|
BENJAMÍN FORCANO-Teólogo y escritor.
|
COMO UNA LUZ SOBRE EL MONTE
En la mesa de la Eucaristía tienen asiento preferente los más pobres
Rara vez un hecho como el de la parroquia de San Carlos de Borromeo se ha convertido en signo de nuestro tiempo. La sociedad ha despertado y, un tanto agitada, ha puesto sus ojos interesados en lo que ocurría en esa parroquia. Han pasado semanas y hemos visto cómo miles de personas hablaban sobre el tema, tomaban partido, preguntaban, escribían y ese hecho “religioso” llegaba a los medios con relieve desconocido. Ateos y apóstatas aplaudían la labor de la parroquia y estampaban su firma a favor, mientras católicos ultraconservadores descubrían desviaciones y campañas para cercar y desacreditar a la Iglesia católica y, entre ambos, la gran mayoría viendo bajar o subir la balanza, repartiendo a conveniencia elogios o reproches, nunca se sabe.
Adhesión, reprobación, equidistancia.
Tres palabras, seguramente adecuadas, para describir el cuadro.
Con mayor o menos conocimiento, la gente sabe y no tolera una Iglesia dividida, donde siempre la una parte, la clerical y monopolizadora, aparece propietaria, y dominadora. Se trate de lo que se trate, y aquí estaba en cuestión la misión que le constituye y caracteriza, la autoridad acaba condenando y creyéndose y haciendo creer que la verdad está de su parte y legitima sus decisiones. ¡Hay que salvar la dignidad de la liturgia, evitar la profanación de la eucaristía, no confundir lo sagrado con lo profano! La adoración del Señor Jesús en el templo, con todos los detalles que la historia y el tiempo ha ido acumulando, la celebración de su sacrificio con todos los rituales que se han ido estableciendo, la comunión con variaciones seguramente antiteológicas que se le han ido sumado, las oraciones, lecturas y ritos repetitivos, el sagrario, el confesionario, la exposición del Santísimo como si el Señor Jesús estuviera allí sola, solitaria y preferentemente , las procesiones, el sentarse, arrodillarse o ponerse de pie, (cosas que no conocieron cristianos de generaciones anteriores), el persignarse , el respetar los grados y niveles de los participantes, interesa más que la esencia a que todo eso sirve.
Al fin y al cabo, la Eucaristía es nada sin Jesús, y es sacramento admirable en cuanto nos acerca a él, nos lo muestra y nos ayuda a vivir como él. Es muy difícil reconocer en muchas de las eucaristías actuales la vida de Jesús, su manera de relacionarse con Dios, con el prójimo, con la sociedad, con el mundo entero. Son eucaristías rituales, excesivamente centradas en el cura, repetitivas, con uniformado sabor y forma, un estereotipo casi muerto de la vida de Jesús, símbolos no de una vida apasionada, vibrante, empeñada realmente en las causas y propósitos de Jesús, sino recitación monótona de palabras y gestos a los que se les ha caído su valor humano y contenido más sagrado.
Por lo menos, habría que hacer un cierto examen de muchas de estas cosas que se dicen ser la Eucaristía u ocurrir en torno a ella, para no exaltarlas y exigirlas como parte esencial o principal de la misma. Tal como el Vaticano II ha establecido, la renovación es un imperativo de nuestro tiempo, han sido muchos los abusos y deformaciones tradicionales, y se requiere volver a descubrir lo principal y cambiar y adaptar lo secundario a las exigencias y circunstancias de nuestro tiempo. Hay que afirmarlo y denunciarlo fuertemente: demasiados cristianos desconocen y han desoído esta renovación y se empeñan en ver todo progreso como desviación. Su modelo y meta parece seguir siendo sigue siendo el concilio de Trento.
Quien quiera conocer, saborear y celebrar a fondo la Eucaristía que conozca, saboree y celebre a fondo el seguimiento de Jesús. Entender la vida como Jesús, hacerse amigo, compañero y seguidor suyo es obrar como El obró, orar como él oró, tener a Dios como Padre-Amor, apostar por los débiles y más pobres, denunciar las imposturas de los grandes, no transigir con la injusticia y la opresión, desenmascarar las idolatrías del legalismo, del racismo y del nacionalismo, entregarse en cuerpo y alma al servicio del Reino de Dios cuya soberanía es el amor, señalar los caminos de las bienaventuranzas, perseguir la utopía de crear la universal familia de Dios: todos hermanos y, si hermanos, iguales.
Seguramente, en este ideal andan mezclados católicos y muchos que no lo son. Y, por eso, en el contexto y escenario de una liturgia más sencilla y más viva, más cercana y comprometida, gentes de toda condición, se han levantado, protestado, indignado y llorado por la prohibición de la autoridad eclesiástica. No, en la parroquia de San Carlos Borromeo ha estado siempre presente la celebración de la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesús inseparables de la vida, pasión, muerte y resurrección de otros muchos Jesuses de nuestro tiempo.
Los curas y fieles de San Carlos Borromeo han seguido ciertamente la tradición del Señor, la que nos viene de los apóstoles, a los que por supuesto le resultarían incomprensibles muchas cosas de nuestra liturgia, pero entenderían a maravilla aquello que fue y será el corazón de las eucaristías de todos los tiempos: “Cuanto hicisteis con uno de estos hermanos míos pequeños, conmigo lo hicisteis”. Lo hicimos, lo hicieron aun cuando los que lo hicieran no supieran que lo hacían a El. Esa es la piedra de toque, el criterio sustancial para saber sin estamos con Jesús, con el verdadero cristianismo, celebrando la verdadera Eucaristía. Y, a partir de ahí, podremos concluir si nos sentamos de verdad a la mesa del Señor para celebrar el memorial de su muerte, si comemos dignamente su cuerpo y sangre, si lo adoramos realmente en la presencia manifiesta de cada prójimo, si abusamos o profanamos este sacramento, si nos apartamos o estamos dentro de la verdadera fe y comunión eclesial.
Quien tiene fe en la vida del prójimo, de todo prójimo, tiene fe en Dios; tiene fe en Jesús que nos revela a todos como hermanos y a Dios como Padre; quien tiene fe en esa energía secreta y universal, que es el amor, difundido en todos por Dios, se suma a todo esfuerzo por crear y hacer visible la fraternidad universal. Si Cristo es amor, evidentemente la Eucaristía es amor; y si Cristo amor es entrega, servicio, amor universal, y con predilección preferente por los pobres, la Eucaristía es eso y cuando la celebramos es para llenarnos de ese amor y no para observar si guardamos otros detalles menos importantes y determinar, a través de ellos, si celebramos de verdad la Eucaristía.
¿Cómo nuestros hermanos de San Carlos Borromeo podían entender y tolerar que su compromiso de seguir al Señor lo separasen del compromiso de celebrar la Eucaristía? Si apuntamos a Cristo, que es la misma Eucaristía, sabremos relativizar lo que es relativo y cuidar lo que es esencial, superaremos todas las divisiones y, al final, Dios será todo para todos.
Forcano Benjamín
=============================================
|
EL ALMA DEL MUNDO EN LAS MANOS. Cristina Ruiz
Alandar
Las Manos
Una vez leí que el mundo tiene alma. Este alma del mundo, una especie de inconsciente colectivo que nos hace avanzar y crecer es, por lo visto, la responsable de que algunos inventos o descubrimientos científicos se hagan a la vez en dos lugares muy distantes del planeta. Casualidades que no son tales, sino que son signos de que los seres humanos sienten y viven lo mismo en un sitio o en otro. Al ver la película “Las Manos” tuve la sensación de que este efecto estaba actuando directamente. Con una forma distinta, desde una realidad diferente, el relato biográfico del Padre Mario Pantaleo me recordó bastante a la historia que una parroquia está viviendo en mi propia ciudad. Una película argentina, basada en hechos reales ocurridos a mediados del siglo pasado, evoca una realidad que sucede hoy, en Madrid, en pleno siglo XXI.
El Padre Mario sanaba a aquellas personas que se le acercaban enfermas, doloridas y desesperanzadas. No las curaba por su propia voluntad, ni por egolatría, ni por afán de poder o de dinero. No recibía nada a cambio. Simplemente las acogía en su parroquia, con unas instalaciones muy pobres que él mismo había levantado en un terrenito a las afueras de la ciudad de Buenos Aires, en el olvidado y lejano pueblo de González Catán. El Padre llevaba a cabo su misión, consciente de que la capacidad de sanar no era por mérito propio, sino que era un mandato de Dios, una llamada de esas que no se pueden rechazar porque resuenan fuerte en el alma. En ocasiones incluso, lo hacía envuelto en un intenso cuestionamiento interno, a veces renegando de sí mismo, a veces queriendo abandonar la durísima tarea que “el de arriba”, como él decía, le había encomendado. Otras veces se lo tomaba con más filosofía o con humor, “soy un brujito malandra que tiene a Dios de su lado”, decía irónicamente.
Pero las personas que siguen fielmente el Evangelio y se entregan a los que han perdido la esperanza, aquellos que viven del lado de los desahuciados de la sociedad, no suelen estar bien vistas. Especialmente por la jerarquía eclesial que ya no se cree capaz de devolver a nadie la esperanza, que no baja allá donde están los más marginados, que ya no cree en milagros sino en ideologías, en poder, en leyes y en estricta moralidad. Unas autoridades eclesiásticas que ya no conciben la Iglesia como un espacio para la curación, sino como una organización social o “un partido político” tal y como uno de los cardenales afirma en un momento de la película. Por eso, Mario Pantaleo se enfrentó a problemas con el nuncio y los obispos de la época que le negaron, casi hasta el final de su vida, el derecho a oficiar misa en su pequeña parroquia. Fue objeto de sospechas, de críticas y de conspiraciones.
No es una historia extraña, el alma del mundo la conoce bien y sabe que en otra capital, al otro lado del océano hay tres sacerdotes que también sanan. Tal vez no imponen las manos a los enfermos como hacía el Padre Mario, pero devuelven la esperanza a aquellos que la pierden, se ponen del lado de quienes están atrapados en la droga, acogen a los que no tienen hogar, miran como hermanos y hermanas a los inmigrantes que llegan al barrio. Les acercan a un Jesús auténtico, más allá de dogmas y ritualismos. Celebran la Eucaristía como lo que es: una celebración festiva en la que la comunidad comparte su vida y sus necesidades. Javier Baeza, Enrique de Castro y Pepe Díaz no imponen las manos, pero tienden una mano firme desde la fidelidad al Evangelio, y esto nunca es una opción fácil. Dar alternativas de vida a los desahuciados de la sociedad es, sin duda, sanar. Y a los obispos, sean argentinos o españoles, esto sigue sin gustarles.
|
|
ENCARNA GONZÁLEZ-CAMPOS,Agustina Misionera
|
CONOCER EL FONDO...
ENCAR GONZALEZ-CAMPOS JIMÉNEZ, agustina misionera
VALLADOLID.
ECLESALIA, 26/07/07.- Es curioso, en el seno materno estamos inmersos en una bolsa de agua y cuando nacemos ninguno de nosotros sabemos nadar.
Sólo tenemos la oportunidad de aprender a nadar cuando la vida pone cerca de nosotros un río, un mar, una piscina o un lago en el que podamos practicar nuestros primeros chapoteos y cuando alguien nos invita a sumergirnos con la seguridad de que está a nuestro lado y no va a pasarnos nada.
Frecuentemente estas experiencias las tenemos cuando somos niños, es como dar nuestros primeros pasos en un hábitat que no es el nuestro: el agua.
Las primeras experiencias con el agua suelen ser de miedo, de temor ante lo desconocido, ante la sensación de no hacer pie y no poder controlar nuestros movimientos para que el cuerpo flote. La sinrazón nubla la razón del proceso mental que hay que hacer rápidamente para serenarnos y ser capaces de mantenernos a flote.
Por eso, para nadar... para vivir... hay que hacer un proceso, un camino que a veces se presenta suave y tranquilo y otras áspero e inseguro... pero hay que hacerlo.
Te invito a comenzar a nadar, si no sabes, o no te sientes con seguridad para mantenerte a flote busca ayudas. Existen flotadores, cuerdas, corchos, soportes que nos inician en ese entrenamiento y a los que siempre podremos acudir si nos sentimos más débiles. Pero, nunca dejes de nadar pues... nadar es vivir.
Nadar supone "lanzarse al fondo" no saber lo que allí vas a encontrar pero tener la seguridad de que vas a emerger del agua porque la fuerza interior que tienes dentro te va a llevar hacia arriba.
Nadar supone "dejarse hacer por Dios", es decir, saber que en cada brazada que das Dios y tú estáis unidos, Él nunca nos abandona y, menos aún cuando le buscamos desde nuestra debilidad e inseguridad.
Nadar supone "exponerte a mareas calmadas o fuertes oleajes" que pueden zarandearte despistándote del trayecto que debes hacer para llegar a la orilla, esto supone un gran riesgo que no todos estamos dispuestos a correr por temor a las consecuencias que nos pueda traer lo desconocido.
Nadar supone "perder la temperatura corporal", estar expuesto al frío o el calor de los hermanos que nadan en tu vida.
Nadar supone "ser fuertes" para bracear y aletear con energía. Esta fuerza sólo nos puede venir de lo alto y esa fuerza nos ayudará a avanzar, al ritmo que sea, eso es lo de menos, lo importante es no sucumbir y seguir nadando.
Los más adiestrados son capaces de bucear, los más arriesgados son aquellos que no se conforman con la superficie del agua que ven sino que se sumergen hacia la profundidad desconocida en el mar.
Quiero ser, y te invito a ser, de aquellos que se lanzan a la oscuridad del mar, aquellos que son capaces de descubrir las riquezas y los tesoros que se albergan en el fondo. Quiero descubrir los corales blancos y fuertes que esconden peces de colores entre sus extremidades. Quiero descubrir la vida que fluye en la profundidad, valorar cada cosa, extasiarme con la belleza de cada una de las criaturas que viven en el fondo. Quiero encontrar la estrella marina que con sus aspas me indique el camino para encontrarte a ti tal y como hizo la estrella de Belén en el cielo para mostrarnos el camino que nos llevó a Jesús.
Si encuentro seres vivos agresivos me esconderé hasta que pasen, es mejor no enfrentarse con quien no merece la pena luchar. Si encuentro animales dóciles y cercanos me asomaré tímidamente para encontrar en ellos la belleza de la creación que Dios hizo como regalo a nuestras manos, ojos, pies, oídos...
Tengo que aletear deprisa para moverme como un pez, para sentir en el rostro la suavidad y el frescor del agua, para creer de verdad que "es posible nadar, es posible avanzar sin sucumbir".
La diversidad está en el mar, miles de seres y partículas diferentes viven en un mismo hábitat a pesar de ser distintos en tamaño, color, forma de vida, reproducción,... pero... son capaces de convivir y de no romper la armonía de la creación.
Para bucear hay que entrenar, no basta con lanzarse temerariamente, creyendo que podemos llegar al fondo sin esfuerzo ni pericia. Para bucear, nadie mejor que Dios guiando nuestro nado hacia el fondo marino, hacia el fondo de nosotros mismos. A veces necesitaremos amigos, compañeros de viaje, que nos ayuden a alcanzarlo, que nos envíen oxígeno cuando nuestra bombona se vaya agotando, otras veces nos tocará bucear solos pero sabiendo que Dios y nuestros amigos están arriba, en la barca, atentos al movimiento del agua y deseando vernos emerger con una sonrisa en los labios.
Cuando llegues a la orilla ponte de pie y mira de frente al mar. No temas su grandeza, admira su color, su sonido, siente la brisa en tu piel... es Dios que te habla y te susurra al oído: "Hijo mío, que estás en la tierra, se fuerte, que tu valentía te impulse a lanzarte hacia tu interior para encontrar lo grande y maravilloso que eres. No te dejes vencer por el desánimo y la incomprensión. Nada hijo mío, nada siempre para no hundirte y para decirle al mundo que sabes, que puedes y que quieres seguir nadando todos los días. Ayuda a tus hermanos en sus brazadas, que no sucumban. Todos son importantes porque a todos os he creado para ser felices. Hijo mío, si te paralizas te hundirás... si mueves brazos y pies resistirás, si confías en mí te deslizarás como una criatura más del mar que conoce el fondo, porque -conoce su fondo-... y si ayudas a otros en su trayectoria Yo, tu Dios, seré inmensamente más feliz".
|
¿QUIÉN CREÓ LAS FRONTERAS?
ENCARNA GONZÁLEZ-CAMPOS, Agustina Misionera; encarweb@yahoo.es
VALLADOLID
ECLESALIA, 12/05/06.- Busco una tierra que no tenga fronteras, donde podamos vivir los hermanos sin distinción de raza o color. Donde el pan, el trabajo, la “vida digna” sea igual para todos. Donde no prime el dinero y el bienestar por encima del ser humano.
Mi pueblo tiene recursos pero no nos beneficiamos de ellos, mi familia pasa necesidades que los del Norte no pueden entender porque nunca las han pasado.
Unas lonas por tejado y unos palos por paredes son todos mis bienes, la herencia de mis hijos... ¿he dicho herencia?...
Ni tuve herencia de mis padres ni dejaré herencia para mis hijos, la única herencia que tengo es mi propia vida, mis palabras, mi lucha constante por sacar adelante a mis hijos, el dolor continuo al sentir desde dentro la impotencia en la que me veo esclavizado.
¿Cuál es la tierra prometida? No sé dónde está esa tierra, pero sí sé que la que estoy pisando no lo es porque la tierra que me ha visto crecer a base de esfuerzo y sufrimiento es la que hoy me invita a abandonar, a buscar otras tierras…
Maderos, lonetas, unos cuantos víveres y mi piel como única hipoteca me esperan en la orilla en busca de un mundo mejor que me ayude a encontrarme en lo más profundo de mí mismo para proyectarme y desarrollar aquello para lo que más cualificado estoy.
Me han hablado de un archipiélago canario en el que es posible vivir dignamente, donde el trabajo no falta porque si allí hay escasez en la península no falta trabajo para nadie.
¡Es mi oportunidad! ¡La oportunidad de mi familia!
Me lanzo en la oscuridad de la noche animado por un conocido al que he pagado lo poco que tenía para comer pero ¡el bien será mayor! Me acompañan 300 hermanos para los que el riesgo del mar está por encima de lo que vamos a alcanzar y… en caso de no alcanzarlo “poco tenemos que perder pues la vida ya la hemos dado”.
Frío, soledad, miedo, incertidumbre, hambre, sed y nerviosismo se van apoderando de mí. Pasa una noche, y otra, y otra… nuestras fuerzas desfallecen… Deseo ver ese trozo de tierra que me indique que ya estoy en mi destino… pero ¡tarda tanto en llegar!
Las penurias del trayecto suponen para mí el primer aviso de engaño, y la parada ante la costa esperando un nuevo anochecer hacer sospechar en mí lo que ya casi era certeza: “Mi tierra prometida está ahí pero ¿me dejarán pisarla?”
No tengo fuerza para nada, mis músculos no responden, mi visión falla… Entre sombras me parece vislumbrar un grupo de policías que nos sacan de la patera, voluntarios de Cruz Roja que nos abrigan con mantas.
Me tumbo, de nuevo me incorporo para arrodillarme con las pocas fuerzas que me quedan implorando clemencia, misericordia, piedad, compasión…
Pero ¡la ley es la ley! y me he convertido en un ilegal sin papeles. No conozco a nadie en este país, no sé dónde ir, ¿a dónde acudir?... Me hablan en un idioma que no entiendo pero por los gestos sé que lo que me dicen es que me van a “repatriar”…
No me queda esperanza, ni siquiera sé si volveré a ver a mis hijos con vida. Pasados pocos días… de nuevo regreso a “mi patria”.
La que escribe este artículo cree que jamás conocerá lo que siente un ser humano cuando sube a una patera con la esperanza de un mundo mejor. En su vida todo esto queda lejos de su realidad pero se pregunta: ¿cuál es mi patria? ¿Quién creó las fronteras que dividen a los hombres y mujeres de todos los tiempos? (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).
|
|
MIRET MAGDALENA: “LA RELIGIÓN QUE SE ENSEÑA ES TAN ABURRIDA QUE REPELE A LOS QUE QUIEREN SER CREYENTES”
El País
Juan G. Bedoya entrevista a Enrique Miret Magdalena, teólogo laico. Enrique Miret Magdalena acaba de publicar Creer o no creer. Hacia una sociedad laica, editado por Aguilar, y prepara otro libro para finales de este mes, aún sin título cierto, sobre el impacto de la ciencia en la sociedad, la vida y la religión. Tiene 93 años, cumplidos el pasado 12 de enero, y últimamente sale a libro por año, a veces dos, casi siempre en la lista de los más vendidos.
Un asombroso ritmo para este teólogo laico que fue imaginativo empresario en sus años mozos -incluso presidente de la Confederación de la Pequeña y Mediana Empresa, Copyme-; director general de Protección de Menores con Felipe González, allá por el año 83 del siglo pasado, y presidente de la Asociación de Teólogos Juan XXIII. Hace unas semanas vivió el susto de una isquemia que le tuvo horas ingresado en la UVI del hospital Clínico de Madrid. Ya está recuperado del todo, en pleno trabajo, requerido con frecuencia para opinar o dar conferencias, con apenas tiempo para mirar al pasado.
Ha acumulado 35.000 libros -sus joyas: la colección de 1.500 catecismos en todos los idiomas, incluido uno de la China de Mao-, y esta mañana, sumido en nostalgias por culpa de la entrevista, señala, además, su foto preferida, entre las muchas que le acompañan en la habitación de trabajo. Aparece a los 14 años junto a lo más granado de la muchachada del Liceo Francés: hijos de Gregorio Marañón, de Ortega y Gasset, de Pérez de Ayala, de López Roberts… Este último les financió un periódico titulado Juventud y, para celebrar el primer número de aquellos animosos infantes dirigidos por un Miret que iba a ser pluma famosa en tantos otros periódicos y revistas -Informaciones, Cuadernos para el Diálogo, Triunfo, EL PAÍS…-, los llevó a comer al restaurante Botín, foto incluida, la que ahora enseña con orgullo. Todos famosos, o hijos de famosos; todos muertos, menos él.
Pregunta. Uno de sus libros se titula Cómo ser mayor sin hacerse viejo. ¿Cómo es un día en la vida de Miret Magdalena?
Respuesta. Me levanto y me pongo a hacer Hatha Yoga, eligiendo las posturas que mejor me van. Luego hago una meditación Zen, para relajarme y no dejarme influir por las impresiones preocupantes cuyo recuerdo nos atenaza. Después, un desayuno sencillo y lectura de la prensa por Internet. Hecho lo cual escribo en el ordenador parte de un libro, o un artículo, o preparo una conferencia. Como con mi mujer y alguno de mis siete hijos, intercambiando opiniones. Aprovecho la tarde para alguna gestión, y termino cenando alguna verdura, y viendo algún programa televisivo interesante. A las doce me acuesto. Una vez al mes voy al médico para auscultarme, medir la tensión, el funcionamiento del corazón y los pulmones.
P. ¿Cómo se ve la vida a partir de los 90 años?
R. Miro al futuro, el pasado ya pasó. Lo que tenemos que hacer es crear un mundo mejor, sin lamentarse de lo que pasó. Los recuerdos sólo me sirven para no repetir el mal hecho, no quiero perder el tiempo en repetir lo que ya pasó, sin fijarme en el futuro que está en mi mano.
P. ¿Se piensa en la muerte más que en otra época de la vida? ¿Cómo se la imagina?
R. Sólo cuando va uno haciéndose mayor se piensa en la muerte. Todos nos preguntamos entonces: ¿habrá otra vida después de morir? Como cristiano que soy, creo en la Resurrección, me la figuro no como una separación de alma y cuerpo, sino como una apertura a vivir en contacto con el cosmos, disfrutando de todo lo positivo que hay en él.
P. ¿No es un tópico decir que la sociedad da la espalda a los ancianos?
R. No es un tópico, sino una triste realidad, aunque aumentan las atenciones de los ancianos y cada vez se aprecia más el conocimiento de su experiencia en el trabajo y en la vida.
P. Usted es un superviviente de cuando escribir era llorar, tiempos de censura y constantes persecuciones.
R. Aprendí a escribir cuando estaba la censura franquista. Usaba citas respetables de autores de primera categoría, que no se atrevían a suprimir, porque eran los antiguos escritores cristianos llamados Santos Padres, o los autores del Siglo de Oro como el creador del Derecho de Gentes, padre Vitoria. Así arropado pude escribir cosas que de otro modo estaban prohibidas.
P. Hoy se habla mucho, muy ligeramente, de la memoria, de la memoria histórica dicen algunos de mala manera. ¿Cómo es su memoria, más allá de lo que ya escribió en sus memorias?
R. Escribí muy a gusto Luces y sombras de una larga vida, pero hablar de lo presente es difícil. Hay riesgo de caer en el enfrentamiento de todos contra todos que hoy existen. Prefiero escribir libros de pensamiento abierto, sin referirme a los políticos del momento.
P. ¿Habrá un nuevo libro de memorias?
R. Mi familia y amigos me lo piden, paro estoy remiso en hacerlo; no querría ofender a nadie del presente, sino sólo decir mi pensamiento sin hablar bien ni mal de nadie actual.
P. Este Creer o no creer es una colección de artículos suyos publicados en varios medios de comunicación, muchos en EL PAÍS, algunos de hace ya 30 años. ¿Por qué el título?
R. Creer o no creer fue el título de uno de mis artículos de EL PAÍS. Significa que estoy siempre a medio camino entre creer y no creer, pues algo creo, pero no todo lo que se dice o me dicen. Somos seres limitados y resultamos nada más que buscadores de la verdad, pero no plenos poseedores de ella, sea en religión o en otras materias.
P. Suele decirse que ahora hay libertad, pero pocas guías, pocos intelectuales en que creer o a quienes seguir. ¿Por qué la incredulidad?
R. Los intelectuales, religiosos o no, han casi desaparecido, porque la educación recibida por los jóvenes no enseña a pensar. Por eso hay una carencia de pensamiento, sobre todo en la juventud. El defecto está en que los intelectuales que debían hacernos pensar han desaparecido casi por completo.
P. ¿Por qué tantos que dicen ser creyentes obedecen cada día menos las normas que quieren imponer las jerarquías?
R. La religión que se enseña, o se intenta que practiquen los cristianos, es tan aburrida e infantil que repele a la mayoría de los que quieren ser creyentes.
P. Usted es un teólogo católico, además laico. Y es, además, lo que suele llamarse un teólogo progresista. ¿Cómo ve a la Iglesia católica en España?
R. La veo en total decadencia. Cada vez hay menos católicos. La Iglesia tendría que modernizarse, pero nunca a base de cánticos horteras en la misa y homilías que no saben poner el pie en la tierra. Se necesitan, no más curas, sino mejores curas, que escuchen a los católicos que piensan y quieren ser mayores de edad en la Iglesia, como pidió el Concilio Vaticano II.
|
|
Venezuela: La revolución silenciada*
Ernesto Cardenal *
Adital - En las calles de Caracas las paredes todavía estaban llenas de pintas del pasado referéndum, muchas diciendo vota no (que Chávez no se vaya) y otras vota sí (que se vaya), y muchas diciendo simplemente no, o sí, en letras de todo tamaño. Especialmente me gustó una que decía: "Di no al yes"Me llamó mucho la atención una que decía: "Bolívar vive, la lucha sigue", porque me recordó una pinta que había sido muy frecuente en la revolución de Nicaragua, y que era: "Sandino vive, la lucha sigue". Sandino había sido asesinado cincuenta años antes y había quedado sepultado en la memoria del pueblo, pero con la revolución sandinista había resucitado y era el que encabezaba la lucha. También aquí Bolívar fue sacado de los libros de historia y fue puesto en la calle y echado a andar. Me pareció que ahora había más pintas a favor de Chávez y menos en contra que como lo vi seis meses antes cuando estuve en un festival mundial de poesía.
Esta vez había llegado invitado al Congreso de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad, y a los trescientos cincuenta asistentes nos dividieron en numerosos grupos enviados a ver las obras de la revolución por toda Venezuela, hasta en el Orinoco. A mí me tocó visitar los "Cerros" de Caracas, que son los que en otras partes llaman favelas o chabolas o villas miseria, y que están en los cerros altos dominando toda la ciudad, y son los que inspiraron la famosa canción "Las casas de cartón", del venezolano Alí Primera. Yo siempre los había visto de lejos cuando visitaba Caracas, y una vez escribí sobre ellos: "Aquellas luces sobre Caracas sobre los rascacielos los cerros como un cielo estrellado: son las lucecitas tristes de los pobres. Su cordón de miseria allí en el cielo. En otras partes están ocultos, aquí no. Se ven desde dondequiera, y en pleno cielo".
En nuestro grupo hubo un profesor universitario que, aunque vive en Caracas, nos dijo después que nunca antes había estado en los cerros y que había ido con algo de temor. La pobreza que vimos es la que habrá en todo lugar donde hay barrios pobres aunque uno no los ve. Pero aquí nos encontramos con una gran sorpresa. Muy, muy adentro de ese barrio de un millón de habitantes, que es uno de los varios municipios pobres de Caracas, había un modernísimo hospital como sólo podría ser un hospital para ricos, pero era gratis para todos, y una dentistería y una óptica. Cerca una farmacia con las medicinas rebajadas el 85% de su precio. (Las recetadas en el hospital eran gratis). Más allá había una fábrica de calzado y otra fábrica textil, manejadas por cooperativas y construidas para dar trabajo a los desempleados. Vimos una calle con dos o tres cuadras de murales a uno y otro lado, de bella pintura popular realizada por los pobladores. En el Centro Comunal pedí ir al baño y encontré unos servicios sanitarios refulgentes y lujosos, mejores que los del hotel Caracas Hilton donde estábamos hospedados. Supimos que allí daban alimentación gratis a noventa mil personas, y que ese programa había en toda Venezuela. Visitamos una Casa de Alimentación, que era casa particular donde una señora preparaba diariamente comida para unas doscientas personas. Vimos un Mercado Popular, donde los precios están rebajados el 40%, y de esos hay en toda Venezuela, y también hay Mercaditos y otros que llaman Mega-mercados. Supimos que ocho millones de personas son beneficiados por esos alimentos rebajados o gratis, dependiendo del grado de pobreza, y que son más de medio millón los que son atendidos por los Comedores Populares. Y ahora el pueblo podía comer carne y pollo todos los días, me dijeron en los cerros. Todo esto de la alimentación es parte del programa de salud, que allí llaman de "Salud Integral": salud relacionada con educación, deporte, cultura y alimentación. Y en Venezuela el derecho a la salud es considerado como parte del derecho a la vida.
En Venezuela hay cerca de veinticinco millones de habitantes, y de esos, diecisiete millones estaban excluidos de los servicios de salud. Ahora el 85% de la población tiene cobertura de salud pública. El otro 15% acude al sistema privado. Ahora se han descongestionado los servicios de emergencia. Anteriormente la gente ya no iba a los consultorios a atenderse, por el descuido que los otros gobiernos tenían de la salud. Ahora en los barrios pobres, selvas, llanos y montañas hay servicios médicos para todos los que estaban excluidos, con modernos centros de diagnóstico con rayos X y electrocardiogramas y endoscopias y ultrasonido, todo gratis para todos. Hay veinte mil médicos para los pobres, casi todos cubanos, que atienden un promedio de doscientas cincuenta familias cada uno. Estos son alojados por la comunidad y viven en las mismas condiciones que la demás gente. Los médicos venezolanos no fueron formados para esto, y por eso hay pocos venezolanos entre ellos. Y esta es la diferencia entre que haya una revolución o no. En los cerros de Caracas donde estuvimos, los médicos cubanos se alojaban en casas del barrio, y una mujer que hospedaba a uno de ellos me dijo: "A mí me pagan un estipendio por su manutención, pero aunque no fuera así lo haría por el sacrificio que hacen por nosotros". Esos médicos atendían por la mañana en su clínica, y por la tarde visitaban a los pacientes en sus casas. Y no puedo olvidar a una médica cubana que irradiaba tanto amor para todos que parecía una Madre Teresa joven. Se estaban terminando de alfabetizar el millón y medio de analfabetas que había en Venezuela. Antes cualquier tipo de educación había estado fuera del alcance de los pobres, pero ahora trece millones de venezolanos estaban estudiando. Se dan clases hasta en los últimos rincones de Venezuela, y hasta a los indios de la selva, a los que se les enseña en sus lenguas y en textos impresos para ellos. También están las Escuelas Bolivarianas para los pobres en las que no se paga ni matrícula siquiera, y hay desayuno, almuerzo y merienda en la mañana y en la tarde, y de estas hay más de mil en Venezuela. Estas escuelas tienen también deportes, computadoras, Internet, psicólogos, atención médica, y lógicamente en ellas hay poca deserción. Muchas familias de clase media y media baja empiezan a retirar a sus hijos de colegios privados, me dicen, porque estas son mejores y además no cuestan nada.
Las universidades eran gratis pero con un filtro por el cual los pobres no eran admitidos, y los jóvenes están prefiriendo la Universidad Bolivariana en vez de las estatales o privadas. Esta Universidad es una, pero tiene siete sedes. Existen también en los municipios unos "Núcleos Universitarios" para los que no pueden asistir a las sedes, y esto ha sido llamado "municipalización de la Universidad". Cuba contribuye también a la educación con asesores y con videos y folletos. También fue una sorpresa para mí ver una colección de libritos de bolsillo de los que se publican un millón de ejemplares cada uno y son dados gratis a la población. Hay veinte títulos publicados. También supe que estaban por abrirse seis mil Infocentros de Internet y computadoras gratis para el pueblo. Cuento todo esto porque sé que se desconoce en el extranjero. El programa deportivo tiene varios miles de Profesores Deportivos Comunitarios. Ahora son comunes en los barrios las actividades que antes eran exclusivas de una minoría que podía pagar un lujoso gimnasio. Hay educación física y deporte en las escuelas, y también gimnasia básica para la mujer, gimnasia musical aeróbica y baile-terapia, actividades físicas para los obesos, para hipertensos, para embarazadas, y también para los del Club de Abuelos (los de la tercera edad).
Nos decían que en esos cerros los vecinos no se conocían, ni se saludaban siquiera, y ahora tienen un gran espíritu comunitario. La adquisición de títulos de propiedad la estaban haciendo comunitariamente, porque era impensable que a uno solo le hicieran el levantamiento catastral y los demás trámites para adquirir un título cuando eran millones los que estaban sin título. Todos esos cerros estaban ilegales y nadie había tenido nunca esperanza de adquirir un título. Allí hay un transporte de taxis locales que es de jeeps, porque sólo los jeeps pueden recorrer ese laberinto de calles estrechas en lomas empinadas. Estos transportistas hacen el servicio gratis cuando es necesario, por ejemplo casos de emergencia. Y ellos contribuyeron al rescate de Chávez cuando todos bajaron de los cerros. "Bajaron de los cerros bravos" se dice, y liberaron al presidente. Al mismo tiempo que se desbordaba toda Venezuela.
Había que ver el brillo de los ojos de muchachos y muchachas cuando hablaban de sus proyectos comunitarios; y también los de los hombres y mujeres de edad madura y de los viejos. Existen Círculos Bolivarianos para organizarse en cualquier clase de tarea comunitaria, como responder a las necesidades del barrio, formar una cooperativa, obtener un préstamo. Basta llamar a un teléfono para que uno de estos Círculos quede constituido. Y los hay por toda Venezuela. Hay quienes critican esto como exceso de espontaneísmo, pero es una manera de contrarrestar la inmovilidad burocrática del Estado. Se está creando un estado paralelo. Uno oye hablar muy mal del gobierno; de los ministerios que hacen muy poco. El gobierno está lleno de burócratas de administraciones pasadas, y según las actuales leyes no pueden ser removidos. Entonces la revolución se está haciendo aparte, por cauces populares. Y lo que Chávez quiere es la plena participación popular. Hay quienes ven a la revolución como un estado dentro del Estado, y es porque dadas las circunstancias de Venezuela no podía ser de otro modo. Existen las llamadas "becas", que son de cien dólares al mes, una cantidad cercana al salario mínimo, y de estas hay cuatrocientos mil en toda Venezuela. Todos los pobres que trabajan en proyectos comunitarios tienen esa beca, y todos los pobres que enseñan o estudian o están teniendo alguna capacitación. Pregunté quién pagaba eso y me dijeron que el petróleo. Es una socialización de la renta petrolera. Estudiar ahora es una forma de empleo, y se les paga por aprender. Los ministerios que inciden en los programas sociales contribuyen, pero con trabas burocráticas. La mayor parte del trabajo lo hace el mismo pueblo con infinitas organizaciones.
En realidad Chávez "nacionalizó" el petróleo. Me dijo una mujer: "El petróleo ya es de los venezolanos. Nadábamos en petróleo, y no sabíamos nada del precio, la producción, y en qué se utilizaba todo eso. Ahora sabemos cómo amaneció el precio del barril de petróleo". Chávez es el único presidente, dicen ellos, que ha estado con los pobres. Y otra mujer me dijo: "Amor con amor se paga, por eso lo queremos tanto". Fue en dos ocasiones que estuve en esos cerros, en dos lugares distintos.
El ejército de Venezuela tiene una particularidad especial y es que es el ejército de Bolívar, y se llama Ejército Libertador. Es un ejército marcado por Simón Bolívar, y los militares de todo rango siempre han sabido que para Bolívar la democracia era un sistema para dar la máxima felicidad al pueblo. También hay la particularidad de que ese ejército nunca ha pasado por la Escuela de las Américas. La formación la han tenido en Venezuela, y ha sido una formación humanista. Han estudiado ciencias políticas, se han graduado en universidades y allí se han relacionado con universitarios. La revolución de Chávez no es una revolución improvisada, y no es sólo de él, sino que es una revolución que se ha venido gestando desde hace años en los cuarteles. Estos militares estudiaban a Marx y a muchos otros autores, entre ellos a Mao Tse Tung. Allí tomaron conciencia de darle felicidad al pueblo, y que un ejército debía ser agente de cambio social. Los de la promoción de Chávez se graduaron y pasaron a ser instructores de nuevos oficiales. Enviados a enfrentar las guerrillas se encontraron más que con los guerrilleros, que ya eran pocos, con la pobreza de la población. Ellos mismos eran pobres, como Chávez que había sido un niño descalzo que vendía dulces en las calles. A diferencia de otros ejércitos latinoamericanos el de Venezuela nunca fue una casta, y de este ejército del pueblo pobre hermanado después con los ex-guerrilleros es que nació la revolución bolivariana. En Venezuela uno oye a cada momento la palabra "bolivariano". Pero no es una palabra hueca, como había sido en los discursos oficiales de los otros gobiernos. Se trata nada menos que de retomar el sueño de Bolívar.
Bolívar soñó en la unificación de los pueblos de América Latina y emprendió una cruzada para lograrlo. Fue el primer hombre en nuestro continente que se dio cuenta del peligro que Estados Unidos significaba para nosotros. Sin un gobierno Americano unificado, decía, nuestros pueblos se verían envueltos en guerras civiles, y a merced de bandidos; que es lo que ha acontecido. Chávez ha retomado el sueño de Bolívar. Lo que él pretende no es sólo venerar una figura que todos sus predecesores han venerado sino continuar con la obra histórica y política que no completó, y hacer que el Libertador no sea sólo un mito sino una realidad actual. Chávez luchó arduamente en la Asamblea Nacional, ante una fuerte oposición, hasta lograr cambiarle el nombre al país haciendo que se llamara República Bolivariana. No fue un capricho ni una extravagancia como se ha publicitado, ni mucho menos una banalidad. Ese cambio llevaba una intención oculta, decía en lenguaje cifrado que en Venezuela se reanudaba el sueño de la unificación de América Latina. Ese nombre fue borrado durante las pocas horas del golpe contra Chávez, lo cual es muy revelador. Falló el golpe, y Bolívar sigue siendo un proyecto político y un programa de gobierno.
El Plan Bolívar es un vasto plan de participación del ejército en las obras sociales. Los militares han estado en todas partes limpiando calles, pintando escuelas, reparando clínicas, construyendo viviendas, haciendo parques, poniendo inodoros en las escuelas. El Plan Bolívar ha unido a las Fuerzas Armadas con los pobres. Hay que ver la familiaridad que hay ahora entre los civiles y los uniformados (quienes antes eran obligados a usar balas de plomo para reprimir a los manifestantes). Esta unión de civiles y militares siempre ha sido una meta de Chávez. La oposición ataca a Chávez porque es militar, y por lo que ellos llaman la "militarización" del gobierno. Debe recordarse que la revolución peruana fue de militares, y que el general Torrijos fue militar como también lo fue el coronel Jacobo Arbens de Guatemala; y que tanto el teniente Báez Bone de Nicaragua como el general Seregni de Uruguay procedían de los cuarteles. En realidad la revolución de Venezuela se apoya en dos pilares: el pueblo y el ejército. Una rara característica de la revolución de Venezuela es que es una revolución sin partido. Chávez ha querido crear un partido de gobierno, pero parece que después de los dos grandes partidos que antes se turnaban en el gobierno y que ahora están liquidados, al pueblo ya no le es atractivo ningún partido. También es una revolución que no se define de ninguna manera más que como bolivariana. Es una revolución "sin teorías", como nos lo dijo el alcalde de Caracas, un militar que había sido jefe de la contrainsurgencia y fue atraído por los insurgentes y se pasó a la clandestinidad junto con ellos. Es una revolución de elementos heterogéneos, pues hemos visto a Hugo Chávez inaugurar el congreso En Defensa de la Humanidad teniendo a su lado al ministro de Relaciones Exteriores que antes fue un guerrillero en el estado de Falcón.
A Chávez lo acusan de ser un caudillo antidemocrático, aunque no tiene un solo reo político, y no ha cerrado ningún medio de comunicación, de radio, prensa o televisión. Y a pesar de que tiene el récord de haber ganado ocho elecciones y que su gobierno es el único en el mundo en el que el pueblo puede destituir a su gobernante por una ley que él mismo impulsó. Si de alguna manera hay que calificar este gobierno debería ser de constitucional. Chávez está citando siempre la Constitución y mostrándola en una edición miniatura que lleva siempre con él, y el pueblo, que también la lleva consigo hace lo mismo. "Democracia con justicia" es un lema que Chávez mucho repite. Y también insiste que la democracia debe ser representativa: que es la que se ve todos los días en Venezuela; y no la otra que era solo votar por uno de los dos partidos. Se acusa al gobierno de corrupción y es cierto, pero el Ejecutivo ha enviado a los tribunales grandes cantidades de casos para que los investiguen o sancionen, y la Fiscalía y la Contraloría que también son corruptas no lo hacen. Son vicios de una burocracia heredada que no se han podido erradicar.
Según las leyes aún vigentes los burócratas puestos por gobiernos anteriores no pueden ser destituidos aunque sean corruptos o incompetentes. Por eso la revolución va por otros cauces.
Esta revolución está siendo una verdadera alternativa al neoliberalismo. Los micro-créditos están creando una clase nueva de empresarios, y la economía ha crecido el 12%. Venezuela ha tenido unos ingresos parecidos a los de Arabia Saudita, pero el 80% de la población ha sido pobre; por primera vez los ingresos del petróleo son para el pueblo. Chávez no ha firmado nunca ningún acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, y más bien en las cumbres latinoamericanas les ha propuesto a los otros gobiernos crear un Fondo Monetario Latinoamericano para que nuestros países se presten a ellos mismos. No le han hecho ningún caso, y Chávez dice que esas cumbres no sirven para nada. Dice que una vez les dijo a los otros presidentes: "Nosotros de cumbre en cumbre y nuestros pueblos de abismo en abismo". También cuenta que la primera vez que asistió a una cumbre latinoamericana y empezó a pelear con los otros presidentes, Fidel Castro le pasó un papelito: "Antes yo era el único diablo, ahora somos dos".
El mayor aliado que tiene Cuba ahora es Venezuela, y el mayor aliado de Venezuela es Cuba. "Bolívar y Martí son un solo país unido" ha dicho Chávez. Aunque una vez hubo una pugna entre los dos. Todos saben de la afición que tiene Fidel Castro por el béisbol. Y la primera ambición que tuvo Chávez fue ser un pelotero de las grandes ligas y por eso entró al ejército, porque siendo un adolescente pobre no tenía otra manera de figurar en el béisbol, aunque pronto cambió de ambición. Una vez estando Chávez de visita en Cuba se concertó un juego de béisbol entre Venezuela y Cuba, con Chávez de 43 años al frente de su equipo y Fidel de 73 al frente del suyo, y con Chávez como lanzador. Se acordó que una de las reglas del juego sería que todos los jugadores debían ser mayores de 40 años, pero Fidel anunció que abría una sorpresa. Ganó Cuba, pero al final se descubrió que unos jugadores del equipo cubano eran famosos profesionales jóvenes que se habían disfrazado con pelucas y barbas para parecer viejos. Chávez dijo que a él no lo engañaron, pero no se le creyó.
Chávez cuenta que Fidel le dijo que él era cristiano pero en lo social; y agrega que él es cristiano en lo social pero también en lo religioso, aunque un poco menos. Yo les podría decir a los dos lo que dice el P. Mario de Oliveira de Portugal: que a Dios no le interesa la religión, sino la política. (Y en esto no hace sino copiar a los profetas). En cuanto a religión, la jerarquía católica está en contra del proceso revolucionario junto con los empresarios y la oligarquía, y es tan mala como la de Nicaragua o tan peor, para decirlo mejor. Acorde con su extracción popular Chávez mantiene la fe sencilla de las clases humildes venezolanas. Dice que la Constitución es casi sagrada, porque el único libro sagrado es la Biblia. Y mucho cita la Biblia en sus discursos, pero con bastante libertad, como cuando dice que Cristo dijo: "Dad al César lo que es del César, y al pueblo lo que es del pueblo". Lo cual Cristo no dijo pero está en el espíritu de lo que dijo.
Sus discursos son tan largos como los de Fidel, una conferencia de prensa puede ser de dos horas, y su programa dominical "Aló Presidente" puede ser de seis o siete. Cautiva al auditorio como Fidel, aunque su estilo es diferente: muy campechano y jocoso, contando anécdotas y haciendo digresiones con las que no pierde el hilo, cantando y recordando versos, citando a Bolívar y a los otros libertadores, con frecuentes risas tanto de él como del público, con intervenciones que le hacen a gritos desde el público y que él a veces contesta con gran rapidez, y aun a veces entabla diálogo con el que lo ha interrumpido. (Me han dicho que "Aló Presidente" se puede captar por Internet o por radio)
En Chávez hay una sonrisa permanente que vuelve radiante su rostro medio mestizo y medio mulato, con el cual las clases populares deben sentirse muy identificadas. Tiene también una manera muy peculiar de mirar a los ojos, fijamente, como quien mira algo especial. Pero la revolución venezolana no es sólo un líder carismático sino un pueblo detrás. Los enemigos han hecho la caricatura de un carisma que parece cómico, y una popularidad que es totalitarismo. Lo cierto es que en Venezuela para muchísimos se está cambiando la vida. En 1999 Chávez en China ante la tumba de Mao declaró que Venezuela se había levantado como lo había hecho China cincuenta años antes con Mao Tse Tung. Así es, aunque lo ignoran los medios de comunicación tanto de Venezuela como del extranjero.
La revolución cubana ha sido calumniada todo el tiempo, y así lo fue la de Nicaragua. Con la de Venezuela la táctica ha sido silenciarla. Una profesora en España me preguntó cómo era que ella siendo profesora universitaria no sabía de la revolución de Venezuela. Le dije que era por las fuentes de información que ella tenía. Porque nueve transnacionales de la información producían el 90% de la información mundial, y ésta era de acuerdo con sus intereses. Y la revolución de Venezuela no está entre sus intereses. Cuando me preguntaban en aquellos cerros qué se decía en el extranjero de lo que ellos hacen, a mí me dolió decirles que nada. Los revolucionarios venezolanos ignoran que su revolución es ignorada. "La revolución bonita" como le llama Chávez es una revolución silenciada. A pesar de todo Bolívar vive y la lucha sigue. Y estemos seguros que va a seguir, "Dios mediante y mi Comandante Jesucristo" como ha dicho Chávez.
* Publicado en revista Pasos (San José, DEI) 124 (marzo-abril, 2006), Págs. 1-5.
Fuente: http://www.forumdesalternatives.org
|
|
Franz Wieser-lunes 10 de Julio de 2006.
El Papa en Valencia: Una fogata de virutas.
"Quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes". No solamente
en el Fútbol se verifica esta verdad donde caen ídolos como Maradona,
Ronaldiño o Zidone. La misma figura del Papa se está dibujando. En tiempos
pasados los titulares de los periódicos en el Perú hubiesen exhibido en
todos los colores la espectacular escena de la visita del Papa en Valencia
el domingo 9. Hoy, el día siguiente, ni una sola mención en los titulares de
la prensa capitalina. Unos diarios ni reportan en su interior sobre el
acontecimiento que reunía más de un millón y media de católicos.
Que la jerarquía católica se haya retirado de los medios masivas de
comunicación escritas en el país, es comprensible debido a la apatía en el
público con que cuenta el Opus Dei cuyo máximo exponente es el Cardenal
Cipriani. De esta apatía los medios han hecho eco constantemente.
Pero, que esto suceda con esta visita del Papa en Valencia, sorprende. A un
creyente puede entristecer a otro satisfacer. Entristecer por la oportunidad
perdida que prestaría tal visita para profundizar en la Buena Neuva del
Evangelio que tanto le hace falta al mundo de hoy; satisfacer por la infeliz
posición fundamentalista y legalista del Papa, antes Prefecto de la Fe en la
Curia Romana, en asuntos de fe y moral. Muchos se preguntan: ¿Que puede un
Papa eunuco decir sobre la familia, sobre el matrimonio, y sobre las
energías creativas y asociativas de la sexualidad?
De ahí el boicot publicitario del espectáculo que, aparte de generar una
fogata de virutas, más exhibe poder imperial del papado que un testimonio
vivido de la fe.
Para Jesús la preocupación principal era el Reino de Dios. Y, este se no
genera la masa, sino el la fuerza del fermente dentro de la masa en forma
discreta y sin ruido.
Franz Wieser
|
|
DECRETOS DE NAVIDAD… Frei Betto
Religión Digital
Queda decretado que en esta Navidad, en vez de dar regalos, nos haremos presentes junto a los hambrientos, los necesitados y los excluidos
Queda decretado que los niños, en vez de juguetes y pelotas, pedirán bendiciones y gracias, abriendo sus corazones para destinar a los pobres todo lo superfluo que llena los armarios y los cajones. Lo que le sobra a uno es la necesidad de otro, y quien reparte bienes comparte a Dios.
Queda decretado que, al menos un día, desenchufaremos toda la parafernalia electrónica, incluido el teléfono, y, recogidos en soledad, haremos un viaje al interior de nuestro espíritu, allí donde habita Aquel que, distinto de nosotros, da fundamento a nuestra verdadera identidad. Entregados a la meditación, cerraremos los ojos para ver mejor.
Queda decretado que, alejando los pudores, las familias harán al menos un momento de oración, leerán un texto bíblico, agradecerán al Padre de Amor el don de la vida, las alegrías del año que termina e incluso los dolores que exacerban la emoción sin que se pueda entender con la razón. Transitoria, la vida es un río que sabe ir al mar como destino, pero que no conoce cuántos meandros, cascadas y piedras habrá de encontrar en su transcurso.
Queda decretado que arrancaremos la espada de la mano de Herodes y ningún niño será condenado ya al trabajo precoz, violado, golpeado o amenazado. Todos tendrán derecho a la ternura y a la alegría, a la salud y a la escuela, al pan y a la paz, al sueño y a la belleza.
El Niño del pesebre vino para todos, indistintamente, y no se puede rezar el Padrenuestro si el pan no se vuelve nuestro sino que queda como privilegio de una minoría satisfecha.
Queda decretado que las mesas de Navidad estarán cubiertas de afecto y, dispuestos a renacer con el Niño, trataremos de sepultar iras y envidias, amarguras y ambiciones desmedidas, para que nuestro corazón sea acogedor como el pesebre de Belén.
Queda decretado que, al igual que los reyes magos, todos daremos un voto de confianza a la estrella para que ella conduzca este país hacia días mejores. No buscaremos nuestro propio interés sino el de la mayoría, sobre todo de los que, a semejanza de José y María, fueron excluidos de la ciudad y, como una familia sin tierra, obligados a ocupar un pesebre, en el que brilló la esperanza.
NOCHEBUENA 06
|
|
GUSTAVO GUTIÉRREZ MERINO-Padre de la Teología de la liberación.
|
SEGUIMIENTO DE JESÚS Y OPCIÓN POR EL POBRE. Gustavo Gutiérrez, teólogo de la liberación
Proconcil
La Quinta Conferencia del Episcopado Latinoamericano tendrá lugar en Brasil. El tema escogido para dicha asamblea es el seguimiento de Jesús, punto central en el mensaje evangélico, sobre el que hay que volver constantemente, porque hablar de discipulado es hablar de algo dinámico, cambiante en sus opciones y vertientes concretas.
Seguir a Jesús
Ser cristiano es caminar, movido por el Espíritu, tras los pasos de Jesús. Ese seguimiento, la sequela Christi, como se decía tradicionalmente, es la raíz y el sentido último de la opción preferencial por el pobre.
Un sentido global y cotidiano
Esa opción -la expresión es reciente, el contenido es bíblico- es un componente esencial del discipulado. En el núcleo mismo de ella hay una experiencia espiritual del misterio de Dios, que -según decía el maestro Eckhart- es, simultáneamente, el “innombrable” y el “omninombrable”. Hasta ahí es obligado ir para captar el sentido profundo de esa opción por los ausentes y anónimos de la historia. El amor gratuito y exigente de Dios se expresa en el mandato de Jesús: “Ámense como yo los he amado” (Jn 13,34).
Amor universal, del cual nadie está excluido, y, a la vez, prioritario por los últimos de la historia, los oprimidos e insignificantes. Vivir, simultáneamente, la universalidad y la preferencia revela al Dios amor, y hace presente el misterio escondido desde todos los tiempos y desvelado ahora: la proclamación de Jesús como el Cristo, como dice Pablo (cf. Rom. 16,25-26). A ello apunta la opción preferencial por el pobre, a saber
caminar con Jesús, el Mesías.
Puebla recuerda, por eso -de alguna manera lo hizo igualmente Medellín-, que “el servicio a los pobres es la medida privilegiada aunque no excluyente de nuestro seguimiento de Cristo” (n.1146). La vivencia tenida por muchos cristianos, en los diferentes caminos emprendidos en la solidaridad con los marginados e insignificantes de la historia, hizo percibir que, en última instancia, la irrupción del pobre -su nueva presencia en la escena histórica- significa una verdadera irrupción de Dios en nuestras vidas. Es así como la han experimentado, con las alegrías, vacilaciones y requerimientos que ese hecho implica.
Decir esto no quita a la presencia del pobre su carne histórica de sufrimiento, su consistencia humana, social, cultural y su reclamo de justicia; no es una “espiritualización” de corta mirada y olvidadiza de esas dimensiones humanas. Hacer ver, eso sí, lo que está en juego en el compromiso con el prójimo según la Biblia. Justamente, porque valoramos y respetamos la densidad del acontecimiento histórico de la irrupción del pobre, en tanto que tal, estamos en condiciones de hacer de ella una lectura de fe. Vale decir, comprenderla como un signo de los tiempos que debemos escrutar a la luz de la fe para discernir la interpelación del Dios que ha puesto su tienda en medio de nosotros, como dice Juan (1,14). La solidaridad con el pobre es fuente de una espiritualidad, de un caminar colectivo -o comunitario si se quiere- hacia Dios. Ella sucede en una historia que la inhumana situación del pobre muestra en toda su crueldad, pero que permite también descubrir en sus posibilidades y esperanzas.
El seguimiento de Jesús es una respuesta a la cuestión del sentido de la existencia humana. Es una visión global de nuestra vida, pero que incide en lo cotidiano y menudo de ella. El discipulado permite ver nuestras vidas en relación con la voluntad de Dios, y nos plantea metas que se viven, y hacia las que nos encaminamos, a través de lo diario de la relación con el Señor, que implica la relación con otras personas. La espiritualidad se mueve en el terreno de la práctica de la vida cristiana, de la acción de gracias, de la oración y del compromiso histórico, de la solidaridad, especialmente con los más pobres. Contemplación y solidaridad son las dos vertientes de una práctica animada por un sentido global de la existencia que es fuente de esperanza y de alegría.
Reconocer el rostro de Jesús en los rostros de los pobres
El sentido más hondo del compromiso con el pobre es el encuentro con Cristo. Haciéndose eco del pasaje del juicio final en Mateo, Puebla nos invita a reconocer en los rostros de los pobres “los rasgos sufrientes de Cristo, el Señor, que nos cuestiona e interpela” (n.31). Y Santo Domingo afirma que “descubrir en los rostros sufrientes de los pobres el rostro del Señor (cf. Mt 25,31-46) es algo que desafía a los cristianos a una profunda conversión personal y eclesial (n. 178). El texto mateano es, sin duda, capital en la espiritualidad cristiana y, por consiguiente, para comprender el alcance de la opción por el pobre, de allí su carácter central en la reflexión teológica latinoamericana y caribeña. Nos proporciona un elemento fundamental para discernir y encontrar el camino de fidelidad a Jesús.
Monseñor Romero decía en una de sus homilías: “Hay un criterio para saber si Dios está cerca de nosotros o está lejos; todo aquel que se preocupa del hambriento, del desnudo, del pobre, del desaparecido, del torturado, del prisionero, de toda carne que sufre, tiene cerca a Dios” (5/2/1978). El gesto hacia el otro, la aproximación al más desvalido, decide la cercanía o lejanía de Dios, hace comprender el porqué de ese juicio y lo que el término espiritual significa en un contexto evangélico.
En su primera encíclica, acerca del amor como fuente de la vida cristiana, Benedicto XVI se expresa en términos netos acerca de este punto: “El amor se convierte en el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana. Jesús se identifica con los pobres: los hambrientos y sedientos, los forasteros, los desnudos, enfermos o encarcelados”. Así, el “amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios” (Deus caritas est, n. 15). La identificación de Cristo con los pobres lleva de la mano a percibir la unidad fundamental de esos dos amores y plantea exigencias a sus seguidores. Es una afirmación de gran alcance.
La perícopa mateana del juicio final nos habla de seis acciones (el texto las enumera, letánicamente, cuatro veces). Es una invitación a alargar la lista actualizando su mensaje. Dar de comer al hambriento, en el mundo de hoy significa atender directamente al necesitado, pero también comprometerse a suprimir las causas que producen personas hambrientas. El “combate por la justicia”, para emplear la expresión de Pío XI, forma parte de los gestos hacia el pobre que nos hacen encontrar a Jesús. El rechazo a la injusticia, y a la opresión que ella supone, está anclado en la fe en el Dios de la vida. Esa opción ha sido rubricada por la sangre de quienes, como decía Monseñor Romero, han muerto con “el signo martirial”. Ese fue su propio caso, pero lo ha sido también el de numerosos cristianos en un continente que se pretende cristiano. No se puede dejar de lado esta situación martirial en una reflexión sobre la espiritualidad en América Latina.
En forma precisa, el documento Opción preferencial por el pobre de Puebla señala que la solidaridad con el pobre requiere una conversión, seis veces se menciona el asunto en el documento. Es un cambio de mentalidad y de vida, convertirse es una condición, según los evangelios, para acoger el Reino tras las huellas de Jesús. Vale para cada persona, pero incluso para la Iglesia en su conjunto. “Afirmamos -se dice en dicha Conferencia- la necesidad de conversión de toda la Iglesia para una opción preferencial por los pobres, con miras a su liberación integral” (n. 1134). Esto supone afrontar las dificultades abiertas y solapadas, la hostilidad y las incomprensiones que forman parte, junto con la vivencia de las paz del Señor, de las alegrías y las cercanías personales, del camino del discípulo, como lo señalan los evangelios. No todos los han entendido de este modo, de ahí intentos de olvidar o, más sutilmente, de orillar esta demanda. Es cierto que no es fácil asumir lo que Bonhoeffer llama el costo del discipulado. Muchos en la Iglesia de América Latina y el Caribe lo saben bien, y los que llegaron hasta la entrega de sus vidas son testigos privilegiados de ello, pero lo son, también, de la esperanza que viene del seguimiento de Jesús. La Quinta Conferencia, al escoger su tema, nos pone en ruta para retomar y ahondar lo que significa ser discípulo de Cristo en el momento presente.
La opción por el pobre es parte capital de una espiritualidad que se niega a ser una especie de oasis, y menos todavía una escapatoria o un refugio en horas difíciles. Al mismo tiempo, se trata de un caminar con Jesús que, sin despegar de la realidad y sin alejarse de las trochas que recorren los pobres, ayude a mantener viva la confianza en el Señor y a conservar la serenidad cuando la tempestad arrecia.
Una Hermenéutica de la Esperanza
El seguimiento de Jesús está signado por la opción preferencial por el pobre, también lo está la inteligencia de la fe que se elabora desde esas vivencias y urgencias. Esta es la segunda dimensión de la opción por el pobre que queremos subrayar.
Teología e historia
La fe es una gracia, la teología es una inteligencia de ese don. Es un lenguaje que intenta decir una palabra sobre esa realidad misteriosa e inefable que los creyentes llamamos Dios. Es un Logos sobre Theos.
Pensar en la fe es algo que surge naturalmente en el creyente, esfuerzo motivado por la voluntad de hacer más honda y auténtica la vida de la fe. La fe es una fuente última de la reflexión teológica, ella le da su especificad y delimita su territorio. Su propósito es -debe ser- contribuir a hacer presente el evangelio en la historia humana a través del testimonio de los cristianos. Una teología que no se nutra del caminar en el que Jesús nos precede, pierde su horizonte. Eso fue lo que entendieron muy bien los llamados Padres de la Iglesia, para quienes toda teología era una teología espiritual.
Por otro lado, no es una obra simplemente individual, tanto la fe como la reflexión acerca de ella se viven en comunidad. El que lleva adelante la inteligencia de la fe es finalmente un sujeto colectivo: la comunidad cristiana; es decir que, de un modo u otro, todos los miembros de la Iglesia participan en ella. Esto hace del discurso sobre la fe una labor que está en relación con el anuncio del Evangelio, cometido que da su razón de ser a esa comunidad. El sujeto de esa reflexión no es el teólogo aislado de su
comunidad.
Todo discurso sobre la fe nace en un lugar y en un momento preciso buscando responder a situaciones e interrogantes históricas en que los cristianos viven y proclaman el Evangelio. Es una tarea permanente, en tanto esfuerzo de comprensión exigido por el don de la fe, y simultáneamente, cambiante en la medida en que responde a interpelaciones concretas y a un mundo cultural dado. Esto explica el surgimiento de nuevas teologías en la historia del cristianismo, la fe es vivida, pensada y propuesta de modos distintos según las diversas condiciones históricas y los retos que se desprenden de ellas para la vida cristiana.
De allí que, rigurosamente hablando, decir que una teología es contextual resulta tautológico; de una manera u otra, toda teología lo es. También la que se elabora en Europa, por cierto; aunque no faltan todavía quienes se resistan a admitirlo. Es probable que esa inexacta y reductora expresión venga de que, por largo tiempo, en las iglesias cristianas, ha dominado una teología distante, cuando no ajena, a la conciencia histórica. No hay unas teologías contextuales y otras que no lo son, la diferencia está, más bien, en que unas toman en serio su contexto y reconocen esa situación y otras no lo hacen.
El reto de la Pobreza
Postular, como lo hace la teología de la liberación -y otras reflexiones sobre el mensaje cristiano que parten del universo de la insignificancia social-, que el discurso sobre la fe significa reconocer y, en cierto modo, acentuar su relación con la historia humana y con la vida cotidiana de las personas -estar alertas a la interpelación de la pobreza- supone un cambio importante en el quehacer teológico. En efecto, por largo tiempo hemos visto
la pobreza como alojada en el casillero de las cuestiones sociales. Hoy la percepción que tenemos de ella es más honda y compleja. Su carácter inhumano y antievangélico, como dicen Medellín y Puebla, su condición, en última instancia, de muerte temprana e injusta, hacen aparecer con toda nitidez que la pobreza desborda el ámbito socio-económico y se convierte en un problema humano global y, por consiguiente, en un desafío a la vivencia y al anuncio del Evangelio. Es una cuestión teológica. La opción por el pobre toma conciencia de ello y proporciona una vía para considerar el asunto.
Como todo desafío a la fe, la condición del pobre pregunta y cuestiona y, al mismo tiempo, suministra elementos y categorías que permiten emprender nuevos itinerarios en el entendimiento y profundización del mensaje cristiano. Es capital tener presente el anverso y el reverso de toda interpelación. El trabajo teológico consiste en mirar cara a cara los retos, por radicales que puedan ser, reconocer los signos de los tiempos que los albergan y discernir en ellos, a la luz de la fe, el nuevo campo de interpelación de la fe que se presenta para pensar la fe y para un hablar de Dios dicente a las personas de nuestra época.
En esa perspectiva, la opción preferencial por el pobre juega un papel importante en la reflexión teológica. La teología es la fe en búsqueda de inteligencia, según reza la fórmula clásica: fides quaerens intellectum, que Jon Sobrino nos invita a entender como una inteligencia del amor por los pobres (intellectus amoris) en la historia. Dado que la fe “opera por la caridad” (Gal 5,6), según la sentencia de Pablo, es una reflexión que intenta acompañar la andadura de un pueblo en sus sufrimientos y alegrías, en sus compromisos, frustraciones y esperanzas; así como en su toma de conciencia del universo social en que vive y en su determinación por conocer mejor su propia tradición cultural. Un lenguaje teológico que no tenga en cuenta el sufrimiento injusto y que no proclame en voz alta el derecho de todos y cada uno a ser felices no adquiere espesor y traiciona al Dios de quien se quiere hablar, el Dios de las bienaventuranzas, precisamente.
En última instancia, la teología, toda teología, es una hermenéutica de la esperanza, es la inteligencia de los motivos que tenemos para esperar. La esperanza es, en primer lugar, un don de Dios, Jeremías lo recuerda, transmitiendo el mensaje del Señor: “Yo conozco mis designios sobre ustedes: designios de bienestar -hebreo: shalom- y no de desgracia, de darles un porvenir y una esperanza” (29,11). Acoger ese don abre al futuro y
a la confianza al seguidor de Jesús. Ver el trabajo teológico como una comprensión de la esperanza se hace más exigente cuando se parte de la situación del pobre y la solidaridad con él. No es una esperanza fácil, pero por frágil que pueda parecer es capaz de echar raíces en el mundo de la insignificancia social, en el mundo del pobre; y de encenderse, aun en medio de situaciones difíciles, y de mantenerse viva y creativa.
Sin embargo, esperar no es aguardar, debe llevarnos al empeño de forjar activamente razones de esperanza. Precisemos que es una vivencia que no se confunde, estrictamente hablando, con una utopía histórica o un proyecto social, pero los supone y los genera, en la medida en que ellos expresen la voluntad de construir una sociedad justa y fraterna.
Una Palabra Profética
La opción preferencial por el pobre es, también, por cierto, un componente esencial del anuncio profético del Evangelio, que incluye el nexo entre el amor gratuito de Dios y la justicia. Parte importante de ello es la búsqueda de que los excluidos sean agentes de su destino.
Evangelización y lucha por la Justicia
Es imposible entrar en el mundo del pobre que vive una situación inhumana y de exclusión y no percibir que el anuncio de la buena nueva es un mensaje que libera y humaniza y, por eso mismo, portador de un reclamo de justicia. Tema nuclear en la tradición profética del Primer Testamento y que reencontramos plantado en medio del sermón de la montaña, como un mandato que lo resume y da su sentido ala vida del creyente: “Busquen el reino de Dios y su justicia” (Mt 6,33).
El corazón del mensaje de Jesús es el anuncio del amor de Dios que se expresa en la proclamación de su reinado. Reino que transporta el sentido de la historia humana más allá de ella misma, a su pleno cumplimiento; y, al mismo tiempo, está presente en ella desde ahora. De su “cercanía” nos hablan, precisamente, los evangelios. Esa doble dimensión, a la que apuntan las parábolas sobre el reino, se expresa en la fórmula clásica del “ya, pero todavía no”. Ya presente, pero todavía no plenamente. Por eso mismo, el reinado de Dios se manifiesta como un don, una gracia y, simultáneamente, como una tarea, una responsabilidad.
En el marco de la relación, por momentos tensa, pero siempre fecunda, entre don gratuito y compromiso histórico, se sitúa la vida del discípulo de Jesús; y, por consiguiente, el hablar sobre el Dios del reino, que acogemos en la fe. El pasaje de las bienaventuranzas de Mateo contiene la promesa del reino para todos aquellos que, al aceptar en su vida cotidiana el don gratuito que les es ofrecido, se convierten en sus discípulos. El reinado es considerado, en los evangelios, de manera multiforme, con expresiones e imágenes de una gran riqueza bíblica: la tierra, la consolación, la saciedad, la misericordia, la visión de Dios, la filiación divina. La nota dominante de esos vocablos es la vida, la vida en todos sus aspectos. Por su parte, la condición de discípulo está indicada fundamentalmente en la primera y capital bienaventuranza: pobres de espíritu, las otras presentan variaciones y matices de ella. Los discípulos son aquellos que hacen suya la promesa del reino poniendo sus vidas en manos de Dios, el reconocimiento del don del reino los hace libres frente a cualquier otro bien. Y los dispone para la misión evangelizadora, a la cual está ligada, según el consejo que recibió Pablo en Jerusalén, el “acordarse de los pobres” (Gal 2,10).
¿Cuál es la ubicación de la construcción de un mundo justo en la proclamación del reino? Si se considera retrospectivamente el recorrido que esa relación ha tenido en teología y en el magisterio de la Iglesia, en las últimas décadas, se puede comprobar una evolución interesante hacia una concepción cada vez más unitaria, unidad compleja, sin confusiones fáciles.
Hacia la mitad del siglo anterior, Y. Congar reconocía dos misiones de la Iglesia: anunciar el Evangelio y, derivada de ella, la animación (en el sentido cabal de dar alma) de lo temporal. Era un paso adelante respecto de teologías que postulaban que evangelización y promoción social iban, se podría decir, por cuerdas separadas. La posición de Congar tuvo una vigencia muy grande y se encuentra, asimismo, en varios documentos del Vaticano II.
Pero diversos factores apuraron la definición del alcance de la evangelización para la historia humana y la convivencia social. En el tiempo que siguió al Concilio, diferentes reflexiones teológicas insistieron en la necesaria presencia del mensaje cristiano en la esfera pública y en considerar la relevancia del anuncio de la fe desde el reverso de la historia, desde el mundo de injusticia e insignificancia social en que viven los pobres. Como es natural, estas preocupaciones y perspectivas se reflejaron en diversos textos del magisterio eclesial. Medellín (1968) dice que Jesús vino a liberarnos del pecado, cuyas consecuencias son servidumbres que se resumen en la injusticia (cf. Justicia 3). Muy poco después, el Sínodo romano sobre Justicia en el mundo (1971) afirma que la misión de la Iglesia “incluye la defensa y la promoción de la dignidad y de los derechos fundamentales de la persona humana” (n. 37).
Pablo VI, en el texto que corresponde al Sínodo sobre la evangelización, dice: “La evangelización lleva consigo un mensaje explícito sobre los derechos y deberes de toda persona humana, sobre la vida familiar. la paz, la justicia, el desarrollo; un mensaje especialmente vigoroso en nuestros días, sobre la liberación” (Evangelii nuntiandi / 1974 / 29). En el discurso inaugural de Puebla (1979), Juan Pablo II, inspirándose en la parábola del samaritano, sostenía que la misión evangelizadora de la Iglesia “tiene como parte indispensable la acción por la justicia y la promoción del humano” (III, 2). Afirmación que influirá en varios documentos de esa Conferencia.
Como se puede ver, los términos para hablar de la tarea evangelizadora se han ido precisando y ha ganado terreno una comprensión global y unitaria. La buena nueva proclamada por Jesús -calificado de profeta repetidas veces en los evangelios- recupera su carácter de palabra profética que proclama el amor de Dios por toda persona y de modo prioritario por los insignificantes y oprimidos, y que por eso mismo denuncia enérgicamente la injusticia en el trato con el pobre, no sólo en el nivel personal, sino también y, en cierta manera, especialmente, en el campo social.
La promoción de la justicia es vista, en forma creciente, como parte esencial del anuncio del Evangelio, ella no es, claro está, toda la evangelización; pero tampoco se ubica en los umbrales de la proclamación de la buena nueva, no es una pre-evangelización, como alguna vez se dijo. Forma parte, más bien, de la proclamación del reino, aunque no agota su contenido.
No fue fácil llegar a ese resultado; pero es claro que su formulación actual evita tanto empobrecedoras separaciones como eventuales confusiones.
Gestores de su destino
La solidaridad con los pobres plantea una exigencia fundamental: el reconocimiento de su plena dignidad humana y de su condición de hijas e hijos de Dios. De hecho, crece entre los pobres la convicción de que les corresponde, como a todo ser humano, tomar las riendas de su vida. La Iglesia, con Juan XXIII, Vaticano II y Medellín, dio un paso importante en esta ruta, inspiró compromisos, planteó urgentes discernimientos y desbrozó rutas; algunas se han cerrado o angostado, otras se estrenan.
La cuestión de ser gestores de su destino no es un postulado teórico o un recurso retórico, sino una vivencia, difícil y costosa, es verdad, pero obligada. Y urgente, si tenemos en cuenta que, en Latinoamérica, después de un largo período represivo de las organizaciones populares, hoy se busca, más sutilmente, sembrar el escepticismo, por ejemplo, respecto de la capacidad de los pobres para lograr su propósito o de persuadirlos de que, frente a las nuevas realidades, globalización, situación internacional de la economía, unipolaridad política y militar, es necesario cambiar radicalmente de rumbo. Pero ello no ha impedido que la perspectiva asumida por muchos pobres, golpeada y magullada, siga presente y viva a través de nuevas rutas.
No hay un verdadero compromiso solidario con los pobres si se les considera sólo como personas que esperan pasivamente una ayuda. Respetar su condición de actores de su destino es una condición indispensable de una genuina solidaridad. Por ello, el propósito no es convertirse, salvo en caso de extrema urgencia y de corta duración, en “la voz de los sin voz”, como se dice a veces -y sin duda con generosidad-, sino de contribuir, de alguna manera, a que quienes hoy están sin voz, la tengan. Ello supondrá saber callar para escuchar una palabra que pugna por ser oída. Para toda persona, ser agente de su propia historia es una expresión de libertad y dignidad, punto de partida y fuente de un desarrollo auténticamente humano. Los insignificantes de la historia fueron -todavía lo son en gran parte- los silentes de ella.
Para esto es importante anotar que la opción por el pobre no es algo que deban hacer sólo aquellos que no son pobres. Los pobres mismos están llamados a optar prioritariamente por los insignificantes y oprimidos. Muchos lo hacen, pero, hay que reconocerlo, no todos ellos se comprometen con sus hermanas y hermanos de raza, género, clase social o cultura. Viven, como todos, la presión ambiental y mediática que postula metas individualistas, promueven la frivolidad y desmerecen la solidaridad. La senda que tomen para la identificación con los últimos de la sociedad será distinta a las de personas pertenecientes a otros estratos sociales, pero es necesaria y es un paso importante para ser sujetos de su propio destino.
Los primeros pasos hacia la consideración de los pobres como gestores de su destino en el plano social tiene un correlato eclesial en el surgimiento de las comunidades cristianas (o eclesiales) de base. Es más que una simple coincidencia cronológica, las comunidades forman parte de un acontecimiento histórico amplio, sin el cual se hace difícil comprender su nacimiento. La Iglesia no vive en otra historia, está compuesta por seres humanos que pertenecen a universos sociales y culturales en los que conviven con personas de otros horizontes humanos y espirituales.
De allí que, tanto las comunidades cristianas como la teología que se hace en el continente, pongan el acento en el papel que cabe al pobre como portador, y no sólo destinatario, del Evangelio, vinculado al derecho del pobre a pensar su fe y expresar su esperanza. Es una perspectiva que viene de las experiencias de las iglesias locales latinoamericanas, así lo reconoce Puebla: “El compromiso con los pobres y oprimidos y el surgimiento de las comunidades de base han ayudado a la Iglesia a descubrir el potencial evangelizador de los pobres” (Puebla, 1147). Vivencias fundamentales que Medellín había confirmado y reforzado, y que nos recuerdan que el discipulado se vive en el compartir comunitario.
La opción preferencial por el pobre forma parte del seguimiento de Jesús -del “caminar según el Espíritu” (Rom 8,4)- que da sentido último a la existencia humana y en que damos “razón de la esperanza” (1 Pe 3,15). Nos ayuda a ver la inteligencia de la fe como una hermenéutica de la esperanza, interpretación que debe ser hecha y rehecha, constantemente, a lo largo de nuestras vidas y de la historia humana, forjando motivos de esperanza. Y nos impulsa a encontrar los caminos apropiados para una proclamación profética del reinado de Dios, una comunicación respetuosa y creadora de comunión, de fraternidad, de igualdad entre las personas y de justicia.
En coherencia y continuidad creativa con Medellín, Puebla y Santo Domingo, la Conferencia que tendrá lugar en Aparecida (Brasil) se propone repensar el tema del discipulado en las nuevas y viejas condiciones que se viven en América Latina y el Caribe. La Iglesia, como el samaritano, debe salir constantemente de su camino, practicar la solidaridad con los más pobres y renovar su cercanía -su proximidad- a ellos, en busca del reino y la justicia. Y como el escriba que se hizo discípulo del reino, debe sacar de su tesoro “lo nuevo y lo viejo” (Mt 13,52). Lo nuevo y lo viejo.
Páginas Nº 201 / Reflexión y Liberación Nº 71
|
|
“EL PAPA APRENDE UNA LECCIÓN”.Hans Kung
Religión Digital
El Teólogo Hans Küng escribe este 24 de Diciembre una interesante reflexión sobre el viaje del Papa Benedicto XVI a Turquía y sus relaciones con el Islam. Igualmente critica la actividad pasiva con los Ortodoxos
Durante su reciente visita a Turquía, el papa Benedicto XVI no se limitó a la retórica amistosa. El teólogo no se ha convertido en diplomático, como sugirieron algunos comentaristas, pero su estancia en el país turco demostró que, desde su discurso del 12 de septiembre en Ratisbona, el Papa ha aprendido la lección.
Los comentarios sobre el islam que citó en su discurso de Ratisbona no sólo eran poco diplomáticos, sino que estaban equivocados. Las enseñanzas del profeta Mahoma no fueron en absoluto inhumanas. Elevó a las tribus árabes al nivel de una religión monoteísta y ética. El islam no es una religión violenta, sino una religión de sumisión al Dios único, el mismo Dios de los judíos y los cristianos. Y Alá -nombre con el que también se refieren a Dios los árabes cristianos- no es un Dios arbitrario, sino un Dios de justicia y misericordia.
Es evidente que el Papa ha aprendido una lección, porque la polémica conferencia de Ratisbona ya se ha publicado en una tercera versión revisada, en la que se han hecho correcciones sutiles en 30 páginas y se han añadido 13 notas a pie de página con aclaraciones. No obstante, la aclaración podría ir mucho más allá: por ejemplo, la teología musulmana otorga especial importancia a la afirmación de que la fe musulmana es racional y no exige creer en ningún dogma que se oponga a la razón.
En beneficio del Papa, 38 distinguidos eruditos musulmanes de todo el mundo han respondido punto por punto, con una frialdad admirable, a las confusiones y malas interpretaciones más habituales entre los cristianos. Esto, en sí mismo, es un paso sin precedentes. Y es importante además porque refuta, por fin, el extendido tópico de que los musulmanes no quieren el diálogo.
En su viaje a Turquía, el Papa no repitió las citas sobre el islam que había hecho en Ratisbona. Al contrario, se mostró dispuesto a aprender sobre el islam -personalmente y en público- del presidente de la autoridad religiosa estatal, Alí Bardakoglu. Era lo que correspondía tras el llamamiento del propio Papa a mantener un diálogo sincero, puesto que un requisito de ese diálogo es que cada una de las partes tenga acceso a una información seria sobre la otra religión.
Otro requisito es la empatía, la sensibilidad hacia los demás, y en este aspecto Benedicto XVI también ha aprendido la lección. Claramente escandalizado por la enérgica e incluso violenta reacción del mundo musulmán a sus palabras, el Papa mostró en Turquía una empatía con la que seguramente no se habría permitido ni soñar en Ratisbona. Estuvo admirablemente contenido en Hagia Sophia, el museo y antigua mezquita que se construyó como iglesia cristiana. Rezó en silencio con el gran muftí en la Mezquita Azul, el equivalente musulmán de Hagia Sophia. Después ondeó una bandera turca.
Muchas veces, esas imágenes y esos gestos son más eficaces que las palabras. Pero no sirven de nada si no van seguidos de un compromiso de diálogo permanente. Y, además de la información y la empatía, dicho diálogo necesita un tercer elemento: la reflexión y la autocrítica por parte de ambos interlocutores.
A este respecto, por ejemplo, el documento Dominus Jesus -publicado por el cardenal Joseph Ratzinger en el año 2000, cinco años antes de ser elegido Papa- tiene una urgente necesidad de revisión. Este documento renueva con frialdad dogmática la arrogante afirmación de la Iglesia Católica de que ella es superior a otras iglesias y otras religiones, una pretensión que la mayoría de la gente creía ya abandonada desde el Concilio Vaticano II (1962-1965).
Ahora bien, si la Iglesia Católica necesita adoptar un tono menos presuntuoso respecto a otras confesiones, también los países musulmanes, como Turquía, deben mejorar en el trato que ofrecen a sus minorías religiosas.
La clave es la libertad religiosa. Bajo el gobierno de Erdogan, Turquía está llevando a cabo un experimento histórico, el de ver hasta qué punto puede ser compatible un Estado laico con el islam. La Iglesia Católica tardó siglos -hasta el Concilio Vaticano II- en aceptar los derechos humanos y especialmente la libertad de culto, pero al final acabó haciéndolo. El islam también debería ser capaz de ello.
La evolución de Turquía se sigue muy de cerca en todo el mundo islámico: ¿logrará emprender una vía entre el laicismo que va en contra de la religión y el fundamentalismo religioso? En cualquier caso, los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 y fechas posteriores han suscitado un intenso debate sobre la violencia y el terrorismo en muchos países musulmanes. Y ése también es un dato importante para un diálogo sincero.
Un diálogo constructivo entre cristianos y musulmanes no debe construir nuevos muros contra la modernidad laica. La principal función de la religión no es oponerse sino apoyar, estar al lado de los hombres y mujeres de hoy.
Es cierto que la inevitable secularización de la modernidad ha llevado en parte al consumismo, el relativismo y el nihilismo, con consecuencias inhumanas. En este sentido, la crítica que le hacen el islam y el cristianismo está justificada.
Pero el cristianismo y el islam también han tenido a menudo consecuencias inhumanas. Hoy deben demostrar que son defensores de la humanidad y, por fortuna, muchas veces lo hacen. Y esa entrega a la humanidad debe llevarse a cabo indudablemente en compañía de hombres y mujeres de pensamiento laico, partiendo de los valores y criterios comunes que llamamos ética humana o ética global.
¿Y qué hay de la Iglesia Ortodoxa? El objetivo principal de la visita a Turquía era mejorar las relaciones con ella. Este Papa ha hecho mejoras en las relaciones con el islam, pero ¿ha progresado algo con sus hermanos cristianos?
Prácticamente nada. Con todas las lecciones que el Papa ha aprendido en otras áreas, en este frente no ha ocurrido casi nada. Es verdad que Benedicto XVI ha dicho a menudo que uno de sus objetivos es la unidad plena entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa, lo mismo que dijeron sus predecesores Pablo VI y Juan Pablo II. Ahora, igual que ellos, ha vuelto a invitar a los dirigentes ortodoxos a participar en un diálogo fraterno para determinar nuevas formas posibles de ejercer el ministerio de Pedro sin dejar de respetar su naturaleza y su esencia.
¿A qué se refiere con eso? ¿Qué está ocurriendo?
Dedicar más años a trabajar en comisiones sobre diversos aspectos del papado es completamente superfluo. Hace mucho tiempo que están sobre el tapete las soluciones propuestas por teólogos y comisiones, y Roma las ha ignorado. No faltan los conocimientos teológicos. Lo que falta por parte de Roma es la voluntad de renunciar, en un espíritu cristiano, a las pretensiones de poder.
¿Qué dirían los jefes supremos de nuestras iglesias si los cristianos quisieran reconciliarse pero se limitaran a anunciar todo el tiempo conversaciones, pequeños pasos, más oraciones y la fe en el Espíritu Santo? Seguramente se impacientarían y exigirían más compromiso, más honradez y más deseo de asumir riesgos, de avanzar en el amor y la transparencia.
¿Posee Benedicto esa voluntad de compromiso, esa fuerza? Su encuentro con el patriarca Bartolomé I -un patriarca abierto al ecumenismo- fue decepcionante. No pasó realmente del beso fraternal que se dieron Pablo VI y el patriarca Atenágoras en Jerusalén, en 1964.
Entonces se revocaron las excomuniones mutuas de 1054, el año del cisma. ¿Por qué no restablecer la antigua comunión ahora, más de cuarenta años después de aquella reunión en Jerusalén, con una celebración compartida de la eucaristía? En vez de eso, en Estambul, el obispo de la Vieja Roma se limitó a asistir pasivamente a una eucaristía celebrada por el obispo de la Nueva Roma.
El principal obstáculo para restablecer la antigua unidad de la Iglesia es y sigue siendo la idea de que el Papa tiene poder sobre las iglesias orientales, una afirmación que se remonta al siglo XI. Como escribió mi colega de Tubinga, Joseph Ratzinger -en un texto que aún podía encontrarse impreso en 1982-, Roma no debe exigir a Oriente ninguna doctrina de primacía más que la que se formuló y practicó en el primer milenio.
De ser así, no habría ni una primacía de jurisdicción muy poco bíblica sobre las iglesias orientales -que Roma reclama sólo desde el siglo XI-, ni una primacía honorífica de escasas consecuencias. Por el contrario, de acuerdo con la tradición común del primer milenio, el obispo de Roma debería tener estrictamente una primacía pastoral ecuménica. Juan XXIII puede servir de ejemplo: en general, se limitó a ser un dirigente espiritual, capaz de inspirar, mediar y coordinar.
Mi consejo amistoso al papa Benedicto XVI sería: ¡aprenda, por favor, del profesor de Tubinga Joseph Ratzinger!
Hans Küng. El País, 24 Dic 2006
|
|