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Lo que nunca se debe utilizar.
José Mª Castillo, teólogo

A veces me da por pensar que muchas cosas se arreglarían en el mundo si nunca utilizáramos lo que no se debe utilizar.

Lunes 9 de junio de 2008.
Atrio

Según el Diccionario de la RAE, utilizar es “aprovecharse de una cosa”. Se trata, por tanto, de un verbo que, si se aplica como se debe aplicar, se usa sólo para referirse a “cosas”, nunca a “personas”. Y además se usa para referirse a aquellas cosas de las que “nos aprovechamos”.
Y, la verdad, utilizar a una persona para aprovecharse de ella, resulta intolerable. Es evidente que, cuando se utiliza a una persona (para lo que sea y como sea), el uso se convierte en abuso. Lo cual es inmoral. Porque el abuso de las personas es humillante y desencadena la violencia en casi todas sus formas posibles.
Pues bien, si todo esto es así, lo lógico sería tener sumo cuidado para no extralimitarse nunca en conductas a las que se pueda aplicar el verbo utilizar. Y sin embargo es un hecho que todos los días y a todas horas, seguramente sin darnos cuenta de lo que hacemos, la pura verdad es que estamos utilizando a los que podemos utilizar, unas veces porque son ellos mismos los que se dejan utilizar y, en otros casos, porque hay mucha gente que, si quiere sobrevivir, no tienen más remedio que dejarse utilizar. Sin olvidar que, a veces, somos tan egoístas y tan insensatos que no reparamos en usar y abusar de todo, absolutamente de todo aquello de lo que nos podamos aprovechar.
Por tanto, un principio ético fundamental es que todo lo que sea utilizar a alguien es una deshonestidad. Pero además, cuando hablamos de la inmoralidad de la utilización, es importante caer en la cuenta de que existe el peligro constante de utilizar a las personas tanto más cuanto éstas son más débiles. Por eso en este mundo sin entrañas se utiliza tanto y tantas veces a los pobres, a los trabajadores, a los niños, a los ancianos, a los enfermos, a los que se ven en situaciones desesperadas y sin salida en la vida.
Pero más débiles que los vivos son los muertos. Y si se trata de muertos a los que podemos presentar como víctimas, tanto mejor. Y mejor aún si fueron víctimas del terror y la violencia. Entonces, el dolor de los que murieron y la humillación de los que pudieron escapar de la muerte, eso es de lo más rentable que circula ahora por el macabro mercado del utilitarismo mediático y político. En tal caso, la desvergüenza se puede echar a la calle incluso con orgullo, quizá no tanto porque le importan las víctimas, sino porque las utiliza de manera “inteligente” para desgastar al oponente político. Las técnicas del utilitarismo publicitario han alcanzado una perfección tan refinada, que ya resulta una vulgaridad rutinaria utilizar la belleza femenina para vender pasta de dientes, pongo por caso.
Ahora se invoca la “solidaridad” con el dolor del Tercer Mundo, no para aliviar ese dolor, sino para entontecernos más a todos y además sacarnos el dinero a cambio de cosas que no sirven nada más que para alimentar nuestras pueriles vanidades, nuestras debilidades inconfesables o simplemente nuestra ingenuidad.
Pero, siendo tan grave como es cuanto acabo de mencionar, abunda cada día más y más una generalización del utilitarismo que me saca de quicio. Me refiero a la utilización de tecnologías sofisticadas para producir la sensación generalizada de que cada día vivimos mejor, cuando en realidad lo que se consigue es que cada día vivimos más controlados, más uniformados y hasta más satisfechos en nuestra vida incondicionalmente sumisa a quien satisface las necesidades que nos han creado. Hipotecamos nuestras viviendas, nuestros coches, nuestro tiempo, nuestra forma de descansar, todo lo que sea necesario para poder vivir como a todos nos han metido en la cabeza que hay que vivir.
En el recordado Mayo del 68, el libro de cabecera de los “progres” era “El hombre unidimensional”, de Herbert Marcuse. En ese libro se leía que “el confort, la eficacia, la razón, la falta de libertad en un marco democrático, he ahí lo que caracteriza la civilización industrial avanzada y es el testimonio de nuestro progreso técnico”. Marcuse denunciaba, ya entonces, la utilización de la técnica más avanzada, para utilizarnos a todos indiscriminadamente, sin que nos diéramos cuenta de que nos están utilizando. De forma que, como se decía ya en la pasada década de los 60, no tiene gran importancia que todo esto se haga en un sistema autoritario o en un sistema no autoritario que practica la satisfacción progresiva de las necesidades. Lo que importa de verdad es que todos somos utilizados.
En un sistema de vida, de sociedad y de economía que ha llegado a tal perfección en su eficacia, que nos utilizan sin que nos demos cuenta de que somos utilizados y además eso nos gusta hasta el extremo de que vivimos encantados en un sistema tan brutalmente utilitario que está liquidando el mundo en que vivimos y sus energías, pero se nos ha educado para hacer eso con tanta fruición que nos ponemos nerviosos y nos angustiamos si nos dicen que el sistema ha entrado en crisis. A la crisis nos resistimos con uñas y dientes. Porque lo que de verdad anhelamos es seguir siendo tan buenos utilitarios que, si llega el caso, podamos fenecer todos, víctimas de la utilización que se hace de nosotros y en la que vivimos increíblemente satisfechos.
Ya no hablo de lo que nunca se debe utilizar. Denuncio con todas mis fuerzas la utilización que hacemos todos de todos, la utilización en la que vivimos y moriremos encantados.

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LA IGLESIA, SACRAMENTO DE SALVACIÓN

Capítulo 4

Símbolo y realidad


Para la mentalidad de muchas personas, quizá poco formadas en este orden de conocimientos, el símbolo no coincide con lo real.



De ahí, las sospechas y hasta el malestar que tales personas experimentan cuando oyen decir que los sacramento son símbolos. Porque hay quienes tienen la impresión de que, si las cosas son así, estamos vaciando los sacramentos de un determinado contenido de algo real.



Es decir, si un sacramento, por ejemplo la eucaristía, se explica como un símbolo, hay quienes temen que, de esa forma, lo que se está haciendo es negar la presencia real de Cristo en ese sacramento.



Quienes piensan de esa forma dan a entender que no comprenden adecuadamente lo que es el símbolo. Seguramente la mentalidad científica, tan predominante en nuestra cultura, nos dificulta la adecuada comprensión de la relación entre “sacramento” y “realidad”.



Esta comprensión defectuosa queda resuelta cuando se recuerda que el símbolo es siempre comunicación, no de “ideas” y, menos aún, de “cosas”, sino que es comunión de “experiencias”.



Ahora bien, las “cosas”, los objetos, o se dan tal cual, como son en su realidad tangible, o no se dan. Si yo doy un billete de cien euros “simbólicamente”, el hecho real es que no doy ese dinero. Porque el dinero es una cosa. Y eso no se puede comunicar mediante un símbolo.



Pero, cuando hablamos de símbolos, no nos referimos a nada de eso. Nos referimos a “realidades”, pero de otro orden. Tan real como el dinero es el amor. Pero, ¿cómo se puede expresar y comunicar el amor entre dos personas? Se puede comunicar dando cosas: dinero, joyas, objetos de valor, etc. Pero todo eso expresa amor (y no interés) en la medida, y sólo en la medida, en que mediante tal objeto se expresa una experiencia. Y entonces, el objeto (un ramo de flores, por ejemplo) se convierte en símbolo.



Pero hay más. Porque, si todo este asunto se piensa más despacio, pronto se advierte que en la vida humana hay realidades que solamente se pueden expresar y comunicar simbólicamente.



Las grandes experiencias, que dan sentido a la vida, sólo pueden adquirir su manifestación más real y verdadera mediante símbolos.



De ahí que, en el caso de los sacramentos, las experiencias que se transmiten a través de ellos solamente pueden resultar auténticamente reales mediante las expresiones simbólicas que, en cada cultura, sirven de vehículo a la experiencia en cuestión.



Esa es la razón por la que los sacramentos, además de “signos”, son también “símbolos” eficaces de la comunicación de Dios y de nuestra comunicación con Dios.





Sacramentalidad y teología de la Iglesia





Todo esto supuesto, de lo dicho se siguen algunas consecuencias básicas para la teología de la Iglesia como sacramento. Ante todo, se entiende la razón por la que la Iglesia es presentada como sacramento.



La Iglesia no existe para sí misma, sino para los hombres y mujeres de este mundo. Esto, obviamente, quiere decir que la Iglesia es ella misma cuando se comunica con los seres humanos de cada tiempo y de cada cultura.



Ahora bien, la comunicación con los humanos se realiza mediante signos y símbolos. Lo cual quiere decir que la Iglesia es, por su misma razón de ser, sacramento, es decir, signo y símbolo de comunicación con la humanidad.



En segundo lugar, es necesario comprender que, por más verdadero que sea que la Iglesia tiene que ser comunicación de mensajes ideológicos o de conocimientos (las verdades de la fe), en todo este asunto es capital comprender que lo primero y principal que la Iglesia tiene que comunicar y contagiar son experiencias.



Se trata de las experiencias fundamentales de la vida: la fe-confianza, el amor, la esperanza, la paz, la bondad, etc.



Esto quiere decir que, en la Iglesia, más importantes que los signos (las verdades) son los símbolos (las experiencias).



En tercer lugar, si tanto los signos como los símbolos son siempre expresiones culturales, de ahí se sigue que la Iglesia, si es que quiere ser ella misma en cada tiempo y en cada cultura, no tiene más remedio que adaptarse, en cada momento histórico, en cada cultura y en cada sociedad, a las mediaciones significativas y simbólicas que viven y utilizan las gentes de los distintos tiempos y culturas de la humanidad.



Por eso no es imaginable que la Iglesia pueda ser fiel, a sí misma y al designio de Dios sobre ella, si sus dirigentes se empeñan en mantener e imponer una uniformidad de expresiones significativas y simbólicas que sean idénticas en todo el mundo.



Los signos y los símbolos no se imponen por decreto, sino que son manifestaciones fundamentales de la vida, de la cultura y de la sociedad.



Por eso, si es que la Iglesia toma en serio que ella es y tiene que aparecer como sacramento de salvación, la Iglesia tendría que comportarse, vivir y aparecer ante la gente de forma que no hiciese falta presentar el mensaje mediante numerosas y eruditas teologías especializadas, al alcance de los sabios y entendidos de este mundo.



La Iglesia-sacramento tiene que ser y vivir de tal forma que se meta por los ojos de la gente. Y que la gente la vea y la sienta como algo que les es connatural y propio. De no ser así, algo muy serio falla en la Iglesia.





José M. Castillo



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DEL GÓLGOTA A LA VIDA


Parece que el tiempo corre cada vez más de prisa. Navidad, Carnaval, Cuaresma, Semana Santa se suceden y hasta se solapan. Vivimos en un mundo que nos contagia de sus prisas y en el que tenemos el peligro de cegarnos con tantos estímulos atrayentes. Nos puede pasar como al ciego de Betsaida, que, en un primer intento de curación, le respondió a Jesús: “Veo hombres, algo así como árboles que se mueven” (Mc.8,24).

Hoy sabemos que algo se mueve a nuestro alrededor, pero apenas le ponemos rostro. Vivimos en un bosque de máscaras, que caminan y danzan grotescamente a un mismo compás y otros tropiezan con nuestros intereses.. Unos gritan, otros molestan; pero no son más que árboles, no son más que máscaras. No hemos descubierto que son seres humanos que están junto a nosotros sin rostro, sin vida, sin personalidad. Las prisas del egoísmo nos han enseñado a distinguirlos por el modo de vestir, por su corbata, por el espiral del humo de sus cigarrillos, por su clase social.

La experiencia del ser desconfiado le enseña a clasificarlos, a ponerles un número a cada uno, y así resulta más fácil. Pero, si no paso por el “Gólgota” no sabré nada de ellos, ni siquiera los años que tienen en realidad.. Es muy difícil conocer con exactitud la vida de los árboles. Su corteza nos da cierta idea. Y con las personas nos pasa lo mismo si no pasamos de la muerte a la vida, de la muerte a la Resurrección.

Hermano del “Gólgota”, permíteme compartir contigo mis sentimientos. Tú y yo necesitamos un nuevo impulso en estos días de reflexión. Necesitamos un segundo milagro de Jesús como hizo con el ciego. “El Cristo” abrirá los ojos para pasar de la corteza a lo interior. Veremos a las personas en profundidad, con sus alegrías y con su sufrimiento existencial. Podremos ver a amigos, a conocidos, a los que diariamente se cruzan en el camino como realmente son, como personas sencillas, empequeñecidas por los problemas, con necesidad de ser comprendidas, con deseos de superación, con necesidad de ser amadas y de amar, con sus cualidades y sus limitaciones.


A veces luchamos por la justicia, queremos cambiarlo todo en este mundo, pero la experiencia nos dice que no podemos cambiar a nuestros semejantes con discursos ni argumentos. Sólo ellos pueden transformase a sí mismos. La Historia nos demuestra que se malgastaron siglos para intentar cambiar a los otros con violencia, pero no obtuvieron resultado. Este ha sido el error de la historia. Sólo si el hombre cambia desde su interior, cambiarán los demás.

Hemos de pasar constantemente del Gólgota a la Vida y abrazar a los seres humanos y a las cosas, sin quererlos dominar. Vivir quiere decir agradecer a la luz y el amor, el calor y la ternura que, de forma sencilla, envuelven a los seres humanos y a las cosas. Vivir es vivir y compartir con nuestros semejantes. Vivir como seres humanos sencillos, es ser feliz. La felicidad está cerca; es hacer las cosas sencillas con amor extraordinario. El amor es la llave que tenemos para abrir las puertas del Paraíso.

Juan de Dios Regordán Domínguez
BIENAVENTURANZAS DE LA RE-ILUSIÓN

Felices ...
- Quienes pueden ver y valorar los pequeños-grandes milagros que se producen cada día en nuestro mundo, desde el amanecer hasta la puesta del sol.

- Quienes son capaces de prescindir de todo lo que les ata, porque ya son libres.

- Quienes se bañan cada mañana en las aguas ardientes de la ternura y la alegría.

- Quienes se reenamoran cada mañana y reinventan los besos, las flores, las palabras, las miradas.

- Quienes rezan sin prisa, sin método, como si hablaran con su mejor amigo o amiga.

- Quienes derraman una lágrima ante la imagen de una mujer maltratada.

- Quienes siguen soñando, recuerdan sus sueños e intentan hacerlos realidad.

- Quienes se detienen en el sendero de la vida, miran a su alrededor y continúan caminando.

- Quienes se reservan cada día unos momentos de silencio para entrar en su corazón.

- Quienes beben en las fuentes de la Palabra y de los acontecimientos cotidianos.

- Quienes no se dejan abatir por los problemas ni se complacen excesivamente en sus éxitos.

- Quienes se conmueven y luchan por eliminar la miseria, el odio, la insolidaridad y la injusticia.

- Quienes mantienen la esperanza, a pesar de tanta muerte, hambre y violencia.

- Quienes celebran con gozo las pequeñas victorias de los pobres.

- Quienes tejen con paciencia y firmeza a su alrededor redes de solidaridad.

- Quienes llenan su corazón de amor por la Madre Tierra y la cuidan con ternura.

- Quienes son vulnerables, lloran, gozan, caminan... cerca de las personas afligidas.

- Quienes han descubierto que su cadena original de ADN y la de la humanidad es el amor.

- Quienes trabajan por la paz en su vida y luchan por la justicia en el mundo.

- Quienes son perseguidos por seguir tercamente la estrella de la utopía.

- Quienes mantienen una búsqueda permanente del Misterio en lo profundo de su corazón y en el de los demás.
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El río de la Palabra III (y último)

Escollos a evitar


En este último artículo sintetizaré algunos peligros a evitar en nuestra búsqueda y encuentro con ese río que discurre por la Escritura.

1. La interpretación caprichosa o interesada: Una amigo me decía, no hace mucho, que en la Biblia podían encontrarse citas para sustentar una afirmación y la contraria, una ideología y su opuesta. Esa afirmación es un sofisma . La Palabra auténtica no se puede contradecir, como he defendido en el artículo anterior.

Es imprescindible ser honesto y objetivo, no "arrimar el ascua a mi sardina", no manipular. Para que una veleta cumpla su misión tiene que estar suelta, dispuesta a girar. Si la manipulamos, su finalidad se quiebra. Curiosamente a la interpretación condicionada y caprichosa se le ha llamado "interpretación libre" y se utiliza para defender doctrinas preconcebidas. Para encontrar la Palabra hay que ir suelto, desasido de todo prejuicio, principio cerebral, ideología o interés personal. En el río hay que sumergirse desnudo. Sólo en la desnudez y profundidad del ser se encuentra el Espíritu. Ayuda conocer el entorno humano y material de los escribientes (lo que se ha llamado interpretación histórico-crítica) pero no es suficiente. Las erudiciones pueden ayudar o pueden ser ruido cerebral. La Presencia de que hablo se percibe como "un ligero susurro de aire" (1Re 19,12) que envuelve y orienta suavemente nuestra veleta.

2. La sacralización: Para destacar la importancia de la Escritura la hemos sacralizado y petrificado. Por eso llamamos "palabra de Dios" a todo lo que se lee. Se exagera para captar nuestra atención sobre la importancia de la Escritura. Lo mismo que hacía nuestra madre al exagerar los efectos milagrosos del escapulario.

Esa exageración tiene un alto coste. Al hacernos adultos y comprobar que no eran ciertos aquellos dramatismos, despreciamos los exagerados consejos de mamá y tiramos al niño junto con el agua de la bañera. O, por el contrario, permanecemos petrificados por el infantilismo y no nos atrevemos a pensar por nuestra cuenta, ni a soltar la medalla.

Al llamar "palabra de Dios" a todo, el subconsciente nos empuja a la interpretación literal. Leemos la descripción de los juncos y, sin haber tocado el agua del río, proclamamos: "es palabra de Dios". Tragamos juncos por agua. Esa "pedagogía de la exageración" es causante -antes o después- del alejamiento de unos, la indiferencia de otros o la desorientación de muchos. Por ejemplo: escuchamos atentamente y constatamos la incoherencia de la primera lectura con el evangelio, la reacción espontánea es desenchufar. Lo que debería ser alimento saludable se convierte en piedra de tropiezo y abandono.

Por otro lado, sacralizar es tanto como congelar y poner a distancia. Nadie puede beber de un río congelado. Las cosas sagradas son "intocables", "inalcanzables", "ocultas". Por eso el comentario a la Escritura (homilía) sólo se permite a los sacerdotes. Sólo ellos están "en el secreto". Sólo la interpretación oficial y rutinaria es válida. Con ello se niega la asistencia del Espíritu a los creyentes y se nos priva del testimonio vital de tantas personas transformadas por la Palabra. Se embalsama la Escritura en el ambón o en preciosas encuadernaciones. Un gran número de fieles terminan convencidos de que esas viejas e ininteligibles lecturas son "cosa de curas".

Sin embargo, para captar el río de la Palabra, hay que zambullirse en el agua, beberla, paladearla, dejarse impregnar. La Escritura hay que manosearla, voltearla, amasarla, masticarla, con toda confianza, porque ha sido escrita para nosotros. Si la momificamos, es que está muerta y no podrá trasmitirnos la vida que contiene. Una vez más el celo por tenerlo todo atado y bien atado impone rigidez. No nos hemos percatado de que la rigidez es síntoma de muerte ("rigor mortis"). Los católicos deberíamos ser cultivadores de vida, nunca embalsamadores. San Pablo nos da pistas: “Nuestra capacidad nos viene de Dios, que nos ha capacitado para ser servidores de una alianza nueva: no basada en pura letra, porque la pura letra mata y, en cambio, el Espíritu da vida” (2Cor 3,4).

3. La revelación cerrada: No tengo inconveniente en alinearme con la doctrina oficial y afirmar que la revelación quedó completada con la venida de Cristo, la Palabra misma. Pero, a renglón seguido, debo confesar que la revelación sigue y seguirá mientras el hombre habite la tierra. Dígase, si se quiere, que todo está potencialmente en el Libro. Pero no se abuse del concepto de "revelación terminada y única". Existen cosas, personas, acontecimientos, que nos ayudan a descubrir el verdadero rostro de Dios, fin último de la Escritura. Son, por tanto, "revelación" para nosotros.

Hay que cultivar sin miedo la relación con lo que nos hace vibrar en profundidad, lo que nos transmite vida, luz, fuerza. Puede ser la naturaleza, libros, música, personas… A esas relaciones vivificantes, que paradójicamente pueden no estar vivas, hay que darles prioridad porque son verdadera "revelación" para nosotros, son el pan del crecimiento. Lo mismo habría que decir de la revelación personal: esas aspiraciones profundas, esas intuiciones, ese pasico que se impone desde dentro… Por ahí nos está llegando la Palabra, no quiso quedarse confinada en el Libro. Él nos sale al encuentro en cada esquina: "Estoy a la puerta y llamo" (Ap 3,20).

Digo esto porque, a veces, cargados con una estupenda Biblia, un leccionario o un breviario, relegamos lo que palpita en nuestro interior o la vida que otros nos contagian. Ignoramos a verdaderos "enviados" porque no vemos sus alas. Olvidamos que Él nos habla "en múltiples ocasiones y de muchas maneras" (Heb 1,1), que su Presencia sigue aquí, dentro y fuera de nosotros. Hay que evitar la tentación de enfrascarse en descifrar mensajes milenarios sin prestar atención a los mensajes del Acompañante que, hoy, camina a nuestro lado. Son garantía de la revelación viva y actual aquellas palabras del testamento de Cristo: "Muchas cosas tengo que deciros todavía, pero ahora no estáis capacitados para entenderlas. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará a la verdad completa. Pues no os hablará por su cuenta, sino que os dirá lo que ha oído y os anunciará las cosas venideras" (Jn 16,12).

Citaré otros dos escollos que no puedo desarrollar por falta de espacio. Uno es la enseñanza incongruente y teórica de la Religión en nuestros Colegios, necesitada de mayor coherencia con la praxis pedagógica ("hacer es la mejor forma de decir") y una urgente adaptación a nuestro tiempo. Quien lo dude que coja un libro de Religión y lea -por ejemplo- la historia de Abrahán, personaje clave en la Escritura. Pregúntese después qué mensaje prenderá en nuestros hijos: el de la fidelidad total o el del "dios" que induce al asesinato. ¿Nos extrañará que, más tarde, rechacen inconscientemente a ese "dios falso"?

El otro escollo grave es la mala selección de lecturas para las celebraciones litúrgicas. Es imprescindible que nos den a los fieles alimento asimilable en cada Eucaristía, sin pretender hacer un recorrido formalista por la historia bíblica. No me extraña que mi amiga Mercedes se salga de la iglesia cuando se leen determinados textos.

Jairo del Agua
El río de la Palabra II

Encontrar la Palabra


Nos habíamos quedado en una Escritura contaminada, con una serie de dificultades para beber del río de la Palabra que la riega. Te había propuesto continuar con algunas pistas para alcanzar el agua limpia. Veamos:

1. La Presencia: Es la que hace sagrada la historia de este Pueblo. Es como el sol que ilumina, calienta y fecunda una tierra oscura y primitiva. La historia es terrena, a veces perversa. La voz que la intenta regenerar es divina. A esa Presencia la he llamado río porque baña la historia de nuestra Familia desde el principio. Una Presencia que va ganando caudal hasta hacerse presente y visible. Entonces la Palabra misma nos llama cara a cara. Quienes dan testimonio adolecerán también de defectos pero su Testamento es más comprensible, limpio y fiable que el anterior.

Esa Presencia no ha acompañado sólo a nuestro Pueblo. Creo firmemente que ha acompañado, de una u otra forma, a todos los pueblos . Que ha extendido su manto protector sobre todos los rincones de la tierra. La diferencia quizás esté en la fidelidad mayor o menor de cada pueblo a su llamada. Los cristianos nos sentimos "privilegiados", agradecidos, reconocidos a la Mano que nos creó y no nos abandonó. No por eso somos mayores, ni mejores. Lo que no resta nada a mi fe, ni a la fidelidad a mis raíces, ni al gozo de pertenecer al Pueblo de la Encarnación. En mi ignorancia sólo sé que he sido elegido "desde siempre y para siempre" a la Vida y que me han dejado escrito el Camino para no perderme en la oscuridad terrena. Me supera y estremece este regalo. Ardo en deseos de compartir mi alegría. Pero no caeré en la tentación de despreciar a otros desde mi credo y mi doctrina.

Pues bien, para encontrar el río enhebrado en la Escritura, te será de gran provecho haber encontrado dentro de ti esa Presencia. Me atreveré a decir más: de poco te servirá la Escritura si no te lleva a descubrir esa Presencia en tu historia, dentro y fuera de ti mismo. Estoy convencido de que mi historia, como la tuya, es tan sagrada como la de Jacob, David o Pedro. Esa Presencia la hace hoy, como ayer, "historia sagrada" .

2. La coherencia: Nos han creado coherentes, a su imagen (Gn 1,26). Es precisamente la coherencia de Dios la que explica las permisiones al desvarío humano. Por esa coherencia "la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1,14) para mostrarnos el camino de vuelta al Padre, en vez de suprimir de un plumazo nuestra malversada libertad.

La coherencia es, por tanto, una buena herramienta para filtrar las narraciones bíblicas y extraer el agua limpia. Es imposible que Dios pueda contradecirse. No puede afirmar algo en un párrafo para negarlo en otro. No puede dibujarnos un rostro de Dios aquí para disfrazarlo allí. Pero las incoherencias están (en el PT sobre todo). Luego no son Palabra o hay que buscarles otro sentido que el literal. Por eso muchos clamamos que se deje el PT en su sitio y no se abuse de confusas o incoherentes lecturas en nuestras celebraciones. Estamos a años luz de aquellas percepciones gracias a la Buena Noticia. Es cierto que hay textos bellísimos en los que el río todo lo empapa. Debemos aprovecharlos. Pero no podemos abusar del PT como si no hubiera sido superado por la Palabra encarnada. "El vino nuevo se echa en odres nuevos" (Mt 9,17). "Aquel mismo velo sigue ahí cuando leen el AT y no se les descubre que con el Mesías caduca" (2Cor 3,14). Por tanto, coherencia en la búsqueda del sentido y en la selección de textos. Si un texto hiere tu coherencia cristiana o tu intuición interior, deséchalo de momento. No pasa nada, la Escritura es muy amplia. Busca lo que te alimente hoy.

3. La sed: Es la brújula de nuestras búsquedas (Jn 7,37). Hay tanta sed de Dios en el hombre que su Presencia es detectada tanto por nuestra siempre incompleta saciedad, como por el aumento de la sed a medida que nos acercamos. Ese instinto interior nos hará distinguir el agua del verdín flotante (Dt 32,2). O nos agudizará el ingenio para apretar el barro y extraer sus gotas. O nos impulsará a cavar para besar la corriente subterránea. Incluso nos dará coraje para golpear la roca y arrebatarle su corazón de agua. Esa sed aguda es prueba inequívoca de la existencia del Agua: "Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche" .

La sed reconoce instintivamente el agua, te guía mientras exploras la Escritura. Podrás distinguir la pecina o los sapos, con toda naturalidad, sin ningún escándalo, sin ninguna duda. Ya no preguntarás por qué hiere tu sentido cristiano esa concreta lectura. Sabrás filtrar, sabrás reconocer. No puedo resistirme a citar la sed de otro buscador: "¡Oh cristalina fuente / si en esos tus semblantes plateados / formases de repente / los ojos deseados / que tengo en mis entrañas dibujados!" . Sólo el agua cristalina contiene los "ojos deseados". O si se quiere un ejemplo bíblico: "¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?" (Lc 24,32). El ardor nos revela la cercanía del Fuego, como la sed nos lleva al Agua.

4. La promesa: ¿Quién podrá guiarnos en el descubrimiento del río de la Palabra mejor que la Palabra misma? (Jn 20,31) ¿Quién nos explicará la Escritura mejor que el Caminante de Emaús? Él nos lo dejó muy claro en su testamento: "Os he dicho estas cosas estando con vosotros; pero el defensor, el Espíritu Santo, el que el Padre enviará en mi nombre, Él os lo enseñará todo y os recordará todo lo que os he dicho" (Jn 14,25). Y se va a la muerte diciendo: "Padre justo… Yo te he revelado a ellos y seguiré revelándote, para que el amor que tú me has tenido esté con ellos y también yo esté con ellos" (Jn 17,26).

Por eso no hay que tener miedo de dejarse guiar por la intuición profunda, esa luz interior en la que se manifiesta el Espíritu. No temamos usar el alambique interior para separar el agua -abundante o escasa- de sus circunstancias, peripecias y contaminaciones. Si te huele mal, si te sabe mal, si te hiere la garganta, puede que estés queriendo beberte los lagartos de la orilla. Utiliza tu sentido común, tu coherencia y tu intuición. No dudes que en la honradez de tu fondo, en tu búsqueda sincera, en tu desasimiento, en tu abandono a la verdad, está el Paráclito prometido (Jn 14,26).

5. Los síntomas: Hay síntomas internos, sensaciones profundas, que te confirman si has descubierto el "agua del río" dentro de la Escritura: El gozo profundo (Mt 11,25); la paz interior, no exenta, a veces, de tensión o conflicto exterior (Lc 2,34); la coherencia con lo que mana en tu profundidad desapropiada, el Espíritu nunca se contradice (Lc 8,16); el realismo o posibilidad real de llevarlo a tu vida y la fuerza para afrontar lo descubierto. Son los mismos síntomas que te deja el descubrimiento de la voluntad de Dios auténtica (no la imaginada, condicionada, ideologizada o impuesta).

Si esos síntomas te acompañan, con toda probabilidad el Espíritu está contigo. No olvides que Él asiste a nuestro Pueblo en su peregrinar, pero también te asiste y te acompaña individualmente. ¡Él es tu heredad y tu copa! ¡Fíate!

En el próximo y último artículo abordaré los peligros en el acceso a la Escritura.

Jairo del Agua
El río de la Palabra I

Buscar la Palabra


Mi amiga Mercedes es una mujer madura, culta, piadosa, con muy buena formación y, sobre todo, con un personalísimo trato con el Resucitado. Ella no consiente que le den gato por liebre. Se levanta muy digna y se va a la calle, hasta que las lecturas bíblicas contaminantes han terminado.

Otros católicos sufren, se inquietan, se desconciertan. Se preguntan por qué los "sabios" liturgistas nos proponen lecturas cuyo contenido es contrario a la doctrina cristiana y al rostro del Padre revelado por Cristo. La respuesta es sencilla: La "clase sabia" de nuestra Iglesia, celosa de que ninguna letra se pierda, se empeña en freírnos el pescado sin limpiar. Y el Pueblo a comer lo que le pongan sin rechistar.

El error parte de considerar "toda" la Escritura "palabra de Dios". Esta exageración, causada por un exceso de celo, nos llevó a la interpretación literal y con ella al ridículo, como ha quedado demostrado con el paso de los años . Una interpretación acrítica es la cuna del integrismo y del fundamentalismo , que son una negación del don de la racionalidad y de la asistencia permanente del Espíritu, realidades imprescindibles en un cristiano . Oficialmente existe un rechazo absoluto de la lectura fundamentalista . Pero, en la práctica, nos arrojan en sus brazos al ordenarnos repetir: "palabra de Dios", después de cada lectura litúrgica, aunque ésta sea bochornosa para un cristiano.

En la raíz de ese exceso (y de otros muchos) está el miedo a lo nuevo, la falta de fe en el individuo y, en definitiva, la falta de fe en el Espíritu. Es la tentación de cualquier madre con hijos que proteger: "para que no entren los insectos y las alimañas conservemos las puertas y ventanas bien cerradas". Sin darse cuenta de que sus hijos se volverán raquíticos por falta de sol y aire. De hecho, una mayoría somos cristianos raquíticos, menores de edad, niños asustados. El dolor que me causa esta situación me empuja a escribir, aún desde las brumas de mi ignorancia. Y es lo que me motiva a solicitar, una y otra vez, mayor cuidado a los que nos dirigen.

Hay teólogos y escriturarios actuales que se esfuerzan por abrirnos ventanas. Pero el aire no llega a todo el Pueblo. A algunos nos han ayudado a fiarnos de las intuiciones profundas, del gusto por la verdad, de la determinación de progresar, de la búsqueda ardiente de la Palabra. Nos han incitado a recordar que "el aire perfumea", que "mil gracias derramando / pasó por estos sotos con presura / y yéndolos mirando / con sola su figura / vestidos los dejó de fermosura" . Nos han empujado a vencer el miedo de profetizar una religión humanizadora, positiva, luminosa y alegre, que nos ayude a volver al Padre con humildad e ilusionada certeza. Una larga etapa rígida y tenebrista nos hizo olvidar aquellas palabras, pronunciadas paradójicamente en la despedida, justo antes de la Pasión: "Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté dentro de vosotros y vuestra alegría sea completa" (Jn 15,11). O aquellas otras del primer epílogo de Juan: "Éstos (los milagros) han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre" (Jn 20,31).

Pero volvamos a la Palabra. Es muy importante caer en la cuenta de que toda la Escritura no es Palabra. Más bien la Palabra discurre entre la Escritura, la riega como un río de agua sanadora, fecunda, orientadora, que recorre una concreta historia humana (la de los judíos y primeros cristianos), durante un concreto tiempo .

No podemos confundir el río con sus orillas agrestes, ni con sus monstruos, ni con la vegetación invasora. Hay que distinguir claramente entre el río y la historia que riega. En muchas ocasiones esa historia está habitada por hombres perversos, rudos, ignorantes, que tan pronto reniegan de Dios como le creen inspirador de sus propios crímenes. Algunos pasajes -totalmente secundarios que no explicitan el mensaje central del Primer Testamento- son pura bazofia y su lectura no es recomendable. Esa es la razón por la que la Biblia fue un libro prohibido o no divulgado durante muchos años. Conviene decirlo porque parece, que ahora, todo está bendecido por el hecho de estar en el Libro.

Tampoco podemos pensar que la mano que escribe es sabia, incontaminada, guiada al dictado. Todo lo contrario. Está limitada por su personalidad, por su ambiente humano y material, por su nivel cultural, etc. Es decir, la Escritura no sólo está contaminada por la precariedad o bajura de la historia humana que describe, sino también por los subjetivismos y condicionamientos de quien la escribe. Esto ocurre de forma relevante en el PT (primer o antiguo testamento) porque el primitivismo era mayor y menor la evolución humana. Pero también puede afirmarse del NT. Es más, esto ocurre y ocurrirá siempre, porque los humanos somos limitados e incapaces de agotar la Palabra. Sólo podemos recoger algunos de sus destellos para iluminar nuestra humana oscuridad.

En San Pablo, por ejemplo, es evidente la influencia de su formación judía ultra ortodoxa, que a más de un teólogo confundió, como a San Anselmo. Este obispo del siglo XI, a pesar de su santidad, formuló la nefasta y extendida doctrina de la redención -recogida después por Santo Tomás- como "precio infinito pagado por nuestra ofensa infinita". Ha durado siglos y aún permanece en el subconsciente colectivo y en nuestra liturgia.

¿Qué hacer entonces? ¿Se nos ha roto la Escritura? ¿Renunciamos a ella? Conozco alguno que ha caído en esa tentación. ¡Pues no! Solamente se ha abierto nuestro apetito por buscar, encontrar y digerir la Palabra. Cuando un río discurre por un lecho fangoso y se enturbia, cuando serpentea entre vegetación salvaje y se hace inaccesible, cuando se esconde para aparecer después, cuando se precipita por barrancos imposibles… ¿Hemos de renunciar a su agua? ¡Decididamente no! Solamente es mayor el reto de alcanzarla. Nos va en ello la vida. "Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante" (Jn 10,10).

Intentaré humildemente en el próximo artículo dar algunas pistas para conseguir el agua del río y, si fuera preciso, filtrarla.

Jairo del Agua
jairoagua@orange.es
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ALGO PARA MEDITAR
(Madre Teresa de Calcuta)

La felicidad no está ni en el pasado ni en el futuro, es hoy.
La cosa más fácil, equivocarse.
El obstáculo más grande, el miedo.
El error mayor, abandonarse.
La raíz de todos los males, el egoísmo.
La distracción más bella, el trabajo.
La peor derrota, el desaliento.

Los mejores profesores, los niños.
La primer necesidad, comunicarse.
Lo que nos hace más feliz, ser útiles a los demás.
El misterio más grande, la muerte.
El peor defecto, el malhumor.
La persona más peligrosa, la mentirosa.
La mayor satisfacción, el deber cumplido.

El sentimiento más ruin, el rencor.
El mejor remedio, el optimismo.
El regalo más bello, el perdón.
El resguardo más eficaz, la sonrisa.
Lo imprescindible, el hogar.

La ruta mas rápida, el camino correcto.
La sensación más grata, la paz interior.
La fuerza más potente del mundo, la fe.
Las personas más necesarias, los padres.
La cosa más bella de todas, el amor .
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UNA REFLEXIÓN SOBRE EL ROL MINISTERIAL DISTORSIONADO
EDUARDO DE LA SERNA, sacerdote
QUILMES (BUENOS AIRES, ARGENTINA).

ECLESALIA, 13/09/07.- “Los obispos y sacerdotes tienen una palabra de Dios que decir a nuestro tiempo”. “Los pastores –sacerdotes y obispos- quieren estar cerca de su pueblo para acompañarlo y servirlo”. “Los sacerdotes –presbíteros y obispos- sirven al pueblo de Dios en el culto sagrado, en la liturgia… Estas palabras, u otras más o menos semejantes, no necesariamente pronunciadas, parece que están en el imaginario colectivo católico romano y parecen responder a un estereotipo de lo que se entiende que es el rol de la Jerarquía. No me interesa, en este caso, ser preciso en lo que se dice, o se piensa, o se pretende que sea, ni en precisar el estereotipo como positivo, negativo, ideal o ficticio. Simplemente me importa que esas o semejantes palabras pareciera que de una u otra manera “deben” decirse (o pensarse). Y para mí, allí radica un problema muy grave, que a su vez puede ser problema de identidad.
Se espera una palabra de parte de Dios, sea para marcar caminos, para señalar caminos errados, o se cuestiona que la jerarquía pretenda decir una palabra de parte de Dios. Ese es el “rol profético” que se pretende o niega. El profeta es el “hombre de Dios” que habla de parte de Dios para “anunciar o denunciar”. Se le afirme o se le niegue, la ejerza o no, parece que este rol es propio de la Jerarquía, o se le atribuye particularmente.
Para reconocerlo o negarlo, se afirma a su vez que la Iglesia es el “rebaño de Cristo”, y Pedro y los suyos y sus sucesores (episcopos, pero también presbíteros) ejercen un “rol pastoral”. El pastor es el que conduce, sea religiosa, política o socialmente a su pueblo. De allí que pastor y rey sea con tanta frecuencia un sinónimo por ser ambos los encargados de conducir un “rebaño” / “Pueblo”.
Finalmente, cuando se habla de “los sacerdotes”, el lenguaje común se refiere claramente a los presbíteros y a los obispos. Es el “rol sacerdotal” por el que se pretende que la Jerarquía oficia de mediadora entre Dios y la humanidad. Es el espacio particularmente “privado” de lo sagrado.
Sin embargo, estos estereotipos parecen esconder una gravísima distorsión de lo que la Biblia, la Tradición y el mismo Magisterios afirman. Sencillamente porque “todo bautizado es rey, profeta y sacerdote” (ya San Efrén destaca la triple relación, rey – profeta – sacerdote, con el Bautismo). Y por lo tanto, todo bautizado tiene y está llamado a ejercer ese “triple oficio”; no es algo que sea propio de obispos y presbíteros sino propio de todos los cristianos. Nada menos.
Rol profético
Es sabido que en el Antiguo Testamento los profetas ocupan un lugar importante, e incluso su “rol” es con cierta frecuencia destacado como originado en una “vocación divina”. No sólo podemos verlo en los tres llamados “grandes profetas” (Isaías, Jeremías y Ezequiel que destacan amplio espacio a su relato vocacional), sino también alude a él Amós y el discípulo de Isaías, además de la narración de Eliseo. La característica del profeta es ser llamado por Dios para pronunciar una palabra de su parte, a Israel, a Judá, a funcionarios o a naciones extranjeras. Para ello, Dios envía la ruah (espíritu) y pone en él (o ella) su palabra. De allí también la gravedad que tiene cuando uno habla una palabra que Dios no le mandó decir, de lo que también se ocupan mucho los profetas. Sin embargo, a partir de un tiempo ya no hay profetas en Israel. Cansado de la “dureza de los corazones”, Dios ha retirado la ruah y no envía más su palabra hasta que sea tiempo (o “el día”)... El cristianismo naciente supo ver la llegada de este tiempo y reconocer la nueva irrupción de profetas a partir de la venida de Jesús. Así el Bautista es visto como profeta en algunas narraciones, Pablo parece verse a sí mismo como profeta escatológico, los cristianos son vistos de ese modo por el Apocalipsis y –sobre todo- el descenso del Espíritu de Dios sobre la Iglesia (varones y mujeres) en Pentecostés, es visto como el cumplimiento de lo esperado desde antiguo para los últimos tiempos citando al profeta (tiempos “escatológicos”, palabra expresamente añadida por Lucas al texto de Joel). Toda la Iglesia es vista como profética ya que “Sucederá en los últimos días, dice Dios: Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán sus hijos y sus hijas; sus jóvenes verán visiones y sus ancianos soñarán sueños. Y yo sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu” (Hch 2,17-18). Toda la comunidad cristiana, no sólo los apóstoles, es vista como “profética” (“sus hijos y sus hijas”). En realidad, profundizando especialmente la teología de Lucas, en su primer volumen, destaca particularmente el rol profético de Jesús en el “centro del tiempo”. El segundo volumen, en el que la comunidad cristiana tiene el mismo rol del Señor de evangelizar, y hacer “crecer la palabra”, dice de los cristianos muchas de las cosas que había dicho de Jesús en el primero. Ser una comunidad profética porque el espíritu ha sido derramado, es continuar la obra de Jesús en el nuevo “tiempo de la Iglesia”.
Rol real/pastoral
En el himno que canta la alegría porque el Cordero “es capaz de abrir el libro” -el plan de Dios sobre la historia humana- el Apocalipsis señala expresamente que todos (tribu, lengua, pueblo y nación) son comprados por la sangre del Cordero, y hechos “reino para nuestro Dios, y sacerdotes, y reinan sobre la tierra” (Ap 5,10). Digámoslo con palabras de un conocido estudioso: “El primer fruto de la acción de Cristo como realizador de un reino son los cristianos, llamados ‘reino’ en el sentido del resultado obtenido, Pero una vez devenidos reino, pertenecientes totalmente a Dios, los cristianos ‘reinan’ a su vez, también ellos en sentido activo. Colaboran con Cristo” (U. Vanni, 354). Una vez más, lo que se dice de Cristo, en este caso que es rey, se dice también de los cristianos; es que Cristo –en el Apocalipsis es “rey de reyes y señor de señores” (17,14; 19,16). Es interesante notar que las tres veces que en el Apocalipsis aparece la categoría sacerdotal, en los tres casos se la relaciona con el “rol real”; incluso, aunque como 1 Pe lo toma de Ex 19,6, es más fiel al texto hebreo, aunque no se refiere a la “casa de Jacob” sino a “nosotros”, que desde Ap 1,6 se refiere a la asamblea cristiana.
El sentido real es doblemente importante por cuanto el Cordero degollado es vencido, pero a su vez vencerá, en obvia referencia a la muerte y resurrección. Del mismo modo, los seguidores del Cordero serán vencidos, pero vencerán, con lo que la referencia al martirio (20,6) da sentido al reinado de los cristianos.
Por otra parte, la imagen del pastor también es importante en el Nuevo Testamento. Ante el pueblo, que está desorientado “como oveja que no tiene pastor” (que parece un dicho o proverbio, cf. Num 27,17; 1 Re 22,17; Jdt 11,19; Ez 34,5; Jl 1,18; Nah 3,18; Zac 13,7; Mt 9,36p) Jesús siente “compasión”. Como es sabido, en Oriente es frecuente la identificación del rey con el pastor. El mundo bíblico no es ajeno a ello. Jesús se aplica la imagen del pastor, e incluso la aplica metafóricamente a Dios (como el pastor que pierde una oveja, como la mujer que pierde una moneda…). Sin embargo, son escasas las veces que la imagen del pastor/pastoreo se aplica a miembros de la Iglesia. Hch 28,20 y 1 Pe 5,10 son los pocos textos en los que a determinados miembros (en ambos son “presbíteros”, aunque en ambos también se alude a “vigilar”, ser “epískopos”). El primero, parece ser parte de una “cadena” que va desde Cristo, sigue en los “apóstoles” (los Doce), pasa por los Siete, Pablo y sigue en los “presbíteros” que tienen un rol particular en la “evangelización”, en el “crecimiento de la palabra (de Dios)”; el segundo, se ubica en el contexto de unas “tablas domésticas” y contrapone “ancianos” (= presbíteros) a jóvenes, a los que se debe servir de ejemplo. En ambos casos, el rol de los “ancianos” parece tomado de las comunidades judías en las que ocupan un rol rector. No ignoramos que en los escritos tardíos (como estos, y también las cartas “Pastorales”) los presbíteros –aunque no se defina con precisión su ministerio- tienen una responsabilidad de servicio en la comunidad. Pero sólo en este sentido, y tomando la imagen de la metáfora de la conducción – pastoreo, el término se aplica a algunos en particular, y no a todo el pueblo de Dios; aunque, para evitar toda confusión, siempre queda claro que el único pastor, el pastor modelo, o el pastor “bello” y bueno, es Cristo mismo.
Rol sacerdotal
Basta mirar con atención el Nuevo Testamento para notar que en el movimiento cristiano “no hay sacerdotes”. Mucho tuvo que esforzarse el autor de la carta a los Hebreos para atribuir a Cristo el ministerio sacerdotal. No sólo porque en su vida él fue claramente laico, sino también porque no realizó acciones sacerdotales. La maravillosa lectura alegórica de Hebreos le permite afirmar que lo es a partir de la resurrección, y de un modo nuevo y único, “a semejanza de Melquisedec” ya que los modelos judíos no permitían en modo alguno tal atribución. Pero para este autor sólo y únicamente Cristo resucitado es sacerdote, y ya no es necesario ninguno otro, ni ningún otro sacrificio, ni otra ofrenda.
Fuera de Hebreos, la otra única referencia a un cierto “sacerdocio cristiano” en el Nuevo Testamento la encontramos en 1 Pe 2,10 y Ap 1,6; 5,10; 20,6 (estos últimos, ya comentados) donde, citando el libro del Éxodo -allí se habla de Israel, “casa de Jacob”- se atribuye la idea a la Iglesia toda. Fuera de lo ya dicho, señalemos un aspecto más, este tomado de 1 Pedro: Pedro sigue el texto ya citado de Ex 19,6 pero según la Biblia griega: no habla de “sacerdotes” sino de “sacerdocio” (hiérateuma); por su unión a Cristo, la Iglesia toda es “sacerdotal”. Una vez más, la unión con Cristo es la que da su función, sacerdotal en este caso, a la Iglesia. No a unos miembros en particular, como queda dicho.
El bautismo nos hace hermanos
Es interesante (por preocupante) que en el cristianismo, por siglos el uso de la categoría “hermanos” –tan fundamental e identificatoria del cristianismo primitivo, fue siendo deformada con el tiempo. Siendo fundamental para Israel, como un modo de decir “miembro pleno del pueblo de Dios”, y estableciendo de ese modo una igualdad absoluta que hace que no se pueda “explotar”, “esclavizar”, “prestar a usura” a “un hermano”, y que debería ser intolerable que hubiera un “hermano pobre ante ti”. El cristianismo también recurrió a la misma categoría haciéndola más universal (Pablo la amplía a mujeres, dándoles nivel de plena igualdad con el varón, a los esclavos y a los extranjeros a partir del bautismo). Sin embargo, con ser una categoría central, con el tiempo sufrió una preocupante “deformación” o “reducción”. El retroceso viene dado por un doble aspecto, como lo señaló hace ya bastante tiempo J. Ratzinger: “hermano” pasa a ser sólo el “colega”, el que pertenecía a un mismo “colegio” (presbiteral, episcopal...), mientras que el inferior pasó a ser visto como un “hijo espiritual”; y culminó su retroceso (“rétrécissement”) cuando al “hermano” obispo de Roma se lo comenzó a llamar “Papa” [empezó con la frase: “Cypriano papae” (Epist. 30)]. La pérdida fue tal que el término “hermano” no figuraba en ninguna de las enciclopedias teológicas del s. XIX y principios del XX como voz importante.
Seguramente recuperar la plenitud del sentido de fraternidad y de igualdad plena, permitirá que a todo el pueblo y a todos los miembros del pueblo de Dios se los considere plenamente “reyes, profetas y sacerdotes”.
“Pueblo de reyes... pueblo sacerdotal”
Se puede afirmar que el tema no permaneció ausente en la Iglesia. Todavía se recuerda el viejo canto tradicional de la liturgia “Pueblo de reyes... pueblo sacerdotal”, aunque eso no implica que se hayan extraído todas las consecuencias que estas estrofas tienen.
Parecería que, en realidad, atribuir a la “jerarquía” (palabra que en realidad resulta herética, como bien afirma J. I. González Faus) la exclusividad de este triple ministerio no sólo relega a un segundo plano, que no debiera tener, al mundo de las laicas y laicos, sino que a su vez ha limitado la reflexión sobre el verdadero ministerio de los epíscopos y los presbíteros. Si estos no son más pastores/reyes, más profetas ni más sacerdotes que todos los demás cristianos, ¿qué son realmente?, ¿cuál es la característica propia de su ministerio?, ¿qué es lo que les es propio? Podríamos afirmar que –por bautizados- son reyes, profetas y sacerdotes, y por su ministerio lo son de un modo diferente (no de un modo superior, por cierto), pero esa “diferencia” vendrá dada por el ser propio del ministerio; para empezar, claramente al servicio del sacerdocio, la realeza y la profecía del pueblo de Dios. Y este ministerio, ¿cuál es? Sin duda, la apropiación de “poder” no es ajena a este “monopolio”: un pequeño grupo ‘jerárquico’ concentra la palabra (profecía), la relación con Dios (lo sagrado) y la autoridad (lo real-pastoral); a los otros, los/as laicos/as, les corresponde “obedecer-escuchar-celebrar pasivamente”. El ejemplo más evidente –pero no el único, como ya se ha dicho- radica en la nota sacerdotal: si el presbítero no es más sacerdote que el laico y la laica, ¿en qué radica lo propio de su ministerio? Apropiarse del triple rol sin duda contribuyó a que lo específico de estos ministerios eclesiales no salte a la vista, e incluso el Pueblo de Dios sencillo pretenda o atribuya a sus “pastores”, roles que en realidad le pertenecen a ellos (por bautizados). Por otro lado, en tiempos de crisis de vocaciones al presbiterado, influye en que no se profundice qué es lo propio, y que es lo común. Así, además, con frecuencia se cae en preguntas o planteos de crisis que no son verdaderamente centrales y fundamentales (como el celibato, o el ministerio de la mujer) sin antes dar respuesta a la pregunta principal ¿qué es ser presbítero?, ¿qué es ser obispo? Si el presbítero / obispo no es más sacerdote que el /la laico/a: ¿qué es?, si no es más profeta, ni más rey / pastor… ¿cuál es su ministerio? Tener claro qué no-es, es un buen punto de partida para poder enfrentar el desafío de ser presbíteros/obispos para esta Iglesia, este mundo, este tiempo. Ciertamente muy diferentes a lo que se es, lo que se espera, y lo que se pretende hoy. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).




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CONOCER EL FONDO...
ENCAR GONZALEZ-CAMPOS JIMÉNEZ, agustina misionera
VALLADOLID.

ECLESALIA, 26/07/07.- Es curioso, en el seno materno estamos inmersos en una bolsa de agua y cuando nacemos ninguno de nosotros sabemos nadar.
Sólo tenemos la oportunidad de aprender a nadar cuando la vida pone cerca de nosotros un río, un mar, una piscina o un lago en el que podamos practicar nuestros primeros chapoteos y cuando alguien nos invita a sumergirnos con la seguridad de que está a nuestro lado y no va a pasarnos nada.
Frecuentemente estas experiencias las tenemos cuando somos niños, es como dar nuestros primeros pasos en un hábitat que no es el nuestro: el agua.
Las primeras experiencias con el agua suelen ser de miedo, de temor ante lo desconocido, ante la sensación de no hacer pie y no poder controlar nuestros movimientos para que el cuerpo flote. La sinrazón nubla la razón del proceso mental que hay que hacer rápidamente para serenarnos y ser capaces de mantenernos a flote.
Por eso, para nadar... para vivir... hay que hacer un proceso, un camino que a veces se presenta suave y tranquilo y otras áspero e inseguro... pero hay que hacerlo.
Te invito a comenzar a nadar, si no sabes, o no te sientes con seguridad para mantenerte a flote busca ayudas. Existen flotadores, cuerdas, corchos, soportes que nos inician en ese entrenamiento y a los que siempre podremos acudir si nos sentimos más débiles. Pero, nunca dejes de nadar pues... nadar es vivir.
Nadar supone "lanzarse al fondo" no saber lo que allí vas a encontrar pero tener la seguridad de que vas a emerger del agua porque la fuerza interior que tienes dentro te va a llevar hacia arriba.
Nadar supone "dejarse hacer por Dios", es decir, saber que en cada brazada que das Dios y tú estáis unidos, Él nunca nos abandona y, menos aún cuando le buscamos desde nuestra debilidad e inseguridad.
Nadar supone "exponerte a mareas calmadas o fuertes oleajes" que pueden zarandearte despistándote del trayecto que debes hacer para llegar a la orilla, esto supone un gran riesgo que no todos estamos dispuestos a correr por temor a las consecuencias que nos pueda traer lo desconocido.
Nadar supone "perder la temperatura corporal", estar expuesto al frío o el calor de los hermanos que nadan en tu vida.
Nadar supone "ser fuertes" para bracear y aletear con energía. Esta fuerza sólo nos puede venir de lo alto y esa fuerza nos ayudará a avanzar, al ritmo que sea, eso es lo de menos, lo importante es no sucumbir y seguir nadando.
Los más adiestrados son capaces de bucear, los más arriesgados son aquellos que no se conforman con la superficie del agua que ven sino que se sumergen hacia la profundidad desconocida en el mar.
Quiero ser, y te invito a ser, de aquellos que se lanzan a la oscuridad del mar, aquellos que son capaces de descubrir las riquezas y los tesoros que se albergan en el fondo. Quiero descubrir los corales blancos y fuertes que esconden peces de colores entre sus extremidades. Quiero descubrir la vida que fluye en la profundidad, valorar cada cosa, extasiarme con la belleza de cada una de las criaturas que viven en el fondo. Quiero encontrar la estrella marina que con sus aspas me indique el camino para encontrarte a ti tal y como hizo la estrella de Belén en el cielo para mostrarnos el camino que nos llevó a Jesús.
Si encuentro seres vivos agresivos me esconderé hasta que pasen, es mejor no enfrentarse con quien no merece la pena luchar. Si encuentro animales dóciles y cercanos me asomaré tímidamente para encontrar en ellos la belleza de la creación que Dios hizo como regalo a nuestras manos, ojos, pies, oídos...
Tengo que aletear deprisa para moverme como un pez, para sentir en el rostro la suavidad y el frescor del agua, para creer de verdad que "es posible nadar, es posible avanzar sin sucumbir".
La diversidad está en el mar, miles de seres y partículas diferentes viven en un mismo hábitat a pesar de ser distintos en tamaño, color, forma de vida, reproducción,... pero... son capaces de convivir y de no romper la armonía de la creación.
Para bucear hay que entrenar, no basta con lanzarse temerariamente, creyendo que podemos llegar al fondo sin esfuerzo ni pericia. Para bucear, nadie mejor que Dios guiando nuestro nado hacia el fondo marino, hacia el fondo de nosotros mismos. A veces necesitaremos amigos, compañeros de viaje, que nos ayuden a alcanzarlo, que nos envíen oxígeno cuando nuestra bombona se vaya agotando, otras veces nos tocará bucear solos pero sabiendo que Dios y nuestros amigos están arriba, en la barca, atentos al movimiento del agua y deseando vernos emerger con una sonrisa en los labios.
Cuando llegues a la orilla ponte de pie y mira de frente al mar. No temas su grandeza, admira su color, su sonido, siente la brisa en tu piel... es Dios que te habla y te susurra al oído: "Hijo mío, que estás en la tierra, se fuerte, que tu valentía te impulse a lanzarte hacia tu interior para encontrar lo grande y maravilloso que eres. No te dejes vencer por el desánimo y la incomprensión. Nada hijo mío, nada siempre para no hundirte y para decirle al mundo que sabes, que puedes y que quieres seguir nadando todos los días. Ayuda a tus hermanos en sus brazadas, que no sucumban. Todos son importantes porque a todos os he creado para ser felices. Hijo mío, si te paralizas te hundirás... si mueves brazos y pies resistirás, si confías en mí te deslizarás como una criatura más del mar que conoce el fondo, porque -conoce su fondo-... y si ayudas a otros en su trayectoria Yo, tu Dios, seré inmensamente más feliz". (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

‘MAESTRO, QUE YO PUEDA VER’
RAQUEL DÍAZ
COLONIA (URUGUAY).

ECLESALIA, 23/06/07.- Fue la única respuesta de Bartimeo, frente a la pregunta de Jesús, ¿qué quieres que haga por ti?
Tal vez hoy, sea ése el ruego de mucha, muchísima gente, que como el ciego, grita en silencio, conciente o no de una ceguera que en este momento de la historia, ya no puede o no debe existir.
Durante muchos siglos la Palabra fue propiedad privada de "los elegidos". Los sencillos," los comunes ", las grandes multitudes que formamos el Pueblo de Dios, no accedimos a ella, y cuando reflexiono sobre el por qué, tengo una muy fea sospecha, "Cuidado con esa semilla, que puede germinar".
En este momento de la historia, donde hasta el niño de ocho años, conoce cuando sus derechos son pisoteados, porque en la escuela, sus maestros se los enseñan, ya no podemos ni queremos permanecer ciegos, no nos alcanza con escuchar la Palabra pasivamente en la misa, ni escuchar sólo el comentario que hace de ella el celebrante. Eso es sólo una parte, que ayuda, sí, pero no es todo, porque mil celebrantes, mil interpretaciones diferentes. Nosotros, los laicos, los que trabajamos en nuestras parroquias porque queremos el Reino, ya, desde aquí y ahora, los que ni siquiera podemos leer el Evangelio en las misas, somos seres pensantes, reflexivos, (no sabremos latín, pero sí sabemos leer, proclamar, expresar, saborear las palabras) muy capaces de interpretar el mensaje de Dios y ponerlo en práctica, porque también somos elegidos por Él, amamos a Jesús y recibimos su amor permanentemente.
¿Es necesario que esto se diga?, pues sí, es muy necesario, porque hay momentos, muchísimos, en que parece que somos transparentes. Nosotros no queremos el poder, no ambicionamos ocupar ningún lugar especial, porque Dios nos llamó para otra tarea, para formar su Reino desde nuestros trabajos, nuestras familias, nuestros amigos, pero sí queremos ayudar y ayudar es también participar, opinar, construir también con nuestras voces de gente de la calle, con formación de vida, formación de Dios.
Hoy, estamos aún afuera, sabiendo que Jesús nos mueve, nos inspira, nos exige amorosamente.
Como Bartimeo, pedimos la luz para nuestros ojos, Él nos cura, lo vemos, lo reconocemos, sabemos cuándo es su voz la que nos guía, ¿entonces?, ¿qué nos impide ir también formando el camino?, ¿tenemos que seguir, como ciegos, siendo tantos, siguiendo el camino que poquitos van trazando? ¿No será que entre muchos, entre todos y con todos, podremos hacer la tarea mejor? Más aún en mi país, donde si nos subiéramos a una montaña, podríamos ver el rostro de cada uno. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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"EN EL FONDO DE LA BELLOTA ESTÁ EL ALCORNOQUE” (no lo dije yo, pero no se quien lo dijo). MªLuisa Pudencio Morales

“Hay almas tan enfermas que no hay remedio, ni parece que puedan estar dentro de si” (S. Teresa moradas 1, 1,6).


¡GLORIA A DIOS EN LA TIERRA, GLORIA A LAS MUJERES Y HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD¡¡¡¡¡.


Cuando quiero plasmar en el papel lo que siento o vivo siempre me asalta la duda de si sabré hacerlo, de manera inteligible y de si saldrá todo lo que llevo dentro y todo lo que me provoca, lo que observo, lo que percibo.

Así y todo, con todas las limitaciones (sobre todo de puntuación y estilo literario) voy a ser atrevida y a tratar de comunicaros, emitiros lo mejor que pueda, a sabiendas de que la recepción suplirá lo que falta a la emisión.

PERPECTIVA.

En mi caso claro está, lo haré desde una perspectiva femenina ¿feminista?, porque soy mujer desde que nací. Con conciencia de mujer y situación de ser mujer; teniendo en cuenta que este hecho maravilloso de ser mujer me hace situarme en espacios de exclusión, no solo por el hecho diferenciador de ser mujer, si no por mi feliz procedencia familiar, por mi opción afectivo-sexual, por la cercanía que mi desarrollo laboral tiene con el mundo de los menores excluidos. Así vivo los problemas de su mundo afectándome continuamente por ellos.

Desde esta perspectiva de exclusión, descubro al Jesús del evangelio, al hijo de la mujer de pueblo y del pueblo, al hijo del artesano, del obrero, al hombre, rebelde, revelador y revolucionario, al hombre de buena voluntad, que me devuelve la fe en mi, la esperanza, me da un sitio en la historia, me devuelve la dignidad, decido decir que si que le acojo como referente conmigo y el da un paso al frente y dice que cuenta conmigo, como soy y ahora cada paso que doy tiene que ir aparejado de un si, a esa vida descubierta, desde el Jesús del evangelio, desde el Dios del reino, claro esta contrastada, con los y las hermanitas compañeros/as de camino, aquí no hago distingos de sexo.

ESPIRITU Y MATERIA.

Cuando hablamos de espiritualidad no podemos contraponerlo al mundo de la materia; que si se hace quizás sea por una influencia platónica, esta distinción tan grande y drástica ha marcado la división del ser humano durante muchísimo tiempo. Esto ha provocado en muchas ocasiones que se separara todo aquello que parecía pertenecer al mundo de lo espiritual de lo que se desprecia como el mundo de lo material.

A través de muchos momentos de mi historia personal fui probando y gustando del amor de dios a mi y el mío a el, su espíritu es lo que constituye el yo intimo e irrepetible de mi persona, en donde crece la vida del espíritu y donde se dan las operaciones mas elevadas de mi ser.

Entiendo también que la vida espiritual es toda la realidad de mi persona y lo que me rodea.

Entiendo con Teilhard de Chardin lo que el llama “el medio divino” todo está impregnado de Dios y todo puede llegar a ser espiritual desde nuestra vida si nuestra actitud lo impregna de ese espíritu que llamamos evangélico y que constituye la autentica espiritualidad cristiana, la del mensaje de la buena nueva.

“La fe nos encomienda la misión de introducir en el mundo el amor mismo de Dios con medios humanos, con maneras de ser humanas, las de Cristo. Nos encarga realizar en el mundo una especie de compromiso temporal del amor eterno de Dios.

Al lado de esto, el resto existe y debe existir, pero la fe sirve para que Dios ame al mundo a través de nosotras/os como a través de su hijo”.
(La Alegría de creer- Madeleine Delbrêl) laica del siglo XX mujer que vivió adelantada a su tiempo, obrera en la Rusia del totalitarismo comunista.

Teresa la mayor mística del siglo XVI “obras quiere el señor” “¿sabéis que es ser espirituales de veras?: ser siervas de todas/os como lo fue Cristo, a la manera de Cristo.”

(Moradas 5ª y moradas 6ª).

Pero es desde la exclusión y los excluidos desde donde aprendo una espiritualidad actual y concreta.

La auténtica espiritualidad cristiana es el espíritu de Jesús de Nazaret, el que vivió treinta años en el taller obrero, junto a Maria, mujer que le trasmitió los valores de fortaleza y todos los demás que después Él desarrollo. Solo tres años salió como obrero del mar o del campo, a proclamar lo que conocemos, pero como uno más de los excluidos. Desde el tajo.


Desde la óptica de los excluidos la espiritualidad se tiñe de exigencia, no solo solidaria si no contractual, contracultural, oponiéndose al consumismo, a la injusticia a todo lo que excluya…..vivir atentos al grito de los que no tienen voz y tener en nosotras/os los sentimientos de Jesús, aquello por lo que nos preguntará y precisamente lo contrario a lo que aspiramos: poder, dinero, prestigio, influencia……
“sabéis que los que gobiernan a los pueblos, los tiranizan y que los grandes oprimen, pero no a de ser así entre vosotros; al contrario, el que quiera subir, ha de ser servidor vuestro, y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos, porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir”.

Esta actitud de servicio con los pobres ocupando un lugar en las fronteras, es lo que marca las características más inteligibles del mensaje evangélico y de espiritualidad del presente siglo. Sabiendo que ser pobres no es lo interesante, no es atractivo, lo atractivo, lo prodigioso, es que la pobreza nos llena las manos, la mente y el corazón de reino, que el reino está dentro. Esta es la magia.

Cuando la palabra ha impregnado nuestras vidas, es como cuando caen las primeras lluvias de otoño; como consecuencia aparecen las abundantes hierbas. Dejémonos empapar lentamente de la lluvia de la palabra, acojamos su espíritu, que no sea “una nube pasajera”. Para que todos los momentos de nuestra vida sean momentos de reino y así acelerar la llegada “del cielo nuevo y la tierra nueva” que está en nuestras manos a pesar de que como decía Helder Cámara “ a lo mejor no es el mejor momento, pero es nuestro momento.”

Esto se dará con una fe en lo profundo que al decir de Jesús, moveríamos montañas y haríamos cosas mas grandes que las que Él hacía, si tenemos la certeza absoluta de nuestro ser: Dios. Sabiendo que la oración es el cauce de contemplación de toda la realidad.

LA IGLESIA DE JESUS.

No podemos caer en la tentación de despreciar o abandonar a nuestra familia olvidando lo que aquí ha surgido; haciendo dejación de mi responsabilidad de mantenerla debidamente reconstruida, para que continué sirviendo de plataforma, de faro del amor de Dios a la humanidad, al cosmos.

Por responsabilidad, no nos podemos dejar llevar por las emociones, es más importante el tirón de espíritu, la realidad en la que estás y la llamada de Jesús. Todos tenemos momentos de más consolación o dificultad, de subidón o bajón.

Yo, si le debo a mi madre la iglesia, a la iglesia católica universal, de Jesús el de Nazaret y quiero y deseo acompañaros y que me acompañéis a serle fiel, justa y honesta, para que, pasada la temporalidad que pisamos, le sirva de faro a esta y futuras generaciones, pobladoras de este planeta tierra. Hermanitas, hermanitos, cuando digo esto estoy sintiendo agradecimiento a tanto ser humano, que luchó, vivió y se dejó la piel por dejar una iglesia reconstruida.

¿Qué seriamos sin………

Teresa la loca andariega.
Sin Juanito el de la Cruz.
Sin mi paisano Pedrito Alcántara.
Sin hermanita Magdalena.
Sin Helder Cámara.
Sin Teresita la misionera.
Sin Oscar Romero.
Sin Pedro Casaldáliga.
Sin las madres del desierto.
Sin los padres del desierto.
Sin Jon Sobrino.
Sin Madeleine Delbrêl, obrera entre las obreras.
Sin José Mª Castillo.

Sin tantas y tantos que podéis nombrar que forman parte de de la iglesia, en la que creemos, que nos ha trasmitido la fe?


Por supuesto que el mensaje de Jesús es universal, cósmico. Ahora bien, no hemos de temer el anuncio, tampoco la denuncia de lo injusto, proclamando la fe a tiempo y a destiempo; con todos los medios que actualmente se poseen, por supuesto con nuestra propia vida, si fuese necesario. Porque esa es la reconstrucción de la iglesia.

“Francisco, reconstruye mi iglesia” ya vimos cual fue la respuesta inmediata. Todo es más complejo de lo que creemos. Lo visceral no es bueno para nada.

Es verdad que a la vista de las últimas noticias tenemos mucho que decir, desde lo particular, pero……. también desde el conjunto, desde el colectivo; manteniendo posturas a veces de contundencia colectiva, frente a aquello que entendemos injusto, destructivo, agresivo, humillante, contando con la opinión conjunta, unitaria, sin miedo, ni complejo, sin altanería, pero si con seriedad, de sabernos adultos y capaces de defender el derecho y la justicia.

Lo que en estos momentos, podemos observar como concreción (otros apuntaréis otras situaciones). Jon Sobrino, José Mª Castillo, la parroquia de San Carlos Borromeo, viaje de Roma a Brasil, todos los desafortunados temas y mentiras que se han publicado, lo que ocurre en Valencia con el sustituto de obispo, no sé bien como es: he preguntado a los de Valencia y nadie, me ha dado señales, ya me contaréis, que está pasando con determinados sectores de la jerarquía en España.

Cierto también que tenemos que revisar nuestras estructuras humanas y dejarnos ayudar por las hermanas y hermanos, para crecer en equilibrio y madurez, para que nuestros pensamientos no sean productos de una ansiedad o desequilibrio, que no somos capaces de intuir, es por esto que tenemos la suerte de pertenecer a un colectivo, que nos hace de espejo y hemos de de estar comprometidos con la ayuda mutua y ser lo suficientemente dóciles y humildes para dejarnos ayudar sin resistencia y ayudar a los que nos necesiten y podamos.

Con la ternura y la fraternidad. Marisa


DESDE EL TALLER MERIDA, 22 DE MAYO DE 2007.
e-mail: mlpm12@hotmail.com
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“TRINITARIZANDO” LA VIDA
MONJAS TRINITARIAS DE SUESA
SUESA (CANTABRIA).

ECLESALIA, 01/06/07.- Era domingo, había acabado la eucaristía, estábamos charlando con las personas que suelen venir a celebrar con nosotras. Llegó la nieta de una de ellas con sus padres y entró correteando en busca de su abuela. Tras mirar entre las que estábamos en un corro, la vio, y la llamó dando un grito: -¡Abuela!-. La abuela, sonriente por la sorpresa, le dio un beso en la mejilla y, al tiempo, haciendo un gesto con la mano para que bajase el tono de voz le dijo:- En la iglesia no se corre ni se grita - y, señalando al niño Jesús en brazos de San José que hay en el retablo continuó –porque el Niño Jesús se enfada-.
-¡Zas!-pensé yo, ya estamos echando balones fuera. Y esto me dio para pensar una buena temporada acerca de un tema crucial en nuestra fe. Porque ¿acaso yo, adulta, encuentro como motivo de no gritar o correr en la iglesia el que “el Niño Jesús se enfada”?. Digo yo que será por respeto, o por educación o por no molestar a quienes están orando en silencio... ¿tan difícil será de entender? Y, sin embargo, la otra es la explicación que damos a los niños, o algo parecido, tal vez por no pararnos a pensar en una respuesta más real y menos automática. Y así luego nos quejamos de la idea de Dios “que nos han vendido”: un Dios enfadado, gruñón, con el ceño fruncido, y que es la que nosotros trasmitimos a la próxima generación.
Claro que donde quiero llegar es ahí mismo, a la imagen de Dios que tengo en realidad, y la que transmito a los demás.
Se me ocurrió pensar ¿qué dibujaría en un papel si alguien me dijera que dibujase a Dios? Aún más difícil: ¿y si dibujo a la Trinidad? Aparte de recurrir a la típica imagen del señor de barba blanca, Jesús con la cruz y el Espíritu Santo como una paloma ¿qué otras imágenes podría utilizar?
¡Uf!, no es tan fácil la pregunta, aun después de unos meses sigo dándole vueltas. Y es que es muy interesante educar una mirada trinitaria para poder dar razón de nuestra verdadera fe, para descubrir al Dios Trinidad que nos abraza en lo cotidiano, y para poder vivirlo de forma más auténtica y elocuente. Educarla y, antes, reflexionar sobre ella, sobre las imágenes que tenemos en nuestras iglesias con las que representamos a Dios. Sería interesante que cada una tuviera su imagen, su manera de representar a Dios, pero no todas iguales, cada lugar la suya, la que vive, la que celebra, la que quiere compartir. Así pondríamos en práctica precisamente eso, nuestro espíritu trinitario, el que recibimos todos en el bautismo, que se fundamenta en descubrir con mirada limpia la alteridad, lo diferente, lo que no es como yo, que se percibe con respeto e incluso más allá de la tolerancia, honra la diferencia, da gracias por ella porque sabe que ahí precisamente está la riqueza. Un espíritu, trinitario, que ama lo distinto, no lo percibe como una amenaza; que enseña, entre otras cosas, que tu realidad es una parcela que se puede abrir y engrandecer al encontrarte con otras personas que intuyen, sueñan, reflexionan, se expresan así, diferente. Y tu experiencia de Dios, limitada, puede engrandecerse por lo que los otros viven.
Esforzarnos en utilizar nuestra mirada trinitaria seguramente nos ayudará a crecer, a pacificar muchas tensiones que se nos crean en las relaciones, en el trato con las personas que se encuentran con nosotras en el día a día. Supongo que este camino nos aleja, mejor o peor, del dualismo, el cual nos incita a compararnos con los otros con mirada de sospecha o de envidia, y nos conduce a descubrir la armonía de todo lo que nos rodea, distinto pero con la misma raíz que la mía, hundida en las entrañas creadoras de Dios Trinidad: relación perfecta en la alteridad.
Y siguiendo esta propuesta de los dibujos, en realidad dibujar a la Trinidad es intentar dibujar el Amor. Podría entonces empezar a imaginar tres maneras diferentes de representar el amor, al cual estamos llamados a ser imagen, o sea a ser huella. Podría intentar dibujar el amor que perdona, el amor que vitaliza y el amor que crea, el amor tierno. Entre todos podríamos inaugurar, o rescatar, un nuevo estilo de iconografía trinitaria para dejar en herencia a nuestra próxima generación. A lo mejor dentro de unos años ya no se oye tanto aquello de “a mí me hablaban de un Dios irascible” (lo cual raya con la herejía), y a los creyentes del futuro cuando escuchen la palabra Dios les evoque a todo lo que en su vida está regado por el Amor. Y si oyen “Trinidad” no tengan que pasarse un rato pensando cómo explicarlo, igual que yo ahora, sino que les brote a borbotones de su corazón la experiencia trinitaria por el amor que perciben en las personas con las que se relacionan, porque experimentan lo que es la Comunión, ese vínculo sagrado en el que estamos llamados a participar.
Ahora, siguiendo con la reflexión sobre la Trinidad, sigo preguntándome cómo son mis relaciones: nudo o ramo de flores, retorcidas o cristalinas, superficiales o profundas. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).
Para más información: http://www.montrinisuesa.net

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