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Es un poco largo de leer, pero creo que merece la pena, al menos a mi me ha gustado



Una crónica genial del escritor oriental Eduardo Galeano
Para los de más de 40. (Eduardo Galeano)

Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.
No hace tanto con mi mujer lavábamos los pañales de los críos. Los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita; los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar.
Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda (incluyendo los pañales). ¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó tirar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el bolsillo y las grasas en los repasadores.
¡Nooo! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora está bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades. ¡Guardo los vasos desechables! ¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez! ¡Apilo como un viejo ridículo las bandejitas de espuma plástica de los pollos! ¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos! Es que vengo de un tiempo en que las cosas se compraban para toda la vida. ¡Es más! ¡Se compraban para la vida de los que venían después! La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, fiambreras de tejido y hasta palanganas de loza. Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de heladera tres veces.
¡Nos están fastidiando! ¡¡Yo los descubrí. Lo hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica. ¿Dónde están los zapateros arreglando las medias suelas de las
Nike? ¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando sommiers casa por casa? ¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el
electricista? ¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros? Todo se tira, todo se desecha y mientras tanto producimos más y más basura.
El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad. El que tenga menos de 40 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el basurero!! ¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de ........... años! Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII). No existía el plástico ni el nylon. La goma solo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en San Juan.
Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban. De por ahí vengo yo. Y no es que haya sido mejor. Es que no es fácil para un pobre tipo al que educaron en el 'guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo' pasarse al 'compre y tire que ya se viene el modelo nuevo'. Mi cabeza no resiste tanto. Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que además cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real. Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo). Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo.
Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se
desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo? ¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con que se consiguieron? En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos... ¡¡Como guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!! ¡Guardábamos las chapitas de los refrescos! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos! Las cosas que usábamos: mantillas de faroles, ruleros, ondulines y agujas de primus. Y las cosas que nunca usaríamos. Botones que perdían a sus camisas y carreteles que se quedaban sin hilo se iban amontonando en el tercer y en el cuarto cajón. Partes de lapiceras que algún día podíamos volver a precisar. Tubitos de plástico sin la tinta, tubitos de tinta sin el plástico, capuchones sin la lapicera, lapiceras sin el capuchón. Encendedores sin gas o encendedores que perdían el resorte. Resortes que perdían a su encendedor. Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.
Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡¡Los diarios!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver!! ¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne! Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para hacer cuadros y los cuentagotas de los remedios por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos. Y las cajas de cigarros Richmond se volvían cinturones y posa-mates y los frasquitos de las inyecciones con tapitas de goma se amontonaban vaya a saber con qué intención, y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía 'este es un 4 de bastos'.
Los cajones guardaban pedazos izquierdos de palillos de ropa y el
ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en un palillo.
Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden 'matarlos' apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada. Ni a Walt Disney. Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: 'Cómase el helado y después tire la
copita', nosotros dijimos que sí, pero, ¡minga que la íbamos a tirar! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las
hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella. Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. Ah ¡No lo voy a hacer! Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad es descartable.
Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les
declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los
cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo y glamour. Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la bruja como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la bruja me gane de mano y sea yo el entregado.
Hasta aquí Eduardo Galeano.

LOS TRES ÚLTIMOS DESEOS

DE ALEJANDRO MAGNO





Encontrándose al borde de la muerte, Alejandro convocó a sus generales y les comunicó sus tres últimos deseos:



1. que su ataúd fuese transportado por los médicos de la época.



2. que fueran esparcidos por el camino hasta su tumba los tesoros que había conquistado (plata, oro, piedras preciosas...)



3. y que sus manos quedaran balanceándose en el aire, fuera del ataúd, a la vista de todos.



Uno de sus generales, admirado por tan insólitos deseos, le preguntó a Alejandro cuales eran sus razones. Alejandro se lo explicó:


1. Quiero que los más eminentes médicos carguen mi ataúd para mostrar que ellos no tienen, ante la muerte, el poder de curar.



2. Quiero que el suelo sea cubierto por mis tesoros para que todos puedan ver que los bienes materiales aquí conquistados, aquí permanecen.



3. Quiero que mis manos se balanceen al viento, para que las personas puedan ver que vinimos con las manos vacías, y con las manos vacías partimos.

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El agua que quería ser fuego

"Ya estoy harta de ser fría y de correr río abajo. Dicen que soy necesaria. Pero yo preferiría ser hermosa. Y encender entusiasmos. Y hacer arder el corazón de los enamorados. Y ser roja y cálida. Dicen que yo purifico lo que toco, pero más fuerza purificadora tiene el fuego. Quisiera ser fuego y llama".

Así pensaba en septiembre el agua de un río de montaña. Y, como quería ser fuego, decidió escribir una carta a Dios para pedir que cambiara su identidad.

"Querido Dios: Tú me hiciste agua. Pero quiero decirte con todo respeto que me he cansado de ser transparente. Prefiero el color rojo para mí. Desearía ser fuego. ¿Puede ser? Tú mismo, Señor, te identificaste con la zarza ardiente y dijiste que habías venido a poner fuego a la tierra. No recuerdo que nunca te compararas con el agua. Por eso, creo que comprenderás mi deseo. No es un simple capricho. Yo necesito este cambio para mi realización personal..."

El agua salía todas las mañanas a su orilla para ver si llegaba la respuesta de Dios. Una tarde pasó una lancha muy blanca y dejó caer al agua un sobre muy rojo.

El agua lo abrió y leyó: "Querida hija: me apresuro a contestar tu carta. Parece que te has cansado de ser agua. Yo lo siento mucho porque no eres un agua cualquiera. Tu abuela fue la que me bautizó en el Jordán, y yo te tenía destinada a caer sobre la cabeza de muchos niños. Tú preparas el camino del fuego. Mi espíritu no baja a nadie que no haya sido lavado por ti. El agua es siempre primero que el fuego...".

Mientras el agua estaba embebida leyendo la carta, Dios bajó a su lado y la contempló en silencio. El agua se miró a sí misma y vio el rostro de Dios reflejado en ella. Y Dios seguía sonriendo esperando respuesta.

El agua comprendió que el privilegio de reflejar el rostro de Dios sólo lo tiene al agua limpia... Suspiró y dijo: "Sí, Señor, seguiré siendo agua. Seguiré siendo tu espejo. Gracias".

debemos reflejar con toda claridad el rostro de Cristo Resucitado, estoy convencida de que debo pensar en el agua del cuento: Sí, Señor, seguiré siendo agua. Seguiré siendo tu espejo. Y es que es muy cierto que nos entra la tentación de cambiar, de querer lo que no somos, de que tal vez Dios se trasparentará más en mí si hago lo que parece que a otros le va bien. Nos entra esa mística "ojalatera" del "ojalá yo..."; "ojalá fuera otra cosa...", "ojalá hubiera escogido otro estado, otra situación, otra persona..." Y nos quedamos en los tristes lamentos ante un sepulcro vacío sin disfrutar tampoco de un Cristo vivo.

Propongo a todos los que tengan la bendición de leer estas líneas, que seamos todos agua clara para que el rostro del Cristo Vivo se refleje en nuestro espejo. Y que vivamos en paz.

Autor desconocido



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Enamorarse no siempre es amar



Se llamaba Flavia y era una joven escultural. Vestía sus dieciocho años con escasez y atrevimiento. Sabía del tirón de su cuerpo e intentaba enjaretarme como a un camafeo. Conquistar a un muchacho inexperto era pan comido para aquella chica vivaz. Con mis veintidós años creí que aquella morenaza era el amor de mi vida. Mi cuerpo la retrataba con toda clase de aceleraciones. Enorme era el esfuerzo para no ceder a la gula de devorarla.

Fue mi primer enamoramiento, si así puede llamarse aquella fiebre primera. Veía por sus ojos, la defendía, la valoraba a pesar de su superficialidad. Su coquetería la hacía acortar sus faldas al ritmo que abría sus escotes. Se mostraba segura, atrevida y dominante. Yo le seguía como un pelele embrujado. Pero me resistía a viajar sus valles y colinas con la premura que los hervores de mi cuerpo solicitaban. Al fin y al cabo yo era un joven de principios y los efluvios íntimos debían quedar para después del matrimonio.

Poco a poco me fui dando cuenta que tenía fiebre, fiebre Flavia. Recordé que la responsabilidad y el respeto son previos a toda expresión corporal. Aunque ella desease ser explorada, yo debía ser responsable, respetuoso, humano, no caer en aquel empuje animal que me arrastraba hacia la hembra fácil. Por fin comprendí que aquello no era amor sino pura atracción física, mera necesidad evacuatoria e irracional animalidad.

Después llegó Blanca. Su dulzura azul y su melena rubia me cautivaron desde el primer momento. No sé qué me gustaba más si la suavidad de su voz o su mirada embriagadora. No era jovencísima, ni atrevida, ni escultural, pero embelesaba mis sentidos. Su elegancia, su tono de voz, su melena cuidadosamente peinada, sus tacones, sus selectos adornos, hasta su perfume y su cadencia al andar me cautivaban. Sus caricias y arrullos me hacían flotar como una nube.

Con algunos añitos más y la discreción de Blanca era más fácil mantener el instinto varonil en segundo plano. Mi sensibilidad se sentía confortable, nada en ella chirriaba. Hablábamos del tiempo, del trabajo, de la moda o el cine sin concordancias esenciales, sin más profundidad. Pero aquella golosina me hacía sentirme orgulloso y cómodo. Otra vez me sentí perdidamente enamorado. Ésta sí es -me dije- porque me siento volar cuando la miro, la huelo o la sueño. No tiene nada de buscona y su presencia es suave como una pluma. Es lo más parecido a la princesa de mis fantasías infantiles y juveniles.

Un día leí que el enamoramiento sensible es perecedero, que sólo el amor profundo es durable y éste sólo se da cuando hay admiración de las cualidades profundas del otro. Me pregunté qué cualidades eran las que yo admiraba en Blanca. Las pude nombrar pero, honradamente, tuve que reconocer que eran cualidades periféricas, nada esencial. Más bien yo era como un caracol, egocéntricamente instalado en el caparazón sensible que aquella rubia me proporcionaba. En realidad la deglutía, la saboreaba, la disfrutaba, pero no la admiraba profundamente, es decir, no la amaba. Por eso, subconscientemente, había estado eludiendo hablar de boda.

Como nunca he transigido con la falsedad, el reconocer mi verdad me ayudó a tomar distancia, a darme cuenta que otras muchas mujeres me atraían sensiblemente por el mero hecho de ser femeninas. No quise engañarme y seguí buscando la mujer de mi vida, la que de verdad estuviera creada para mí. Yo aspiraba a un amor sin fecha de caducidad. Eso me ayudó muchísimo a ser paciente y proseguir mi búsqueda por el camino de la soledad. No sin sudor, no sin esfuerzo. Pero crecí en madurez, en reciedumbre, en humanidad.

Cuando menos lo esperaba, vencida ya la treintena y metido en la tensa rutina del tráfico laboral, conocí a Luz Marina. Al principio sólo me llamó la atención su rostro, luminoso como su nombre, sin más adorno que su sonrisa. Vestía correctamente, sin exuberancias ni estridencias; su estatura era normal, su porte discreto y su personalidad sencilla, como si pasase por la vida de puntillas para no molestar a nadie. Las primeras conversaciones me fueron desvelando que tras aquellos ojos claros, de color aceite virgen, se escondía una auténtica mujer y una persona cálida, dialogante, alegre, acogedora y honesta. Nada en ella era mentira, no tenía un atisbo de manipuladora coquetería y su cercanía nunca era provocación. A veces se ocultaba tras una fina gasa de espontanea timidez.

Empecé a sentirme lleno de admiración ante aquella mujer, más joven que yo, pero con un aplomo y serenidad envidiables. Sabía escuchar con atención e interés todos los problemas del mundo, sobre todo las confidencias personales, pero nunca caía en el juicio o la maledicencia. Su intuición y comprensión me sorprendían. Apenas le explicaba algo, ya había captado su trasfondo. Su dulzura y serenidad me calmaban con su sola presencia, siempre próxima, siempre atenta y servicial. Era como un amigo, como un tesoro vivo y femenino. Sin apenas darme cuenta, sin exageradas atracciones físicas ni apasionamientos deslizantes, me encontré un día amando a aquella mujer desde la hondonada de mi ser. Se me había filtrado hasta el fondo, como nieve en un ventisquero. Fue entonces cuando le dije aquel piropo que me nació como un géiser: “Quiero que tú seas tú, aunque no sea conmigo”. Y aquel otro que hurté a Pedro Salinas: “Quisiera sacar de ti tu mejor tú”.

Tuve la sensación de estar enamorado de una forma nueva. Sentí que aquello era más que atracción o sensibilidad. Descubrí que había una complementariedad y un camino común que buscar y caminar. Un día me sorprendí confesando: “Tú consigues que yo quiera ser mejor y no deje de intentarlo”. Después descubrí que había reciprocidad, que aquella mujer estaba anudada a mi alma y compartía mis horizontes interiores. Así que terminé casándome con Luz Marina para toda la vida, seguro de que aquello hondo que yo sentía era amor eterno. Tuve la certeza de que los enamoramientos pasados no habían sido amor, sino pura atracción de la piel, puro sarampión de la sensibilidad, tan fugaces como el fuego fatuo.

Años después me encontré escribiendo: “Invitación al vuelo / fue siempre, en mí para ti, / hondo y perenne deseo. / Contigo trenzar las nubes en lo más alto del cielo. / Hacer nuestra vida juntos brotando en el hijo nuestro. / Perseguir los horizontes al trote de luz y cierzo. / Navegar todos los aires dándonos mutuo aliento. / ¡Esposa y amada mía, enamorada mía y del viento! “.

Jairo del Agua
jairoagua@orange.es


¿Es posible una Iglesia sin clero? Manolo González

Somos Iglesia Andalucía
Breve encíclica o comunicado del papa
“La iglesia de Jesús, iluminada por el Espíritu, está convencida de que la humanidad entra en una nueva era y, por tanto, ha de responder a los signos de los tiempos nuevos.
La organización administrativa, el derecho canónico, el funcionariado clerical dio ya sus frutos, en tiempos pasados, a la manera como la ley hizo de niñera, en el Antiguo Testamento, para el amadísimo pueblo de Israel.
Estamos convencidos de que en esta nueva era, tanto la organización eclesial, como su funcionariado, como el derecho canónico que lo sustenta son un obstáculo para el evangelio. Ha llegado, pues, la hora de devolver al Espíritu lo que es del Espíritu.
Cada comunidad de seguidores de Nuestro Señor Jesús, esté donde esté, es ella, en sí misma, la iglesia del Señor. Así debéis actuar. Siempre en comunión con el resto de comunidades del Señor. Sin perder de vista el consejo de nuestros padres: unidad en lo necesario, libertad en lo dudoso, caridad en todo. Cada uno en comunidad; vuestra comunidad en sintonía con las comunidades limítrofes sois poseedores del Espíritu para que seáis uno en el Señor.
La Iglesia de Jesús necesita, quizás hoy más que nunca, hombres y mujeres que, sin encargo del clero oficial o incluso con la resistencia de ellos, llenen de un nuevo vigor, como comunidad de creyentes, la sociedad desconcertada y dolorida que tenemos.
Tratad, desde esas pequeñas comunidades, dar un nuevo rostro a la eucaristía, al confesionario, a los demás sacramentos, que con el correr de los tiempos han sido víctimas de la enfermedad de una dictadura eclesial que se ha arropado con la divinidad, para así perpetuarse.
Os comunico con toda alegría que con esta fecha renuncio a todo honor o título de poder mundano. De ahora en adelante, sólo retendré sobre mis hombros la pesada y alegre carga de ser vuestro hermano mayor en el amor. A mí podréis acudir cuando vosotros no hayáis podido sintonizar vuestros diferentes puntos de vista. Desde mi posición de hermano mayor, consultaré al resto de comunidades de otros lugares para así encontrar, entre todos, el camino más recto y que todas las iglesias se sientan corresponsables en la búsqueda de la verdad.
También os comunico el gozo que me ha producido la renuncia, por parte de toda la antigua curia romana, a sus títulos, honores y prebendas humanas. Todos, empezando por los cardenales, arzobispos, nuncios, monseñores de todo tipo y color han depuesto sus ropajes y renunciado a sus salarios. Gran parte de ellos, los que están en edad de trabajar, se ofrece a vuestras comunidades, en cualquier parte del mundo, sobre todo las más pobres, para servir cada uno en lo que vuestras comunidades les asignéis.
En adelante vosotros elegiréis a vuestros presbíteros entre los que consideréis más idóneos para presidir la Eucaristía y promover la paz. Para cada función escoged a los más prr¡?parados: los más conocedores de las Sagradas Escritura, los que mejor y más claro lean en público, los que posean el don de cuidar con más amor a los más pobres y así en todo lo demás. Aprovechad los carismas de todos para el Señor.
Sed la sal y la luz para el corazón del hombre. Llevad la alegría y la esperanza al hombre apaleado. La sociedad está mal porque el hombre está mal. Cuidad más del hombre que de las leyes de los hombres. Sanad al hombre y la sociedad se sanará. El Reino del Padre no vendrá por el camino de la política sino a través del corazón del hombre. La cristiandad ha pasado, ha llegado la hora de los creyentes. El mundo no se hace cristiano con leyes sino con fe. Sed levadura, sal y luz, y esperad un nuevo amanecer.
Que existe la maldad por todas partes, no hay que demostrarlo. Pero si tenéis los ojos limpios y os ilumina el Espíritu, quizá veáis que la tierra está también llena de hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, de corazón sano y fraterno. ¿Y no era eso lo que quería Nuestro Señor Jesús?
Id por todas partes llevando el mensaje de Jesús. Entrad en los barrios, en las aldeas, en los palacios. Si os acogen, anunciad al Señor sin recibir nada a cambio, si os expulsan, sacudíos las sandalias para no llevaros ni el polvo. No exijáis ningún derecho. Pero decirles que Dios está cerca.
No temáis si la Iglesia católica pierde brillo y esplendor social. N o temáis si los templos de piedra se transforman en monumentos turísticos. N o olvidéis que el verdadero templo de Jesús sois vosotros. No está bien cuidarnos del esplendor de nuestros templos de cemento mientras se arrastran por las calles, las colas del INEM, las alcantarillas, las chabolas… nuestros hermanos apaleados como el de Jericó.
Jesús Nuestro Señor tuvo como misión sanar al hombre, nó levantar altares, construir confesionarios y basílicas o poner cruces en lo alto de los montes.
Cumplió su cometido la cristiandad. Como cumplió su cometido la Torá, antes de Jesús. Tengamos el valor de dar una oportunidad al Espíritu, porque ha llegado su hora.
Muchas preguntas quedan en el aire. Quizá ahora no sepamos responder. Pero la Historia y el Espíritu nos las aclararán.
No quiero firmar como siervo de los siervos del Señor, porque nunca fui siervo. Os envío un abrazo como hermano mayor en el Señor.
Tomado de “Roma , tenemos un problema” de Luis Alemán Mur

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Nos lo envía el amigo Santi Natalac.Seguramente ya lo visteis en un pps.pero nunca en un texto que se pudiese añadir en un apartado oportuno.Ahí le teneis:

Hojas

Seguramente ya habrás escuchado este texto en alguna ocasión... pero si quieres, puede servir para saber valorar, en su justa medida, todo aquello que el Buen Dios nos regala, para compartir cada día.

Un Padre económicamente acomodado, queriendo que su hijo supiera lo que es ser pobre, lo llevó para que pasara un par de días en el monte con una familia campesina.

Pasaron tres días y dos noches en su vivienda del campo. Retornando a la ciudad, el padre preguntó a su hijo:

- ¿Qué te pareció la experiencia?
- ¡Buena!, - contestó el hijo con la mirada puesta a la distancia.
- Y... ¿qué aprendiste? - insistió el padre.

El hijo contestó:
- Que nosotros tenemos un perro y ellos tienen cuatro. Nosotros tenemos una piscina con agua estancada que llega a la mitad del jardín... y ellos tienen un río sin fin, de agua cristalina, donde hay pececitos y otras bellezas.
Que nosotros importamos linternas del Oriente para alumbrar nuestro jardín .mientras que ellos se alumbran con la luna y las estrellas.
Nuestro patio llega hasta la cerca...y el de ellos llega al horizonte.
Que nosotros compramos nuestra comida; ellos, siembran y cosechan la de ellos.
Nosotros oímos CD's. Ellos escuchan una perpetua sinfonía de ruiseñores, patos, pericos, ranas, sapos y otros animalitos....todo esto a veces dominado por la melodía de un vecino que trabaja su monte.
Nosotros cocinamos en estufa eléctrica. Ellos, todo lo que comen tiene ese glorioso sabor del fogón de leña.
Para protegernos, nosotros vivimos rodeados por un muro, con alarmas.... Ellos viven con sus puertas abiertas, protegidos por la amistad de sus vecinos.
Nosotros vivimos 'conectados' al móvil, al ordenador, al televisor... Ellos, en cambio, están 'conectados' a la vida, al cielo, al sol, al agua, al verde del monte, a los animales, a sus siembras, a su familia.

El padre quedó impactado por la profundidad de su hijo...

Y entonces el hijo terminó:
- ¡Gracias papá, por haberme enseñado lo pobres que somos!

MORALEJA:

Cada día somos más pobres de espíritu y estamos más lejos de apreciar la naturaleza, las grandes obras de NUESTRO CREADOR. Nos preocupamos por TENER, TENER, Y MÁS TENER en vez de preocuparnos por SER...SER MÁS...

Valora todas las pequeñas cosas un poco más; lo más bello de la vida es gratis, por ejemplo una sonrisa, un saludo, un abrazo, un beso o un apretón de manos no cuesta nada, sin embargo..., pueden servir de mucho.

Anímate a ponerlo en práctica... trae cuenta.

AGRADECIDO A MARIBEL SALAS POR EL ENVÍO DE ESTA NARRACIÓN.

ARREGLANDO EL MUNDO


Un científico que vivía preocupado con los problemas del mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para aminorarlos

Así que pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para sus dudas

Cierto día, su hijo de 7 años invadió su laboratorio decidido a ayudarlo a trabajar

El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lado

Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que pudiese darle, con el objeto de distraer su atención

De repente, se encontró con una revista en donde había un mapa con el mundo, justo lo que precisaba

Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta se lo entregó a su hijo diciendo:

Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto para que lo repares sin ayuda de nadie

El científico calculó que al pequeño le llevaría 10 días componer el mapa, pero no fue así.

Pasadas algunas horas escuchó la voz del niño que lo llamaba calmadamente:

Papá, papá, ya hice todo, conseguí terminarlo

Al principio el padre no creyó en el niño

Pensó que sería imposible que a su edad hubiera conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes

Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño

Pero para su sorpresa, el mapa estaba completo

Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares

¿Cómo era posible?

¿Cómo el niño había sido capaz de hacerlo?

De esta manera el padre preguntó con asombro a su hijo:

Hijito, tú no sabías cómo era el mundo

¿Cómo lo lograste?

El niño respondió:

Papá, respondió el niño, yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura de un hombre

Así que di vuelta a los recortes y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía cómo era

Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta a la hoja y vi que había arreglado al mundo

Autor
Gabriel García Márquez
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