando cae en legalismo, atreviéndose a corregirla, a incumplirla y justificando su incumplimiento, y colocando al ser humano y sus necesidades por delante de la ley.
Jesús es y actúa como profeta. No es un sacerdote del templo ni un maestro de la ley. Su vida se enmarca en la tradición profética de Israel. A diferencia de los reyes y sacerdotes, el profeta no es nombrado ni ungido por nadie. Su autoridad proviene de Dios, empeñado en alentar y guiar con su Espíritu a su pueblo querido cuando los dirigentes políticos y religiosos no saben hacerlo. No es casual que los cristianos confiesen a Dios encarnado en un profeta.

Los rasgos del profeta son inconfundibles. En medio de una sociedad injusta donde los poderosos buscan su bienestar silenciando el sufrimiento de los que lloran, el profeta se atreve a leer y a vivir la realidad desde la compasión de Dios por los últimos. Su vida entera se convierte en "presencia alternativa" que critica las injusticias y llama a la conversión y el cambio.

La religión se siente más cómoda poniendo a Dios en las ceremonias y en la observancia de los rituales sagrados que en la relación con los seres humanos, en el respeto a todos, en el amor a todos y en el compromiso de solidaridad con los pobres y, en general, con los más débiles.
La actividad de Jesús fue ciertamente profética, pero no tuvo nada de sagrada. El laicismo de Jesús fue escandaloso: su independencia de la normativa religiosa y política vigente, era un desafío constante a las autoridades religiosas. No fundó un templo, ni celebró ceremonias religiosas en ningún lugar sagrado, ni dictó normativa alguna relacionada con lo sagrado. La última cena fue eso, una cena de despedida entre amigos antes de morir. No era una “Misa”, Nada de culto eucarístico. Eso es anacrónico completamente.
Se puede deducir que el Cristianismo es una religión laica. Porque,
La libertad y la dignidad de los seres humanos constituye el centro del mensaje, de la vida y de la práctica de Jesús, no los ritos y ceremonias religiosas.
Para Jesús era más importante “lo humano” que “lo religioso” y “lo sagrado”. Lo humano es “lo laico”, lo común a todos los seres humanos. “Laico” viene del término griego “laos”, es decir, el “pueblo”. Y está claro que Jesús antepuso lo laico a lo religioso.

Llama la atención el carácter tan poco “religioso”, en términos de aquella época, que Jesús atribuye al Reino-Reinado de Dios. No gira en torno al templo, ni se prescriben sacrificios o actos de culto. Tampoco existen funciones sacerdotales ni personas que actúen como intermediarias. Sin duda que Dios está muy en el centro de este mensaje que lleva su nombre. Pero es un Dios desplazado de los lugares sagrados. Ahora se encuentra en plena vorágine de la vida, sobre todo de personas y colectivos marginados: los chiquillos, los enfermos, los recaudadores, las prostitutas, los pobres, lisiados, ciegos y cojos.... Y se identifica con las tareas corrientes que hace la gente en su vida diaria: el sembrador, el pastor, la pesca, la mujer que amasa la harina o que limpia su casa... Esa identificación con el ser humano, con su felicidad, con su sufrimiento y con su marginación, permite al Reinado de Dios superar los límites culturales y religiosos en que vivió el propio Jesús. Por eso, mantiene una universalidad, una modernidad y una “laicidad” actual. Ser laico significa entre otras cosas no achacar a Dios el Mal y los problemas del mundo. Jesús no atribuía a Dios la causa de las enfermedades o la muerte.

Algunas conclusiones:

A) Los cambios que se están produciendo en esta sociedad nos llevan a la aceptación de un pluralismo religioso, a un laicismo propio de un Estado democrático, laico, no confesional. La convivencia pacífica ciudadana es posible en una sociedad que admite la libertad religiosa y la libertad de conciencia. La religión es un componente y una manifestación cultural, y como todo lo cultural es un hecho social y público, y tiene sus expresiones públicas Pero, ninguna religión debe tener privilegios, ni políticos, ni sociales ni económicos. Hay diversidad de creencias y de no creencias. Caben lo mismo el grupo no confesional de los agnósticos, ateos o indiferentes que cualquier otro grupo que tenga su propio credo. Los creyentes haremos muy bien en desmitificar la figura de Jesús y presentarla como hombre laico un ciudadano de a pie, que no fundó una Iglesia, sino un movimiento de fe al alcance de todos los seres humanos.

B) Es imposible entender el Cristianismo, si no es desde lo laico.
La condición necesaria e indispensable, para poder entender y vivir el cristianismo, está en que éste se pueda vivir y practicar, no en lo religioso y desde lo religioso, no en lo sagrado y desde lo sagrado, sino en lo profano y desde lo profano, en lo laico y desde lo laico. La religión tiene carácter sagrado, y el Evangelio es laico. Y, por tanto, el cristianismo, la religión cristiana, no puede comprender a Cristo desde lo sagrado, sino desde lo laico

---oOo---
SOCIEDAD LAICA, ESTADO LAICO

José María García-Mauriño
Miembro de CPS
Octubre de 2010


Con objeto de contribuir al debate sobre la Laicidad, que aún pervive entre los cristianos, teñido de prejuicios y actitudes temerosas, aportamos nuestra visión desde las Comunidades de Base de Madrid.

Construir una sociedad laica y consolidar un Estado laico es el reto de una ciudadanía adulta. Buscamos dos cosas claras: un Estado que sea de verdad laico, y una Sociedad que entre en un proceso auténticamente laico.

1º) Un Estado laico

A) Tiene un fundamento jurídico: En nuestro país el Estado es formalmente aconfesional y por tanto laico. Está claramente expresado en el Art 16,3 de la Constitución de 1978: “ninguna confesión tendrá carácter estatal”. Un Estado laico, claramente a-confesional, quiere decir que ni en sus instituciones, ni en su legislación, ni en sus manifestaciones culturales y políticas, se doblega ante credos o éticas exclusivamente religiosas.

B) Sin embargo, ese principio constitucional se viola sistemáticamente porque el Estado reconoce privilegios a la Iglesia Católica en función de los Acuerdos Santa Sede-Estado español de 1979, que son de dudosa validez jurídica, por ser pre-constitucionales. Y además, según voces autorizadas, la Santa Sede no es un sujeto competente para firmar un tratado internacional, capaz de regular las relaciones entre dos Estados. Estos acuerdos otorgan a la Iglesia católica unos privilegios que no tiene ninguna otra religión. No se puede decir, por tanto, que el Estado sea neutral, sino que favorece colmadamente a la Iglesia católica, discriminando a las demás. Es una incoherencia jurídica y política mantener estos Acuerdos.

C) Son suficientes los 30 años de Constitución y de los Acuerdos para empezar a revisarlos, modificarlos y liberarnos de esa mentalidad propia del Nacional-catolicismo de la que están empapados esos Acuerdos. Este sistema político-religioso fue el que marcó la vida de los españoles durante 40 años, y todavía sigue vigente en amplios sectores de la sociedad civil.

D) Además, no sólo hablamos de neutralidad del Estado frente a las religiones, sino también frente a las cosmovisiones de los no creyentes, agnósticos y ateos que tienen planteamientos no religiosos. Aquí se evidencia, sobre todo, la laicidad del Estado. Y es fácil observar cómo nuestro Estado se ha traicionado a sí mismo, no se ha tomado en serio su propia laicidad.

E) ¿A qué esperamos para tener un Estatuto de Laicidad del Estado? El principio de laicidad nos dice que no se puede financiar con dinero público un bien religioso particular, privado, como si fuera un bien público, propio del Estado. Somos adultos y la sociedad es lo suficientemente adulta como para sacar las consecuencias de esta laicidad del Estado.

2º) Una sociedad laica:

A) Una sociedad laica se caracteriza por la independencia y autonomía de cualquier tutela religiosa. Es decir, construir la Historia sin acudir a la religión. Queremos una sociedad que sea de verdad independiente de toda tutela religiosa, pero no contraria a la religión. La sociedad vive hoy cambios muy profundos y seguimos viviendo un proceso de secularización que es imparable.

B) Vamos caminando hacia una sociedad laica, de ninguna manera en contra de ninguna religión, sino creando una sociedad civil independiente y respetuosa con lo religioso. Pero, también respetuosa con lo no religioso, con los ateos, agnósticos o indiferentes. Caminar significa que la sociedad avanza, que no es inmovilista, que no está atada a esquemas religiosos obsoletos. Una sociedad que va madurando, que para andar no necesita las muletas de lo religioso, que va saliendo del infantilismo hacia una madurez cívica. ¿O acaso no aceptamos todavía el espíritu de la Ilustración? Kant (siglo XVIII) decía que esta etapa histórica consiste en el hecho por el cual el hombre sale de la minoría de edad y llega a la mayoría de edad.

C) Apostamos por una sociedad en la que se pueda vivir de verdad como laicos, asumiendo que somos ciudadanos y no súbditos, y por tanto, no queremos volver a someternos a ese catolicismo en el que el Estado vertebraba la sociedad con las normas impuestas y emanadas de la Iglesia católica, tanto en la escuela, como en la economía, o en las expresiones públicas de la fe católica.

El laico no se define por oposición a clérigo; esto es una distinción clerical. El laico es el ciudadano de a pie. Y lo laico es aquello en lo que coincidimos todos los Seres humanos, es lo más universal y propio de cualquier sociedad, es lo común. Lo laico es lo que iguala a todos y a todas por nuestros orígenes más radicales, somos seres humanos, lo religioso es lo particular, es lo que diferencia y, a veces, divide.

D) Lo propio de una sociedad laica viene dado por leyes laicas, como la Ley de libertad de conciencia (no una Ley de Libertad religiosa) que sitúe en pie de igualdad a todas las creencias y convicciones, sean de origen religioso o no, que reconozca y respete la independencia y preeminencia del poder político y por tanto de lo público y de todos, frente a lo que debe ejercitarse en el ámbito privado o particular de un grupo, que representan las religiones.

D) Una sociedad orientada por el laicismo. Entendemos el laicismo como lo define el Diccionario de la Real Academia: “Laicismo (de laico). Doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa”. Lejos de sentir el laicismo como ajeno, deseamos que los ciudadanos y ciudadanas perciban que con su defensa lo que está en juego es la calidad de nuestra convivencia democrática, el fomento del pluralismo ideológico y nuestra propia condición de ciudadanas y ciudadanos libres e iguales en derechos.

E) Una sociedad de verdad laica requiere un sistema de educación laico, es decir, una Escuela Pública laica en la que no se adoctrine en ninguna confesión religiosa, ni haya profesores de religión, tanto en centros de titularidad pública como en los concertados.

Requiere la supresión de símbolos religiosos (crucifijos, Biblia…) en edificios públicos: Congreso, Ayuntamientos, Escuelas, Ministerios, Hospitales, Cárceles, etc.; Que no haya funerales de Estado por los muertos en acto de servicio militar; Que ninguna autoridad civil o militar presida actos públicos religiosos: procesiones, funerales, bodas, etc…. ; Que las noticias referentes a procesiones católicas de Semana Santa, actos del Papa como misas en el Vaticano, bendición Urbi et Orbi, etc. no ocupen más espacio en los Medios de Comunicación públicos que cualquier otra noticia de carácter cultural, etc..; Exige revisar el calendario de fiestas, en su mayoría de origen religioso pero con efectos civiles, de santos patronos, “Semana Santa” (¿por qué santa?), Ramadán, etc. Etc.

En definitiva exige un respeto para todo lo público, de modo que el tratamiento público de todo hecho religioso sea equitativo con el dispensado al del resto de la ciudadanía.

Las comunidades cristianas de base de Madrid optamos claramente por este modelo de sociedad, porque deseamos hacer visible el mensaje del evangelio de Jesús, afirmando una comunidad de creyentes, sin privilegios de ningún tipo, no una estructura de poder religioso.

Comisión de Laicidad de Iglesia de Base de Madrid.
15 de Octubre de 2010
El Estado laico y pluralista y las Iglesias

Leonardo Boff, teólogo

Atrio

La descriminalización del aborto y la unión civil de homosexuales, temas suscitados en la campaña electoral, dan la oportunidad de hacer una reflexión sobre la laicidad del Estado brasilero, expresión de la madurez de nuestra democracia.
Laico es un Estado que no es confesional; lo son, como ocurre todavía en varios países, los que establecen una religión, la mayoritaria, como oficial.
Laico es el Estado que no impone ninguna religión, pero las respeta todas, manteniéndose imparcial ante cada una de ellas. Esa imparcialidad no significa desconocer el valor espiritual y ético de una confesión religiosa. Pero por respeto a la conciencia, el Estado es garante del pluralismo religioso.
Debido a esta imparcialidad al Estado laico no le es permitido imponer, en materias controvertidas de ética, comportamientos derivados de dictámenes o dogmas de una religión, aunque sea dominante. Al entrar en el campo político y al asumir cargos en el aparato de Estado, no se pide a los ciudadanos religiosos que renuncien a sus convicciones religiosas. Lo único que se les exige es que no pretendan imponer su visión a todos los demás ni traducir en leyes generales sus propios puntos de vista particulares.
La laicidad obliga a todos a ejercer la razón comunicativa, a superar los dogmatismos en favor de una convivencia pacífica, y a buscar puntos de convergencia comunes ante los conflictos. En este sentido, la laicidad es un principio de la organización jurídica y social del Estado moderno.
Subyacente a la laicidad hay una filosofía humanística, base de la democracia sin fin: el respeto incondicional al ser humano y el valor de la conciencia individual, independiente de sus condicionamientos.
Se trata de una creencia, no en Dios, como en las religiones, que mejor podríamos llamar fe, sino de una creencia en el ser humano en sí mismo, como valor. Esta creencia se expresa mediante el reconocimiento del pluralismo y la convivencia entre todos.
No será fácil. Quien está convencido de la verdad de su posición, estará tentado a divulgarla y ganar adeptos para ella. Pero le está vedado usar medios masivos para hacerla valer a los otros. Esto sería proselitismo y fundamentalismo.
Laicidad no se confunde con laicismo. Este configura una actitud que busca erradicar las religiones de la sociedad, como ocurrió con el socialismo de versión soviética, por cualquier motivo que se aduzca, para dar espacio solamente a valores seculares y racionales. Este comportamiento es opuesto al religioso y no respeta a las personas religiosas.
Sectores de la Iglesia hacen daño a la laicidad cuando, como ocurrió entre nosotros, aconsejaron a sus miembros no votar a cierta candidata por apoyar la descriminalización del aborto por razones de salud pública o aceptar las uniones civiles de homosexuales. Esta actitud es inaceptable dentro de un régimen laico y democrático, que asegura la convivencia legítima de las diferencias.
La acción política tiene como objetivo la realización del bien común concretamente posible dentro de los límites de una determinada situación y de un cierto estado de conciencia colectivo. Puede ocurrir que, debido a muchas polémicas, no se consiga alcanzar el mejor bien común concretamente posible. En este caso es razonable, también para las Iglesias, acoger un bien menor o tolerar un mal menor para evitar un mal mayor.
La laicidad eleva a todos los ciudadanos religiosos a un mismo nivel de dignidad. Esta igualdad no invalida los particularismos propios de cada religión, solo exige de ella el reconocimiento de esta misma igualdad a las otras religiones.
Pero no hay solo la laicidad jurídica. Hay también una laicidad cultural y política que, entre nosotros, generalmente no es respetada. La mayoría de las sociedades actuales laicas están hegemonizadas por la cultura del capital. En ésta prevalecen valores materiales cuestionables como el individualismo, la exaltación de la propiedad privada, la laxitud de las costumbres y la magnificación del erotismo. Se utilizan los medios de comunicación de masas, en su mayor parte propiedad privada de algunas familias poderosas, que imponen su visión de las cosas.
Tal práctica atenta contra el estatuto laico de la sociedad. Esta debe mantener distancia y someter a crítica los «nuevos dioses». Estos son ídolos de una «religión laica» montada sobre el culto al progreso ilimitado, la tecnificación de toda vida y el hedonismo, sabiéndose que este culto es política y ecológicamente falso porque implica la explotación continuada de la naturaleza ya degradada y la exclusión social de mucha gente.
Incluso así, no se invalida la laicidad como valor social.
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1.Ni clérigo, ni laico.
 Joxe Arregi, Teólogo
 3 de Octubre de 2010 -
IBA a titular este artículo "Soy laico". Ahora que, por motivo de doctrinas e interpretaciones que nunca debieron habernos traído hasta aquí, he iniciado el doble proceso de exclaustración (abandono de la "Vida religiosa") y de secularización (abandono del sacerdocio), quería brindar por mi nuevo estado y decir: "Me honro de ser laico por la gracia de Dios. Me alegro de ser uno de vosotros, la inmensa mayoría eclesial".
Pero debo corregirme en seguida. ¿Laico? No, realmente no soy laico ni quiero serlo, pues este término sólo tiene sentido en contraposición a clérigo y siempre lleva las de perder. No soy laico ni quiero serlo, porque ese nombre lo inventaron los clérigos -que nadie se extrañe: siempre han sido los poderosos quienes han impuesto su lenguaje-. No quiero ser laico, que es como decir cristiano raso y de segunda, cristiano subordinado.
El Derecho Canónico vigente da una extraña definición del término: "laico" es aquel que no es ni clérigo ordenado ni religioso con votos. No designa algo que es, sino algo que no es. Laico es el que, por definición canónica, carece en la Iglesia de identidad y de función, por haber sido despojado. Laico es el que no ha emitido los tres votos canónicos de pobreza, obediencia y castidad, aunque es casi seguro que habrá de cumplir esos votos, y otros varios, tanto o más que los religiosos instalados en su "estado de perfección". Laico es el que no puede presidir la fracción del pan, la cena de Jesús, la memoria de la vida. Laico es el que no puede decir en nombre de Jesús de manera efectiva: "Hermano, hermana, no te aflijas, porque estás perdonado, y siempre lo estarás. Nadie te condena, no condenes a nadie. Vete en paz, vive en paz". Laico es el que no puede decir a una pareja enamorada: "Yo bendigo vuestro amor. Vuestro amor, mientras dure, es sacramento de Dios". Laico es el que no tiene en la Iglesia ningún poder porque se lo han sustraído. Aquellos que se apoderaron de todos los poderes se llamaron clérigos, es decir, "los escogidos". Habían sido escogidos por la comunidad, pero luego se escogieron a sí mismos y dijeron: "Somos los escogidos de Dios".
No soy laico ni quiero serlo, porque no creo en una Iglesia tripartita de religiosos, clérigos y laicos, de cristianos con rango y cristianos de a pie, de clase dirigente y masa dirigida. Jesús no dispuso clases, sino que las anuló todas. Y nadie que conozca algo del Jesús histórico nos podrá decir que a los "Doce" -que luego fueron llamados apóstoles- los puso Jesús como dirigentes, menos aún como clase dirigente con derecho a sucesión. A lo sumo, y como judío que era, los designó como imagen del Israel soñado de las doce tribus, del pueblo reunido de todos los exilios, del pueblo fraterno, liberado de todos los señores. (Y, por lo demás, ¿qué hay de los "setenta y dos" que Jesús también escogió y envió a anunciar que otro mundo es posible? ¿Cómo es que ellos no tuvieron sucesores? A alguien debió de interesar que no los tuvieran, tal vez para que el poder no quedara repartido). Jesús no era sacerdote, pero no por ello se consideró laico y a nadie nos llamó con ese nombre. Es un nombre falaz.
Hace veinte años que así lo veo y lo digo. ¿Por qué, entonces, no he abandonado hasta ahora los votos y el sacerdocio? Simplemente, porque era lo bastante feliz con lo que vivía y hacía, y pensaba que no cambia nada importante por unos votos de más o unos cánones de menos. Y ahora que, por las circunstancias, dejo los votos y el sacerdocio, sigo pensando lo mismo: que "laico" es una denominación clerical y que, en la Iglesia de Jesús, es preciso dejar de hablar de clérigos y laicos, es decir, superar de raíz el clericalismo.
Hablar de clérigos y laicos en la Iglesia es un fraude al Nuevo Testamento, pues esos términos no se utilizan una sola vez ni en los evangelios, ni en las cartas de Pablo, ni en ningún otro escrito del Nuevo Testamento. Sí se utiliza el término griego "laos" (pueblo), del que se deriva "laico", pero "laos" designa a toda la Iglesia, no a una supuesta "base eclesial" informe e inculta. A toda la Iglesia nos llama el Nuevo Testamento "pueblo de Dios" (1 Pe 2,9-10), y a todos los creyentes nos llama "templo de Dios" (1 Pe 2,5; 1 Cor 3,16), "sacerdotes santos" (1 Pe 2,5), "escogidos" y, sobre todo, "hermanos". Todo somos pueblo, templo, sacerdotes, elegidos, hermanos; lo somos sin otra distinción que la biografía misteriosa de cada uno con sus dones y sus llagas.
Hablar de clérigos y laicos es también un fraude a los primeros siglos de la Iglesia, pues esos términos no figuran en la literatura cristiana hasta el siglo III. Durante los dos primeros siglos no hubo "laicos" en la Iglesia, porque aún no existía "clero". Luego, la Iglesia se fue sacerdotalizando, clericalizando, y así surgió el laicado, que no es sino el despojo de lo que el clero se llevó. Nunca habría habido laicos en la Iglesia de no haber habido clérigos primero.
Más cerca aun de nosotros, hablar de clérigos y laicos es un fraude al sueño insinuado por el Concilio Vaticano II que, en la Constitución Lumen Gentium, invirtió el orden tradicional y trató primero sobre la Iglesia como pueblo de Dios y luego sobre los ministerios jerárquicos. Primero, el pueblo; luego, las funciones que el pueblo considere oportunas. Los obispos, presbíteros y diáconos nunca debieron constituirse en "jerarquía" (poder sagrado); no son sino funciones que derivan de la comunidad y han de ser reguladas por ella. Sólo representan a Dios si representan a la Iglesia y no a la inversa.
Hablar de clérigos y laicos es, en definitiva, un fraude a Jesús, pues él rompió con la lógica y los mecanismos de quienes se habían atrincherado en la Ley y el Templo y se habían erigido a sí mismos como dueños absolutos de la verdad y del bien. Jesús les dijo: "Dios no quiere eso. Dios quiere que curemos las heridas y seamos hermanos". Y por eso le condenaron.
Doce siglos después, vino Francisco, que nunca se rebeló de palabra contra el orden clerical ni quiso criticarlo, pero que por alguna otra poderosa razón, además de la humildad, rehusó  ser clérigo y, con la dulzura y la firmeza que le caracterizaban, impidió mientras pudo que se reprodujera en su fraternidad la división entre clérigos y laicos. Y, cuando ya no pudo impedirlo, su cuerpo y su alma se llagaron y murió a los 45 años.
Una vez que él con algunos hermanos moraba de paso en un pobrecillo eremitorio, llegó en visita una importante dama y pidió que le mostraran el oratorio, la sala capitular, el refectorio y el claustro. Francisco y sus hermanos la llevaron a una colina cercana y le mostraron toda la superficie de la tierra que podían divisar y le dijeron: "Este es nuestro claustro, señora". Que era como decir: "No queremos ser ni monjes ni religiosos ni seglares, ni clérigos ni laicos. Es otra cosa, Señora. Queremos vivir como Jesús".
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LA "SANA" LAICIDAD


En una visita que hizo a París el año pasado, Benedicto XVI defendió públicamente la "sana laicidad" del Estado. A los periodistas llegó a decirles que "la laicidad en sí misma no es contradictoria con la fe, sino que la fe es fuente de una sana laicidad". Estas palabras del papa han hecho pensar a no pocas personas que Benedicto XVI ha tomado, en cuanto se refiere a las relaciones de la Iglesia y el Estado, una postura más abierta que la de los obispos españoles. ¿Es realmente así?
Creo que no. Más aún, estoy convencido de que el papa sigue pensando, sobre este asunto, exactamente lo mismo que pensaba el día que fue elegido obispo de Roma. Pocos días después de su elección, el 24 de junio de 2005, en la visita que, como exige el protocolo, el Jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano hizo al Presidente de la República Italiana, en el palacio del Quirinal, Benedicto XVI pronunció un discurso en el que dijo: "Es legítima una sana laicidad del Estado en virtud de la cual las realidades temporales se rigen según las normas que les son propias, pero sin excluir las referencias éticas que encuentran su último fundamento en la religión. La autonomía de la esfera temporal no excluye una íntima armonía con las exigencias superiores y complejas que se derivan de una visión integral del hombre y de su eterno destino" ("L?Osservatore Romano, 25.VI.5, pg.5). Por tanto, en cuanto se refiere al controvertido asunto de la laicidad del Estado, el papa actual ya hablaba, al empezar su pontificado, como ha hablado recientemente en Francia, de "sana" laicidad. Es decir, para el papa Ratzinger (según parece), no es aceptable la laicidad sin más. Esa laicidad tiene que ser "sana". ¿Y en qué consiste una laicidad "sana"? Si nos atenemos al programa de gobierno que el propio Ratzinger presentó ante el Jefe del Estado Italiano, la laicidad es "sana" cuando no excluye las referencias éticas que tienen su último fundamento en la religión. Por tanto, este papa afirmó sin titubeos, desde el comienzo de su pontificado, que, en todo cuanto se refiere a los comportamientos éticos, la referencia última, o sea la última palabra, la tiene la religión.
Por tanto, la convicción firme del papa actual es que el Jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano es quien tiene la última palabra en las decisiones de todos los demás Estados que, con sus leyes, puedan afectar a la conducta ética de los ciudadanos. A partir de este supuesto, se puede empezar a hablar de la "sana laicidad" que el papa acepta gustosamente. Todos sabemos los problemas que la llamada "sana laicidad" está creando en los países en los que la presencia de los católicos sigue siendo lo suficientemente fuerte como para que los obispos y los nuncios se sientan con fuerza para enfrentarse a los gobiernos que no favorecen a la Iglesia todo lo que los obispos y, en última instancia, el papa piensan que se han de privilegiar los puntos de vista y los intereses de la Iglesia por encima de los del Estado.
Así las cosas, lo primero que a cualquiera se le ocurre es que la postura del papa representa la pretensión de ingerencia de un Estado (el Vaticano) en los asuntos internos de otros Estados. Es verdad que esto lo hace el Jefe del Estado del Vaticano en cuanto Sumo Pontífice que es y, por tanto, jefe supremo de todos los obispos y de todos los católicos. Ahora bien, así las cosas, nos encontramos con un "poder religioso" que pretende estar por encima de un "poder político". No voy a discutir este asunto echando mano de teorías abstractas. Me voy a referir a algo mucho más concreto. El poder que tiene el papa, como Sucesor de Pedro, no como Jefe de Estado, le viene de Jesucristo. Pues bien, los católicos sabemos que Jesús prohibió severamente a sus apóstoles ejercer el poder como lo ejercen los jefes de la naciones: "No ha de ser así entre vosotros" (Mc 10, 43; Mt 20, 26; Lc 22, 26). Y si esto lo tuvo prohibido san Pedro, es de suponer que lo tienen también prohibido sus sucesores. Pero, sobre todo, si a los apóstoles ( y a sus sucesores) les está prohibido ejercer el poder "como" lo ejercen los jefes de las naciones, mucho más prohibido les estará pretender ejercer el poder "por encima" de los jefes de las naciones". Jesús se refería, por supuesto, a un poder espiritual. Pero es que resulta que el poder, que el papa insinúa tener sobre los Estados, se refiere exactamente a las cuestiones éticas, cuestiones que entran de lleno en lo que llamamos "poder espiritual".
No entro aquí a discutir los problemas filosóficos, jurídicos y políticos que plantea la "sana laicidad" que defiende el papa. Sea lo que sea de esos complejos problemas, lo que yo veo, como estudioso de la teología cristiana, es que el poder que pretende tener el papa no se puede fundamentar en las enseñanzas de Jesús. Es más, si tomamos en serio el Evangelio, esa presunta "sana" laicidad no tiene fundamento alguno para lo que pueden y deben creer los cristianos. Vamos a quedarnos con la laicidad a secas, que si se acepta y se respeta debidamente, con ella tenemos bastante. Y con ella viviremos en paz y en armonía.
José Mª Castillo
25.01.10 | 18:11. Archivado en Sin censura

Blog de Religión Digital del 25/01/2010.

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Laicicidad: ciudadanos/as y cristianos/as” el 29 de noviembre de 2008
LA FRESCURA DE SU ESPERANZA
En torno a la VIII Asamblea de Iglesia de Base de Madrid
EVARISTO VILLAR
MADRID.

ECLESALIA, 22/12/08.- Después de las inscripciones y entrega de carpetas, la VIII Asamblea comenzó justamente a las 10:00 h. Toda ella estuvo enmarcada en una celebración eucarística (“Maestro, ¿dónde quieres que te preparemos la Cena?”), que se inició en estos primeros momentos con el saludo de acogida, una oración inspirada en la Carta a Diogneto, un canto y la preparación de la Mesa.
A partir de aquí, se fueron desarrollando con mucha naturalidad los tres momentos vertebradores de este último acto de la VIII Asamblea, es decir, el discursivo- programático, el organizativo-administrativo y el convivencial. El primero se centró en La laicidad como base programática para los dos próximos años. Fue un rico espacio de exposición, debate y decisión que se alargó hasta mediodía y que se cerró con la presentación de las ofrendas eucarísticas, la consagración y la comunión. El segundo momento se inició a primera hora de la tarde y se centró en la organización y administración de Iglesia de Base de Madrid (IBdM). Después de un breve receso, bien avanzada ya la tarde, hubo un bonito encuentro-convivencia con algunos colectivos de Redes Cristianas de Madrid, invitados especialmente para esta ocasión. La asamblea se cerró con un canto y una creativa y bonita acción de gracias.
Es de notar que, entre las 150 personas que asistieron durante el día a la asamblea, hubo representantes de 28 comunidades.
Voy a detenerme en algunos detalles de cada uno de los tres momentos de la asamblea porque me parecen novedosos y dignos de reseñar.
I. LA LAICIDAD: PROGRAMACIÓN PARA LOS DOS PRÓXIMOS AÑOS
La comisión que voluntariamente se encargó de la elaboración, seguimiento y presentación de este tema, formada por cuatro personas, expuso el proceso seguido y su contenido así como las propuestas de acción que traía a la asamblea y sacó adelante con la aprobación general.
1. Ha sido un proceso participativo. Durante todo un año las comunidades han tenido la oportunidad de participar no sólo en la elección del tema, sino también en su desarrollo y la formulación de conclusiones. En un primer momento, las comunidades tuvieron que optar por la laicidad entre otros cinco temas que ellas mismas habían propuesto: Jesús, profeta laico; religión y laicidad: convergencia humanista y liberadora; pluralismo en la Iglesia y la sociedad; relaciones Iglesia-Estado; la religión en la escuela pública en España.
2. Luego vinieron el desarrollo, las propuestas prácticas, las estrategias a seguir y los medios.
- Se asume como “objetivo general” la separación nítida entre la Iglesia católica y el Estado. Lo que, más al fondo, apunta a estas tres cosas: a la emancipación plena de la sociedad civil de la hegemonía de la religión -lo que no significa que no esté abierta a ella-, a que el Estado asuma la autonomía que le otorga la Constitución en la gestión de la “cosa pública” y a que la Iglesia católica renuncie a los privilegios que la ponen en ventaja con referencia a otras instituciones religiosas y civiles, también privadas pero igualmente con dimensión pública.
- Desde este objetivo máximo se apuesta por la denuncia de aquellas situaciones o relaciones Iglesia católica/Estado que chocan frontalmente con el espíritu aconfesional (o laico) presente en la Constitución. Estas situaciones se amparan y justifican actualmente en los Acuerdos del Estado español con la Santa Sede de 1976 y 1978, y que, a juicio de reconocidos juristas de derecho internacional, son inconstitucionales tanto en la forma como en el fondo. La lista que hace IBdM de estos lugares de privilegio, objetos de denuncia, sigue, con pequeñas variantes, el elenco reflejado por Redes Cristianas en su “Manifiesto por la Laicidad”.
- Finalmente, se puntualizan las estrategias a seguir durante los dos próximos años para llevarlos a cabo. En este sentido, se marcan dos líneas de actuación: 1ª Una campaña de sensibilización ante la opinión pública, aprovechando los medios de comunicación sensibles al tema y los alternativos (prensa, radio, Tv, páginas web, etcétera). Y 2ª Acciones de presión ante las instituciones por medio de recogida de firmas para el “Manifiesto de Redes Cristianas”, entrevistas con autoridades, concentraciones ante las sedes de instituciones religiosas y civiles.
- Para llevar adelante todo esto, se crea una comisión ad hoc con un tiempo limitado, dos años, y con el cometido de hacer participar a todas las comunidades y colectivos integrados en Iglesia de Base de Madrid, de mantener una conexión permanente con Redes Cristianas en este tema, y de coordinar la acción con otras asociaciones y movimientos civiles interesados en el tema.
II. REMODELACIÓN ORGANIZATIVA DE IBdM
También esta tarea, que ha durado un año, fue llevada por una comisión de siete voluntarios/as. Su actividad se centró en varias etapas antes de presentar a la asamblea su propuesta organizativa. Durante la presentación del trabajo realizado, la comisión insistió en que todos los pasos que había dado han estado siempre abiertos a la participación de todas las comunidades, y que la propuesta de organización que se estaba presentando era fruto del diálogo permanente con los portavoces de las comunidades. Las etapas fueron éstas:
1ª La identificación del sujeto. Esta ha sido la tarea más larga y fatigosa. Se hizo una visita personal a cada una de las comunidades para completar una breve encuesta enviada antes por correo. Se trataba en esta primera etapa de certificar la existencia e identidad de cada una de las comunidades con su lugar social, sus representantes y la referencia que siguen manteniendo con IBdM. La comisión tenía la impresión de que, después de más de 20 años de rodaje, algunas comunidades se habían ido descolgando por diferentes motivos: por falta de interés, por envejecimiento, por debilitamiento o desaparición de la misma comunidad, etcétera. Pues bien, al final resultó que 28 comunidades siguen vinculadas y decididamente dispuestas a mantener su coordinación con IBdM, y el resto, una vinculación más flexible apoyada en la información y en gestos meramente puntuales.
2º Elaboración de la información recogida. El paso por las comunidades ha dejado en la comisión, según se dijo, una doble impresión: por una parte, se ha percibido la satisfacción que ha ido creando el camino juntamente recorrido en los últimos 22 años de coordinación. Se señalan expresamente las primeras asambleas generales, y, particularmente, la edición del Documento-Programa de 86, que representa una “verdadera constitución” para los Cristianos de Base en Madrid; también se mencionan como hechos positivos las relaciones hacia fuera que se han establecido durante este largo tiempo con la Red Europea de Iglesia por la Libertad, con Redes Cristianas y con los Movimientos Sociales de la Comunidad de Madrid.
Pero también -y sin llegar a calificarlo de crisis- se advierten, por otra parte, algunas incertidumbres en el presente de la coordinación que la están debilitando y que merecen ser tomados serenamente en consideración. Por ejemplo, a juicio de la comisión, se necesita a) redefinir unos objetivos y unas tareas que el largo tiempo transcurrido ha venido dejando ya obsoletos; b) retomar el método de trabajo “horizontal y participativo” que se que se puso en práctica desde los inicios y que por inercia, excesiva delegación o la necesidad de una eficacia inmediata se ha venido debilitando en los últimos años; c) redefinir la forma concreta de organización, volviendo a su forma original, lo que supone en concreto: restaurar la Coordinadora (en lugar de la Gestora), la Asamblea de Representantes (suprimida hace unos años) y las Comisiones de Trabajo, prácticamente reducidas a su mínima expresión.
3º La propuesta de organización. Después del análisis de las comunidades y de la valoración de los datos recogidos, la comisión, en diálogo con los portavoces de las comunidades, formuló una propuesta de organización que se cree realista y ajustada a las posibilidades del momento presente. Después del trabajo realizado, resulta que, con pequeños retoques de adaptación, esta propuesta reproduce prácticamente la misma que nos dimos desde los orígenes y que aparece sustancialmente reflejada en el Documento-Programa del 1986. En definitiva, nuestra organización (ratificada por esta VIII Asamblea) constará de los siguientes elementos:
- La Asamblea General que es soberana y que se reúne cada dos años para dibujar las líneas maestras de pensamiento y acción para ese periodo de tiempo.
- La Asamblea de representantes de las comunidades que van marcando el ritmo de la coordinación entre asambleas generales, revisando el proyecto común, proponiendo acciones puntuales, etcétera.
- Las Comisiones de trabajo encargadas de plasmar, cada una en su propio ámbito, el proyecto general de IBdM. La VIII ha priorizado estos tres espacios: los Movimientos Sociales, la Laicidad y las relaciones Exteriores
- La Coordinadora que es el órgano representativo y portavoz y administrativo de IBdM entre asambleas y que se completa con una Secretaría y Administración para las tareas específicas.
III. TRES IMPRESIONES PERSONALES SOBRE LA VIII ASAMBLEA
Estas impresiones tienen la única virtud de estar hechas por alguien que, desde sus orígenes, ha estado muy estrechamente vinculado a los avatares que ha ido atravesando IBdM, y que , en este último año, ha participado directamente en la comisión de organización. Tampoco pretenden mayor alcance que lo que supone una voz individual que dice en alto lo que en secreto piensa.
Pues bien, al hilo del proceso seguido en esta última asamblea se me ocurre que:
1º IBdM ha hecho una buena reconversión. Después de 22 años sin preocuparse mayormente de su propia identidad (tantos eran los reclamos externos que nos lo impedían), en esta asamblea se ha atrevido a mirarse detenidamente a sí misma y se ha descubierto realmente como es, con unos límites bien precisos, pero también con un futuro granado de posibilidades. La reconversión organizativa que ha hecho no ha sido traumática, aunque sí laboriosa. Después de todo un proceso de análisis y de búsqueda de alternativas estructurales, resulta que llegó a caer en la cuenta de que la solución ya la tenía en sí misma desde los comienzos... Hay fórmulas que, por muy extrañas que resulten al principio, su propia naturaleza asociada con el tiempo las van dotando luego de tal cotidianeidad y eficacia que al final resultan imprescindibles. Así ha ocurrido con las mediaciones institucionales que, con algunas variantes, se han vuelto a reponer.
2º Curiosamente, la reconversión no ha debilitado para nada su discurso. IBdM sigue manteniendo un discurso fuerte, crítico y alternativo, y unas prácticas realmente proféticas. Asomarse a su praxis es como descubrir ese hontanar ansiosamente buscado en el desierto, ese oasis donde te sorprenden su abundancia y frescura. Iglesia de Base está en todas las movidas eclesiales y cívicas de Madrid donde se juega algo verdaderamente importante para el ser humano. No hay espacio de marginación y exclusión tanto en la sociedad como en la Iglesia que no cuente con la decidida implicación y defensa de Iglesia de Base. Y en cuanto al discurso, el planteamiento y la justificación que hace de la Laicidad en la actual situación española son una manifestación palpable de la voluntad de alternativa que acompaña siempre a sus manifestaciones públicas.
3º Por todo esto, te sorprende gratamente percibir, en medio de la impresionante crisis que estamos atravesando y del desgaste que suponen tantos años de presencia profética, la frescura de su esperanza. Una actitud que brota de su real implicación en la vida donde no puede quebrar. IBdM podrá ser cínicamente ignorada por las cúpulas de un poder que solo sirve para proteger las propias ambiciones personales de quienes lo detentan y sus intereses corporativos, pero estará siempre muy presente allí donde la dureza de la vida está exigiendo gratuidad, justicia y calidez a la conciencia humana. Su presencia e implicación en las nobles causas de la justicia y la equidad son un evidente prueba de la robustez de su esperanza. Se podrá cubrir su existencia con un manto de ignorancia y aun de rechazo, pero nadie podrá prohibir a IBdM que, desde la base, siga soñando eficazmente con otra Iglesia y otro mundo posibles y necesarios.
Larga vida, pues, a IBdM, y nuestro deseo de que siga acrecentando su presencia pública en esos espacios sociales y religiosos capaces de empatizar con un discurso y una praxis alternativa al sistema dominante. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Laicidad del Estado y libertad religiosa
Juan A. Estrada, teólogo

Diario de Cádiz
EL anuncio de que hay planes para modificar la Ley de Libertad Religiosa y para avanzar en la laicidad del Estado ha generado instantáneamente reacciones a favor y en contra. La rapidez y virulencia de las repercusiones, cuanto todavía no conocemos los contenidos ni el alcance de los planes, muestra que no es un falso problema, inventado por el Gobierno para distraer a la opinión pública, como han afirmado algunos medios y partidos políticos. Para nadie es un secreto que un amplio sector de la sociedad española rechaza los derechos y privilegios de la Iglesia católica en diversos ámbitos (financiero, educativo, político y cultural). Muchos sostienen también que hay una confesionalidad encubierta que perjudica a las otras religiones e iglesias.
Los desencuentros entre el Gobierno y la jerarquía católica han sido constantes en la legislatura pasada. Por eso, afirmar que esto es un “problema artificial”, para ocultar los problemas reales, es un ejercicio de hipocresía política, además de tomar por tontos a los ciudadanos. ¡Como si éstos no conocieran la realidad del problema, a la luz de la experiencia de los últimos años!
Que España ha cambiado radicalmente en los últimos treinta años no lo duda nadie. El caso español es, incluso, un modelo que se estudia en las ciencias sociales, para analizar la rápida transformación de una sociedad en lo económico, político y lo sociocultural. Por eso, el marco jurídico, político, económico y social que se elaboró en los setenta necesita adaptaciones, reformas y nuevas aplicaciones. Lo que fue bueno para la Transición no tiene por qué serlo para la democracia actual. Las legislaciones se quedan obsoletas, gracias a la rápida evolución de la sociedad. De esto no se salva nada, ni siquiera lo políticamente más intocable, la Constitución que aprobó el pueblo español.
Lógicamente esto también se aplica a los tratados internacionales, desde los que nos vincularon a la Unión Europea, a los que teníamos con Estados Unidos. Y también a los del Gobierno y el Estado Vaticano. Los acuerdos Iglesia-Estado alcanzados en enero de 1979, un mes después de aprobarse la Constitución, lograron que el problema religioso no dividiera a los españoles en la transición a la democracia. Exigieron sacrificios y renuncias por todas las partes, que supieron subordinar sus intereses e ideologías en favor de la paz social y la democracia. Han sido eficaces, a pesar de sus deficiencias y del oportunismo con que se lograron. Pero esto no quita que se puedan modificar hoy, como la misma Constitución. Pretender inmunizarlos al cambio y hacer de ellos un tabú intocable sería ir contra la historia y ponerlos por encima de la misma Constitución, que es lo que algunos pretenden.
Por parte de la jerarquía eclesiástica es necesario abrirse al cambio desde el diálogo. Sin caer en una postura cerrada y apologética sobre derechos y privilegios que, antes o después, tienen que ser replanteados porque lo pide un amplio sector de la opinión pública. Una actitud de apertura y de búsqueda de nuevos acuerdos la favorecería a corto y largo plazo. Hay que asumir la sensibilidad de los no católicos, de los que no pertenecen a ninguna religión y de un número creciente de católicos disconformes, que abogan por replantear la postura de la Iglesia en una sociedad secularizada y un Estado laico. La laicidad no es sólo un deseo de los no católicos, sino también de muchos de éstos, como reconoció el cardenal Ratzinger en un famoso debate con Habermas, Premio Príncipe de Asturias en 2003, un año antes de su elección como Papa.
Por parte del Estado hay que superar el laicismo combativo, a veces, claramente antirreligioso, en favor de una laicidad en la que quepan todos. La mayoría de la Unión Europea tiene constituciones laicas y está formada por sociedades secularizadas. La libertad religiosa asegura a las iglesias sus derechos y los estados fomentan formas de colaboración, en lugar de luchar contra ellas, como ocurrió en el siglo XIX y buena parte del XX. También aquí, España tiene que dejar de ser una excepción en Europa. La laicidad no implica hostilidad, sino que posibilita colaboraciones y acuerdos en beneficio de la paz social, de la libertad religiosa y de la convivencia de todas las religiones. El actual presidente de Francia, el Estado más laico de Europa, busca nuevas fórmulas de colaboración entre las iglesias y el Estado, que no obstan para la neutralidad religiosa y la laicidad.
España debe encauzarse en esa línea, sin querer volver al laicismo y confesionalismo decimonónicos, que duraron hasta 1979. Que esto ocurra depende de la jerarquía eclesiástica y del Gobierno, pero es también responsabilidad de los ciudadanos y de los medios de comunicación social, que son los que determinan buena parte de lo opinión pública. El futuro de nuestra sociedad y la europeización de España dependen de que acertemos.

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Rafael Díaz-Salazar: “El aprendizaje de la laicidad es necesario para la convivencia de los españoles plurales y diversos”
Violeta Lavín

Hoac
Rafael Díaz-Salazar acaba de publicar «España laica» en la editorial Espasa. Con él concluye una trilogía sobre laicismo iniciada con «El factor católico en la política española. Del nacionalcatolicismo al laicismo» (PPC, 2006) y continuada con «Democracia laica y religión pública» (Taurus, 2007). En el primer libro expuso el marco histórico y político, en el segundo realizó la fundamentación teórica a través del debate entre Ratzinger y Habermas, y en este último presenta una propuesta concreta de construcción de la laicidad en España. Quizá sea el más práctico y útil de los tres para afrontar uno de los principales debates que tenemos en nuestro país.
- ¿Qué problemas de la sociedad española se abordan en el libro?
- Fundamentalmente la convivencia nacional en un país donde la ciudadanía cada vez es más plural, no sólo en el ámbito político e ideológico, sino también en el campo moral, territorial, cultural y religioso. Tenemos un gran déficit en cultura de la tolerancia activa. Vuelven a resurgir las Españas enfrentadas. El antagonismo ciudadano se está canalizando a través del debate sobre el laicismo, que es una especie de crisol donde se condensan cuestiones que nunca se han resuelto adecuadamente en la historia de España. Supimos resolver constitucionalmente el pluralismo político, pero todavía tenemos pendiente lo que denomino la
Constitución Cultural de los españoles diversos y ésta requiere una laicidad inteligente, basada en la cultura del diálogo y en la amistad cívica de quienes tenemos identidades
diferentes.
- ¿Por qué el laicismo forma parte del debate político y cultural en nuestro país?
- El laicismo es un movimiento que toma fuerza cuando en una sociedad se intenta reforzar
el pluralismo cultural y moral y otorgar derechos a minorías que tradicionalmente han estado marginadas.
En los últimos años se han creado asociaciones laicistas que han logrado convertirse en grupos de presión política y mediática.
- ¿Qué fines persiguen las asociaciones laicistas españolas?
- El movimiento laicista español es plural y está dividido en varias corrientes y tendencias. Algunas se sitúan dentro del ateismo militante y anticlerical y otras no son antirreligiosas.
Casi todas pretenden que en España se instaure el modelo francés tradicional de Estado y de escuela. Pero una cosa es el laicismo como ideal cívicomoral y otra el tipo de asociaciones
que lo representan en España, que no siempre traducen adecuadamente sus ideales, ni se insertan en los debates sobre la nueva laicidad que se plantean actualmente en Europa. A las asociaciones laicistas españolas les queda mucho camino para que lleguen a adquirir la madurez de las organizaciones laicistas europeas.
También se analiza en el libro el laicismo del PSOE y de IU y el apoyo de los españoles a algunas reivindicaciones de la izquierda laicista, ¿por qué hay un desajuste entre el relativamente alto nivel de catolicismo de los votantes de izquierda y el discurso laicista de estos partidos?
La izquierda española ha sido tradicionalmente laicista y antirreligiosa.
El PCE e IU se abrieron al mundo cristiano hace decenios, pero en los últimos años han abandonado esa política y hoy tienen el laicismo anticlerical como identidad. El PSOE fue laicista antieclesial. Hace algunos años inició una apertura al mundo cristiano, pero la nueva dirección no ha logrado darle cuerpo orgánico a esa política.
Pero una cosa son los partidos y otra los gobiernos. En este sentido, el gobierno de Zapatero no ha practicado una política laicista antieclesial.
Las asociaciones laicistas están muy irritadas con él por no haberlo hecho.
En la dirección del PSOE y de IU falta un análisis adecuado de lo que es hoy el mundo cristiano y por eso sólo se centran en asumir o rechazar las demandas episcopales. Los datos
del Centro de Investigaciones Sociológicas que ofrezco en el libro muestran un desajuste entre el nivel de catolicismo de los votantes de estos partidos y la falta de una política específica hacia el mundo cristiano.
También muestran el bajísimo nivel de apoyo de los votantes de la izquierda a la campaña emblemática de las asociaciones laicistas sobre la expulsión de la enseñanza de la religión
de la escuela pública.
- ¿Cuáles son las señas de identidad del laicismo?
- El laicismo es un movimiento humanista que ha aportado grandes valores morales. Se basa en la defensa del pluralismo religioso y moral y en la autonomía de la política respecto a la teocracia y el clericalismo. Reivindica la libertad de conciencia con fundamento ético, la neutralidad del Estado respecto a las ideologías y religiones, la igualdad jurídica de los ciudadanos y las organizaciones, la centralidad de la escuela pública para corregir desigualdades, otorgar capacidades y generar ciudadanos éticos. El laicismo no es
constitutivamente antirreligioso y antieclesial. Se opone a la religión y a la Iglesia sólo en la medida en que éstas sean obstáculos a su defensa del pluralismo y a la necesaria
distinción entre leyes, ética y religión.
- Me ha llamado la atención el concepto «laicismo religioso» que se desarrolla en el libro…
- Algunos de los ideales del laicismo aparecen en algunas religiones, especialmente en el cristianismo originario, que es antiteocrático, anticlerical y antifundamentalista. Históricamente, los primeros defensores del laicismo son minorías religiosas perseguidas
por Estados basados en una única confesión religiosa. Grandes personalidades religiosas, como Gandhi, han sido laicistas religiosos. Los misioneros cristianos en países musulmanes piden que el Estado sea laico. Es cierto que en Europa históricamente el laicismo ha sido anticlerical y, en bastantes corrientes, antirreligioso. En gran medida, se debió al tipo de religión e Iglesia imperantes. Actualmente hay cuatro tipos de laicismos: religioso,
neutral respecto a la religión, excluyente de la religión e incluyente de lo religioso. Muchas personas religiosas son laicistas: defienden el Estado laico, la autonomía del orden jurídico y
político siempre que se ajuste a la moral del orden constitucional, el diálogo entre éticas plurales, la enseñanza laica y no confesional de la religión, la autofinanciación de las iglesias, el rol público de la religión en la sociedad civil, la acción conjunta con laicistas no religiosos.
- ¿Cuáles son las líneas principales del debate europeo sobre la nueva laicidad?-
En Europa el laicismo es muy plural y el modelo francés tradicional no es el dominante. Más bien es una excepción europea. Por poner sólo un ejemplo, en todos los países europeos
existe la enseñanza confesional de la religión y en bastantes es una asignatura obligatoria. Se está realizando un balance de las luces y sombras de un siglo de laicismo. Preocupa mucho la
educación moral y la creación de un vínculo intercultural que sea capaz de articular expresiones públicas de las identidades colectivas (religiosas y no religiosas) y soberanía del orden constitucional. Desde luego, casi nadie defiende hoy que la religión es un asunto privado y que las Iglesias no son actores públicos en la sociedad civil.
En España, salvo excepciones, estos debates no se conocen y las asociaciones laicistas están bastantes desfasadas respecto a lo que es hoy la nueva laicidad europea. Por eso dedico un capítulo a exponerlos ampliamente.
- ¿Es la Iglesia católica un obstáculo para la construcción de la laicidad en España?-
Una parte de la jerarquía de la institución eclesial y los movimientos neoconservadores
que difunden su estrategia son un claro obstáculo. Pero la Iglesia española es amplia y plural y
en ella hay una cultura de la laicidad mayor que en muchas otras instituciones
y asociaciones.
- ¿Son incompatibles el catolicismo y el laicismo?
- Depende del tipo de catolicismo y de laicismo. En el libro expongo la afinidad de la propuesta de Pablo VI en la «Ecclesiam Suam» con un modelo basado en el laicismo inclusivo de la religión. Este modelo se realizó en la revolución americana y se está abriendo paso en Italia e incluso en Francia. Los obispos franceses han valorado positivamente los cien años de
laicismo en su país.
- En el libro se propone una Alianza de Culturas Cívicas para la laicidad, ¿en qué consiste este proyecto?
- Para construir laicidad en España tenemos que instaurar una cultura nacional del diálogo basada en una apertura de unas culturas a otras con el fin de encontrar puntos comunes
para el bien del país. Tiene que acabarse de una vez por todas el «guerracivilismo» y por eso recuerdo tanto a Azaña. En nuestro país existen culturas cristianas, liberales, conservadoras,
socialistas, comunistas, anarquistas, nacionalistas. Activemos el encuentro y el diálogo entre ellas. E intentemos realizar un trabajo conjunto en algunos ámbitos. Al menos, que nunca cese un diálogo razonable y el cultivo de la amistad cívica entre adversarios frente al odio político e ideológico. He propuesto diez objetivos concretos para una Alianza de Culturas que tienen como común denominador la educación moral y espiritual para una ciudadanía socialmente activa. Pretenden, además, ser un conjunto de indicadores para ver qué
aporta cada una de las culturas citadas a la consecución de esos objetivos.
El trasfondo tiene que ser la laicidad, sin ella no saldremos de la guerra de unas culturas contra otras a través de un uso de las leyes desde convicciones ideológicas o religiosas.
- ¿Una España más laica favorece o dificulta la convivencia nacional?-
El aprendizaje de la laicidad es necesario para la convivencia de los españoles plurales y diversos. Cuanto más compleja y variada es la ciudadanía, se requiere más laicidad; es decir,
más independencia en el ámbito político-jurídico, más deliberación entre éticas plurales y más diálogo entre quienes somos distintos por nuestras identidades ideológicas, morales y religiosas.
Articular nuestro pluralismo para vivir juntos y bien comunicados los diversos es un objetivo que tenemos que conquistar en España

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Iglesia y laicidad

Joxe Arregi

1. ¿A qué llamamos laicidad?
1) “Laicidad” no significa una sociedad sin religión, sino una sociedad en la que las instituciones religiosas dejan de regular la vida social. Durante siglos, las instituciones religiosas han sido la garantía y la instancia reguladora fundamental de muchos campos de la vida humana y de la sociedad: el sentido de la vida, la cohesión social, el mundo de los valores, la ética o la moralidad, el arte… Lo que se podía ver y no ver, leer y no leer, hacer y no hacer…
La “laicidad” no significa que se prohíba la religión Significan únicamente esto: que las instituciones religiosas dejan de ser las instancias estructurantes, reguladoras y normativas de la vida social.
2) “Laicidad” significa aceptar el radical pluralismo social, cultura, ético de nuestra sociedad, y renunciar a la pretensión de poseer la verdad y de imponerla. También la Iglesia renuncia a esa pretensión. Ella no es la única mediación, y no sabemos ni siquiera si es la mediación por antonomasia. En cualquier caso, no existe ninguna mediación absoluta.
3) La laicidad conlleva una reinterpretación de la “autonomía de las realidades seculares” proclamada por el Conc. Vat. II. Esta expresión parece operar con la distinción entre lo religioso y lo profano, y esta distinción ha quedado obsoleta. Toda realidad es profana, y toda realidad es sagrada. Se está recuperando justamente el sentido de sacralidad del mundo y de todos los seres y de todas las tareas. Pero, eso sí, se trata de una sacralidad que no está definida ni delimitada por las instituciones religiosas, ni está subordinada a ellas. El Espíritu actúa en todo y en todos los ámbitos inscribe los signos de su presencia, y la Iglesia no posee el monopolio del Espíritu.
4) “Laicidad” no significa, claro está, que el Estado detente ahora el monopolio de verdad y de la justicia. No deja de ser una tentación eso que se llama “laicismo”: “un comportamiento de los intransigentes defensores de los pretendidos valores laicos contrapuestos a las religiones y de intolerancia contra las fes y las instituciones religiosas. El laicismo que necesita armarse y organizarse corre el riesgo de convertirse en una Iglesia contrapuesta a otra Iglesia” (Bobbio, pensador agnóstico). Bobbio concluye: ‘¡Para Iglesia, nos basta con una!’
2. El consenso democrático como regla
1) Una sociedad plural y democrática tiene que ser necesariamente “laica” a la hora de regular los diferentes ámbitos de la convivencia (educación, trabajo, medios de comunicación, familia, economía, política…). La referencia inmediata de las instituciones democráticas no son el bien y la verdad en sí, sino la convivencia y el bien común. Sólo puede regirse por aquellos valores y principios básicos aceptados por la mayoría de los ciudadanos.
Eso significa que el gobierno de esa sociedad renuncia a aplicar el bien absoluto, la justicia absoluta, y se sitúa en el registro del respeto mutuo, de la aceptación de la pluralidad ineludible, de la búsqueda compartida, de la búsqueda del mayor consenso posible y del mayor bien común posible en cada circunstancia.
2) Eso no significa de ningún modo que la verdad y el bien coincidan con el objeto del consenso o sean simplemente fruto del consenso. No. Pero el diálogo y la búsqueda del mayor consenso posible y de una mayoría razonable son la mejor garantía de practicar la justicia en nuestra historia siempre provisional y fragmentaria. Los votos no deciden qué es la justicia y qué es la verdad, pero el diálogo y los consensos amplios son la mejor salvaguardia contra los abusos, e incluso el mejor camino para aplicar la máxima justicia posible.
3) La Iglesia no renuncia al testimonio público de su fe, al Evangelio de Jesús, pero sí a la pretensión de representar plenamente y en exclusiva a Dios, las promesas y exigencias del Evangelio de Jesús. La Iglesia, también ella, se apunta al juego de la búsqueda plural y dialogal de los caminos del Espíritu. Reconoce a todos los actores e indaga en ellos la llamada del Espíritu a la Iglesia.
4) Unos ejemplos: la Iglesia -desde su lectura de la Biblia- puede pensar (¡ojalá pensara!) que han de desaparecer todas las fronteras estatales, y que se deben admitir a todos los inmigrantes que vengan. Pero no por ello puede pretender que la sociedad concreta aplique ese principio de modo absoluto. Lo mismo pasa, y con mucha más razón en otras cuestiones de infinita menor transcendencia e infinitamente menos “seguras” desde del punto de vista del Evangelio: el matrimonio de homosexuales, el uso de anticonceptivos, la pastilla “del día después”, investigaciones genéticas o de ingeniería genética, clonación de embriones con fines terapéuticos, regulación del aborto y de la eutanasia, control demográfico a nivel mundial… Sobre estas cuestiones, la Iglesia no puede tener, en nombre de su fe, tanta seguridad como a menudo declara. Y aun en el caso de que pudiera tenerla (como en el caso de la emigración), no puede pretender que toda la sociedad se rija por los principios éticos del cristiano.
5) En casos extremos, la Iglesia puede (o debe) apelar al derecho de desobediencia civil. Efectivamente, “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 4,19). La inmigración podría ser, a mi modo de ver, uno de los casos más claros en los que la Iglesia pudiese promover una desobediencia civil… El problema es que la Iglesia apela a la desobediencia en cuestiones que parecen éticamente muy inseguras y discutibles: matrimonio de homosexuales… (¿cómo está segura la institución eclesial de que Dios no quiere que los homosexuales puedan ser también “matrimonio” y sacramento de su amor?). Hace pocos años, el arzobispo de Pamplona Fernando Sebastián enseñó tajante y reiteradamente que la desobediencia civil era contraria a la “doctrina de la Iglesia” (entonces se trataba de la insumisión al servicio militar obligatorio).
6) El mundo moderno es una lección de humildad para la iglesia. En particular en su historia de los dos últimos siglos, la Iglesia tiene sobrados motivos para ser humilde y dialogante con el mundo moderno. Logros que hoy nos parecen irrenunciables para la humanidad (la democracia, la libertad religiosa, los derechos humanos en general, las reivindicaciones de los trabajadores, la liberación de la mujer, el acceso de los pueblos colonizados a la independencia…) han sido objeto de condena por parte de la Iglesia. Lejos de empujar por su consecución, la Iglesia la ha entorpecido. En lo que respecta al derecho de “desobediencia eclesial”, la Iglesia no ha sido precisamente un modelo a la hora de reconocer a otros.
“La tolerancia ante las opciones de los otros no nace de la debilidad de la fe, sino de su seguridad. Dios no falla. La fe de Abrahán sigue siendo el ejemplo perfecto de la noche en que se pone en juego la fe y se anuncia la esperanza” (Ch. Duquoc, Cristianismo: memoria para el futuro, p. 133).
3. Unos criterios básicos
1) La religión (con sus creencias, ritos y normas de conducta que afectan a los propios miembros de la comunidad religiosa) es un derecho que la sociedad ha de respetar mientras ello no afecte negativamente a la convivencia social y a los derechos individuales y colectivos de los demás. Pero en ningún caso la religión (entendida como experiencia religiosa y como conjunto de mediaciones: creencias, ritos, normas) puede ser una obligación que se pueda imponer a nadie.
2) Pero este principio no se basa en la separación entre espacio público y espacio privado. Esa delimitación no es tan clara, y sí es claro que la religión no puede vivirse únicamente “de puertas adentro”, en las iglesias. Ahora bien, el criterio no es tanto esa separación discutible entre espacios, sino el consenso democrático en una sociedad plural. La religión no puede pretender imponer como leyes aquellos valores que considere fundamentales, mientras la mayoría de la sociedad no lo acepte. La Iglesia debe saber diferenciar aquello que aprueba y aquello que tolera. Debe tolerar muchas cosas, aunque no las apruebe (D. Innerarity). Esto mismo pasa a cualquier otro colectivo, religioso o no. Y ello es así porque no puede identificarse lo ético con lo legal. Una sociedad tiene que tolerar conductas que tal vez no sean éticas, cuando una mayoría así lo requiere. Debe haber un margen para tolerar aun lo que no se aprueba, en aras a la convivencia y en base al consenso mayoritario. Sin esto, no podría haber nunca una convivencia serena de ciudadanos de diferente sensibilidad ética.
3) En todo aquello que afecta a un colectivo plural, la Iglesia ha de ser una organización libre regulada por los mismos criterios y normas básicas que cualquier otra organización, con los mismos derechos y deberes de cualquier otra organización.
4) Es deseable que el Estado -en cuanto institución que administra las cuestiones que afectan a la convivencia social- y la institución religiosa estén separados y eviten al máximo las interferencias mutuas. Y no porque el Estado se encargue del espacio público y la religión del espacio privado. Hoy se está dando un claro proceso de disolución de esos límites espaciales en una doble dirección: “privatización de lo político” y “politización de lo privado” (D. Innerarity). Es un hecho la incidencia creciente de la vida privada (identidad, género, religión) en la vida política (cf. Sarkozy y la campaña americana).
5) Se dan inevitablemente situaciones complejas, ligadas por ejemplo a una realidad demográfica en la que una inmensa mayoría comparten una identidad y una pertenencia confesional determinada. Infinidad de casos difíciles de resolver: el mantenimiento de los monumentos religiosos, la financiación de la educación privada religiosa, el reconocimiento público de determinadas instituciones religiosas con un arraigo histórico y cultural fuerte…
4. La religión y el código civil
Las religiones han de ser inspiradoras de valores y conductas sociales (veracidad, altruismo, tolerancia, veneración de la vida, atención a los marginados, convivencia planetaria…). Pero
1) Darán muestras de sabiduría si renuncian a traducir todos los valores humanos y espirituales en normas rígidas e inmutables, si renuncian a absolutizar toda formulación de normas y leyes. Y ello tanto hacia dentro como hacia fuera.
2) Ninguna religión puede pretender que los valores humanos que propugna sean amparados por el Código Civil de una sociedad plural; Las leyes han de ser justas, pero las leyes no tienen por qué procurar asegurar toda la justicia.
3) Algunas conductas que las religiones prohíben o consideran malas o “pecados” no tienen por qué ser delitos en el Derecho Civil; anticonceptivos, se beneficien de transfusiones de sangre, tengan relaciones homosexuales, recurran al matrimonio homosexual, obtengan el divorcio y se vuelvan a casar, practiquen la eutanasia o el aborto…, pero no puede exigir que la ley penalice esas conductas.
4) Por el contrario, ninguna religión debería aprobar –¡cuánto menos exigir a sus miembros!– una conducta que constituya un delito según el derecho (azotes a la esposa, ablación del clítoris, lapidación de homosexuales activos…), por la simple razón de que unos “textos sagrados” (en este caso el Corán) lo ordenen. Son las religiones las que deben acomodarse a las leyes justas de la sociedad, y no las leyes las que deben acomodarse a las religiones.
5. Un balance en el Estado español
Creo que se dan todavía situaciones anómalas de excesiva simbiosis entre Estado y religión cristiana, y que convendría desligar mejor los ámbitos: la Iglesia católica tiene aún un trato de privilegio en muchos países, la Iglesia protestante en Alemania y otros países, la Iglesia anglicana en Gran Bretaña, la Iglesia ortodoxa en diversos países europeos del Este.
Si nos atenemos al caso del Estado español y a esta legislatura, se podrían hacer las siguientes observaciones:
1) El Gobierno socialista ha promovido iniciativas positivas en orden a superar la desigualdad de trato del Estado hacia las confesiones religiosas minoritarias: a) Creación de la Fundación Pluralismo y Convivencia para la cooperación con las confesiones de notorio arraigo (judía, protestante, ortodoxa y musulmana) en lo que se refiere a actividades de índole cultural, educativa y de integración social; b) Publicación del primer libro de enseñanza de religión musulmana en Europa; c) Empuje dado por Zapatero al Multiculturalismo y Diálogo de Civilizaciones.
2) El Gobierno socialista ha llegado a acuerdos particulares con la Iglesia católica, no siempre en una línea de una estricta laicidad: a) el acuerdo con la FERE sobre la Ley de Educación (inclusión de la escuela concertada en el conjunto de una educación sostenida por fondos públicos); b) el acuerdo con la enseñanza religiosa católica —también con diferentes ONG— respecto al currículo de Educación para la Ciudadanía; c) el acuerdo respecto a los profesores de Religión, con su participación y la de los sindicatos, que ha mejorado notablemente sus derechos laborales, en una fórmula que ha obtenido la conformidad de la Santa Sede; d) la subida del índice asignado a la Iglesia al 0,7% del IRPF.
3) El Gobierno ha dado igualmente pasos en una buena línea de laicidad en lo que se refiere a bastantes cuestiones concretas: la no discriminación por sexo y religión (matrimonio de homosexuales…), la investigación genética, la igualdad de género o la educación de niños y adolescentes para una ciudadanía democrática, más allá del desacuerdo con determinadas sensibilidades de determinados sectores religiosos.
6. Un caso concreto: La religión y la escuela
He aquí unos criterios fundamentales:
1) Me parece que la enseñanza del hecho religioso en la escuela y en la universidad es necesaria. Lo es en todas partes y lo es en nuestra cultura. La escuela no ha de catequizar (hacer creer, sintonizar vivencialmente, hacer cristianos, musulmanes o budistas), pero sí ofrecer el conocimiento de los grandes personajes religiosos, de los grandes mitos, creencias, ritos, códigos… Ofrecer también las claves para su interpretación y su significado humano profundo.
2) Pero eso sí, en una sociedad democrática y pluralista, la escuela y la Universidad han de ser laicas. Es decir, no confesionales. “La escuela no ha de ser ni capilla, ni tribuna, ni teatro” (Jules Ferry). Una religión no ha de tener ningún privilegio respecto de otras. Por lo demás, la experiencia de los últimos 100 años muestra que la enseñanza obligatoria de la religión católica no ha hecho a la sociedad más religiosa (la generación que ha desertado de la Iglesia estudió religión), ni más ética y más feliz…
3) Puede caber que se dé espacio a la enseñanza confesional (sucede en buena parte de los estados europeos), pero no como asignatura obligatoria ni con valor académico en el curriculum.
4) Considero absolutamente necesaria la creación de un departamento de ciencias de las religiones en las Universidades públicas, no regido por las instituciones religiosas en lo que se refiere a programas y designación de profesores. Es el caso de la práctica totalidad de los estados europeos, Francia incluida. No es normal que no exista aún en España, ni en la UPV (Universidad del País Vasco).
Por meras razones culturales (y por otras razones antropológicas que tienen que ver con una necesaria “espiritualidad” no confesional), es imprescindible conocer quién fue Zaratustra, Moisés, Buda, Confucio, Buda, Lao Zi, Mahavira, Jesús, Mahoma… Y los grandes textos: Biblia, Dao, Analektas, Gita, Corán, Upanishads. Y los grandes mitos bíblicos (entre otros): Adán-Eva, Caín-Abel, Diluvio, Babel, Job… Y los personajes bíblicos: Abrahán y Moisés, Elías y David, Salmos, Isaías y Jeremías, Pablo… Sin todo ello, no se puede entender nuestra historia y cultura, ni tampoco simplemente el espíritu humano.
7. Una oportunidad para la verdadera mística
“La mística es esa seguridad previa que te permite vivir dudando…. la mística es la otra faz del pluralismo… que le permite a uno mantenerse en la provisionalidad, el relativismo, la incertidumbre y la increencia” (S. Panikkar, Cuaderno amarillo, p. 134-135).
“El Dios que se ha revelado como comunión trinitaria asume la incertidumbre de nuestra historia” (Ch. Duquoc, Cristianismo: memoria para el futuro, 135). ¡Cuánto más la Iglesia! La iglesia ha de promover la creación de un futuro distinto, pero renunciar a controlar el devenir del mundo. Nadie, tampoco el creyente posee el saber y la llave del futuro.
“Las exigencias de la fe bíblica son del orden de la interrogación, de la relativización y de la no-programación” (Ch. Duquoc, Cristianismo: memoria para el futuro, 135).
“La negativa a controlar el devenir del mundo” (Ch. Duquoc, Cristianismo: memoria para el futuro, 110) es una condición indispensable para la presencia de la Iglesia en la sociedad actual.
“La fe que rompe con las componendas deja suficiente apertura e indeterminación para que el intercambio con la cultura presente se vea afectado por una constante improvisación” (Ch. Duquoc, Cristianismo: memoria para el futuro, 134). La flexibilidad y la fluidez son los signos del Espíritu de la vida.
Iruñea-Pamplona, 28-02-2008

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Modelos de familia en una Sociedad laica

Benjamín Forcano, sacerdote y teólogo

Moceop

Antes que la sociedad, desde sus diversas entidades e instituciones, comience a manipularlos con interesadas ideologías, conviene señalar si no tenemos un punto de partida común, obligatorio y universal, desde el que desarrollar nuestra reflexión.
En la plural convivencia de una sociedad democrática, se dan ciertamente ciudadanos de mil clases, colores e ideologías, pero olvidamos que todos somos de una misma clase humana, de un mismo color humano esencial, de un mismo pensar humano esencial.
Laicidad es la condición del que es laico, y laico es quien nace en un pueblo -pequeño o grande ( aldea o ciudad)-, siendo acreedor por tanto a que se le llame pisano, laico, popular, ciudadano. Ciudadano, además, de índole personal, con capacidad para convivir reconociendo y afirmando la alteridad del otro.
Se trataría , por tanto, de reconocerse como laicos, ciudadanos para convivir como personas. Lo hacemos así porque la historia heredada nos ha llevado a valorar lo que nos contrapone y no lo que nos une. Creo que la manifestación del 30 de diciembre fue un foco de luz que denuncia por sí mismo la descolocación de quienes entronizaban como válido un único modelo de familia cristiana.
La manifestación pretendía afirmar algo contra alguien: un modelo de familia cristiana como él único válido frente a otros tipos de familia y defenderla contra todo un movimiento laicista, propio del gobierno actual, que negaría la trascendencia, buscaría desterrar a Dios de la sociedad y marginar y atacar a la Iglesia católica.
La manifestación no representaba la cara total de la Iglesia y de la sociedad, pero sí pretendía ser la cara más conforme con Dios, alertando contra otros modelos extraviados. Revivía una mentalidad preconciliar, que en los primeros tiempos de nuestra democracia no habría sido objeto de apoyos y movilizaciones oficiales.
El fenómeno era nuevo sobre todo por el respaldo político otorgado por la jerarquía católica. El fenómeno tenía dos caras, pero no era un fenómeno confluyente sino excluyente.
Obviamente, tras las dos caras, se escondían causas y motivaciones distintas, pero sólo la conservadora exigía reivindicaciones. La mentalidad conservadora, soterrada por tiempo, gritaba a los cuatro vientos: no al laicismo rampante, no al retroceso de los derechos humanos, no a legislaciones inicuas. La jerarquía no integraba dos mentalidades, enaltecía una de ellas. Modelo de familia cristiana integrista
En el sentimiento de los manifestantes, bullían en un grado u otro estas ideas:
La familia, basada en el matrimonio, tiene como finalidad primaria la procreación. - Ningún medio natural o artificial debe impedir la apertura de la relación exual conyugal a la vida.
El matrimonio es absolutamente indisoluble.
El matrimonio civil entre bautizados es nulo.
El óvulo fecundado tiene derecho a la vida, de modo que cualquier interrupción del embarazo es un asesinato.
Cualquier relación sexual entre personas del mismo sexo o cualquier excitación en solitario es algo que va contra la naturaleza (La homosexualidad es un vicio nefando y la masturbación un vicio contra naturam).
La educación de los hijos depende de la familia y no es competencia directa de la sociedad ni del Estado.
La asignatura de educación para la ciudadanía propuesta por el Estado es ilegítima .
Contrarias a Derecho e ilegítimas son las leyes democráticas que legalizan el divorcio, el aborto, la educación no confesional para la ciudadanía, la venta libre de anticonceptivos (aunque sea para evitar el contagio del sida) y el matrimonio de personas del mismo sexo. El Estado debe proteger a la familia castigando a cuantos abandonan el hogar y a cuantos intentan cualquier tipo de aborto, aun aquel en que peligra la vida de la madre (aborto terapéutico). Modelo de familia cristiano, moderno y conciliar
Basado en el matrimonio, este modelo no tiene como finalidad primaria la procreación, sino que es “una comunidad intima de vida y amor”, con plena razón de ser aun cuando falte la descendencia.
La paternidad responsable hace que los esposos puedan elegir medios contraceptivos (no abortivos) que les permitan asegurar su amor cuando éste es valor mayor y entra en conflicto con otros valores.
La indisolubilidad no aparece en el Nuevo Testamento como un valor absoluto inderogable en toda pareja, sino como un ideal al que hay que tender. La economía salvadora de Dios sabe compaginar la misericordia con la fragilidad y limitación humanas, entendiendo que el ideal es muchas veces enemigo de lo mejor.
El matrimonio civil es el único que estuvo vigente en la Iglesia durante siglos. La apropiación que de él ha hecho la Iglesia para administrarlo entre católicos, no niega el matrimonio como realidad natural, creada por Dios, del que derivan propiedades comunes con el matrimonio cristiano. El amor, inspiración fundamental, es la misma en ambos y autoriza a mantenerlo como cristiano cuando surjan fallos irrecuperables y a que pueda tener significado cristiano aun cuando sea matrimonio civil.
La cuestión del aborto, con determinación del momento en que hay vida en el proceso de la concepción, no pertenece al dogma ni a la fe; es una cuestión humana que hay que dirimir con la ayuda de las ciencias. Todos estamos por la vida, a favor de la vida, pero observando los pasos necesarios antes de concluir cuándo se da esa vida. Una hipótesis científica, quizás la más generalizada hoy, afirma que el embrión no es individuo humano hasta las ocho semanas.
La homosexualidad es también un problema humano, sobre el que no hay normas cristianas específicas. Es, en todo caso, un hecho existente en todos los pueblos y culturas y , en la actualidad, ya no se la puede calificar de enfermedad, anomalía o perversión, sino que puede ser considerada de variante legítima, aunque minoritaria, de la sexualidad humana. Una sociedad democrática, con gobierno democrático, tiene poder moral para debatir el tema y democráticamente darle un estatuto jurídico con leyes oportunas. Si se lo llama matrimonio no es equiparable exactamente al matrimonio tradicional, entendido como matrimonio entre un hombre y una mujer, por su imposibilidad de tener hijos biológicos, pero sí es un proyecto de vida entre dos personas, que pueden ejercer una paternidad - maternidad fecundas en otros aspectos.
La condena de la masturbación estaba basada en el supuesto precientífico de creer que el varón con el gameto masculino era la causa total de la vida, y frustrarlo equivalía a frustrar una nueva vida. La valoración de la masturbación parte hoy de otros planteamientos.
Es una abstracción partir de que, en la educación de los hijos, el derecho pertenece en exclusiva a los padres. El derecho a ser educado es de los hijos y, en una escuela, sociedad y estado democráticos, ese derecho es compartido de diversa manera por unos y por otros. Tan es así que no son pocos los casos en que, ante el abuso o irresponsabilidad de los padres, intervienen instituciones sociales o el mismo Estado para asegurar la salvaguarda de ese derecho.
En una sociedad democrática, plural, el contenido educativo se extrae básicamente de la naturaleza de la persona, que incluye propiedades, objetivos y consecuencias que atañen a todos, independientemente de la religión que se profese o de que no se profese ninguna. Las exigencias morales de una u otra religión no son materia para proponer a todos mediante leyes vinculantes.
El ciudadano es libre de ser creyente o no, o de ser creyente de una u otra religión; un Estado democrático no les podrá negar nunca ese derecho. Pero ningún creyente o ateo podrán exigir que su fe o no fe sea impuesta a los demás por el Estado mediante ley.
Las leyes en una sociedad democrática se debaten y aprueban en el Parlamento y promulgan por el gobierno. Atendiendo a la racionalidad y ética humana civil, esa sociedad democrática puede legislar las leyes que considere más justas y oportunas para temas humanos, incluidos los del aborto, divorcio, etc. En la preparación de esas leyes, los católicos tienen todo el derecho del mundo a intervenir con cuantos argumentos crean conveniente.
La herencia cultural sociopolítica
Resulta más que obvio que en la manifestación estaban en pugna dos modelos de familia, imbuidos al mismo tiempo por otras ideas sociopolíticas de arraigada tradición: 1.La religión católica es la única verdadera: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”. 2. La libertad de conciencia es un error venenosísimo. 3. La libertad religiosa es un delirio. 4.La libertad de pensamiento, de prensa, de palabra, de enseñanza o de culto no son derechos concedidos por la naturaleza del hombre. 5.La conciliación entre socialismo y catolicismo es imposible. No se puede ser socialista y católico a la vez .
6. El comunismo es intrínsecamente perverso. 7. La existencia de clases en la sociedad es voluntad de Dios. 8. La Iglesia católica, depositaria de los valores espirituales y morales, está por encima de los valores temporales y humanos y tiene derecho a recabar la sumisión y subordinación de los Estados.
Estas pautas, propias de un régimen de Cristiandad y de un nacionalcatolicismo, serían las que la Iglesia católica debe mantener.
(Estas afirmaciones están literalmente sacadas de encíclicas o documentos como Concilio de Florencia 1452, Quod aliquantum 1791, Mirari vos 1832, Syllabus 1864, Libertas 1888, Vehementer 1906, Quanta cura, etc.)
Conclusión, ¿laicidad unitaria universal o confesionalismo dualista excluyente?
Los hechos expuestos apuntan a que, entre uno y otro modelo de familia, parece querer establecerse una incompatibilidad. Yo creo que no se trata de incompatibilidad, sino de realidad compleja, dialéctica e integradora. La realidad no es así de incompatible.
Averiguar los presupuestos de esta incompatibilidad nos da la clave de la comprensión y solución del problema. Apunto tres:
Primera: Fuera de la Iglesia no hay salvación En sentido estricto creo que podríamos reducir a una la causa fundamental de la incompatibilidad que estamos viviendo. Una mentalidad católica, que no comparte la laicidad como consecuencia de la modernidad y que sigue profesando como única doctrina que puede entender al ser humano, guiarlo y salvarlo, la católica. El catolicismo se reserva la explicación y salvación del ser humano y descarta cualquier otra concepción. El hombre por sí mismo, desde su propia estructura y condición, sería impotente para realizarse éticamente, liberarse y salvarse. Esa liberación la ofrece únicamente la religión católica.
Segunda: El estado no tiene poder moral para legislar Si la religión católica se coloca en la sociedad como cima moral, está claro que no admitirá que el Estado, por más democrático, laico y aconfesional que sea, pueda atribuirse el poder de enseñar, transmitir moralidad y promulgar leyes que aseguren el bien y perfeccionamiento de los ciudadanos.
Este oficio se lo reserva para sí la Iglesia católica , por varias razones: porque el saber perfecto es el saber “revelado” o católico; porque el saber racional no puede desligarse ni independizarse del teológico; porque el hombre no se basta a sí mismo para realizarse y salvarse: la salvación humana es imposible sin la revelación cristiana; porque la Iglesia católica institucionalmente hablando y en su área de influencia, se ha aliado con el poder, residente casi siempre en la derecha; porque un gobierno socialista proviene de tradición más bien revolucionaria y atea, lo que le hace más incapaz para formular leyes moralmente justas.
Tercera: Las realidades humanas no son admitidas en su autonomía y valor Y, finalmente, la historia vivida, larga historia, demuestra que esa mentalidad católica, hasta el Vaticano II, no fue capaz de reconocer la inviolable autonomía y dignidad de las realidades terrenas. La Iglesia ejerció siempre una superior tutela y de ahí surge ahora espontánea la misma tendencia. No se ha liberado de ella, la añora y, al perderla, cree que el mundo se precipita a la ruina.
En vez de admitir como natural los cambios legítimos del mundo moderno y de nuestra época, de admitir la emancipación ocurrida en tantos y tantos lugares como fruto de la racionalidad, de la justicia y de la solidaridad humanas; en vez de adaptarse y colaborar, como prescribe el Vaticano II, con los nobles anhelos, propósitos y metas de la sociedad actual, persiste en hacer valer su imperialismo religioso de antaño y en no admitir ni tratar evangélicamente la realidad maravillosa pero débil y pecadora al mismo tiempo del ser humano.
En todo caso, el hombre es libre, tiene derecho a equivocarse, y no se lo puede entender, en buena teología católica, como perdido y constitutivamente corrupto, viéndose constreñido a buscar fuera de sí la liberación y salvación.
Sí que se puede, y ojalá sea el nuevo camino, partir de lo que a todos nos une y añadir entonces en diálogo, como oferta de una mayor plenitud posible, lo que las religiones, y entre ellas la católica, proponen como programa de realización y felicidad.

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El Periódico 21/2/2008

LAICISMO Y NACIONALCATOLICISMO

Injerencia clerical en la escuela

Para los obispos, el colegio es una prolongación de la parroquia y su función es hacer cristianos, no ciudadanos cultos y responsables
1. • Urge revisar la situación de los profesores de Religión, contraria a la laicidad del Estado y sus instituciones

MARTÍN TOGNOLA
JUAN JOSÉ Tamayo*
Del 14 al 16 de febrero se celebraron en Madrid las 48ª Jornadas Nacionales de Vicarios y Delegados de Enseñanza, cuyo tema ha sido la enseñanza de la religión católica en la escuela. Es posible que les sirviera de guión la carta que, a modo de felicitación de las Navidades, dirigió el delegado episcopal de Enseñanza de la diócesis de Cartagena-Murcia a los profesores de Religión de la región. La felicitación navideña era únicamente una formalidad o, si se prefiere, una excusa, para recordar a estos docentes, en tono aparentemente suave en la forma, pero amenazante en el fondo, las obligaciones contraídas como profesores de Religión para con la diócesis y el obispo.
El delegado episcopal les recuerda que es la Iglesia quien los elige y los llama, quien los envía, cual misioneros, a evangelizar y quien, si se diere el caso, podría destituirlos. La función que les encarga y que han de cumplir escrupulosamente como condición necesaria para seguir en sus puestos es "prestar un servicio a la Iglesia" y "enseñar la doctrina de la Iglesia". La enseñanza de la religión católica es, a su juicio, "una ocasión estupenda" para manifestar con fuerza la adhesión al obispo como prueba de pertenencia eclesial y de comunión eclesial, hoy más necesaria que nunca, matiza.

ESTÁ
CLAROque, para los obispos, la escuela es una prolongación de la parroquia, una sucursal de las instituciones eclesiásticas, que la clase de Religión es un acto catequético y que la función de la escuela es hacer cristianos, no ciudadanos cultos y responsables. ¿Cabe mayor confesionalización de un espacio público y mayor desnaturalización de una institución laica como es la escuela?
El eclesiástico murciano no oculta que es otra institución quien contrata a los profesores, pero se olvida citar el nombre. ¿Olvido freudiano? Esa institución es el Estado. Somos todos los ciudadanos y ciudadanos, creyentes y no creyentes, quienes pagamos con nuestros impuestos a los profesores y profesoras de Religión. Y son los obispos los que los seleccionan, los nombran y los cesan. La operación no puede resultar más rentable para la Iglesia católica.
El delegado episcopal reconoce que los profesores de Religión católica son "un colectivo de trabajadores", pero enseguida matiza que se trata de "un colectivo bastante singular". Es un matiz nada inocente. Con ello les está diciendo que no gozan de los mismos derechos que el resto de los trabajadores y que pueden ser despedidos si se desvían del guión fijado por el obispo. Y así es, de hecho. Cada vez es mayor el número de despidos de profesores de Religión católica porque la jerarquía eclesiástica les retira la confianza. Los profesores de las distintas disciplinas gozan de plena libertad de expresión. Los profesores de catolicismo, empero, se ven sometidos a la permanente censura de quienes los nombran. Sobre ellos pende la espada de Damocles de la ortodoxia. Hasta su vida personal y religiosa está sometida al control de la autoridad eclesiástica que, cual Gran Hermano, vigila todos y cada uno de sus comportamientos: desde la asistencia a misa los domingos, hasta la afiliación sindical y política, y el ejercicio de la sexualidad.

¿EXAGERACIÓN?Los hechos son tozudos al respecto. Ha habido profesores y profesoras que han sido despedidos por no ir a misa los domingos, por irse de compras con los compañeros, por estar afiliados a sindicatos y partidos políticos que no son del agrado de los obispos, por vivir en pareja sin estar casados, etcétera.
Tres son las actitudes que deben cumplir los enseñantes de Religión y Moral católicas, según la misiva del delegado episcopal de Cartagena: comunión eclesial, pertenencia eclesial y adhesión al obispo. Ni una palabra acerca de los contenidos objetivos a impartir en materia de Religión. Ni una indicación sobre la pedagogía activa y no directiva. Ni una referencia a la función docente de los profesores de Religión como miembros de la comunidad educativa. Ni una mención, tampoco, a los derechos de los docentes: tan solo tienen deberes. Lo único que importa es la fidelidad a la Iglesia. Y, como telón de fondo, la amenaza de cese, en caso de incumplimiento de las orientaciones diocesanas.
Después de leer la carta, me hice una pregunta compulsiva que ahora traslado a los lectores: ¿en qué se diferencia, en materia religiosa, la escuela de la España democrática de la escuela del nacionalcatolicismo?

URGE DAR
UNArespuesta a esta situación, que es contraria a la laicidad del Estado español y de sus instituciones. Respuesta que consiste en revisar los acuerdos del Estado con las distintas confesiones religiosas que justifican la enseñanza de la religión confesional en la escuela. Lo que dudo es que haya voluntad política para hacerlo. Para ello es necesario, ante todo, distinguir con total claridad entre la catequesis, que debe impartirse en las instituciones religiosas, y el estudio científico de las religiones como fenómenos religiosos y culturales, que puede y, a mi juicio, debe hacerse en la escuela. Me sorprende que los políticos no tengan clara esta distinción, que es tan elemental, o que, al menos, no estén dispuestos a ponerla en práctica.

* Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid.

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LAICIDAD - IGLESIA – SOCIEDAD


1. ¿Cuál es el tema? ¿De qué hablamos?
Es lo primero, saber de qué tratamos, para evitar la dispersión y la mezcla de temas. Hemos de aludir todos a un mismo tema, y aún así, nos costará aclararnos porque una misma palabra puede tener varios significados o cada uno puede darle un significado distinto.
La confusión es lo que impera, a veces por falta de lógica y a veces por falta de querer emplear esa lógica. Intereses ocultos aconsejan muchas veces huir de la lógica.

2. El tema es la laicidad
Pues bien. Nosotros nos vamos a ocupar de la laicidad, en relación con la sociedad y la Iglesia, pues es en ellas donde sólo existe. Laicidad no es lo mismo que laicismo, como no es lo mismo secularidad que secularización o que secularismo.

Definición de laicidad
Para ir centrándonos un poco en el tema, daría de entrada esta definición: “Laicidad es la condición de laico; y laico proviene de laos que significa pueblo, miembro por tanto de un pueblo, sea éste aldea, villa o ciudad; habitante de un lugar y, en consecuencia, miembro de la comunidad en que vive”.
Simplificando: la palabra laicidad se aplica a quien es miembro de una comunidad, que puede vivir en un lugar o en otro, el lugar puede cambiar, pero en todos es miembro, socio comunitario, que desarrolla su vida con otros. Por lo mismo, la laicidad es intrínseca a toda persona, pues le acompaña como atributo que le hace apta para relacionarse y convivir comunitariamente. A través de la laicidad yo me revelo, y los demás se me revelan a mí, en mi condición de persona.
Esta coparticipación de sujetos en una misma naturaleza personal es lo que nos da, además de identidad individual intransferible, identidad colectiva solidaria. Nuestra común dignidad, nuestros comunes derechos humanos, es la unión de la dignidad y derechos de cada uno. Todos en uno.

El diagnóstico que hoy se hace de la laicidad

Aclaradas las palabras, veamos cómo se ve hoy y analiza el tema.
. Desde la perspectiva eclesiástica dominante.
Sintéticamente se dice lo siguiente:
- Hay un intento de marginar a la religión y a la Iglesia, de privarle de derechos que le son propios, de desprestigiarla. Hay incluso un intento de desterrar a Dios de la sociedad. Como consecuencia, asistimos a un desmoronamiento de los principios y valores cristianos. Este intento de marginación es manifiesto en casi todas las leyes promulgadas por el Gobierno Socialista, por lo que han sido objeto de impugnación y de rechazo mediante movilizaciones populares.
- Este intento tiene su origen y cobra fuerza en el revisionismo producido en nuestro país después del concilio y de la transición democrática. Fuerzas teológicas progresistas, críticas y secularizantes, se unieron a otras fuerzas políticas de izquierda, que se apoyaron y favorecieron mutuamente. Estos cristianos progresistas se equivocaron confundiendo el verdadero progreso con una Iglesia colonizada y sometida a tendencias revisionistas políticas. Todo lo cual ha provocado un debilitamiento de los valores cristianos y un abandono progresivo de las prácticas y de los principios morales.
- Ciñéndonos más al momento presente, podemos leer este análisis concreto: “Se da una crítica y manipulación de los hechos de la Iglesia, un cerco inflexible y permanente por medio de los medios de comunicación, no estamos dando respuesta a la dureza y exigencias de la situación. Somos una Iglesia poco estimada, bastante privatizada, culturalmente desestimada, con poca influencia, crecientemente marginada. Somos una Iglesia bastante silenciada. Se puede decir que el laicismo alcanza el poder y consigue su objetivo sobreponiéndose al dominio de los católicos , en la IIª República, liberal y revolucionaria a un tiempo.Más recientemente, el laicismo vuelve a resurgir en los últimos años del franquismo y en los meses de transición. Con el Gobierno Zapatero, la aconfesionaldiad (Cons. Art. 16) se quiere interpretar en el sentido de un laicismo excluyente que no aparece en nuestra Constitución. Se pretende imponer el laicismo estricto como ideología dominante y excluyente. Según esta mentalidad, en la actualidad tendríamos que empalmar con la legitimidad democrática de la II República saltándonos más de setenta años de historia.
¿Qué piensan y expresan hoy los socialistas?
Las religiones monoteístas son incompatibles con la democracia, la convivencia democrática debe edificarse sobre principios éticos comunes sin ninguna referencia religiosa, la base de la democracia no tienen ninguna ley moral objetiva vinculante, la moral debe ser consesuada. Por todos o la mayor parte.
Me inclino a pensar que la ideología vigente del PSOE y equipo del Gobierno es un laicismo romántico y radical, que históricamente se elabora a partir del antifranquismo, se quieren ahora recuperar las clasificaciones de antaño, las derechas son franquistas y solo las instituciones y las personas izquierdas son verdaderamente democráticas, Como no podía ser menos , se desconcoe la contribución histórica de la Iglesia al advenimiento de la democracia, se la presenta como aliada del franquismo , fuente de sentimientos autoritarios y en consecuencia incompatible con una verdadera democracia. No nos dejemos engañar. Lo que hoy está en juego no es un rechazo del integrismo o del fundamentalismo religioso, no son unas determinadas cuestiones morales discutibles. Lo que estamos viviendo , quizás sin darnos cuenta de ello, es un rechazo de la religión en cuanto tal, y más en concreto de la Iglesia católica y del mismo cristianismo” (Mons. Fernando Sebastián, Situación actual de la Iglesia: algunas orientaciones prácticas, Madrid, ITVR, 29 –III- 2007).

3. Laicidad y religión, un nuevo planteamiento: del conflicto a la convergencia.
El tema de la laicidad, hoy tan controvertido, viene como es obvio de lejos. Proyectado sobre un escenario, tiene un pasado, un presente y un futuro.
Para situarnos en ese escenario, y descifrarlo, voy a levantar el telón con un texto fundamental del concilio Vaticano II. Estamos en el año 1965. Tras debates y muchas modificaciones, el 7 de diciembre, la víspera del fin del concilio, se aprobaba la Declaración “Dignitatis humanae” sobre la libertad religiosa: 2151 votos a favor, 70 en contra. El texto básico proclama: “Este Sínodo Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres deben estar inmunes de coacción, tanto por parte de personas particulares, como por parte de grupos sociales y de cualquier potestad humana. Y esto de tal manera que en lo religioso no se obligue a nadie a actuar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado con otros, dentro de los límites debidos. Declara además que el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana, tal como se conoce por la palabra de Dios revelada y por la misma razón natural. Este derecho de la persona humana a la libertad religiosa se debe reconocer en el ordenamiento jurídico de la sociedad, de forma que se convierta en un derecho civil... Este derecho , que supone la libertad psicológica y la inmunidad de coacción externa, permanece también en quienes no cumplen con la obligación de buscar la verdad y darle su adhesión; y no se puede impedir su ejercicio , con tal que se guarde el justo orden público” (DH, 2).
Proclamación de hace 40 años, y que pertenece al mundo presente, y es vista como natural.
Pero veamos las proclamaciones de tiempos pasados respecto a este punto. Papas como Pio VI en su encíclica Quod aliquantum, en 1791; Gregorio XVI en su encíclica Mirari vos en 1832; Pio IX en el Syllabus en 1864; León XIII en su encíclica Libertas en 1888; y el Pio X en su encíclica Vehementer en 1906; afirman de una u otra manera que “los hombres no son iguales y libres”, que la “libertad de conciencia” es un error venenosísimo, que la “Libertad de conciencia” es poco menos que un delirio, que “la libertad de pensamiento, de prensa, de palabra, de enseñanza o de culto no son derechos concedidos por la naturaleza al hombre”.
Los actores de un momento y otro son los mismos, pertenecientes a la Iglesia católica, pero las proclamaciones son totalmente distintas.
Esta contraposición no surge al azar. Tiene su explicación, es decir, unas causas que la sustentan.

1. Los presupuestos del pasado
Son muy sencillos. Durante siglos y siglos, el cristianismo en la cultura occidental:
1. Esta cohesionado bajo un régimen llamado de Cristiandad, en el que:
a. Había una unidad entre Iglesia y Estado, dentro de la cual el Estado, representante de la sociedad y de los valores temporales, estaba subordinado a la Iglesia. La Iglesia, expresión y garantía de los valores espirituales, tenía autoridad suprema en todos los niveles. El Estado protegía y difundía los bienes de la fe, y la Iglesia amparaba y justificaba la política de los Estados. Era una colaboración mutua, de Estado confesional e Iglesia aliada de la política.
b. Simultáneamente la Iglesia proclamaba que la religión católica era “la única verdadera”: Extra eclesiam nulla est salus. Cito no más que un texto emblemático del siglo XV, concretamente del concilio de Florencia, 1452 “ “Este concilio declara firmemente creer, profesar y enseñar que ninguno de aquellos que se encuentran fuera de la Iglesia católica, no sólo los paganos, sino también los judíos, los herejes y los cismáticos , podrán participar en la vida eterna. Irán al fuego eterno que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles (Mt 25, 4) a menos que antes del término de su vida sean incorporados a la Iglesia.... Nadie, por grandes que sean sus limosnas, o aunque derrame la sangre por Cristo, podrá salvarse si no permanece en el seno y la unidad de la Iglesia católica” ( DS 1351).
En consecuencia, las otras religiones eran falsas, no tenían derecho a existir, a profesarse individualmente ni organizarse públicamente. Como error que eran, debían combatirse, prohibirse y obligar a sus adeptos a convertirse al cristianismo

Han pasado más 40 años del concilio. Todo parecía prever una progresiva asimilación de la doctrina conciliar. Pero, no; la asimilación se paró y comenzó más bien la desactivación. Dicha desactivación coincide con una etapa de la sociedad española en que ésta camina hacia vías más democráticas y en la que el valor religioso se reduce cada vez más a lo cultual y ritual. El componente ético-profético del quehacer religioso se paraliza y se va descafeinando como impropio del mensaje de Jesús. Creo que ha ganado terreno un tipo de religiosidad intimista, sacral, que se desenvuelve en los recintos verticales del santuario y de la propia conciencia.

2. Factores explicativos de esta situación
Este fenómeno parece demostrar lo que muchos hace años sospecharon: la gesta del Vaticano II había sido proyectada por peritos y, ciertamente, por un fuerte impulso interior eclesial. Pero, las mayorías de nuestros cristianos -el llamado Pueblo de Dios- estaba troquelado por la teología de Trento. Lo que estamos viendo ahora demuestra hasta qué punto los presupuestos de Trento estaban en la raíz y los del Vaticano II se quedaron en la superficie. Se afirmó que el Vaticano II fue tumba del “régimen de cristiandad” , pero un régimen labrado durante siglos no se desmonta en breve ni se sustituye por otro tan fácilmente.
Tres serían los factores que, a mi modo de ver, han dificultado sino cerrado el camino hacia la laicidad en la Iglesia católica española.

. La ideología del nacionalcatolicismo (1938-1978)
Muchas de las polémicas actuales se resuelven en el acto si analizamos el contexto histórico del que derivan.
Durante 40 años ha sido predominante entre nosotros la ideología del nacional catolicismo. Tal ideología se ha caracterizado por su alianza con el poder político. Iglesia y Estado convergían y se apoyaban mutuamente para hacer real un proyecto que asegurase la unanimidad cultural y religiosa. Era una alianza de ambos, como vencedores y excluyentes, con el poder de determinar qué otras ideologías o cosmovisiones no eran compatibles con lo “nacional” y lo “católico”. Surgía, entonces, la represión cultural, política y religiosa.
Debido a esta alianza, la Religión católica tuvo en toda la situación del régimen de cristiandad y más cerca en la nuestra del nacionalcatolicismo una primacía casi absoluta en la vida pública: determinaba en gran parte la regulación ética, jurídica y política de la sociedad.


. La hegemonía de una Iglesia clerical
La Cristiandad se había articulado teniendo como eje de configuración el clero. El clero era el sujeto activo y dominante, dotado de una superioridad incuestionable, que le confería una misión espiritual universal sobre la sociedad, el mundo y los Estados. Fue en el siglo IV cuando la Iglesia católica, convertida en religión oficial del imperio por obra de Constantino, dio un giro espectacular.
Esta figura de Iglesia no surgió del Evangelio, era una institución más bien imperialista, que justificaba la desigualdad y, al ser cuestionada por las nuevas ideas, se atrincheraba en sí misma para defender su superioridad y privilegios. Esta mentalidad fue cuestionada y renovada por el Vaticano II. Pero, no ha sido ni mucho menos superada.. Son seguramente muchos los católicos que sostienen que la salvación está sólo dentro de la Iglesia católica, que el monopolio del saber espiritual y moral está en exclusiva en la Iglesia católica y que los valores del mundo no sirven para nada si no llevan la marca religiosa.

. Recaída en la dicotomía de lo profano-sagrado
En este sentido, creo importante señalar cómo en lugar de avanzar hacia una visión unitaria de la vida cristina, hemos recaído en la vieja visión dualista. Arrastramos una teología que construye la salvación al margen del hombre, como si ella le viniese de fuera.
Pero, no. La salvación viene de dentro, tan de dentro que es el hombre su protagonista primordial y quien muestra una idoneidad fundamental para realizarla y colaborar con Dios, el cual la ha depositado en él. Porque el hombre es y está salvado por el Dios Creador quien, además, se ha interesado en potenciar y asegurar esa salvación, mediante el envío de su Hijo, sólo que ese hombre, ha sido constituido en prototipo de la salvación humana y, por lo tanto, en camino para quienes quieran seguirle.
Conviene conjurar a este respecto dos peligros: uno, el de creer que la salvación es extraña al hombre; y dos, el de creer que reside en otros lugares, medios o personas que la administran. Este enfoque considera al hombre corrupto, incapacitado para el bien, y le obliga a confiar en mediadores. Tal afirmación equivale a negar la validez sustancial de la obra creada por Dios y a no entender adecuadamente el sentido de la Encarnación.
Establecido este punto de vista, no es difícil ver cómo las religiones organizan su aparato de salvación, poniendo a disposición de quienes la buscan lugares, personas, medios y demás condiciones. Esta supuesta incapacidad personal para autosalvarse se colma transfiriendo poder y eficacia a los mediadores: ellos son sagrados, sagrados son los lugares donde actúan, sagrados son los medios que utilizan, sagrado es todo lo que ellos tocan y, como consecuencia, profano es todo lo demás, que queda fuera, desprovisto de poder para salvar.
El mensaje de Jesús es, a este respecto, innovador: el poder salvador no está en el templo, ni en los sacrificios, ni en la ley, ni en los ritos. La salvación está en la persona, es ella el lugar sagrado por excelencia y es en su total orientación hacia el amor, la justicia y la verdad, donde se forja la salvación y consigue la unión con Dios.
Los llamados “mediadores” lo son en otro sentido, en el de compartir desde abajo, con actitud de igualdad, amor y servicio una búsqueda que es, sin duda, comunitaria.
La división entre lo profano y lo sagrado, entre vida secular diaria y vida sacra religiosa es artificial. No es así la realidad. La realidad es única, sacramento único, diafanía manifestación del amor creador de Dios. Y el único que puede darle sentido íntimo de totalidad es el hombre, ser libre y responsable.
La visión del Vaticano II es acorde con esta unidad: el Dios de Jesús no es Dios enemigo o distinto del Dios creador; la realización humana no tiene otro ámbito de actuación que el propio de sí misma, desplegado históricamente en todos los ámbitos del quehacer humano; todos, sin excluir ninguno; y desde dentro, a modo de fermento, iluminados y poseídos por el espíritu de Jesús.
La visión dualista da preeminencia a lo ritual y no a lo personal; a lo cultual y no a lo civil y secular; a lo individual y no a lo social; a lo externo e impuesto y no a lo interior y libre.
Yo creo que el enfoque está en superar un pertinaz dualismo, impropio del Evangelio, que nos ha llevado a plantear antagónicamente lo humano y lo cristiano. Lo humano estaría en el arrabal de lo perdido y lo cristiano en el cenit de lo valioso, con oferta de caminos y medios para lograr la plena salvación: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”, sería el lema. Planteamiento dicotómico que transpira desconfianza hacia lo humano y enaltecimiento de lo cristiano.
Yo invito a ponderar el significado de este planteamiento que, ciertamente, fue superado en el concilio Vaticano II, y que nunca debiera haberse dado de haber seguido las pistas del Evangelio. Pero estoy tan convencido de su enorme influjo que me resulta difícil no descubrirlo en unas u otras dimensiones de la vida cristiana. El menosprecio del mundo, la fuga de la ciudad secular, la devaluación de los valores terrenos, la anulación de la persona, la subestima y desconfianza extrema en sí mismo, el ensalzamiento del autoritarismo y de la obediencia ciega, el repudio de la política y de la historia como lugar para la siembra y crecimiento del Reino de Dios, era una invitación a dimitir de esta vida, a desposeerse de sí mismo y entregar el asunto de la propia salvación en manos de instancias externas, depositarias de esa salvación otorgada por Dios.
Si la Iglesia era la administradora, en exclusiva, de esa salvación, quedaba asegurada triplemente una cosa: la veneración de ella como transmisora de la salvación divina, la dependencia de ella y el apartamiento desconfiado de la realidad secular, como lugar del peligro y del pecado. En el fondo, una teología herética, nada católica, que negaba la bondad original de la obra de Dios, -del Dios Creador- como si nada tuviera que ver con la obra plenificadora del Dios histórico, revelada en Jesús: “No he venido, diría Jesús, a abolir la Ley y los Profetas, sino a darles cumplimiento (Mt, 5,17).
Sería instructivo analizar toda una tarea de formación ascética, espiritual y teológica donde se plasmaba este dualismo, y que reforzaba como consecuencia la sacralización del clero como mediador de la salvación y fomentaba un estilo de vida cristiano que se exilaba de los compromisos de la tierra y la historia. Sólo desde esta premisa, puede uno explicarse la fuerte y agresiva reviviscencia que en nuestros días parece mostrar esta espiritualidad dualista, que añora la hegemonía de una Iglesia clerical y de una comunidad cristiana pasiva y despersonalizada.
Han pasado 40 años después del concilio, pero las raíces viejas no se han cambiado ni se han visto sustituidas por la energía y savia de otras nuevas.
Esta es precisamente la reyerta que hoy, paradójicamente, asoma y lanza sus últimas embestidas frente a un mundo adulto que demanda una Iglesia renovada, sin abdicar jamás de la dignidad, libertad y ética naturales.

4. ¿Qué es una sociedad laica?
Laico, hemos dicho, viene de laos, que significa pueblo; laico, miembro del pueblo, o diríamos hoy ciudadano. Laico: sujeto que ostenta capacidad y cualidades para vivir en comunidad, merced precisamente a que, en su naturaleza racional se reconoce idéntico a otros muchos. Ese sujeto es la persona. Porque la persona es constitutivamente laica, convivencial, comunitaria.
La condición de persona es sustantiva a todo ser humano, es universal y es anterior y superior a cualquier otra denominación particular. Todo sujeto blanco o negro, asiático o europeo, creyente o ateo, son laicos, ciudadanos, pero no todos los ciudadanos son blancos o negros, asiáticos o europeos, creyentes o ateos. Lo común a todos ellos es su condición humana, su naturaleza, que les permite reconocerse idénticos, comunicarse y establecer fundamentos y normas universales para una convivencia humana, compartida y ratificada por todos.
La condición laica es propia de la ciudad humana , que está hecha de ciudadanos, con proyección y vocación universal, porque la ciudadanía es un propio de la persona y la persona es universal.
La Carta Universal de los Derechos Humanos, del año 1948, ratificada por todas las Naciones, dice: “La libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana” (Preámbulo).

Laico, laicidad y laicismo
El hecho de ser laico hace que toda persona, en cualquier parte del mundo, pueda hacer valer su laicidad, su condición de ser humano, como sujeto de valores y derechos universales. La laicidad es tan universal como lo es la persona misma. Y esta no se circunscribe a ningún lugar, raza, ideología, territorio o religión. La laicidad, como derivada de la persona, es la patria universal de todo ser humano. Nadie, por tanto, en virtud de una ideología, raza o religión, puede ser desatendido, postergado o discriminado. La dignidad de cada ser humano es singular y común, es decir, individual y universal en cuanto compartida por todos.
La palabra laicismo es ya una manera concreta de interpretar la laicidad. Y, así, hay interpretaciones que, por un determinado contexto histórico, conciben el laicismo como movimiento y filosofía que rechaza toda presencia y actuación de la religión en la sociedad. Es una interpretación, que tiene origen y explicación histórica, seguramente como intento de acabar con la usurpación que, indebidamente, hicieron las religiones sobre el valor de la laicidad. Pero, la laicidad no tiene por qué ser negadora o excluyente de la religión, aunque sí de las injustas intromisiones, abusos o complicidades de las religiones.
La laicidad no niega el hecho religioso en cuanto tal, no lo excluye, pero sí excluye que se lo pueda interpretar e imponer unilateral y coactivamente. En una convivencia laica, ciudadana, hay derechos que deben ser respetados por todos. Y el derecho a obrar conforme a la propia conciencia, manifestándose creyente o ateo, es uno de esos derechos que deben ser reconocidos a todos y por todos. Un creyente o un ateo no tienen por qué impedir una justa y pacífica convivencia. La impedirán un mal creyente o un mal ateo.

5. Creyentes y ateos unidos en una fe común
La experiencia moderna nos ha mostrado que, referente a la religión, creyentes y ateos, debemos dejar a un lado los prejuicios y dogmatismos. La crítica moderna a la religión ha ayudado seguramente a emancipar al hombre, a liberar a la teología de un lenguaje precientífico y mitológico, a recuperar la dignidad de la persona humana, a no legitimar nunca más, en nombre de Dios, la humillación y esclavitud del hombre.
Pero, a su vez, una tendencia cientifista moderna ha pretendido suplantar el puesto de la religión por la sola razón. So pretexto de excluir determinadas alienaciones religiosas históricas, ha incurrido en la alienación metafísica de negar la religiosidad del hombre, de volverlo ateo a la fuerza y de hacer del ateísmo una praxis confesional y política.
Son muchos todavía los ateos que consideran que su condición es incompatible con el cristianismo y muchos los cristianos que consideran que su fe es incompatible con el socialismo, no así con el capitalismo.
Desde una visión antropológica estructural, creo que no se puede sostener que la religión es una realidad extrañamente autónoma, sin conexión con las otras dimensiones de la vida o que es un simple reflejo de los factores económicos. La religión puede ser opio o puede ser dynamis transformadora, dependiendo de si se la vive como elemento utópico y subversivo o como elemento conformista y legitimador del orden establecido.
La fe cristiana es la que hace que este mundo sea tal sin la “hipótesis de Dios”. Dios no es una especie de seguro contra todas las calamidades e impotencias del hombre. Ese Dios es al que se aferra una cierta religiosidad, impidiendo que el hombre afronte sus propios riesgos e impulse su propia maduración. Ese Dios es el que ha intervenido constantemente como rival y opositor del crecimiento del hombre. Reducir la presencia de Dios a los “espacios de miseria” es falsear la relación Dios-hombre, la cual debe estar presente en la totalidad de la vida y no sólo en la marginalidad de la miseria. Si en la vida existen “espacios de miseria” están para que el hombre los remedie y no para que el hombre se aproveche de ellos para hacer un sitio a Dios a base de la promesa de un remedio para ellos en la otra vida.
Nosotros no creemos en un Dios que necesita de la debilidad humana como medio para afirmarse a sí mismo. El Dios verdadero sólo se afirma en la afirmación del hombre.


6. Rebelión y llegada de la modernidad
Se ha dicho, y creo que con razón, que la laicidad es una consecuencia de la modernidad. Y es que la modernidad arranca de una cierta protesta contra las religiones, las cuales demasiadas veces atentaron contra la condición natural del ser humano, su dignidad y derechos.
En nombre de Dios, de la Religión, de la Patria, se han cometido enormes atropellos de la persona. La modernidad más que contra Dios se alza contra la utilización blasfema que de El se ha hecho, habiendo justificado en su nombre la negación del protagonismo, de la creatividad, de la autonomía y de la libertad del hombre. Por defender los derechos de las religiones, se han negado demasiadas veces los derechos de la persona.
Esta visión imperialista de la religión es la que hace que estalle en la conciencia moderna la reivindicación de la laicidad, negándose a que lo mundano y humano sea postergado y desvirtuado a expensas de lo cristiano. “Cristiano y humano escribía T. De Chardin, tienden a no coincidir; he aquí el gran cisma que amenaza a la Iglesia”. Y el teólogo protestante J. Moltman escribía: “Si la modernidad ha convertido al hombre en palabra iconoclasta contra Dios, es porque el Dios auténtico se ha convertido en palabra iconoclasta contra el hombre”.
Arrastramos, por tanto, desde Trento hasta el Vaticano II, una mentalidad eclesiástica antimoderna, contraria a la laicidad.

7. La entrada en un mundo adulto
Con la llegada de la modernidad se inicia la entrada en un mundo adulto. Mundo adulto significa aquí que la humanidad traspone el umbral de la infancia y adolescencia para encaminarse hacia la mayoría de edad. Paradójicamente, la jerarquía católica viene ejerciendo todavía una función de paternalismo paralizante en este proceso.
El cambio histórico de la modernidad, aplicado a la Iglesia, requiere una nueva relación de convivencia basada en la igualdad y que se expresa en la democracia. La actual estructura autoritaria de la Iglesia es residuo de modelos mundanos y contradice la enseñanza apostólica y la tradición.
La modernidad exige también una nueva relación con Dios, el cual en lugar de afirmarse a base de explotar los límites de la debilidad e impotencia humanas, aparece sustentando toda la talla del ser humano, dejándole actuar en todo lo que es, por sí y ante sí. El concilio reconoce que la religión, demasiadas veces, se ha convertido en opio al impedir la realización del ser humano y ocultar el rostro genuino de Dios.
Hacer profesión de ateísmo o, lo que es lo mismo, expulsar tantos dioses falsos, es condición saludable para preservar la fe y la madurez humana: “Son muchos los que imaginan un Dios que nada tiene que ver con el Dios de Jesús” (GS, 19).
Las características mayores de la modernidad son el paso de una concepción mítica del mundo a otra científica, de una sociedad desigual a otro igual, y de una sociedad sacralmente tutelada a otra civilmente autónoma.
En ese mundo emerge la laicidad como reclamo de independencia frente a las sociedades teocráticas, donde la condición de ciudadano va unida a la de religioso y la de lo civil a lo religioso. La laicidad surge como polo de afirmación frente a sociedades sacralizadas o muy tuteladas por el poder religioso.

8. Laicidad, Bien Común y Poder político
La laicidad, resulta así ser base, ámbito y referente de la apolítica de todo Estado, que se precie ser gestor del Bien Común, pues el Bien Común es la coordinación del bien de todas las personas, en uno u otro lugar , de una u otra parte, de una religión u otra, se trate de ciudadanos creyentes o ateos. Los ciudadanos incluyen, como personas, una ética natural, que se enuncia válida para todos y que los Estados deben manejar sensatamente para articular la convivencia.
Las religiones podrán enunciar creencias, principios, promesas, programas de futuro y felicidad que, a lo mejor, no figuran en el programa básico de la ética civil. Podrán inculcarlo a sus seguidores y ofrecerlo a cuantos lo deseen conocer, pero jamás imponerlo y mucho menos hacerlo valer contraviniendo la dignidad y derechos de la persona. La persona es el terreno firme, más allá del cual no puede ir el Estado, la Religión ni Ideología alguna.
Desde esta perspectiva, resulta anacrónica toda posición que pretenda basarse en un imperialismo religioso (sumisión del poder temporal al religioso) o sobre un fundamentalismo de Estado, que no respete el hecho religioso, tal como aparece en cada una de las religiones.
A quien se apoye en el pensamiento y espíritu del Vaticano II, le resultará fácil proponer que es tarea del Estado establecer una legislación sobre la enseñanza de la religión en la escuela, la ayuda económica estatal a la Iglesia católica, el aborto, el divorcio, las convivencias homosexuales, la investigación sobre las células madre embrionarias, y otras cuestiones, a la escucha de lo que la experiencia, la ciencia, la filosofía y la ética consideren más conforme y respetuoso con esas realidades.
De ahí brotan precisamente unas normas que pueden resultar válidas y vinculantes para todos, porque tratan de recoger y expresar la dignidad, los valores, los derechos y deberes de todos. Es la experiencia humana común, la ciencia común, la ética común, la sabiduría común, la ley común, la que todos podemos profesar resultándonos inteligible, congruente y coherente con nuestro modo de ser. Una ética común, de consenso universal y de obligatoriedad universal. Tal comunidad de experiencia, de valores y de ética, dimana de la persona humana. La persona es el pilar de la laicidad.
La persona es el referente básico para el estudio, la comprensión y la legislación de todo poder público. El Estado no tiene más misión que promover, respetar y asegurar los bienes de la persona, sus derechos y dignidad. Y personas somos todos. Y personas somos los que constituimos las comunidades políticas.
Pero no todos somos creyentes, o no lo somos según un único credo. Las religiones también nacen de la persona, y como todas las cosas humanas pueden ser buenas o malas, servir para humanizar o degradar, liberar o reprimir, alienar o transformar. Pero la religiosidad no es expresión única ni unívoca en el mundo de las personas, ni lo es en el mundo de las comunidades civiles.
Y, además, todas las religiones, para ser verdaderas, deben comenzar por hacer profesión de fe en la dignidad humana y sus derechos, y comprometerse a no apartarse de esa fe, común a todos. El Estado, que atiende al Bien Común, no puede legislar para todos guiándose por la perspectiva particular y diferenciada de cada una de las religiones, sino que debe guiarse por la perspectiva universal de la dignidad de la persona. Ya esa dignidad tiene un nombre común, que es la Carta Universal de los Derechos Humanos.
Entonces, una convivencia justa, basada en el respeto, igualdad y libertad de todos, tienen que regularse por un Ordenamiento Jurídico que sea fiel a esa dignidad y derechos de la persona. ¿Cómo llevar a cabo el respeto por esa dignidad y cómo lograr una solución satisfactoria para cuantas situaciones plantea la persona en la convivencia?
Pienso que es éste el desafío que la laicidad plantea a todo poder político.
Por supuesto, las Iglesias tienen derecho a aportar su experiencia y sabiduría, sus luces y propuestas, pues al fin y al cabo también ellas beben del pozo profundo de la humanidad. Sobre esa sabiduría común y compartida, podrán añadir, si la tienen, otra sabiduría, la peculiar de su religión, pero no pueden aspirar a que sea considerada como obligatoria para todos a nivel de ley. Es una oferta gratuita, nunca antihumana, que podrá ser aceptada libremente por cuantos quieran. Su doctrina particular puede entrar en colisión con alguno o algunos puntos de lo que hemos llamado ética o legislación común, pero el Estado tiene que hacer valer aquello que es ley común por consenso mayoritario dentro de la comunidad civil.

9. La laicidad es profundamente cristiana
Quiero ahora referirme críticamente a dos aspectos comentados en nuestros días.
Primero: “La perspectiva principal del problema está en que los católicos deben marcar su diferencia, es decir, hacer valer su identidad frente a creyentes de otras religiones, pues el peligro está en la mezcla e indiferenciación”.
El concilio Vaticano II dio un giro de 90 grados en lo referente a la relación de la Iglesia con el mundo. Se trataba de aproximar, comprender, dialogar, colaborar, reconocer que, por encima de los rasgos que nos diferencian, hay una realidad humana que nos identifica y constituye en lazos de universal unidad y comunión.
La Iglesia no es una comunidad aparte, una sociedad perfecta, que detenta en exclusividad el monopolio de los valores humanos (justicia, libertad, igualdad, solidaridad, responsabilidad, ética natural...) y los caminos y medios que llevan a la perfección y salvación del ser humano. Las instituciones humanas, creadas por el hombre, son beneméritas, proceden en última instancia (para los que creemos) de Dios, aun cuando la mayor parte de ellas no tenga asiento explícito en el Evangelio. El Dios de Jesús es el Dios creador, sin antagonismos. Por eso, yo, creyente cristiano, incluyo en mi fe como artículo fundamental, la fe en el hombre, en su dignidad y derechos. Mi ser cristiano comienza por ser persona. Y en mi ser cristiano mi ser persona subsiste y permanece en toda extensión y radicalidad. Una fe al margen o en contra de la persona es falsa. Los valores de la persona son valores intrínsecos del cristiano, aun cuando en el seguimiento de Jesús se alargue su visión y compromiso a otros horizontes.
Estoy, pues, no por la acentuación de lo que nos diferencia sino por lo que nos identifica y une. Las diferencias, con ser importantes, pasan a un segundo plano cuando todos (creyentes y ateos) podemos y debemos unirnos en las grandes causas de la justicia, de la liberación y de la paz. Cada uno es libre para ser ateo o creyente, pero todos como personas y ciudadanos nos embarcamos en una tarea común, estrechando una fe, una utopía y una esperanza en la común dignidad humana y en su destino.
Mi fe cristiana no hace sino asumir esa responsabilidad histórica, realzarla, potenciarla y estimularla con nuevas motivaciones. Pero, nunca disminuirla o anularla. También nosotros somos promotores del hombre y nos sentimos a gusto en la humanidad, en la laicidad, compartiendo con todos unas tareas, un desarrollo y un futuro que nos incumbe a todos. En todo caso, conviene señalar que, por debajo de ese intento de subrayar la diferencia, hay un empeño por recuperar una hegemonía de otros tiempos, afortunadamente perdida.
La laicidad, aplicada a todos los seres humanos, es lo más revolucionario, una revolución universal, que es la que ahora necesitamos, si queremos que este planeta no naufrague. Y con el mismo gozo que afirmo mi condición de ser humano, viajero con todos los ciudadanos del mundo, mantengo mi fe en el Evangelio de Jesús que, para mí, representa una oferta de realización humana, gratuita y libre, que abre nuevos horizontes para la plenitud humana.

Segundo: La obra primaria de la Creación es la persona y nadie en este mundo está por encima de ella en el sentido de que pueda proceder contra su dignidad o derechos. El respeto a la persona y la promoción de sus derechos es el principio que debe guiar la actuación de todos los Estados, también del Estado del Vaticano. Y las comunidades civiles o políticas son comunidades de personas, a cuyo bien se subordina la misión de los Estados. Ningún Estado está por encima de la comunidad de personas o puede entenderse al margen de ellas.

10. Recomponer la unidad escindida: concilio Vaticano II
Precisamente los católicos debemos recordar que el Vaticano II, y no la desentonada voz de algún que otro obispo, ofrece pautas que sirven para resolver este contencioso histórico. El concilio inauguró un nuevo talante, que pasaba de la arrogancia y anatema, al diálogo y colaboración. Enseñó que el Reino de Dios –que es universal- no se identifica con la Iglesia católica, sino que opera en todo tiempo y en toda cultura, y que pueden encontrarse gérmenes, signos y realizaciones del mismo en todo lugar donde se encuentra la vida del hombre.
Por otra parte, no hay ya dos vidas o dos historias paralelas: una profana y otra sagrada. Ese es un ardid de toda institución religiosa para justificar y hacer valer su poder, en el terreno más íntimo de las conciencias, en nombre precisamente de Dios.
Hay un nuevo pensamiento católico que nos hace rechazar perspectivas, actitudes y procedimientos de católicos que no concuerdan con las aspiraciones de nuestra época ni con el Evangelio.
Yo me atengo al espíritu del Vaticano II que reclama que la Iglesia católica “no ponga su esperanza en privilegios concedidos por el poder civil, renunciando incluso al ejercicio de ciertos derechos legítimamente adquiridos tan pronto como conste que su uso puede empañar la pureza de su testimonio o las nuevas condiciones de vida exijan otra disposición” (GS, 76).

11. Mi actuación cristiana en una sociedad laica
Teniendo en cuenta todo lo que he dicho, es fácil deducir los elementos que deben configurar la actuación de un católico en una sociedad laica.
La conducta de la persona se guía por principios, criterios y opciones en situaciones concretas. Siempre al decidir precede el percibir, el analizar y el valorar los elementos de una cuestión. Si yo decido ahora actuar de una determinada manera en una sociedad laica, y no de otra, es porque estoy imbuido por una determinada visión de la laicidad. Nadie procede al azar o ciegamente.
Desde los presupuestos desarrollados, yo me atrevería a formular los siguientes criterios como propios de una actuación cristiana en una sociedad laica:

1. No se puede seguir manteniendo una división antagónica entre el mundo creado y el mundo revelado, el mundo de la razón y el mundo de la fe, la historia humana y la historia de la salvación. La vida, la historia y la salvación son únicas y unitarias, aunque dentro de ellas crezcan dialécticamente el trigo y la cizaña. No hay más que un sujeto de salvación, la persona, con el que es preciso contar como agente primero y primordial. Jesús, el hombre por excelencia, se hizo uno de nosotros, vivió a fondo nuestra humanidad, se apasionó por la implantación del Reino de Dios en este mundo, se decantó a favor de los pobres y mostró que esa humanidad, originariamente buena, alcanzaba un destino de plenitud y resurrección, que superaba todo cálculo humano.
2. Se tenga o no fe, la realidad humana es portadora de dignidad, significación y sentido humano. Tal significado y sentido es consistente, con fundamentación en Dios para los que creemos. Pero no se necesita fe explícita en Dios para que ese significado sea real, inviolable y merezca todo reconocimiento. Ninguna fe, so pretexto de defender a Dios, puede impugnar esa dignidad humana, rebajarla, o anularla. Más, toda fe tiene obligación de incluir en su credo la proclamación de la dignidad humana y sus derechos. La unitariedad del proyecto salvífico hace que Dios y el hombre, la razón y la fe se den la mano y caminen estrechamente unidos, sin negarse nunca. La negación ocurrirá cuando la fe es falsa o es falsa la razón.
3. La tarea evangelizadora del cristiano comenzará por anunciar y defender aquello que es lo más importante y lo más importante es lo que es común a todos. Nos hemos dedicado por mucho tiempo a anunciar y construir sobre nuestras diferencias y no a construir sobre lo que nos es común. Construyendo sobre lo común es como únicamente edificaremos sólidamente la convivencia, pues ella reposará sobre los pilares seguros de la dignidad humana y derechos humanos universales.
4. El progreso vendrá, primero de todo, de este acuerdo, esfuerzo y lucha común. Y ese acuerdo común arranca de la justicia, la libertad, la democracia, los derechos humanos, el amor y la paz como obra de todos, y también como obra de todas y de cada una de las religiones. Primero alcanzar eso: la igualdad, el respeto, la justicia, la cooperación que hagan posible un nivel de vida digno para todos.
5. Las religiones renunciarán a todo monopolio ético, como si sólo ellas fueran depositarias de la salvación y únicas intérpretes de lo verdaderamente humano. Podrán ofrecer, anunciar y defender la especificidad de sus propuestas, como un plus para la perfección y felicidad humanas, pero sin negar o infravalorar la valía de las propuestas humanas.
6. El actuar del cristiano se mostrará tal en la medida en que se afane por preparar, inspirar, impulsar y configurar las realidades humanas de acuerdo con los valores básicos de la dignidad humana y los más directos y específicos del Evangelio. Trabajará como el primero para que la ciudad humana, la convivencia, sea un reflejo de los postulados de la ética, de la razón y del derecho, sabiendo que en esa baza se construye también el Reino de Dios y es por donde hay que avanzar hasta lograr la plenitud humana. El Evangelio será creíble en tanto en cuanto humanice al hombre, lo dignifique, lo libere y se muestre insobornable con la dignidad y derechos que le son inalienables.

Epílogo
En el Vaticano II hay un retorno al Evangelio, la conciencia eclesial trató de sacudirse todo polvo imperial, presentando a la Iglesia como Pueblo de Dios –todos hermanos e iguales- y a la jerarquía enteramente al servicio de ese Pueblo.
Pero, los cambios no sobrevienen rápidamente, por más que hayan pasado 40 años. Surgen ahora, otra vez, voces que reclaman ese puesto central que la Iglesia ha ocupado en la historia, confiriéndole hegemonía y autoridad en asuntos importantes como el divorcio, aborto, modelos de familia, etc., un nuevo imperialismo que les llevaría a hablar “en nombre de Dios”.
Afortunadamente, el concilio Vaticano II está ahí marcando un nuevo humanismo, un nuevo estilo y unas nuevas pautas como consecuencia de un nuevo magisterio.

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El programa electoral del PSOE dice literalmente:

1. “Nuestro programa comprende el compromiso con la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, el reforzamiento de los instrumentos multilaterales de promoción y defensa de los derechos humanos, pues estos son el fundamento del sistema de libertades sobre el que descansa nuestro orden constitucional. Los derechos humanos deben conformar toda la actuación de los poderes públicos” – “La garantía efectiva de los principios de libertad e igualdad, que forman parte de los fundamentos de la Unión Europea, no pueden tener lugar sin el respaldo a los derechos humanos de carácter cívico, económico y social consagrados en los Tratados”.
2. “ En el ejercicio de su libertad un número creciente de ciudadanos viene organizando su vida personal y familiar conforme a fórmulas y con aspiraciones que merecen reconocimiento jurídico y protección suficiente para asegurar la igualdad de todos los españoles que la Constitución garantiza” – “Trataremos de asegurar iguales derechos e iguales oportunidades para todos. Esto significa ayudar y favorecer los que más lo necesitan”
3. “El socialismo ha sido y es una lucha contra la injusticia. Una pasión por la igualdad de los seres humanos. Herederos de ilustrados y humanistas, construiremos la democracia y los derechos humanos para las personas, con independencia de su condición, por el mero hecho de serlo, por su condición de ciudadanos. El socialismo ha sido constructor de una sociedad que protege a los desiguales, que favorece a los discriminados, que distribuye la riqueza generada entre todos, que procura la cohesión social , que genera solidaridad”.
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4.Elaboraremos una nueva ley integral sobre violencia de género.- Una nueva ley sobre reproducción asistida.-Modificaremos el código civil a fin de posibilitar el matrimonio entre personas del mismo sexo y el ejercicio de cuantos derechos conlleva, en igualdad de condiciones con otras formas de matrimonio , para asegurar la plena equiparación legal y social de lesbianas y gays.-Presentaremos una regulación que sirva de marco legal a las parejas que quieran formalizar su convivencia por la via del Registro de Parejas de Hecho. Reformaremos la Ley General de Seguridad Social para incorporar el reconocimiento del derecho a prestaciones a favor de los miembros de las parejas de hecho registrables.-Agilizaremos los procesos de separación y divorcio, suprimiendo el divorcio causal y permitiendo el acceso directo al divorcio sin necesidad de previa separación , garantizando en todo momento los derechos fundamentales , especialmente el derecho a vivir sin violencia en el ámbito familiar.-Promoveremos la creación de una Comisión en el Congreso de los Diputados que permita debatir sobre el derecho a la eutanasia y a una muerte digna, los aspectos relativos a su despenalización, el derecho a recibir cuidados paliativos y el desarrollo de tratamiento del dolor -.
Tenemos pues que el Gobierno habla de incorporar a nuestro ordenamiento jurídico una serie de realidades que no están contempladas todavía en nuestro ordenamiento jurídico, merecen un estudio, hecho en el seno de la ciudadanía y del ámbito social y político. Alguna de esas leyes ha sido ya aprobadas y otras están en proceso de elaboración conforme a las reglas de un Estado de Derecho. Ni en la ley aprobada ni en las otras sometidas a estudio, encuentro que se den aspectos que contengan muestras de ofensa, marginación o persecución de la Iglesia Católica.
Las cuestiones referentes a la enseñanza de la Religión en la Escuela , el Gobierno las revisa y suspende la Disposición Segunda Adicional de la LOCE, dejando la religión como asignatura optativa y sin ninguna otra alternativa obligatoria.


Benjamín Forcano Valladolid, 28 de Octubre de 2007


Jesús fue laico.

Miguel Miranda *

Adital - Introducción¿Se imaginan a Jesús defendiendo privilegios de poder para su grupo? ¿Se imaginan a aquel campesino de Nazareth -que proclamó la inminente llegada del Reino (1) - defendiendo ahora privilegios de hecho para su institución en un orden sociocultural colonial como el que sigue vigente en nuestro país?
¿Se imaginan a ese sencillo aldeano -medio carpintero, medio "hacelotodo", un "sin tierra" ciertamente- convocando en largas homilías a "defender la fe", una "fe" en abstracto, sin defender igualmente el derecho de los pobres a la tierra? ¿Se imaginan que ese Nazareno -que un día proclamó lo que hoy conocemos como Reforma Agraria para los pobres (Cf. Lc. 4, 14-21) - más preocupado en defender espacios de poder que en defender los derechos de los humildes, como el acceso a la tierra? ¿Se imaginan a ese campesino de Nazareth defendido por los terratenientes y los sectores políticos ultraderechistas, como los que defienden hoy a la Iglesia Católica boliviana?
¿Se imaginan que ese humilde profeta galileo pueda aparecer hoy en Bolivia y "ponerse a tiro" para campañas mediáticas de sectores ultra conservadores de la sociedad boliviana contra un gobierno con rostro popular (aunque no por ello inmune a fallas y "meteduras de pata" como las de su terco ministro de educación "empujador de congresos sin consenso", contra viento y marea)?
Yo, católico laico, no me lo imagino.
A propósito del acalorado "debate" -debate evidentemente "montado" por los medios masivos de comunicación dominados por sectores de poder en Bolivia- conviene que los cristianos -católicos o no, aquellos que, desde lo más profundo de nuestro ser y de nuestra fe en ese Galileo proclamado Hijo de Dios, tratamos de encaminar nuestra vida personal y social- digamos nuestra palabra. Es necesario que lo hagamos, pues nuestra fe y compromiso vividos en medio de esta magnífica historia que construye nuestro pueblo -más allá de los poderosos de turno, incluidos los del MAS, o a pesar de ellos inclusive- no parece ser necesariamente bien expresada en las palabras de jerarcas que convocan a abstractas "defensas de la fe" o de curas condecorados por antiguos dictadores, cuya "catolicidad" huele más a un sectarismo que trasnochadamente reivindica un vetusto régimen de cristiandad.
Reivindicación de la laicidad y lo laico
Jesús fue laico. Tan laico como desacreditado, perseguido y asesinado por los que detentaban el poder religioso-civil de su tiempo. Es necesario traer a luz esta memoria, en un momento en que se manosea tan grotescamente lo laico y la laicidad.
En contraposición a quienes de manera aberrante refieren un origen "marxista" a la palabra laicidad (2) la palabra laico viene de un vocablo griego que significa "el que es del pueblo", sin privilegios. Y esto tan hermoso es ser laico: ser del pueblo llano, de a pie, tan simple como la señora que vende en las calles sus caramelitos para sobrevivir. ¿Hay en ello algo irreligioso o una actitud agresiva contra los valores religiosos? Parece que no.
Las primeras comunidades cristianas, en los primeros siglos de nuestra era, fueron acusadas de "ateas". No sería por casualidad sino por su estilo de vida, su manera desinstitucionalizada y popular de vivir lo religioso, en absoluta libertad -y por tanto a veces en contra- del sistema dominante que, para legitimarse, se apoyaba en fastuosos aparatos religiosos institucionalizados. Un ejemplo privilegiado lo constituye la carta a Filemón, en la que se manifiesta de manera sencilla un desconocimiento del sistema esclavista por la manera de vivir fraterna en la comunidad cristiana.
Con el largo proceso de clericalización y el crecimiento en fastuosidad institucional que siguió a la Iglesia a partir del Siglo IV, la laicidad, como auténtica forma de vivencia cristiana pasó a un segundo o último orden. En el régimen de cristiandad, la Iglesia acabó más dependiente de sus privilegios que le ataban al poder imperial. Es pertinente reconocer que en nuestros países latinoamericanos aún persisten, en la sociedad, la cultura "nacional" y las estructuras de poder, rasgos inequívocos de este modelo social-eclesial.
Fue el Concilio Vaticano II que, en su propósito de situar a la Iglesia de manera realista y fraterna en las sociedades modernas- reivindicó la laicidad como una forma legítima de ser Iglesia (Cf. La. Constitución Gaudium et Spes ("Las alegrías y las esperanzas"), el N° 76, por ejemplo).
Nuestras iglesias en América Latina recuperaron y desarrollaron, en un comienzo, las líneas maestras del Concilio con un dinamismo y creatividad que ahora parece que olvidamos. Por eso, ahora que en nuestro país se suscita este falso debate por "la defensa de la fe católica", es necesario que los laicos católicos expresemos nuestra palabra.
Los laicos -profundamente creyentes en el Dios de Jesús de Nazaret- existimos en este país y en este mundo. Y creemos que no hace falta grandes privilegios jurídicos o socioculturales para vivir en este mundo nuestra fe cristiana con un apasionado compromiso por los valores del Reino. Existimos laicos que -más allá de un ingenuo apoyo o rechazo al actual gobierno- nos sentimos seguidores de Jesús de Nazareth junto a este hermoso y sufrido pueblo que hace, en definitiva, la historia según los ojos de Dios.
Los grandes cuestionamientos al sistema neoliberal que sólo trajo más miseria y muerte para los pobres; las grandes luchas contra los dogmas de la "idolátrica religión del mercado"(3) (p.e. "No hay otra historia que ésta que se llama globalización neoliberal") se han dado y se siguen dando desde los sectores sociales más empobrecidos y críticos. Con esos sectores apostamos nuestra fe y nuestro compromiso cristiano, no en abstractas "defensas de la fe" que huelen más a "defensa de privilegios" en un orden sociocultural vetusto. Nuestro pueblo luchador y amante de la vida es para nosotros lugar teologal y teológico, lugar de encuentro con el Dios de la historia, que desde tiempos antiguos empuja la lucha de los humildes hacia su liberación.
Laicidad no es laicismo. Lo laico no es agresividad contra los valores más profundos que defienden la vida, entre ellos, los valores religiosos. Todo lo contrario. Como muchos documentos del Concilio Vaticano II y otros documentos más recalcitrantemente "oficiales" de nuestra Iglesia lo afirman (4), laicidad significa un orden social, cultural y político que permite la convivencia tolerante y fraterna entre las infinitamente variadas y diferentes formas de sentir y vivir el misterio de Dios en la historia. ¿Por qué nuestros pastores no se pronuncian para aclarar estas aberrantes y groseras formas de tratar lo laico en este bochornosa campaña mediática de los sectores conservadores?
La sospecha y hasta cierta hostilidad hacia las religiones no es necesariamente hostilidad hacia el Dios de la Vida, el Dios bíblico, que defiende el derecho de los pobres contra el saqueo por parte de los poderosos. Todas las religiones como producto humano que son (5) en frecuentes ocasiones han propiciado, legitimado y hasta defendido crímenes contra los pobres. Ante ello, las voces que se han levantado en gran medida lo han hecho defendiendo la vida de los humildes. ¿No es ésta la misma defensa que hizo Jesús en su tiempo y por ello mismo fue acusado de "peligroso" por las clases dominantes?
A nosotros los que profesamos públicamente una fe se nos debe advertir permanentemente eso de que el "espíritu sopla donde quiere". Cuidado que -como bellamente se narra en el libro de Job- pretendiendo defender a Dios acabemos blasfemando y más bien los discursos rayanos en la increencia aparezcan reivindicados como auténtico discurso a favor del Dios de la Vida, pues defiende la vida de los pobres. Si a Jesús no le dio empacho de sostener que las prostitutas y pecadores precederán en el Reino a los "religiosos" de su época, hoy podemos encontrar -no hablo necesariamente de los jerarcas que ahora ocupan el gobierno- verdaderos testimonios proféticos del Dios de la Vida en los "ateos" que tanto temen y satanizan los oligarcas y ciertos "defensores de la fe".
El escándalo de ver a los herodes y pilatos defendiendo "la fe"
Nos escandaliza ver que muchos de nuestros principales pastores de manera ingenua o lúcida -ellos juzgarán su propia conciencia- estén siendo manipulados por campañas mediáticas de sectores sociales y políticos ultraconservadores, aquellos sectores que no quieren perder sus privilegios y su poder en la detentación de la propiedad de las tierras, de los medios de producción y de las decisiones de orden público en el país. Son aquellos mismos oligarcas -cómplices de los que masacraron al pueblo alteño y paceño en Octubre del 2003- los que ahora aparecen en la prensa "defendiendo" la fe cristiana.
Periódicos y canales televisivos que años atrás hicieron cerrada defensa de programas políticos que no sólo empobrecieron al país sino que culminaron en genocidio, ahora se ven repletos de edulcoradas defensas de la Iglesia Católica. ¿No es este un hecho bochornoso para quienes pretendemos ser seguidores de ese Nazareno crucificado y resucitado?
La única contradicción real: Ricos Vs. Pobres.
Necesaria lectura crítica de la realidad del país
¿Más o menos clases de religión en las escuelas? ¿Más poder para que los CEILs tomen decisiones en la designación de maestros de religión y para los "colegios de convenio"? ¿Más o menos privilegios para que ciertos sectores de la Iglesia Católica -u otras Iglesias con parecido síndrome de voluntad de poder- tengan posibilidad de imponer sus doctrinas en temas como la familia, la legislación sobre el aborto, etc?... A la hora de ser coherentes con nuestra fe, en definitiva ese no es el problema.
El problema va más allá. Las clases de religión en sí mismas no son garantía apodíctica de un aporte al crecimiento espiritual de la sociedad boliviana. Es necesario examinar la calidad de ellas. Y muchas veces la calidad de las clases de religión está condicionada por la manera como se las hace. En la mayoría de las ocasiones, cuando las clases de religión suponen un uso del poder y los privilegios eclesiales, lo que provocan es efectivamente lo contrario a lo que pretenden. Y con no poca frecuencia observamos sutiles formas de chantaje con los privilegios católicos frente a los sectores humildes. Si creen que miento, pueden venir a visitar mi barrio, Villa Sebastián Pagador, en Cochabamba, y ver cómo en ciertas ocasiones en el Colegio "de convenio" que aquí existe, las religiosas o profesores de religión exigen a los alumnos que muestren la "hojita dominical" de la misa para demostrar que efectivamente fueron a misa. ¡Y eso lo hacen en un medio social con altísimo grado de diversidad confesional, cultural y eclesial! O hacen enarbolar la bandera vaticana al lado de la boliviana, o hacen cantar himnos marianos en un contexto de alta presencia protestante y evangélica. La gente les tiene que aguantar porque ellas tienen la sartén por el mango en el colegio. Y, claro, también porque traen "obritas" con muchos dólares por medio. ¿Contribuirán estos hechos al crecimiento espiritual de nuestros niños y niñas? Lo dudo mucho.
Por tanto, el problema no es defender espacios privilegiados para "anunciar" el evangelio. Esta visión forma parte de la estrechez de mirada en que hemos caído los cristianos en el país. El problema es leer adecuadamente las contradicciones socio-económicas de Bolivia y del mundo. Las contradicciones más profundas en nuestra sociedad no están determinadas por mayor o menor "aceptación" convencional de valores en abstracto. La contradicción real y verdadera es aquella misma que en el Éxodo y los Profetas del Antiguo Testamento se ha descubierto: la existencia de ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más numerosos y más pobres. Esta contradicción -que escuelas de sociología crítica afirman que representa la clave en la estructuración de la sociedad- es la matriz del pecado social que tanto denunciaron nuestros profetas latinoamericanos cuya sangre -como la de Espinal, Romero y Ellacuría- aún está fresca.
Más clases de religión o menos clases de religión -muchas veces con esos chantajillos que hemos relatado- no se dirigen necesariamente a evangelizar a los pobres (y sobre todo dejarnos evangelizar por ellos), en sentido de que despierten en su dignidad de hijos e hijas de Dios, se hagan más conscientes de su realidad de opresión, se organicen y levanten su palabra y sus acciones para reconstruir esta sociedad boliviana cuyas estructuras económicas, jurídicas y políticas no reflejan -en definitiva- los valores del Dios de Jesús, sino más bien el afán de poder y de rapiña de los ricos.
Nuestra historia latinoamericana y boliviana tiene demasiados ejemplos para comprobar que la evangelización realizada desde el poder en muchas ocasiones sólo ha provocado más muerte y desestructuración social. No se puede evangelizar cristianamente sino es desde la simplicidad y desde lo llano, como el pueblo, junto con el pueblo, ese "laos" en el que palpita y actúa la misteriosa presencia del Dios liberador. Sólo podemos evangelizar como Jesús, desde los ojos de los pobres.
Humilde y fraternalmente llamamos a nuestros principales pastores a recuperar ese espíritu profético y hablar con claridad al pueblo. Oramos por ellos -y por todos nosotros y nosotras- para que ello se haga efectivo en este momento en que nuestras iglesias tienen tanto que aportar al proceso de cambio estructural en el país.

Cbba. 26 Julio 2006
Notas:
(1) Es decir, un tiempo en el que reinarán de manera efectiva e irrevocable los valores del Dios bíblico: la fraternidad, la justicia que privilegia a los pobres y el amor expresado en acciones efectivas que construyen la vida.
(2) Cf. La referencia a declaraciones del presidente del Concejo Nacional de Profesores de Religión, en el artículo de Bolpress titulado "Nobleza eclesial e Iglesia Católica no son lo mismo" de fecha 26 07 06
(3) Como han venido a denominar en bien fundamentados estudios socioteológicos algunos intelectuales y pastores reunidos en torno al Departamento Ecuménico de Investigaciones en Costa Rica, o en el Centro Cristianismo y Justicia, en Cataluña.
(4) Cf. Discurso del Papa Juan pablo II Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, lunes, 12 enero 2004
(5) Y ello lo afirmamos con la misma sencillez con que decimos que ello no merma para nada nuestra valoración por la revelación divina que ellas reivindican.

* Católico laico y teólogo-educador popular radicado en Villa Sebastián Pagador, Cochabamba.
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POR UNA SOCIEDAD Y UNA ESCUELA LAICAS : LA RELIGIÓN FUERA DE LA ESCUELA. Plataforma por una Escuela Laica
Rebelión
En enero de 2004 diversas organizaciones iniciamos la campaña “Por una sociedad laica: la religión fuera de la escuela”, con el objetivo de responder a la provocación de la LOCE, una ley del Partido Popular, que potenciaba el adoctrinamiento religioso en el sistema educativo, así como la enseñanza concertada católica.
El actual Gobierno del PSOE paralizó la LOCE, significando una actitud esperanzadora, ya que congelaba medidas regresivas que la LOCE pretendía impulsar. Sin embargo, unos meses después, presentó el borrador de anteproyecto de Ley Orgánica de Educación (LOE), que seguía legitimando la religión en el horario lectivo y reforzaba el papel de los catequistas.
Una vez aprobada la LOE en el Parlamento y desarrolladas las enseñanzas mínimas en las distintas etapa educativas, basándose, una vez más, en los Acuerdos con la Santa Sede, se mantiene la enseñanza de la religión católica (y de otras religiones) en los centros educativos. Lo que seguirá generando segregación y discriminación. Al mismo tiempo que presuntamente se vulneran los artículos 14, 16 y 27 de la Constitución española, en lo referente a la libertad de pensamiento y conciencia, a que nadie puede ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencia y a la no confesionalidad del Estado.
La LOE genera confusión entre la escuela publica y la escuela privada, poniendo al mismo nivel ambas redes, lo que significa avanzar en la privatización del sistema educativo y eso conlleva dar más poder a las congregaciones religiosas que detentan cerca del 80% de los colegios concertados. Además, la Ley no impide la segregación por sexos en los centros financiados con fondos públicos, cuestión, ésta, de gran calado religioso. Sin embargo se admite en los centros escolares un adoctrinamiento religioso que, en ocasiones, vulneran derechos y principios de igualdad entre sexos, etc.
Hacemos un llamamiento a la sociedad y a la comunidad educativa para que se movilice y exija a los poderes públicos y a los partidos políticos una rectificación, con el fin de avanzar hacia un modelo de escuela pública laica, integradora y democrática. Las organizaciones que apoyamos esta campaña reafirmamos que el adoctrinamiento religioso debe de quedar fuera del currículo escolar.
Abogamos por un modelo de escuela laica que eduque sin dogmas, en valores humanistas y universales, en la pluralidad y en el respeto a los derechos humanos, en la asunción de la diferencia y de la diversidad y en los valores éticos, no sexistas y democráticos. Queremos una escuela donde se sientan cómodos tanto los no creyentes, como los creyentes. Los niños y niñas, en la escuela, no pueden ser segregados en función de las creencias o convicciones morales de sus familias. No podemos aceptar que a las familias se les pregunte por sus creencias religiosas, como expresan los reales decretos de enseñanzas mínimas. No podemos permitir que se obligue al alumnado que no quiere recibir enseñanzas de religión a adaptarse al horario y exigencias de quienes desean seguir imponiendo esas enseñanzas en el horario lectivo, amparándose en acuerdos de clara inconstitucionalidad, por ello la única posibilidad, con el fin de respetar los derechos de todos y todas, es que la religión salga del horario lectivo obligatorio.
No se puede seguir argumentando que los Acuerdos con la Santa Sede (1976 y 1979) sean el muro insalvable para avanzar hacia la escuela laica. Exigimos su derogación. Tampoco existe mandato constitucional alguno por el que la escuela deba garantizar el adoctrinamiento religioso. La historia crítica de las religiones y el hecho religioso y no religioso ha de estudiarse incorporado al currículo general y para todo el alumnado.
Las organizaciones que firmamos esta declaración estamos impulsando, desde enero de 2004, una campaña, de ámbito estatal, con el fin de que la religión salga de la escuela y se profundice en el laicismo escolar y en la escuela pública. Llamamos a la movilización activa y a la información centro a centro, como primera medida para conseguir este objetivo. También algunas organizaciones que suscriben la Campaña han procedido a interponer los correspondientes recursos ante el Tribunal Supremo, en impugnación de la disposición adicional segunda de la LOE y su desarrollo de enseñanzas mínimas en educación infantil, primaria y secundaria.
EXIGIMOS LA DEROGACIÓN INMEDIATA DE LOS ACUERDOS CON EL VATICANO, QUE LA RELIGIÓN SALGA FUERA DEL CURRÍCULO ESCOLAR COMÚN, QUE NINGUNA SIMBOLOGÍA RELIGIOSA TENGA PRESENCIA INSTITUCIONAL EN LOS CENTROS ESCOLARES Y QUE CON DINERO PÚBLICO NO SE PAGUE EL ADOCTRINAMIETO RELIGIOSO
SÍ A UNA ENSEÑANZA CIENTÍFICA Y HUMANISTA, QUE PROPICIE UNA EDUCACIÓN PARA LA INTERCULTURALIDAD, QUE DEFIENDA LA LIBERTAD DE PENSAMIENTO Y DE CONCIENCIA Y QUE EDUQUE EN VALORES DEMOCRÁTICOS Y DE CIUDADANÍA
ORGANIZACIONES ESTATALES Y TERRITORIALES QUE SUSCRIBEN ESTA SEXTA DECLARACIÓN Europa Laica / CEAPA / STES-I / Sindicato de Estudiantes / IU / CGT / Confederación Estatal de MRPS / ATEUS de Cataluña / Federación Estatal de Gays y Lesbianas / SOS Racismo / PCE / Juventudes Comunistas / Izquierda Republicana / Unidad Cívica por la República / Foro por la Educación Pública / Los Verdes / Liberación – Amanta / Foro Por Otra Escuela / Lliga per la Laïcitat de Catalunya (12 organizaciones sociales y sindicales) / Andalucía Laica / Granada Laica / Asociación de Maestros Rosa Sensat / Asociación Pi y Margall por la Educación Pública y Laica / Asociación Galileo de Úbeda / Asociación Cultural Escuela Laica de Valladolid / Asociación Escuela Laica de Albacete / Fundación Escuela Pública de Zaragoza / Colectivo Escuela Laica de Zaragoza / Foro Ciudadano de la Región de Murcia / Federación Regional de Asociaciones de Vecinos de Madrid / Federación de Asociaciones de Vecinos de Valladolid / Club de Amigos de la UNESCO de Madrid / No nos Resignamos / Asociación Manuel Azaña / Plataforma Cultura contra la Guerra / Más Democracia / Espacio Alternativo / USTEC-STEs / Intersindical Alternativa Catalana (IAC) / Enseñantes Asamblearios de Canarias (EA-Canarias) / Asociación REDES de Sevilla /Asociación Laica de Rivas Vaciamadrid / FIDA-Federación Internacional de Ateos / Cullera Laica / Uniónn de Republicanos de La Isla. San Fernando. Cádiz / Algunas de las personalidades que la suscriben Rosa Regás, escritora / Almudena Grandes, escritora / José Luis Sampedro, escritor / /Maruja Torres, periodista y escritora. / Lucía Etxebarría, escritora. / Vicente Aranda, director de cine / Lucía Alvarez, actriz, entre otras muchas que se han venido sumando a la Campaña, desde la primera Declaración
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